Helado de azafrán. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Me gusta perderme por los mil callejones que hay dentro de un bazar… Muchos años atrás, cuando era una joven e inexperta viajera, me causaba temor adentrarme sola en ese otro cosmos que existe en el interior de una gran ciudad, al igual que me ocurría si pasaba por un zoco o una kashba, o si caminaba por una judería desconocida, pero con el paso de los años el miedo ha desaparecido y ha aumentado el placer de pasear sola, de recrear la vista en los cientos de puestos de productos de toda clase, de pasar tiempo hablando con la gente, si puedo comunicarme aunque sea poco, de tomar un té y un pastelito típico del país en alguna de las teterías que encuentro, de sentarme en una mullida y hermosa alfombra persa en una tienda, mientras me explican los miles de nudos que hay que hacer, de entrar en las joyerías y mirar pulseras de oro y cajitas lacadas, incluso ya no temo perderme, encontraré la salida, me digo a mí misma, hay más de una entrada, si no las gentes del lugar me indicarán… Y así ocurre, porque siempre me pierdo. O bien, cuando ya estoy totalmente desorientada, tengo que pararme, pensar, desandar lo andado, volver al último punto del que me acuerdo y buscar una salida. 

Y recuerdo con mucho cariño aquel gran y espléndido bazar de Isfahán, en Irán, un placer para los sentidos en una de las ciudades más bellas que he visto en mi vida, un lugar que nunca se borrará de mi memoria…

Habíamos llegado a la ciudad la noche anterior y pudimos ver iluminada la Plaza de Naqsh-e Jahan -la plaza del Imán-, que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Fue maravilloso e inesperado contemplar esa inmensa plaza a aquella hora, con esas luces, con aroma de flores en el ambiente, con muchas familias paseando con la fresca de la noche, respiro del calor de día. Esta plaza es una de las más grandes del mundo y es tal su belleza y espectacularidad que emocionan, es como si estuvieras dentro del mundo de cuento de Las Mil y una noches y no hay palabras suficientes para describirla. Nos encontramos con estanques, fuentes y acequias, ya que el agua no puede faltar en los jardines persas, muchas flores y un césped mullido donde de día comen las familias, en un improvisado  festín.

Siempre digo que las plazas maravillosas que he visto -y las que espero seguir viendo- se tienen que visitar a todas horas del día y de la noche: temprano por la mañana, cuando amanece, y el despertar a la vida se hace realidad, poco a poco; al mediodía, cuando bullen a la hora de la comida, al atardecer cuando los rayos del sol que las iluminan las van difuminando, aparecen nuevos colores y las sombras les confieren otro aspecto, y de noche, a la luz de la luna, iluminados los edificios, repletas de vida, una vida que nunca se apaga…

Las cúpulas de las mezquitas brillan de un modo intenso, mágico, inmóviles, reflejadas en el agua del estanque, majestuosas e inspiradoras de mil historias, los colores azules de los azulejos se ven índigos, violetas por el efecto de las luces. Nunca podré olvidar aquella primera noche en esa plaza de Isfahán, jamás, por muchos años que pasen. 

Al día siguiente visitamos de día todas las mezquitas y palacios que se concentran en esa inmensa plaza: la Mezquita de Imam (Shah), la Mezquita de Sheikh Lotfollah, el Palacio Aliqapu, el Palacio Chehel Sotún (o de las Cuarenta Columnas). A la luz del día y con muchos turistas del país -los iranís están de vacaciones, estamos en Noruz, el Año Nuevo Persa-, que la recorren arriba y abajo en un incesante ir y venir, sigue igual de bella, ahora distinta bajo un sol que abrasa, aun siendo todavía primavera. Las niñas y niños corren por la plaza y quieren mojarse y refrescarse en el estanque, hace calor.

Pero no todos los secretos de la encantadora plaza nos han sido desvelados aun, en la parte norte encontramos una maravillosa y agradable sorpresa: el Gran Bazar, nos dirigimos hacia allí y empiezo a adentrarme por sus callejones bajo galerías cubiertas de cúpulas redondas.

El bazar tiene cinco kilómetros de largo, podrías pasarte la vida allí dentro sin salir y tendrías todo lo que necesitas para vivir. Es un bazar fantástico, de los más famosos, elegantes y concurridos de todo Oriente.

No sabía a dónde mirar primero, si hacia arriba, a las cúpulas enladrilladas o a los muros de ese color de arena, tan bello y cálido, a las mil tiendas, a las gentes… Las sensaciones que había experimentado en la plaza se multiplicaron y se mezclaron con los colores, los aromas, los sonidos, lo sabores del bazar en un tumulto sensitivo que dejaba mi espíritu sin aliento…

Estuve mucho tiempo para recorrer pocos metros desde que había entrado por una de las puertas del bazar, absorta en el barullo incesante de personas en un ir y venir sin fin, ya que entré en bastantes establecimientos buscando pequeños, artesanales y originales regalos como recuerdo para llevar a la familia y para mí misma. En una de las tiendas compré unas preciosas cajitas lacadas en color azul con motivos florales, entré en una tienda artesanal de pequeños azulejos; al salir, a mano izquierda, encontré una de antigüedades con instrumentos musicales colgados en las paredes, entraban ganas de decirle al dueño que empezase a tocar uno de ellos y que todos nos pusiéramos a cantar y bailar; vi talleres artesanales de oro y plata en joyas que relucían a la luz de los ladrillos de las cúpulas, de delicadas y hermosas pinturas en miniatura y objetos con incrustaciones. Todo era una maravilla, lo colores eran tan vivos que parecían salir de los objetos y andar por sí solos por los callejones y plazas del bazar, ir hacia los pozos de agua, mezclarse con ella y salir teñida de mil tonos distintos en acequias y fuentes…

Camino y camino dentro de ese universo aparte de callejuelas, patios, plazas, galerías, caravasares que es el bazar, me detengo a mirar a la gente, a escuchar sus voces, a admirar los vestidos de las mujeres y sus rostros de una belleza radiante, exuberante, muy maquillada con mucho gusto y elegancia bajo el chador, a deleitarme con las especias colocadas en estructuras de cono en geométricos conjuntos coloridos, a oler el aroma de las frutas.

Me encuentro de repente en un caravasar dentro del bazar, posada de reposo de los viajeros de la Ruta de la Seda, me encantan esos lugares, son mágicos, están llenos de vida propia, repletos ahora de tiendas, sobre todo de alfombras persas y hay una de abrigos-túnica de mil colores, que llevan las mujeres del país y que me han encantado, entro, me pruebo uno de color rojo púrpura pero me veo extraña, es precioso pero no me lo quedo. 

En otro puesto hablo con un señor muy simpático y compro unas cuantas fundas para cojines para mí y para regalar entre mis amistades.

Y voy caminando sin rumbo fijo por el bazar, me adentro todo lo que puedo, hasta que, sin saber cómo he llegado, me veo en un patio interior con una fuente en el centro y alrededor tiendecitas de artesanía.

En una de esas tiendas hay un puestecito fuera, delante de la puerta, me acerco  y compruebo que es una vitrina con hermosas miniaturas en papel, hueso, y otros materiales, bellos cuadros y maravillosas artesanías, por lo que veo unos chicos jóvenes están al cargo, es la tienda del artesano miniaturista Abrishamkar, según reza un cartel azul con el nombre en letras negras. Los chicos son guapos, morenos, de cabello muy negro y simpáticas sonrisas, me atienden muy bien pero en seguida aparece el padre de los jóvenes, un señor muy moreno también, no muy mayor, es el artista de esas joyas. Me gustó mucho una pintura muy bella en una hoja de papel escrita en persa, extraída de un libro, me hacía ilusión poder llevarme de recuerdo una hoja escrita en esa bella caligrafía persa y, al mismo tiempo, ilustrada con un pintura diferente: representaba a una joven que ayudaba a sostenerse a un hombre un tanto ebrio. Regatée bastante con el artista, porque también me enamoré de otra miniatura muy hermosa pero no podía permitirme comprarla si quería llevarme aquella hoja y otra más que quería regalar a una amiga muy querida, todo no podía ser, ya me había comprado bastantes recuerdos en la ciudad, como una maravillosa miniatura en hueso. Me quedé con las dos hojas de libro con sus pinturas y me prometí a mí misma volver a aquella tienda, si un día regresaba a Isfahán.

El artista era muy simpático, hablamos un rato, nos reímos y nos hicimos fotos juntos con las hojas de los libros y con una de mis amigas de viaje, que apareció de repente. Éramos un grupito -del grupo general del circuito por el país- de cuatro compañeros que nos habíamos conocido en un viaje el año anterior, pero decidimos aquella tarde que cada quien iba por su lado, perdernos en aquel bazar…

Tomé mis bellas láminas, me despedí del dueño y de sus hijos y seguí vagando sin rumbo fijo, dirigiéndome a otra de las puertas de bazar, mirando aquí y allá, encontrándome rincones inesperados, mirando con curiosidad a mujeres y niños, a hombres vendedores en las tiendas de ropa

Me detuve en un puestecito con gaz, el dulce típico de Isfahán, elaborado con una planta llamada Sap de Angabin, agua de rosas y claras de huevo, decorado en su interior con almendras y pistachos, quise probar esos dulces apelmazados y deliciosos y compré dos que fui comiendo mientras caminaba, son deliciosos y muy muy dulces, me recuerdan un poco a los de mi casa, de mi infancia.

Ha llegado la hora de salir del Gran Bazar, que no abandonaría nunca, si pudiera. Me dirijo despacio a una de las puertas, me reúno con mi grupo de amigos y decidimos ir a cenar a un restaurante, nos encaminamos al Shahrzad, uno de los restaurantes más famosos de la ciudad, repleto de comensales locales y turistas del país. Comimos de maravilla y yo volví a pedir uno de los postres típicos de la ciudad y del país, helado de azafrán, estaba muy bueno, pero…

Nunca podrá superar al helado que comí horas antes en una famosa y antigua tetería de Isfahán, en el corazón de la ciudad, Azadegan se llama. Allí saboreé aquel helado tan distinto a todos los que he probado en mi vida, estaba muy muy frío y yo lo tomaba lentamente para no resfriarme porque hacía mucho calor, lo comía a pequeñas cucharadas mientras escuchaba la charla de la amable y  elegante señora que estaba sentada a mi lado y que me contaba que su marido era de Isfahán, que estaban de vacaciones y que habían venido a ver a la familia desde Teherán, que se hospedaban en un lujoso hotel de la ciudad, y que aquella joven era una de sus hijas, acompañada de su marido, y ambos me miraban y sonreían. La señora hablaba en un inglés bastante bueno, casi mejor que el mío, me miraba sonriendo con sus bellos ojos oscuros y me hacía preguntas mientras yo notaba el gusto del azafrán, helado, que me invitaba a repetir y repetir ese postre, como queriendo que no me fuera de esa ciudad, que me quedara allí para siempre entre los ladrillos del Gran Bazar, rociada por el agua de las fuentes y envuelta en el perfume de las flores.

 

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