Lisboa, directa al corazón. Autor: Jorge Moreta

Si el primer beso no se da con la boca, sino con la mirada, yo a Lisboa no he dejado de besarla con los ojos. La capital que hoy enamora al viajero no se podría explicar sin el terremoto de 1755 y la controvertida figura del marqués de Pombal, máximo exponente luso del despotismo ilustrado.

Voltaire, que en su obra Cándido sitúa a sus personajes en Lisboa el día del terremoto, es nuestro inesperado cronista para reconstruir el seísmo: “Sintieron que la tierra temblaba bajo sus pies, embravecióse el mar y rompió los navíos que estaban anclados en el puerto, abriéndose las calles y las plazas públicas con remolinos de llamas y cenizas, se hundieron las techumbres, se trastornaron los cimientos. Treinta mil habitantes quedaron sepultados entre las ruinas de aquella opulenta ciudad”.

Era el Día de Todos los Santos. Paradojas de la vida… o de la muerte. La Baixa quedó arrasada y las iglesias, abarrotadas por la festividad religiosa, fueron una trampa mortal con los fieles rezando en su propio funeral. Al terremoto le siguió un maremoto y una cadena de incendios que devoraron la ciudad. La tierra se retorció con tal intensidad (hoy llegaría a nueve puntos en la escala de Richter) que afectó a la Giralda de Sevilla y a la Catedral de Salamanca, las dos torres históricas más altas de la península.

“Y ahora, ¿qué se puede hacer?”, preguntó el apocado rey José I, incapaz de moverse ni con un terremoto. “¿Ahora? Enterremos a los muertos y alimentemos a los vivos”, respondió Sebastiao José de Carvalho e Melo, primer ministro y futuro marqués de Pombal.

La plaza a la que hoy da nombre es idónea para adentrarse en Lisboa. Su monumento impresiona por lo que se ve, 36 metros de altura, y por lo que oculta, pues sus cimientos se asientan sobre una base rocosa con dieciocho metros de profundidad. Desde su pedestal, Pombal admira mañana y noche su gran obra: la Baixa. En su aburrida labor de sempiterno centinela lo acompaña un león, excesos del gusto de finales del XIX, cuando se erigió la estatua.

No me seducen las exaltaciones del ego, vacías por definición, pero sí recordar que en esta misma rotunda, como los lisboetas llaman a la plaza, las tropas que acamparon la noche del 5 de octubre de 1910 soñaron bajo un manto de estrellas con la república, antes de derribar la monarquía.

Para recorrer Lisboa, no hay mejor guía que Fernando Pessoa. A juicio del escritor, universal sin apenas salir de su ciudad, la avenida de la Liberdade era la más bella de la capital. Noventa metros de anchura y casi kilómetro y medio de longitud, salpicada de árboles y jardines recoletos. Reúne una nutrida oferta hotelera, uno de los legados de la Exposición Universal de 1998. Avenida de comercios exclusivos y excluyentes. Pero pasear es gratis, y disfrutar la primera luz de Lisboa te hace inmensamente rico por esta avenida de nombre evocador: Liberdade (¡Libertad!).

El final de la avenida recuerda los problemas de convivencia de quienes compartimos tabique… o frontera. Es lo que tiene ser vecinos: fomenta filias, fobias, abrazos y, de cuando en cuando, tortas sonadas. Aquí las recuerdan con un obelisco de treinta metros, que levantaron en honor de quienes se rebelaron contra la dominación española en 1640, y con el héroe contra Castilla en la batalla de Aljubarrota, una estatua para Juan I con demasiado caballo y poco hombre para tamaña hazaña.

Pessoa creía que todas las cosas tienen su alma y Matos Sequeira que “las ciudades son mujeres” y “cada una tiene su manera propia de agradar”. Para Ángel Crespo, Lisboa era “mi Bella Señora de las Urbes”. Los tres escritores amaban esta ciudad, yo también, y localizaban su corazón en el Rossio. Es plaza desde el siglo XIII y oficialmente se llama plaza de Pedro IV, cuyo monumento se levanta a veintisiete metros de altura. En Lisboa las estatuas sufren de vértigo, aunque aseguran que lo elevaron tanto porque se parece al monarca entre poco y nada.

En el Rossio se celebraron corridas de toros y se quemó carne humana. La Inquisición extendió sus sombras desde donde hoy está el Teatro Nacional Almeida Garret. El primer auto de fe data de 1540. Partió de esta plaza y, en presencia de la Corte, dieron candela a seis personas por brujos y judaizantes. ¡Ay, Dios!

Prefiero quedarme con la imagen de las vendedoras de flores. Ya estaban aquí cuando, el 25 de abril de 1974, vieron desfilar a los soldados que derrocaron la dictadura de Salazar. Las floristas les regalaron sus claveles y los metieron en los fusiles. ¿Quién puede disparar con un clavel en su cañón?

En el Arco da Bandeira, al inicio de la calle de los Sapateiros, empieza la Baixa. El terremoto les dio a los lisboetas la oportunidad de volver a pensar su ciudad. Pombal derribó las ruinas a cañonazos y buscó a los mejores arquitectos. Por primera vez en Europa, en la Baixa se aplicó una cuadrícula sistemática: Quince calles cruzándose en ángulo recto y sobrios edificios de dos o tres plantas para centralizar comercio y oficios. Primigenio uso que explica los nombres de las calles: Douradores, Sapateiros, Correeiros…

“La mañana del campo existe, la de la ciudad promete. Una hace vivir; la otra hace pensar. Yo, como los grandes malditos, he de sentir siempre que vale más pensar que vivir”. Lo escribió Pessoa, que situó en la calle Douradores de este laberinto pombaliano la oficina donde trabajaba Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego y más álter ego que heterónimo.

Lo deseen o no, el arco de la Rua Augusta es un imán para el paseante. Da paso a la plaza más monumental de Lisboa, la del Comercio, que se extiende por lo que fue el Palacio de Manuel I, también arrasado por el terremoto. La plaza se admira más que se habita. En su centro no cabalga la estatua ecuestre de José I. Dice poco, aunque les dirá más saber que para su traslado se sumaron las fuerzas de más de mil hombres durante tres días. Demasiado esfuerzo para recordar a un rey que no reinó porque el verdadero monarca fue Pombal, cuyo medallón encabeza el monumento. Pero esta plaza es única porque el cuarto de sus lados se abre al mar de la Palha (Paja), como llaman al estuario del Tajo. Hay un poema conmovedor de Eugenio de Andrade que dice: “Lisboa, sabes… Lo sé. Es una joven descalza y leve, (…) bajando escalones y escalones y escalones hasta el río. Lo sé. Y tú ¿lo sabías?”.

¿Cuántas ciudades conocen que utilicen ascensores para trasladarse de un barrio a otro? Lisboa allana sus cuestas con elevadores: el de Santa Justa, bellísimo, comunica La Baixa con el Chiado, al mirador de Sao Pedro de Alcantara, en el Barrio Alto, sube el elevador de la Glória y el da Bica te ahorra una larga subida desde la estación de Cais do Sodre.

Fernanda da Castro atrapó en un verso la esencia del Chiado: “Anda no ar a vibracao dum beijo” (“Anda en el aire la vibración de un beso”). El Chiado es hoy un barrio burgués, tomado en buena parte por las empresas multinacionales. Pero, más allá de las franquicias que roban el alma de las ciudades, el Chiado es un barrio bohemio y literario. En apenas 100 metros comparten vecindad las estatuas de Luís de Camoes, que situó Portugal “donde la tierra se acaba y el mar comienza”; la del poeta Chiado, fraile bebedor que colgó los hábitos cuando oyó la llamada de la juerga; y la de Pessoa, fundido en bronce y sin poder levantar el codo ni para tomarse una copa. “La vida nos sobrevivió, no nosotros a la vida”. Si el terremoto reinventó a la Baixa, el Chiado renació desde las cenizas del incendio de 1988: dieciocho edificios afectados, dos muertos y sesenta bomberos heridos. El arquitecto Álvaro Siza obró el milagro de devolver el esplendor que ardió con las llamas.

Desde el mirador de San Pedro, se aplaude a la vida y se admira la Alfama, con sus casas multicolores al abrigo del Castelo de San Jorge. Cada vez me cuesta más caminar por este barrio porque, a cada nueva visita, me duele más abandonar sus calles empinadas y de arrabal. La ropa, tendida sobre las fachadas, es parte de la arquitectura ciudadana y, cuando cae la tarde, se proyecta como un inmenso teatro de sombras chinescas.

Todas las fortalezas que se precien requieren de un sátrapa, de una leyenda o de una batalla cruenta. El Castelo de San Jorge tuvo la suya durante el cerco de Lisboa y también su héroe. Era un noble llamado Martim Moniz al que le tocó vivir en el siglo XII, aunque puso más empeño en morir. En pleno asedio, y aprovechando un descuido en que la puerta del Castelo quedó entreabierta, Moniz no dudó en atravesarse impidiendo con su cuerpo que los defensores la cerraran. Es una muerte rápida, pero lo suficientemente lenta para escuchar cómo te crujen los huesos. A Martim Moniz le han dedicado una puerta en la antigua muralla árabe, un busto y lleva su nombre hasta la línea del tranvía que sube al Castelo. Puerta por la que no vio crecer a sus hijos, busto que no acarició su mujer y tranvía que el bueno de Moniz atribuiría hoy a un engendro del mismísimo diablo. Saramago resume su inmolación con la Maestría del genio: “Se sacrifica un hombre por el jardín de los otros”. Porque eso es hoy el Castelo, un bello jardín sobre el que asomarse al Tajo que, en Portugal, se vuelve Tejo y junto a Lisboa, océano. Canta Mariza en un susurro: “La almohada en la cama del Tejo. Ciudad de la mujer de mi vida”. En portugués, fado es “hado” o “destino”. ¿Cómo no va a ser melancólico un país enfrentado al Atlántico? La saudade es un puñal en el corazón.

Hay una Lisboa que se debe ver, y otras muchas donde resulta obligado perderse. Prueben por el Barrio Alto. Exclusivo en el siglo XVII y, más recientemente, zona de puterío con mujeres de orilla faenando en tierra firme. Afortunadamente, el barrio Alto es desde la década de 1990 un lugar alternativo de pequeños negocios y locales nocturnos. Extravíense por sus calles y cafés como el Pavilhao Chines, la “universidad popular” que defendió don Miguel de Unamuno. Y, de regreso hacia la Baixa, deténganse en las ruinas del Convento do Carmo. Es un monumento al terremoto sin más bóveda que un mar de nubes porque cuando la tierra tiembla, se cae hasta el cielo.

Los últimos rayos se van, y nosotros llegamos al café Martinho da Arcada, uno de los preferidos de Pessoa. Todas las noches le reservan una mesa, una flor, un cuaderno, por si se anima a escribir, sus libros…

 

Disculpe. ¿vendrá don Fernando a cenar?, le pregunto al camarero.

-Nosotros siempre lo esperamos, responde

-Si lo ve, por favor, entréguele estos versos.

 

Despedimos el día paseando sin prisas por la Plaza del Comercio hacia las escaleras que se bañan en el Tejo y, sin mover los labios, recito los versos que di al camarero: “Tengo la costumbre de andar por los caminos. Mirando a la derecha y a la izquierda, y, de vez en cuando, para atrás… Amar es la inocencia eterna y la única inocencia es no pensar”.

Anuncios

  1. Pingback: Fallo IX Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2014 | Concurso de Relatos de Viaje

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s