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De chamanes y de líderes. Autor: Nuria Vidal

Me apetece escribir. Es una de tantas cosas que había abandonado. Lo he hecho casi siempre, desde peque. Uno mas de mis secretillos. Otro mas es lo poco que me gustan los barcos y mucho mas el agua que no sea clara. Y eso es algo que casi nadie cree. Desde mi primera golondrina, pasando por el barco pirata de Japón, a las barcas de las Backwaters en la India. Y llegue al Amazonas, y como no, bote al canto.

La verdad, el rio en si, no me sorprendió. Me sorprendió el Mekong, con sus niños bañándose, los mercados fluviales y las casas cerca de la orilla. Un rio, alegre, por definirlo de alguna manera. El Amazonas solo me ha transmitido respeto. Una profunda mezcla de admiración y temor. Un rio con vida propia: es el quien decide quien se le puede acercar y quien no. Las casas estan lejos de las orillas. Culpable: El Niño. Casi cada diez años, ciclícamente, sube el nivel del rio mas de cuatro metros, inundando poblaciones. Las casas, de madera de fácil construcción y destrucción, sin apenas nada dentro, alguna hamaca y poco mas. La gente ya se acostumbra y no le pone pegas: es el Amazonas el que tiene el poder. El otro poder, el de la organización y gestión de los negocios, lo tienen los blancos, por que los indigenas, oh, herejes, no saben ni pensar, y alguien les tiene que llevar de la mano. Y así transcurre la vida por estos páramos: esperando que llueva, para consumir el agua y se refresque el tiempo, y que salga el sol, para secar la ropa y jugar a futbol.

Puerto Nariño es la segunda ciudad del Amazonas colombiano. 9900 habitantes distribuidos en 243.000 hectáreas (a cuanto va el campo de futbol por hectárea?) de 3 comunidades indigenas diferentes. Suerte que llegaron los blancos a ayudarles a decidir que religión profesar: hay 6 congregaciones religiosas, de diversa calaña, en menos de 3 cuadritas-no-mas.

Esta mañana he estado en una comunidad a 45 minutos en barca o 3 horas andando. Evidentemente me ha tocado ir lloviendo en barca. Para que vamos a ir andando, selva a través, por uno de los caminos donde mas bichos hay… Allí he vivido dos situaciones de lo mas surrealistas. He estado en casa del Casanova del pueblo y del jefe-chaman de la comunidad.

Al Casanova, un tío culto y hecho a si mismo, he tardado casi 3 horas en sacarle, después de mil rodeos, que cuando el tenia 19 años odiaba a los españoles por haberles conquistado y haberles hecho casi olvidar su cultura. Ahora lucha por los derechos de los indigenas e intenta conseguirles el lugar que se merecen. Eso si, casado con una holandesa y regentando un hotel. No me acabare de acostumbrar a los contrastes y ni mucho menos a que ellos mismos se crean sus propias realidades sin mirarse al ombligo primero.

Al chaman de la tribu, don Victor, hemos tardado un par de horas largas en encontrarle. Estaba enguayabado. O sea, resacoso, que ayer bebió mucho. Me ha dado, muy cordialmente, la bienvenida a su comunidad y me ha dicho que me contaba un cuento. Como podía escoger, me ha contado, según la tradición Ticuna, lo que representaban el Sol y la Luna. Cinco mil pesos me ha costado la letanía. A parte de las palabras inconexas, y las risas que me he echado con Acmer, el guía, por que se olvidaba de las leyendas, o las adornaba demasiado, don Victor ha puesto todo su arte en el escenario y me ha llevado a su cabaña, y desde la hamaca ha puesto a parir al Casanova y a la holandesa, por que desde que estaban ellos por allí con el negocio, a él la gente ya no le iba a ver para que les contara historias. Hay cosas que son universales en esta vida…

Lo que si que es cierto, es que el Amazonas es el pulmón del mundo. Es increíble el profundo respeto que se le tiene, nadie tira nada al rio y mucho menos a la selva. Pero todo tiene un valor en esta vida, y no creo que tarden mas de diez años en sucumbir a un profundo cambio: las minas de petroleo y oro que se encuentran por aquí ponen mas que en riesgo la vida del que decida explotarlas, por que aquí, el que decide, lo crea o no el blanco, es el río.

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