Son del Mediterraneo. Autor : Un Trota

Mariano ya estaba listo con su familia para salir a buscar a su abuelo al Aeropuerto de Ezeiza, de su regreso de un viaje tan esperado, cuando el cartero le entregó un sobre con los colores de la bandera española. Era una carta del abuelo, la que abrió con emoción.

Querido nieto.

Hace ya varios días que estoy en mi tierra, la que durante sesenta años pensé que nunca tendría la posibilidad de volver a pisar. Comencé a deleitarme con sus rías, sus montes, sus pequeñas “veigas “ rodeadas de caminitos encaracolados y mis recuerdos…

Sabía de las ganas que tenía su abuelo de regresar a su tierra después de tantos años. También supo de las veces que estuvo ahorrando para poder hacerlo. En varias oportunidades casi lo logra, pero por algún motivo se diluía esa posibilidad. Hace dos años, se había enterado que el gobierno de su patria les daba a los mayores de sesenta años, una ayuda para que pudieran realizar el viaje que tanto añoraban. Participó junto a él, en sus averiguaciones y de los trámites. Supo que con lo que tenía ahorrado apenas le alcanzaría para estar en su aldea por treinta días. Cuando el abuelo fue a buscar el bendito pasaje, lo esperó entusiasmado. Presintió que regresaría contento, pero no fue así, se equivocó, regresó enojado. Muy enojado.

─ ¡Son unos cabrones! ─ le dijo apenas lo vio. ─ Yo quería ir solamente a miña terra.

No le dijo nada más.

Cuando abrazó al abuelo en el aeropuerto, lo vio contento. Había terminado de cumplir lo deseado durante tanto tiempo. Ir a ver a la familia que había dejado en Galicia cuando era un niño y pisar su querido terruño. Mariano quería saber cómo le había ido, el porqué de aquel enojo, pero con el trajín y el bullicio de su regreso, se convenció que lo dejaría para otra oportunidad, cuando escuchó a su madre que le preguntaba:

─ ¿Cómo te trataron?

Vio como su cara cambió repentinamente, se puso serio, su frente se arrugó de inmediato, sus ojos tomaron un brillo diferente y le escuchó decir.

─ En Galicia, de maravillas, pero en el Mediterráneo como la mierda.

No pudo escuchar más porque su hermano vino a mostrarle la camiseta que le había tocado, era la del Celta de Vigo. Durante varios días no hacía más que pensar en el nuevo disgusto del abuelo. Que le habrían hecho para hablar de esa manera. Y la oportunidad llegó. Como no quería ir solo a ver a Matreros, que jugaba un partido de rugby bastante “chivo”, lo invitó a que lo acompañara pensando que no vendría porque siempre dijo que no entendía nada de ese deporte. Pero aceptó.

En el viaje de ida y durante el partido, no tuvo oportunidad de encauzar la conversación hacia el tema que le interesaba. Ya regresaban cuando Mariano se decidió a preguntarle que le había pasado en España, en especial en el Mediterráneo, que lo habían enojado tanto. Vio que se puso serio, durante un tiempo bastante largo ni le habló. Se reprochó el haberse metido en lo que no le correspondía, pero de repente el abuelo le dijo:

─ Busquemos un bar para tomar un café.

Como venían por Rivadavia hacia Castelar, pararon en un bar que estaba sobre la avenida , frente a la estación de San Antonio de Padua.

─ Yo sabía ─ le dijo, apenas se sentaron ─ que el gobierno español ofrecía viajes ventajosos a los emigrantes para que pudieran visitar su tierra. Leí las cláusulas del viaje, pero no le di importancia, interesándome solamente la parte económica, ya que a mí me resultó siempre muy difícil cubrir los gastos. Cuando fui a retirar el pasaje solicité que anularan la estadía en el Mediterráneo. Yo consideraba que con esa decisión favorecería al gobierno español. No quisieron. ¡Aceptaba lo que me ofrecían o me quedaba en Buenos Aires!

De que me serviría estar en esas playas en esa época. Era el mes de abril. Mi deseo era estar en Galicia, que, aunque hiciera frío, ésa era mi tierra. Fue imposible convencerlos. Con esa estúpida obligación solamente favorecen a un pequeño porcentaje de emigrantes, porque, para que tú sepas, la mayoría de los españoles que vinimos a este país partió de las costas del Cantábrico.

— Pero abuelo, por eso no tenías porqué enojarte tanto. — le dijo.

— Bueno, es posible que tengas razón, si no fuera que la mayoría del personal responsable de la comitiva de los emigrantes… ─ El abuelo hizo una pausa prolongada como buscando lo que quería decirle.

— ¡Eran del Mediterráneo! — volvió a hacer otra pausa.

— No quieren a nadie que no sea de su estirpe, te atienden despectivamente, como de compromiso, no les importó mis urgencias, mis necesidades. Cuando entras a un comercio y comprueban que no vas a adquirir nada, te dejan con la palabra en la boca y se ponen a conversar entre ellos en otra lengua. Los españoles emigrantes del Cantábrico no merecemos que nos traten de esa manera. Todos somos españoles.

Mariano lo miró y vio sus ojos rojos, su frente nuevamente arrugada, estaba triste. Qui- so cambiar de tema, hablarle del partido, pero no lo dejó.

— Son soberbios, engreídos, arrogantes, tienen aires de superioridad y en algunos casos hasta despóticos. No tuvieron en cuenta que éramos todas personas mayores, casi ancianos. ¡Son unos mal nacidos! Además el pasaje para ir a Galicia lo tuve que abonar con mi dinero, casi setecientos kilómetros de distancia, mientras los emigrantes del sur, tenían a sus familiares muy cerca.

— En Galicia — le continuó hablando — tenemos una familia bárbara y la gente es amable y servicial. ¡Me trataron fantástico! Además hay unos paisajes maravillosos, sus ríos que bajan en cascadas, sus montes con las casas en las laderas, sus caminos en- rulados, sus rías amplias, unas playas preciosas y un mar de intenso color azul.

Cuando comenzó a tomar el café, que seguramente ya estaba frío, parecía que con lo que le había contado ya se sentía liberado. No fue así.

— Cuando llegué a Galicia sentí la necesidad de comentarle a alguien lo que me había sucedido. Llamé a un periódico, a la radio y hasta a un canal de televisión, pero todos me dijeron casi lo mismo. ¡Llame más tarde o mañana! Por suerte el Alcalde de mi Ayuntamiento, al que conocía por haberlo visto en Buenos Aires cuando vino a buscar nuestros votos, vivía frente a la casa donde yo estaba. Le solicité una audiencia, comentándole muy por arriba lo sucedido. Me dijo que le interesaba saber lo que me había pasado, que me llamaría para conversar más profundamente del tema. Todavía estoy esperando que me llame.

— Suele pasar abuelo — le dijo.

— Si, yo sé que puede pasar. Pero. ¿Qué hacen las autoridades gallegas? ¿Por qué permiten que se denigre nuestra tierra, nuestras playas, nuestros hoteles? ¿Por qué permiten tal privilegio hacia el sur? ¿Para qué están los gobernantes, para dónde miran? ¿Y nuestra dignidad de comunidad autónoma? Cuando vienen a Buenos Aires pregonan la “galegidad”, y promocionan lo hecho y lo por hacer, pero cuando les exigís que cumplan lo que pregonan, se borran.

— Tal vez abuelo, era lo estipulado — le dijo Mariano.

— Si así fuera, tampoco entiendo a las autoridades españolas, ya que el costo de la estadía del emigrante es lo mismo vayas a donde vayas. ¿Por qué no nos dejan ir a dónde queremos?

Volvió a tomar un poco de café, dando a entender que se había sacado de adentro lo que durante tanto tiempo lo había amargado. Al verlo sin las arrugas en la frente y sus ojos claros, Mariano se atrevió a preguntarle.

— ¿Dime abuelo, quiere decir que no piensas volver con las mismas condiciones?

— Ni en pedo. Mira, si económicamente puedo cubrir los gastos, seguro que voy. Me tragaría ese enorme sapo, porque al final sé que en Galicia, encontraría ese aire con el olor a pinos de sus pequeños montes y el viento con salitre de sus hermosas costas marinas.

Terminó el café, ya helado, miró a su nieto y sonriéndose como siempre le dijo:

— Oye. ¡Qué mal que jugó Matreros! ¡Qué fácil perdió! Son unos pataduras.

ACLARACIONES

Veigas. Fincas.

A miña terra.   Mi tierra

Terruño.  Tierra

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