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Adiós. Autor: Javier Torres Gómez

El vagón se perdió entre las brumas del cielo y el propio vapor que despedía la chimenea de la locomotora, haciendo que mi corazón palpitara como nunca lo había hecho. Con su marcha se perdía la última oportunidad de convencerla de que se quedara a mi lado, de que yo la quería y cambiaría hasta ser moldeado a su antojo. Se trataba de un viaje que se había repetido mil veces en mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas ante las que me sentía indefenso. Su marcha significaría mi muerte en vida, un vacío infinito, un pozo sin fondo, oscuro, al que inevitable estaría destinado a caer. Profundos fueron mis ruegos en el andén y espesas las lágrimas que por fín afloraban a mis ojos tras años de eterna sequía. Ella, parecía inmune a mis sentimientos y parecía haber tomado una decisión firme.

El tren se había convertido en un espejismo, ya no se adivinaba en el horizonte, y mi corazón comenzó a acelerar el ritmo de sus pasos mientras mis ojos no podía, apartarse del vacío que había dejado en el paisaje, un cuadro sin luz en el que se hubiese consumido la esperanza, mi esperanza.

Afortunadamente, su mano se encontraba unida a la mía y el tacto de su piel me dejaba claro que se trataba de la última oportunidad. De otro modo, me vería abocado a volver a revivir la angustia que aquel viaje a ninguna parte me provocaba.

Aún hoy vuelvo a soñar con ese viaje sin retorno, su huída, una espada de Damocles que pendería sobre mí por tiempo indefinido. El silbato de mi derrota se convertía de nuevo en el sonido del despertador y, volviéndome hacia ella supe que, de emprender un largo viaje, lo haríamos juntos y abrazados.

Pasaje para Kingston. Autor: J. Martín Alcaid

El viejo barco de cabotaje paró las máquinas y continuó deslizándose por inercia sobre la superficie del mar,  suavemente, en dirección al muelle, mientras hacía  sonar  la sirena  para anunciar su llegada. Una densa humareda negra brotó de su chimenea y una profunda vibración se extendió por  toda la estructura, señal inequívoca  de que los motores habían vuelto a funcionar para contrarrestar el impulso de la nave. La hélice  removió con fuerza el agua, enturbiándola con  los sedimentos del fondo marino, algas, y pececillos que eran incapaces de evitar el poder succionador de las aspas. Por encima de la nave revoloteaban unas cuantas gaviotas peleonas, que no cesaban de graznar y de disputarse cualquier cosa comestible que aparecía en la superficie.

     Acodado en la barandilla, contemplaba los remolinos y los borbotones que se producían. El agua parecía hervir, su calma se había convertido de repente en rabia al ver su reposo interrumpido, y lo demostraba con islotes de espuma que iban a la deriva como pequeños icebergs. Comparé la situación con la vida misma, cualquier momento apacible  puede alterarse de pronto y convertirse en un torbellino enloquecido y arrasador.

     A dos horas y media de la costa,  el navío tuvo problemas mecánicos, quedándose   al garete, es decir, a la deriva.  Se tardó  un buen rato en solucionar la avería, y esta delicada situación sembró la  inquietud entre el pasaje; por añadidura, se levantó un molesto y fresco viento que no facilitó las cosas.

     Alcé la vista para seguir las maniobras de atraque. El barco fue  virando lentamente de popa para acostar por babor al muelle, entre un modesto pesquero y  una esbelta goleta; el personal de tierra y los tripulantes afianzaron las amaras y colocaron una pasarela. «Tout le monde à terre!», ¡todo el mundo a tierra! —lanzó una voz en cubierta. «Menos mal —me dije— que ya hemos llegado.»

 Efectivamente,  habíamos arribado al puerto de Kingston, la  capital  de Jamaica, una población de clima marítimo tropical con alta humedad  situada al sur de la isla. La ciudad actual, con sus casitas y sus negocios pintados de blanco, no se parecía en nada a  la que había conocido en mi  juventud,  cuando embarqué como polizón  en un carguero  rumbo a Panamá con la pueril intención de entrar luego en los Estados Unidos.  Las cosas no salieron como yo pensaba, porque a pesar de estar bien oculto y alimentado gracias a la complicidad  de un cocinero chino, alguien me delató. Me desembarcaron en la citada isla caribeña,  la misma que  años después era incapaz de reconocer. Dicen que cuando   transcurre  demasiado tiempo sin volver a pisar la tierra que se visitó una  vez,  la memoria se confunde y se pierden los recuerdos  que teníamos almacenado. Ya  no destacaba  la  figura bañada en la niebla de la Montaña Azul, con  sus  más de dos mil metros dominando la ciudad que se extendía en la llanura de Liguanea, una planicie aluvial a orillas  del río Hope. ¿Dónde estaba la bahía alrededor de la cual debería de hallarse los Palisadoes con su largo banco de arena? ¿Y las playas blancas de aguas cálidas y cristalinas? ¿Seguiría el espectáculo de las famosas cataratas en el río Dunn? ¡Era tan diferente el paisaje actual! En lugar de la vegetación tropical de antaño, una de las más exuberantes del Caribe, se apreciaba ahora  un paisaje rocoso, yermo, amarillento, con una fortaleza amurallada en lo alto de un cerro.   

    Descendí del navío al igual que el resto del pasaje y me zambullí de lleno en una  época  bulliciosa  con nuevos estilos de vida, un periodo en el que muchas de las normas morales tradicionales habían sido relegadas; me encontré de repente en los locos años veinte,  los «roaring  twenties»  que dirían los americanos, un tiempo de coches rápidos,  de jazz y de charlestón; de collares largos y  pelo corto; de bares clandestinos y de juventud salvaje. Eran también los años  de la Prohibición, de la llamada Ley Seca. En los Estados Unidos duró hasta 1933, y  se prohibió la fabricación,  importación, exportación,  transporte y venta de  bebidas alcohólicas,  propiciando así la elaboración clandestina y el contrabando.

     Los traficantes se abastecían de ron en Jamaica, lugar donde  se producía a partir del  principal cultivo de la isla: la caña de azúcar.  Luego, navegaban a  lo largo de las costas norteamericanas sobre la línea de las tres millas;  allí aguardaban  las «rum-runners» a las que transbordaban la mercancía para introducirla en el país. Se trataba de  embarcaciones ultra  rápidas propulsadas por motores  potentes de avión V12 Liberty, fabricados por  la firma estadounidense de automóviles de lujo  Packard, y que procedían de excedentes de la Primera Guerra Mundial. Debían eludir la férrea persecución de los guardacostas americanos, que no dudaban en embestir y hundir  las embarcaciones de los infractores de aquella  ley.

     En cuanto pisé  tierra, me perdí entre el abigarrado y ajetreado gentío que se afanaba   en sus quehaceres diarios.  El puerto era una auténtica algarabía donde no resultaba fácil entenderse;  se   hablaba en  español, no en vano la isla había sido descubierta por Colón; también en inglés, porque Inglaterra ocupó posteriormente  el territorio desde 1670,  se conversaba en francés y  se discutía en cualquiera de los dialectos de la mayoría negra resultante de la etapa de la esclavitud. Con tanto ruido no me  percaté  de que una voz femenina  me estaba llamando. Me enteré de ello más tarde.

    Fui sorteando, de la mejor manera posible, todos los obstáculos que encontraba a mi paso: calesas, ruidosos automóviles  que hacían sonar sus bocinas, puestos callejeros cuyos propietarios pregonaban a voces su mercancía, carros cargados con toda clase de géneros y, por supuesto, camionetas con el producto estrella: el  ron; hasta  me crucé  con un grupo de bucaneros que marchaba desordenadamente en dirección a la goleta; todo este  carnaval  —porque eso es lo que parecía con tanto escándalo y colorido—   se desarrollaba   bajo la atenta mirada de unos agentes de policía que trataban de poner  orden en esta especie de caos. Pasé delante del  “Bargain Center” y de un local  cuyo rótulo rezaba: “Assayer Civil Engineer”  o algo parecido; llevaba tanta prisa por salir de aquel bullicio que no me entretuve en leerlo bien. A la izquierda estaba el cinema Victoria; de buena gana hubiera entrado a ver una película, pero parecía cerrado.  Finalmente, llegué acalorado a la parada del tranvía de la Jamaica Public Service Company. Allí estaba el número  29, vacío,  sin conductor, esperando a unos pasajeros que Dios sabe cuándo iban a llegar.

    En aquel momento sentí una mano que me agarraba el brazo izquierdo y tiraba de mí, al tiempo que una voz femenina —la que  no había oído antes—  me pedía  que frenara  mi marcha. Se trataba de Monique, una mujer francesa, rubia y atractiva, que había conocido semanas atrás. Cuando recuperó  el aliento, me dijo con su peculiar acento galo:

   —¡Uf! Como corres, te he estado llamando desde que bajamos del barco, parece que estás sordo.

—Perdóname, pero es que con tanto jaleo  no te he oído; dime, ¿pasa algo?

—No, no ocurre nada malo;  es que con tantas  cosas  en la cabeza se me olvidó  decirte  esta mañana que esta noche una parte del equipo va a cenar en el restaurante Imperial,  ya sabes,  en la Puerta Purchena. Los hermanos Nicolás y Cristóbal nos tienen preparada una cena a base de mariscos y carnes selectas. Después  iremos al bar de  Manolo Manzanilla  a tomar una copa y te presentaré   una persona que te va a  encantar. Además, te tengo que contar algo interesante, «tu vas venir, n’est-ce pas?» —terminó preguntando.

  • ¿Pero no teníamos que navegar mañana por el Cabo de… —objeté.

—Olvídate, tienen que revisar la maquinaria del «Lady of my heart»; si acaso, iremos allí por tierra o utilizaremos la goleta si no hace mal tiempo. « Lino, tu vas venir ou non?» — insistió Monique—, que no me  llamaba por mi nombre real desde que nos conocimos,  utilizaba éste en su lugar por una razón que explicaré más adelante.

—«Bien sûr», claro que iré.

        Soy  descendiente   de colonos españoles que se instalaron hace tiempo en Argelia: los «pieds noirs» (pies negros),  denominados así por las botas negras que calzaban. Aunque no nací en ese país, heredé parte de la cultura francesa y aprendí la lengua de Molière desde mi infancia.  Por otro lado, como  Monique hablaba español  no era extraño que se mezclaran palabras de ambos idiomas en nuestras conversaciones. Suele ocurrir en las zonas geográficas de dos o más hablas.

     Monique  se quedó descansando cerca del tranvía  y yo me encaminé por el parque Nicolás Salmerón  hacia el hotel donde me alojaba.

     La cena en el Imperial fue amena y exquisita. Yo sentía curiosidad por ese ‘algo interesante’ que debía desvelarme la francesa,  pero cada vez que le preguntaba se reía y me respondía: ‘estás intrigado «mon ami»’, o bien, ‘después, después, no seas impaciente, aquí hay  demasiado ruido para conversar con tranquilidad y, además, no se habla con la boca llena’.

    —¡Anda, que en el bar vamos a poder hablar mucho!

   El bar Manzanilla se encontraba en la calle Jerez, junto al Zapillo, un barrio de la ciudad cercano al  antiguo cargadero de  mineral.  Como no estaba muy lejos del restaurante, en lugar de ir en coche  bajamos a pie por la calle principal hasta el puerto,  luego torcimos a la izquierda. ¡Cuestión de hacer mejor la digestión! Nada más llegar a las puertas del anexo que el bar mantenía para determinados eventos, reconocí  la música  que se escapaba del local:   pertenecía al inconfundible  Count Basie, uno de los mejores intérpretes  del “swing” del que yo  era un ferviente  admirador. En este caso, no se trataba de una grabación sino de una actuación en directo.  El ambiente cálido nos envolvió enseguida. Monique  me cogió de la mano y me condujo hasta el músico; yo la seguí, entre obediente y pasmado, ¡qué dulce era dejarse llevar! Conforme avanzábamos hacia el artista,  la mujer iba saludando a los asistentes. Monique  hizo las presentaciones de rigor, le explicó quién era yo y conversó un momento con él; finalmente le pidió  que interpretara el tema más popular de su repertorio: ‘One O’Clock Jump’.

  Sin yo darme cuenta le había solicitado un segundo tema. Me enteré  cuando el músico tocó “I’m tired of waiting for you” y  Monique me dijo  que si no había entendido  el título de la canción podría traducírmela más tarde. Luego, la mujer  esperó un gesto de complicidad  del americano al iniciar un tema lento  para pedirme  que la sacara a bailar.

  —Sabes, el “Conde”  —así llamaban a Basie—  tiene que hacer un cameo en la goleta.

  —¡Ah! —dije—. Oye, ¿qué era eso importante que tenías que contarme?

  —¿Lo de la canción? —preguntó riendo.

  —No, lo otro, lo que me comentaste esta tarde.

La francesa iba a lo suyo, me susurró al oído:

  —Quiere decir: ‘Estoy cansado o cansada de esperarte’. «Bon, tu comprends?», ¿Sabes por qué lo digo? ¿Es que estás casado o tienes alguna «liaison»? Si es así, olvídate de mí, pero si  te gusto aunque sea un poco, dímelo.

  — No, en absoluto, ni estoy casado ni  tengo una relación —fue lo único que respondí. No me atreví a confesarle que me atrajo desde el primer día

   Ella soltó un ‘uf’ de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.

    Monique y yo nos  habíamos conocido de forma circunstancial  en la primavera de 1970, cuando llegué a la ciudad después de una prolongada ausencia. Tras registrarme en un hotel y tomarme una ducha reconfortante, me fui a dar  un paseo por la zona portuaria hasta casi llegar a la salida de la carretera que conduce a Málaga.  Descubrí  una aglomeración de curiosos cerca de un pequeño poblado de casas de madera muy cercano al muelle. Como la cortina humana me impedía ver lo que ocurría por delante, pregunté a los de atrás qué sucedía. Una de las personas se volvió brevemente y contestó:

    —Están rodando una  película con actores franceses, italianos y españoles; me parece que es una coproducción. Trabaja la BB esa… —Después, como un resorte, se giró de nuevo, me miró con detenimiento y exclamó: ¡usted  se parece al actor principal!— y volvió  a mirar entre las cabezas.

     Sonreí. No era la primera vez  que me comparaban con el actor Lino Ventura,  un duro “simpático” del cine francés, famoso por sus películas de acción. Era cierto que ambos teníamos  aproximadamente la misma estatura y, más o menos, semejante complexión, pero yo  no encontraba ningún parecido entre mi  semblante  y  la cara ancha y bonachona, la  nariz gruesa y la  mirada de acero del artista, por mucho que me digan que todos tenemos un sosias en nuestra vida.

     Busqué un hueco por un lateral y  me colé hasta la primera fila de los mirones para contemplar mejor lo que sucedía; esto provocó algunas protestas que motivaron la intervención de un guardia y de una persona  del equipo de rodaje  para poner orden. El hombre se me quedó mirando  sin decir nada y fue a contarle algo a una mujer rubia: Monique. Ella se inclinó hacia un hombre barbudo, seguramente el director de la película o el de fotografía, que estaba mirando  por el visor de la cámara  los detalles de la próxima escena y le comentó algo señalando hacia mí; la persona asintió con la cabeza y un meritorio  vino a buscarme.

    Ellos  hallaron  la  similitud a la que me he referido antes. Me propusieron trabajar  como «stunt»  —nombre inglés de actor de doblaje—  en determinadas escenas, siempre y cuando no fuesen  de acción;  prácticamente sería un doble de luz. Me enteré de que Lino Ventura  no  se maquillaba en sus películas y que tampoco besaba a la protagonista de turno, que en este caso  era Brigitte Bardot. Ante las  miradas interrogantes de Monique y del director, accedí sin dudarlo. «Le jeu en vaut la chandelle», sí, merece  la pena  — me dije—, una oportunidad como esta no se presenta todos los días. Y aquella experiencia me atraía, tanto como  los bellos ojos de la francesa.  

     Así fue como Monique y yo nos conocimos, no lejos del Barrio de Pescadería,  origen de la que fuera en su día ciudad califal de Almería, convertida por aquellas fechas en el plató de filmación del “Bulevar del ron”, una película  que me facilitó un pasaje para viajar en el tiempo hasta Jamaica.  De la noche a la mañana,  me vi envuelto  en el ambiente bullicioso de un Kingston ficticio, rodeado de focos, cámaras, jirafas de sonido,  actores y figurantes,  con el megáfono dando órdenes de ‘¡silencio, se rueda!’, al ritmo de claquetas y  de voces de ‘¡acción!’ Monique resultó ser la ayudante del director. Desde el primer momento empezó a llamarme ‘Lino’, como el actor, y cuando le pregunté por qué no me llamaba por mi nombre me contestó que era el diminutivo de Paulino, su abuelo materno.

    Volviendo a la velada en el bar Manzanilla, la rubia francesa y yo aprovechamos un descanso del pianista para sentarnos a una mesa que se había quedado libre  tras la marcha de varios miembros del equipo de cine. Intuí que iba a ser el momento de que me desvelara  aquella información ‘interesante’.

    —Tú sabes que la película que estamos rodando trata sobre la Ley Seca y el contrabando de alcohol, pero quizás  ignoras que hubo varios  bares-casinos flotantes a lo largo de las costas americanas,  en el límite de las  tres millas de aguas territoriales para evitar violar la ley. Cuentan que hubo hasta diez entre 1920 y 1930.

    Solo me voy a referir a uno de ellos, el ‘SS MonteCarlo’, que se situó  entre las Islas Coronado y Coronado, ciudad y balneario del condado de San Diego, California. Procedía del litoral de  Long Island, en el estado de Nueva York.  Con sus 90 metros era tan largo como un campo de fútbol.  Había sido construido a base de hormigón y  barras de  acero con el nombre de ‘SS Mekittrick’, como buque cisterna para  la ‘Navy’, pero la Primera Guerra Mundial  terminó antes de que fuera acabado. De petrolero se convirtió en casino flotante, o mejor dicho, pasó a ser una especie de  isla artificial dedicada al juego, al alcohol y a la prostitución, que  funcionaba las 24 horas del día. Destacaba  a lo lejos por su larga chimenea de popa. Hizo su gran debut en mayo de 1932, anticipándose a los Juegos Olímpicos  de Los Angeles de aquel mismo año. Unos  ‘taxis acuáticos’ transportaban gratuitamente  los clientes desde la costa. Su eslogan publicitario, ‘dados, bebidas y muñequitas’, atraía  mucha gente, sobre todo de la clase media, pero también a famosos; dicen que entre los visitantes figuraron   Clark Gable y  Mae West. Se jugaba a la ruleta, al póker, al ‘blackjack’, a la lotería china y al ‘chuck-a-luck’. Por esa razón los evangelistas lo llamaron “el barco del pecado”.

    —¿Quiénes eran los propietarios? —pregunté.

    —No se sabe, aunque todo apunta a la mafia.

  • Si me estás contando todo esto es porque hubo algo más…

    —Efectivamente. El 1de noviembre de 1936, el casino flotante ofreció una gala  para  clausurar  la temporada estival. Lo que nadie imaginaba es que sería un cierre definitivo.

    —¿Qué pasó?

    — Ocurrió que, el 31 de diciembre de ese año, una fuerte tormenta, con olas superiores a cuatro metros, hizo que el barco perdiera su anclaje y encallara en la playa de Coronado. Para los evangelistas fue un castigo divino por tanta depravación. Nadie reclamó.

    Yo estaba sobre ascuas, solo tenía oídos para lo que me estaba contando Monique,  y a ella  le brillaban los ojos. Prosiguió:

    —Creo que los dos vigilantes  del barco se salvaron. Los que no pudieron ser rescatados fueron los 100.000  o 150.000 dólares  en monedas de plata que, según dice la leyenda, siguen a bordo. Tú me dijiste que habías hecho submarinismo en tu juventud, y yo conozco una empresa de Marsella que estaría dispuesta a prospectar en la zona del hundimiento. Son amigos míos, únicamente nos cobrarían los gastos de desplazamiento y de material. Si se encontrara el tesoro les tocaría un tanto por ciento. Creo que con el dinero que hemos ganado en este trabajo podríamos intentarlo. Total, como decís en España: «Más se perdió en Cuba».

     —No sé, no sé, de verdad; me parece arriesgado. ¿Qué ocurrirá si no hallamos  nada? No contestes, te lo voy a decir: habremos desperdiciado nuestro dinero.

     —No estoy de acuerdo —contestó Monique  entrecerrando los ojos como una gata—  habremos disfrutado juntos de un precioso viaje a California.

     —Visto así, merece la pena…

El secreto. Autor: Mercedes Bagó Pérez

Tenía cuatro años, cuando vi un carrito azul de pedales  en  el estante más alto del garaje, pedí que lo bajaran, porque quería jugar con él.  Si era la única niña en la casa y aquello era un juguete, debía ser mío, pero nadie mostró interés en complacerme, solo trataron de desviar mi atención hacia otros juguetes. A los pocos días, mis padres creyeron que lo había olvidado, pero volví al garaje y no estaba, ese hecho se convirtió en la primera confusión entre lo que es real y lo que es imaginario.  Papá y mamá seguro pensaron que eso no me afectaría, porque es normal que los niños imaginen cosas, afirmaron: «ya se le olvidará».  Para ayudar en el proceso del olvido mi padre me regaló mi primer velocípedo.  «Hay que distraer la niña con algo que le llame la atención, además, tiene pedales, ¿cuál será la diferencia para ella?» aseguró mi madre.  En varias ocasiones más pregunté por  el carrito azul y mamá me traía una muñeca de Holguín,  de las que cierran los ojos azules al acostarse y las que al apretarla, les suena un pito que tenían en la espalda, otro día me traía  un jueguito de tacitas, platitos con cubiertos y vasos.  Papá  me regalaba la pelota, el trompo, la pistola de misto fulminante, el carrito que le prendían las luces, le sonaba la bocina y se manejaba con un aditamento remoto conectado a un cable.  Jugaba con todos, sin percatarme de que mamá y papá competían para lograr mi atención.

Nunca entendí que mis juguetes fueran “híbridos”.  Nombre con el que una prima los bautizó.  Le pregunté a mamá: «¿Qué significa “híbridos”?» Contestó molesta: «Una tontería que se le ocurre a una envidiosa, que nunca tuvo tantos juguetes como tú», pero mamá regañó a mi padre por traerme juguetes “para varones” y le pidió, que de ahora en adelante, trajera juguetes “para niñas”.  Llegué a tener cinco muñecas ciegas o tuertas y cuatro de ellas sin pito en la espalda.  Al investigar como aquellas chicas cerraban los ojos, se reveló que el secreta estaba en una pesita entre ambos ojos.    Ahora tenía que encontrar cómo funcionaba el pito de la espalda, así que hice mi primera cirugía, la segunda y así con todas, extraje todos los pitos de las espaldas de las muñecas.  Descubrí que el pito funcionaba con aire, así que al soplarlo el aire hacia que sonaran, con la práctica aprendí que los pájaros del campo respondían al pito, ahora era que la cosa se ponía divertida, hasta que mamá recogió todos los pitos.  Su argumento era que los pitos eran metálicos y podía tragármelos, quizás se me insertarían en el intestino o en el estómago y tendría una hemorragia interna.  Esos presagios negativos por parte de mi madre eran limitantes y frustrantes para mí.  ¿Por qué mamá siempre pensaba que me iban a ocurrir cosas terribles que podían causarme la muerte?  Pregunta que fue contestada varios años después, cuando conocí el secreto largamente guardado de mi familia.

En los momentos de casi un mortal aburrimiento recurría a las tazas del juego de café y los platos, pero estos terminaban llenos de piedras y fango mientras imitaba servir una suculenta comida, que para nada era comestible, lo sabía muy bien, porque tuve la osadía de probarla.  Por supuesto, en esos momentos de incontenible necesidad de saber más, averigüé cómo funcionaba el trompo, el carrito y la pistola de misto.  Al fin y al cabo el más extraordinario de todos los descubrimientos resultó ser, que los juguetes de los niños son más interesantes que los de las niñas.  Por eso mi obsesión con el carrito azul de pedales.   Cuando papá comenzó a traerme muñecas de diferentes tamaños, se llenó mi cama con todas ellas, vestidas con trajes de vuelos, con muchas flores y colores.  Nunca más jugué con ellas, para qué, ya sabía por qué cerraban los ojos azules y cómo funcionaban los pitos de sus espaldas.  En una de esas tardes de siesta de mamá, encontré una cajita escondida entre las costuras, ahí estaban todos los pitos de las muñecas.  

A finales de 1958 seguía corriendo en mi velocípedo y de vez en cuando preguntaba por el carrito azul de pedales.  ¿Dónde estaba?  ¿De quién era?  ¿Por qué no pude usarlo?  También, tras bambalinas conocidos y familiares hablaban de la existencia de un niño llamado Pepín.  Tubo que pasar mucho tiempo para comprender que había una relación entre el carrito azul y ese niño.   Ese chico travieso llamado Pepín me llevaba dos años.  Todos hablaban de él, menos en casa, una sola vez pregunté y las miradas fueron fulminantes, con negativas de su existencia en tono de regaño.  Mi hermana privadamente me dijo:

—Ese nombre no se menciona, está prohibido.  

—¿Por qué? —pregunté intrigada—.

—Cuando crezcas lo sabrás todo.  Es por la salud de mamá, si no quieres que se muera no puedes hablar de eso, nunca.

Los vecinos, familiares en casa de mi abuela materna y ciertas amistades hablaban de Pepín en mi presencia y fui atando cabos, hasta que una amiga de la familia me preguntó si realmente no me acordaba de Pepín.  Le aseguré que nunca lo conocí.

—Lo conociste, eras muy chiquita cuando eso, será por eso que no lo recuerdas.   ¿Quieres que te cuente sobre él?

No me atreví a contestar, pero mi corazón de niña curiosa, se derramó en mi mirada inquisitiva. Mi amiga, unos 5 años mayor, estaba resuelta a contarme todo el secreto familiar y satisfacer mi curiosidad.

—Era un niño lo que se dice bonito, rubio, ojos café, sonrisa hermosa y gran simpatía.

Me contó que Joseíto el hermano de papá, rayaba en la locura al verlo, se comportaba como si fuera propio, quizás por no tener hijos varones.  Tanto los abuelos como los tíos estaban embrujados con Pepín.  Papá lo paseaba en su moto negra, luciendo su vástago y presumiendo su tesoro de varón.    Tenía 11 años cuando escuché esta historia y para ser sincera no entendía las dimensiones que representaba lo que mi amiga me decía.  Pensaba: «¿Por qué el secreto, el miedo, el silencio?  ¿Dónde estaba Pepín?».

Fueron varias sesiones de plática, unas veces comiendo guayabas u otras frutas, algunas veces mientras caminábamos por el campo, en las tardes.  Mi amiga tejía aquella historia y desenrollaba un pasado triste para todos, especialmente para mamá.  Entonces entendí, “el carrito azul de padales” era de Pepín.  

Como parte de esta historia mi amiga me contó detalles de la construcción de mi casa que tuvo relación con la muerte de mi hermano.  En los años cincuenta, las casas eran de madera y se acostumbraba usar unas planchas de madera prensada como revestimiento de las paredes internas, para darle mayor belleza al interior.  Pepín le dio por sacar pedazos de esa madera prensada de las paredes y se las comía.  Al cabo de un tiempo el niño tuvo una obstrucción intestinal.  Las razones médicas, en ese momento no las entendí, pero hubo que operar el niño y le cortaron parte del intestino.  Al regreso de esa intervención quirúrgica todo parecía estar bien, pero tuvo otra obstrucción y esta segunda vez no sobrevivió, muriendo de infección severa a los pocos días en un Hospital de Holguín.  Corría 1954, estábamos bajo la dictadura Batistiana con sus manoseados arreglos electorales, mientras la Revolución Cubana se gestaba en la conciencia colectiva.  La efervescencia estaba presente en toda actividad y traer el cadáver a los Moscones, resultaría en un papeleo incomodísimo y todos se encontraban desechos de tanto dolor e impotencia.  Joseíto, hermano de papá, decidió sacar al niño del hospital en brazos, como si este estuviera dormido, lo vistió, lo cubrió con una frazada y salió del hospital hacia donde estaba su Ford del los cuarenta y lo acostó en el asiento trasero.  Con fortaleza y determinación controló su propio llanto sin que se notara nada.  Al llegar a casa después de recorrer unos 40 kilómetros, lo colocó en la cama y lloró sobre su cuerpecito yerto e inmóvil.  Mis padres regresaron después junto a otros familiares que estaban con ellos en el hospital.  Mi hermano, José Benito, al que todos llamaban Pepín, tenía escasamente 4 años cuando murió; fue velado en casa, al igual que posteriormente lo fue mi abuela paterna.

Según me contó mi amiga, mamá calló en un letargo indescriptible tras aquella terrible pérdida, tenía intervalos alternos de profundo silencio y gritos, acompañados de una mirada perdida.  Posterior al sepelio del niño, mi madre se abandonó de sí misma, perdió el interés en todo lo que antes la desvivía.  Descuidó su higiene personal y volvieron los letargos con intervalos de gritos y silencios.  Se sentía culpable por la pérdida de su hijo, porque según algunas personas decían, los sucesos ocurridos fueron por descuido, por no haber estado pendiente a un niño tan travieso como lo fue Pepín.  

Mi abuela materna se quedó con ella en casa para atenderla, asegurando que en poco tiempo la sacaría de la profunda tristeza.  Abuela Pancha estaba muy segura de sus métodos.  Mi hermana se fue a casa de nuestra abuela materna, a estar con unas tías y me llevó con ella.  Norma con casi 18 años se convirtió en mi madre por casi dos, ella también lloraba a escondida la pérdida de su único hermano.  Papá estuvo deshecho llorando y fumando su pena en cigarros Partagás, hasta que una mañana decidió que la vida continuaba, porque tenía dos hijas y una esposa destrozada, a las que no podía abandonar.  Abuela Pancha, pacientemente atendió a mamá, tomándole la recuperación mucho más del tiempo predicho.  Papá y Joseíto mi tío, desnudaron las paredes interiores de la casa de toda la madera prensada que la revestía en su interior.  

—Quizás no se ve tan elegante, pero será más segura para cuando regrese la niña — afirmó mi padre, refiriéndose a mí.

El día de las madres de 1956, mi hermana y yo fuimos a ver a mamá a casa, corrí hasta ella, se encontraba sentada en uno de los balances del portal, con su pelo ondeado sujeto tras la oreja, dejando ver sus pequeños aretes, estaba bañadita y perfumada, me extendió los brazos sonriendo.  Parecía que la habíamos recuperado.  Abuela le explicó a mi hermana que no debíamos hablar de Pepín, al menos por un tiempo prudente.  Nuevamente el tiempo prudente se extendió, nunca en casa se mencionó a mi hermano, así convirtieron su existencia en un secreto.

Mi madre se convirtió en mi guardia de protección, para ella cualquier cosa representaba un peligro para mi vida.   A finales del año 1964, para mi cumpleaños número 12 papá fue a mi rescate regalándome una bicicleta checa color verde esmeralda.  La había visto en Mir días antes, le conté a papá que aquella bici era lo más extraordinario que había visto, mamá descartó la idea por ser algo muy peligroso.  Una tarde para mi sorpresa mi padre vino desde Mir montado en ella, no podía creer lo que veía, corrí a recibirlo, me senté en el sillín y con un leve empujoncito salí como si hubiese nacido sobre aquella bicicleta.  Creía que papá seguía tras de mi sosteniéndome sobre aquellas dos ruedas y cuando miré hacia atrás papá estaba distante de mí, la sensación de libertad que producía el aire en mi rostro, peinando mi pelo hacia atrás, era nuevo para mí y una de las cosas más maravillosa que había vivido hasta entonces.  Había crecido lo suficiente como para cambiar el velocípedo por una bicicleta, la seguridad de tres ruedas por la aventura de dos, donde misteriosamente me sostenía sin caerme.  Mi padre luchó con mi madre y ésta accedió a que paseara todas las tardes mientras ella sentada en el portal me seguía con la vista de un extremo al otro del camino real.  Era un trecho largo comparado con el portal de mi casa y lo recorría de 10 a 15 veces cada tarde, pedaleando, sentada, parada, sin manos, sin piernas y cuanta monería me era posible inventar, mientras mi madre se desesperaba mirándome desde el portal, sufriendo con su enorme secreto latiendo presuroso en su corazón.

Cuando mi padre decidió llevarme al cementerio para mostrarme la tumba de José Benito, ya estábamos en 1965,  yo tenía 12 años, el sol estaba coronado de poder ese día y la sombra del flamboyán a la entrada del cementerio era  una paradoja de alegría.  Papá debelaría esa tarde ante mí, aquel secreto familiar.

—Tengo algo que enseñarte y además, una historia que contarte.  Porque estoy seguro que tú volverás a esta tierra algún día y deseo que vuelvas aquí, para que coloques flores sobre…

—No me interesa ver nada. —interrumpí—.  Sé esa historia y no porque ustedes me la contaran.   Además si nos vamos, no voy a regresar sola —no era mi intención ser descortés, pero realmente el secreto y el afán de ocultar la historia de Pepín, me llegó a resultar incómoda a medida que crecía y maduraba.

Mi padre se refería al regreso a Cuba después de nuestro futuro exilio.  Exilio que producía sentimientos encontrados en mi interior, los cuales siempre guardé, porque yo también tenía derecho a mi propio secreto.

Alma llanera (para Rodrigo). Autor: Ofelia Luengas Lasso

Cuando viajo a esta espectacular región de mi país Colombia, no puedo dejar de sentir la misma emoción y alegría que experimenté al verla por primera vez hace treinta años. Desde hace cinco años realizo esta travesía dos o tres veces al año, por asuntos laborales, pero aun así, mi corazón palpita y mi adrenalina se despierta impetuosa por todo mi ser, cada vez que voy. Es innegable la belleza de los llanos orientales y es menester de todo aquel que los descubre, hablar de su majestuosidad, de su hermosura de su riqueza hídrica, la flora, la fauna , de toda esta biodiversidad, afortunadamente casi inexplorada, los llanos son dignos de ser ponderados y admirados por propios y extraños.

El éxtasis que siento por ir a este sitio sólo lo comparo con el gozo que siento cuando regreso a mi país, Colombia, después de un viaje al extranjero. Es mi tierra, mi ancla al planeta, mi sitio en este cosmos…. Amo lo mío, quiero lo nuestro, el terruño de mis ancestros y aunque no soy llanero, tengo alma llanera, siento que pertenezco a ellos, que quizás en una vida pasada, fui un llanero que cabalgaba por todas sus extensiones llevando el ganado a algún lejano abrevadero.

Para aquellos que siguen estas líneas y no conocen Colombia, les puedo decir que los Llanos Orientales se asemejan a una parte del África, pero sin elefantes, ni jirafas, pero con mayor riqueza hídrica. Llegar hasta mi destino en los Llanos Orientales significa muchas horas de viaje terrestre y acuático. Parto desde Villavicencio, capital del departamento del Meta,- localizada a 4° 8′ 33″ Norte, 73° 37′ 46″ oeste, el cual presenta un clima cálido y muy húmedo, con temperaturas medias de 28° C y 30°C – , para llegar a Puerto Lopez; esto lo hago por carretera en bus para luego llegar a Puerto Gaitán, son casi tres horas de recorrido. Se diría que hasta aquí llega la carretera y efectivamente así es. Debo pernoctar en un pintoresco y limpio hotelito para al otro día a las cinco de la mañana abordar la lancha que nos llevará hasta Santa Rosalía.

Recorremos el río Guacacías por un lapso de tiempo de 10 minutos hasta encontrarnos con el gran río Meta. El río Meta es un largo y caudaloso río de la Orinoquia colombiana, que desemboca en el río Orinoco, recorre territorio colombiano y venezolano, pero el río no sabe de divisiones políticas, sólo viaja gallardo y placentero por la tierra, regando su superficie, proporcionándonos alimento y frescura, tiene un caudal medio de casi 6500 metro cúbicos por segundo y tiene una longitud de 804 kilómetros, la superficie de su cuenca es de 93800 kilómetros cuadrados.

Antes de salir en la lancha, me aseguro de tener mi asiento al borde del bote para sentir sobre mi rostro, la brisa y el agua salpicándome, además pensando, probablemente en mi seguridad personal pues en un caso extremo, sería uno de los primeros en saltar al agua, para resguardar mi vida.

Después de encontrarnos con el río Meta, navegamos por sus rápidas aguas, a una buena velocidad entre 40 y 60 kilómetros por hora, hasta Santa Rosalía, que se encuentra a tres

horas y media de camino. Antes de llegar a Santa Rosalía, que pertenece al Departamento de Vichada, paramos en Orocue, un pueblito ribereño del Meta, paramos en unas escalinatas que bajan hasta el río, por donde descienden las mujeres cargadas de alimentos para ofrecer a los viajeros de las lanchas unos desayunos suculentos, esto es algo pintoresco y muy original. Calmamos nuestra hambre y continuamos nuestro viaje por el río Meta. Es de mañana y el sol ha salido con donaire, se refleja sobre las inquietas aguas, el esplendor nos encandila un poco, pero no ceso de admirar el paisaje, de vez en cuando el río se pica por el viento y observo aguiluchos, chigüiros, osos hormigueros, tortugas, a veces caimanes y en algún ocasión anacondas o Guíos como son conocidas estas espectaculares serpientes en esta parte del país.

Ya en territorio de Vichada que es uno de los treinta y dos departamentos que tiene Colombia, su capital es Puerto Carreño. Es el segundo de departamento más extenso, es el tercero menos poblado del país y el segundo menos densamente poblado, la densidad poblacional es de 0,68 habitante por kilómetro cuadrado, pues tiene una superficie de diez millones de hectáreas, aquí se halla uno de los parques naturales el parque nacional El Tuparro. Es tierra inexplorada y casi virgen, para regocijo de los ambientalistas y amantes de este planeta azul.

Cuando llegamos a Santa Rosalía, en horas de la tarde, tomamos un camino que es casi una trocha, en una vieja camioneta que soporta los baches de esta vía, para llegar a la primera finca que debo visitar. La casa de la finca es rústica pero muy agradable donde vive el mayordomo encargado de cuidarla. Ansioso espero la llegada de la noche para tumbarme en el suelo de esta gran llanura y contemplar ese firmamento lleno de estrellas y luceros. Cuando aún no anochece se observan claramente la luna y el sol, distantes los dos, pero en el mismo cielo, es entonces cuando recuerdo la hermosa leyenda de amor entre la luna y el sol, la cual comenta que hace muchísimo tiempo el sol y la luna salían juntos, el sol amaba intensamente a la luna, se sentía el astro más feliz del cosmos, pero la luna era una tremenda coqueta y no quería dejar de ser admirada por otros, ella se reflejaba sobre el mar, y éste se encabritada con su reflejo y se extasiaba con su belleza, un día sol los pilló en este devaneo y no soportó la infidelidad de su amada, la condenó para siempre a salir de noche, porque él de ahora en adelante saldría de día, la luna lloró, suplicó, derramó lágrimas de arrepentimiento, pero no, el sol, no la perdonó, pero ella guarda aún la esperanza de volver a estar juntos, de salir juntos, al mismo tiempo, y en algunas ocasiones, antes del anochecer, en tardes claras, la luna lo atisba de lejos al sol, esto lo hace porque el mar se encuentra muy lejos de la llanura y se ven juntos a lo lejos, y en estos llanos se observa claramente al sol poniéndose y la luna saliendo, juntos pero lejanos…. y la luna le hace guiños al sol, pero él, orgulloso la mira y se oculta….

Y me quedo extasiado, viendo el atardecer, la luna y el sol enfrascado en su amor y desamor, para ver llegar la noche, la luna en su belleza y plenitud, el sol ya se ha ocultado para dar paso a esos hermosos puntos luminosos en el firmamento que nos tienen tramados a los hombres desde nuestros principios como humanidad. Es también sentir la frescura de la noche, el viento suave, los sonidos de los animales, el bramido del ganado, pero sobre todo, la paz y la tranquilidad que inunda mi alma llanera, mi espíritu guerrero y aventurero y recargo todo mi ser, arrullado por el sonido de las cigarras.

Al otro día entramos en faena, a tumbar un ternero para marcarlo, lo cual es una tarea que parece fácil pero que requiere experticia y cuidado….. también debemos esquivar las vacas recién paridas, pues son muy agresivas cuando acaban de tener su cría, igualmente hacemos mediciones, demarcamos limites, bordeamos los caños de aguas cristalinas que son como arroyuelos , ricos en peces y limpios como el alma de un bebe. Caminamos por esta extensa llanura, en la cual no se encuentran piedras, lo cual me parece una condición muy particular de esta tierra: no hay piedras. Los caños están bordeados de exuberante vegetación, lo cual es conocido como morichales. Debemos atravesar arroyos, los cuales son engañosos con su profundidad, a veces se nos han ahogado algunas reses, quienes confiadas los atraviesan, pero tarde, se dan cuenta que son profundos y corrientosos y nosotros un poco más prudentes que las difuntas reses, tomamos nuestras medidas de precaución. Es un trabajo arduo pero la fatiga no importa, porque en la tarde viene la suculenta comida y en la noche la música llanera, acompañada por la infaltable arpa y las canciones de amor….. y después el merecido descanso.

Los amaneceres son espectaculares, dignos de ser recordados para siempre, ese sol majestuoso y ardiente, desplegando sus rayos en toda la extensión de la llanura, las garzas desplegando sus alas, los aguiluchos revoleteando buscando algún ave pequeña que les sirva de desayuno.

Son varias fincas que debo de visitar, mi agenda es apretada, pero no importa, cumplo con mis deberes laborales, pero no por ello, dejo de extasiarme de la belleza de los sitios de los llanos orientales, que no sólo son territorio colombiano, pues también forman parte de Venezuela. El baile más popular y típico de esta región es el joropo, el cual intento seguir y zapateo, lo hago bien, pero se ve mal. Me atrevo a sentirme como un dios en el olimpo saboreando su ambrosía, yo en cambio deleitándome con la carne asada, la yuca y la papa; otras veces me alcanza para pescar con anzuelo peces de tamaño respetable, que luego preparamos y saboreamos con gusto. Estoy a miles de kilómetros de la civilización, no hay señal de telefonía móvil, de modo que mi celular sólo funciona hasta Santa Rosalía. Tampoco hay energía eléctrica…… es como encontrarnos en otro tiempo, es adentrarnos en una capsula del tiempo.

No dejo de maravillarme cuando me encuentro con una anaconda ( Eunectes murinus), cuyo nombre científico “eunectes” viene del griego, que significa “ buen nadador”. Estas espectaculares serpientes no son venenosas, son constrictoras, es decir que asfixian a sus presas para después engullirlas. Y por supuesto que les guardo mucho respeto y admiración. A veces creo que ellas nos temen más a nosotros, los humanos, que no cesamos de exterminar a los animales que les tenemos miedo o temor. Analizo si es que a veces no enfrentamos nuestros temores y miedos, sin encararlos, para simplemente querer eliminarlos, sin conocer realmente la raíz de su origen.

Son quince días de embriaguez de biodiversidad y hermosura, de música bella, de cabalgatas, de vadear por los ríos, de navegar, de trabajo arduo. De distanciamiento de la civilización, pero sobre todo de valorar, mi tierra, de querer cada día más, cuidar este planeta, de dejar a

mis hijos un legado de amor y respeto por lo nuestro, por nuestro planeta azul y sobre todo por el respeto para cada uno de los seres de esta tierra.

De regreso a la civilización, a mi ciudad Cali, donde está mi ancla, mi polo a tierra, dejo con cierta tristeza, esta llanura verde y misteriosa, como una mujer esquiva y hermosa. Deseando que la ambición desmedida de nuestros gobernantes no se vayan a parrandear este paraíso terrenal. Para mejorar las comunicaciones, prefiero el tren, antes que las carreteras, para lograr mayores riquezas, prefiero la agricultura responsable y amigable, la producción limpia y muy responsable y para ayudar a mis compatriotas, prefiero el perdón genuino y próspero que el odio recalcitrante e improductivo.

El día que cambié un souvenir por… ¡¡¡doscientos cristales de Swarosvski!!!. Autor: Inma Maletas

Verano. Berlín. Calor. Iba camino de una charla que daba un ministro alemán sobre Derechos Humanos. El evento prometía. Justo al salir del metro conocí a una señora qatarí elegantísima que también iba a la conferencia. Comenzamos a hablar. Ella llevaba manga larga, turbante en la cabeza de terciopelo verde y un maquillaje digno de ceremonia de los Oscar.
Cuando le dije que era española, me confesó que amaba con locura el flamenco y que solía venir con sus amigas a Málaga en plan escapada de vez en cuando desde Qatar. Fue un ratito de conversación de esos que unos temas te llevan a otros, el caso es que, cuando pasamos el control de accesos y llegamos a la sala, nos sentamos juntas y seguimos hablando.
Ella estaba un poco acalorada. Yo tenía un abanico precioso, pintado a mano que había comprado en Granada. En él aparecía una “bailaora” con traje rojo de lunares. ¡Souvenir típico donde los haya!

Pensé que le podía gustar y también, dadas las altas temperaturas veraniegas, le iba a venir de perlas. El caso es que después de mucho insistir, al final logré que aceptara mi regalo. Cuando lo abrió y vio el dibujo, casi se le saltan las lágrimas. Se lo llevó al corazón, como muestra de agradecimiento antes de abanicarse. Lo usaba con mucha delicadeza. Nada que ver con los aspavientos que a mí me gusta darle a este artilugio, que lo convierto de facto casi en un ventilador. Incluso los que están cerca notan sus efectos.

Ahí no quedó la cosa. A los cinco minutos (les diré que, con el calor, yo echaba de menos mi abanico, pero una es así de generosa y asume las consecuencias) me dijo que estaba tan agradecida que ella también quería regalarme algo. Yo insistía que no era necesario, que lo había hecho encantada.

El caso es que metió la mano en su bolso (¡precioso!) y sacó un bolígrafo hecho con… ¡doscientos cristales de Swarovski! Ahora era yo la que decía que no podía aceptarlo, que el abanico no valía tanto, que no era necesario, que ya tenía un “boli” (era el del hotel). Me dijo que era auténtico, cosa que yo no dudaba. Y, como ella había hecho unos minutos antes, ahí estaba yo escribiendo flojito, con delicadeza, con aquella “joya” en mis manos.

Pero ya no se trataba de una transacción económica. Aquel “negocio” tenía ya el sello intangible de una amistad forjada con dos souvenirs: uno español, otro qatarí. Una permuta de dos cosas con igual valor: el aprecio.

En Granada, de tan bonitos que eran, compré dos abanicos. El otro, aún lo tengo. Mis amigos me dicen que, con este precedente y por si acaso, me lo lleve en mi próximo viaje. Pero, les contaré un secreto: Yo lo guardo por si veo de nuevo a mi amiga qatarí. Quedamos en vernos en Málaga. La generosidad, que tiene estas duplicidades.

Cuentos desde el sur, Autor: Pau Llambies Balle

Al verme, desde el otro lado de la calle, el señor Gege me saluda con el brazo y me hace señas para que le espere, mientras busca un hueco entre el incesante torrente de tráfico para cruzar. Lleva el periódico bajo el brazo y, al verme con la cámara en el hombro, viene a preguntarme donde he tomado la última fotografía.

El primer día que le vimos no eran aún las ocho de la mañana y andaba dando tumbos. Apestaba a licor, iba desharrapado y llevaba ya el diario bajo el brazo izquierdo. Entonces no llevábamos ni una semana en la India y le dimos largas, mientras él preguntaba de donde veníamos e insistía en ponernos al tanto de las noticias futbolísticas de nuestro país. Desde entonces, muchas mañanas nos cruzamos, mientras él se dirige hacia el puesto callejero donde muchos se aglutinan para tomar un chai, y yo aprovecho las primeras horas para dar un paseo, antes de que el calor empiece a ser insoportable.  

Las flores que cubren las aceras solamente duran dos meses, me comenta. Luego subirá más el calor y vendrá el monzón, que no se irá hasta comienzos de septiembre. También me enseña fotos en el periódico de la celebración del Holi, que tuvo lugar ayer en Bangalore, y del que aquí, en la ciudad, apenas quedan unos tímidos rastros de color sobre el asfalto. Me habla además del elefante que murió en el zoológico de Mysore, que según creo entender padecía de un problema grave en la rodilla. Como hoy es lunes, Gege aprovecha para enseñarme los resultados del Barça y del Madrid y, al responderle sobre mi equipo preferido, asiente con la misma sonrisa que intuyo que me regalaría si mi respuesta fuera la contraria.      

De vez en cuando me pregunta si ya he desayunado y, al responder que sí, se interesa por saber qué he comido exactamente. Una curiosidad que, al menos en el sur, es muy habitual y se expresa siempre muy cortésmente, incluso en los sitios más inesperados. Entonces me sonríe y me invita a tomar un chai en el chiringuito donde acude él todas las mañanas.

***

Al hundir los dedos en el arroz para mezclarlo con el curry, me invade un ancestral sentimiento de culpa. Como si en el mismo instante en que mi mano derecha rozara la comida fuera a escuchar la voz de mi madre diciendo que no se juega con la comida.

Se hace extraño para mí comer con las manos, pero con el tiempo se convertirá en una agradable costumbre. Al tocar la comida directamente, sin intermediarios, puedo sentir la textura y la temperatura antes de introducirla en la boca, algo muy obvio de lo que no me había percatado hasta el momento. Así, puedo saber si lo que voy a comer está demasiado caliente y debo esperar, o desvelar previamente el tacto de los alimentos para evitar malentendidos. El picante, sin embargo, será siempre la sorpresa de cada plato.

Paso más de la mitad del tiempo observando a la gente comer y me dejo fascinar por el hecho de que todos repiten exactamente los mismos gestos con la mano, manteniendo una posición concreta del cuerpo y masticando enérgicamente los alimentos. Así que, tratando de imitar a los comensales de mi alrededor, vierto uno a uno todos los cacitos que componen el thali sobre el arroz blanco, dispuesto en mitad de una hoja fresca de plátano. A partir de entonces, con los dedos empiezo el juego de mezclarlo todo, mientras siento como la culpabilidad va disminuyendo. Poco a poco voy agarrando pequeñas porciones, que me llevo hasta la boca tratando de perder la menor cantidad posible durante el trayecto. Finalmente, con la ayuda del pulgar, impulso la comida para que llegue a su destino, y vuelvo a repetir la operación hasta que el verde de la hoja de plátano queda nuevamente visible.

Al terminar, con la boca al rojo vivo y el estómago lleno, busco el cartel de Hand Wash para lavarme la mano y limpiar mis pecados.

***

Detrás de nuestra casa, en mitad de los callejones que se intuyen más del jardín, hay un lugar donde pastan las vacas. Colocadas en paralelo y castigadas contra la pared, están atadas a una cuerda tan pequeña que apenas les permite levantar la cabeza.

En ambos lados de la vía hay un poyo para ver pasar el tiempo, y es que, en esta tarde gris, no se alcanza a ver mucho más desde aquí. A poca distancia de donde nos hemos sentado, una señora y un joven permanecen a la espera de la lluvia inminente. Algo más lejos, al principio del callejón, una mujer vistiendo sari y con jazmín en el pelo muñe las vacas, sonriéndonos de vez en cuando mientras sostiene el cuenco metálico en una mano. En el balcón de enfrente, un matrimonio de mediana edad inmortaliza nuestra presencia con la cámara de fotos de su móvil, mientras se escucha el griterío de un grupo de niños que juegan al criquet bajo la luz de una farola.  

Al poco de reemprender nuestra marcha, cuando nos acercamos al templo de Krishna, el cielo comienza a regalarnos las primeras gotas. Allí, junto a la puerta de entrada, dos caballos deambulan en la acera y un señor pide limosna a los fieles. Huele a tierra mojada y, en el asfalto empapado, las luces de neón del cine de enfrente se reflejan tímidamente, anunciando otra increíble historia de amor. Un sentimiento tan fuerte como el que nos amarra irremediablemente a esta región, el mismo que nos ha traído de vuelta casi diez años después.       

Se está haciendo de noche y, de regreso, envuelto todo en la luz de las farolas, reina el silencio. Ha cesado ya el murmullo lejano de los niños correteando y los mayores permanecen en la calle, pensativos, sentados en los escalones de su portal. Contemplan la llegada del ocaso. No va a llover más y es el momento de retirarse, hacia casa y hacia uno mismo.

***

Al oír que comienza el ritual de la pooja nos apresuramos en dejar los zapatos en la entrada del templo y en comprar unas flores de loto para dar como ofrenda. Comienza a anochecer y, a lo lejos, entre los nubarrones, se divisan algunos relámpagos.

Cuando termina la música y la danza, iniciamos una larga cola que nos acercará cada vez más al relicario, que solamente se abre durante unos instantes al día. Al llegar nuestro turno, sin embargo, la rapidez obligada y la presión de los que nos siguen hará que solamente intuyamos vagamente su interior. En el pequeño recinto donde nos encontramos hay algunas personas vestidas con túnica blanca, otras murmullando una plegaria en un rincón y una mayoría de turistas, todos impacientes. Los que no hacen cola toman fotos desde la lejanía, asomando de puntillas la cabeza y haciéndose lugar entre los demás para tratar de ver algo. Visitamos los lugares como si todo fueran museos y nos olvidamos a menudo que allí hay que gente que trata de llevar a cabo su vida cotidiana. Abarrotamos los espacios ignorando lo que significan para aquellos a quienes les pertenecen, mientras les observamos tras nuestras cámaras como si estuviéramos en el zoo.

Ha pasado más de una hora desde que entramos y decidimos salir para dar un paseo tranquilamente, rodeando el templo y disfrutando de la iluminación nocturna. Detrás de una fuente, en un rincón de la esplanada que rodea el templo, nos llama la atención una pequeña habitación acristalada, donde unos pocos cingaleses se reúnen para prender una luz en el interior de unos recipientes de barro repletos de aceite. Al poco de entrar, todavía abrumados por el calor y la belleza del lugar, un señor de unos cincuenta años nos llama haciendo un gesto con la mano para que le acompañemos y, después de prender fuego a la mecha, nos ofrece una vela para que la encendamos. Todavía hipnotizados, sin decir ni una palabra, el señor nos ofrece unas barritas de incienso y nos indica que le sigamos hacia fuera del recinto, donde tras quemarlas las clavamos en la tierra de unos grandes recipientes. Sonriente, se despide juntando las palmas de las manos y nosotros le damos las gracias emocionados, devolviéndole el gesto mientras su silueta se pierde entre la oscuridad de la noche.     

Lejos de la multitud y del fervor religioso, sumidos en el silencio, entiendo el significado profundo de la palabra ofrecer. Y, mientras volvemos lentamente a recoger nuestros zapatos, siento como se me empañan los ojos de gratitud.

***

El agua suena con fuerza al impactar en el fondo del cubo vacío y, mientras se va llenando, coloco la ropa sucia a mi lado y preparo la pastilla de jabón. Al levantar la vista, en lo alto del edificio que queda a mi derecha, un muchacho me sonríe y deja ver sus dientes blancos.

Es casi el final de la tarde y, mientras aprovecho para hacer la colada, un bullicio constante llega del callejón de la mezquita, donde un grupo de mujeres están en sus quehaceres. El recipiente casi está por la mitad con la ropa enjabonada, cuando oigo que alguien saluda, también desde lo alto del mismo edificio azulado. Al dirigir hacia allí la mirada diviso otro niño junto al primero, que a su impecable sonrisa añade un tímido gesto con la mano. Entonces, tras el saludo, ambos levantan la mirada para fijarla al infinito. Mientras los observo recuerdo que, hace tiempo, oí en la radio que alguien decía que lo más fascinante de la India era que la gente simplemente estaba, sin necesidad de hacer nada. Y así es, pienso mientras les veo con la mirada perdida, en silencio. Cuando nos cruzamos nuevamente con los ojos, sonreímos desde la distancia y continuamos con nuestras cosas; ellos con su contemplación, yo con mi ropa.

Hay algo mágico y profundo en las tareas domésticas. El sonido del agua, el olor del jabón, la precisión de unos gestos aprendidos, la futilidad y trascendencia de las acciones que representan. Sumido en mis pensamientos, me sobresalta la voz de un tercer joven que, no contento con saludar y sonreír, pregunta también por mi nombre. Al pedir el suyo creo entender Abdulsalam y, mientras me percato del origen árabe del nombre, los altavoces del minarete comienzan a llamar a los musulmanes para la penúltima oración del día. El mismo sonido que nos despierta cada madrugada y que en el norte del país sigue generando tensiones, pero que aquí parece formar parte de la normalidad más absoluta.  

Hace un rato que las farolas se han encendido y, al terminar la llamada del muecín, el bullicio recobra su protagonismo. Todo sigue su curso y, desde la atalaya, los tres muchachos vigilan que así sea. Antes de entrar en casa, tiendo la ropa en el jardín para que también siga su rumbo. Luego, como siempre, vendrá la noche y las estrellas, y después, de nuevo, el amanecer.

La Buena Nueva. Autor: Miguel Angel Prada Muñoz

Meditabundo iba por la calle, esperando develar aquello que en realidad, no sabía que podría ser; la respuesta, tal vez?; Que más que una respuesta era unrepregunta, una que le permitiría, prolongar un poco más su agonía insistente, recurrente; esa incertidumbre cotidiana, con la que convivía, la que día a día alimentaba. Básicamente se imaginaba, en cual hora, minuto o segundo, el emisario tan esperado de sus labios o en un sobre bien resguardado le entregaría la buena nueva. Sin embargo, el deseado evento no se manifestaba, siempre le esquivaba, siempre más lejano, dicho momento nunca llegaba. “Pero y hoy?” Se preguntaba,” y hoy?”

…ese día era especial, la mañana se develó con un aire de novedad, el sol había salido más temprano, y la modorra de costumbre para cumplir con el rito matutino de todos los días de levantarse pesadamente y ponerse frente al espejo del tocador se hizo más ligera, más rápida, el agua en el grifo era más clara y más fresca, las gotas en la ducha se le antojaron como perlas transparentes.

Ahora, mientras apuraba su caminar acompañado por la resolana de una tarde bastante fría, calado hasta las orejas dentro de su chaquetón negro, raído y desteñido (regalo involuntario hallado en una silla de un autobús); de la nada, una rima desentonada,( una de una canción americana “un tanto gay a su juicio”) se vino a instalar en su cabeza, (…”Finally, it happens to me”) rezaba el verso mutilado en inglés, y era; como decirlo?, otra pista, otro indicio, porqué precisamente esa frase?, no podía evitar notar, que ella, su significado estaba relacionado con esa situación que últimamente lo venía acompañando constante, inexorable, y lo peor indefinidamente, “Finalmente eso me sucede a mí!, A MI!”, lo repetía a grandes gritos, mentalmente. En el fondo, él mismo se contentaba, con los hallazgos, con los vestigios de ese acontecimiento futuro, como el niño perdido fr la fábula siguiendo migas de pan en un bosque encantado; “Masoquista! (…se autoreprendía).

De vuelta al bosque; en el que Él ahora se encontraba, que más que bosque parecía selva, una llena de cemento y monóxido de carbono, repentinamente un fuerte silbido metálico lo saca bruscamente de la anarquía de sus pensamientos, cuando cruzaba a mitad de una calle repleta de tráfico en hora pico; y de entre la sorda baraúnda de sonidos, una voz aguda y enérgica le arriostró un descarnado…” Se quiere morir hijueputa?”

De un salto olímpico se puso a salvo en la acera, y entonces la normalidad del caos perdido vuelve a su cabeza; esta vez con una palabra de grandes quilates que retumbaba como redoblante, MORIR!…(borrando definitivamente la frasecita insulsa de la canción gringa). Se detiene por un momento absorto en la profundidad de su circunloquio íntimo mental, conciente de su infinitesimalidad, su pequeñez ante el gran dilema, pensando que solamente ha conseguido una palabra, sólo una simple señal, por Dios!, (“será que si existe?”. Una pequeñita voz en su interior le dicta esta pequeña réplica), y además, semejante palabra, que a todas luces, significa FINAL!, ( “Y el túnel, del que todos hablan?”. La vocecita vuelve)… “BUENO!”, se llama el mismo la atención, volviendo en sí, percatándose de lo avanzado de la hora y de lo oscura que esa noche invernal prometía ser. Y ahora qué? (El mismo se pregunta)

A esa hora, la calle ofrecía un panorama abigarrado, personas de todas las procedencias, corrían, huyéndole a la oscuridad y al incierto ambiente nocturno del sector. Él, sin embargo, seguía estático, como naturaleza muerta dentro de un bodegón sombrío. De repente y de forma inesperada, algo más prosaico hace su aparición, aterrizándole, bruscamente de su viaje introspectivo, era el HAMBRE!, ya eran horas sin probar bocado, y gracias a sus escasas finanzas, una buena comida, era un lujo. Este nuevo estímulo visceral, le hizo cambiar por completo su perspectiva, poniéndolo en función de encontrar algo de comer, tantea su cartera, a sabiendas de que el ultimo billete había sido gastado hace mucho tiempo y sólo le quedaba su amuleto capitalista con el ojo del masón( un billete de dólar doblado en forma de triángulo que su madre le había regalado), luego los bolsillos delanteros y por si acaso el otro bolsillo trasero,….3 Monedas!, sólo tenía 3 monedas, capital exiguo!, Extrañó tanto; en ese momento, el salario mínimo mensual que solía recibir, hasta cuando decidió dejar de trabajar, porque una premonición le dijo que algo iba a sucederle, algo radical; pero ya habían pasado más de dos meses y ese algo seguía siendo nada.

Así que encamina sus pasos hacia una esquina humeante donde a esa hora en medio de perros callejeros y vagabundos, una mujer mayor, con cara de indígena, y sombrero bombín, asa algo que parece carne o embutidos, el olor que se alza, denota lo desaconsejable de dicha comida, olor como el del cebo cuando se quema; sin embargo para este hombre, eso no es algo que le importe, sus tripas a estas alturas, gritaban mucho más fuerte que sus escrúpulos…

Entonces, en esta oscura escena, digna de un cuadro de Lautrec; Él, calma su hambre tomando el menú de dudosa procedencia a precio de ganga que se le ofrecía, 5 rápidos bocados, 2 difícilmente tragados y uno último, escupido a los perros terminaron con la agonía que traía atravesada en la boca del estómago, para ponerse de nuevo en marcha, Él se encamina en búsqueda de su casa, preparándose para recorrer muchas cuadras a pie hasta ella.

SERÁ POSIBLE!… ahí bajo su puerta, justo al abrir, un sobre de papel manila con su nombre en letra manuscrita!, NO PUEDE SER! Será esto lo que estaba esperando?, pero quién lo envía?, aparentemente no tenía un remitente ni una dirección, nada ni siquiera un sello de correos, (“Raro”, le dijo la vocecita en su interior). Y sintió miedo de abrirlo; además no era una de esas personas que se dejaba llevar del impulso, le gustaba tomarse su tiempo para todo, darle vueltas, sopesar los pros y los contras, plantearse situaciones posibles, alternativas, etc. Por lo tanto ésta no iba a ser la excepción…” Tomaré una ducha primero, y luego me tomaré un café” (a ver si podía calmar ese ardor que ahora sentía en su estómago y la batería de gases que lo presionaban desde su intestino… “india desgraciada debían de meterla a la cárcel”, pensaba!)

Después del café, y una gran dosis de antiácido, sentado en su vetusta cama, con el sobre en sus rodillas, se dispone a abrirlo, y en su cabeza miles de ideas le dan vuelta, …”que puede ser?”, El piensa que de una forma inédita, en ese papel esta la misiva, donde se le comunica que el universo ha conspirado, para ponerle en el camino correcto, uno lleno de éxitos y realizaciones, donde Él se ve como un triunfador, rodeado de lo mejor, (“Y el sobre?” Le recuerda su vocecita interior)… Así que se dispone a abrir el sobre, lo revisa una vez más buscando indicios del remitente, nada de nuevo, lo huele, nada particular, así que LO ABRE!.

He aquí, lo que encuentra: UNA HOJA EN BLANCO! Un maldita hoja en blanco!, Con una especie de firma en la parte inferior que dice en letra manuscrita SOLO HAZLO!, nada más, no hay nombres no hay dedicatoria, no hay consejos, no hay contratos, no hay bonos ni loterías ganadas, NO HAY NADA!, No puede ser! Me están tomando el pelo, “quien carajos se quiere burlar de mí?, que clase de broma cruel es esta?”; desilusionado y derrotado, por fin se queda dormido, con el sobre tirado al pie de su cama y esa hoja en blanco que dice SOLO HAZLO!; debido en parte a la fatiga de haber caminado tanto antes de llegar a su casa, y la escasa iluminación de su portal, Él no se pudo percatar que había otro papel más pequeño, uno que seguramente había estado unido al sobre pero que se había despegado, en ese papel incógnito estaba la respuesta de su carta en blanco; todo era parte de una estrategia de promoción de la firma Nike, una donde se le enviaba a las personas una hoja de papel en blanco con un mensaje muy simple: el correspondiente a su slogan publicitario JUST DO IT!. Vaya mierda!, me da risa, pensar que a veces el destino no puede ser más cruel; somos tan solo muñecos de monopolio; el azar controla nuestros pasos, y en este caso los dados habían caído justo allí donde los punticos negros se habían borrado. Así que; para donde cogemos, en qué dirección?, o mejor en un castellano un poco más hispánico. “Para donde cogemos, cojones!”.

Luego de una noche larga, muy larga, de travesía por las sábanas sin poder dormir tranquilo, con un estómago reverberante y un intestino adolorido; de nuevo la luz del día, de nuevo frente al vidrio oxidado que antes pudiera haberse llamado espejo, y que ahora, parecía más bien un mapa de caminos olvidados, digno de una película de terror; allí en medio de tan singular cartografía, Él; tratando de limpiar de su cara las huellas de su decepción y de su trasnocho.

…”No es posible, sigo sin nada!”, se repetía incesantemente dentro de su cabeza, acucioso se fustigaba, pensando en alternativas, en salidas a su situación, ya todo había perdido el interés, el significado. El mismo añoraba su propio deseo, las motivaciones, las emociones; esas que antes experimentaba cuando hacía algunas de las pocas cosas que le brindaban aliciente; por ejemplo, como cuando se compraba 20 mil de “Bareta” y se la fumaba Toda, casi de una sola pitada, en una pipa, que había robado de un anticuario.” Y Para ser honestos, hace tiempo que no tengo ni para un puto cigarrillo”. (El mismo se confesaba). Por fin en medio de la tiranía de su ruido interno, pudo apurar una precaria afeitada. (Su vello hirsuto, nunca habría podido lucir peor).

Repentinamente, al momento de revisar las cuchillas oxidadas de su máquina de afeitar; como viajando en el tiempo, proveniente del fondo de su espejo oxidado, un evento del pasado vino a su encuentro; sus memorias volaron hasta un día de domingo, uno muy lejano, cuando apenas era un niño y su vida era simple, feliz. Se vio allí en medio de un parque solitario, aterrado, estaba solo, “donde se habían ido todos?”…Lo habían olvidado, el miedo inundaba sus sentimientos, y su cuerpo paralizado, le jugaba una mala pasada, las sombras crecían a su alrededor, lo devoraban, recordó cómo se sentía ahogado, y sus piernas no respondían. Entonces también se acordó de como con toda su alma, deseo que todo fuera una pesadilla, un mal sueño, así que, cerró sus ojos con fuerza, deseando en su inocencia de niño, que al abrirlos nuevamente, todos sus miedos, todas las sombras, todo el frio y toda la soledad hubieran desaparecido; así lo hizo y al abrirlos nuevamente, de forma milagrosa, el sol había vuelto, y ya no habían sombras, y ya no estaba solo, y no lo habían olvidado…Él tenía el poder, sólo con desearlo firmemente con FE.

Así que en ese momento 20 años después de aquella revelación, volvió a ser ese niño olvidado y lleno de miedo; pegado al lavabo con la cara aún mojada, se aferró a su inocencia, pero también a su desesperanza, a sus errores, a su humanidad y casi como una última voluntad de un condenado, se dispuso a cerrar sus ojos con fuerza.

El Conde de Benalprado y la condesa de los fósforos. Autor: Miguel Angel Prada Muñoz

El Conde de Benalprado y la Condesa de los fósforos

Él, un hombre ya entrado en muchos años con la sien plateada y la piel tan rosada como la de un cerdo yorkshire; ella

una mujer de edad indescifrable bien mantenida, con lujo y estilo, como sacados de una revista pret a porter parisina.

Él, el más fiel exponente del colonialismo español, con más de 3 apellidos en su nombre y la altivez y prepotencia

propias de un conquistador de la corona Española en tiempos de la reina Isabel, la Católica; Ella no se quedaba atrás, no

habían tantos apellidos en su nombre, pero si pesetas en su linaje (aún los euros eran algo exótico en la España de

aquella época), mujer de sólo, las palabras necesarias, amabilidad, sólo la debida, siempre en su sitio casi sin hacer

ruido, como un fantasma de categoría.

El Conde era socio capitalista de una contratista petrolera que operaba principalmente en América, podríamos decir que

era fiel a su tradición colonizadora, antes explotaron oro e indígenas, ahora explotaban recursos naturales y los

indígenas seguían siendo sus víctimas. No podría decir si el gordo Conde habría forjado con su pulso aquella empresa;

por su carácter autoindulgente y caprichoso, diría que no, que sólo estaba allí por la fortuna de la vida que lo puso en su

cuna de oro. La Condesa en cambio, también disfrutaba del azar del destino que la ubicó en medio de una familia

adinerada, pero al contrario de nuestro gracioso noble, ella había sabido administrar sus dones y dotes, forjándose una

vida de bienes y lujos, escalando socialmente, gracias a la venta e industrialización de un producto inesperado, “los

fósforos”, (si, de esos de la cajita para encender la estufa). Esta era la singular pareja que tenía parada frente a mí

esperándome en la estación de tren de Ciudad Real y para quienes iba a trabajar durante un tiempo indefinido, que al

final resultó siendo, muy corto, el más corto de todos los que trabajé como inmigrante.

La rutina era más bien simple, pero intensa, no representaba ningún reto mental, limpiar pisos, tender camas, lavar

carros, limpiar muebles, sacarle brillo a platería u adornos, y atender los requerimientos diarios de los “señores” de la

casa; el problema era que dicha casa era tan grande como dos cuadras haciendo esquina. Ese era mi lugar de trabajo;

uno que nunca pensé iba a tener que desarrollar en mi vida, pero que ya puestos en gastos había que asumir

estoicamente para poder permanecer agarrado a la tarjetica rosada de la residencia en España. No hay drama “sólo

haces lo que haya que hacer. El día a día era otra cosa; un viejo gordo envuelto en bata, que muy temprano estaba

sentado en el comedor de confianza de la cocina esperando por su café, no sabías si estaba malhumorado, pues su tono

de voz era siempre el mismo, apuntalando bien las sílabas de cada palabra y con un volumen más alto de lo normal, pero

arrastrándolas por la garganta (carraspeándolas), lo que les daba una aire de reclamo, o de demanda, pero no de

solicitud, sino de imposición; en otras palabras: ”el tono de un comemierda!”. Pareciera que Él sabía, que nosotros (los

sirvientes!), a esa hora 5.30 am aún no funcionábamos a plena máquina, gracias al corto periodo de sueño, 4 a 5 horas

que habíamos podido conciliar, debido a que el conde decidía irse a la cama muy tarde en la madrugada, obligándonos a

esperar por cualquier llamado. Pero tal vez lo peor de todo, lo que no pude tragarme durante mi estancia en esa

residencia, era esto que parecía más bien el acto de una comedia; resulta que el conde tenía como ritual, quedarse

desnudo en la noche, sentado al pie de una copa de vino y un libro; ese era el momento de metamorfosis inverso como

en el cuento de cenicienta, donde la niña humilde se convertía en princesa, en este caso nuestro Noble se transformaba

en el cerdo gordo, del que les hablé al principio; (otra de las razones por la que tampoco podíamos conciliar el sueño, el

repaso de las odiosas imágenes de ese gordo empeloto eran toda una pesadilla…).

Mientras que el conde nos amargaba en la cocina, El desayuno de la condesa de los fósforos, era otra cosa; una mesa

con manteles y cubiertos, repleta de frutas panes, quesos y cereales, además de jamones y embutidos; bueno, los

embutidos aquel primer día empezaban a ser proscritos pues el conde había sido puesto a dieta, ya que su panza

describía una muy grande circunferencia, y al lado de la lineal condesa, definitivamente se veían muy dispares. La

condesa, si al caso tocaba el café, dos tostadas y rápidamente se calaba sus gafas y abrigo para salir a la calle.

La dieta del conde era algo curioso, el hombre frente a su mujer, se mataba de hambre siguiendo las estrictas reglas

sobre menú, porciones y cantidades, pero una vez se liberaba del incómodo momento juntos del desayuno, el conde se

pasaba el día, repetidas ocasiones, incursionando clandestinamente a la cocina en busca del chorizo y los jamones, para

comer rápidamente 2 o 3 bocados y compartir otros tantos con sus inseparables amigos, los 7 perros de caza Terrier que

mantenían por toda la casa y que él amaba incondicionalmente. Este cuento no va a ser largo, será tan corto como para

hacerle honor al corto tiempo que dure allí trabajando, no me detendré en comentar como el Conde tenía unos grandes

cuernos proporcionados por un fornido Cubano que cada tercer día, venía a darle masajes energéticos – relajantes a la

condesa de los fósforos (no sabría si el sexo era energético o más bien la parte relajante), tampoco contaré cómo el

conde además de comer en exceso, bebía jerez y vino como cosaco, y tampoco hablaré sobre cómo se regodeaba

hablando y contándole a sus amigos, de que tenía comprado a un montón de servidores públicos corruptos en América

Latina, donde su empresa de exploración petrolera operaba. No, de eso, ya no hablaré más, me concentraré en la razón

por la cual salí, “cagando leches” de allí (cagando leches quiere decir rápidamente): Un día, no recuerdo que día era, uno

malo de eso estoy seguro (no tuve días buenos allí), el ilustre conde panzón llegaba a su casa después de una jornada de

caza de jabalíes (tal vez era domingo), el caso es que Yo estaba parado en la puerta atento a cualquier detalle, por el que

me pudieran necesitar, y he aquí que efectivamente surgió uno; el Gordo trastabilló levemente al subir la escalera para

entrar a su casa, (eran apenas 3 pasos amplios un poco altos, pero lisos) y en ese momento, Yo, solícito como siempre,

alargué mi brazo para sostener el suyo, algo que seguramente cualquiera de nosotros haría sin siquiera pensarlo, para

asistir a una persona que pueda estar en peligro de resbalar o caer; Casi me caigo en ese instante de la mirada

fulminante que el Conde me dio, y una mueca de desagrado que acompañaba con su cara, entonces con su voz de

“come mierda”, me dice, “no me toque!”, no hubo un insulto, ni más palabras o regaños, sólo NO ME TOQUE, creo que

el madrazo existió pero tuvo que haber sido pronunciado tácitamente.

NO ME TOQUE!, me quedé quieto, aún tenía mi mano en su brazo, mi mano crispada, como si quisiera que ese brazo ya

no fuera parte de mí, me sentí absurdamente vulnerado, no sé, rechazado!, y tarde unos 2 segundos en reaccionar (una

eternidad), por lo que sentí como el hombre retiraba airadamente su brazo. Me quedé allí parado al lado de la escalera,

como un perro regañado, y miraba hacia la nada, muy adentro de mí, me preguntaba, que carajos estaba haciendo allí,

me cuestionaba seriamente, si valía la pena, apostar mi dignidad, por la puta tarjetica rosada de residencia; en fin, allí de

pie fue toda una revelación, y sin mediar palabra calladamente me dirigí a mi habitación, empaque mis posesiones (que

apenas llenaban un morral), dejé el uniforme que me habían dado pulcramente doblado en la cama y salí a la puerta

principal. Era algo incómoda la situación, decir “me voy no trabajo más”, “páguenme por estos 4 o 5 días que trabajé o

mejor no solicitar ningún pago”, etc. Todas esas ideas rondaban por mi cabeza mientras caminaba la cuadra de distancia

entre mi habitación y la puerta principal, hasta que al fin llegué; allí estaba parado el gordo, como si supiera lo que iba a

pasar, me quedé mirándole y le dije señor me voy no trabajo más, todas las razones que pretendía dar, las excusas que

pensaba inventar, se quedaron sin fondo, cuando el viejo, me dice “Yo sabía que usted no servía para este trabajo”, no

sé si fue un halago o más bien tomarlo como un fracaso, lo que si me quedó claro, es que no negociaría mi dignidad y

mis valores, rebajándome; no, a servir, porque ese es un trabajo formal e importante como cualquier otro, pero si a

tolerar que otros me menospreciarán sólo por un salario. Bueno; y debo corregir que si hubo momentos buenos, este

fue el momento bueno, vivimos para los finales y los nuevos comienzos, y ese era un nuevo comienzo para mí, me sentí

liberado y feliz conmigo mismo, aunque por poco tiempo, la realidad siempre se te viene encima, cuando te das cuenta

que hay otros días para sobrevivir y tienes que empezar de nuevo.

Tras las huellas de Neruda. Autor: Arlés Henao Montoya

Cómo hubiese querido que aquella muchacha que me miraba sonriendo desde bien adentro de esos grandes ojos negros, no notara el galopar dentro de mi pecho o el temblor de mi mano cuando le leía los versos del soneto XXV:

“Antes de amarte, amor, nada era mío:
vacilé por las calles y las cosas:
nada contaba ni tenía nombre:
el mundo era del aire que esperaba.”

Pero es que nunca pude pasar de largo por la obra de Neruda. Ni su prosa, ni sus poemas, ni su lucha política me fueron ajenos en aquella ya lejana adolescencia en Quimbaya, ese pueblo del corazón cafetero de Colombia, pueblo que por entonces ya no lo era, pero que tampoco alcanzaba las dimensiones de ciudad.

Sabía que toda aquella muchachada leía con entusiasmo el trabajo de tantos autores latinoamericanos: Rulfo, Cortázar, García Márquez, Borges, Vargas Llosa, …, y por supuesto al gran poeta chileno, pero estaba seguro que nadie lograba el nivel de emoción con el que yo leía todo lo que nos llegaba firmado por Neruda. Ahora, desde la lejanía de los años transcurridos, esta emoción aún se mantiene, tal vez un poco más “racional”, más “controlada”, pero siempre chisporroteando aquí bien adentro.

Es por eso que aprovecho una coyuntura en mi vida que me pone en una situación de “libertad” bien extraña, y decido marchar a Chile en busca, entre otras cosas, de las huellas de Neruda, un viaje que me parece mentira pues mi economía nunca me permitió ni siquiera soñar con algo semejante. Pero no me lo pienso dos veces, así que empaco algo de ropa en mi empolvada mochila, y en compañía del “Confieso que he vivido”, que espero ilumine el camino, emprendo esta búsqueda.

¿Dónde encontrar a un poeta? ¿Qué debo buscar? ¿Por dónde comenzar?, preguntas como esas me acribillaban mientras no podía dejar de mirar por la ventanilla del avión la grandiosidad de las montañas andinas, o jugaba a adivinar el perfil del continente siguiendo las luces nocturnas de las ciudades.

Al arribar a Santiago, la capital chilena, ya tenía una certeza: debía comenzar por el principio. Por eso decidí buscar en Temuco los rastros iniciales del poeta.

Recordaba cómo Neruda narra sus primeros recuerdos en Temuco, cómo hablaba de una ciudad fría y lluviosa. Busqué en el libro y leí: “Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo… Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor como pequeñas locomotoras”.

¡Eso es! Debía buscar la casa, ¡esa casa! La casa en la que transcurrieron sus primeros años. Así que luego del descanso obligado en la capital, tomé un bus que me llevara a Temuco, el pueblo de la infancia de Neruda.

Bueno, Temuco ya no es un pueblo, ya no es el pueblo de ferroviarios que describe en aquel libro. Me pareció una ciudad grande, fea, ruidosa. Pero, algo sí le agradecí: que me recibiera con una llovizna fría, muy fría. Esa señal la tomé como un augurio.

Con la ayuda del mapa de turismo que me entregaron en la terminal de buses, y con el corazón en un galope trotón, la busqué por la calle Lautaro, como bien decía aquella guía. Por más que recorrí la acera una y otra vez no pude encontrar las señales que me indicaran el lugar exacto. Es más, llegué a pensar que aquélla no podía ser la calle que buscaba, sólo veía sucios almacenes, ferreterías, mercados, … Pero al preguntar, me confirmaron que efectivamente esa era y que si miraba bien, vería un letrero en la fachada.

Y lo encontré. Hay un pequeño cartel que dice “Puerta de Neruda”, ¡pero es pequeñito! Se pierde con el gran aviso que a su lado anuncia “Centro de carnes don Ramón. Oferta: Chorizo parrillero”. Sí, en la casa de Neruda no hay nada de Neruda, ni siquiera un recuerdo, nadie que te dé información, … un consuelo.

En Temuco, ahora los ferrocarriles están en un museo, la escuela donde Neruda aprendió sus primeras letras ya no existe, su casa la convirtieron en una venta de chorizos, … No lo podía creer. Pareciera que Neruda no fuera importante para las gentes de esta ciudad. ¡Y yo viajé desde tan lejos para esto! El galope trotón se convirtió en un peligroso andar cansado y sin ritmo.

Me ajusté el gorro de mi chaqueta, el frío arreciaba, y busqué de nuevo la terminal de buses. Quería irme de allí, necesitaba alejarme de aquella ciudad.

Mientras decidía hacia dónde ir, se me ocurrió que si buscar por el inicio no había sido una buena idea, tal vez por el final pudiera ser que la suerte cambiara. Entonces me dirigí a Isla Negra, la casa en la playa que edificó el poeta, lugar en el que escribió tal vez sus mejores obras, y sitio de su tumba.

Así que tomé un bus hasta Valparaíso y luego otro que me dejaría cerca de mi destino. Al llegar al lugar y abandonar la agitada carretera para caminar por la calle de tierra roja que lleva hasta la casa, de nuevo el corazón comenzó a encabritarse. Eso lo notó el vendedor de recuerdos que tiene su puesto frente a la casa, porque al acercarme me dijo: “¿primera vez, cierto? Le recomiendo que se fije en la sala de estar. Note que hay dos sillas. En esa sala recibía a sus amigos preferidos. Y trate de adivinar en cuál de las dos le gustaba sentarse a Allende. Al salir me cuenta.”

Hice el recorrido varias veces por los numerosos espacios de aquella casa. Allí están tantos objetos que el poeta nombra en sus memorias e incluso en sus poemas. Los mascarones de proa, los barquitos en sus botellas, la gran campana en el patio, las máscaras, las caracolas, su biblioteca, su escritorio, … pero … todo es tan … tan … no sé cómo decirlo. Tan puesto para los turistas. Son cosas que fueron muy importantes para aquel hombre y ahora yo estoy aquí en medio de tantas personas que tocan, miran, se toman selfis, … Me sentí un intruso, un mirón, un voyeur, me sentí … sucio.

Al salir alcanzo a escuchar al vendedor que me dice, “En la de la izquierda, por supuesto”. No tengo corazón para decirle nada y me marcho.

De regreso a mi casa comprendo que es tarea inútil buscar las huellas de los artistas en sus casas o llevando flores a sus tumbas. Allí, en el mejor de los casos, no quedan sino vagas referencias, objetos sin vida, fríos. Tal vez una forma de encontrarlos sea revisitar sus obras. Tal vez eso tenga más sentido. Tal vez.

Yo, ahora lo sé, a Neruda no tengo por qué buscarlo en Chile, ni siquiera tengo que buscarlo en sus textos o en sus biografías. Neruda está donde nunca se ha ido. Está en mis recuerdos, en los ojos de aquella muchacha. Está, bien abrigado, en mi corazón.

La firma del pintor. Autor: Mª Luisa Sánchez de la Torre

Un viaje al pasado

Estaba sentada delante del ordenador, cuando recibí un correo electrónico de una galería de arte. En él me informaban que vendían obra original de varios pintores, desde 100 euros. En la pantalla aparecieron dibujos y acuarelas que me gustaron mucho; unos trazos más intensos que otros, con ligeras aguadas de color. Los temas eran variados: iglesias, árboles, casas, ríos, puentes; en el borde inferior derecho, aparecían dos iniciales: A.H. ¿Cómo se llamaría el o la artista? Quizás Antonio o Ángela y el apellido Hernández o  Huete…

Acudí a la galería con la intención de adquirir algunas acuarelas. Al entrar, me dirigí a una joven rubia, muy risueña, que estaba casi oculta detrás de una mesa cubierta de objetos variados: un ordenador, una impresora, teléfonos, revistas, carpetas, libros. Apoyados en la pared, había lienzos de gran tamaño, apenas cubiertos con papel marrón. Cuando le conté el objetivo de mi visita, se incorporó rápidamente. Iría a buscar los dibujos a la planta baja.

A los pocos minutos, volvió con una carpeta azul; tras revisarlas detenidamente, escogí cinco acuarelas de pequeño formato. A continuación, le entregué la tarjeta de crédito; era una buena compra. Le pregunté por la identidad del pintor. La expresión de su rostro cambió y se tornó seria y ausente. En seguida volvió a recobrar su sonrisa y me contó que el artista había vivido en una casa con jardín, en la calle López de Hoyos, aquí en Madrid. Estuvo trabajando hasta que murió, casi centenario. Un amigo había traído los dibujos para su venta y les dijo que si estaban interesados, traería más, pues necesitaba el dinero. El anciano no quiso revelar el significado de las iniciales.

No sé si es una virtud o un defecto, pero soy bastante curiosa. Pensé que las palabras de la vendedora, encerraban algún misterio. Investigaría por mi cuenta.

Un sábado por la mañana, me dirigí en Metro, hasta el lugar donde había vivido el protagonista de este relato.

Paseaba disfrutando del sol, cuando llegué a una zona solitaria, donde se alineaban casas de dos alturas. Me llamó la atención una que parecía abandonada. La fachada estaba casi oculta por grandes árboles, que no habían sido podados desde hacía mucho tiempo; sus ramas, leñosas y resecas, sin rastro de hojas, se extendían en todas las direcciones. Las únicas señales de vida eran los agudos pitidos que emitían varios mirlos, desde las ramas más altas, a los que se unía el guirigay de los gorriones. Numerosas plantas silvestres emergían de las juntas de los ladrillos y baldosas,  tanto del suelo como de la fachada.

Las ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes, completamente cubiertos de óxido. Detrás de ellos, se veían las persianas en diferentes posiciones: subidas, a media altura o bajadas. Parecían formar parte de un cuadro cubista. Y los cristales acumulaban tanta suciedad, que eran opacos. Toda la vivienda estaba rodeada de una verja de hierro, que todavía conservaba algún resto de pintura negra y que terminaba en puntas muy afiladas.

A H, A H, la H ligeramente inclinada. Ambas letras presentaban un color verdoso, por el musgo que crecía sobre ellas; se encontraban adheridas a la pared, encima de la puerta principal. ¡Por fin había encontrado la casa que buscaba!

A estas alturas de la narración, creo que debo contaros que yo también soy pintora y aspiro a tener en un futuro, espero que no muy lejano, un lugar donde poder trabajar, sin que nada me distraiga.

Al bajar la vista de las letras, me sorprendió oír una leve tos, pues creía que estaba sola. Al volver la cabeza, vi a un anciano apoyado en su bastón que me observaba desde la acera de enfrente. Me dirigí hacia él y le conté la historia, abreviada, de las acuarelas que había comprado en la galería. Al preguntarle si había conocido al pintor, cuyas iniciales se veían en la fachada, sus ojos grises se clavaron en mí. Al cabo de unos segundos, y con ligero acento extranjero, comenzó a hablar:

– Creo que su interés es sincero y por primera vez, voy a contar lo que yo sé de la persona que vivía ahí.

Lentamente, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, y sacó una fotografía en blanco y negro, muy deteriorada. El rostro que mostraba, de un hombre maduro, me resultó familiar.

Cuando el anciano volvió a hablar, el tono de su voz era diferente, mucho más grave. Me contó que el pintor y él, habían nacido en un pequeño pueblo de Austria, cerca de la frontera con Alemania. Desde la infancia, cuando asistían a la escuela primaria, su amigo había tenido muy claro lo que deseaba ser cuando fuera mayor. Llenaba de dibujos los márgenes de las hojas de los libros, como si una fuerza extraña impulsara a la punta de grafito, a trazar garabatos sin parar; a veces, el papel se rasgaba. Un día, le dijo al padre que quería ser un gran artista y no un vulgar funcionario; aquel se enfadó tanto, que le rompió todos los dibujos. Estuvo a punto de huir de su casa para no volver jamás.

Pasados unos años, el padre falleció ¡Ahora podría dedicarse en cuerpo y alma al Arte! Era lo único que le interesaba. Salía cada mañana de su casa, con la intención de dibujar todo lo que encontrara en su camino. Para él, ser artista era igualarse a Dios o a un mago: el lápiz, el pincel eran su varita mágica. Tenía el poder de convertir cualquier cosa, por vulgar que fuera, en algo maravilloso.

Años después, la madre también murió. Ya nada le retenía en el pueblo. Ahora podría trasladarse a la gran ciudad y cumplir su sueño: entrar en la escuela de Bellas Artes. Se presentó al examen de ingreso:

– Lo siento. No ha aprobado el examen. Aquí queremos dibujos de  cabezas, manos, pies, etc. Sus bocetos son más indicados para la escuela de Arquitectura.

No lo entendía. Como se podían comparar los grandes monumentos, que perdurarían durante siglos, con el cuerpo humano, que tenía una existencia efímera. No se rendiría. Volvería a intentarlo.

Y suspendió de nuevo.

El anciano interrumpió su relato y tuve la impresión de que sus ojos contemplaban algo o a alguien que era invisible para mí. Se despidió:

– Espero que su curiosidad haya sido satisfecha.

Entonces reparé en un Mercedes negro, que se encontraba aparcado al final de la calle. Me dirigí hacia la estación de Metro. Al volver la cabeza, el anciano y el vehículo habían desaparecido.

A raíz de este encuentro, se desencadenaron una serie de sucesos que me resultaron extraños.

Algunas mañanas, camino del trabajo, veía un coche igual al anterior, aparcado junto al semáforo que tenía que cruzar. El conductor permanecía inmóvil dentro del mismo.

Más tarde, salía a desayunar a una cafetería cercana; atravesaba un pequeño parque, donde merodeaban gatos de diferente pelaje y color. De pronto, un vehículo de la misma marca y color, se deslizaba lentamente por detrás de los árboles…

Al salir del trabajo y llegar a casa, frente al portal, se repetía la misma escena. Tras el volante del Mercedes, una camisa, una corbata, pero el rostro permanecía  invisible para mí. Unos minutos más tarde, al mirar entre las lamas de la persiana a la calle, ni rastro de él.

Y si me sentaba delante del caballete, dispuesta a trabajar, no podía concentrarme; por mi mente pasaban, a gran velocidad, imágenes en blanco y negro. Un tema se repetía: desfiles con miles de individuos uniformados y banderas movidas por el viento.

Por las noches, no conseguía dormir o me despertaba inquieta. Oía fragmentos de conversaciones lejanas, que no entendía; o sentía una presencia extraña en la oscuridad de la habitación. Tenía tanto miedo que permanecía inmóvil, en posición fetal, con los ojos cerrados.

No podía continuar así. El temor a lo desconocido era más fuerte que mi curiosidad. Ponía punto final al tema del pintor.

Y volvió la tranquilidad a mi vida. Las mañanas, ocupadas con mi  trabajo monótono de funcionaria y las tardes, dibujando y pintando. Las imágenes que  me habían inquietado desaparecieron.

Los dibujos que compré en la galería, colgaban de las paredes del salón. Me gustaba contemplar esos paisajes idílicos: montañas, iglesias, bosques, puentes de piedra; en tonos malvas, verdes, azules, rosas… Me transmitían paz, como si yo formara parte de ellos.

Una mañana, me encontraba en la cafetería desayunando y hojeaba al mismo tiempo, el suplemento cultural de un periódico. Me fijé en la foto de una acuarela que se subastaba; abajo a la derecha… ¡la misma firma de mis acuarelas, A.H.! Al leer el pie de foto, mi sorpresa fue tan grande, que durante unos minutos no reaccioné. La taza de café que sostenía en mi mano derecha, cayó sobre la mesa con gran estrépito.

En esas líneas, el periodista explicaba que las letras A. H. eran las iniciales del nombre de uno de los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial. Según los libros de historia, al finalizar la contienda y habiendo perdido ésta, se suicidó; y sus cenizas fueron enterradas en Berlín.

Pero yo sé ahora, que no ocurrió así. Estoy segura de que dicho personaje y el pintor de mi relato, son la misma persona.

Antes de que las tropas rusas llegaran a Berlín, pudo transformar su aspecto para no ser reconocido: sin bigote, con sombrero… Un pasaporte con una identidad nueva, por ejemplo Alfred Hermann. En un pequeño aeropuerto le podía estar esperando una avioneta, que despegaría rumbo a otro país. Allí comenzaría una nueva vida.

Ahora, cuando contemplo los paisajes firmados por él, me parecen extraños e inquietantes. Sobre ellos, se superponen imágenes de los desfiles, las banderas, el hombre de la fotografía…

 

Sin prisas. Autor: Esther Maroto Almarcha

07:30 A.M. Suena el despertador con ese estruendoso pitido que me despierta todas las mañanas. Voy al baño, me aseo y me empiezo a vestir con los ojos aún cerrados. El café no me sabe a nada y las tostadas se caen por el lado de la mantequilla. Parece que hoy el pie izquierdo ha querido levantarse primero y no me espera un buen día. Tomo un par de galletas, friego la taza del café, cojo el bolso, el abrigo, el paraguas por si acaso tampoco es un buen día para la meteorología y decido que ya es hora de salir de casa. ¡Ah! Las llaves.

07:48 A.M. Definitivamente llego tarde. Mi jefe me va a matar. La estación de Cercanías está abarrotada de gente y el tren no llega. Bueno, sí, parece que sí llega. Me meto en el vagón y empiezo a recordar todo lo que tengo que hacer esa mañana: comprar el periódico, llamar a la agencia, firmar 200 papeles… Me empiezo a agobiar y todavía no son ni las ocho de la mañana. ¡Vaya día!

08:05 A.M. Llego a la estación de Atocha. Todo el mundo se baja del vagón y cada uno va a lo suyo. La chica rubia escucha música, el hombre con traje gris lee un periódico y la mujer del vestido largo no para de hacer llamadas. Me paro, me agobio, estoy rodeada de gente y a la vez no encuentro mi sitio, mi lugar, mi destino. Me voy para el siguiente andén, al fin y al cabo todavía me quedan 6 paradas y un transbordo y no es seguro que llegue a tiempo, así que cojo fuerzas, respiro profundamente y me dirijo a la estación.

Leo el indicador. No puede ser. El próximo tren llegará en 3 minutos. Eso es una eternidad cuando llegas tarde. En ese momento me fijo en uno de los bancos. Un joven de unos 30 años también espera la llegada del tren, pero al contrario que el resto, él está tranquilo. No hace nada: ni escucha música, ni lee una revista, ni siquiera tiene el móvil en la mano y está enfrascado en algún grupo eterno de Whatsapp. Mira alrededor y tiene una mueca de sonrisa.

08:15 A.M. No puedo parar de mirar al chico e inevitablemente se da cuenta. Entonces él me mira y aparto tímidamente la mirada pero ya sabe perfectamente que le estaba observando. ¿No puedo ser discreta nunca? El tren va a hacer su entrada en la estación. La gente empieza a acercarse al andén pero el misterioso chico no se mueve, sigue sentado, observa a la gente y sonríe, como si el jaleo de Madrid no fuera con él.

Extrañamente decide no subir. ¿Por qué? No lo sé pero yo hago lo mismo y me siento a su lado.

Hola. Me llamo Roberto.

No puedo esconder mi sonrisa y él lo nota.

Tranquila, entiendo que no es normal que la gente te hable y sea simpática a estas horas de la mañana

Cada vez me sorprende más.

¿Por qué no has cogido el tren? – Le pregunto.
Tú has hecho lo mismo, ¿no?
Bueno, pero es que… no tengo prisa. Por cierto, soy Elena.

Johatsu. Autor: George Barahona

La luz se apago y la oscuridad entro de nuevo
Sj Watson

Habrá veces que tendrás que vencer la oscuridad, a un sin luz
Anónimo

Hoy cuento la historia de mi vida, aunque nadie la crea. Es difícil imaginar que un indigente como yo haya tenido una vida previa, pero es así. Todos tenemos un pasado, solo que algunos decidimos huir de el. Quedaran impresionados al saber quien fui y lo que hice, pero es mejor contar solo el final de mi historia, total son los finales los que la gente le gusta leer.

Mi nombre era Javier Delgado. Me desempeñaba como consultor financiero de una empresa aseguradora de riesgo. Tuve clientes importantes, incluidos un ex ministro de comercio chileno. Mi vida transcurría plácidamente entre mis viajes a Londres. En el plano personal también estaba viviendo un buen momento pues me iba a casar con una bella señorita, la cual había conocido en mi último viaje a Paris. Además estaba esperando un ascenso y un traslado al extranjero.

Por esos días se vivía unas situaciones inestables en mi país. Entonces ocurrió algo que nunca había esperado. El gobierno de mi país decidió expropiar varios activos de la consultora Averrois, una filial de la empresa para la que trabaja. Como respuesta la casa matriz cerro la filial y emprender acciones judiciales. Más de ciento cincuenta personas quedaron en la calle.

De un solo golpe mi rutina cambio. Tuve que despedirme de mi corbata y mi frac. No supe nada de la oficina, mucho menos de mis compañeros. Los días comenzaron a pasar y empecé a desesperarme. Mi novia estuvo todo el tiempo conmigo, siempre apoyándome. Movió cielo y tierra para que yo tuviera un mejor empleo, pero no lo logro.

Por mi parte yo comencé a sufrir graves crisis de ansiedad. Comencé a tomar prozac de forma puntual. Parte de mi gran tiempo libre lo dedique a la cocina y la repostería, también empecé a leer bastante filosofía, pero los cambios eran evidente.

MI círculo social comenzó a darme la espalda. David, por ejemplo, dejo de invitarme a sus reuniones sociales en el club de caballería, mientras que Felipe me borro de su grupo en whasapp. Entendí que todo a mí alrededor se caía como un castillo de naipes, pero todavía quedaban más golpes.

Una noche mi novia anuncia que quiere romper conmigo, argumenta que no se siente identificada con nuestra relación. Yo la dejo ir sin protestar; total quien va querer estar con un apestado como yo.

Dos semanas después me llega el siguiente mensaje por correo electrónico.

Se le informa al señor Javier delgado que el límite de su tarjeta de crédito ha sido rebasado. Debe cancelarlo en su totalidad, de lo contrario acareara una tasa de mora alta

Se le recuerda que todos los créditos se encuentran suspendidos.

Sin más nada que agregar se despide

Banco de inversiones y valores.

Recuerdo que esa noche me puse a llorar como un niño. Maldije mi suerte. Era inconcebible que esto me estuviera pasando a mí. Yo que había estudiado en las mejores universidades de este país ¿entonces de que me sirvió mi MBI?

Esa misma noche bebí cuatro cervezas e ingerí pastillas de prozac hasta cansarme. Prendí la televisión y me di cuenta que estaban pasando los mismos programas de siempre, incluido esas caricaturas banales que nadie veía. Busque el canal filmax, estaba pasando una película. Cansado cerré los ojos.

Soñé que recuperaba mi anterior vida. Me encontraba vestido con un traje de frac marca Jean Paul Gautier y tomando una botella de etiqueta negra, Junto a mí se encontraba una beldad rubia, al parecer es mi querida. Mis interlocutores eran gente como yo, empresarios que tenían el mundo a sus pies. Pido permiso para ir al baño. Entonces ocurrió algo extraño cuando me lavaba la cara. Aparece detrás de mí una figura oscura, como un demonio colorado. El se acerca y me dice eres pobre.

Despierto con un grito. Veo el frasco de pastillas tiradas. Lo cojo y lo lanzo a la basura.

Con el paso del tiempo mi situación se vuelve más delicada. Manejo opciones tan alocadas como robar un banco o vender mis órganos. Por las noches continúo llorando. La impotencia es lo que rodea mi vida.

Empiezo a escribir varios borradores de cartas de suicidio, pero las destruyo todas.

Finalmente el 25 de Marzo recibo un correo electrónico que dice lo siguiente

¿Estas harto de tu vida? ¿No sabes que hacer para resolverla? Porque no pruebas desaparecer. Desde esta compañía te ofrecemos la oportunidad de comenzar una nueva vida, sin ningún vestigio de tu pasado. Nadie puede atarte al ahora. Tienes derecho a olvidar y volver a comenzar.

Le respondí un largo correo contándole toda mi viada. A los pocos minutos me llega la respuesta.

Vamos a reunirnos en el bar ángel, localizado al final de la avenida avellaneda. A las ocho de la noche.

Accedí inmediatamente.

Llegue puntual a la hora. Ahí encontré a mi interlocutor. Me dijo que lo llamara gafas. Comento sin rodeos el servicio que venia a ofrecerme.

En Japón es completamente normal desaparecer. Se le conoce como johatsu. Seres que quieren renunciar a su vida. Sea por las razones que sean. Fingen el suicidio y se escapan de esa vida que es una prisión.

La oferta que le hago incluye trasladarlo a cualquier lugar del mundo. Darle una identidad nueva, borrar todas las pistas que hay de su pasado. Por Cinco mil dólares puede asesinar a Javier delgado sin que signifique desaparecer físicamente. Su nuevo nombre y su nueva vida dependerán únicamente de usted.

Durante dos semanas analicé esta situación. Volví a escribir un correo pidiendo una serie de testimonios. A las pocas horas recibo este mensaje

CASO 1

Mi nombre era hiroshi Sakanada, bueno esa era mi vida pasada. Ahora soy Goro fujita. Me dedico a los bienes raíces. Soy feliz, es lo que importa.

Caso 2

Mi nombre era Camilo Pizarro, ahora soy Adrián Fermín. Antes me dedicaba a las finanzas, ahora soy músico.

Caso 3

MI nombre era Martin Fernández Robledo, pero ya no soy ese hombre. Vivo lejos de aquellos que conocí. Llevo una vida feliz y tranquila.

Fue ahí cuando supe que estaba ante la oportunidad de mi vida, era el momento de buscar y obtener esa redención que mi mente ha querido. Entonces comencé a planear mi accidente.

La fecha escogida fue el 28 de Mayo. Contrate a un pillo de poca monta llamado ramiro, el cual se encargo de todos los preparativos. Compramos un muñeco inflable y algunos potes de sangre artificial.

Una semana antes me puse a releer un texto de Rainer maria Rilke, una de sus misivas. Quede conmovido por el extracto que decía. Ama tu soledad y soporta el dolor que te causa.

Por esos días mis aficiones a la poesía volvieron. Volví a leer uno de mis poemas favoritos, el invictus de Willian Henly

Yo soy el amo de mi destino
Soy el capitán de mi alma

Entonces volví a tener dudas sobre mis acciones, no me parecía correcto querer huir del mundo. Debía enfrentar los hechos. Recordé que mi padre me daba consejos de como solucionar los problemas. Medite varias veces.

¿Pero que puedo esperar de esta vida?

Mi novia me dejo y aquellos que eran mis amigos me dieron la espalda. Las deudas no me dejaran vivir con tranquilidad en por lo menos diez años. Además de los conflictos personales que tengo. Al verme en el espejo no me veo a mí. Siento que estoy en presencia de un fantasma, unos restos de algo que fue

¿Donde esta el hombre exitoso? Aquel que dominaba el mundo desde el piso 14 del edificio Hestron ¡Basta Ya! Era hora de acabar con todo eso.

Dos días antes de la fecha fijada el hombre de las gafas me contacto, me dio un sobre negro y me dijo que solo debía abrirlo cuando llegara el momento preciso. Yo le pase una faja de billetes de cien dólares.

Finalmente el día señalado fui testigo de como el carro que me transportaba explotaba. EL muñeco de goma que se encontraba adentro (o sea yo) era arrasado por el fuego y convertido en cenizas. Sin perder el tiempo abrí el siguiente sobre.

Ve al punto de extracción ubicado en el bar avellaneda. Ahí encontraras una camioneta bronco negra. Hazme señas al piloto, el debe recogerte.

Rápidamente me puse unos lentes negros y me dirige al bar señalado, no sin antes pensar en aquellos que veré por última vez. La nostalgia me deja paralizado por algún tiempo, pero soy capaz de seguir con el plan.

Entonces descubro la camioneta negra. Hago las señas respectivas y la puerta se abre.

Entro y siento que unas manos me atrapan. Trato de luchar, pero no puedo. Siento un golpe pesado en mi estomago. Entonces me desvanezco.

Cuando despierto me encuentro atrapado en una celda. Grito varias veces, pero nadie me escucha. Hay una carta delante de mí. Su contenido es el siguiente.

Usted será sacrificado. Sus órganos son vitales para nosotros, es momento de que sirva a un mejor propósito. Le contamos que es un cobarde por querer escapar de su vida.

Sabemos que nadie lo extrañara.

Me doy cuenta que he sido engañado, sin embargo logro escaparme por una ventana. Ya en la calle me dedico a correr. Tras dos días de caminar llego a un pueblo lejano. Comienzo a recoger basura. La separo y como lo poco que encuentro de comida.

Han pasado 20 años desde ese momento. Ya poco recuerdo de aquellos que ame. A veces me falta la calidez de una caricia, pero no importa. Se que así lo decidí.

Si alguien sabe de mi familia por favor dígamelo, hoy los extraños.

Ensenada, el verdadero jardín de las delicias. Autor: Andoni Aldasoro

Una bandada de pájaros (¿gaviotas?) levantó al vuelo, algo que no pude ver debió haberlas asustado. La escena del exterior que el ventanal de cristal del restaurante Muelle 3 me permite observar es bastante limitada pero sí pude ver a la parvada revoloteando en un ordenado caos de alas y graznidos. Habiendo vaciado el contenido de los tres platos (de los grandes) que yacen huecos en mi mesa, enfoco mi atención en el exterior, y de repente, entre el sopor de los excesos culinarios y los reflejos que las ventanas de las embarcaciones expulsan, la pequeña porción del malecón se convirtió en una escena olvidada pero conocida. La bandada de aves; los leones marinos acostados en los tablones del muelle formando una alfombra boluda y movediza bien podrían ser los animales fantásticos que habitan el cuadro; el agua está ahí: la Bahía de Todos los Santos; los frutos exóticos, y las tentaciones de pecar… palomita y palomita. Todo está ahí. El tercer botón de mi antes holgada camisa lucha una batalla perdida, así como la poca capacidad de discernimiento que el plato de ceviche de camarón, pulpo, atún y almejas me ha dejado, ante una visión cuya veracidad que no merece ningún tipo de cuestionamiento. Me encuentro viviendo la primera parte de El Jardín de las Delicias. Y no, no estoy en un edén bíblico de tierras lejanas e ignotas, estoy en Ensenada, y mi único consuelo, ante esta gran revelación, es que me faltan los otros dos cuadros que conforman esta obra.

El primer cuadro: excesos pero no tantos
Los libros y Google deben estar equivocados. Según la historia, Jheronimus van Aken (mejor conocido como El Bosco) nació en un lugar llamado Bolduque, Países Bajos, a un poco más de 9 mil kilómetros de Ensenada. Al parecer nunca visitó Baja California, ¡bah!. Tratando de forzar una línea de pensamiento difusa, poco sustentada e ignorante de fechas y hechos de la vida real, trato de encontrar un vínculo entre el citado cuadro y el lugar donde me encuentro; porque no hay duda, EL Bosco, de alguna manera que ahora escapa mi entendimiento, se inspiró en las bondades que sólo Ensenada puede ofrecer.
Para descrédito de mi teoría, la amable mesera no fungió como una serpiente incitadora a continuar explorando el pecado de la gula, todo lo contrario. Tal vez haya visto mi mirada perdida o el sufrimiento del tercer botón de mi camisa. No me ofreció otro platillo que igual no me cabía.
Tras situarme en este extremos del malecón, enfilo mis pasos hacia la gran bandera. Todo lo que veo, a pesar de que el viento me haya devuelto algo de razón, encuentra eco en algún rincón de la pintura. ¿Vieron la película 23, donde Jim Carrey encuentra el número 23 en todo lo que lo rodea y termina enloqueciendo? Así pasaba acá, pero en lugar de cifras estaban elementos deliciosos. ¿Había banderas tricolores en el cuadro? No lo creo pero no importa. Lo capital es que la ligera caminata ha hecho espacio en mi estómago que requiere ser llenado, y no creo conveniente permitir que tanto mi imaginación como el tercer botón de mi camisa se relajen.
Algo tiene Ensenada que logra despertar el apetito de personas que acaban de comer. El simple hecho de caminar por afuera del Mercado Negro, infranqueable obstáculo entre el Muelle 3 y la gran bandera que está allá adelante, despierta algo que apenas empezaba a cerrar los ojos. El peculiar aroma del pescado y marisco fresco (fresquísimo) hace que cambie de dirección. El clima de Ensenada no llega a su punto más cálido, pero ya dejó atrás los fríos del invierno. La temperatura es la ideal para caminar. La bandera se hace cada vez más chica mientras llego a la Calle Primera. Entre tiendas de souvenirs, artículos de piel con el nombre Ensenada grabado de diferentes formas, y artesanías hechas expresamente para turistas estadounidenses, encuentro a La Conchería, un pequeño local de apenas un año de vida, con una gran barra lateral desde donde el chef Roberto de Anda (él sí) acepta el papel de proveedor de la materia prima para pecar: almejas y ostiones. Del menú que cambia de acuerdo a la pesca del día, recomiendo también el ceviche de generosa, pescado y pulpo con toques de menta; o el ceviche de pescado con chile güerito. Si para el final de esta segunda (¿o tercera?) comida no se sienten como en el cuadro de El Bosco deben buscar ayuda profesional.
Para cuando abandono el agradable local, la tarde se ha adueñado del puerto, y debe ser por el clima mediterráneo, pero empecé hasta verle parecido a Ensenada con las costas holandesas ¿Bolduque tiene costa? No lo sé y tampoco importó. Con el paseo al hotel concluímos la priemra parte del tríptico.

El segundo cuadro: la orgía gastronómica
¿Cuántas horas de mi infancia habré pasado frente a una reproducción de El jardín de las Delicias, colgado en la sala de la casa de mis abuelos? Por lo visto muchas. Cada visita me planteaba el objetivo de, entre la hora de la comida y la de jugar, descubrir alguna escena nueva. Mi favorito era el segundo cuadro, el más lleno de cosas; mi menos favorito era el tercero: oscuro y tenebroso.
Todo cae en su lugar, mi segundo día en Ensenada inició vertiginoso, a una velocidad mayor que la del día anterior. Para lograr una inmersión total en el mundo de la gastronomía local, decidí contratar un tour que me lleva a Valle de Guadalupe. El viaje tierra adentro fue corto pero no exento de baches, hoyos, curvas insospechadas y polvo, mucho polvo. Aunque fuera con el estómago medio vacío, apenas había desayunado dos que tres cosas en los Mariscos El Gordito, iba predispuesto a encontrar similitudes entre mi realidad culinaria y la otra realidad, la del cuadro, aún cuando no existiese ninguna.
La primera parada fue en Encuentro Guadalupe, un lujoso complejo que tiene cubiertos todos los placeres que podríamos pedir: hospedaje, restaurante, y vinícola, todo en un marco de diseño, tranquilidad y descanso. En el área que comprende, hay veinte eco-lofts y una eco-villa. La parte gastronómica está bien representada por Origen, que cuenta con un huerto propio y hacen cenas maridaje con el vino que sus tierras produce, es el espacio de operaciones del chef Omar Valenzuela. Aquí volvió la vorágine alimenticia del mejor nivel. Quien nunca antes haya estado ante una mesa en Ensenada, lo encontrará pretencioso, quienes han tenido el placer de haberlo estado, creerán cuando digo que no importa qué pidan del menú, lo que aparezca en su plato será algo increíble. Lo único que brinda paz a mi espíritu (y mi estómago) rebozante es el paisaje ante mis ojos.
El recorrido obliga a movernos lo más rápido que podamos, que en realidad no lo es mucho. Las distancias entre viñedos o restaurantes no es mucha, pero los caminos de terracería, y los vericuetos que las camionetas deben sortear hacen que parezca más. En la parte central de la citada obra, los personajes se ven enfrascados a una verdadera orgía que no tendría cabida en estas páginas. Lo sustituiremos gustosos por una comilona sin límites, no por nada me traje una playera sin botones.
El siguiente punto que visité en Valle de Guadalupe fue Olivia El Asador del Porvenir, un restaurante instalado en la casona de campo de la familia de la chef Giannina Gavaldón, con una sala, chimenea y cocina abierta a la vista de los curiosos. Para los días calurosos hay una amplia terraza con vista a los viñedos; para las tardes frías, una de las largas mesas del interior será el lugar ideal. Las porciones de los platillos son abundantes, para compartir entre dos personas (o no). Debes probar el tiradito de lengua con ensalada de nopal y chicharrón, o la codorniz con mole rojo y puré de plátano macho. Una vez más, todo con productos propios, de la casa o de la región. ¿Qué siguió después del Olivia? ¿la cervecería artesanal Media Perra? ¿las creaciones embotelladas de Vinícola Torres Alegre y Familia? Recuerdo que visité las dos pero no recuerdo el orden. De lo que no me queda duda es que el segundo día fue coronado por varias copas de Vino del Viko versión tinto, mezcla de uvas Nebbiolo, Grenache, Tempranillo, Zinfandel, Cabernet Franc y Merlot.

El tercer cuadro: ¿por qué hacen tanto ruido?
El mismo Bosco llamaba al tercer cuadro de este tríptico “el infierno musical” debido a los numerosos instrumentos que incluyó en la escena: gaitas, trompetas, arpas; eso debió haber sido un escándalo. Vaya que sí hay coincidencias: oscuridad, visiones mareadoras, confusión, y, sobre todo, un incesante y estruendoso ruido provocado por todo lo que me rodea. A estas alturas, el análisis artístico-culinario que había iniciado dos días atrás había perdido casi todo su encanto. No por haberse visto agotado o exhibido como falso, sino porque mi imaginación se encontraba cansada, no así mi apetito. Decidí, no sin un poco de pesar, dejar de lado la obra de El Bosco para entregarme, sin pensar en nada, al desayuno que significaría el fin del viaje. Terra Noble, el restaurante que, a voz del chef y propietario Edgard Romero, tiene la mejor vista de Ensenada.
El desayuno transcurrió tranquilo, no hubo criaturas fantasiosas comerse a otras, ni infiernos, ni pecadores. Solamente unos benedictinos mexicanizados, huevos montados en una gordita de rajas, con papa, salsa pico de gallo y la receta crema de frijol que Edgard Romero creó para su examen profesional. Fue cuando mordí incauto la gordita de rajas cubierta y rodeada y aderezada con todo lo antes mencionado cuando me di cuenta que el mar abierto frente a la mesa se estaba moviendo de una manera inusual, dando vueltas, para mi asombro, noté que el cielo y las nubes también. La propia gordita era un remolino de color y textura, imposible de describirse. Terminé el plato lo mejor que pude y me pregunté si acaso Vincent Van Gogh, otro holandés, sí habría visitado Ensenada. Todo parecía indicarme que sí.

Jazz en Guadalajara: La suave melodía de los salmones. Autor: Andoni Aldasoro

Llegué muy temprano al Primer Piso. Una cálida noche de viernes se ha instalado en Guadalajara. Todavía no son las 10:00. Me adueño de una pequeñísima mesa cerca del escenario, en el que un DJ solitario oprime botones en una computadora. A parte de mí, solo cuatro mesas más están ocupadas. Luego sabré que los que ocupan dos de las cuatro mesas se habrán ido antes de que los instrumentos de la banda estuvieran siquiera instalados. Después sabré que la hora a la que se supone comenzaría la presentación significa muy poco. Todos, al parecer, lo sabían, menos yo.
—¿Va al local donde tocan jazz?— preguntó el taxista tras escuchar la dirección de mi destino. —De repente, cuando no tengo pasaje, prosigue encaminando una conversación que se tornaría corta, me gusta ir a escuchar; no subo al local, me quedo afuera, en la calle, venden unos hotdogs muy buenos y desde ahí se escucha bastante bien. Es refrescante escuchar otro tipo de música—. El trayecto desde el restaurante iLatina hasta Pedro Moreno fue muy corto, al menos en escala Ciudad de México. Llegaba justo a tiempo, aunque en ese momento no sabía que en realidad era demasiado temprano.
Se podría pensar que la música de mariachi es ama y señora de Guadalajara, y de alguna forma lo es, al menos así es como se lo pintan al extranjero y al visitante nacional, que buscan la Guadalajara del mercado San Juan de Dios, la Guadalajara del tequila, la capital del Jalisco que no se raja. La realidad es la misma que en las grandes ciudades de nuestro país: hay de todo, nada más se debe saber buscar.

Un legado improvisado
La historia del jazz en la capital de Jalisco, de hechura reciente, debe gran parte de su relevancia nacional a Carlos de la Torre, Carlitos como le dicen todos los músicos que lo conocieron. Este pianista tapatío tocaba diario en el Copenhagen 77, un extinto club de jazz frente al Parque de la Revolución. Carlitos no fue el primer jazzista en la ciudad, pero sí se convirtió en una figura medular del género en una región que desconocía este tipo de música. El legado que dejó tras su muerte es palpable en todos los foros donde se aborda este género musical.
Hoy en día, los músicos tapatíos de nacimiento o por adopción que figuran en los carteles son muchos, pero los locales que dan foro a sus presentaciones se podrían conatr con una sola mano: Café André Bretón, Escarabajo Scratch, Rojo Café, Coltrane Café y Primer Piso, más alguno otro que ocasionalmente se podría añadir.
A pesar de esto, la escena aparenta buena salud. El Jalisco Jazz Festival, organizado por Fundación Tónica, sigue acercando al público nacional a buena parte de los mejores jazzistas de todo el mundo. Los músicos extranjeros que han hecho de Guadalajara su nuevo hogar han formado una verdadera escuela, incluyendo integrantes tapatíos muy jóvenes en sus bandas. Este es el caso de Klaus Mayer.

Es viernes y el jazzista lo sabe
Pasadas las siete espero a que el líder de la Klaus Mayer Big Band, acuda a nuestra cita en La Borra del Café, un animoso local en la también animosa (y animadora) Av. Chapultepec, donde, a todo lo largo del ancho camellón, puestos de artesanía se terminan de armar. Las varias habitaciones de esta casa acondicionada están llenas de adolescentes con pinta de estudiantes. “Es uno de los mejores cafés de Guadalajara” había comentado Klaus por teléfono.
Klaus vino de Austria buscando algo que él mismo no puede precisar, nuevos horizontes musicales, quizá, o un clima más agradable. Su español denota un acento inusual, en ocasiones su mirada busca en el vaso de café las palabras que parece no encontrar, pero, como buen jazzista, improvisa.
—El jazz en Guadalajara es más rico que el que se practica en otras partes del mundo, la misma música en México es más rica, más variada, y lo ha venido enriqueciendo—. Géneros como el chachachá, el son huasteco, hasta la misma música de mariachi han contribuido a este jazz nacional, que por naturaleza volátil, absorbente e incluyente, se alimenta de todo lo que le rodea.
Aunque Klaus vaya de regreso a su casa, “no salgo mucho” arguye, aún queda mucha noche. Tras mirar el reloj me convencí de que lo mejor sería cenar algo, para después dirigirme al Primer Piso. No quería llegar tarde.

Los primeros acordes
Sentí un gran alivio cuando The Jazz Standard Trio empezó a tocar. La sala estaba llena y el espacio para caminar entre las mesas se había reducido hasta niveles impensados. Las bebidas salían de la barra del fondo con la misma facilidad como la de las manos de Willy Zabala al acariciar su piano.
Tras un poco más de una hora de improvisación del mejor nivel emprendo la retirada, no sin antes comprobar que desde el puesto de hotdogs de la esquina de Pedro Moreno y Escorza se escucha bastante bien la música que sigue saliendo del Primer Piso.

Mañana de una noche no tan difícil
Las mañanas en Guadalajara llegan muy temprano y Palreal está muy consciente de ello. Con una decoración que grita “hipster” a los cuatro vientos, la versión de Palreal de lo que debe ser un desayuno se traduce a lonches de pancita (su especialidad) y a café recién tostado (otra especialidad). Tras dos de lo primero y uno de lo segundo, abandono el local.
El jazz pareciera ser un ente nocturno y a estas horas solo se encuentran los ecos de los tamborazos y trompetazos improvisados de la noche anterior. Por ello decido caminar la avenida Ignacio Luis Vallarta para después tomar la Diagonal Golfo de Cortés. ¿Mi destino? El restaurante La Squina, donde además de platicar con Valentina González, talentosa cantante y compositora tapatía, quiero probar la hamburguesa de camarón que, según palabras de la misma Valentina, era la favorita de Gustavo Ceratti, “siempre venía a La Squina cuando tocaba en la ciudad, y siempre pedia lo mismo”.
La conversación fluctuó entre la escena musical de Guadalajara (una comunidad variada y numerosa, pero al mismo tiempo pequeña); la dura vida de ser músico en México, particularmente en esta ciudad (las bandas se dividen en dos: los que viven de su música, léase Maná; y los que no, léase el resto), y de las diversas maneras de acompañar una hamburguesa de camarón. Convenimos de manera bilateral que, de lo primero, Guadalajara ha sido y sigue siendo cuna de unas de las bandas más relevantes y propositivas de la música nacional; de lo segundo, que es triste; y de lo tercero que lo mejor es ponerle mostaza, lechuga y jitomate. La verdad, de la preparacion de la hamburguesa nunca se habló.
Habiendo perdido el miedo a las distancias, decidí dedicar la tarde a caminar hasta el Café André Bretón, esperando distraerme en varios puntos del trayecto. Un poco más de dos horas después, me encontraba en la puerta del café, pagando mi entrada y asomándome al interior del local, sospechando que otra vez llegaba muy temprano.

La teoría de los salmones
Nathalie Braux, francesa de nacimiento pero tapatía por adopción, tiene una peculiar manera de ver al jazzista. El llegar dos horas antes de que Nathalie Braux Jazz Project tomara el escenario tuvo su recompensa. En un perfecto español, Braux compara los circuitos de jazz de París con el de Guadalajara, y de paso el de la Ciudad de México; habla de la genuina camaradería que se da, especialmente en la capital jalisciense. “Eso se nota en la música, el ánimo de sacar lo mejor de los demás, de pasarlo bien por medio de la música, improvisando”. Al preguntarle de la dirección y del futuro que le depara al jazz de Guadalajara, Nathalie sonríe:
—El músico que decide dedicarse al jazz sabe que, desde un inicio, tiene todo en contra: la falta de apoyos de disqueras, de estaciones de radio, la falta de foros donde tocar, lo poco que estos generalmente pagan, los estudios que debe completar para ser un buen ejecutante de su instrumento. Somos como salmones que nadamos a contracorriente—.
Pronto me quedo solo en la mesa, el grupo ya ocupa el pequeño escenario (vaya alegoría) y se vuelven a escuchar los primeros acordes de otro grupo, en otro lugar. Afuera, la noche de Guadalajara es cálida, con un olor que según los tapatíos significa lluvia. Dentro del André Bretón, las velas que iluminan escasamente las mesas, bailan al son de las improvisaciones de cada uno de los cuatro integrantes. A nosotros nada más nos queda disfrutar de los agradables sonidos de sus aleteos al enfrentarse a la fuerte corriente en contra.

Los tambores de Aruba. Autor: Andoni Aldasoro

La leyenda dice que cuando llegó la noticia del fin de la Segunda Guerra Mundial, por ahí de 1945, un grupo de vecinos tomó las calles de Lago Heights, en la parte sur de Aruba, cerca de la refinería, en una especie de desfile improvisado. Se dice que en la isla había pocos instrumentos musicales disponibles, al menos para las clases trabajadoras; así que tomaron cualquier cosa que estuviera a la mano que sirviera para hacer ruido. La mayoría de los habitantes de la isla en ese entonces eran descendientes de esclavos provenientes de África, y tenían un gusto marcado por las percusiones. Unos tomaron ruedas de coches; otros, viejas ollas de cocina; sólo uno de ellos, el único del grupo que no era arubeño, sacó algo parecido a un instrumento. El rumbo que tomó la escandalosa turba es incierto, quizá se enfilaron hacia Baby Beach, o al área de San Nicolás, al Charlie’s Bar, famoso en aquella época; o tal vez sólo se trataba de armar alboroto y dieron vueltas a la misma calle. Lo que sí se sabe es que el extranjero que se unió al grupo provenía de Trinidad, y que se llamaba Leonard Turner. El instrumento, que tampoco se trataba de un instrumento formal, era la tapa de un barril de aceite que, después de ser deformada, emitía sonidos peculiares, armónicos. De no ser por el trinitario, aquella noche se habría olvidado; pasó todo lo contrario, en ese momento se empezó a escribir uno de los capítulos más importantes de la historia musical de Aruba. A la postre, Turner sería conocido como Shoo-Shoo Baby, y la tapa de barril, como steel drum o tambor de metal.

Setenta y dos años después
El sol da con todo; el clima del Caribe no es el mismo que el clima de aquí. El viento, que sopla sin encontrar obstáculo a su paso, agita sin descanso una bandera azul con franjas amarillas y estrella roja. Los árboles de la isla, por la misma razón, están eternamente inclinados hacia un lado, todos hacia el mismo. La localización geográfica exenta a Aruba de los catastróficos fenómenos naturales que amenazan de manera constante al resto de las islas de la región. Hace mucho calor, sí, pero el viento se encarga de hacer la estancia más soportable. One Happy Island, así nombraron los lugareños a ésta, su casa: una isla feliz.
Aruba, al sur del Mar Caribe y a 25 kilómetros de las costas de Venezuela, es un país autónomo perteneciente ahora, junto con las otras islas Curazao y Sint Marteen, al Reino de los Países Bajos. La isla es muy pequeña, mide apenas 179 kilómetros cuadrados (para hacernos de una idea más cabal bastará decir que en la Comunidad de Madrid caben 44 Arubas). En un día ajetreado se podría recorrer todo el país en dos horas. El Aeropuerto Internacional Reina Beatriz, situado casi a la mitad, divide la zona turística y hotelera, al norte; de las colonias más reales, al sur. Oranjestad, su capital, en encuentra en la mitad norte.
La influencia neerlandesa es evidente no sólo en la arquitectura; sino también en el idioma, que junto con el papiamento, son las dos lenguas oficiales. El papiamento, un dialecto amerindio que se habla en Curazao, Bonaire y Aruba, es una mezcla de castellano, portugués y varias lenguas africanas. Aunque en 2003 haya sido declarado como el idioma oficial de la isla, en las escuelas primarias también se enseña el neerlandés. Los visitantes hispanoparlantes no encontrarán problema para comunicarse, su cercanía con Venezuela y el resto de Sudamérica hacen indispensable que todos o casi todos lo puedan utilizar.
El ambiente en la isla es tranquilo y agradable; la gente: amistosa y despreocupada. En verdad el visitante se sentirá en una lugar feliz, sin embargo esto no siempre fue así.

Una isla musical
Aruba, como todos los demás países de las Antillas y el Caribe, está asociado con la música y el baile, manifestaciones ambas que se han distinguido por sus ritmos trepidantes, alegres e hipnóticos. Los vestigios arqueológicos encontrados en la isla muestran que los amerindios tenían una arraigada cultura musical, destacándose especialmente en los instrumentos hechos con madera. Con la llegada de los colonizadores españoles, arribaron los esclavos africanos, y con éstos, una manera de hacer música que enriqueció a la ya existente, dotándola de una estructura más acelerada, más vertiginosa.
En el hervidero cultural y social que suponían las colonias europeas en el continente americano, con la constante mezcla racial, la llegada de esclavos, la desigualdad, y las consecuentes amenazas de rebelión; la autoridades británicas, durante una breve ocupación a Trinidad en el siglo XIX, prohibieron el uso de los tambores, pues, según ellos, animaban los instintos primitivos en las personas. Esta resolución funcionó a medias pues la gente empezó a fabricar sus propios instrumentos con cualquier objeto que estuviera a su alrededor, uno de estos fueron las tapas de los viejos barriles de metal.
Era el año 1924 cuando se inauguró la Refinería Lago en Aruba, y los trabajadores que llegaron para trabajar en esta compañía eran originarios de varios países, principalmente de Trinidad. Con un bagaje cultural diferente a cuestas, los trinitarios aportaron a su nuevo hogar un elemento crucial para su desarrollo musical. Aquí es cuando entra en escena Leonard Turner.

Hasta pronto, baby
Siendo un músico respetado en su natal Trinidad, Leonard Turner desembarcó en Aruba para trabajar en la recién inaugurada refinería. Pronto descubrió que la oferta de entretenimiento del lugar era más bien escasa, así que no tardó en reclutar a varios jóvenes a quienes les enseñó el sonido que unas piezas cóncavas de metal podían producir. Así surgió la primera steelband en la isla: Shoo-Shoo Baby y los Aruba All Star Boys. El grupo comenzó tocando variaciones de samba, de rumba, y de cualquier otro estilo de música que estuviera en boga. Lo fácil de asimilar del ritmo convirtió a este instrumento, parecido al vibráfono y a la marimba, una popularidad inmediata. No sólo se formaron más grupos, sino que algunos de ellos llegaron a sumar hasta cuarenta integrantes. Por cierto, le llamaban Shoo-Shoo Baby porque cada vez que el trinitario abordaba un barco que lo alejaría de su tierra, las personas que lo despedían le gritaban “Shoo shoo, baby”, una manera cariñosa de despedirse de él.
Para los años 60 se organizó la primera competencia de steel drum, en la cual ocho grupos buscaban, a golpe de metal, el primer premio. Los ganadores fueron los Aruba Invaders. De ahí en adelante, los tambores de metal eran el invitado de honor en todos los desfiles y carnavales celebrados en la isla.
Tristemente, en las calles de Lago Heights, y de todo San Nicolás, que en otra época sirvieran de vibrantes salas de concierto, hoy permanecen en silencio. Pareciera que el incesante viento que peina la isla se hubiera llevado muy lejos las notas de los tambores de metal, tan lejos que resulta imposible escuchar su eco. Como un volcán que de golpe se vio apagado.
Cuando la refinería Lago se renovó, automatizando muchos de sus procesos, un gran número de trabajadores tuvieron que abandonar la isla. Así muchos de los músicos más respetables se vieron obligados a buscarse la vida en otro lugar. Eventualmente, el espacio que dejaron los tambores de metal lo ocuparon las bandas de alientos, tanto en los desfiles como en el gusto de la gente. Actualmente, salvo unas contadas excepciones, sólo es posible escuchar este instrumento amenizando eventos sociales, como bodas o fiestas privadas. Los pocos grupos musicales que quedan han tenido que adoptar otros instrumentos, otros estilos quizá más populares.
Sin embargo, hay gente que tiene el propósito de revivir aquél armónico escándalo, de atizar el fuego que yace en el centro del volcán, animándolo a volver a hacer erupción. Porque hay pocos sonidos que nos puedan remitir inequívocamente a una región del mundo; uno de ellos es el tambor de metal. Basta pues apenas reconocer los sonidos que una placa cóncava de metal percutida produce para situarnos en un Caribe hecho a base de recuerdos, de fantasías y de deseos.

Oaxaca, tan lejos y tan cerca. Autor: Andoni Aldasoro

Apoyado en una mesa del patio en La Biznaga, noto que el vaso antes rebozante de mezcal ahora se ve muy vacío, y que en sus desnudas paredes de cristal ya hace eco la voz aguda que emite el sonido de música local. De repente me dan ganas de escuchar la Canción Mixteca. Aunque nunca he sido muy afecto a la música vernácula esta noche. Como ninguna otra, celebro estar lejos del suelo donde he nacido.
Si Oaxaca fuera el purgatorio no tendría problema en permanecer por toda la eternidad, y es que hay tantas oportunidades de pecar como hay fondas, restaurantes y mercados; cantinas, bares y mezcaleras, que invitan a sobrepasar los límites permitidos por el hombre común. Mole de todos los colores, chapulines tostados, tamales, tlayudas, caldo de piedra, y gusanos de maguey; tejate, mezcal y chocolate caliente. No habrá descanso. A punto de comenzar esta ruta culinaria con tan altas expectativas lo mejor es recurrir al descanso, mañana, con suerte, será un día muy largo.

Cual hoja al viento
La salida del sol entre las calles del centro es como el lento abrir de un ojo gigante. En mi ventana provisional se asoma el Cerro del Fortín; donde, bajo orden del emperador azteca Ahuízotl, un destacamento de guerreros fundó la ciudad de Huaxyacac en 1486. En ese mismo sitio se celebra cada año La Guelagetza. A plena luz del día es más sencillo distinguir el color de la cantera verde tan característico de la ciudad. Junto con el hospedaje, el hotel ofrece el desayuno. No es por desdeñar sus atenciones, pero hay un lugar en particular donde quiero empezar el día. Pocos minutos después, mi alargada sombra me ha seguido por toda la calle Flores Magón hasta el también llamado mercado de la comida o de las carnes asadas: el Mercado 20 de Noviembre, así con mayúsculas.
Interminables muros de pan, tamboras que rebotan y suben a los altos techos, y un agradable olor a carne y aceite que se impregna lenta pero inevitablemente en la ropa. En este gran conjunto de puestos se pueden encontrar artesanías, ropa y enseres domésticos, pero se distingue por la comida. Caliento motores con chocolate de agua y pan de yema. Mi vecino de plato come enchiladas de coloradito y yo no puedo más que sucumbir a la envidia. Su sabor especiado y moderadamente picoso llena mi boca de un placentero calor. Si me viera mi mamá, cuánto batallaba por hacerme comer mole. ¿Tasajo? también, por qué no. No deseaba terminar el desayuno sin darle otra oportunidad al tejate, pero, muy a mi pesar, debo admitir que el agua harinada no me termina de gustar. Excusa perfecta para cerrar con dos vasos de agua de sandía.
Basta con caminar por las calles aledañas al zócalo para empaparse de la gama cromática de la ciudad. Los oaxaqueños, desde que nacen, están rodeados de color, de sonidos y de sabores. Unos lo traducen en pintura, en textiles o en artesanías; otros en comida. Toda esta atmósfera nos invita, si no a la creación, sí a la apreciación de la misma. No será extraño encontrarse a sí mismo contemplando un plato del más negro mole rodeando una isla de arroz con hierba santa, como si se tratara de una obra del maestro Toledo.
El estómago está lleno y lo estará por un buen rato. Siempre que viajo me gusta caminar mucho, hasta por las mismas calles, hasta que voy familiarizándome con los nombres, las direcciones. Ahora sé que para llegar a Santo Domingo desde el Mercado 20 de Noviembre debo tomar Almada hasta topar con Manuel Fernández Fiallo, misma que pasando Independencia se convierte en Reforma, y al llegar a la esquina con Constitución está la Galería Quetzalli, orgullosa representante de nombres como Francisco Toledo y José Villalobos, reconocidos pintores oaxaqueños.
Al salir de la galería, es obligado visitar el exconvento de Santo Domingo, posiblemente el edificio virreinal con mayor importancia no sólo de México, sino de todo el continente americano. Esta construcción, que en sus inicios jugó un papel primordial como centro de evangelización, ahora está convertida en un activo centro cultural.
Se está metiendo el sol y decido volver sobre mis pisadas hacia la Avenida Independencia, donde tanto yo como los viajeros con afición literaria podrán dedicar tantas horas como nos podamos permitir. La librería Amate Books es una de las favoritas de los visitantes de ocasión en esta ciudad, hay una gran variedad de títulos en inglés, pero en español también se pueden encontrar copias muy valiosas: arte, historia, antropología y literatura, todo referente a la cultura tanto local como nacional.
Mis pasos me conducen al zócalo, y después al restaurante El Asador Vasco, en los famosos portales. Por suerte se vacía una mesa en la terraza. Es por todos sabido que las ciudades, las más hermosas en particular, cambian radicalmente con luz de día y luz de noche. Oaxaca de Juárez es una de ellas. Desde aquí se logra apreciar la iluminada catedral, pocas vistas superarán la que me acompañó durante la cena. El día termina con tacos de chapulines tostados y guacamole.
¡Oh, Tierra del Sol!
Es mi tercer día y he formado un inmejorable hábito: desayunar en el Mercado 20 de Noviembre. A cuatro pasos de la primera entrada encuentro varias vendedoras anunciar sus productos. Ahora pido una tlayuda. “Buenos días, señora ¿qué es esto?” Entre el ruido de marchantes, de música y de pláticas ajenas, no logro comprender la respuesta. “Ah y ¿está bueno?”, le pregunto, “Sí, joven.” Tal seguridad me ofrece la credibilidad necesaria para acceder gustoso. “Póngale un poco ¿no pica mucho?” Más pronto que tarde me enteré que esta pasta roja y granulada de chile pasilla se llama chinestle. Los mixes, habitantes del noreste de la capital oaxaqueña, empacaban tlayudas con chinistle cuando debían pasar varios días en el campo, así soportaban las arduas jornadas de trabajo. Por cierto, sí pica mucho.
Otro de los indispensables durante una visita corta o larga a la capital de Oaxaca es visitar Monte Albán. Hay muchas compañías que ofrecen el traslado y la entrada a la zona arqueológica. Elige la que más te convenga. Sólo diez kilómetros separan la ciudad de Oaxaca del centro indígena más importante de la región. Como ocurrió con muchos otros sitios parecidos, Monte Albán fue habitado por varios grupos en distintos momentos de su historia; el origen del primer grupo sigue siendo materia de discusión, pero sabemos que después fue utilizado por los zapotecos; después vinieron los mixtecos. Destacamos de este gran complejo cuatro estructuras principales: la Gran Plaza, la Plataforma Sur, el campo de Juego de Pelota, y el Edificio L, llamado también el Edificio de los Danzantes; todas fueron concebidos para alojar ceremonias de diversa naturaleza.
La temporada de lluvias en Oaxaca generalmente dura de abril a octubre, así que aconsejamos llevar paraguas o ponchos impermeables, sobre todo si decides visitar Monte Albán, las correr por las amplias áreas abiertas bajo una lluvia torrencial pueden ir desde lo divertido hasta lo incómodo. No tentemos a la suerte y lleva lo necesario.

Quisiera llorar, quisiera morir
Llega tan pronto la tarde que ya es de noche. Ante los párpados cerrados de las casas, procuro aligerar mis pisadas, no vaya a despertar a las calles mismas.
Si el día está inundado por tubas, por tambores y de voces filosas; la noche pertenece a las guitarras, a los cantos arrastrados y al mezcal. Siempre he preferido la noche para disfrutar más la comida. La oscuridad merma la visión y hace más agudo el gusto.
Elijo casi al azar un pequeño restaurante sin nombre, después de probar toda esta comida y bebida me he dado cuenta que el estándar de calidad en la capital de Oaxaca es muy alto. Esta noche quiero palomear una de las cosas que tenía planeada para este viaje: probar el mezcal de pechuga. Tomás, el amable mesero, me explica el proceso de elaboración totalmente artesanal: después de separar las piñas de los magueyes se cuecen, para después ser molidas. La corteza resultante es dejada a reposar en grandes barriles. El secreto de este mezcal en particular radica en que al barril le añaden pechugas de gallina y de guajolote bien molidas. La explicación puede no sonar apetitosa, siempre he pensado que hace falta un paladar muy especial para disfrutar un mezcal así. Pero denle oportunidad, así como se la di yo. Su sabor posee en sí muchos sabores, y todos, en combinación, conforman el mejor maridaje para la gastronomía local.
La vida es un círculo, un eterno volver al comienzo. Y yo me encuentro de nuevo en La Biznaga. Ahora la copa de mezcal está llena, no quiero terminarla porque significará que el viaje ha llegado a su prematuro e injusto fin. Doy pequeños sorbos tratando de hacer más largos los minutos. Las mesas que rodean la mía están llenas de gente que, al parecer, festeja algo que merece gran alboroto, grandes risas. Nadie parece notar el contraste. Minutos después, mi copa irremediablemente vacía, yace muerta al centro de la mesa. Yo sigo sin escuchar la Canción Mixteca, pero ya puedo sentir la inmensa nostalgia que me está invadiendo.

El camino de ida y vuelta a las cascadas Havasu. Autor: Andoni Aldasoro

No se escucha nada. Fuera del sonido constante de mis pisadas, no se escucha nada. El grupo, unido al principio, se ha venido distanciando, formando pequeños grupos. Las animadas pláticas quedaron varios kilómetros atrás, y la introspección y el silencio se han adueñado de este primer recorrido. El viento, que cuando llegamos a una zona abierta nos pega y nos cubre de arena, me da la sensación de sonido, pero en realidad no hay nada.
Apenas llevo dos horas caminando y las botas ya están cubiertas de tierra. Una vez que estuvo reunido todo el grupo (exploradores y guías), dejamos Phoenix de madrugada, y nos tomó más de cuatro horas llegar al campamento que supone el inicio del camino. El cuadro que se presentó desde la cima de la meseta donde está el campamento, de una belleza abrumadora y violenta, me hicieron olvidar por un momento que llevaba una cámara, y que debía registrarlo todo. La pequeña plática que tuvo lugar antes de comenzar el descenso nos recordó que esta era una de las caminatas más largas del viaje (la otra sería el mismo trecho pero de regreso): 16 kilómetros que, traducidos a tiempo, debían ser completados más o menos en seis horas. Habría dos descansos, uno en los primeros kilómetros, para desayunar; y otro, para descansar, a la mitad del trayecto. Pero apenas llevaba dos horas caminando y mis botas ya estaban cubiertas de arena.
Tras el descenso de un poco más de 300 metros sobre suelos arenosos y de piedras sueltas, el sendero nos condujo por parajes casi planos, que nos permitieron apreciar la imponente belleza del Desierto de Sonora, en la parte que ocupa del estado de Arizona.
El horizonte, cuadro formado por una gigantesca roca erosionada como un cráneo al descubierto, se extiende para todos lados, quemado por la fiebre de los días, y lijado por el viento de las noches. Nosotros seguimos la ruta que por siglos hicieron las corrientes de agua, llevándose, poco a poco, miligramos de tierra; formando, después de millones de años, estos caminos abiertos y ásperos, llenos de vacío.
Caminamos ahora en un silencio casi absoluto. El rítmico sonido de las pisadas es tapado por los ocasionales vuelos de helicóptero que van y vienen desde la cima de la meseta hasta la villa, llevando provisiones, agua, comida, y a algún visitante que no desee realizar este recorrido a pie.
Miro la ruta trazada en el mapa que llevo en el bolsillo trasero, de acuerdo a mis cálculos nada científicos faltan más de diez kilómetros para llegar a una serie de manchas azules, rodeadas de pequeñas manchas verdes. Todos quienes emprendemos este recorrido vamos con un objetivo que bajo este sol se disfraza de anhelo: las cascadas Havasu.

Promesas verdiazules
“¿Por qué no se ven animales en ningún lado?” pregunté a Annemarie, una de las guías, después de trotar ligeramente para alcanzarla. “Porque el hombre es el animal suficientemente estúpido como para salir a caminar bajo este sol”. Miro alrededor buscando algo que me sirva para refutar, pero sólo encuentro matorrales pegados al piso. Habiendo quedado claro eso, seguimos caminando ahora en fila india, portando con orgullo nuestra poco favorable pero merecida denominación.
El calor y las quemaduras del sol son un factor que no hay que desestimar, especialmente si nos encontramos en Arizona, que entre junio y agosto el termómetro rebasa los 40°C. Entre muchas recomendaciones que se deben tener en cuenta para hacer este tipo de caminatas está hidratarse constantemente; cubrirse del sol ya sea con ropa o un sombrero, o con bloqueador solar; y tomar tantos descansos como se necesiten.
Los Havasupai, que se traduce a “gente de las aguas verdiazules”, han vivido en este páramo desde el año 1300, y ha sido una de las únicas, si no es que la única, tribu que el hombre blanco fue incapaz de doblegar. Por décadas a los Havasu se les arrebató gran parte de sus tierras, obligándolos a sobrevivir con menos espacio para la siembra y el ganado. Tras una feroz lucha por defender su territorio ancestral, esta tribu amerindia logró recuperar sus tierras y el derecho a administrarlas como mejor les parezca. En la actualidad hay un poco más de 600 personas que viven en la villa, misma que es reconocida como uno de los pueblos más remotos de toda la Unión Americana continental.
Aunque sea ampliamente superado por su vecino el Parque Nacional del Gran Cañón, destino que recibe anualmente casi 5.6 millones de visitantes; Havasupai y sus hermosas cascadas es visitada por más de 20 mil personas. Lo vistoso de estos paisajes y el reto que significa llegar a sus cascadas, han convertido a esta pequeña Reserva en un destino muy solicitado por los viajeros con vena aventurera de todo el mundo. La única manera de tener acceso a este parque es por medio de una larguísima lista de espera, llevada por los propios Havasu. Es por esto que la mejor manera, si no es que la única, de hacer este viaje es a través de compañías como Arizona Outback Adventures, quienes convenientemente se encargan de todas las tareas administrativas. Independientemente de la experiencia en sí misma, ésta se ve enriquecida por la convivencia con los demás viajeros. El grupo que nos acompaña en esta aventura está conformado por dos canadienses, una alemana, un francés, una inglesa, un chino y un mexicano: yo.
El primer receso llegó pronto. Nadie parece mostrar el menor atisbo de cansancio. Uno de los requisitos más importantes para emprender este viaje es tener una buena condición física. Aunque no se pongan a prueba habilidades para escalar, hacer rappel o disciplinas parecidas, las distancias que deben ser cubiertas son considerables. Tras un ligero y saludable desayuno a la sombra de una gran roca, el grupo retoma la caminata. El siguiente descanso, según nos dicen los guías, se celebrará justo a la mitad del camino, frente a una piedra con forma de oso.

El hombre encuentra al oso
Hay una leyenda que ha pasado de boca en boca, que responde a la eterna búsqueda por explicaciones, ya sea reales o fantásticas, de las cosas que suceden y se encuentran rodeando a los habitantes de esta región.
El único camino que comunica a la villa de los Havasu con la entrada al Cañón, y por consiguiente, el resto de Arizona, es el mismo sendero que hemos estado caminando desde que bajamos de la camioneta, y eso ha sido así siempre. Por ello, el cargamento con las provisiones que los antiguos pobladores necesitaban para subsistir debía cruzar por estas mismas piedras. En una de las curvas que las corrientes de agua han venido formando en la piedra, afirma la leyenda, vivía un oso. Este oso exigía un pago simplemente por pasar, un tributo. Los Havasu, pueblo pacífico, accedían a sus peticiones. Con el tiempo, la avaricia se apoderó del oso y les empezó a hacer exigencias irracionales: más comida, más agua, un niño. Los havasu no estaban dispuestos a pagar tal cuota. Bajo la guía de uno de los viejos sabios de la villa, acordaron lanzarle un hechizo al oso y convertirlo en piedra, pero para esto debía alguien distraerlo mientras el viejo se acercaba lo suficiente. Dos niños gemelos se ofrecieron, su agilidad y astucia les permitiría entretener al oso sin que este pudiera atraparlos
El momento llegó en que los dos hermanos comenzaron a correr y saltar, mientras el viejo, agitando las manos, cantaba las estrofas del encantamiento. Lo que tendría que haber sido una distracción derivó en una feroz lucha. El viejo pudo lanzar el hechizo pero los dos gemelos, al casi ser apresados por las zarpas del gran animal, lo recibieron también.
Desde ese momento, justo en el lugar donde se libró tal batalla, se encuentra la silueta del oso, atrapado en una cárcel de piedra; mientras que los dos gemelos, ahora petrificados, fueron llevamos a la entrada de la villa, y ahí permanecen en una interminable vigilancia. Aún se afirma que el día en que alguno de estos pilares caiga, los Havasu tendrán que abandonar estas tierras, pues no habrá nadie que los proteja.
Mientras hacemos una pausa de la caminata, vigilados por la piedra con una perfecta forma de oso, dos bandadas de caballos pasan cargando el equipaje (quizá el nuestro). “Los caballos conocen el camino, no tienen necesidad de que nadie los guíe” dice Annemarie. Y así es, sólo una cuerda mantiene unidos a los cinco caballos, nadie tira de ella. Solamente un jinete havasu los sigue a una distancia bastante larga, como para asegurarse que no se queden rezagados. Esta es una de las grandes ventajas de viajar a esta Reserva: la entrada al parque incluye utilizar a los caballos para llevar casi todo lo necesario para montar un campamento en la zona destinadas para ello. Tiendas de campaña, sillas, tanques de gas, comida, y una pequeña maleta por cada visitante, todo va a lomos de estos respetables y bien orientados animales.

Villa Havasupai
Lo primero que nos hizo saber que habíamos llegado a la villa fueron los dos monolitos sobre una montaña de piedra, a la izquierda del camino: los dos hermanos que sacrificaron su vida por el bienestar de su gente. Poco después empiezan a verse casas y otras edificaciones de poca altura que conforman el precario asentamiento.
Lo segundo que nos hizo saber que habíamos llegado a la villa fueron los incesantes chirridos que todos nuestros celulares comenzaron a emitir. Aquí en la villa es uno de los únicos lugares en todo el parque donde se puede encontrar señal de wifi. Muchos aprovechamos, quiero suponer, los pocos minutos que permanecimos en el pueblo para mensajear a amigas, amigos, novios, novias, esposas, padres y demás. Yo nunca había caminado tanto en un sólo día, y era motivo de preocupación en todo mi entorno. Los próximos días estaríamos lejos de cualquier señal, y a menos que quisiéramos regresar a la villa, lo que supondría caminar dos o tres kilómetros, estaríamos totalmente incomunicados.
El pueblo es en verdad muy pequeño, está compuesto por 136 casas-habitación, una cafetería (Havasupai Tribal Café, famosa por preparar pan frito, un platillo tradicional havasu), una tienda de insumos, una escuela primaria, dos capillas, una oficina turística, una oficina de correos, un albergue, y un helipuerto, rodeado este último de gente esperando poder encontrar lugar en alguno de los varios vuelos diarios que se hacen del lugar de acceso al parque y la villa.
Una observación importante: a los havasu no les gusta ser fotografiados. A pesar de ser callados y poco sociables con el visitante, es posible entablar una conversación con ellos, siempre y cuando haya un gran respeto hacia sus creencias y sus modos de vida. Al fin y al cabo somos unos invitados y debemos acatar sus reglas en todo momento.
Todo el camino que siguió hacia el campamento estuvo flanqueado por árboles y arbustos, señal inequívoca que las corrientes de agua estaban muy cerca.

Lower Navajo Falls y el primer chapuzón
Con las fuerzas renovadas que la cercanía de nuestro destino nos dotó, llegamos a las primeras cataratas: Lower Navajo Falls, una pequeña pero caudalosa caída de agua. Por esto mismo, por lo caudalosa, es que no pudimos meternos saltar al agua, este esperado placer tardaría muy poco en concretarse.
La distancia a esta altura del recorrido había dejado de medirse, al menos para mí, en kilómetros o en horas. ¿Cuántos pasos más para llegar al campamento? Estas inútiles cavilaciones se vieron interrumpidas por el estruendo de una cascada, más alta que la que habíamos pasado varios cientos de pasos atrás. Al ir descendiendo a un lado de, esta sí, una gran caída de agua, pudimos ser testigos de una de las promesas cumplidas del viaje: Havasu Falls. Los fotógrafos o cineastas la llamarían la “money shot”; los pintores dedicarían gran parte de sus colores azul y verde a tratar de capturar este raudal vertical; los escritores darían rienda suelta a los sinónimos más elevados, enalteciendo esta maravilla natural; los viajeros que vienen de caminar casi 14 kilómetros rodeados de calor desértico, presentarán sus honores al dejar a un lado mochilas, sombreros, teléfonos y demás implementos no sumergibles, y saltar a sus heladas y puras aguas. Algunos de nosotros, cegados más por la euforia que por el calor, saltamos aún con las botas puestas.
Agotados, primero por caminar, y después por saltar y nadar, llegamos al campamento pasadas las dos de la tarde. Nuestras mochilas, con los ansiados cambios de ropa, ya nos esperaban dentro de las tiendas. Alrededor de dos mesas (está prohibido hacer fogatas, de lo contrario habría estado acomodado todo alrededor de una), estaban distribuidas nueve tiendas de campaña.

Hay una serpiente en mi bota
Primero vi una pequeña, de camino a la cabaña que contiene los baños; luego una más grande, misma que se alojó debajo de una tienda vecina, a pocos metros de la mía. La zona de campamento se sitúa junto al cauce del Río Colorado, que provee agua para enjuagarse (que nos es lo mismo que bañarse), y para remojar la ropa usada durante el día. Para beber, es mejor traer el agua que se filtra de la meseta, que brota a través de una llave en uno de los extremos del campamento. Por las noches, el impresionante sonido del agua corriendo hace parecer que está lloviendo, y la amenaza, por más irracional que sea, de una inundación o una lluvia monzónica, se vuelve más atemorizante que la presencia de un alargado reptil que busca una sombra donde descansar.
Al amanecer, las botas mojadas siguen mojadas. Para cuando la avena ha desaparecido de mi plato, el sol comenzó a pegarle de lleno a la mesa, es momento de moverse. Ante la mala noticia de que el Havasupai Tribal Café se encontraba cerrado por la temporada, decidí quedarme en el campamento para descansar. En un par de horas teníamos planeado visitar otras dos caídas de agua: Mooney y Beaver Falls; cuyo camino de llegada, como era de esperarse, sorteaba varios retos, desde atravesar grietas oscuras (la primera), hasta caminar otra decena de kilómetros entre la maleza, siguiendo el cauce del río (la segunda).

Grietas, viñedos y más cataratas
Resulta sencillo imaginar cómo era el estado de esta región cuando los primeros mineros llegaron a la zona, buscando las vetas de minerales preciosos entre piedras y cascadas. Uno de ellos fue D.W. “James” Mooney, famoso por razones poco favorables para su persona. En 1882, fiel a su ambición por encontrar literalmente una mina de oro, Mooney decidió descender los 64 metros de la esta catarata amarrado a una cuerda. Desconocemos el estado físico del que gozaba el poco afortunado minero, lo que sí sabemos es que, después de caer desde cierta altura que probó ser mortal, le pusieron su nombre a esta caída de agua. Hoy en día hay una manera menos mortífera de subir y bajar, pero no por ello más sencilla. Se debe caminar por una angosta grieta entre las rocas; a veces obligados a ir a gatas, por el poco espacio que en varios trechos existe.
Tras el lento y trabajoso descenso, empieza el largo recorrido hacia Beaver Falls, un conjunto de cataratas de poca altura. Lo atractivo de éstas, fuera de que se encuentren en una grieta entre un acantilado, es que tiene varias piscinas naturales a las que se puede saltar y nadar: uno de los puntos más fotogénicos del parque.
“¿Creerían que en el desierto de Sonora había viñedos salvajes?” pregunta Nick, el guía líder cuando emprendemos la caminata, entre altos y densos matorrales verdes (verdísimos). Obviamente ninguno de nosotros lo creería. “Aquí mismo, en los meses de otoño, crecen uvas silvestres. Todo esto se llena de uvas.” El camino serpentea por los lados y a través del río, para esto es necesario llevar calzado apto para los dos tipos de terreno.
¿Ya había dicho que dejé de medir las distancias por kilómetros u horas? Durante este trayecto encontré una forma menos práctica pero más ilustrativa. Desde que dejamos Mooney Falls he cruzado seis veces el río, en partes poco profundo, en otras llegando más arriba de las rodillas; deben faltar de seis a ocho remojadas más.
Poco después llegamos a Beaver Falls, el quinto conjunto de cascadas del parque, el sitio más complicado para llegar de todo Havasupai. Lo estrecho del cañón convierte a este punto en el de mayor riesgo en caso de haber una inundación. La última gran catástrofe ocurrió en 2008, cuando la Presa Redlands liberó toda el agua recaudada tras varios días de lluvia. Todos los habitantes de la villa fueron evacuados y no hubo pérdidas humanas. Por fortuna, la parte del cielo que el cañón permite ver está totalmente azul, no hay nubes que amenacen con romper en lluvia.
El resto de la tarde se dividió en cuatro actividades que se sucedían de manera intercalada: subir a la “piedra de salto”, saltar al agua, nadar a la orilla, hacer fila, subir a la “piedra de salto”, y así. Me gustaría en este momento tocar temas de profundidad viajera, que nos motiven a reflexionar sobre el por qué estamos aquí, por qué viajamos, las razones de los humanos para buscar respuestas a preguntas trascendentales en lugares remotos, pero me toca saltar, y la fila de saltadores es cada vez más larga. Habrá momento para pensar en ello cuando esté caminando de vuelta.
Ya lo dijo Stephen King en sus de sus primeras obras, que los caminos de regreso siempre son silenciosos, y si no lo dijo él, debió haberlo hecho. Regresamos horas después al campamento, el ambiente esta noche se torna un tanto nostálgico. A la mañana siguiente emprenderemos el larguísimo camino de vuelta al sitio donde descendimos, y nada nos volverá a la realidad, esa realidad que no podemos esquivar, como el repentino chirrido de mensajes, correos y llamadas a teléfonos celulares al pasar por la Villa Havasupai, marcándonos el inicio de la larga recta final hacia el lugar donde partimos.

Chucho sin Garra (o de tránsito). Autor: Dante Cano

¡Shu, shu! ¡Largo! ¡A orinar a otro lado, perro!

Sobresaltado levantó la cabeza y sintió que los pelos de la crin se le erizaron. El sonido  de la voz era muy fuerte.

Se alejó de la pared sin bajarse de la banqueta y volteó buscando de donde procedía esa voz. Lo veían unos ojos hundidos enmarcados por un pelo ralo, una barba cana y un ceño fruncido.

El olor de la esquina era agrio, muy intenso. Exhaló como estornudando y continuo andando entre las piernas de la gente. Dio vuelta en la esquina y se echó sobre sus cuartos traseros para rascarse el cuello con la pata. Al husmear la siguiente esquina el olor era el mismo, penetrante.

Siguió su andar. No sentía su cuerpo ligero como antes; de pronto le pareció tener una capa de  “algo”, no supo qué. ¿Le habían crecido las gomitas de sus patas o sólo  se o imaginaba? Algo le apretaba en la parte de arriba de sus caderas.  Llevaba la lengua de fuera y un ligero jadeo le acompañaba.

Aparecieron luces, vinieron sombras, el calor disminuyó, el ruido de los motores escaseó y  los pasos de la gente aminoraron. Su mirada llegaba más lejos cada vez y su olfato captaba menos olores, sintió deseo de parar.

Su  estómago le hablaba, vacío, urgente; no sabía si le ardía o sentía que se inflaba. Vio un bloque de basura a lo lejos y se apresuró. Husmeó a su alrededor, bolsas, cajas rotas, ropa sucia, plásticos. Había un olor a grasa y sal pero no encontraba de dónde provenía.  Una bolsa, otra, las desgarró con sus patas y hocico. Restos de papas fritas. Mordió. Crujieron, sal y aceite. Sí, crujían aún. Recordó  que la noche  anterior comió un medio sándwich  de pavo que alguien había dejado apenas mordido. Lo extrañó. Buscó más papas. Lamió la bolsa. Buscó. Tenía sed. Nada. Se limpió los labios y los bigotes con la lengua y se la paseó por los colmillos.

Anduvo otro poco. De la molestia de su pelaje,  a la incomodidad del vientre, pasó a la pesadez del sueño. Buscó una esquina, ahí donde pegara el aire. Una esquina cóncava. Dio dos vueltas sobre su lado derecho y una más sobre el izquierdo; se echó al piso, panza abajo y barbilla al suelo. Sus ojos estaban alertas al fondo de la calle. Miraba de lado a lado como buscando algo, a alguien. Exhaló un aliento profundo y dejó su mirada fija. De súbito se levantó y volvió al cubo de basura.

Escogió un cartón al pie del basurero; se echó a dormir. Durmió mal, poco y a ratos. Ruidos de voces, puertas, pasos de viandantes, voces de alcoholizados, sirenas, uno que otro motor.

Recordó un latido lento, sereno, un vientre tibio, acogedor, un pecho nutricio, lamidos reconfortantes, caricias. Gimió un par de veces, aulló otras más. ¿Eran recuerdos? ¿Alguna vez había vivido eso? ¿Lo volvería a vivir? ¿Le  esperaban en algún lugar.

La Montañas de la Luna. Autor: Antonio Ortuño Casas

No voy a escribir este relato de viaje con la mente en lo que en libros de historia o de geografía, en Internet, o en folletos de turismo, sobre el lugar ya se diga. Habrá suficiente información en todas esas fuentes, aquí lo que cuenta es mi propia experiencia, y de lo que ella recuerdo unos días después de haber disfrutado de un paraje excepcional, simplemente gozando de su belleza, de sus gentes e inesperadamente de sus historias.

Esos tres ingredientes, unidos al deleite e ilusión de considerarme una vez más agradecido, acaso privilegiado, por contar con la suerte de viajar y empaparme con lo aprendido durante los mismos.

África puede ser quizá el escenario perfecto para ello; estos últimos años, aprovechando que vivo en su seno, me permiten ir conociéndola en todo su esplendor. El lugar que puede ser casi perfecto por su ubicación para desplazarme fácilmente a otros, y también en su interior encontrar todos ellos, o muchos al menos. Uganda, a pesar de ser un pequeño país, es grande en lo que guarda; puedes decir que se podría echar en falta el mar, aunque el lago Victoria casi pudiera jugar ese rol.

Pero me olvido ya de esta introducción y me aboco ya a la historia, al viaje, y de lo que de él puedo destacar para contar, sobre sus gentes, sus historias y la belleza del lugar, ya lo he dicho antes es cierto, sin olvidar que mi sentido, casi inherente, por el juicio de las cosas, no va a faltar tampoco. Vamos pues a ello.

Mágicas, las Montañas de la Luna, como son a menudo consideradas, Montains of the Moon, un término que viene de la época de Ptolomeo y que se refería a una antigua montaña con forma de luna nueva y en la que se creía estaría la fuente del Nilo; y todo el entorno es igualmente mágico. Y ahí nos dirigimos a esa parte de Uganda, cerca de la frontera con el Congo, para escapar por unos días del bullicio y caos de Kampala.

La región de Rwenzori las alberga y de ella toma el nombre oficial que aparece en mapas y libros, Rwenzori Montains, donde Kithasamba, el dios Bakonzo, divisa desde sus más de 5.000 metros de altura la inmensidad y grandeza del lugar. Aunque su esplendor aún existe, y en especial dentro del parque nacional que lleva el mismo nombre, fuera del mismo la mano del hombre empieza a hacer sus efectos, negativos como no puede ser de otra manera. Uno se imagina como debía de haber sido antes ese entorno, adornado casi enteramente del verde de los árboles, de azul del agua en ríos y arroyos. Y en las cumbres de los principales picos, todos con nombre occidentales, mucha más nieve de la que ahora sobrevive en ellos.

Nos alojamos en uno de las cabañas, lodges, cerca de la entrada principal al parque nacional, después de casi 7 horas conduciendo desde Kampala. Nos enteramos al llegar que no había Wi-Fi, perfecto, y de que la señal de teléfono apenas llegaba, más que perfecto. Pasaríamos unos días desatados de esos locos artilugios que no sólo nos están también convirtiendo en maniáticos, peor, en patosos, combinación perfecta para los únicos seres que pensamos, bueno esto último habría que matizarlo.

Yo me alegré y así podíamos centrarnos en las actividades que el lugar ofrecía, naturaleza en abundancia y cultura adornada de historia, que es lo que en especial un día nos hizo olvidar la monotonía. Ese día, nos volvimos a dar cuenta de que el pasado, la historia en la vida de las gentes, puede marcar un presente, distinto, muy distinto, y el futuro es todo incertidumbre, pero con varias dosis de malos augurios. De eso no escapamos ningún pueblo, visto lo que en no muchos años, incluso pocas décadas, hemos contribuido, todos, para poner al mundo en peligro.

Entre las actividades otro par de días pudimos disfrutar de largas caminatas entre inmensos bosques, bordeando ríos y arroyos. Escuchando el canto de decenas de pájaros, quedarnos embobados con los movimientos de unos camaleones camuflados entre el verde de ramas y hojas de los árboles que esconden también micro mundos.

Y el día especial lo dejamos para conocer la village y la gente del lugar. Aquí es donde el viaje tuvo su clímax, amén de la belleza y magia cuando mirabas esas montañas con los picos maquillados de nieve, contrarrestando con el azul del cielo y el blanco de las nubes que de vez en cuando jugaban a su alrededor.

A lo largo de la jornada fuimos conociendo a personajes, personas humildes, con magia también en sus vidas, cada una en la suya, barnizada del pasado, al que se mantienen como pueden y al que ven como poco a poco se les escapa.

De la mano y sapiencia local del guía Bwabu Elly nos fuimos metiendo poco a poco en las entrañas de la comunidad, Ruboni village, a unos veinte minutos del lodge. Nos íbamos cruzando a lo largo de la marcha con la gente, saludando amigablemente; mujeres con sus bebes colgados de sus espaladas, niños portando grandes botellones de agua que llenaban en un pozo próximo. Todos ellos descendientes de los Bakonjo, todos ellos Bajonjo people, originarios del otro lado de las Montañas de la Luna, en lo que hoy es el Congo.

Así fue como empezó a contárnoslo Matheke Eriphaza, el contador de historias, storyteller. Una forma de pasar su cultura de generación en generación; lo fue por lo menos su abuelo, su padre, y ahora la sabiduría es traspasada a uno de sus hijos. Sentado sobre una esterilla que ellos mismos hacen del árbol Bark, nos empieza a contar historias. Uno de esos árboles enarbola en su pequeña parcela; ahora son sedentarios, antes eran nómadas yendo de un lado para otro sembrándolos en cada uno de los nuevos lugares donde se establecían por un tiempo.

Así, sin saber exactamente cuándo es que dejaron Congo, cree que podrían ser al menos unos tres siglos, sus antepasados decidieron ir al otro lado de las montañas en dos grupos, uno atravesándolas y el otro a través del extenso valle. Huían de conflictos con otras tribus, bajo la guía del dios Kithasamba, el dios Bakonzo, el que está en la cima, the one on the top, arriba. Nos lo iba contando en su lengua, mientras uno de sus pequeños hijos retozaba en sus brazos. Con la traducción que iba haciendo el guía nos íbamos imaginando cada parte de la historia.

Ambos grupos sufrieron terribles calamidades durante sus largas travesías, hasta encontrarse bastante tiempo después cerca de la zona en la que ahora están establecidos. En ellas iban sufriendo perdidas por enfrentamientos con otras tribus, por enfermedades y por las inclemencias del clima, en particular aquellos que atravesaron las montañas y a cuya climatología no estaban acostumbrados.

Son muy supersticiosos y solían antes, ya que ahora prácticamente dejaron de ser nómadas, dejar la tierra donde moría un familiar u ocurría alguna otra desgracia para abandonarla e ir a otro lugar.

Nos podíamos haber quedado perfectamente escuchando horas y horas sus historias, pero la siguiente visita no dejaría tampoco de sorprendernos. Baluku Debesi, el curandero, traditional healer, nos dejó sin palabras durante un buen rato, y no precisamente por su atuendo con pieles de animales salvajes, o por su humilde choza en la que vivía. Sus ritos nos llevaron a una época imaginaria, y con la quietud tras la breve ceremonia nos expresó, con ayuda del guía que nos iba traduciendo cada situación o explicación, cómo veía la situación actual de su gente y la gran diferencia con respecto a otras épocas, no tan pretéritas en el tiempo, cuando su gente era según él bien diferente.

Augura un futuro nada halagüeño ni para su gente ni para el resto de los mortales, y a mi pregunta de si veía alguna solución me respondió que solo dios la tiene, el suyo, porque por culpa de los dioses que los extranjeros habíamos llevado a su gente, ésta había perdido el verdadero espíritu de la vida. Esos dioses eran culpables de lo malo que está pasando con su gente, por ello también cada vez más se olvidan de sus costumbres, y entre ellas el que recurran a lo que antes hacían sin problema, visitarlo para curarse sus enfermedades. No podía ocultar su frustración, era clara la repercusión que en él había tenido esa invasión.

Compartió conmigo la preocupación por la deforestación en la zona, la falta de lluvias, consecuencia de lo anterior, y así hasta casi todas mis mismas inquietudes por el futuro de la humanidad, que él ve ya en su propia gente.

No teníamos ganas de irnos de aquel pequeño habitáculo, donde pequeños animalillos disecados y plantas colgadas en las resecas paredes de adobe colgaban de ellas jugando con la gravedad.

La siguiente visita nos delataría alguna esperanza por una vida mejor. Mary, una madre más de un grupo de mujeres trabajadoras de sol a sol, trabajaba en una pequeña estancia haciendo canastos con unas largas y finas hojas de un arbusto de la zona; las manipulaba con un arte y maña que sólo ellas manejan, y con ellas hacen también posavasos de diferentes tamaños y colores, los cuales secan de forma natural. Con semillas de diferentes arbustos igualmente hacen collares y pulseras con los que adornan también su cuerpo.

Constituyen una especie de cooperativa, donde cada día se van turnando para poder producir cierta cantidad de productos y venderlos a los turistas que visitan la zona. Con ello consiguen llevar alguna cantidad de dinero a sus casas, como complemento para comprar lo que de la tierra ellas mismas con sus manos no pueden sacar con lo que cultivan.

Las horas pasaban rápido y la satisfacción por lo vivido estaba alcanzando su auge, habíamos conseguido adornar con una gran guinda todo el viaje.

La zona, de la que destacan aparte de la región de Rwenzori también el distrito de Kasese, desde hace bastante tiempo ha venido siendo por sus propias características de índole histórica y social, en la que la componente tribal juega un importante protagonismo, una dificultad para el gobierno central. Un carácter reivindicativo con su propio nombre, Yiira, como se llamaría la república.

Con este último apunte terminamos la jornada y una merecida comida con comida local nos esperaba en el alojamiento. En el camino de vuelta, que hicimos también caminado, el calor era casi agobiante, nada normal en la época en la que estábamos. La conversación con el guía acerca de ello, me confirmó lo que el curandero estaba augurando. Era época de lluvias, apenas estaba lloviendo, la deforestación inundaba nuestras retinas, a pesar de las nuevas plantaciones en muchas zonas; pero he ahí el problema añadido, plantaciones con árboles de eucalipto y pino, especies de rápido crecimiento pero no nativas, con la consiguiente erosión adicional en el terreno. El caudal de los ríos era pequeño, y el polvo del camino inundaba ya casi todo a su alrededor, y poco a poco a nosotros.

Y las gentes en la village, devorando los móviles, tienen por supuesto el mismo derecho que nosotros, mientras transportaban en sus cabezas grandes recipientes de agua, ramas de árboles, y los niños en las espaldas o de las manos de las mujeres nos mirabas con ojos extraños, como preguntando quiénes éramos estas extrañas gentes que pululaban por su tierra. Al menos esta vez no llegábamos con nuevos dioses.

Paella para todos- Autor: Raquel Rodríguez Pérez

Asomada a esta ventana, observando las flores, oyendo el aleteo de palomas y sintiendo pasos a lo largo del pasillo, me doy cuenta del viaje emprendido hace 85 años.

Me doy cuenta de que todo está impoluto, todo resuelto, cada cosa en su lugar.

¡Cuánto me alegra verlos acercarse a mi cuarto! No importa si no sé quiénes son. Me saludan. Me hablan. Me prestan atención. Algunos días me hablan de cosas que no entiendo. ¡Temas de la juventud! Creo que incluso me cuentan algo, de vez en cuando, en otro idioma.

Me gusta mirar sus caras. Si están cerca observo sus expresiones. Así sé si se comunican desde el cariño, el enfado, la insatisfacción, la alegría… Si se mantienen alejados de mi butaca o de mi cama, no distingo las facciones. Todos los rostros se vuelven sombras. Prefiero no mirarlos demasiado. Me asustan con ese círculo oscuro anulando todos sus rasgos humanos. Yo no digo nada por si se molestan y deciden marcharse. Prefiero la compañía de los seres sin rostro a quedarme largas horas en soledad.

No tengo reloj en el cuarto. ¡Y eso que antes nunca me separaba de él! El tiempo era mi prioridad. Todo lo que yo era y hacía estaba vinculado a las fracciones horarias: la costura con plazos cortos de entrega, la comida para todos, la compra, las visitas a la capital para hacer compras de telas o material para coser, las celebraciones familiares y los regalos calculados en las huchas a lo largo de los meses,… Todo en mi vida era tiempo. Ahora está tan perdido como yo. El tiempo se ha desubicado conmigo. Jejejeje… ¡cómo si fuésemos viejos amigos envejeciendo juntos!

Se ha desarrollado en mí algo animal: voy al ritmo de la luz solar. Sé que es de día cuando hay sol y que la noche llega cuando la luz exterior desaparece. Es el momento de buscar el aliento del sueño.

Llamo a mi hijo muchas noches. Necesito que me ayude a salir de mis pesadillas. No recuerdo si aparece siempre o no. Recuerdo que me esfuerzo por gritar para que me escuche y venga. Desde que se marchó mi esposo, él ha estado siempre conmigo. Nos apañamos bien en casa los dos juntos. Cada día baja de su casa mi hija y pasa la mañana a mi lado. Algunas tardes se queda arriba, en el ático, porque está exhausta de tanto trabajo familiar y se tumba. Si no baja a estar conmigo, me llama por teléfono. Es una gran ventaja vivir en el mismo portal a tan sólo cinco plantas de distancia. Nos separan las alturas. Si puedo, algún día, en fin de semana, subo yo a su casa para estar con ellos, con mi yerno, que me trata como si fuera su madre aunque me llame de usted, por respeto; con mis nietos, de los cuales, ya han creado sus vidas independientes las dos mayores, y aún viven con sus padres los dos más pequeños; y con mi hija, con quien comparto labores del hogar, porque no sé estar parada y así, ayudándola, me siento útil.

¡Si me quedo quieta me llevan los demonios! Mis manos nunca han dejado de trabajar desde los once años. Antes ya ayudaba a mi madre en el cuidado de la casa y de la familia. ¡Galerías Preciado! ¡Qué recuerdos de entonces! ¡Quién puede advertirte de cómo corre la vida por delante de ti y hacia dónde te dirige!

Tengo una gran familia. Grande en muchos sentidos. Es numerosa. Fueron cuatro hijos. Dos de ellos, el segundo y el cuarto, ya con más de 40 tacos cada uno, siguen solteros. Los mayores, el primogénito y la niña, formaron una familia tempranamente. Los dos han mantenido a sus cónyuges durante todos los altos y bajos que la vida les ha puesto frente a ellos. Los dos han sido padres. Tengo seis nietos. Ellos llenaron de colores nuestras vidas hace ya más de dos décadas. Los niños siempre acercan la alegría a los hogares por muy duras que sean las circunstancias. Mi marido y yo hicimos todo lo que pudimos por que todos salieran hacia delante. A menudo estábamos en desacuerdo. Sobre nuestros hijos y darle apoyo nunca dudamos ni nos enfrentamos los dos. Era nuestro cometido y nuestra responsabilidad. Vivimos tiempos muy difíciles para todos. No quiero hacer memoria de las etapas más angustiosas. Me cuesta mucho superar la pena si logro acordarme de algún incidente vivido. Él ya no está. Se fue hace mucho. Tanto que no puedo enumerar los años con atino. He envejecido sola. Se marchó dejando demasiadas cosas pendientes. ¡Dios habrá perdonado todas sus faltas y estará acogido en su regazo! Lo encontraré cuando yo parta. Estoy segura. Ya no estoy enfadada con él por haberse ido tan pronto. Ahora tengo ganas de estrecharlo entre mis brazos o de que él me devuelva uno de sus brutos achuchones. ¡Seguro que sigue siendo igual de alto!

¡Jaime, Jaime!- llamo a mi hijo porque quiero levantarme para ir a la cocina; no consigo impulsarme. ¿Qué porras tengo aquí en la cintura que no me deja moverme con soltura?- ¡Jaime, Jaime!- ¡no se entera! ¿Qué estará haciendo? A lo mejor ha salido y no me he dado cuenta. Volveré a intentarlo- ¡Jaime, Jaime… Jaimeeee…!- ¡nada! ¡Está sordo como una tapia! Voy a intentar poner de pie… ¡No hay manera! ¡Buffff! ¡Pero qué flojita estoy! ¡No soporto estar así! ¡Qué agobio! ¿Por qué no estoy tumbada en la cama? ¿Cuándo me ha puesto aquí? ¡Qué incómoda!- ¡Jaime, Jaime, Jaime!- ¡una sombra! ¡Ha pasado por la puerta!

Esto me molesta. ¿Qué es? Lo toco con la mano pero no consigo verlo… Me hace daño en la cintura… Parece de plástico. ¿Cuándo me he puesto esto? No sé… ¡Qué día tan soleado! Cuando venga mi hija Paula le diré que vayamos a dar un paseo. ¡Nuestras escapadas! ¡Me divierten tanto! Los maridos se creen que vamos a hacer recados. Aprovechamos para hacer alguno que nos sirva de tapadera. En realidad damos largos paseos y nos sentamos en alguna terracita a tomarnos una horchata fresquita en verano o un chocolate con churros, si ya hace frío.
Le voy a decir a Paula que hoy nos vayamos por Ibiza. Tengo que dejarlo todo listo en casa. No sé si tengo que poner una lavadora o no.
¡Jaime, Jaime!- ¡no me responde! Cuando venga a la habitación le voy a preguntar si él ha puesto ya la lavadora.

Tengo que buscar el trajecito que bordé para la niña. No sé dónde lo he dejado. ¿Y la niña? ¿Quién se la quedó?… La llevaba en brazos y la dejé en la escalera… pero… ¿luego? ¡Ay, no sé!

Los días como hoy me devuelven a la infancia, cuando jugaba por las calles madrileñas, aún sin apenas tránsito. Soy del 31… ¡Demasiadas transformaciones en menos de un siglo! ¿Dónde estará la niña? Me preocupa que nadie haya ido a buscarla y siga solita en la escalera.

Ha venido mi madre varias veces a cuidar de mí. No sé por qué. ¿Quién la habrá llamado? Me he encontrado mal algunos días. Se me viene a la cabeza la imagen de enfermeras y médicos. Debí de estar hospitalizada por algo. No me pasó nada. Mi madre estaba todo el tiempo pendiente de que me pusiera mejor.

Cuando venga Paula, mi hija, le voy a preguntar si ella sabe por qué estuve en el hospital. Nos vamos a ir a dar un paseo. Tengo la ropa preparada para salir en el armario de la habitación grande. El bolso lo he dejado en la entrada. No sé dónde he guardado el dinero. Paula me ayudará a buscarlo porque sino no podré invitarla a merendar.

¡Hola! ¿Puedes llamar a Jaime? Lo estoy esperando- es un señor que ha pasado por delante de la habitación. Ni caso. No me ha hecho caso. ¡Qué maleducado! ¿De dónde viene ese hombre? No sé. Tal vez ha venido a visitar a mi marido. ¡Qué raro!- ¡Jaime, Jaime, Jaime!- ¡este hijo mío! A veces se encierra en su cuarto a pintar con su música y no se entera.

¡Hola, hija! ¡Qué ganas de verte!

Hola, mami… Ya sabes que tardo un poquito con el autobús

¿Qué autobús?

¿Qué autobús, mamita? ¡Pues el que cojo desde mi casa hasta aquí!

Pues vale- a veces no sé si Paula me toma el pelo y me gasta bromas que no entiendo. ¿Qué autobús tiene que coger del quinto a la planta baja?

¿Cómo te encuentras, mami?

Bien.

¿Has desayunado?

No sé- ¿he desayuno? Ni me acuerdo. ¡Qué despiste!

Te he traído una cosita.

¡Chocolate! ¡Qué rico!- Paula siempre sabe cómo complacerme.

¿Quieres una onzita?

Después para la merienda.

Vale, mamá pero todavía son las 12 de la mañana. Tienen que traerte de comer.

¿Quién?

¿Cómo que quién? Pues las auxiliares.

Aahhh- no tengo ganas de hablar. Paula me dice cosas que no entiendo. Me cuesta mucho rebatir lo que me explica.

Mami, ¿qué tal has pasado la noche?

Jaime… no viene… ¿dónde está?

Trabajando, mamá, ya lo sabes.

¡Ah sí, es verdad! Está contento…

Sí, lo está.

¿Sabes que he pensado?

Dime, mamá, ¿qué has pensado?

Que vamos a bajar a comprar y preparamos una paellita para todos.

¡Pero mamá, qué dices! ¿Dónde estamos bonita?

Ummmm- ¡en mi cuarto pero éste es más blanco! No sé… me cuesta reconocerlo… No sé…

Estamos en la residencia, donde has venido para que te atiendan mejor. Yo vengo cada día a verte. ¿Recuerdas?

¡Aaah, sí! Ésta es mi habitación…- ¡qué bonita es! Todo está tan limpio y bien colocado.- Entonces Jaime no está aquí.

No, mamita.

Vale… claro… ¡dónde tengo la cabeza! Yo estoy… un poquito turuleta… ¿eh?

Sí, mamita, un poquito loquita… jejejejeje.

Paula, ¿mirarás una cosa?

¿Qué quieres que mire, mamá?

No sé dónde…

¿Dónde qué, mami?

Dónde está la niña… la dejé en la escalera y no sé dónde está…

¡Mamiiiii! Bueno… seguro que la recogió su padre y se la llevo a casa…

¿Crees?

Sí, mami. Estáte tranquila. La niña está bien.

¿Tú la has visto hoy?

No. No la he podido ver.

¿Irás a verla para decirme que está bien?

Claro, mamá.

Paula, ¿por qué tienes esa carita triste? Acércate más que sino no te veo bien. ¿Ha pasado algo?

No, mami. Todo está bien.

¡Pues venga, vamos a preparar una paellita para que todos vengan a comer!

Mamita, no estamos en casa. ¿Dónde estás?

¡Uy! Ummmm… no sé, Paula.

Sospecho que se me está yendo la cabeza. Es como un viaje hacia ninguna parte. La memoria me falla. No me doy cuenta de las cosas que digo. Paula me graba en vídeo para que pueda verme incoherente o molesta, en los momentos de lucidez en que puedo aceptar lo que me está pasando. ¡Qué extraño destino nos aguarda a algunos seres humanos! Viajo a través del tiempo. Puedo estar en mi casa de la infancia o en la que ha sido mi casa hasta hace muy poco. Sin embargo la realidad es que ya no estoy en ningún lugar y en todos a la vez. ¿Cómo explicarlo? No puedo. Me faltan las palabras y las fuerzas.

Antes de partir, prepararé una gran paella para todos. Así se acordarán de mí siempre.

Canto a París. Autor: Ylenca Franc

Hoy desperté con la desazón de tu ausencia y la calidez de tu recuerdo. Con ganas de amanecer en ti. Acurrucada en tus rincones; embriagada por tu idioma dulce y sensual.

Hoy, desperté con tu esencia como un río inundando el universo de mi piel. Quiero encontrar el antídoto capaz de saciar esta sed de ti.

Te canto, París, en el graznido de los cuervos; de Baudelaire, en los oscuros versos.

Quiero sentir tu lluvia en un octubre. La misma de aquel día, cuando por primera vez abrí los ojos en ti.

¡Cómo quisiera recorrer la calle de Sant Sulpice rumbo a la Iglesia! La que el Código da Vinci colma de símbolos. Volver a oír el órgano estremeciendo el ambiente.

Quiero cantarte, París, a dúo con la Piaf: “No, no me arrepiento de nada”

En cada niña veo a Cosette escapándole a la maldad de Madame Thenardier. En cada hombre, pasa Jean Valjean, huyendo. En cada suspiro, muero la muerte de Fantine, de la mano de Víctor Hugo.

Navegando por el Sena te canta mi corazón, con la mirada prendida a los caballos dorados, los querubines y los candelabros negros del Puente de Alejandro III; atrapada por las trescientas máscaras del Puente Nuevo; emocionada por los amores obligados a ser eternos en los candados del Pont des Arts.

Percibo el golpe seco de la guillotina cayendo sobre el cuello de María Antonieta en la Plaza de la Concorde. Me estremezco. Santa Genoveva, patrona de París, me alivia al cruzar el puente de La Tournelle.

A través del techo vidriado del barco, las torres de Notre Dame buscan majestuosas el cielo. Quisiera besar de nuevo sus góticas paredes; entrar por el Portal del Juicio Final.

Cae la noche; la ciudad se viste de luces. A la Tour Eiffel acuden miles de luciérnagas y besan su cuerpo con una pasión desenfrenada.

El Sena es un lienzo brillante y colorido que tiembla atravesándote.

Llegamos tarde a la buhardilla en el barrio latino. Sellamos con champagne nuestra primera noche. Contemplo los techos por la pequeña ventana. Todo París duerme. La luna lo baña de una fantasmagórica luz nacarada. Los sueños se elevan como volutas de humo y se dispersan lentamente.

Amanece. Un velo de tules grises cubre la ciudad.

Quieto y lóbrego nos recibe un Café típico. El olor a café y a croissant caliente nos alegra los sentidos. Miro el péndulo del antiguo reloj de pared; me hipnotiza. Una especie de opio me invade y mi contemplación se vuelve torpe, como fuera del tiempo y del espacio.

Quiero hacer mías las empedradas callejas de Montmartre; las notas desgranadas por un viejo organillo; el llanto de un bandoneón. Montmartre huele a romance, a noches de bohemia. Espero inmóvil que un pintor acabe mi retrato. Sobre el cielo la magnífica cúpula blanca del Sacre Coeur pone la nota de recogimiento. Desfile de seres queridos por la mente. Una vela encendida; la firma en el libro de visitas. Por un momento olvidamos la lujuria sugerida por el Moulin Rouge que recién visitamos.

París huele a libros, a pintura, a arte. El viento trae olor a tabaco, me envuelve en una atmósfera encantada.

El timbre de una bicicleta me sobresalta.

Corro alrededor de la pirámide del Louvre. Me abro paso entre cientos de turistas para ver la Mona Lisa. Me sorprende su tamaño. Descubro que es su enigmática sonrisa la que la agiganta.

Los cuervos nos rodean picoteando migas en los Jardines de las Tullerías.

Te canto, París. En los versos amorosos de Safo reclinada en el Museo de Orsay. En el tic-tac del reloj de vidrio tras el que observo el Sena y al que le busco los engranajes, desesperada por detener el tiempo.

En el Museo de L`Orangerie saco uno de los nenúfares del cuadro de Monet. El agua escurre por mi mano y cae mojando el suelo.

La Virgen nos recibe en la portada de la Capilla inferior de la Sainte-Chapelle. Los ángeles de las arquerías bajan hasta mí. La divinidad nos envía su luz a través de los hermosos vitrales.

Tras la visita a los Jardines de Luxemburgo retornamos a la buhardilla, cada uno inmerso en su pensamiento, quizá agradeciendo la concreción de un sueño.

Te canto, París. Por soñar bajo tu cielo. Por delirar contigo. Por respirar tu aliento.

Me enceguece la resplandeciente Galería de los espejos de Versalles. Aunque veo mi imagen reflejada mil veces, no creo estar allí. Por los lujosos pasillos se acerca el roce de sedas del vestido de María Antonieta.

Salimos temprano hacia el Valle del Loira. Llueve. El trayecto es edénico. La vera del camino es un manto continuo de flores.

Mi canto se levanta silente sobre las torres de tus castillos; sobre las ramas ocres de tu otoño; sobre las flores aún adormiladas del pueblo, en el que, dicen, alguna vez soñó Leonardo.

Bajo la lluvia, recorremos el Castillo de Cheverny. Los tilos, los cedros y los naranjos de sus parques y los ladridos de los perros de la montería,  te sumen en la alucinación de un lugar detenido en el pasado.

En el Castillo de Chenonceau conviven en absoluta armonía, los jardines de Catalina de Médicis y de Diane de Poitiers.

Es la última noche. Oigo la voz de Gilbert Becaud cantando: “Au revoir”.

Quiero cantar por ti, París. Pero no me salen las palabras. Me desespero. Una mudez pesada me atenaza la garganta.

Hoy, con la cara mojada por un nenúfar que amaneció en mi almohada, desperté añorándote, París.

 

La Barrera. Autor: Ana M Almeyda

Como todos los años en el mes de marzo me gusta abandonar Madrid por unos veinte días y partir a mi Buenos Aires querido. Unos días antes empiezo a sentir la excitación que antecede a la preparación de mi deseado viaje cuyo objetivo es reencontrarme con mis afectos. La llegada  a Barajas para abordar el avión que me llevara a mi destino es de por si una aventura fenomenal ya sea por el tránsito, por los nuevos controles de pasaportes instaurados o por cualquier otro motivo.

Ya en el avión me relajo y empiezo a disfrutar de mis días venideros. Como de costumbre aterrizo en Ezeiza donde tengo que padecer las largas colas que se arman en Migraciones. ¡Un infierno! Pasan los años y este trámite empeora. Una vez solucionado el tema de Migraciones paso al carrusel donde recojo mi maleta y de allí  a la Aduana.  En esta instancia siempre veo caras sudorosas; miradas furtivas entre los pasajeros;  hoy no es la excepción. A la salida están  mi querida tía Consuelo y mi prima Susana. Respiro hondo, estoy en casa.

Consuelo vive en la zona norte del Gran Buenos Aires. El barrio se llama Acassuso y su casa queda a escasos metros de la estación perteneciente al Ramal Tigre. La estación fue remodelada pero conserva la fachada inglesa. Suelo ir a tomar café a uno de los bares que se encuentran cerca de la estación. Mi preferido es “El Encuentro” ubicado al lado de un colegio privado y mi mesa está en la acera al lado de la ventana de una de las aulas.  Ahí mismo a las 8  de la mañana estoy sentada, frente a un humeante café, hojeando una revista cuando algo llama mi atención. Dirijo mi mirada hacia la esquina.

Noto que los automóviles están parados frente a una barrera de ferrocarril inmóvil. El ruido de los bocinazos es ensordecedor y a medida que los minutos  pasan el sonido es cada vez más  insoportable. El tráfico atascado indica que  la barrera esta inoperante. Recuerdo que esta barrera siempre ha sufrido desperfectos, casi a diario, pero nadie de la empresa de ferrocarriles se ha hecho responsable, por lo tanto la desidia gana y su arreglo queda pendiente. Pasan unos minutos y la barrera se levanta. Llegan a cruzar unos cinco autos y de nuevo se baja. Quedan muchos autos atascados y los bocinazos comienzan. Sin embargo otra cosa atrae mi atención. Y ahí la veo.

Una niña, porque es una niña, de unos trece o catorce años, menuda, mal vestida y sucia que camina entre los autos junto a otros niños de la calle. Piden limosna a los automovilistas. Uno de ellos recibe unas monedas e inmediatamente se acerca a un hombre mayor y le entrega las monedas. El hombre las cuenta y luego de guardarlas en el bolsillo se retira del lugar.

Sigo observando a la niña y veo que se dirige a la esquina opuesta al colegio donde  una mujer, pobre y mal  vestida,  está sentada en el cordón de la vereda debajo de un árbol. La mujer, rodeada de dos niños pequeños, se está  limando las uñas. Cuando termina observa sus manos y sonríe con satisfacción. Saca un esmalte y comienza a pintarse las uñas. El niño más chico  tose varias veces y los mocos corren hasta los labios. Ella no se inmuta, sólo  observa a la niña  de trece años, y le marca, con la cabeza, un auto importado parado frente a la barrera que sigue baja.

A esta altura, me siento una fisgona; mi café está helado al igual que yo cuando veo otra escena. La niña  se acerca y pide limosna al conductor del auto importado, toma unas monedas que éste  le da y luego, como si nada, se las entrega a la mujer quien las guarda en su bolsillo. De repente un automóvil frena frente a mi mesa en el café y del mismo desciende una jovencita rubia, con uniforme quien camina hacia la entrada del colegio y entra. Mayor es mi sorpresa cuando me percato que la niña pobre sigue con su mirada a esta  jovencita de aspecto angelical.

Decido que es hora de marcharme. Sigilosamente me paro y le indico a la moza que cobre mi café.  Mientras  la espero me doy cuenta que estoy ubicada en una posición estratégica desde donde puedo ver lo que sucede dentro del aula. En ese momento veo que la niña  pobre empieza a caminar hacia el colegio, se acerca a la ventana que se encuentra a mi  lado y estira su cuello para poder mirar adentro del aula. Así nos convertimos en testigos oculares de la escena que se desarrolla allí dentro.

Una profesora entra al aula y les indica a sus alumnos que saquen el libro de literatura “Romeo y Julieta” de William Shakespeare. La jovencita rubia está sentada frente a la profesora y le pide poder leer. La profesora asiente. El resto del curso escucha con atención.

“–Mi amor ha nacido de mi único odio. Muy pronto le he visto y muy tarde le conozco. Fatal nacimiento de amor habrá sido si tengo que amar al peor enemigo.”

Presencio un momento mágico que me eriza la piel cuando veo que la niña pobre cierra sus ojos y repite susurrando:

“–Amar al peor enemigo.”

Toda llega a su fin de manera caótica ya que la moza se acerca a cobrarme y la niña escucha que alguien la llama. Inmediatamente veo a la mujer que estaba sentada bajo el árbol que se dirige furiosa hacia la niña quien se aleja de la ventana y corre hacia los automóviles para pedir limosna.

Han pasado unos días y hoy retorno a Madrid pero antes me siento en mi mesa sobre la acera frente a un humeante café. Me gusta despedirme de mis lugares, sola sin compañía. Todo parece seguir igual sin embargo me equivoco.

La campana del colegio anuncia el comienzo del recreo y el bullicio de los estudiantes se escucha por todos lados. Giro mi cabeza y veo que la niña pobre camina  directo hacia la ventana del aula llevando un libro en su mano. Miro con detenimiento a la ventana y, para mi sorpresa, la rubia angelical está allí sonriente, esperando a la niña. Las dos están frente a frente, se miran con picardía y finalmente la niña pobre abre su libro. Maravillada la escucho leer y me doy cuenta que la rubia angelical se ha convertido en su maestra quien la corrige o le indica como leer alguna palabra. El aprendizaje ha comenzado y es imparable. La generosidad de una de ellas y la determinación de la otra desafían  todo tipo de prejuicios y juntas superaran barreras y transcenderán. ¡Menuda lección de amor y coraje!

Hurgo en mi cartera y me aseguro tener el pasaporte y el boleto de avión. Llamo a la moza, pago el café y veo a mis parientes que se acercan con el auto para llevarme a Ezeiza. Respiro hondo y miro a mi alrededor.  Sorpresa. La barrera funciona, finalmente la han arreglado.

El viaje del durante. Autor: Raquel Rodríguez Pérez

  • Buenos días, ¿está usted esperando la línea 11?- preguntó respetuosamente el señor Balle.
  • ¡Bueno, creo que sí! Es la primera vez que cojo esta línea- balbuceó Tin.
  • ¡Oh, no se preocupe! Todo irá bien.- intervino, impulsivamente, una joven delgada, de pelo castaño y grandes ojos aniñados.
  • ¿Entonces, damisela, éste es el arcén para la línea 11?- insistió con suma amabilidad el señor Balle.
  • ¡Así es señor!- sonrió Ainara. Así se llamaba la joven risueña.
  • No sé si todos podemos subir al mismo vagón…- dudó Tin, con su postura semi inclinada hacia el suelo, hombros altos y encogidos, y rostro de temerosa incertidumbre.
  • Eso depende de la tarifa que hayas cogido, jovencito- aclaró el señor Balle.
  • ¡Exacto! Lo maravilloso de esta línea es que se suben personas de todos los tiempos, los del antes, los del durante y los del después.- aclaró Ainara.
  • ¿Y todos pueden ir en el mismo vagón?- se interesó Tin.
  • ¡No, jovencito! Los del antes se colocan en los primeros vagones. Los de en medio están reservados para los que han comprado la tarifa del durante y los últimos, que tienen las grandes cristaleras con vistas espectaculares a los paisajes que recorre, son los que han pagado la tarifa del después.- el señor Balle parecía controlar muy bien el tema aunque se hubiera desorientado con el arcén.
  • Entonces, la tarifa del después ¿es la más cara?- desea saber Tin.
  • ¡Nadie sabe lo que cuesta otra tarifa que no sea la suya! Eso es imprescindible para poder viajar en esta línea.- recuerda Ainara a sus dos contertulios.
  • Pero yo puedo deciros lo que me ha costado la mía.- propone el joven Tin con generosa
  • ¡Nooooo, ni se te ocurra! Nos echarían inmediatamente de esta línea- advierte con preocupación Ainara.
  • Jovencito, el supervisor no te dejaría subir a tu vagón- le clarifica el señor Balle.
  • Pero ¿cómo va a enterarse de que hemos hablado de esto?- a Tin le parecía tan extraño todo, incluso el nombre de las tarifas.
  • No necesita saberlo. Tu ticket cambiaría de color…- explica el señor Balle.
  • ¿Cómo es posible? ¡Es una broma!- Tin había erguido su espalda, por un interés alarmante en lo que estaba descubriendo.
  • ¡Nada de bromas! ¿Recuerdas cómo has pedido tu tarifa? ¿Acaso has preguntado el precio de las tres y la has escogido en función de su coste?- le interroga Ainara que se ha ido acercando más y más a Tin, deslizándose por el banco en el que ambos estaban sentados. Mientras el señor Balle permanecía de pie frente a ambos, con su postura galante y caballerosa.
  • No, yo no… ¿y vosotros?- Tin se asombró. Era cierto. No había preguntado el precio de cada tarifa.
  • Jamás, señorito- esbozó una sonrisa bajo su bigote perfecto el señor Balle.
  • ¡Claro que no, chaval!- le dio un golpecito, con su puño cerrado, en el hombro a Tin. Ainara era así de espontánea y amigable.
  • ¿Tampoco podemos compartir en qué vagón vamos a ir?- Tin se entristeció. Algo de falta de libertad había en aquella situación. ¿Por qué no eran libres de compartir lo que quisieran?
  • ¡Por supuesto que podemos, si queremos!- Ainara sacó su tiquet. Allí sólo ponía su nombre completo y el vagón que iba a ocupar que correspondía con el nombre del destino. Ella iba al después. Mismo vagón, mismo destino.
  • ¡Vaya, no podremos ir juntos!- se entristeció Tin porque cada vez le gustaba más Ainara y quería pasar más tiempo con ella.
  • Interesante, jovencita. Vas a tener un viaje muy placentero.- comentó, atento, el señor Balle.
  • ¿A qué adivino dónde vais vosotros?- le retó Ainara.
  • ¡Vale! Aunque ya sabes que yo no voy al después.- participó Tin, con ilusión, por la propuesta entretenida de Ainara.
  • ¿Y usted, señor? ¿Acepta mi desafío?- se dirigió Ainara directamente al señor Balle.
  • ¡Me complace aceptar participar en su divertimento! Soy el señor Balle, jovencitos, para servirles.- el señor Balle hizo un gesto reverencial de presentación.
  • ¡Encantada! Soy Ainara y éste de aquí… es… ummmm ¡Tin!
  • ¿Eeeeh? ¿Cómo lo sabes? ¿Nos conocemos? ¿Ya has visto mi tiquet?- las mejillas de Tin habían estallado en color bermellón.
  • ¡Noooo! Jejejejeje… es que escuché en la fila de la taquilla que se despedía de ti alguien con un hasta pronto, Tin– Ainara era muy observadora.
  • ¡Ah, sí! Era mi madre.- Tin se avergonzó de las posibles muestras afectuosas de su madre con él.
  • ¡Interesante, señorita! ¡Es usted un ser original!- el señor Balle se sentía a gusto con aquellos dos jóvenes desconocidos, con los que sentía una empatía y simpatía novedosas.
  • ¡Allá voy! ¿Por quién empiezo?- Ainara dudaba.
  • ¡Haga honor de sus habilidades con nuestro amigo Tin por si no nos diera tiempo de continuar con sus prometedoras capacidades antes de que llegue nuestro tren! Si a Tin le parece una buena idea- ofreció, paternal, el señor Balle.
  • ¡Gracias, señor Balle! Me encantaría…- Tin se emocionó por aquella atención innecesaria del señor Balle.
  • ¡De acuerdo!- Ainara cerró los ojos- Tin estaba sentado en el rincón de este gran banco, con el gesto alicaído. Eso muestra nerviosismo o tristeza. Suele ocurrir cuando hay cambios en nuestra vida… Así que por ese motivo descarto el antes. Los pasajeros del antes viajan seguros porque saben lo que van a encontrar. Es lo de siempre. Viajan hacia su zona de confort, donde están acomodados. Pueden estar enfadados, rabiosos, cansados, desanimados, alelados… pero no suelen estar nerviosos. Ningún cambio les espera. Saben que, pase lo que pase, todo va a seguir igual. Es un seguro para ellos. Sé que no viajas al después así que, por descarte, irás en los vagones de en medio, en la tarifa del durante. Aunque no hubiera sabido que no vas al después, lo habría podido deducir. Los pasajeros del después se parecen a mí. Aún no hay casi ninguno en el arcén. Llegan justos para subir a los últimos vagones. Son felices y viven el momento a tope. Cada pasajero del después siembra sus minutos con sus vocaciones más profundas. Yo estoy aquí porque una de mis pasiones es la de observar el mundo y a las personas. Este andén es perfecto para nutrir mi pasión. Después las siento en mí y puedo dibujarlas cuando estoy a solas en casa. Los pasajeros del después tienen un brillo diferente. Están tocados por la luz de la valentía. Han dejado atrás los vagones del antes y del durante. Una libertad nueva crece en sus corazones y va haciéndose más y más grande. Algunos volverán a pasar por el antes y por el durante. Son quienes escogieron un después que no les ha convencido. La diferencia con la mayoría de los que viajan en los primeros vagones y en los de en medio es que ya no tienen miedo y tardan muy poco tiempo en volver a coger la tarifa del después. A ti, Tin, te falta ese brillo pero tampoco tienes el gris habitual de la tarifa del antes. Es tu primera vez en el durante. Hay una decisión que vas a tomar. Tu alma y tu corazón ya lo saben y están preparados. Es tu mente la que necesita encontrar el momento perfecto para cambiar el destino del durante al después. Por eso estás nervioso. Una parte de tu ser ya habita en el después. Hay una gran batalla dentro de ti. El grupo de la tarifa del antes no pelea, no lucha. Se deja arrastrar. Excepto los que vienen ya de algún después. Pero ellos son casos a parte.
  • ¡Oh, vaya! ¡Alucinante!- a Tin le temblaban las piernas. Contenía sus ganas de llorar por haber sido descubierto tan fácilmente por alguien desconocido.
  • ¡Listo, Tin! Cualquier duda sobre el después… aquí me tienes. Eso sí puedo explicártelo.- Ainara sintió un hondo afecto por Tin. Le recordó su durante. Ojalá ella hubiera encontrado entonces a alguien que le hablara del después.
  • Por favor, háblanos del señor Balle si a él le parece bien.- Tin estaba fascinado y le intrigaba la tarifa de un hombre tan correcto y educado.
  • ¿Puedo, señor Balle?- Ainara lo envolvió con sus grandes ojos redondos y oscuros.
  • ¡Un placer, señorita Ainara! ¡Adelante! Me descubro ante los dos, jovencitos.- el señor Balle estaba conmovido por las reflexiones de una jovencita de apariencia tan frágil y alocada.
  • Usted…señor Balle… ya ha estado en el vagón del después. Su rostro muestra el fulgor de los paisajes observados… pero… sospecho que no va a venir conmigo en ninguno de esos vagones… Usted…- Ainara lo observó con sumo cuidado, como si fuera a quebrarse el ser de aquel hombre si lo analizaba con algún tipo de falta de tacto- usted… se sube de nuevo a los vagones principales… Regresa al antes…pero creo que no va a estar mucho tiempo y lo sabe. No está preocupado. Se siente afortunado… ¿verdad?
  • Podría ser, mi joven amiguita.
  • Va a solucionar algo pendiente y tiene la oportunidad de hacerlo pero sólo puede desde el antes… ¿no es así?
  • ¡Touché!- correspondió el señor Balle. Una brisa de melancolía alteró su rostro inmutable.
  • ¿Cómo puedes saber eso? ¡No lo entiendo! ¡Ainara! ¿Has escuchado algo del señor Balle también? ¿Le has visto antes?- Tin se sentía envuelto en una situación irreal.
  • No he escuchado nada- se sinceró Ainara- pero el señor Balle lleva una rosa blanca en el ojal de su chaqueta y viste de oscuro… O se dirige a una boda o a un entierro… Va a zanjar algo con su pasado.- Ainara no tenía reparos en expresar lo que se le venía a la cabeza. Podía equivocarse pero, hasta el momento, nunca lo había hecho.
  • ¡Vaya, pequeña! ¡Asombrosa! No hay otra palabra que la describa mejor- el señor Balle estaba compungido pero debía mantener su porte.
  • Señor Balle, ¿puedo hacerle una pregunta?- Tin estaba intrigado.
  • Por supuesto, Tin- no tenía nada que ocultar y menos a sus dos recién estrenados amigos.
  • ¿Ha perdido a alguien? ¿Es un funeral? Si es así, lo lamento mucho- Tin estaba apenado por aquel hombre enhiesto como un ciprés y de gestos cándidos.
  • No, amigo Tin. Voy a asistir a una boda.- se confesó el señor Balle.
  • ¿Se casa usted?- Ainhara se emocionó. ¡Qué bonita una boda!
  • No, querida jovencita. Se casa mi madre.
  • ¿Cómo? ¡Qué extraño una boda de alguien mayor!- Tin se contagió de la impulsividad de Ainhara.
  • Mi madre se casa con el amor de su vida…
  • ¿Con tu padre? No entiendo…- Tin parecía un niño de 7 años descubriendo el mundo por primera vez.
  • No, estimado Tin. Mi padre falleció y estuvieron casados 43 años. No era el amor de mi madre aunque se respetaron y cuidaron mutuamente. El amor de mi madre apareció cuando mi madre tenía 14 años y fueron novios en secreto hasta los 17. Entonces mis abuelos decidieron casar  a mi madre. El destino hizo que mi madre se encontrara con él en el funeral de mi padre. Allí retomaron el contacto y poco a poco fue avivándose su amor prohibido. Voy a dar mi bendición a mi madre.- el señor Balle se sintió orgulloso de sus palabras. Era la primera vez que veía la belleza de aquella historia. Dejó de sentir culpa por su padre. Supo que él sería feliz allá donde estuviera si veía a la que fue su esposa alegre y amada.
  • ¡Por eso viajas al antes! Si vas le das una nueva oportunidad a tu madre… ¡qué gesto tan noble, señor Balle!- Ainhara extendió su mano y apretó la mano del señor Balle, como si fuera un abrazo de oso pero sólo entre las manos.
  • ¿Y eso le obliga a viajar al antes? No comprendo bien…- Tin meditaba la coherencia que podía tener aquel tiquet para el señor Balle.
  • Sí, jovencitos. Vuelvo al antes porque no pude estar presente en el funeral de mi padre y he tenido miedo de regresar desde entonces.- no hablaba de sí mismo y mucho menos con personas que no pertenecían a su círculo de confianza. Con Ainhara y Tin algo mágico se producía.
  • ¡Todo tiene sentido, siempre! Nada ocurre al azar.- reía a carcajadas Ainhara mientras agitaba los brazos y las piernas como si estuvieran haciéndole cosquillas. Eso provocó enormes risotadas entre los tres.
  • Tengo miedo de mi durante…- dijo Tin cuando se habían calmado las chillonas risas.
  • Tin, el durante es oscuro… está en penumbra…para todos… Eso no debe asustarte- Ainhara posó su cabello sobre el hombro de Tin.
  • No es la falta de luz lo que me asusta…- explicó Tin con la voz entrecortada y apagada.
  • ¿A qué temes, jovencito?- le interesó al señor Balle aquella vocecita quebrada.
  • A no saber salir de allí… a quedarme esperando en la oscuridad… indefinidamente, como si estuviera apresado por el vacío…- Tin imaginaba el viaje del durante lleno de trampas, baches y negruras. Si sabía que tenía un fin, una meta, un acabamiento, sentía sus fuerzas interiores emerger y dar impulso a todo su ser. Cuando sospechaba que podía ser esclavo de ese limbo hacia ningún lugar, una descarga ardiente le empujaba el corazón hacia dentro, comprimido, y se le cortaba, durante muchos segundos, la respiración.
  • El durante, Tin, sólo dura lo que tú quieras que dure- le aseguró Ainhara.
  • ¿Y si yo quiero que acabe y no hay salida?- Tin vivía el creciente pavor que lo iba cercando.
  • Entonces, joven amigo, respira. Sólo respira.- le animó el señor Balle, que entendía a la perfección a lo que se refería el muchacho.
  • ¡Pero cierra los ojos para respirar! No se puede respirar bien con los ojos abiertos…- Ainhara quería que Tin fuera pronto al después.
  • De todos modos, querido Tin, si cuando acabe mi trayecto por el antes, te encuentro en el durante, me comprometo a ayudarte a ir hacia el después.
  • ¡Pero tù no puedes alterar su trayecto!- le regañó Ainhara- Además no se acordará de ti ni tú de él.
  • A partir de ahora, diré, a todo el que me encuentre y parezca atrabapado en su vagón, que respire con los ojos cerrados. Así estaré seguro de que si me cruzo con Tin, aunque no nos reconozcamos, si no ha pasado aún al después, podré ayudarlo a pasar. Eso sí lo voy a recordar porque me lo apunto ahora mismo en mi agenda de tareas diarias.
  • ¡Qué buena idea, señor Balle! ¡Las tareas no se borran de las agendas nunca! – ¡qué felicidad sintió Ainhara! De verdad que así sí que podría ayudar el señor Balle a Tin si éste se quedaba atrapado en el durante.
  • ¡Gracias, amigos! ¿Vamos a olvidarnos de este encuentro? ¿Por qué? No entiendo… me cuesta entender…- para Tin esa estación era algo completamente nuevo.
  • ¡Sí, Tin! Olvidamos los nombres, las caras… pero no los mensajes si éstos se han producido desde la conexión de las almas y los corazones…- prosiguió aleccionando a su amigo, Ainhara.
  • Pero tú dibujas cuando llegas a tu casa… y ahora lo recuerdas…- espetó Tin.
  • ¡Sí aunque siempre siento que los rostros me vienen de la imaginación! Sólo los minutos que estoy aquí observando recuerdo lo que hago con todo detalle. Al subir al vagón os habré olvidado y tú a nosotros, también, Tin.
  • ¡Pero eso es muy muy triste!- Tin quería llorar con berrinches pero se contuvo.
  • ¡Nooooo, qué va! ¡Es fantástico! Nos podemos conocer una y otra vez y siempre nos gustaremos…- sonreía Ainhara.
  • ¿Señor Balle, tú recuerdas las otras veces que has estado aquí?- Tin quería esclarecer tantas dudas.
  • Sí, jovencito, las veces, sí, a las personas con las que he podido hablar, no. Lo lamento. Es así.- el señor Balle no sabía si eso era algo negativo o positivo pero percibió un amago de pena en su corazón.
  • ¿Y tú, Ainhara? ¿Recuerdas a las personas con las que hablas?
  • ¡No! Sólo a las que veo… quizá hablé con ellas, tal vez, no… no lo sé…
  • ¿Y no quieres saberlo?- Tin no aceptaba que su olvido no les preocupara.
  • ¿Para qué?- Ainhara no le veía nada malo a eso.
  • Para poder saludar de nuevo a los amigos que has conocido, por ejemplo- Tin buscaba las razones por las que era importante recordar.
  • Yo saludo a todo el mundo, siempre- le contestó Ainhara.
  • Yo también, joven Tin. A mí me gusta saludar a las personas- añadió el señor Balle.
  • ¿Y si siempre nos encontramos nosotros y hablamos de lo mismo?- Tin se experimentó a sí mismo atrapado en un bucle.
  • Siempre es nuevo, Tin, porque no lo recordamos. No hay repetición- concluyó Ainhara.- Además tu cara no está entre mis dibujos… ¡Esto es algo recién estrenado! Yupiiiiii
  • Querido Tin, ahora estás paralizado por esta pequeña revelación accidental. No hay bucle, joven amigo. Pasarás por diferentes vagones. Tu paso por ellos quedará grabado en tu memoria. Así comprenderás cuál es tu camino recorrido. Nosotros ahora aquí, en este andén, somos como suave brisa, unos para otros, cuya caricia quedará grabada en nuestras sensaciones más profundas. Eso basta. Te lo aseguro.- el señor Balle pensó que hubiera sido intenso y extraordinario haber tenido un hijo como Tin.
  • ¡Vamos, chicos! Ya llegaaaa…. ¡Gracias por este momento inolvidable! ¡Os llevaré siempre en mi corazón! Adiósssss…- y Ainhara desapareció entre la muchedumbre que aparecía de lugares insospechados aproximándose a los vagones.
  • ¡Ánimo, amigo Tin! El durante es sólo un instante aunque te parezca infinito ¡Hasta pronto!
  • ¡Hasta siempre, señor Balle!

 

 

FIN

 

 

Alma de Praga, alma de pilsen. Autor: Leandro Rodríguez

Jiri apareció entre las sombras para abrirme la puerta de su apartamento. Era más bajito de lo que esperaba. La barba de su foto engañaba. Su estatura era cercana al metro sesenta, de esas personas de proporciones normales pero tamaño reducido. Cuando la luz iluminó su rostro, aparecieron sus enormes ojeras y su labio lastimado, como si hubiera tenido una pelea de boxeo el día anterior.

Cuando me reconoció, me saludó y me invitó a pasar a su casa. Sus pequeñitas manos nerviosas y su personalidad de niño tímido contrastaban con su rostro de ser al que la vida parecía pesarle más de los normal. Pensé que probablemente era por su vida de freak, de desarrollador y de amante del té, tratando de evitar pensar que era alguna especie de criminal rebuscado y que por eso me había invitado a quedarme en su casa por Couchsurfing.

Cuando entré a su apartamento, número 41 pero número 12 en la botonera de los timbres (no pidan lógica en los países ex comunistas), me encontré con una china que también se estaba quedando con él por Couchsurfing. Era viernes por la noche y para Jiri era buen plan alojar extraños en sus días libres. Como la china estaba cansada y nosequé, me invitó a salir a tomar unas cervezas.

A diferencia de los bares a los que había ido antes, más cerca del centro de Praga, este no tenía escalerita p’abajo. Praga es una ciudad en que su centro está cuatro metros por encima de su nivel original, por lo que es normal en los bares descender uno o dos pisos por escaleritas al lugar donde la noche tiene el protagonismo. El lugar era solo una puerta, no decía nada a la entrada y cuando la abrimos, un perro empezó a ladrar. Luego noté que lo hacía con todos los clientes que entraban y me dio cierto placer estar en ese lugar antimarketing.

El lugar estaba casi vacío, pero de a poco se fueron acercando diferentes borrachos barriales, de esos que ahora están de moda y que llaman “alternativos”: universitarios de 30 años que van a chupar cerveza, fumar porro y escuchar música rara. Al principio me sentí un poco extraño en el lugar, pero con el paso del tiempo descubrí que Jiri era un sibarita para elegir una barra donde acodarse.

Cuando notaron la presencia de un extranjero, los borrachos alternativos se pusieron curiosos y comenzaron a hablar conmigo en un fluido inglés americano sobre temas de todo tipo mientras se armaban su porro. Me contaron sobre República Checa y sus viajes, sobre los carteles que había ahí sobre la época comunista y hablamos sobre Turquía y Uruguay. A diferencia de las charlas de borrachos, sus puntos de vista no eran deterministas ni pretendían solucionar todos los problemas. Más bien expresaban la impotencia frente al mundo, heredera de la impotencia frente al comunismo. Más tarde Jiri me confesó, como buen borracho de barrio, que le gusta ese bar porque la cerveza es barata y se puede tener charlas inteligentes con esa gente. Aunque en realidad que Jiri era más participativo en el tema de la cerveza que de la charla.

A ser sincero, en realidad no creo que Jiri sea un borracho de barrio. Más bien es adicto al té, y esa fue la única vez que fuimos a ese bar. Es más bien que en Praga es obligación de ciudadano ir a tomar cerveza. A precios ridículos, es imposible decir que no. En los bares el precio estándar por un chop de medio litro es de €1, y en supermercados ese precio cae a entre 30 y 50 centavos de euro.

De hecho, la cerveza tipo pilsen, la “rubia”, la más consumida en el mundo, lleva ese nombre por la ciudad checa donde fue inventada. Y si bien no queda tan cerca, Praga carga con el orgullo de ser la ciudad cervecera por excelencia. Y bien merecido que lo tiene. Así como Jiri tiene bien merecido ir a embriagarse dos por tres a ese bar donde se mezcla la decadencia comunista con el desencanto posmoderno y la cerveza barata de calidad.

Bossa Nova de Salvador. Autor: Balthazar M. Royuela

Cuando la lancha rápida recalaba al atardecer en la estación marítima, el sol teñía las nubes de color anaranjado sobre la línea del horizonte. La travesía desde la isla de Tinharé, de hora y media de navegación, había llegado por tanto a su fin. Y yo desembarcaba muy mareado y con el estómago revuelto, porque la lancha no había dejado en ningún momento de rebotar a gran velocidad sobre el fuerte oleaje del Atlántico. Así que, durante toda la singladura, me había visto obligado a permanecer postrado en una silla del camarote, vomitando en una bolsa de plástico.

 Una vez en tierra firme, me dirigí al ascensor público que comunica la Cidade Baixa con el Centro Histórico, encaramado en la parte alta de la ciudad. Ese breve recorrido a pie sirvió para que me sintiera más aliviado, sin embargo, bastaron treinta segundos de subida en el elevador para que volviera a marearme de nuevo. Y cuando la cabina se detuvo en seco y las puertas automáticas se abrieron, salí dando tumbos y me aparté a un lado del pasillo, para no obstaculizar la corriente de apresurados pasajeros. Agarrado al pasamanos, esperé unos instantes a que remitieran las náuseas, antes de enfilar lentamente la galería hasta alcanzar la salida.

 Ya en el exterior, encontré en la plaza un banco de madera desocupado, donde tomé asiento, ajeno a los turistas que tomaban fotografías del crepúsculo. Y acomodado allí, en aquel mirador sobre la Bahía de Todos los Santos, presencié consternado la puesta de sol, como si se tratara de la hemorragia de una herida sentimental que había sufrido recientemente, que aún estaba sin restañar, y que supuraba recuerdos dolorosos. Mientras mis lágrimas brotaban hacia adentro, fui experimentando una sensación creciente de bienestar. Hasta que al fin un manto de oscuridad fue cubriéndolo todo delicadamente, como una gasa sanadora, que detuvo la hemorragia en el cielo y en mi alma.

 De pronto advertí la presencia de alguien a mi lado. Giré la cabeza y descubrí a una chica sentada en el otro extremo del banco, tan oscura como la misma noche recién llegada, expectante e inmóvil, como un felino al acecho. La presencia de aquella desconocida, que se había acercado de forma tan sigilosa, me llenó de inquietud. Y un escalofrío, provocado tal vez por la brisa marina del anochecer, me recorrió la espalda.

 Pero la muchacha enseguida me dedicó una sonrisa, y el blanco de sus ojos y de sus dientes refulgió en la oscuridad, y su rostro de ébano se iluminó tanto que mis murallas defensivas, levantadas con las duras piedras de la desconfianza, saltaron en mil pedazos. Al pronunciar sus primeras palabras para presentarse, fue como si su voz áspera y ronca rasgara el silencio que nos separaba. Dijo que se llamaba Cibele y manifestó tanto interés respecto a mí que, casi sin darme cuenta, le fui desvelando las razones personales que me habían empujado a huir de mi vida en Europa y emprender ese viaje.

 La chica, conmovida por mi revelación, me aseguró que iba a implorar a los orixás para que intervinieran en mi favor. Ante mi perplejidad, me confesó que estaba iniciada en el Candomblé, una práctica religiosa de la que yo tenía algunas nociones y que ella me ayudó a comprender con mayor profundidad. Así, me explicó que el culto del Candomblé se basa en las tradiciones yoruba de Nigeria, con cierta amalgama de tradiciones originarias del Congo y Angola, y que gira en torno a diez u once divinidades principales, denominadas orixás, con un número variable de dioses menores. Cada orixá está relacionado con un elemento de la naturaleza, donde habita, y representa unos atributos humanos determinados. Además, estas divinidades tienen incluso colores específicos y requieren determinadas ofrendas alimenticias y animales para su sacrificio.

 La actividad religiosa se organiza en torno a templos, llamados terreiros, donde el sacerdocio lo desempeñan principalmente las mujeres, pues según Cibele éstas son más aptas para intermediar entre las personas y las divinidades. Así pues, son las sacerdotisas o mais de santo las que ocupan el más alto grado en la jerarquía religiosa, inician a los adeptos y dirigen los rituales para curar dolencias y solucionar cualquier otro tipo de dificultades, como problemas de trabajo, de vivienda, de compañía, de amor, etc. En muchas ceremonias, los orixás se encarnan en los fieles, cuando éstos entran en trance por medio del baile y al son de tambores denominados atabaques.  

 Cibele me explicó que gracias a la iniciación se pasa a formar parte de un terreiro y de su familia de santo correspondiente, asumiendo un nombre africano y un compromiso con su sacerdotisa y con su orixà personal. En su caso, ella dijo ser devota de Oxum, la divinidad yoruba de la sexualidad femenina, la fertilidad y el amor, una divinidad que habita en las aguas dulces de los ríos, lagos, manantiales y cascadas. Según me contó, el color favorito de Oxum es el amarillo, razón por la cual la chica llevaba un abalorio de ese color en el cuello.

 Para mostrarme el collar, se levantó del extremo del banco que ocupaba y se acercó a pocos centímetros de mí. Me di cuenta entonces de que su presencia desprendía un aroma afrutado e irradiaba calor, lo que me provocó una gran turbación que no pude disimular. Y, luego de un largo silencio, en el que pude escuchar el sonido de su respiración, comenzó a dedicarme palabras bonitas, adoptando un tono de voz más susurrante y cadencioso, como si entonara una dulce canción, una bossa nova cuyo estribillo delicioso repetía, una y otra vez, las palabras voçê é lindo.

 

 

*   *   *

 

 Cuando nos levantamos del banco y nos dispusimos a pasear juntos, me agarró de la mano y me sucedió lo que les sucede a veces a los niños y a los enamorados, que se sienten elevados por la felicidad a dos palmos del suelo. Y así caminé de su mano, como si flotara por encima de calles luminosas, empedradas y turísticas, que pronto dejamos atrás. Me dejé llevar después, cuesta abajo, por callejuelas oscuras, jalonadas por bolsas de basura, devastadas por las lluvias torrenciales del Trópico. Pero ya no había marcha atrás; había decidido traicionarme a mí mismo, al ser desconfiado y temeroso que hasta entonces era yo en realidad.

 Así que atravesamos juntos el umbral de un viejo inmueble en el que se alquilaban habitaciones, pese a que no tenía indicación de ningún tipo. Y, aferrado a su mano, subí las crujientes escaleras de madera hacia el primer piso como si ascendiera al séptimo cielo y la cháchara estridente de la televisión de la planta baja sonara a música celestial. Cibele abrió con destreza la puerta desportillada de la habitación, como si ya lo hubiera hecho muchas otras veces, y se metió en el baño, en tanto que yo me dediqué a inspeccionar el cuarto, que suscitaba una impresión de decadencia general.

 Me senté a esperar a Cibele en el camastro y comprobé cómo el colchón se hundía en una malla metálica oxidada. No obstante, la colcha y las sábanas, olían bien y parecían limpias, aunque estuvieran festoneadas por algunas manchas imborrables y agujeros. En cuanto a la decoración, no había nada en las cuatro paredes, de color amarillo limón, salvo unas cortinas negras, que ocultaban una ventana enrejada de cristales translúcidos, que se abría con dificultad a un oscuro patio interior. Por lo demás, aparte de la cama y la mesilla con la lámpara de noche, completaban el mobiliario un exiguo armario ropero y un vetusto diván, donde la chica se sentó al salir del baño.

 La observé atentamente mientras, ensimismada, se desvestía e iba apilando cuidadosamente su ropa sobre el sofá. En ese momento, parecía sumida en un diálogo consigo misma o acaso en la recitación de una plegaria que no expresaba en palabras, sino sólo a través de un levísimo temblor en sus labios gruesos. Cuando al fin quedó únicamente ataviada con un conjunto blanco de ropa interior, que casi resplandecía sobre la negrura de su piel, levantó la mirada y pareció extrañarse al verme sobre el jergón. Si bien, acto seguido, se abalanzó repentinamente sobre mí, como si estuviera bajo el influjo de una divinidad invocada, tal vez de Oxum, el orixá al que dijo profesar devoción.

 Durante la cópula, no cesó de emitir un jadeo ahogado, semejante al ronroneo de un felino, un sonido gutural constante, que se elevaba por encima del ruido chirriante del catre y que se hizo más agudo en el momento final, antes de derrumbarse a mi lado. Después, mientras los latidos de nuestros corazones se fueron acompasando, percibí que nos envolvía un olor denso y penetrante, una mezcla embriagadora de sudor, fluidos corporales y la fragancia de fruta selvática que exhalaba el cuerpo de la muchacha. Tan dulcemente anestesiado me sentí, que enseguida me quedé dormido.

 En el sueño, me hallaba sentado sobre un tronco, al borde de una ciénaga cubierta de hojarasca, contemplando como una larguísima serpiente sucurí emergía lentamente a la superficie. Antes de que la sucurí hubiera sacado su cola del agua, escuché una voz que me llamaba desde muy lejos. Y al despertar de ese vívido sueño, vi los ojos de Cibele clavados en los míos, resplandeciendo como llamas en la penumbra de la habitación.

 Estaba en cuclillas al borde de la cama, completamente vestida. Durante unos segundos nos miramos fijamente en silencio, mientras sus dedos dibujaban sobre mi rostro caricias que significaban la despedida. Para intentar borrar la tristeza, que se había asomado a mi cara como a la de un niño que pronto va a ser abandonado, me restregó sobre el cutis su abundante cabello encrespado. Los estallidos de risa que me provocaron las cosquillas se apagaron, sin embargo, muy pronto, cuando poco después, sin perder su acostumbrada delicadeza, me pidió que le pagara. Atolondrado, me levanté del catre en busca de los pantalones, donde guardaba la cartera, y le entregué los billetes que ella consideró suficientes.

 Antes de partir, me suplicó que no me demorara, puesto que el barrio era de noche muy peligroso. Luego abrió la puerta y se fue, y yo permanecí allí de pie, desnudo, escuchando el eco de sus pasos en la escalera, como si escuchara los compases finales de la canción, esa bossa nova cuyo estribillo repetía voçê é lindo una y otra vez.

 

*   *   *  

 Joâo era uno de esos jóvenes atléticos, de aspecto risueño y despreocupado, vestido con una sencilla camiseta y unas bermudas, además de las gastadas chancletas havaianas. Me topé con él al bajar la escalera, mientras bostezaba y sonreía de forma simultánea, en un gesto gracioso que me inspiró confianza. Joâo dijo ser amigo de la familia que regentaba la pensión y, cuando le pregunté por el modo de llegar a la parada de taxis más próxima, se ofreció a acompañarme.

 Nada más emprender la subida de aquellas sucias y fantasmagóricas calles, sentí las piernas entumecidas, de modo que tuve que esforzarme para seguir el paso rápido del chico. El lugar realmente infundía temor a esa hora, aunque sólo tuvimos que esquivar a unos inofensivos meninos da rua, que yacían en la acera sobre cartones, inhalando efluvios tóxicos de pegamento en bolsas de plástico. Así que en pocos minutos llegamos a la zona turística del Centro Histórico, donde había bastante animación, al amparo de la vigilancia policial.

 Nos sentamos en un puesto de bebidas de la Praça da Sé para tomar unas cervezas y platicar un rato. Y enseguida pregunté al chico por Cibele, porque tuve la intuición de que la conocía bien, mientras que yo había caído de pronto en la cuenta de que, más allá de su religiosidad, no sabía absolutamente nada de su vida. Sin embargo, se mostró bastante lacónico y evasivo al responder que no era una piranha de tantas, sino una chica muy especial, que de vez en cuando acudía a la pensión en compañía de algún turista.

 Por el contrario, Joâo se mostró más locuaz al referirse al barrio en el que nos encontrábamos, el Pelourinho. Dijo que a veces trabajaba como guía turístico, de modo que conocía muy bien la historia del barrio. Además, se había criado en sus calles, aunque luego se vio obligado a trasladarse a vivir, junto a su familia, a otra zona de la ciudad, cuando las autoridades acometieron la rehabilitación urbanística que había convertido el Pelourinho en una especie de parque temático para turistas.

 El Pelourinho era la zona de la Cidade Alta donde se concentraron en la época colonial los grupos sociales privilegiados, por lo general de origen portugués, como los comerciantes y los señores de los ingenios del azúcar. Y su nombre hace referencia a una picota, instalada aquí en aquella época, donde se amarraba a los esclavos infractores para someterlos a suplicios públicos. En la actualidad, el barrio es un escenario de postal, de calles y plazas adoquinadas, lindas casas de color pastel e iglesias bellamente iluminadas durante la noche. Pero antes de su profunda remodelación en los años 90, cuando Jôao era un menino, el barrio era una zona muy degradada, donde muchas mujeres ejercían la prostitución y donde casi todos los vecinos vivían en condiciones precarias como inquilinos, en edificios en pésimo estado de conservación y con servicios higiénicos de uso colectivo.

 No obstante, según Joâo, la reconstrucción del barrio se acometió sin tener en cuenta a su población residente, a la que por el contrario se la expulsó sin miramientos. Como los habitantes eran personas muy humildes, los gestores públicos consideraron que no podrían hacer frente a los costes de mantenimiento de los edificios que se iban a restaurar y optaron por desalojarlos masivamente. Además, sólo algunos propietarios de los inmuebles recibieron indemnizaciones, por otra parte, insuficientes. Como consecuencia de esta operación urbanística, las antiguas construcciones del barrio, concebidas en su origen como viviendas, pasaron a ser bares, restaurantes, galerías de arte, museos, tiendas de souvenirs, etc. Y mientras sus antiguos moradores tuvieron que buscar alojamiento en otras partes de la ciudad, los pisos superiores de muchos edificios restaurados del Pelourinho quedaron desocupados, ya que los nuevos establecimientos se ubican generalmente en la planta baja de los mismos.

 Sea como fuere, lo cierto es que el barrio, más allá de funcionar como imán para atraer la visita de los turistas a la ciudad, se ha ido desarrollando también en torno a la difusión de actividades que difunden su rico patrimonio cultural. Un patrimonio que se ha ido gestando durante siglos, a partir de las tradiciones de origen africano, mezcladas con la cultura colonial portuguesa y las costumbres amerindias anteriores a la colonización. Así que hoy en día, el Pelourinho sigue siendo el genuino corazón de la ciudad, un corazón muito bonito, cuyos latidos suenan rítmicos y vigorosos, como los tambores de sus numerosos grupos de percusión. Sólo que, llegados a ese punto de la conversación, las pulsaciones del Pelourinho habían bajado mucho, porque era casi la medianoche.

Joâo me acompañó a una parada de taxis cercana y no se separó de mí hasta que estuve dentro del vehículo que debía llevarme al hotel. El conductor resultó ser un hombre taciturno que, con el fin de evitar posibles asaltos y ante el escaso tráfico nocturno, se saltaba incluso los semáforos en rojo. Dentro del taxi el silencio era incómodo, así que para distraerme iba mirando por la ventanilla del asiento de atrás, aunque esas calles desiertas no tuvieran mucho interés sin el bullicio propio del día. Siempre tenía esa impresión en el Trópico: la luz diurna es de una intensidad inigualable, pero también parece más profunda la oscuridad de la noche, aunque estuviera en una gran ciudad como Salvador de Bahía.

 Al sentir sobre mí la mirada circunspecta del taxista, a través del espejo retrovisor interior, me di cuenta de que inconscientemente estaba tarareando una vieja y famosa canción, un clásico de la bossa nova, que trata del sentido efímero de la felicidad respecto a la tristeza. Y aunque básicamente siempre había estado de acuerdo con el mensaje de la canción, durante ese trayecto en taxi sentía una mezcla extraña de ambos sentimientos. Sentía felicidad, sobre todo por la fantástica experiencia íntima con Cibele. Pero también sentía tristeza, al pensar en serio por primera vez que, si se entregaba a los hombres para conseguir dinero, sus circunstancias personales tal vez fueran bastante difíciles.

    

 *   *   *   

 Desde mi habitación del hotel, situado frente al mar, la vista era magnífica. Podía contemplar la playa de punta a punta, hasta el Faro de Barra, instalado en el fuerte de Santo Antônio. Esta edificación, que a su vez alberga en la actualidad el Museo Náutico, es un emblema de la ciudad, pues está considerada como el primer fuerte militar que los portugueses levantaron en América. Antes de dormir, me gustaba ver las olas romper en la playa desierta, iluminada por las luces de la Avenida Oceánica, mientras las ráfagas de luz del faro penetraban en la oscuridad del Atlántico para señalar la entrada norte de la bahía. Un escenario cargado de magia e historia en el que resultaba muy fácil entregarse a la ensoñación.

 Antes de acostarme, inspeccioné a fondo el mini bar e improvisé un cóctel de refresco de cola con hielo, bien cargado de ron, que allí se llama cachaça. Y sentado frente al mirador comencé a divagar. Durante los días pasados, había dedicado bastante tiempo a la lectura de un libro de viajes, que incluía mucha información sobre la historia de la ciudad. De modo que guardaba recientes en la memoria algunos datos básicos de su fundación.

 San Salvador de Bahía se constituyó como sede del Gobierno General de Brasil en 1549 y fue durante mucho tiempo la perla de la Corona de Portugal en América. Para su asentamiento, los portugueses escogieron este enclave estratégico, a medio camino entre los límites norte y sur de Brasil, y situado a la entrada de esta amplia ensenada, a la que bautizaron con el nombre de Bahía de Todos los Santos. La ciudad se consolidó pronto como principal enclave comercial, ya que a través de su puerto se exportaban diferentes productos, como el azúcar o el tabaco. Y a pesar de que la capitalidad se trasladó a Río de Janeiro en el siglo XVIII, eso no impidió que Salvador siguiera desarrollando sus actividades comerciales y portuarias, gracias al crecimiento de la agricultura y el descubrimiento de oro y diamantes en regiones limítrofes. Tras la independencia de Brasil en 1822, muchos comerciantes portugueses abandonaron la ciudad, y después ésta fue perdiendo pujanza económica, debido también a la cotización desfavorable del algodón y del azúcar en el mercado internacional.

 Pero no se podía entender la historia e idiosincrasia de Salvador sin mirar hacia donde lo estaba haciendo yo en ese momento, hacia el este, a través del Océano Atlántico, hasta las costas de África, puesto que es allí donde están los orígenes de la mayoría de habitantes de la ciudad. Me sentí conmovido al pensar que Salvador fue durante mucho tiempo el mayor mercado de esclavos africanos del Brasil y al imaginar que justo por ahí, frente a esa playa de Barra que estaba contemplando, llegaban en el pasado naves cargadas de personas apresadas en África, para ser utilizadas aquí como esclavos en las plantaciones. Hasta que por fin el tráfico de esclavos se prohibió en la mitad del siglo XIX, aunque la abolición definitiva de la esclavitud no se produjo hasta 1888.

 Desde entonces la población negra pudo desarrollar más libremente su legado cultural y espiritual, entre el que destaca el Candomblé, una religión perseguida durante mucho tiempo y cuyos adeptos fueron acusados de brujería por la Iglesia Católica del Brasil colonial. Los indígenas amerindios y los esclavos de origen africano tuvieron que convertirse al catolicismo, la religión del conquistador, pero no olvidaron su cultura religiosa originaria. Así pues, a pesar de varios siglos de persecución, hoy en día practican el Candomblé sólo en Salvador de Bahía cientos de miles de personas, entre ellas Cibele, como bien me había contado.

 De pronto, pensé que en ese mismo momento de la madrugada tal vez se estuvieran celebrando misteriosas ceremonias, tanto en terreiros de barrios lejanos de la ciudad que tenía a mis espaldas, como al otro lado del mar, que se extendía inmenso e insondable frente a mí. Hasta creí escuchar los sonidos hipnóticos de los tambores atabaques que inducen al trance. Pero era evidentemente una ilusión acústica producida por el alcohol, porque para entonces una bruma etílica densa, que confundía mis sentidos, se había instalado dentro de mi cabeza.

 Así que decidí por fin retirarme al dormitorio, un cuarto enmoquetado con una cama demasiado grande para mí, de la que sólo ocupaba la mitad. Entonces, al acostarme, mi mirada obnubilada quedó prendida en la muñeca negra de trapo colocada sobre la almohada del otro lado de la cama. Había comprado esa muñeca días atrás a una vendedora ambulante, en la misma plaza en la que hacía unas horas había conocido a Cibele, lo cual en ese momento de la madrugada me pareció una especie de premonición. Agarré la muñeca de trapo y la observé detenidamente, igual que si fuera un fetiche en el que podía contemplar los rasgos de la chica, sus mismos ojos grandes y centelleantes, su amplia sonrisa luminosa, su mata de pelo rizado…

 Estampé un beso a la muñeca, la deposité cuidadosamente sobre mi almohada, y me tumbé de costado, sin dejar de mirarla, acosado por un incipiente sentimiento de añoranza, que allí denominan saudade. Pero muy pronto apagué la luz, para evitar que la nostalgia siguiera creciendo y me embargara por completo. Y entonces mi cuerpo experimentó de golpe un enorme cansancio, mientras la cama se tambaleaba en un suave vaivén que enseguida me condujo al sueño.

 

 

Un peculiar viaje. Autor: Elisa Negro Morilla

María llevaba planificando este viaje unos tres años. En ese tiempo había hablado con Inés, su hermana, un millón de veces sobre la idea de verse y llevarle las cosas que su madre le había dejado, pero siempre con excusas o por distintas circunstancias, ese viaje no se había materializado.

El día que falleció su madre, una gran parte de su vida se vino abajo y cuando, unos años después, Juan le planteó el divorcio, se dio cuenta que se había quedado sin excusas para no visitar a Inés. María era la que se había encargado de su madre en sus últimos días de vida y la que había prometido cumplir con todas las tareas que su madre le encomendó. Entre otras, hacerle llegar a su hermana varios objetos de su infancia: su osito de peluche, su primer chupete y su manta de soles y lunas que mamá le había tejido y con la que había dormido hasta que cumplió los 6 años.

Mientras conducía el largo trayecto desde su Alicante natal hasta Milán, donde actualmente vivía Inés, iba recordando a su hermana y lo fácil que había sido su vida cuando eran pequeñas. Era cierto lo que le decían cuando era niña y que ella no lograba entender: con los años, todo se complica. Estaba inmersa en sus recuerdos cuando de pronto vio una figura menuda al lado de la carretera haciendo autostop. Tenía una melena rubia algo despeinada y llevaba algo en los brazos con mucho cuidado. Aminoró la marcha y al pasar por su lado se fijó en ella. Sus ojos destilaban miedo, pero al mismo tiempo había algo en su cuerpo, en su postura, que mostraba determinación. No sabría explicar qué le hizo parar; si el hecho de que le recordaba a su hermana o a ella misma cuando una vez, siendo adolescente, intentó escaparse de casa y sólo llegó a la calle principal, o que ya estaba hastiada de sentirse sola. Pero se paró y la invitó a subirse al coche. Con cierto temor y casi temblando, se sentó y cuando María le pidió que se abrochara el cinturón, la chica le mostró lo que llevaba con tanto cuidado. Era un bebé diminuto, de apenas unos días de vida que sonreía ajeno al desconcierto que transmitía su madre. A María se le despertó el instinto maternal que durante tantos años quiso ejercer, pero que nunca se le concedió y la acarició y la tranquilizó. Durante las largas horas de viaje, se contaron sus historias, sus miedos, sus esperanzas y entablaron una conexión que en cualquier otro contexto no se hubiera dado. La diferencia de edad no las separó porque eso se convirtió en un pequeño detalle sin importancia pues ante todo eran mujeres. Mujeres sensibles y de aspecto débil, pero con una gran fuerza interior que con ese viaje empezaban una nueva vida. María huía de una vida anodina y solitaria que había perdido todo su sentido con la muerte de su madre y la separación de su marido y Laura huía del que ella pensaba era el amor de su vida, pero que cuando vio al bebé no supo que hacer más que volver a pegarle. Ella no toleraría que tocara a su hijo, así que con lo puesto había huido. Volvía a casa, de donde se escapó siendo una adolescente para vivir un amor loco y a la que regresaba como mujer para disfrutar de un amor sereno y eterno por su hijo.

Cuando ambas mujeres se separaron, no eran las mismas que se habían encontrado en mitad de la carretera. No sólo habían realizado un viaje físico por carretera, sino que también habían hecho un viaje interior determinante en sus vidas. Laura se dio cuenta que todavía quedaba gente buena en el mundo y que te podías cruzar con ella en cualquier momento. María aprendió que el destino siempre te depara sorpresas, no siempre desagradables, que pueden convertirse en un gran descubrimiento si tienes la mente y los ojos abiertos a esa realidad que está ahí pero a la que no sueles prestar atención.

Se dieron un largo y sentido abrazo en el que se transmitieron todo el amor y cariño que en esas horas habían compartido. Como recuerdo, María le entregó la mantita de soles y lunas. Con ella sabía que no sólo le daba una parte de sí, de sus recuerdos, sino la protección y el amor que su madre les transmitió. Laura le dio las gracias con lágrimas en los ojos y se disculpó por no tener nada que ofrecerle. María la abrazó y susurrándole al oído le dio las gracias por despertar a la antigua María. A la que no se aminoraba por nada ni nadie y se enfrentaba a la vida con entusiasmo y optimismo. Y fue eso lo que cautivó a Pietro cuando la vio salir de la estación decidida y con una sonrisa en los labios. Ese brillo, lo que hizo que se acercara a ella para invitarla a conocer Milán junto a él. ¿Sería verdad que la vida es un viaje lleno de segundas oportunidades?

El chico de la sudadera roja. Autor: Gorety Campos

Ella miró a la gente buscando una figura conocida. No la encontró.

En cambio, vio aquel chico de suéter rojo entre la multitud vestida de negro, gris o azul oscuro.

Parecía estar esperando, igual que ella, pero tenía un tono despreocupado a diferencia de las demás personas.

Ella pasó de largo, recorrió aquella plaza viendo las bancas y la gente que departía en los bares cercanos. El no estaba.

Ella había llegado al punto de inicio. Vio de nuevo a chico de la sudadera roja, relajado, tranquilo con una de sus piernas arriba de la banca y su brazo reposando en la rodilla, tal como hubiera estado ella, si en ese instante cambiaran de sitio. Se veía humano y se veía vivo.

En su interior ella supo que el ya no llegaría, pero debía dar el beneficio de la duda. No se debe dejar de creer decía. Nunca dejaba de creer.

Fue a sentarse junto al chico de rojo, lo miró, le sonrío, y como cosa extraña en esa ciudad, el le devolvió la sonrisa. Eso no era común, la gente en aquel sitio era amable pero fría, casi nadie sonreía a una desconocida.

Ella se alegro al verlo y aun más al escuchar un -hola-. Respondió y colocó su mochila. Pasaron unos instantes y después de acomodarse el chico escuchó: -Te apuesto a que el tuyo viene antes que el mío-. El la miró con cierta duda y ella agregó: ¡Sí! un euro a que vienen antes por ti que por mi. El dijo: -no, porque lo voy a perder. Yo estoy seguro que viene por mi-.

Y ambos rieron un poco.

Hablaron de quiénes eran, de a qué se dedicaba y de lo absurda que había sido la forma de conocerse. De vez en cuando miraban el reloj, y cuando la conversación iba en buen tono, se dieron cuenta que incluso se habían sentado de la misma forma.

Ella supo que ya no tenía caso esperar.

A el le llamaron para decirle dónde lo esperarían. Así que era tiempo de despedirse. El pregunto si ella llamaría al otro chico, ella respondió que no. No valía la pena, estaba acostumbrándose a la frialdad de la ciudad y a la de algunas personas. Pero siempre se conserva la fe.

El le hizo una propuesta: irse con el y conocer a sus amigos. Ella aceptó acompañarlo. Después de todo se veía de fiar, y había sido la conversación más larga que había sostenido en mucho tiempo.

El la acompañó a dejar su mochila. A ella le gustaba llevar alguien conocido a la que ahora era su casa.

Recorrieron las calles y fueron a un bar cercano. El le presentó a sus amigos. Eran muy simpáticos y celebraban un cumpleaños, una excelente nota en un trabajo final de grado, y quizá el encuentro fortuito entre el chico de la sudadera rojo y ella.

Fueron a otro bar y la conversación fluía sola. Al encaminarse a un nuevo bar, otra chica se unió al grupo. Tenía la inocencia de una niña traviesa y adornaba el nombre de una diosa griega con su personalidad. Tocarían jazz en ese lugar. La dueña del local los conocía bien, y era amable como solo se puede ser con los viejos amigos. Ahí encontraron a más conocidos y fueron presentándose y charlando mientras las copas, la música y las risas acentuaban el ambiente.

Bailó con uno de los chicos, los miraba disfrutar de la música y después de mucho tiempo volvió a sentirse viva. Entre una y otra melodía, era hora de marcharse, había sido una noche estupenda.

Los chicos se despidieron y se alejaron en medio de la calle pasada la media noche. El y ella caminaron juntos. ¿Te lo has pasado bien preguntó el? ¡Sí! respondió ella con un tímido gracias. Mientras en su mente pensaba que nunca había estado tan contenta de que la plantaran.

Era su cuadra, un doblez a la derecha y estaría directo a casa, pero prefirió caminar un poco más para gozar de su compañía. No quería acabar aquella noche. El dio su número para mantener el contacto.

Antes de irse ella le pidió que le cantará, el dijo que no se sabía la canción que ella pedía, pero que algún día se la tocaría con la guitarra. Se inclinó y le dio los dos besos de despedida. Se inclinó de nuevo y le dio un abrazo que logró llegar a su alma. Ella cantó para el en su mente. Le susurró al oído las notas de esa vieja canción: Bésame, bésame mucho… mientras sentía el sabor de sus labios y recordaba la letra: como si fuera esta noche la última vez…

Así acabo todo. Ella tenía su número, lo anotó bien, pero no deseaba llamarlo, en sus adentros quería conservar intacto ese recuerdo. ¿Qué pasaría si lo llamaba? El no la recordaría, contestaría por cortesía, habría que seguir el ritual social, y probablemente nunca más volvería sentir la magia de aquella noche.
¡No! No lo llamaría. Ni siquiera para agradecerle darle vida con ese abrazo, con las voces de sus amigos, con la sonrisa de aquella niña con nombre de diosa griega. Lo recordaría así para siempre en su memoria y lo aguardaría en un lugar especial de su corazón.

Pasaron los días, las correcciones, los meses, los libros, los artículos devorados, citados, casi aprendidos, y terminó las presentaciones de su avance doctoral. Eso que había venido hacer a España. Estaba a punto de marcharse.

Aquella ciudad estaba de fiesta, ahora todos sonreían y lo frío del ambiente parecía ser solo un vago recuerdo, un fantasma del pasado que pocos recordaban. Era un día antes de partir, la plaza tenía mucha gente y ahora todos vestían de rojo en sus pañuelos. Era San Fermín.

Ella se sentó en la misma banca de la Plaza del Castillo, a pesar del poco espacio. Recordó aquel muchacho de sudadera roja, despreocupado con su pierna arriba y su brazo apoyado en la rodilla. Ella estaba perdida en sus pensamientos a pesar de la algarabía de la gente.

-Te apuesto que vienen antes por mi, que por ti-. Dijo una voz ¡Vamos un euro!
Ella no volvió la mirada, pero respondió: -No, porque perdería, yo ya no espero a nadie, aunque nunca dejo de creer-.

-Tienes razón- contestó la otra voz: -hubieras perdido, ya ha venido a quien yo esperaba-…

Paraty. Autor: Beatriz Afonso Santos

Eran las 10.37am e íbamos de camino al aeropuerto de Galeão. El vuelo UX607 estaba a punto de aterrizar y a Daniela le temblaban las manos de la emoción. Hacía un buen tiempo que no la veía gesticular tanto con las manos ni mirarme con los ojos tan abiertos. Esos fueron los primeros detalles que me enamoraron de ella.

En el asiento de atrás, Viola iba dormida. Daniela la había amamantado justo antes de salir de casa y eso nos daba un margen de unas cuatro horas de tranquilidad. Por suerte, tampoco había mucho tráfico y hacía el calor justo para llamarlo un buen día.

Íbamos a recoger a Claudia, cuyo nombre resonaba en mi cabeza desde hacía una semana. No la conocía en persona, pero los últimos siete días había sido el nombre que más se repetía en la casa. Daniela y Claudia no se veían hacía 4 o 5 años; ella se había ido de Brasil unos meses antes de que Fernando me presentara a Daniela.

Por las historias a medias que me contaba Daniela, entre pañales, teta, baño y arrullos, me hice una idea bastante épica de Claudia. Me imaginaba a una mujer fascinante, de esas que se ríen con la boca bien abierta y que no le tienen miedo a nada de este mundo. Como una extensión poco más inquieta de Daniela.

Claudia venía de recorrer más de 9000 kilómetros en tren entre Asia y Europa. Había llegado a Portugal hacía una semana y media y sin pensarlo dos veces se compró un billete a Río. Luego llamó a Daniela y le dijo que vendría de visita, que no quería saber más nada de Siberia ni de los arrozales chinos; ahora necesitaba sol, mar, tapioca, pinga y pasar un rato en familia. Daniela se emocionó muchísimo y le dijo que aquí la esperábamos con los brazos abiertos, y antes de que nos hiciésemos del todo a la idea de la visita ya Claudia había alquilado una casa en Paraty para irnos 4 días.

La verdad es que no podía haber escogido mejor fecha, justo esa semana yo terminaba de emparejar una casa y Daniela se quería tomar una descanso de la escritura. No obstante, con las noticias y planes repentinos me sentí un poco revuelto, no sabía muy bien lo que me pasaba por dentro y, para no darle más vueltas al asunto, opté por pensar que eran solo nervios ante tanta improvisación.

Nos estacionamos en el área de espera del aeropuerto y diez minutos después apareció Claudia. A primera vista no me resultó especialmente llamativa, sin embargo, unos minutos más tarde noté cómo poseía un atractivo pícaro e ingenioso.

Desde que se montó en el carro empezó a hablarme como si me conociera de toda la vida. Tomó a Viola en brazos y mientras jugaba con ella nos contó la historia de su vuelo cual aventura de ciencia ficción. Entonces me di cuenta de por qué Daniela la quería de aquella manera desenfrenada.

Era especial, de pensamiento rápido y muy decidida. Además, no paraba de morderse el labio inferior, un gesto que me resulta delicioso. Estaba seguro de que si la hubiese conocido hace 4 o 5 años habría querido hacerle el amor hasta que su mente dejase de andar a 200 km por hora.

Del aeropuerto nos fuimos directamente a casa y nos quedamos allí todo el día. Daniela había preparado un bobó de camarão para sorprender a Claudia y nos extendimos toda la tarde conversando en el sofá. Cumplimos con el protocolo usual de los reencuentros esporádicos; hablamos de todo lo relevante y a la vez poco interesante. Siempre ocurre que, incluso cuando hay confianza, el tiempo borra lo cotidiano y a veces la naturalidad resulta un tanto forzada, y así pasaba entre ellas dos, se les veía tan cercanas, tan cómodas, tan feliz, pero a la vez tan perdidas. Nadie es la misma persona ni siquiera de un día para otro.

Esa noche nos fuimos a la cama pronto porque nos esperaban unas cuatro horas de conducción al día siguiente para llegar a Paraty; el viaje tan esperado. Sería una incursión en territorio neutral para conocernos sin prisa y sin condicionamientos.

Nos despertamos a las 8am. Claudia no había dormido mucho por el jet lag, pero estaba contenta de estar de nuevo en suramérica y de disfrutar del clima húmedo y cálido de Río. Se dio un baño rápido y luego cargó a Viola en brazos mientras Daniela y yo terminábamos de preparar las maletas y arreglábamos un desayuno rápido.

A las diez nos pusimos en marcha hacia Paraty y pasadas las 3 de la tarde, después de la merecida pausa a la altura de Angra dos Reis para almorzar más delicias de mar a petición explícita de Claudia, estábamos entrando en la linda casita que había alquilado.

Nos instalamos con calma y sobre las cinco salimos a dar un paseo por la playa. No nos dio tiempo de hacer mucho más ese día porque desde que Viola llegó, la interminable logística marca el ritmo de nuestras vidas. Claudia parecía adaptarse sin esfuerzo, pero yo notaba como sus hábitos de mujer sin ataduras le hacían falta y buscaba pequeños respiros para recordar que era libre. Cuando pasábamos por un tramo solitario de la playa, se desnudaba en dos segundos y corría a darse un chapuzón, y cuando llegamos a casa se tomó quince minutos antes de cenar para mecerse en la hamaca y escribir en una pequeña agenda forrada en piel oscura. Yo la observaba todo el tiempo y una parte de mí envidiaba esa ligereza que transmiten quienes son dueños de su tiempo.

La segunda noche estábamos más animados, aunque un poco cansados por el sol en la piel, pero Claudia tenía ganas de salir a beberse la noche. Se le veía en los ojos. Cada vez que la palabra pinga salía de su boca parecía que estaba hablando de un objeto precioso y yo me iba sintiendo más y más cómodo con su desparpajo y picardía, me empezaba a soltar y a seguirle el juego.

Salimos de la casa a las 8 de la noche y fuimos primero a comer una pizza. Viola no paró de reírse durante toda la cena y eso nos quitó un peso de encima, parecía que tenía tantas ganas como Claudia de irse a bailar a alguno de esos botecos poco encantadores de Paraty.

El dueño de la pizzería, Gabriel Perera fue como se presentó en cuanto entramos al local, nos recomendó un lugar en el que ponían forró y samba esa noche. No tocaba ninguna banda, pero al parecer siempre había algo de ambiente. Compartimos un par de pizzas funghi y después nos fuimos sin prisa caminando al bar para disfrutar de la brisa y bajar la cena.

El bar de Lucas se llamaba el lugar recomendado por Gabriel y era como cualquier otro bar de litrón con las paredes forradas de carteles de brahama. Nada más llegar, Claudia se abalanzó hacia la barra del bar y pidió tres pingas y un litro de cerveza. Daniela la acompañó para cumplir con el vals oficial de quién pagará las bebidas, número que nunca falta en las noches de bohemia y que siempre produce una gran somnolencia en el bartender de turno. Mientras tanto, yo me fui a sentar en una de las mesas al aire libre con Viola.

El bar estaba ocupado a medias por personas que parecían de por allí. Se notaba que no eran turistas porque se movían como Pedro por su casa y en cuanto nos vieron llegar, un par de ellos se acercaron a conversar unos minutos. Vinieron a chequear quienes éramos los nuevos y le hicieron unos mimos a Viola antes de regresar a su mesa.

Nos tomamos el primer trago sentados, sorbo a sorbo, hablando de las buenas cachazas de Minas Gerais y ellas se pusieron a recordar y reír sin parar con las anécdotas de cuando bebían pinga como si el mundo se fuese a acabar. Yo las miraba con algo de distancia y una sonrisa apacible. Eran felices. Se veían espléndidas.

Pusieron un forró y Claudia me sacó a bailar. Se excusaba diciendo que hacía mucho que no bailaba con un brasilero y que seguro había perdido el ritmo, pero se le notaba que los pies le ardían y no podía contener las ganas de moverse. Se agarraba fuerte a mi cuello y movía la cadera con un poco de vergüenza -Ya me iré soltando. Dame uno o dos tragos más -me dijo al oído.

Un poco más tarde empezó la samba, se levantaron varias mesas e improvisamos una pequeña roda. En medio de las palmas y los panderos Claudia trajo el segundo litro de cerveza a la mesa y la tercera o cuarta ronda de pinga. Daniela ya había parado de beber, pero yo no me corté esa noche.

Otra vez sonó un forró y esta vez me quedé yo en la mesa con Viola. A dos o tres metros de nosotros se pusieron a bailar ellas dos. Dos pasos para un lado, dos pasos para el otro, dos para adelante, dos para atrás. Sus vestidos sueltos y ligeros se ondulaban en el aire, y el sudor los abrazaba a sus pechos que jamás se encerraban en un brasiere.

Entonces la vi. Vi la historia que no conocía detrás de esas dos mujeres. La vi cuando frotaban sus frentes al bailar. La vi en la mano de Claudia sujetando con firmeza el coxis de Daniela. La vi en esos cuatro muslos que se rozaban en cada vaivén y en el brillo del sudor en sus espaldas.

De repente sentí un nudo en el estómago y me empecé a marear. No sé si la cachaza tendría algo que ver o si solo era el vértigo ante lo desconocido, pero me sentía extraño. No eran celos, era un miedo diferente.

Perdí por un rato la noción del tiempo y no me di cuenta de si bailaron una, dos o veinte canciones. Volví en mí cuando Viola comenzó a llorar y fue la excusa perfecta para levantarme y decirles que me iría con la nena a la casa. Daniela notó que me encontraba algo descompuesto y no me dejó ir solo, pero Claudia estaba en la cresta de la ola, así que Daniela la animó a quedarse un rato más y ella no se lo pensó demasiado.

Llegamos a la casa y Viola se durmió pronto. Yo me refresqué con una ducha y me metí en la cama. Daniela me trajo un vaso de agua y luego me hizo el amor. Me abrazó, me besó, me desnudó y me amó con unas ganas limpias que casi rozaban el ansia, mientras yo la sentía con lejanía, como en un sueño, porque estaba aún en el limbo. Era un extraño en mi propio cuerpo y en aquella cama, un ser pusilánime que presenciaba ese soberbio momento de Daniela vibrando con la misma energía que tenía cuando nos conocimos.

Al día siguiente me desperté un poco después de las 8am. Dejé que Daniela se quedase en la cama un poco más y me fui a arrullar a Viola al salón. Allí estaba Claudia dormida en el sofá con las sandalias a un lado y el vestido medio desecho. Quién sabe a qué hora y cómo llegó. Con los murmullos de Viola se despertó, abrió un ojo, me hizo un guiño y yo sonreí con gesto de disculpa. Me sentía incómodo, perdido. Poco a poco se incorporó y me ofreció un café; se notaba su cansancio y su resaca, pero no perdía la sonrisa. Puso el agua a hervir y se metió rápido en la ducha. Yo aproveché el momento a solas para moverme tranquilo por la cocina y preparar un plato de frutas. Me di cuenta de que la estaba intentando evitar a toda costa una conversación.

Un par de horas más tarde nos fuimos a pasar el día en la playa, esta vez sí nos llevamos el parasol y nos quedamos debajo de él toda la mañana acompañados por el silencio. Ellas probablemente por cansancio y resaca, yo por incertidumbre. Claudia estaba blandita, como ella misma se describió -Blandita como una guanábana, así me deja el alcohol cuando abre la puerta que da al abismo de la emocionalidad absoluta. Cada día me gusta menos asomarme por allí, pero parece que no sé echarle bien la llave a ese cerrojo.

Empecé a fijarme en todas las pequeñas debilidades de Claudia que había estado pasando por alto, y saltaba mi alarma cuando la escuchaba hacer una pausa un poco más larga de lo normal o cuando cambiaba el tono de voz. Me empeciné en probarme a mí mismo que aquella mujer no era tan maravillosa como parecía y que no suponía un peligro para mi mansa relación con Daniela. Me mantuve al acecho con sigilo y esa noche, mientras preparábamos la cena en casa, desvelé su secreto y me llené de satisfacción.

Estábamos los tres en la cocina cortando vegetales y frutas para hacer una gran ensalada y Daniela comenzó a contarle a Claudia que planeábamos comenzar un proyecto de escuela infantil en Río. Claudia la escuchaba a la vez que mezclaba maracuyá con yogurt para aderezar la ensalada y por primera vez noté que estaba incómoda, incluso diría que algo irritada. Cuanto más Daniela se apasionaba contándole nuestro proyecto, más ácida, como la maracuyá que tenía entre los dedos, le respondía Claudia en un contrapunto sin armonía. A primera vista parecía que intentaba jugar el papel de amiga consejera, pero rascando detrás del tono de sus comentarios pude ver su frustración.

Claudia que mostraba un talento excepcional para llevarlo todo con absoluta diplomacia, estaba herida porque Daniela no la necesitaba para ser feliz. Así fue como tuve la segunda revelación de este viaje, Claudia estaba fuera de juego, revivía el desengaño con Daniela que volvía a apartarla de su vida. Daniela una vez más la excluía de sus proyectos e ilusiones.

Comencé a sentí compasión por Claudia cuando entendí su soledad, pero por encima de eso sentí placer al verla frágil y sin poder sobre Daniela. El nudo en mi estómago se soltó. Nunca antes había sentido un rencor tan genuino en mí.

Tenía miedo. No le temía al deseo entre ellas ni le temía al abandono, le temía con toda mi alma a la fuerza de su complicidad. Más allá de la ignorancia intencional de Daniela para no reconocer el dolor que le producía a Claudia su felicidad y más allá de las mordidas que le lanzaba Claudia cual fiera convaleciente, entre ellas reinaba la familiaridad; sus manos se agarraban con amor, sus risotadas hacían temblar las paredes y su pasión al analizarlo todo sin demagogia era contagiosa. Se permitían ser incorrectas, irreverentes, cuestionar la ética imperante y, lo más hermoso, se escuchaban. Era única su relación llena de magulladuras y remiendos. Una relación que yo jamás tendría con Daniela.

Esa noche después de cenar me excusé y me fui temprano a la habitación con Viola. No quería quedarme allí con mi silencio amargo y mi boca llena de ganas de escupir verdades y atrocidades fruto de la envidia.

Ellas se quedaron un buen rato hablando en el salón y luego las escuché salir. Imagino que fueron a pasar junto al mar porque cuando Daniela se metió en la cama traía los pies llenos de arena. Se abrazó a mí y yo fingí que dormía, aunque lo cierto es que no paré de darle vueltas a la cabeza en toda la noche.

A la mañana siguiente seguí ausente. Claudia notó desde el primer momento mi incomodidad y se inventó la excusa de querer comprar unas artesanías para irse ella sola al pueblo. El plan era recoger las cosas con calma para salir alrededor del mediodía de vuelta a Río. Teníamos cuatro horas por delante en las que nos veríamos obligados a compartir en el carro, así que no era necesario forzar ningún plan mañanero en grupo.

Se hicieron las doce y Claudia no regresaba. Daniela y yo teníamos todo listo para partir y entonces la vimos llegar sin prisa y con un par de bolsas llenas de frutas y verduras -He cambiado de parecer, creo que me vendrá bien quedarme unos días más por aquí, yo sola. Esta casa es muy agradable y me puedo organizar una dieta equilibrada durante una semana, sumada a unos buenos baños de mar y siestas en la arena. Regresaré a Río en bus y podemos compartir unos días juntos en la ciudad.

Por lo general, las decisiones repentinas que rompen con el orden de los planes resultan un poco difíciles de encajar aunque no le vengan mal a nadie. Pero no voy a mentir, para mí fue gran un alivio. Claudia se retiraba discretamente porque sus viejas heridas aún supuraban y usaba la táctica que más le funcionaba, romper con todo y empezar de cero por su cuenta.

Cargamos las maletas en el carro y salimos de Paraty casi a la una. Daniela estuvo tímidamente callada durante el trayecto, se le veía un poco resentida y evitaba hablar de Claudia. La dejé pasar en silencio ese pequeño luto del adiós inesperado, puse su disco favorito de los Secos & Molhados y le agarré la mano un buen rato. Parecía que poco a poco íbamos regresando de un viaje que había alterado nuestra conciencia.

Claudia nunca pasó por Río. Nos llamó y nos dijo que había decidio visitar a unos amigos en São Paulo y de allí volaría a Recife. Hasta el día de hoy no la he vuelto a ver, pero a veces me visita en sueños y me la encuentro en la mirada de algunas mujeres que me cruzo por la calle. Daniela y yo tampoco llegamos a hablar su pasado juntas; decidimos seguir viviendo en nuestro dócil día a día y en la belleza de ver crecer a Viola.

Breve glosario:
Tapioca: Plato típico de Brasil que consiste en una especie de tortilla hecha con fécula de mandioca y se le añaden diversos rellenos.
Pinga: Cachaza. Aguardiente de caña.
Bobó de camarão: Plato típico de Brasil que consiste en una crema muy espesa de camarones preparada con mandioca, vegetales, especias y aceite.
Boteco: Bar popular.
Forró: Tipo de música y baile típico de Brasil.
Litrón: Botella de cerveza de un litro
Brahama: Marca de cerveza brasileña.
Roda: Círculo que se forma para tocar y/o bailar samba.
Secos & Molhados: Grupo de música pop brasileño formado en los años 70 que se convirtió rápidamente en un gran éxito de ventas.

La sed. Autor: Elena Sauquet

Tengo sed,  la garganta seca me pincha.  Debería ir a comprar agua  pero si lo hago rompo este momento y quizás esta sed no se sacia con un botellín de plástico. La sed me lleva, mi deseo de saciar la sed.  Encuentro en el camino personas con la misma sed.

Mi garganta se suaviza y no le he dado agua, parece que ha dicho: «así es, ten paciencia, forma parte del camino, tener sed,  de hecho te empuja  hacia delante en tu viaje», porque… soy una buscadora de agua y voy en busca de un manantial.

Hay mucha agua, lo sé. La oigo, la puedo oír, a pesar de no verla todavía, siento la humedad en mi piel, a pesar de no mojarme todavía.  Camino hacia delante, me paro, doy unos pasos, me doy la vuelta, pierdo el equilibrio y se me seca la garganta y no recuerdo, ¿qué estoy buscando? Lo he olvidado.

Mi garganta es como un desierto, sólo hay arena roja y una serpiente que ondula por la superficie, un zorrillo que brinca, un espejismo…

Sigo caminando con la garganta seca, con la respiración que se acorta y con los pulmones que se ahogan.  

Sé que hay agua. Existe un manantial.  Lo sé porque siento su humedad… pero

lo que me hace temblar es desvanecerme  sin haber encontrado.  

Que todo se termine con una simple sensación de sed.  

La supercarretera y los cocos. Autor: Alexandro Arana Ontiveros

En medio de la nada, un paraje solitario. Apenas unas cuantas casuchas se levantan, se yerguen y enfrentan la solitud de la otrora amplia vereda convertida ahora en supercarretera. No tienen miedo de no tener nombre a pesar de que San Lucas de las Tejas Blancas es llamado por las personas que viven cerca de ahí. Y justo ahí, en el lugar sin nombre es que descansamos durante un rato, nuestro largo andar sobre aquella supercarretera.

Un señor revestido de gordura vende cocos. Nos los ofrece. Asentimos y le digo: —Ya va, ya va, —pero no traigo dinero y no quiero decirlo porque sencillamente me da pena no traer dinero, y es que la cosa siempre es así: mi esposa es quien lo maneja, lo desenreda y enreda y total, que nunca traigo un centavo ni para comprarme un coco, y sólo puedo asentir y decir que ya va.

Se me acerca el negro Fermín, alto, flaquísimo y sonriente me dice:

—Chato, si quieres uno, lo cogemos y nos lo comemos y ya.

—¿A cuánto? —le digo.

—De a tanto, —y me dice.

—¿De a tanto? —le interrumpe el gordo. El negro Fermín asienta y ambos se ríen como un par de compadres en medio de tan basta carretera. Pero no me da el coco. El que ahora ya es mío porque me lo ha prometido (aunque sé que todavía no lo he pagado), no me lo da. Solo se ríe. Con su compadre únicamente.

Se ríe y se va de lado como en la canción. Y desaparece entre los puestos como está acostumbrado a desaparecer en ese oficio de ahuyentador de camiones que tiene y del cual no recibe sino la miseria de dinero que ahora le sobra.

Y total, que yo todavía no sé si el coco es mío o no, porque, aunque aún no lo compro, él ya me lo dio para comerlo y ya.

Pero el negro me ha dicho que espere, que nunca has visto algo como lo que ahora te traigo, vas a ver, esto sí es diferente.

Y yo espero y ahora veo lo que me trae: lo agarro indeciso, con cierta fragilidad, inseguro porque no se de qué lado caerá primero, agarro la punta eso sí, para llevarlo a la boca, pero lo demás no sé cómo tenerlo en el aire. Dice que de la mitad, de la parte más endeble para evitar que se rompa. Y mientras, el negro me ve y se ríe de mis balanceos. Está esperando.

Es lo que aquí llaman cigarro de coco. Hecho con la cáscara de los cocos y de algo más que intuyo pero que jamás sabré a ciencia cierta. Y a veces pienso que mejor no quiero saberlo o se quedará esperando para siempre. Al menos ya tengo parte de mi coco, por el que ya he pagado a pesar de que no traía ningún centavo.

—Bueno, ya, dale el llegue, —me dice Fermín, y se ríe de nuevo.

Eso espera: mi reacción. Cree que no sabré hacerlo. Iluso.

Él no sabe que fumo desde hace tiempo, a escondidas de todos, a escondidas de mí mismo, pero fumo: lo acerco a mi boca, y mi primera aspiración es corta. Lo detengo tres segundos y mi primera bocanada es pequeña. Sabroso. Picante pero muy sabroso.

El negro Fermín explota en carcajadas junto a Ramón, quien siempre lo ha acompañado, todo el rato desde que estamos en este varadero de supercarretera:

—Te lo dije, mi matambo, —le dice a Ramón, —si unos no saben cómo fumar pero le intentan.

Y yo me callo y me aguanto las ganas de decirle que así fumo siempre, que soy asmático y no puedo aspirar más porque no tengo de donde buscarle el aire, soy de corto alcance pero lo disfruto y me quedo callado, aguantando esas risas necias que ya pasarán. Cierro los ojos y me concentro en ese sabor exquisitamente picante.

Camino erguido. Me siento importante. Eso no se ve por aquellas latitudes tan fácilmente. Vean esto nuevo y véanlo bien.

Aunque en realidad yo me quería comer un coco. Son deliciosos.

Yo quiero traer su sabor entre mis muelas no en las narices. Llevármelo hasta las aceras por donde paso. Yo lo que quería era probar los cocos. Aunque acepto que jamás había visto un cigarro de coco.

Y entonces volteo a ver receloso las tizas de carbón con sal que tiene el vendedor en el suelo, cerca del brasero, y el negro Fermín me dice entre risotadas cínicas como lo son las suyas:

—Tú pide unas, tú no te preocupes, mientras no nos veamos las caras, quiere decir que hay plata, así que tú pide.

Y el negro vocifera que quiere mil quinientos de tizas saladas cuando cada una cuesta quince pesos. Así que la señora le contesta con otro grito a su hijo pidiéndole mil quinientos de tizas.

El negro se ríe y reafirma su presunción: —Cómo cree que le voy a pedir mil quinientos, no tiene para venderme tanto, ¿verdad?

Y la señora le responde que si usted quiere mil quinientos de tizas, yo se las traigo que para eso es el cliente y yo la mercaora, ¡faltaba más! Y ambos sienten haberle ganado al otro y ambos quedan en ridículo por habladores y se ríen juntos de nuevo, pero nadie hemos notado todo eso. Solo ellos que se entienden en su idioma y maneras. El negro Fermín y la señora. Mientras yo termino de fumar mi cigarro de coco. Delicioso.

Ahora el vendedor de cocos forrado de gordura se me acerca y me dice que la verdad sí es nuevo para él, que nunca había visto cigarros de coco ni que se los fumaran tan a gusto.

—No sabía que se podían hacer.

Y antes de que se me acabe yo le otorgo una fumada del mío. El vendedor de cocos lo prueba, hace una mueca franca y es cuando retoma todo lo que me estaba diciendo desde antes de que el negro Fermín me trajera el cigarro de coco:

—A mi siempre se me ha hecho un desperdicio acabarse así un coco, tan sabrosos que son entre las muelas. Porque la verdad es que no sabe a nada el dichoso cigarro de coco. Para mí es tirar el coco a la basura, hacerlo aire y aventar el humo a la nada. Y es que no saben a nada, excepto un poco picantes, eso sí.

Tiene razón el vendedor de cocos. Pero yo no le digo nunca nada a Fermín. Yo sólo asiento y digo ya va, ya va. Mientras el camino nos pasa por enfrente con la boca abierta y nos la llena con su tierra que se levanta al paso de los pollinos.

En un futuro este camino será una supercarretera y seguro algún viajero despistado parará un rato a comer un coco pero no podrá pagarlo porque no traerá plata, y entonces será cuando el negro Fermín se le ocurra por fin hacer uno de sus dichosos cigarros de coco (los que siempre nos ha prometido pero nunca ha hecho) con la cáscara de uno ya podrido para así poder sacarle aunque sea unos centavos al dichoso viajero despistado ese.

Punto de no retorno. Autor: Alexandro Arana Ontiveros

Toda mi vida me concentré en demostrar que la estúpida teoría de la Tierra plana era solo eso: una absoluta estupidez. Conseguí barco, mecenas, tripulación y permisos únicamente con mis capacidades científicas sin tener que recurrir a lazos familiares como suele suceder en estas búsquedas. Sin embargo, en este momento toda mi tripulación me ha abandonado, mis recursos están consumidos casi por completo, y mi credibilidad ya es inexistente: mi barco se encuentra frente al precipicio del límite físico de la Tierra plana. Es el famoso punto de no retorno. ¡Maldita sea, yo siempre pensé que esa teoría era una mentira!

A punto de caer, con el barco en 45 grados, corro hacia mi cabina para esperar lo peor: la caída hacia un interminable abismo. ¿Monstruos gigantescos tal vez? No lo sé pero lo que sí es seguro, es mi muerte debido a mi necedad científica. Mi padre me lo dijo mil veces: “No hay futuro en la ciencia: no te apartes de Dios”. He aquí el terrible resultado de mi ceguera.

Dentro de mi camarote, echo un ovillo en mi cama, espero mi destino final. Sin embargo, luego de un buen rato, sigo escuchando el sonido producido por las olas del mar, continúo sintiendo el vaivén del navegar a la deriva. ¿Qué sucede? ¿No debería estar cayendo en un infinito interminable? Me asomo por la ventanilla y descubro algo inesperado: ¡sigo navegando en mar abierto!

¡¿Cómo es posible?! ¡Si yo mismo vi con mis propios ojos el fin del mundo! ¡La orilla de la Tierra plana! ¡El punto de no retorno! Mientras salgo a cubierta, mi cerebro empieza a enloquecer tratando de entender lo que sucede. Hasta que de improviso, me llega la idea iluminadora:

¡La tierra es cúbica! Sí, por supuesto, eso es: la Tierra no es esférica (acepto que me equivoqué), pero tampoco es plana (ellos también están equivocados). ¡Es un cubo! Un inmenso y hermoso cubo cubierto de agua y vida flotando a la deriva en el espacio universal. ¡Tal cual!

Entonces llega el ataque de risa combinado con triunfo absoluto.

Tras un par de semanas navegando completamente solo, nuestro osado protagonista ha iniciado la escritura del ahora famoso “Tratado Único y Veraz sobre la Tierra Cúbica” que habría de darle por fin el reconocimiento mundial ante la sociedad científica de su época, tal como lo dicta nuestra historia humana. Lo que él en realidad desconoce es lo que ahora todos sabemos gracias a las más modernas tecnologías que hemos desarrollado: la Tierra en realidad no es esférica ni cúbica, ¡es absolutamente plana! Y no solo es llana sino que además posee dos civilizaciones humanas (una distinta en cada una de sus dos caras), exactamente inversas respecto a sus características propias.

La esfera de agua. Autor: Alexandro Arana Ontiveros

De entre los interminables universos que encierran los años luz y las estrellas, surge la historia de un extraterrestre que anda buscando un regalo para su hijo. Pero no un regalo cualquiera, no, sino un regalo extraordinario. De esos que perduran por mucho tiempo en la memoria de quien lo recibe. Digamos que al menos un par de púlsares de duración.

Tal vez es un cumpleaños especial. O a lo mejor este año marca un logro importante para el muchacho dentro de las buenas costumbres de la sociedad interestelar a la que pertenece. No lo sabemos.

El caso es que el extraterrestre de nuestra historia se entera a través de su enciclopedia criogénica, que los trenecitos les encantan a los niños terrícolas. Y por supuesto, una idea muy loca viaja por su mente: robar un verdadero ferrocarril del planeta Tierra.

Toma su nave interestelar, arranca y luego de pulsar el botón de velocidad luz, aparece a unos cuantos de kilómetros de nuestro planeta. Luego envía un rayo de pesca magnética subatómica, y en breves segundos, varios vagones de un ferrocarril público, aparecen flotando en medio del hangar de su nave. Finalmente, mediante un extravagante artefacto alienígena, reduce el tren de pasajeros para su hijo.

Al regalárselo, su hijo se emociona mucho: el regalo ha sido todo un éxito.

Sin embargo, no conforme con el logro, aquel padre extraterrestre busca un nuevo regalo, algo mucho mejor: le ha gustado tanto la emoción de su niño que quiere repetirla. ¡Y luego los adultos nos dicen que nosotros somos los exagerados!

Luego de mucho investigar a través de sus lentes hiperaúricos a distancia, sobrevuela el océano y decide llevar a un delfín aislado en un trozo de agua a su nave. Apenas lo ve, el niño alien vuelve a quedar encantado. Y es que un ser vivo dentro de una esfera de agua es algo verdaderamente maravilloso, hay que aceptarlo.

Contarles que este padre extraterrestre busque un tercer obsequio resultaría ya chocante, así que dejémoslo ahí y digamos que tanto ajetreo lo ha agotado tanto, que se conforma con ver a su hijo saltando de alegría alrededor del pedazo de agua que contiene al hermoso delfín.

Su hijo está tan emocionado que ya no le hace caso al tren reducido.

Satisfecho, el padre inicia el viaje de vuelta a su sistema solar.

Al niño le encanta tanto su delfín vivo dentro de la esfera de agua que se la pasa observándolo por largos púlsares.

Embelesados los dos en la observación mutua (delfín y aliencito), se compenetran tanto que se vuelven uno sólo. Aliencito y delfín unidos en un único cuerpo físico: el del animal acuático.

¿Por qué pasó esto? ¡No lo sé! Tal vez porque se enamoraron demasiado el uno del otro, tal vez porque los delfines son extremadamente inteligentes y saben cómo hacer eso. O tal vez, porque esto es un cuento muy extraño.

Cuando el padre vuelve de su siguiente misión como consejero planetario, se aterra al no encontrar a su hijo: únicamente está el delfín dentro de la esfera de agua a la mitad del cuarto de su hijo.

Alarmado busca por toda su nave sin éxito. Vuela hasta la nave nodriza, se se fusiona con ella y lo busca por todos lados con el mismo resultado.

Presa de indescriptible desesperación, incluso vuela en escasos minutos luz hasta la Tierra para buscar a su hijo por toda ella mediante los más potentes lentes hiperáuricos existentes en toda la galaxia, pero no consigue hallarlo en ningún lado.

Sin éxito y completamente destrozado, vuelve a su nave (aún dentro de la atmósfera terrestre), y en un lapso de soledad, devuelve el delfín al mar con la idea de devolverle la libertad al que antes fue un simple regalo. (El atormentado padre desconoce que su hijo va dentro del alma del animal).

El alien emprende el camino de regreso: pone el piloto automático y con desgano, juega con el trenecito que le regaló a su hijo. Ni esto lo consuela. Al contrario, los recuerdos (ahora lejanos) de su aliencito lleno de risas, lo enfurecen a tal grado que avienta el tren contra un panel de hierro de la nave.

Asombrado, descubre a los diminutos pasajeros muertos al romper a la mitad uno de los vagones de tren. El padre triste es ahora un asesino de criaturas diminutas.

Las pequeñas manchas de sangre esparcidas por el muro logran hacerlo conectar con el dolor de los pasajeros… (algunos sobrevivientes aún respiran y se quejan dolorosamente).

Cierra los ojos e imagina… En su interior oscuro escucha un chirriar de ruedas sobre las vías, un crujir de metal sobre su cabeza y de pronto, al abrir los ojos, se descubre viajando en el tren junto a los pasajeros: el tren choca y todos los humanos a su alrededor comienzan, uno a uno, a sufrir. El extraterrestre es testigo de una niña que llora en los brazos de su madre y no puede hacer nada. En ese momento descubre contra qué (o más bien, contra quién) ha chocado el tren: un extraterrestre enorme juega entre sus manos con las víctimas del accidente.

Ahora lamenta profundamente cada una de aquellas diminutas muertes. Cierra los ojos y llora.

Cuando el intenso dolor cesa un momento, aprovecha para recuperar el aliento… Ahora lo entiende todo y ya sabe donde está su hijo. Por lo que decide solucionar las cosas: toma el sanador automático 5000 y curar a todos los pasajeros del tren, luego da vuelta a su nave y con la velocidad de la luz, regresa rápidamente a la Tierra con la firme idea de regresar los vagones del ferrocarril al momento mismo de cuando los robó, pero antes deberá borrar su memoria reciente para que no recuerden nada de lo sucedido.

Así lo hace.

Y cuando descubre mediante sus lentes hiperaúricos a la niña que abraza amorosamente a su madre viva de nuevo, vuelve a sentirse tranquilo y reconfortado. Ahora está listo para ir a buscar al delfín y a su hijo en todos y cada uno de los mares del planeta Tierra.

Luego de algunas semanas de intensa búsqueda por radar y pantallas holográficas, encuentra al delfín que antaño regaló a su hijo, y sin pensarlo dos veces, lo captura con el mayor de los cuidados. Así, el delfín vuelve a su antigua esfera de agua.

Los días pasan y el abatido padre no encuentra la manera de separar al delfín de su hijo.

En ocasiones se desespera y llora desconsolado, en otras se enoja y quiere matar al delfín; entonces es cuando el animal llora. Y es en una de esas ocasiones de lágrimas acuáticas dentro de la esfera de agua, que el padre conecta con el alma del delfín y descubre que en realidad es su hijo quien no quiere volver a ser aliencito porque le tiene miedo a su padre. ¡A su propio padre!, ¿pueden creerlo? Y es que a veces los padres extraterrestres son muy severos con sus propios hijos.

Esta terrible revelación lo destroza: va del enojo sin sentido hasta la depresión absoluta. Entonces decide volver a casa, a su planeta, con el delfín metido en ese pedazo de agua.

En resumen: se resigna a vivir sin su hijo. O más bien, con su hijo fusionado con el cuerpo del animal.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la solución a tan complicado problema?, piensa, y cada vez que se acerca al tanque, el delfín lo evita temeroso. El padre a su vez, mira hacia el tanque con tristeza y le sonríe en señal de disculpa.

Con esta acción y sin esperarlo, el padre crea curiosidad en el animal, quien se acerca a la pared de agua para observarlo.

El padre, con un atisbo de esperanza, le muestra al delfín una sonrisa más abierta, enorme. El delfín mira atento; esto hace despertar al niño, quien sale un poco del delfín (cada quien que se lo imagine como pueda) y empieza a sonreír junto con su padre, quien no es consciente que se ha acercado mucho hasta una mesa de la nave y al chocar con ella, se queja, se enoja y la patea en un arranque de locura instantánea. Obvio, el hijo se espanta y vuelve a esconderse dentro del alma del animal. Y el delfín huye hacia el lado contrario de la esfera de agua.

Todo lo logrado vuelve a perderse.

En completa desesperación y fuera de sí, (¿Otra vez? ¡Este tipo no tiene control alguno!), el padre extraterrestre decide volver a la Tierra para robar otro tren como regalo para su hijo, sólo que en esta ocasión, sin pasajeros.

El problema viene que cuando lo va a robar, descubre a las personas que se despiden de sus familiares a punto de abordar el tren y conecta con sus emociones. Francamente conmovido, no se atreve a robarlo y regresa a la nave, hecho pedazos por el fracaso. Ahora menos que nunca sabe cómo volver a estar con su hijo.

Tres derrotas significan demasiado para él, por lo que decide irse a vivir en el lado oscuro de la luna y se programa para dormir un sueño criogénico de mil millones de años…

Es así como empieza a soñar con un grupo de niños extraterrestres jugando a la ronda entre delfines: cada vez que uno de ellos es tocado por un delfín, le salen alas y vuela hacia el cielo. El niño se libera, y con él, su delfín sonríe y nada hacia el horizonte, celebrando su recién adquirida libertad también.

El marciano despierta exaltado y sudando, pero lleno de alegría: ¡ahora sí entiende todo en verdad! ¡No como antes!

Corre hacia la esfera de agua, se queda mirando al delfín por un largo rato… Muchos minutos, mucha paciencia. Lo necesario hasta que el delfín se acerca a él.

Entonces, con más paciencia aún, y como nunca antes lo había intentado, empieza a jugar con él: juegos de rondas, contándole historias, tratando de reír juntos. Incluso le canta (aunque no muy bien).

El delfín sonríe, y efectivamente, minutos después, ya ríen juntos: el padre, el delfín y su hijo. Todos al mismo tiempo, como una familia renovada.

El padre toma una decisión definitiva: con todo el temor que eso significa, libera al delfín en el mar abierto, y ancla su nave sobre la superficie del mar cerca del lugar donde lo ha liberado.

Así pasan horas, días, y hasta semanas.

Todas las mañanas juega con el delfín. Y en las tardes, le habla con mucho cariño mientras le enseña diferentes cosas que ha aprendido a lo largo de su vida. Por las noches, le cuenta historias fantásticas y llenas de magia.

Y constantemente ríen juntos: el padre, el delfín y su hijo dentro de su delfín. Todos al mismo tiempo, como una familia renovada.

Esta dinámica continua hasta que una noche, el delfín se acerca y a la luz de la luna, acaricia al padre extraterrestre con mucho amor para después alejarse nadando. Brinca a lo lejos en un símbolo de agradecimiento.

El padre, aunque está triste porque sabe que nunca más volverá a estar con su hijo, se siente satisfecho por la buena obra realizada: ha dejado en libertad a los dos y ya no es rencoroso.

Cuando el marciano comienza a llorar por su aliencito perdido, baja la vista y le viene de improviso una increíble idea: una pequeña chispa que con rapidez crece dentro de su mente.

Entonces sonríe a más no poder y corre emocionado hacia el interior de la nave: allí, en su cama de siempre, descubre a su hijo durmiendo.

Lo toma entre sus brazos y lo arrulla de la manera más amorosa que cualquier ser vivo del universo lleno de estrellas pudiera imaginarse.

Padre e hijo están juntos nuevamente.

Y este padre ya ha aprendido la lección: nunca más dejará que su falta de control pueda alejarlo de su aliencito.

El desenlace poco importa ya: padre e hijo podrían regresar a su planeta juntos. O bien, podrían viajar a través de los mares de la Tierra para regocijarse con las bellas imágenes. O tal vez, hasta podrían buscar nuevamente al delfín para un último encuentro de amistad.

Esto que lo decida cada quien, pues las historias son nuestras cuando las vivimos en nuestra imaginación.

Entre dos continentes. Autor: Ruth Escamilla Monroy

El viaje empezó en la oficina, en una tarde de extenuante revisión de trabajos académicos. En una pausa para no enloquecer, Álex descubrió precio especial en los vuelos a Estambul. Era en ese momento o nunca. Mi estancia laboral en Pekín estaba por terminar y debía despedirme del Oriente de forma épica. Además, faltaba poco para nuestros cumpleaños, así que se tejían los argumentos para hacer el viaje. Dije sí y una vez comprados los boletos, nos dimos a la tarea de buscar información del lugar de la escala y del destino. Los dos tienen frontera con países en conflicto. Para viajar a Turquía, la embajada de nuestro país recomendaba dar itinerario detallado a los familiares y no visitar ciertos lugares por seguridad. Unos meses antes había explotado una bomba en el aeropuerto Atatürk de Estambul.

Para evitarles temores a nuestros padres que viven en México, decidimos informarles con detalle solo a los colegas españoles que se habían convertido en nuestros hermanos en aquella aventura de enseñar nuestra lengua en China. En menos de 15 minutos completamos el trámite de visa de forma electrónica. El viaje sería una locura, dos días para transporte y dos días completos en la ciudad más deslumbrante, establecida en dos continentes.

Empezamos la aventura. La línea aérea nos sorprendió por su personal físicamente perfecto, impecable y con unos modales que no entendíamos. Nos hablaban en una lengua desconocida por nosotros y solo cuando veían nuestra incertidumbre usaban el inglés. Sonreían poco. Disfrutamos el trayecto y aprendimos sobre Azerbaiyán, el país de nuestra escala. Volábamos a su capital: Bakú, que sería sede de los Juegos de la Solidaridad Islámica, una competencia deportiva que existe desde 2005. Descendimos sobre casas perfectamente pintadas, con grandes áreas verdes y entre calles bien trazadas. Heydar Aliyev es un aeropuerto que invita al viajero a quedarse en el país, para conocer más. Para saber por qué las tiendas de recuerdos tienen la forma de capullos, por qué hay tejidos de lámina de madera decorando los espacios interiores, por qué hay sillas de descanso con forma de jaulas de pájaros abiertas o a qué hora se bebe el té rojo que venden en las tiendas libres de impuestos. Cada vez estábamos más emocionados. En las pantallas se anunciaban vuelos a lugares como Dubai, San Petersburgo o Bagdad. Para Álex era el segundo viaje a Estambul, por eso quería que yo fuera, porque me conoce bien y sabía que me iba a enamorar.

Al llegar al aeropuerto de Atatürk, me emocionó la diversidad de viajeros que hacíamos fila para pasar migración y empecé a buscar los rostros de Héctor, París, o Suleimán el Magnífico en la fila de los nacionales. No podía contener la emoción al pensar que iba al país de donde había leído tantas historias en la clases de literatura y arte. Tomamos el metro y cuando salimos del subterráneo abordamos el tranvía y apareció ante nosotros la vida cotidiana. Los alrededores de Estambul, las mezquitas, la inconfundible bandera roja con la media luna y la estrella, la vieja muralla y poco a poco la ciudad, con la entrada al Gran Bazar, la Basílica Cisterna, Santa Sofía, la Mezquita Azul… Ver pasar a la gente que vive ahí, acostumbrada a la milenaria historia de sus muros, a esas aguas que surcaron personajes legendarios y caminar como si nada, siendo parte del encanto. Ojos asombrados de viajeros, el viaje era físico y mental. La imaginación desbordada luchaba con la razón que trataba de entender los letreros, de grabarse las estaciones, de meter todo al almacén de la memoria para luego evocar los recuerdos que empezaban a formarse ahí, en el tranvía.

Descendimos, teníamos que buscar el hotel para dejar nuestras cosas y poder salir a la ciudad. En un momento más caería la tarde. Paramos en un restaurante para comer y orientarnos. Llegamos a nuestro lugar de hospedaje, justo frente a una mezquita, como tantos lugares de Estambul.

Hay que escribir un párrafo aparte para hablar de la belleza masculina. Los ojos no descansan. Por todos lados aparecen miradas oscuras, cejas pobladas, espaldas anchas, aromas intensos, barbas cerradas, grupos de hombres, parejas, tríos, dueños de las calles, sonrientes, coquetos, ruidosos.

Caminamos. Atravesamos el Cuerno de Oro, en cuyo puente nos sorprendió la cantidad de pescadores con caña que día y noche forman parte del paisaje. Las seis de la tarde nos dieron ahí, en el Puente Gálata entre las fotos de un paisaje jamás visto por mí, un sitio donde el islamismo predomina en la arquitectura y en el aire: se activaron los altavoces de las mezquitas y empezó el llamado a la oración en árabe. No había manera de olvidar que estábamos en un lugar muy distante de nuestro país, de nuestro lugar de trabajo, estábamos en Estambul, Constantinopla, Bizancio.

Llegamos al Bósforo, con sus aguas oscuras y poderosas. En la orilla, un hombre anunciaba lo que creímos que era un paseo en bote y no dudamos en abordarlo. Eran los primeros días de diciembre, así que bien cubiertos permanecimos en el segundo piso, intentando hacer caso omiso del frío, hipnotizados por las luces que iban iluminando la noche creciente y que se reflejaban en el agua. Llegado el momento, bajamos a la cabina y recuperamos el calor con otros pasajeros, alrededor de un enorme recipiente de çay, el té turco de color rojo, aroma atractivo y vapor reconfortante. Descendimos en un punto diferente al de partida y nos topamos con una mezquita abierta. La sola entrada al patio me hizo sentir recogimiento, también la oración que alcanzaba a escucharse. No era momento de pasar.

Seguimos andando y llegamos al corazón de la ciudad, la plaza de encuentro entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. Nos entregaron su exterior iluminado y la promesa de dejarnos disfrutarlas otro día. Encontramos también el antiguo hipódromo romano, donde la altura del obelisco traído desde Egipto nos tenía con la boca abierta. Esa debía ser la intención del emperador Teodosio, hacer notar el poderío de su imperio al ser capaz de transportar semejante mole de piedra a tantos kilómetros de distancia. Bajamos por la avenida Alemndar y disfrutamos con la vista de las vitrinas de tiendas de té, cafés, textiles, delicias culinarias, postres, recuerdos. Anduvimos hasta que la noche se fue poniendo muy sola, pero en el puente seguían los pescadores.

Un desayuno inesperado nos dotó de fuerzas, si es que las necesitábamos. Una tabla de quesos, miel, mermeladas, pan, embutidos, aceitunas negras, pepinos y tomates frescos nos esperaba a cada uno en el pequeño café del hotel. Por supuesto, nuestro çay lo acompañaría, servido en un vaso de vidrio y sobre un plato blanco con decorado rojo, la manera típica de ofrecerlo, me dijo Álex. Éramos las únicas personas que habían madrugado, así que la atención del encargado se centró en nosotros y nos confió abiertamente su postura política, su desconfianza hacia los medios de comunicación y hacia ciertos gobiernos imperialistas que tergiversaban datos para asegurar su poderío económico en la zona. “Quieren que tengamos miedo, pero nosotros no tenemos miedo. Si nos dicen que no salgamos, nosotros nos vamos a la calle a demostrar que estamos listos para todo”.

Aunque las recomendaciones de la embajada decían que evitáramos la plaza Taskim, tomamos el funicular y descendimos en ella. No podíamos perdernos la emoción de ver ondear la hermosa bandera turca y admirar los monumentos. Al fondo de una de las calles que desembocaban en la plaza se veía el Bósforo, como llamándonos.

Esa mañana decidimos dejarnos llevar y sin ruta establecida tomamos la primera calle comercial, llena de establecimientos de döner. No pudimos dejar de agradecer la herencia turca en México, pues una de las cosas que más extrañábamos eran los tacos al pastor, en los que la carne se cocina igual. Las láminas se insertan en una varilla y el fuego las asa en forma vertical. En Turquía se usan panes de harina de trigo para acompañar la carne; en México, con ella se rellena un taco de maíz. Con los ojos nos comimos los aparadores de delicias espectaculares de coco, nuez, pistache, almendras y más. Después de un rato, decidimos entrar a Saray Patiserie y disfrutamos un café intenso, aromático, y un par de postres que compartimos para no quedarnos con las ganas, uno era de leche a la plancha y el otro era una fiesta de frutas, semillas y budín.

Fue una gran sorpresa encontrar dos templos católicos en la misma calle de Istiklal cuando pensábamos que hallaríamos mezquitas. Luego nos topamos con una librería de tres pisos, de madera, una belleza. Nos encantó encontrar libros de escritores latinoamericanos, ediciones de El Quijote y biografías de Frida Kahlo. A ella la vimos también decorando camisetas y bolsas. Probamos un döner en pan pita, eran bocados de felicidad, con un escalón por asiento, viendo pasar la vida cotidiana de los ciudadanos y los pasos pausados de turistas como Álex y yo.

Continuamos por Galip Dede, una pequeña calle cuesta abajo llena de tiendas de instrumentos musicales y cafés bohemios. Entramos a un cementerio que diferenciaba las tumbas de hombres y mujeres por el decorado de sus lápidas. Tanto las tumbas como las inscripciones doradas en el muro de entrada y los gatos merecen detenerse unos minutos a tomar fotografías.

Nos acompañaba el viento en nuestro recorrido, empujó nuestros pasos luego de la pausa y casi nos arrebata el móvil en el mirador de la Torre Gálata. La vista desde ahí es imperdible, 360 grados de Estambul, de sus mezquitas, de su cielo que ha sido testigo de siglos de historia, de las aguas que la dividen y la unen, llenas de embarcaciones. Ahí en la torre conocimos a dos argentinas, viajeras jubiladas que empezaron su ruta desde el norte de Turquía. Venían llenas de asombro, de fotos y de historias. Continuarían su viaje al sur y una se iría en crucero a Grecia. Álex y yo volveríamos a Pekín porque debíamos regresar al trabajo en cuanto bajáramos del avión, pero estábamos en Estambul e hicimos lo necesario para visitar la mezquita de Süleymaniye.

Valió la pena tomar transporte, atravesar un puente, subir una colina. La hora del atardecer se acercaba. Álex ya la había visitado y tenía la seguridad de que yo la amaría. Además del asombro ante la arquitectura y la decoración, unos voluntarios nos recibieron amablemente y con la disposición para explicarnos en inglés el significado de la caligrafía, los modos de oración, los principios de la religión islámica y regalarnos un ejemplar del Corán en nuestra lengua. Sintiendo una armonía en el alma, caminamos por los jardines con árboles centenarios y césped perfecto. Vimos los cambios de color en el cielo que despedía a la tarde y entramos en Lalezar Çay Bahcesi, un espacio para beber çay y fumar, escondido en un patio antiguo al que se baja por una escalera de piedra. Un sitio para hombres que fuman, beben, charlan y miran.

Nos dejamos llevar por la gravedad de una cuesta y llegamos al Gran Bazar. No tenía idea de lo bien que le queda el adjetivo, aunque mi papá ya me lo había advertido. Se necesita tiempo para recorrerlo, un bolso lleno de dinero y un convenio con una paquetería que se lleve todas las compras que una persona desea hacer. O bien, ir con poco tiempo, poco dinero,  ganas de llenarse los ojos y luego contar las maravillas vistas. Como en mi caso. Desde antes de entrar, ya quería comprar un tapete rojo, majestuoso. Adentro, deseaba lámparas, blusas tejidas a mano, pañuelos, sacos de especias, bolsas de té de rosas de Esparta, dulces, alhajeros labrados, joyas, un cuadro con los 99 nombres de Alá, un vendedor que me prendió del pecho un ojo turco, vajillas, bolsos, paquetes de café, tanto que admirar, entre puestos, gente y arquitectura. Sabiendo que volveríamos al día siguiente, nos fuimos cuando empezaron a apagar las luces. Afuera, el cielo oscuro me regaló una media luna turca y una estrella. “Dios no nos deja con ganas de nada”, me rondaba la voz de mi madre en la cabeza.

Repetimos la caminata nocturna por la avenida Alemndar, para decirle a Santa Sofía que al siguiente día la visitaríamos, para pasar junto a la muralla del palacio Topkapi, para llenarnos los ojos con lo que hay detrás de cada vitrina, en cada muro y tomarnos un sahlep, una deliciosa bebida caliente, blanca, hecha con especias y leche. El vendedor era un gran conversador, orgulloso de sus productos. Nos dejó ver la tienda y preguntar todo lo que quisimos sobre los tés y condimentos que ofrecía. No nos persuadió a comprar nada, como sí lo había hecho un joven calles arriba. Ofrecía un té para el amor y su disposición a probar conmigo su eficacia.

Antes de llegar al hotel, paramos en un bar al que los empleados nos invitaron a entrar mientras bailaban en la acera al ritmo de música electrónica con tintes turcos. Algo así como el estilo de Tarkan, quien causó furor en México a finales de los noventa. Disfrutamos la velada en aquella calle oscura, en aquella terraza por donde entraba gente y no salía. Buena música, buen ambiente y excelente compañía, Álex y yo, con la promesa de seguir cumpliendo 28 años cada diciembre.

Ese día teníamos nuestra cita con la basílica y mezquita más famosas: Santa Sofía y la Mezquita Azul.  Desde el jardín de la entrada ya se siente la magnificencia del edificio de Ayasofya, dedicado a la sabiduría divina. Los minaretes son altísimos, te obligan a elevar los ojos y encontrarte con el cielo. En el suelo están los restos de la decoración romana de la primera iglesia ahí edificada por Constantino en el siglo IV. Atravesar la puerta y encontrarse en sus pasillos desnudos es una preparación para lo que viene. Si se sigue el pasillo hacia la puerta suroeste, un espejo al frente devela lo que hay sobre la cabeza, el mosaico de la Virgen María con el Niño Jesús en sus rodillas, custodiada por los emperadores Constantino y Justiniano. Si se sigue la dirección opuesta, se encuentra una rampa que lleva al encuentro de lo indescriptible: el interior de la basílica, desde el segundo nivel, con la luz que entra por la cúpula, con la Virgen y el Niño Jesús al fondo en el ábside y la caligrafía árabe en unas gigantescas tablas al centro.

En el interior conviven en armonía las manifestaciones del arte de dos poderosas religiones. Desde un balcón al que conduce la rampa, la emperatriz y las mujeres de la corte asistían a los oficios religiosos cristianos. Después de atravesar una enorme puerta de mármol labrado, se llega al balcón destinado a la alta jerarquía religiosa y al muro en el que Jesucristo está en el Juicio Final, a sus costados San Juan Bautista y la Virgen María muestran su aflicción por quienes serán juzgados. Aunque gran parte de las teselas del mosaico fueron retiradas, los rostros son expresivos. A pesar de haber visto el arte bizantino en mis clases de arte y literatura, nada se compara con estar de pie frente a ellos, mirar su entorno, la forma como se integran con el espacio, la manera oblicua en que les da la luz de la mañana, la profundidad y el volumen de las imágenes y las emociones de los rostros. Un poco más adelante se encuentra el mosaico que presenta a Cristo en su trono, con la emperatriz Irene y el emperador Juan II. Al final del pasillo hay una pequeña ventana hacia la nave principal, desde ahí se aprecia de cerca la perfección del rostro de la Virgen María, sentada en su trono y con el Niño Jesús. Como fondo, infinitas teselas doradas enmarcan la majestad de la escena en el ábside.

Una vez en la planta baja, los ojos no saben hacia dónde dirigirse. Dondequiera hay algo que admirar. La altura de la cúpula, las columnas de diferentes colores, los candelabros, las decoraciones del piso, las alas de los ángeles junto a las tablas de caligrafía más grandes del mundo, el lugar donde el sultán oraba,  el mihrab que indica hacia dónde está La Meca y el minbar con su escalera de mármol, desde donde se dirigía la oración, los mosaicos,  los gatos que parecen parte del museo, las imágenes que vienen a la mente de todos los acontecimientos ocurridos.

Antes de salir, otro mosaico nos aguardaba, Cristo Pantocrátor, o Señor del universo, vestido de blanco y en un trono ricamente adornado, con un emperador a sus pies en actitud de adoración. Afuera, sigue la belleza al contemplar la fuente de las abluciones, circular, de mármol, herencia del arte islámico.

Hacía un día espléndido. Caminamos un poco. Cruzamos una puerta de la muralla del palacio Topkapi y, luego de atravesar un jardín con árboles añosos, llegamos a la basílica Hagia Irene o de la Santa Serenidad. A pesar del recinto de donde veníamos, esta sencilla construcción de paredes no decoradas y completamente vacía nos dejó muy claro el estilo arquitectónico bizantino y el origen de su nombre. En sus muros, las múltiples ventanas con arco de medio punto permiten el paso de los rayos de luz. Hay silencio, contemplación de las sensaciones de tranquilidad que ahí se producen. Se considera la primera iglesia cristiana de Constantinopla y se mantiene de pie. Puede verse en ella el germen de la estructura de Santa Sofía.

Admiramos la muralla del palacio y salimos por una calle en la que había vestigios de columnas y capiteles romanos, además de gatos que tomaban el sol sobre aquellas piedras que alguna vez sostuvieron edificios. Nos sentamos a pensar en el tiempo y a escuchar el graznido de los cuervos hasta que el hambre nos llevó a una terraza vecina de la avenida Alemndar, por donde habíamos caminado tantas veces. Un hombre muy amable nos ofreció un precio especial en los platillos típicos y un jugo de granada. Nos decidimos por unos pinchos de cordero y berenjena, cuyo sabor nada ha podido superar. También quisimos probar el testi, un recipiente de barro que se rellena con carne, verduras y salsa. Se sella y se cocina a las brasas. Es un espectáculo ver llegar al camarero  con una mesa rodante en la que hay brasas y cenizas debajo del recipiente. Poco a poco lo hace girar, le da golpes en la boca y cuando cambia el sonido de los golpes, la parte superior se rompe y deposita el contenido en el plato.

¡Qué tarde! No queríamos movernos para seguir contemplando. Estábamos en el corazón de Estambul, con una vista inmejorable, disfrutando una comida deliciosa cerca de un calentador que nos hacía más agradable el ambiente. Cerca de nosotros, un joven sacaba hilos de helado de una garrafa, los estiraba, les daba vueltas y los devolvía para que siguiera el proceso de nevado, se trata del dondurma, un postre artesanal turco.

Cuando nuestro itinerario nos hizo levantarnos, fuimos hacia la Basílica Cisterna Yerebatan, bajo la tierra, tal como un aljibe, pues fue hecha para ese fin. Está sostenida por columnas decoradas, estéticamente colocadas, como si no se tratara de un almacén de agua, sino de un palacio. Como el sitio subterráneo que es, resulta oscuro y al caminar sobre una pasarela a pocos metros del agua, la humedad se deja sentir, se escuchan gotas. Parece que esconde secretos, parece el palacio de seres mitológicos y más cuando se ven los letreros que anuncian la proximidad de dos cabezas de Medusa. La emoción crece y ahí donde hay más gente congregada se ven, como base de dos columnas, con huellas de agua y con limo. Medusa petrificaba a quien la mirara a los ojos y al verse en el escudo de Perseo, ella misma se volvió de piedra. Sus ojos sin mirada parecen dominar el espacio subterráneo. Más allá, otra columna llama la atención; tiene lágrimas grabadas. Se dice que es un homenaje a quienes murieron en la construcción de esa obra civil imponente, pero casi secreta. Salimos de ahí para volver a elevarnos.

El siguiente punto de visita era la Mezquita Azul, o Sultanahmet Camii. Ya había aprendido que para entrar a una mezquita se requería un atuendo especial. En lugar de molestarme, me gustó el hecho de prepararme desde el exterior para vivir la experiencia. Una larga fila de mujeres esperaba recibir un velo, también una falda, si su atuendo inferior era corto o ajustado. Hombres y mujeres debían tomar una bolsa de plástico para guardar su calzado y poder entrar a un suelo mullido, cubierto con tapetes. La estructura recuerda a la de las basílicas que habíamos visitado por la mañana, pero la decoración introduce de lleno al arte islámico: figuras geométricas y caligrafía embellecen ese espacio sagrado, también los enormes candelabros a baja altura. Estando en un sitio así es difícil no pensar en lo divino. Más que tomar fotografías o video, ese lugar es para contemplar, para meditar, lo cual resulta un poco complicado con tantos turistas, pero puede hallarse el espacio para sentarse en el suelo y llenarse de paz.

A unos metros, vuelve a encontrarse el bullicio de la ciudad, los restaurantes con espectáculos tradicionales, las tiendas de tapetes probados por gatos que descansan en ellos. Fuimos de nuevo al Gran Bazar para seguir admirando. La bóveda estaba decorada de formas diferentes en cada pasillo recorrido. Había pequeñas fuentes de abluciones de mármol así sin más, entre sillas de madera o de plástico, entre paquetes con mercancías. Nos sentamos en un puesto de café a disfrutar de esa bebida y de un par de postres hojaldrados, con nueces y almendras. Ahí estuvimos, mirando pasar vendedores, clientes y viajeros hasta que llenamos nuestros ojos y salimos.

Era la última tarde en la ciudad de nuestros sueños, a la que habíamos hecho nuestra gracias a Álex, su amor por los viajes y su naturaleza de ángel guardián. Nos despedimos de ese espacio por el que habíamos pasado desde el día de nuestra llegada. Tomamos el tranvía como entonces y dijimos adiós a los lugares que acabábamos de visitar, a nuestra querida muralla, a los escaparates.  Bajamos cerca de la terminal marítima. Queríamos despedirnos del Bósforo y estar entre dos continentes dentro de la misma ciudad. Tomamos una embarcación que nos llevó a la parte asiática de Estambul. Vimos las aguas oscuras y agitadas, las luces que se encendían y se reflejaban en ellas. Caminamos disfrutando la noche y tomamos el Marmaray. Se trata del tren submarino más profundo de Europa. En unos tres minutos estábamos de nuevo en el Viejo Continente.

Caminamos por el Puente Gálata, esa vez por su nivel bajo, en el que hay restaurantes y bares. Entramos en uno, con los ojos melancólicos, para ver las luces y las sombras de Estambul. Subimos a la parte superior a despedirnos de los pescadores. En el nivel bajo habíamos visto los cáñamos tensos y los anzuelos en su ascenso y su descenso. Ahí estaban ellos con su impermeable, con su abrigo, con sus hijos. Diversos vendedores ambulantes les permiten conservar la temperatura y el vigor para seguir ahí, esperando llenar sus cubos. Dijimos adiós a la noche.

Yo había querido ver el cielo del amanecer, pero las mañanas anteriores habían estado nubladas, esa no. Del azul, pasó al rosa, al lila, al violeta. Salió el sol entre cúpulas y minaretes. El desayuno nos esperaba y también las maletas. Abordamos el tranvía, con un hilo más en el entramado que une nuestras vidas, sabiendo que algún día volveríamos por el pedazo de alma que dejamos entre dos continentes.

Saigón. Autor: Ruth Escamilla Monroy

Siempre hay más de una versión de las cosas. La mía sobre Saigón era la de Marguerite Duras, la  del deseo y la despedida. Su voz, sus palabras, con el ritmo del aire, de la lluvia, con pausas, con las regresiones a que obliga el recuerdo. Ese río que concibe inmenso, ese aroma de las calles, el calor insoportable y la lluvia persistente. Persianas y el ruido de la ciudad que se cuela en la intimidad del encuentro entre los amantes. Así era Saigón en mi mente. Con las palabras del libro crucé el cielo desde Pekín hasta Ciudad Ho Chi Mihn. La calma tras la turbulencia fue escuchar con mis auriculares a Tchaikovsky, Bethoveen y Ravel, mientras contemplaba las luces y las sombras de la noche ¿acaso era el río o eran las siembras y árboles que circundan la ciudad? No lo sé, pero los senderos de focos me llamaban tanto como la oscuridad. Al fondo del cielo iluminaba la tormenta. Amenazaba, pero no llegó, solo el calor espeso al salir del aeropuerto. Viajar por la ciudad de noche, era Vietnam, pero no se parecía a Hanoi.
Por la mañana, esperar el autobús en la avenida surcada por incontables motos. Era temprano pero el sol ya llevaba varias horas sobre el cielo.  La ruta por la carretera, la sorpresa de ver tumbas entre los cultivos. ¿Qué será ir a la labor y reencontrarse cada día con el recuerdo del padre, de  la madre, del hijo que se adelanta, de la esposa, del hombre que fue? ¿Qué dirá la comunidad cuando en unas tierras ve una sola tumba, tres en otra o seis? En Saigón no hay tierra, dijo el guía, ahí la cremación lo resuelve, pero en el campo, los muertos se quedan ahí en su tierra sepultados. Fue extraño pensar en la muerte, en un lugar que ofrece tanta vida.
Paradores de artesanías, frutas, café, palmeras, caminos de barro. Llegar al río, extasiarse.  Los botes de madera se mecían y se tocaban, suaves o violentos, a su ritmo. El Mekong arrastra y deja vida desde las alturas del Tíbet hasta entregarse al mar. Hay incontables labores en sus orillas. Es café, tibio, su lodo parece el que vio nacer al hombre. Hay frutas, cantos, miel, serpientes, ¿no era así el Paraíso? Hamacas bajo la sombra. Como para quedarse. Imposible no pensar en el ruido del barco, en la baranda del transbordador, en el chino del norte, en los zapatos de baile de la niña sin nombre. “Ese río”, así lo dice la novela. Dejarse mecer.
Luego, la vuelta a la ciudad y la piel cubierta de agua, de sudor que corre, pero hay tanto en las calles, la prisa de las motos, los conductores que viajan, comen, descansan, conversan, duermen ahí en el asiento. Los que llevan gente, jaulas, cajas, lo más inverosímil en un transporte tan pequeño. El desparpajo de calcetines y sandalias, una despreocupación que cautiva. Y la belleza también en otras formas, las de lo viejo que resiste al clima y al tiempo. Lo moderno de cristal que crece hacia el cielo y lo francés, los balcones redondos de hace cien años, el puente de metal, la oficina de correos, la calle de los libros, el café negro intenso, lo dulce y amargo del té.
Cae la tarde y los obreros toman sus alimentos en la acera, frente a la obra. Cascos y uniformes, hombres en sillas bajas, sonríen, disfrutan. Se hace de noche y el río Saigón vuelve a la vida, en sus orillas la gente lo contempla sentada en el suelo, cenando alguna delicia callejera. Navegan botes con música y con fiesta. Hay gente en todos lados, bajo el puente, sobre el puente, navegando, caminando y hay quienes van a la explanada, ante la mirada de bronce de Ho Chi Minh. Los niños persiguen burbujas que vuelan,  corren o patinan. Dondequiera hay vida. Las terrazas y los bistrós se llenan de parejas y de amigos. Voces. Es noche y el calor no desaparece, tampoco invita a dormir.
Muy temprano la luz nace, la vida no para. El rumor de motos persiste. Caminar, salir, antes de que el sol obligue a cambiar los planes. La historia milenaria en el Museo de Historia, piedras vueltas herramienta, con la ayuda de otra piedra. Tambores y cuchillos, guerra. Pendientes y pulseras de jade, belleza. Shiva que abraza a su esposa sentada en su pierna y los más antiguos budas de madera, preservados por el Mekong, la invasión mongola, la presencia China, la separación, la guerra, la reunificación.

La calma del mediodía, el silencio. Los amantes en el barrio chino.

Contra la inmediatez de la comunicación a través de la tecnología, la escritura a mano persiste y cientos de personas se toman su tiempo para mandar saludos, besos, abrazos, cariño desde la Oficina Central de Correos. Por la calle, las novias lucen sus vestidos blancos frente a Notre Dame.
Siempre hay más de una versión de las cosas. También está la de los artistas, los pintores y escultores del Museo de Bellas Artes.  Acuarela sobre seda, laca sobre madera, piedra que cuenta sobre los hogares rotos, sobre los hijos muertos, sobre las mujeres en batalla, sobre los niños armados. Un tríptico, la madre anciana con el campo vacío tras ella. Al centro, una mujer y un soldado en el abrazo de la despedida. Luego, una mujer que llora ante un campo de tumbas. Un recuerdo de 1968, un padre con su hijo en brazos y las manchas de óleo aplicadas con furia por el lienzo.
Volver a la calle, sentir el bullicio del mercado Ben Thanh. Aromas y texturas, sabores. Hay de todo, para el que vive y para el que visita. Seguir andando. Contemplar los edificios afrancesados de la novela, los parques para intercambiar miradas, palabras, besos.
La noche cae en un bote, con las luces de Saigón al frente. Dejarse mecer por el río. Dejarse tocar. La lluvia, tibia como un cuerpo. El inmenso deseo de quedarse.

El deseo crece con lo que no se tiene. En ese libro se sabe. Esta ciudad encanta, se queda. Se fueron conmigo las palabras de la novela. El aroma de Saigón, su humedad y su calor permanecen.

De viajes. Autor: Ruth Escamilla Monroy

Ríos de gente por el cauce de la Ribera de Curtidores, puestos y más puestos. Indignación al ver objetos chinos, me prometieron un mundo de antigüedades, de objetos singulares, esto mismo lo puedo ver adondequiera que vaya. ¿Dos horas para hacer este recorrido? ¡Hombre, ni que tuviera  tanto tiempo libre como para estarlo perdiendo aquí, habiendo tanto que hacer en domingo! Sabe que Laura piensa lo mismo pero las tres son equipo y es su primer domingo en la ciudad. Estremecimiento al pasar por el minúsculo expendio de aceitunas con sus tentadores aromas. Mucho sol. Un puesto de patucos de Málaga entre infinidad de mercancías que ha visto tantas veces.  Quizá no sea pérdida de tiempo, por ver no se paga, total, no cualquier día estoy en El Rastro de  Madrid. Detenerse a esperar que Linda se emocione comprando vestidos hindúes, mascadas de a euro, sandalias… Por fin un bazar con mesas en la calle y su exhibición de discos de acetato, lámparas de los ochenta hacia atrás, vestidos típicos. En el interior, paraíso de libros usados.

― ¡Vamos, Laura, libros!

― De aquí somos, mi Lu, que Linda siga probándose todo lo que quiera.

Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca para mí, sin duda; Villancicos del Siglo de Oro para mi mamá; cartitas de álbumes de los setenta para mis hermanas; un soldadito medieval de plástico para Andrés; unas muñecas de papel con vestidos regionales para Fher; ¡una edición especial de comedias de Lope de Vega para mí! No, no me alcanza, este se queda, con todo el dolor de mi corazón… Laura encuentra El libro de buen amor en papel amarillento, entre otras maravillas. Afortunadamente Linda las localiza. Es difícil querer llevar tanto y saber que el presupuesto está contado. La beca no cubre gastos de estancia, solo colegiatura y viaje. Siguen cuesta abajo asombrándose a cada paso. A los lados, calle de marcos y espejos, calle de zapatos y ropa usada, calle de aparatos electrónicos. Puestos en el suelo: monedas, pines, un plato oxidado con pequeños muñequitos desnudos. “Perturbador”, escucha decir a Laura.

Al puesto siguiente. ¿Venta de vestidos para Nancy? De esas muñecas no tuvimos en México, que yo recuerde.  Parece que esto no se acaba. El gusto la invade. Un puesto de fotografía. Cámaras Minolta y un universo de modelos anteriores. Cajas de cartón con fotografías. Unos retratos familiares en blanco y negro la llaman. Ni Laura ni Linda se emocionan. ¿Cuál sería su historia? ¿Fueron felices? Aquí falta la abuela, ¿de qué se habrá muerto? Gatitos jugando. ¿Dónde será esto? Un árbol solitario en medio de un valle. Una imagen conocida e insólitamente colocada en aquella latitud le abre la boca de asombro: ¿el  Monumento a los Niños Héroes? ¡No es posible! ¡No había ni una casa atrás! ¿De cuándo será esto? ¿Y esta es la Catedral de Guadalajara? ¡Sí! ¡No! ¡El Teatro Degollado con un mural  moderno en el frontón de la fachada! ¡No es cierto! ¿Cómo llegó aquí esto?

  • ¡Miren!

No están a su lado. Prefirieron el puesto de enfrente, de cualquier forma, no se sorprenderían, las tres becarias son de ciudades diferentes. Pregunta por el precio.

Imposible. No me la puedo llevar. No puedo pagar eso. ¿Dónde están estas mujeres?  Alcanzan a ver su angustia desde la esquina. Se acercan.

Esta foto, es histórica, jamás había visto una imagen del antiguo decorado del Teatro Degollado. Pero ni en sueños me alcanza, me acabé lo de hoy en el primer puesto.  ¿Cómo andan de dinero? ¿Me completan?

A mí me queda esto.

Yo ya solo traigo lo de la comida, tómalo si te sirve.

Con lo mío, no es posible. Voy a tener que tomarle unas fotos con el teléfono. No hay modo de comprarla.

Ya no es igual de brillante lo que queda de El Rastro. Ni modo, total, ya traigo algunos regalos, el libro de Lorca valdrá la pena y aquí tengo la imagen. Es demasiado dinero por una foto. Pero a lo mejor vale mucho más que eso y no la aprecian porque no saben lo rara que es. Bueno, ni aunque quiera, me acabé lo de la semana y lo de los regalos.

Supéralo, yo no pude traerme tampoco todos los libros que quería. Además, ¿para qué? Luego ya me las vería con el exceso de equipaje. Anímese, mi Lu. No podemos tenerlo todo.

La voz de Laura no la consuela, pero le alegra ver a Linda realizada con sus repletas bolsas de compras. Regresan al hostal. Hora de dormir. No duerme. Enciende el teléfono para ver la foto. Por las prisas no salieron claras las imágenes. Alcanzan a verse unos rayos al centro del frontispicio del teatro. Pues ¿qué representarían?, ¿quién lo habrá hecho?, ¿de cuándo es esto?  Intenta encontrar detalles. Se le cierran los ojos. En sus sueños, avanza por una calle que no reconoce.  Da vuelta a la derecha. No tarda en amanecer. Se para en la esquina.  A su izquierda, el Teatro Degollado,  7 columnas de cantera sostienen un triángulo del mismo material. ¿Qué imágenes reproduce? La luz no es suficiente. Se acerca más, fuerza la vista. Una moto cruza y hace sonar la bocina antes que ella baje de la banqueta sin darse cuenta, como imantada. El sonido persiste. Instintivamente alarga la mano. Toma el frío objeto que vibra. La pantalla le recuerda que está en Madrid y son las 6:30, hora de levantarse.

¿Eso soñaste? ¡Qué obsesiva!

Bueno, se entiende, es impensable que alguien va a encontrarte con el pasado remoto de su ciudad en otro continente y en el lugar más inesperado.

Todavía no puedo creerlo. Ya vámonos que no llegamos a clase.

Camino a la escuela, la parada acostumbrada para comprar tres churros por 50 centavos y acompañarlos con un cuartito de leche, de marca propia, para que alcance el dinero. Andar por la ruta que las fascina, el fresco de la mañana, tantas fachadas distintas, transeúntes, tiendas, pasos peatonales, el barrio de Argüelles.

La noche del lunes, en su sueño alcanza a ver sus zapatos de raso avanzando por el adoquinado. Casi llegando a la esquina se suelta la lluvia y la obliga a detenerse. Otra vez la interrumpe la alarma.

Son contados los momentos que tiene para usar internet. Toda la mañana están en clase y por la tarde aprovechan para recorrer la ciudad, asombrarse y tomar fotos hasta de las tapas de las alcantarillas. La conexión en el hostal no es buena. Intenta con distintas frases de búsqueda. Ni una imagen. Escasamente aparece una foto del teatro con el frontón  en blanco. Eso es raro, nunca había visto el teatro sin los relieves de Apolo y las musas que bien conoce. Busca información sobre murales y solamente se  menciona el que decora la cúpula, el canto IV de la Divina Comedia. De un mural en el frontón, no se dice nada.

La noche del martes, como en el cine, la toma en su sueño es un plano picado.  Alcanza a ver su vestido vaporoso, del mismo tono que los zapatos y el sombrero. En cámara lenta levanta la cabeza para mirar el mural cuando una voz grita,  detrás de ella.

¡Lucero! ¡Lucero!

Voltea. Una mano la sacude. Linda le indica que solo tienen 20 minutos para llegar a la clase.

Necesita la foto. Habrá que adelgazar la despensa, caminar más, sacrificar la entrada al Palacio Real o hacer la fila interminable de las horas gratuitas de visita para ver todo corriendo y entre un mar de gente. Habrá que decirle adiós al café cargado de media mañana y soportar,  sin dormirse, a  los maestros que exponen a tres caídas y sin límite de tiempo. Habrá que  replantear su fin de semana. Cargar siempre con un sándwich, a riesgo de que se acede el jamón. A riesgo de lo que sea. Habrá que conseguir el dinero. Llega el viernes por la tarde. Lucero no irá con ellas a Alcalá de Henares. Insólito, era su sueño pisar la tierra natal de Cervantes.

Dime una cosa, Lucero, ¿qué pasó?, ¿te traes algo?

La foto, Laura, he soñado tres noches con ella. La voy a buscar el domingo. Sueño que estoy en Guadalajara, en la Plaza de la Liberación frente al teatro, sin poder ver la imagen y vestida como de antes. Es algo raro, no sé si me entiendas pero siento que debo tenerla.

Estás loca, mi Lu, pero por eso me caes bien. Lánzate al Rastro. Yo veré por ti Alcalá de Henares y nos vemos en la noche.

Acaba de ser día de pago y El Rastro está al doble de gente. Abrirse paso. La Ribera de Curtidores. El olor de las aceitunas. Trata de repetir la ruta. ¿Era por esta?  Calle de zapateros. Vestidos típicos. ¡Sí, por aquí es! Vuelta. No, no se parece la calle. Hombres, mujeres. Comedores. ¿Dónde diablos? ¡El puesto de vestidos para Nancy! Vaya, nunca creí que me fueran tan útiles estas muñecas. Prueba superada, ahora falta encontrar la foto. En lugar de la caja de fotografías en blanco y negro hay una de filminas.

Hola. ¿Una caja de fotografías en blanco y negro de familias y de paisajes que estaba aquí hace ocho días?

Fue mi tío el que vino. No sé si hoy me ha mandado la caja.

Quiero comprar una de esas fotos. Solo por eso estoy aquí.

No tengo quien cuide. No puedo buscarla. Las cajas no están aquí, se han quedado en la camioneta.

Yo te ayudo. Dime qué hago. En unos días me regreso a México y no me puedo ir sin la foto.

El chico consigue que le cuiden un momento. Lucero lo acompaña más allá de la calle de Mira el Sol. Pasa la prueba de habilidad visual y velocidad; el objeto de su deseo aparece entre un mar de fotografías. Es suya, la abraza, se sienta  a la sombra de una casa. No deja de mirarla. Parece que la decoración del frontón nada tiene que ver con el estilo neoclásico del teatro. Un hombre al centro con el sol detrás, los rayos iluminan la escena de cuatro mujeres erguidas; dos sedentes a los extremos y una a los pies de la figura central. Andamios en las columnas y un letrero colgado que no alcanza a leerse;  pedazos de cantera en el piso y arena; tres hombres trabajando. Una mujer con rebozo lleva un niño de la mano hacia la calle de Hidalgo. La Plaza de la Liberación está  bordeada de rosales y gladiolas. No hay un año, no hay un nombre. No hay letras al reverso ni signos de que la imagen hubiera estado en un álbum. ¿Cómo llegó esto aquí? ¿De quién era? ¿De cuándo es?

Sin saber cómo ya está de regreso. Le cuenta a Laura que logró su cometido.

Valieron la pena tus ayunos. Te ves feliz.

Valió la pena el viaje.

Se duermen. Avanza con un vestido vaporoso verde agua. Huele a cold cream. Tiene prisa. Sus zapatillas resuenan en la cantera. Sale. Se cubre los hombros desnudos y el pecho acelerado con un chal blanco. Vuelta a la derecha. Llega a la esquina. La octava columna no está, en su lugar hay andamios. Apenas van a colocarla en su sitio los hombres que están trabajando. Pasa la mujer de rebozo con el niño de la mano.  Ahí están las jardineras con sus gladiolas y rosas. Alza la vista y el sol la encandila. Una mano le toca el hombro. Voltea.

¿Estás lista, Lucero? Creí que nunca vendrías. Te encantará el resultado. Te ves fabulosa así en la cima del teatro. Acércate, aquí hay sombra y por fin te podrás contemplar. Te quedó muy bien el atuendo de Calíope. No me equivoqué al elegirte.  Esta vez te quedas, ¿verdad?

Ya no sonarán alarmas ni voces de mujeres que la llaman. Lo reconoce, con sus ojos de artista y su intenso mirar de lado. Da la mano a Roberto Montenegro y, de pie junto a las rosas de la plaza, se contempla por fin: una de las nueve musas del mural con Apolo al centro.  Esta vez el letrero colgado en el teatro  es claro: “Remodelación a cargo del arquitecto Ignacio Díaz Morales, Guadalajara, MCMLIX”.

Tokio: entre el río y el cielo. Autor: Ruth Escamilla Monroy

La vi desde la ventanilla del metro. A meses de distancia, no he dejado de verla. No recuerdo la llegada, ni las primeras impresiones, salvo un batido de matcha en la estación y, al salir del subsuelo, el tremendo impacto de la Torre Skytree, majestuosa, poderosa, acariciando el cielo veraniego de Tokio.

El estudio que rentamos como alojamiento era perfecto para una pareja de enamorados, nosotros no lo éramos, pero sobrevivimos a ese reducido espacio por su funcionalidad, ubicación, vista del Skytree de día y de noche y por nuestro deseo de disfrutar la visita. En cuanto nos instalamos, fuimos a recorrer el vecindario y presentar nuestros respetos a la torre. De noche cambia con los juegos de luces, pero su esencia es la misma: un poema a la ingeniería. Pese a su altura, no intimida, acoge. Pudimos verla reflejada en el río, mientras hablábamos de la extraordinaria fama de los amantes japoneses, después de haber cenado anguila sobre arroz y un té tan cálido como la atención que recibimos en un restaurante de Tokyo Solamachi, el centro comercial anexo a la torre. Me propuse subir otro día, durante el atardecer, para tener la doble vista panorámica.

Mi mejor amigo, el guía de nuestro viaje, ya había visitado la ciudad y sabía que en el metro debemos ser muy respetuosos, así que contuvimos nuestras ganas de ir charlando, riendo y tomando fotos. En lugar de eso, nos limitamos a observar a las silenciosas personas que nos acompañaban en ese vagón impecable, con asientos acojinados y lleno de publicidad. Llegamos a la estación de Asakusa. Al salir, hombres jóvenes, de piernas como de hierro, ancha espalda, pelo largo   y vestimenta negra, nos ofrecieron transportación en un carro que ellos jalan y transporta elegantemente a dos pasajeros en sus asientos rojos mientras los conductores cuentan detalles sobre la zona. Preferimos caminar, el santuario no estaba lejos y era nuestro principal objetivo en el vecindario.

Sensō-ji es el templo budista más antiguo de Tokio y desde el que es posible ver la Torre Skytree, en contraste con la arquitectura tradicional de Asakusa. Para entrar, hay que pasar por un camino de pequeños locales en que venden todos los recuerdos imaginables. Es una tentación difícil de vencer, pero logramos llegar hasta la puerta por la que pasan los peregrinos. De sus costados penden unas gigantescas sandalias tejidas con fibras naturales, de 4.5 metros de alto, elaboradas por devotos y colocadas ahí para ahuyentar a los malos espíritus. Esos objetos y su nombre me remitieron a México, en japonés O-Waraji; huaraches, en mi lengua.  Unos pasos adelante, un incensario recuerda lo sagrado del sitio y unos escalones te conducen a la sala principal, donde no es posible tomar fotografías pues se trata de un lugar de culto.

Creas en lo que creas, este sitio invita al recogimiento, a la devoción y al encuentro con lo que hay de divino en uno mismo. En unas alcancías de madera se deposita una cantidad señalada, luego, se toma al azar una vara de madera que contiene símbolos. Estos deben buscarse escritos en una serie de pequeños cajones en la pared, y del que los contenga se extrae un papel con la suerte de la persona. El documento advierte que la suerte varía y que ese papel no define al portador.

Dos personas de mi grupo hicieron la prueba. Una de ellas se había estado quejando de diversas cosas durante el viaje, desoyó la advertencia de no tomar fotos al interior del recinto y optó por poner una moneda menor a la requerida. Cuando leyó su suerte se ofendió mucho, hablaba de egoísmo y de la necesidad de un cambio. La otra persona depositó la cantidad exacta y sonrió al leer su suerte. Hablaba de felicidad y logros. ¿Quién se dio cuenta de las monedas distintas si el proceso de depositar la cantidad, tomar la vara y buscar el cajón correspondiente lo hace uno mismo? ¿Un papel tomado al azar puede decir cosas tan precisas sobre una persona? ¿Existe la suerte? Había que pensar y el jardín anexo al templo ofrecía un espacio ideal de calma, agua corriente, peces rojos, árboles con follajes esculpidos por manos humanas y una pareja de palomas haciéndose caricias con el pico en un hueco de la pared. La definición más pragmática de armonía.

Caminando por la ciudad, encontramos un restaurante tradicional en un sótano al que llegamos por una estrecha escalera de madera que rechinaba a cada paso. Al entrar, una olla de sopa de miso fue el primer aroma que nos abrió el apetito y luego se confundió con otros, incluso con el tabaco que puede fumarse en la sala general. Nos condujeron a un espacio privado y, antes de entrar, nos despojamos de los zapatos. Se trataba de un comedor con tatami donde, venciendo nuestra tendencia al uso de sillas, disfrutamos té, arroz, pescado asado y crudo, curry y otras delicias de las que solo puedo evocar el sabor.

Caminamos por Ginza, asombrados ante los aparadores, sin intenciones de entrar a ver lo que no compraríamos. Después de pasar por el monumento que conmemora los inicios del teatro kabubki, llegamos sin planearlo al National Film Center. El guardia en la entrada nos invitó a ver la exhibición de la historia del cine japonés. No había permiso para tomar fotografías, así que los recuerdos de las cámaras, los carteles y las proyecciones se quedaron solo en mi mente. Lo que no olvido es una fotografía en blanco y negro en la que aparecía un actor japonés en una zona arqueológica que parecía ser Teotihuacan y una carta suya con papel membretado en México. Encontrar algo de mi tierra natal en un lugar tan lejano me conmovió.

Había escuchado mucho sobre lo difícil que es visitar Japón por el idioma y la barrera que eso representa, así que fui gratamente sorprendida por la amabilidad de los dependientes en las tiendas de conveniencia, de los restaurantes y museos, por el personal del metro y por una pareja que montó su cafetería en la sala de su casa. La clientela era la gente del vecindario donde nos alojábamos, así que cuando llegamos, la mujer nos recibió amablemente y en inglés entablamos conversación con ella. Nos ofreció un café intenso y unos panes tostados con mantequilla en vajilla de Givenchy y con cubiertos dorados. En japonés les explicó a su esposo en la barra y a otro comensal que éramos mexicanos, residentes en Pekín. Aceptaron tomarse una foto con nosotros y al despedirnos, la mujer nos regaló unas botellas de agua congelada, para que el calor del verano no nos afectara. Le dijimos que regresaríamos y lo hicimos al día siguiente.

La segunda vez nos saludó con la familiaridad de una tía y nos mostró a su perrita, perfectamente cepillada y con moños en las orejas, casi humana, no tanto como el cachorro que llevaban en carreola los vecinos de la otra mesa y a quien la anfitriona le llevó su desayuno en un minúsculo plato. Los padres del cachorro lo veían con los mismos ojos que verían a un hijo. Al despedirnos, nuestra nueva tía nos acompañó hasta la puerta con otras botellas de agua congelada y tuvo el gesto de acomodarme el cuello de la blusa. La hospitalidad japonesa me dejó mucho que aprender.

Akihabara es un mundo aparte al que no pertenezco, edificios y edificios de artículos electrónicos, objetos y personas que se relacionan con el anime y el manga. En mi cerebro de los setenta tengo registrados personajes de series como Monstruos del espacio. No pude encontrar un recuerdo que comprar para mis hermanas, admiradoras de Goldar y archienemigas de Rodak. No hablo japonés y el idioma sí fue una barrera; además, los minutos pasaban y mis acompañantes ya me habían cedido su tiempo para la exposición de cine, así que me di por vencida y tomamos el metro para visitar Roppongi, un sitio de poder, donde se despliega la arquitectura y se exhibe la riqueza. Un lugar para sentirse minúsculo debajo de una araña de metal y a los pies de la Torre Mori, con su vista privilegiada de la ciudad.

Durante una caminata por el parque Shinobazu para disfrutar de su estanque cubierto de lotos, fuimos testigos de la pasión japonesa por los juegos electrónicos al ver a cientos de personas atrapando pokemones. Nada más les interesaba, tenían los ojos fijos en la pantalla y dirigían el móvil hacia ciertas direcciones. No eran niños ni adolescentes, eran adultos, quizá recién salidos de una oficina  desde donde la única vida que vale la pena parece ser la virtual.

Un amigo chino, sibarita, incansable viajero y amante de Tokio estaba de visita en la ciudad. Nos citó a mediodía en la estación de Tsukiji para degustar la mejor experiencia que he tenido con el arroz: nigiri-sushi y sake, dos temperaturas, dos texturas, dos sabores que combinados van más allá de lo que había podido imaginar. Sobre un bloque de arroz, un trozo de pescado crudo, a veces solo, a veces con otros ingredientes, es un placer. El restaurante es una barra en la que comes de pie, con otras 12 o 15 personas, alrededor de la plancha. Nuestro guía gastronómico pidió lo que consideró la mejor entrada y la devoramos al instante. Luego, el cocinero de enormes manos nos mostró el menú a su espalda y continuamos pidiendo. Conforme veía comer a los otros comensales, deseaba lo que ellos ordenaban, especialmente cuando un pedazo de pescado cambió de color y de aroma al recibir una flama azul salida de una pistola. Los clientes a nuestro alrededor cambiaron varias veces, nosotros pasamos en ese sitio cerca de tres horas siendo felices.

Salimos de ahí cuando ya no era posible comer más y fuimos caminando al mercado de pescado más grande del mundo. Es posible encontrar todo lo necesario para la preparación de cualquier producto del mar, desde utensilios hasta wasabi fresco, seco, cangrejos gigantes, condimentos y, por supuesto, sitios para comerlo en las más variadas formas. Tomamos un helado de matcha que se volvió bálsamo en una tarde calurosa. Me relajé tanto entre el helado, la caminata y aquel sake tibio que había bebido, que olvidé mi móvil en la banqueta donde estuvimos sentados riendo, tomando fotos y disfrutando ese rincón que de no ser por nuestro querido amigo chino, no habríamos visitado. Una cuadra después, una mujer me alcanzó para entregármelo, ante mi sorpresa.

Cenamos brochetas, edamame, onigiri y bebimos cerveza en Ueno, en una terraza desde la que podíamos sonreírle a la clientela de otros restaurantes; donde el movimiento es continuo;  donde es un arte conseguir una mesa para sentarse porque todo el mundo está ahí; donde puedes escuchar rock local y amarlo; donde eres tan ajeno y puedes sentirte tan cerca de Tokio. Camino al alojamiento, la magnética torre iluminada me llamaba. Dormí en el balcón, para que fuera lo último y lo primero que ver, entre el arrullo de grillos y cuervos.

Una improvisada caminata mañanera nos llevó al río Sumida, a unos minutos del estudio que rentábamos. Descubrimos en la orilla murales que daban cuenta del pasado comercial de la zona, pequeños templos antiguos, ciclistas, peatones, navegantes, vecinos que construyeron el puente Sakura Bashi para unirse a los que vivían en la margen opuesta con una conciencia de comunidad que me sorprendió. Skytree como testigo, reflejaba su altura en las aguas. Era mi día de visitarlo, pues el vuelo a Pekín saldría esa misma noche. Nuestro amigo chino nos citó temprano en la estación de Ueno, para llevarnos a un pequeño restaurante. Al entrar, eliges tu platillo en una máquina y pagas en ella. Llevas tu nota a la barra y esperas tu comida. Pura alegría, sopa de miso, carne de ternera Kobe sobre arroz, unos cocineros atractivos, eficientes y un minúsculo baño impecable y lleno de detalles.

Luego fue la locura de las tiendas, fotos, compras, se fue el día. Llegamos al Skytree y el atardecer ocurrió mientras hacía fila para entrar. Mi amigo le teme a las alturas y la otra persona que nos acompañaba había dejado la ciudad antes que nosotros, así que viví la experiencia sola. En un instante estaba a metros de distancia del suelo. Hay letreros que indican lo que está ante tus ojos, yo no sabía si leerlos o mejor dejarme llevar por las luces y las sombras. En algún cartel supe que estaba frente al monte Fuji, que es visible en los días claros. Me entregué a la sensación de estar en la cima de una ciudad que solo creía poder ver en mis sueños. Tanto que había caminado por sus calles llenas de gente y ahora estaba ahí, mirándola desde lo alto.

La fila hacia el elevador parece un caos, porque avanzan diferentes líneas que de repente se cruzan, pero todo funciona como la maquinaria de un reloj y el personal hace con tanto gusto su trabajo que apenas se puede creer. Llegué hasta el segundo observatorio. Escuché tantas lenguas diversas, pero entendía la emoción por la entonación que la gente le daba a sus voces, por sus gestos. Creía que sentían, como yo, la sorpresa, el asombro, la pequeñez y una sensación de qué pasaría si los elevadores dejaran de funcionar. Subes y bajas porque alguien que está contratado y hace su trabajo de dejarte entrar al ascensor, no está en ti decidir a qué hora hacerlo, pues hay que formarse nuevamente. En el mirador hay sonidos naturales grabados para ambientar la visita; eran los sonidos del verano, los mismos que había escuchado caminando por el río y en el balcón del estudio, pero ahí, en el aire, a 450 pisos de altura. En el descenso, hay una parada en el piso 340, el suelo de cristal te deja ver tus pasos sobre la nada y sobre todo, sobre las luces y las sombras de esa ciudad de leyenda, de libros, de películas, de fotos, ajena y tuya desde lo alto.

El problema fue bajar, primero, por no querer hacerlo; segundo, porque había tanta gente con la misma intención que yo que al sentir que no tenía el control de mis decisiones a tantos metros del suelo y que debía ser paciente para esperar el descenso, empecé a sentir ansiedad. En 20 minutos llegaría la hora en la que mi amigo me había dicho que nos viéramos a la entrada de la torre para recoger las maletas que habíamos dejado en un casillero de la estación del metro, pues de ahí nos iríamos al aeropuerto. Me hice de paciencia. En menos tiempo del que esperaba, pero que para mí fue eterno, bajé. Mi móvil estaba tan lleno de fotos y mensajes que no podía conectarme a la red inalámbrica gratuita para llamar a mi amigo y decirle que no se desesperara. En mi ansiedad, cuando el elevador se abrió y me despidieron amablemente, en lugar de buscar la puerta, descendí por las escaleras eléctricas y llegué hasta la base de la torre. Fue hermoso ver sus cimientos, y angustiante, pues no era en ese piso donde había quedado de ver a mi amigo. Por fin, llegué a la puerta, desde donde había visto embelesada el Skytree en la primera noche en Tokio. Borré aplicaciones antes que eliminar fotos y cuando estaba por conectarme a internet, me di cuenta de que él estaba ahí, completamente sereno.

Me fui de ese lugar con la sensación de llevarme algo de Tokyo y de dejar algo de mí. Me despedí del viento nocturno y vi la torre alzarse hacia la noche. De camino al metro, entre tiendas subterráneas, la vi en libretas, playeras, llaveros, magnetos, reproducciones a escala. No compré ninguno, pero a meses de distancia, no he dejado de verla.

En un punto del mapa. Autor: Ruth Escamilla Monroy

El vuelo hizo escala en Quanzhou. Hacía calor, se acercaba la medianoche y la sala internacional estaba cerrada. Solo permanecía abierta la de llegadas nacionales, con asientos de fibra de vidrio. El vuelo saldría a las 9 de la mañana. ¿Iba a dormir sentada en una de esas sillas incómodas? Definitivamente no lo deseaba, pero el módulo de información estaba vacío, los guardias solo hablaban chino y leían caracteres, así que tuve que unirme a una pareja de rusa y keniano que estudiaban en Pekín y podían comunicarse en aquel lugar que parecía no tener que ver con la internacional capital de China, donde yo llevaba unos meses trabajando. Con todo y equipaje, cada uno se montó en una motocicleta, abrazando al conductor, para que nos llevara a un hotel cercano donde podríamos dormir algunas horas; pocas, considerando que había una discoteca vecina que turbaba el sueño.

Los tres llegamos a la sala, con las horas de anticipación que pide un vuelo internacional, pero permanecía cerrada. A las 7 entraron los empleados. A las 8 empezaron a trabajar. Yo juraba que perdería el vuelo a Manila, pero veía a los viajeros chinos tan tranquilos, que dejé de dudar. En efecto, hubo tiempo suficiente para hacer la impresión de mi boleto que solo llevaba de forma digital, pasar migración, filtros de seguridad y todavía sentarme un rato en la sala de espera, antes que de que el avión despegara a la hora exacta. Las cosas no ocurren igual en el sur, fue lo que comentamos en inglés un compañero de fila y yo; empezaba a relajarme.

Al llegar a Manila, un autobús transfirió a los pasajeros a la terminal de vuelos nacionales. Para llegar a mi destino, había dos opciones: Caticlan y Kalibo. La pareja a la que había conocido tenía vuelo para el segundo sitio, así que nos despedimos. En el comedor de la sala de espera me sorprendió encontrar alimentos con guiños a la comida china y también a la mexicana. No podía olvidar que Filipinas y mi país fueron colonias españolas entre las que hubo una intensa relación comercial, pues Manila era parte de la ruta por donde pasaba la Nao de China antes de llegar al puerto de Acapulco, en México. Así que empecé a disfrutar la familiaridad con el sitio.

De pronto, alguien me saludó muy efusivamente. Era León, el compañero de fila con quien había hablado por la mañana. Iniciamos una conversación muy amena. Además de que también él era de raíces mexicanas, aunque nacido en California, trabajaba en Pekín, luego de haber vivido en varios países. El tiempo pasó rápido, pero descubrimos que nuestros vuelos estaban retrasados. El suyo a Kalibo salió un poco antes que el mío, pero al aterrizar, él debía tomar un autobús y viajar durante dos horas para llegar al embarcadero de Caticlan y de ahí navegar hacia el mismo destino que yo.

Por fin anunciaron mi salida. El avión era como un autobús escolar, pequeño y con dos jóvenes sobrecargos que animaban el viaje. Yo necesitaba dormir. Cuando abrí los ojos, el mar parecía un camino de cemento. Había tanta calma aquella tarde que no quería perder el atardecer en la isla. Pero lo perdí. En lo que bajé del avión en un aeropuerto en el que solo hay una banda de unos cuatro metros para recuperar el equipaje facturado y en lo que abordé un transporte que me llevaría al embarcadero, se ocultó el sol. Compartí una camioneta, luego una lancha y después otra camioneta con una jazzista de Postmodern Jukebox, un londinense que festejaría sus 23 años, una maestra estadounidense  casada con un compatriota mío y unos jóvenes chinos que celebraban su graduación.

Llegué a mi hotel al oeste de la isla, en la estación 3, justo frente al mar que me llamaba. No le hice caso, pero sí caminé por el paseo marítimo de la playa Balabag, sobre arena, entre restaurantes, bares, vendedores de objetos y servicios, puestos de tatuajes temporales, batidos de mango y de coco, recuerdos y más. Atraída por la música en vivo y las voces tan diferentes de los tres miembros de una banda, me senté en un restaurante a unos metros de donde las olas se recostaban sobre la arena fría. Me acariciaban la brisa y las notas. En un descanso del grupo, cuatro hombres sorprendieron con una danza en la que el protagonista era el fuego. Regresó el conjunto musical y la primera noche me sentí bienvenida en aquel punto del mundo que no se ve en los mapas, la isla de Boracay.

Temprano por la mañana el sol ya colgaba del cielo y le daba a la arena tonalidades doradas; al cielo y al mar, un azul. Ambos disputaban por mostrar el aspecto más asombroso. Ahí estaba el mar, a unos pasos de mi habitación. A unos pasos de cualquier lugar en esa isla bonita. Decidí caminar por el paseo marítimo en sentido inverso a la noche anterior; a lo lejos vi pasar a la pareja con la que había compartido la aventura del aeropuerto de Quanzhou y hallé un restaurante pequeño con desayuno inglés. Lo probé, lo amé y me eché en un camastro a sentirme libre.

La Cervecería San Miguel es la reina en Filipinas y tiene sus razones bien justificadas. Lo comprobé con una cerveza Negra y una Red Horse. Volví a caminar, dejándome tocar por el agua. Pasé por la estación 2 y llegué a una parte de la isla donde la arena se vuelve fina y blanca. La luz parecía cambiar también. Se asomaban unas nubes un poco grises, pero nada le restaba belleza al sitio. Ahí apareció León, el viajero con quien había charlado el día anterior. Me contó que estaba hospedado en el lado este y que planeaba hacer un paseo al día siguiente. Me invitó y sonaba muy bien. Caminamos por el pasaje comercial D’Mall, que permite atravesar la isla y probamos los productos de Halowich, la nevería más concurrida. Se trataba de un helado suave de sabor y consistencia, delicioso, servido con trozos de fruta.

Empezó una llovizna que nos llevó a continuar la charla bajo un alero. Como yo lo acompañaría en el paseo al que me había invitado, él volaría conmigo en parasailing dos días después. Yo tenía años posponiendo esa actividad, pero aquellas vacaciones eran para hacer cosas diferentes. Así que cuando en la playa de Bulabog me presentó a unas chicas de Shanghai que había conocido por la mañana y me mostraron sus tatuajes temporales, decidí ponerme uno. Después de buscar mucho, encontré el diseño perfecto que bajaría por mis omóplatos. Los cuatro continuamos la diversión en un bar ruidoso, riendo y compartiendo la euforia de Boracay. Ahí encontré a la maestra norteamericana y a mi compatriota bailando. La isla te garantiza volver a ver a la gente, ya estaba convencida.

La aventura nos esperaba al día siguiente. Después de desayunar en un lugar con decorado de lucha libre mexicana, abordamos la lancha. Cientos de peces se acercaban, se alejaban, parecían desfilar ante nuestros ojos fascinados. Estaba bajo el agua, descubriendo secretos de un mar que empezaba a cambiar de tono ante la lluvia que se avecinaba. Descendimos en la playa Tambisan, donde nos esperaba un bufet de delicias. Ahí, bajo ese techo de palma, ante la vista de niños locales que jugaban sin cesar a echarse clavados desde las proas, empezó la lluvia. Agua arriba y abajo. Los niños eran indiferentes. Los viajeros nos quedamos bebiendo café o cerveza bajo techo, admirando tanta belleza que la lluvia acrecentaba. Cuando cesó, volvimos al bote, la siguiente pausa era en la playa Illig Illigan, al noreste de Boracay, tentadora, con arena blanca, fina, en la que se hundían nuestros pies hasta la pantorrilla. Agua quieta para nadar o remar. Camastros para beber mango granizado con el ron que lleva el nombre de la isla. Regreso, tarde lluviosa. Viento. Tormenta nocturna. Canciones, voz melodiosa en un bar, baile, fuego, la noche de Boracay.

El parasailing se hace temprano, antes de que los vientos enloquezcan demasiado. Un bote pequeño nos llevó a alta velocidad a una plataforma en la que esperamos nuestra lancha especial. Una fotógrafa, un piloto y el encargado del equipo técnico nos acompañaban. A medio mar firmamos ese documento en el que no culpas a nadie en caso de muerte. Le dije a León: “Si muero, avisa a mi familia.” Me respondió: “Si muero, no le avises a nadie”. Nos instalaron el equipo y antes de elevarnos, nos indicaron que si necesitábamos bajar, hiciéramos una seña determinada con el brazo. Contamos hasta tres y empezó nuestro ascenso.

A medida que la intensidad del viento y nuestra emoción aumentaba, la lancha se hacía más pequeña. Ver el mar desde lo alto, el contorno de la isla, poder tener la perspectiva de la playa al otro extremo más allá de las palmeras, las olas a mis pies, escuchar los gritos de júbilo de mi acompañante y míos me recordaron lo feliz que era en ese punto indeterminado en el mapa, lo que había postergado ese momento y el deseo de repetirlo o prolongarlo. Solté los brazos, estiré las piernas, aspiré ese aire fresco, húmedo, cerré los ojos, volaba. Los abrí, hacía mío ese momento. Desafortunadamente no nos indicaron alguna seña para pedir la extensión de la experiencia. La lancha comenzó a verse más cerca cada vez. Al poner nuestros pies en la cubierta, la fotógrafa hizo las últimas tomas. Regresamos a la plataforma.

Nos mostraron las imágenes. Elegimos las favoritas y volvimos a la playa, con la relajación que llega después de una descarga de adrenalina.
Esa tarde, en Bulabog compartí la barra con una chica taiwanesa y un hongkonés. Ella solo hablaba cantonés, pero aprovechó la tecnología de su teléfono para comunicarse conmigo, intercambiar palabras básicas de su lengua y la mía y tomarnos selfies, en una de esas aplicaciones tan usadas en China que retocan al instante. El chico se dedicaba a viajar, me dejó ver sus fotos en diversos puntos del mundo. Junto con ellos y León caminamos hacia las playas White y Friday, al noroeste. Reímos, escribimos sobre la arena, nos tomamos fotografías, disfrutamos el agua y vimos el atardecer. Llegó la noche y con ella una tormenta que nos obligó a refugiarnos en un bar de playa. El viento soplaba con todas sus ganas, las palmeras se movían a su merced, la brisa nos alcanzaba. Tuvieron que poner protección alrededor de los clientes. Brindamos una y otra vez hasta que la lluvia nos dejó volver.

Fue una mañana nublada, lluviosa, para pasarla en una hamaca, viendo los cambios de luz, compartiendo historias con otros viajeros llegados de Shanghai, Nueva York, Seúl. Aquellos que habían visitado otras islas filipinas, quienes habían hecho una larga pausa en su trabajo para viajar por el sudeste de Asia, donde el tipo de cambio vuelve rico al turista. Hablé con la gente local, nacida en Boracay o llegada de islas menos afortunadas para mejorar sus oportunidades de trabajo, para no tener que irse a Hong Kong al servicio doméstico, para seguir en su país donde el aprendizaje del inglés empieza a temprana edad, pues es la lengua que garantiza su sustento. Día de apreciar la gastronomía filipina, chicharrón, cerdo adobado, arroz al vapor, jugo de calamansi, una especie de lima refrescante y de un color que alegra el día, si es que el día en Boracay necesitara alegrarse, dulce de coco. Vi pasar los veleros, los botes, las lanchas de motor, las motos acuáticas. Distinguí a lo lejos a los recién graduados chinos con los que había compartido el transporte para llegar a la isla.

Baile nocturno en la playa blanca de la estación 1. Una discoteca con techo de palma, con estructura de madera, sin piso, directa sobre la arena fresca. Música diversa, importada. Hay una chispa de ritmo latino en la gente local, algo nos hermana. Un círculo de baile con gente de Taiwan, California, Hong Kong, Kalibo, Boracay, Busan, Guadalajara. Una pista de arena que se iba llenando de caras alegres, de euforia, de tragos, de fiesta.

Por la mañana, un tazón de champorado: arroz con chocolate, servido con tocino dorado, rebanadas de mango y una bola de helado. También una sartén de huevo con tofu y salsa picante, acompañados con jugo de calamansi, vuelta a la vida en The Sunny Side Cafe de la estación 3. Caminé hacia la estación 1. Una parte del grupo fue a la playa Pukah. Yo preferí recorrer la playa Blanca y tenderme en un camastro del hotel Ambassador in Paradise. Así fue, me sentí en la gloria.

Era un día para mí, para ver las palmeras moverse, para escuchar el viento entre ellas, para llenarme de arena cuando el aire soplaba, para bañarme en esa playa extensa, suave y compacta, para dejarme caer en la espuma, beber cerveza filipina, tomar sol, descansar a la sombra, ver el atardecer y la transformación del paisaje natural y del mobiliario. Los amables camareros cambiaron en un instante los camastros por mesas, esperaban a los clientes de la cena. Antes de irme, pedí un halo halo, pues una chica filipina me lo había recomendado. Era una copa inmensa de hielo raspado, con leche condensada, coco, gelatina en trozos, frijoles dulces, una mezcla de sabores que no habría imaginado pero que me refrescó tanto como la brisa de esa noche que empezaba a las seis de la tarde. Me fui feliz. Estaba lista para despedirme.

Quise cerrar el viaje con la misma experiencia que había tenido la noche de mi llegada: la banda que tocaba en el bar de playa en la estación 3. Llegaron León, una de las compañeras de baile y una joven china a la que acababan de encontrar. Así es viajar sola, compartir la mesa con quien no conoces, confiar en quien acabas de conocer, tomarte fotos de grupo con alguien a quien viste por unos minutos o unas horas, cantar a toda voz a coro, como si fuéramos amigos de toda la vida. It’s my life en versión lenta, Wind of change con tintes de regué, canciones de Coldplay, los Bee Gees, Bob Marley, Adele, peticiones especiales del público internacional atendidas en coreano, chino, ruso, japonés y español. Los tres músicos con voces diferentes y hasta canciones propias me hicieron tan feliz nuevamente. A medio espectáculo, llegaron otra vez los artistas del fuego. Mi favorito era el que bailaba con música electrónica, estruendosa como los círculos de luz que parecían salir de sus manos. Arena, noche, brisa, fuego, cervezas, canciones, miradas, encuentros, despedidas, complicidad.

Sabía que a la mañana siguiente emprendería el regreso. Tomaría un bote en el mar iluminado, la playa brillaría diciéndome “regresa”, vería la isla disminuir su tamaño desde el pequeño avión que me llevaría a Manila, haría otra escala en Quanzhou y me detendría en el ajetreo de Pekín. Era la última noche. Escrita por Ragga Marv, el guitarrista de las rastas y los tatuajes, la escuché como al llegar, como una invitación: Whatever happens in Boracay stays in Boracay. La euforia continuaba, tendría algo que guardar.

Un desvío sorprendente. Autor: J. Martín Alcaid

Era un día  soleado, sin viento, con alguna que otra  nubecilla paseándose con languidez por el cielo. Llevaba tres horas conduciendo, escuchando música y las instrucciones del GPS. En un determinado momento, los datos del navegador dejaron de coincidir con la señalización de la carretera: «en la rotonda, gire a la derecha»,  cuando no existía tal posibilidad, o bien, «a quinientos metros, tome la salida», y la maniobra era imposible porque la vía  estaba inacabada.  Volví sobre mis pasos para comprobar los indicadores, por  si no los hubiera interpretado correctamente, y retomé el camino inicial, pero no lo tenía nada claro y empecé a ponerme nervioso. Menos mal que   encontré a  un hombre sentado en el talud de la carretera. Era algo barbudo, portaba en la espalda el típico zurrón de los pastores, con  la mano derecha se apoyaba en un cayado y con la izquierda sujetaba un mechero de yesca, seguramente estaba a punto  de encender un pitillo. Supuse que  estaría  al cuidado de una piara de cabras, aunque ni se veía   ninguna buscando comida entre los matorrales ni se oía el característico cencerreo de sus campanillas. También me extraño que no le acompañara  un perro guardián como suelen   hacer los cabreros, claro es que el animal podría haberse internado con el rebaño entre la maleza.

Paré el vehículo y bajé la ventanilla derecha.

—¡Buenos días! Disculpe, me parece que me he perdido, ¿podría decirme donde está la salida para ir a…? —le pregunté.

No me dejó terminar la frase.

—Más de uno que pasa por aquí piensa que se ha  extraviado; aunque no lo crea, va usted bien,  continúe en esta misma dirección  unos tres kilómetros más y encontrará  un cartel indicándole un desvío, tómelo, no existe otra ruta —me dijo, sonriente, mientras me miraba fijamente —. ¡Ya verá como no se  ha perdido!

—¡Muchas gracias!¡Adiós!

Dos cosas me habían llamado la atención en aquel hombre: su mirada penetrante y su nariz. No soy experto en narices, pero sé reconocer algunas de ellas; ésta se podía calificar como del tipo semítico, porque era  un apéndice de tamaño grande, con fosas nasales anchas y puente bastante elevado que le daba una forma ganchuda, característica de los pueblos árabes y hebreos; igualmente podría pertenecer, por su volumen y su pico bulboso,  a otro tipo cuyo nombre no recuerdo.

Reanudé el viaje. Mientras  me alejaba del lugar, observé por el retrovisor que el hombre se había levantado; en la distancia parecía la figura de un patriarca bíblico descansando  sobre su báculo; volví a mirar, el hombre había desaparecido.

A la distancia señalada por el pastor, hallé el siguiente cartel: «CARRETERA CORTADA, DESVÍO PROVISIONAL». Dejé la calzada bastante bien asfaltada por la que había circulado hasta entonces y entré en una vía grisácea con el firme deficiente; no tenía otra opción, era esa o retornar al punto de partida. Como se suele decir, me lancé al ruedo, confié en  que iba con toda seguridad por el buen camino hacia el destino previsto. ¡Pobre de mí, cuan equivocado estaba! Mi  relativa tranquilidad no iba a durar mucho tiempo; en aquel entonces ignoraba que me aguardaba un hallazgo sorprendente.

Tras   varias  curvas, llegué a un altozano desde el que pude divisar  una inmensa llanura que se perdía en el horizonte. Inicié el descenso. Conforme bajaba, la vegetación iba disminuyendo y la sequedad del suelo, aumentando. Me estaba adentrando en un territorio  desértico e inhóspito donde solo crecían vulgares matojos, pero ni un árbol ni una miserable yuca. Una vez llegado a la base de aquella elevación, la carretera dejó las caprichosas revueltas  para transformarse en una recta  monótona, una recta que parecía haber sido diseñada con un tiralíneas. El asfalto, recalentado por el sol, producía en la lontananza unos efectos ópticos en forma de  charcos de agua, que desaparecían conforme me acercaba a ellos, eran puros espejismos. El viaje, iniciado con optimismo e ilusión, se estaba convirtiendo desde aquel momento en  tedioso e insoportable. El calor y el trazado monótono de la carretera me producían un efecto soporífero que podía resultar peligroso. Me sorprendió la ausencia de tráfico y de vida, y es que no se veía alma alguna por aquellos parajes, hasta los pájaros habían dejado de volar.

La radio, que estaba emitiendo música country, enmudeció de repente, y aunque busqué  otra emisora en el dial solo hallé la clásica «fritura» de las ondas. El GPS también calló, y el móvil se quedó sin cobertura. Suplí esas carencias canturreando alguna  que otra canción. «Vamos, resígnate, —me dije irónicamente—  porque es una situación ideal para quedarte averiado y que nadie venga a socorrerte».

Fue entonces cuando empecé a percibir un cambio en la atmósfera: el  cielo comenzó a encapotarse, y se presentó  un  viento racheado de costado que sacudía el coche y lo empujaba  hacia el lado contrario de la carretera. Esta situación me obligó a sujetar con firmeza el volante y a capear como pude las inclemencias del mal tiempo;  se levantaban nubes de polvo, y  los remolinos de arena sobre la calzada eran constantes. Temí que fuese una tormenta de polvo sahariano; en estos casos es recomendable detener el automóvil para evitar  que  pueda quedar inutilizado por las partículas de polvo en suspensión, incluso es mejor abandonar la ruta principal y buscar un refugio seguro hasta que la tormenta haya pasado. Descarté la medida porque no veía ningún lugar adecuado donde guarecerme.

Con la ventolera surgieron  esas alocadas  y espinosas plantas llamadas estepicursores, que hemos visto tantas veces  en las películas del Viejo Oeste o en  las de misterio, donde aparecen de forma siniestra en escenas nocturnas. Tienen muchos nombres, pero me quedaré con el de «rodamundos». Contrariamente a lo que cabría pensar, no son autóctonas de aquellos desiertos cinematográficos  ni de ninguna otra parte del continente americano; son oriundas de las estepas del sur de Rusia. Las semillas llegaron, hace casi un siglo y medio, mezcladas con un cargamento de linaza. Con los años, las condiciones ambientales propiciaron su multiplicación y  su arraigo, ya que pertenecen al grupo de plantas invasoras más agresivas que pueda haber en las zonas áridas. También se adaptaron en otros países: desde Noruega a Sudáfrica, o desde Nueva Zelanda a España, por ejemplo. Durante el crecimiento  adquieren esa característica forma redonda que les permitirá rodar  por el suelo cuando se sequen y rompan su atadura con el terreno donde se desarrollaron; entonces, cargadas con una apreciable cantidad de semillas, irán dispersándolas conforme viajan.

El coche avanzaba  con cierta dificultad en dirección a Levante, frenado por el viento, con el agobiante polvo restándome visibilidad. Utilizaba el limpiaparabrisas  para desempolvar el cristal delantero, y para hacer lo propio con el del lado derecho bajaba y  subía rápidamente la ventanilla. Pero, por muy veloz que fuese la operación, no podía impedir la entrada de aire polvoriento en el interior, lo cual  exacerbaba mi renqueante rinitis; además, al sufrir constantemente el impacto de los «rodamundos», debía  estar muy vigilante para   que no se colara ninguno, cosa que  sucedió en  una  ocasión; me alcanzó uno en la cara y me las vi y me las desee para deshacerme del intruso. Mientras tanto,  el horizonte  se había oscurecido aún más y los relámpagos no cesaban de  iluminar aquella zona. Supuse que sería una clásica tormenta seca, con mucho aparato eléctrico y escasa precipitación, como sucede generalmente cuando existe poca humedad en los niveles bajos y medios de la atmósfera y la lluvia se evapora antes de tocar el suelo. En estos casos los rayos suelen ser abundantes, aunque no son numerosos  los que llegan a tocar tierra. Pese a creer que, llegado el momento, los neumáticos podrían servirme de aislante, consideraba arriesgado meterme en la zona de la perturbación ya que temía ser alcanzado por una chispa.

Afortunadamente, la tormenta cambió de rumbo y  se alejó de mi ruta. Cuando llegué a la zona que había sufrido la inclemencia atmosférica, hallé en la calzada auténticas charcas de agua; esta vez eran reales. El tiempo empezó a mejorar ostensiblemente, la atmósfera se serenaba y el cielo  recobraba su tono azul. Como por arte de magia, habían desaparecido los agresivos  y endiablados «rodamundos» y los pájaros  habían decidido volar de nuevo, confirmando así  que el pulso de la vida iba recobrando la normalidad. Me sentí reconfortado, pero con unas ganas tremendas de acabar mi periplo por tan agobiante e inacabable trayecto.

Un punto apareció en el horizonte, primero diminuto, luego  engordó  conforme  el auto devoraba kilómetros; tomaba consistencia de forma progresiva, pero seguía estando lejos y no acertaba a discernir su naturaleza. Pensé que sería otro vehículo parado en el arcén por cualquier motivo, o de conducción lenta como  un camión. Tuve que recorrer una cierta distancia para distinguir con claridad que se trataba de una edificación, tal vez una vivienda, un almacén o algo por el estilo. Finalmente  me quedó claro: era una gasolinera. Eso significaba que podría conversar con alguien, reparar fuerzas e incluso repostar.

No tenía la apariencia de  una estación de servicio al uso. Se trataba de un viejo barracón de aspecto abandonado, con fachada y techumbre de chapa ondulada, y dos surtidores pintados de rojo y  blanco  pertenecientes a la compañía petrolífera  Mobilgas.  Un Pegasus de apreciable  tamaño —el caballo rojo alado  logotipo de la marca— cabalgaba sobre  el borde del tejado, y en otros carteles se podía leer Route 66. Poco antes de llegar al edificio, el distintivo de los autocares regulares de América, el «Greyhound» (galgo), se balanceaba en lo alto de un poste. Bajo un porche central, también  recubierto de chapa, estaba aparcado un descapotable rojo con  franjas blancas en los laterales, se trataba de un  Chevrolet Corvette Roadster  de 1958. En la esquina izquierda del barracón, no muy lejos de unas chumberas y unos cactus, se aburría un viejo y oxidado Ford T.  Algunos «rodamundos», abandonados por la ventolera, se movían indolentes bajo el impulso de una  suave brisa. Detrás del primer coche, se veía un dispensador de Royal Crown Cola y, junto a él, un libre servicio de hielo.  El conjunto  me produjo la sensación  de un «déjà vu», si bien no recordaba el lugar. Pensé entonces que podría tratarse de una gasolinera de la década 50, llamada hoy Hackberry General Store, un verdadero museo situado en la población de Hackberry (Arizona),  no muy lejos  de Las Vegas (Nevada)  en la Ruta 66, la  que  cruzaba  los Estados Unidos longitudinalmente desde Chicago  hasta Los Ángeles, y cuyo final se cambió luego  por el de Santa Mónica, ciudad de larga y ancha playa arenosa al borde del Océano Pacífico. A partir de entonces, la Mother Road (la Carretera Madre), nombre acuñado por John Steinbeck en su novela Las Uvas de la Ira, terminó precisamente en el muelle de ese municipio. Finalmente, la ruta  se descatalogó y se cerró oficialmente en 1985. Pese a que nunca estuve en América  había visto tanto la ruta como la gasolinera en películas y documentales, incluso había soñado   con recorrerla alguna vez a bordo de una autocaravana, visitar lugares legendarios como el Grand Canyon National Park, atravesar el desierto de Mojave o bajar al Valle de la Muerte —digo  bajar, porque es la zona terrestre más baja de Norteamérica, a 86 metros por debajo del nivel del mar—, y  asistir al fenómeno de las piedras reptantes, hasta terminar en Las Vegas. Creer en esa posibilidad era una pura quimera: al billete de avión hay que sumar el alquiler elevado de este tipo de vehículo,  los gastos de estancia y manutención, las visitas,  los «souvenirs», etc. ¡Un dineral! Hoy por hoy,  no me lo puedo permitir.

Así que me encontraba ante una sorprendente  estación de servicio  —que bien podía ser una réplica de la mítica americana— en el corazón de un desierto español, llámese  Los Monegros, Tabernas u otro.  Era lo más verosímil, pues no cabía en mi mente  que fuese el resultado de un proceso de  «teletransportación»;  no soy  tan ingenuo como para creer en esa clase de fantasía.  Sin embargo, hubo gente en su día que no lo puso en duda, como los testigos del Experimento Filadelfia, una prueba supuestamente realizada por  la Armada de los Estados Unidos durante la  segunda guerra mundial, a plena luz del día, en los astilleros de Filadelfia; pretendía la invisibilidad de un buque de guerra, el destructor USS Eldridge. Los asistentes afirmaron   que se logró la invisibilidad del navío y que, además, fue «teletransportado» en un viaje de ida y vuelta hasta el puerto de Norfolk (Virginia),  permaneciendo en él quince minutos. El experimento formaba parte del Proyecto Arcoíris. Al parecer, fue abandonado a causa de los problemas que ocasionó: fuertes  nauseas en algunos de los marineros involucrados, esquizofrenia, pérdida completa del juicio y fusión de los cuerpos con el casco. No existe ninguna evidencia sobre este caso que, por otra parte, se llevó al cine. Lo que sí parece cierto es que la marina americana experimentaba en el campo de la invisibilidad; por ello, dotó al citado destructor y a su gemelo, el USS Engstrom, con un sistema que rodeaba todo el casco con cables eléctricos para reducir el campo magnético y evitar de esta forma que fueran un blanco fácil de las minas y torpedos  magnéticos del enemigo. También se instaló esta clase de dispositivo en barcos civiles, como el Queen Mary.

Estacioné el coche junto a uno de los surtidores para mostrar mi intención de  repostar, y  me dediqué a inspeccionar la parte delantera de la gasolinera. Iba mirando a través de  las rendijas de las paredes y de  los pequeños espacios dejados entre  los periódicos que tapaban los cristales; buscaba algún  indicio que me aportara  información sobre aquel lugar.  Por si acaso, verifiqué que no existieran cables eléctricos rodeando la gasolinera, a pesar de que ahí no  había tanto metal como en el casco de un barco. Pero, ¡quién sabe! Encontré en la puerta un cartel avisando de que la gasolinera estaba cerrada. Aparentemente no había  nadie, ni en el exterior ni en el interior de la tienda.  A  la salida del área  de estacionamiento,  hallé  un poste  de madera con una flecha orientada hacia el oeste,  indicaba: «LAS VEGAS  9.350 KM». Desconozco si se trataba de la distancia  en línea recta o bien del trayecto en   avión. Una especie de rumor mezclado con una suave melodía, procedente de la parte trasera, atrajo  mí atención.  Cuando rodee el establecimiento me  llevé una sorpresa mayúscula. ¡Había vida!

Descubrí una pequeña explanada con unos cuantos vehículos de turismo, varias motocicletas Harley Davidson, un jeep y hasta un minibús, todos   estacionados cerca de una carpa blanca de forma rectangular. Delante de ella montaba guardia una azafata con uniforme azul. Sentí curiosidad por saber  lo que se «tramaba» allí dentro, así que  me  fui aproximando  a la recepcionista con  recelo  o cierta timidez, vayan  ustedes a saber. Ella, sonriendo, me alentó a ello con un gesto de la mano y palabras tranquilizadoras:

—¡Venga, acérquese! ¡Si hace un buen rato que le estábamos esperando! Es usted la última persona que faltaba para iniciar la charla. No se preocupe, comprendemos  que se ha retrasado por culpa de la tormenta…

—¿Qué me aguardaban? ¿A mí? —pregunté con  incredulidad.

—¡Por supuesto! Estábamos al corriente  de su viaje desde hace tiempo, y sabíamos que llegaría  hoy.  Tuvimos la confirmación de ello cuando apareció desorientado tras su paso por las rotondas  y preguntó por donde tenía que  seguir.

—¡Ah!  No sabía que mi vida estuviera tan controlada —dije sin salir de mi asombro, mientras la joven  me colocaba una pegatina de identificación en la solapa.

—Ya puede  usted pasar; mis compañeras le van a ofrecer un refrigerio con unas «cookies», perdón, unas galletas. Aquí no servimos alcohol.

Dentro de la carpa, una segunda azafata me acompañó al único asiento libre que quedaba;  otra me trajo un zumo de naranja recién exprimido   con unas pastas de chocolate.  En medio del estrado, frente al reducido público — pues no habría más de una quincena  de personas siguiendo el evento—, un atril con pie y micrófono estaba dispuesto para que alguien se dirigiera a los asistentes. Estos charlaban animadamente entre ellos mientras llegaba el momento de la comparecencia; destacaban los moteros con sus  chupas de cuero negro y sus pañuelos de pico liados en la cabeza.  Junto a mí, dos matrimonios estaban tan enfrascados en su conversación que  apenas   me saludaron; así que me entretuve recorriendo con la vista el interior de aquel pabellón.  En el lado izquierdo, una  pantalla de televisión de buenas dimensiones mostraba una imagen fija: la del escudo perteneciente al Estado  de Nevada con la divisa: «All for Our Country» (Todo por Nuestro País). Me sorprendió la presencia de algunos «rodamundos» desplazándose lentamente por el suelo, a pesar de no correr aire bajo la carpa.  Además de tener  un aspecto artificial, como metalizado, eran más pequeños y parecían tener vida propia.  Resultaba un tanto  extraño  que nadie se hubiera percatado de su presencia. Me aventuré a pensar que quizá los habían dejado allí intencionadamente, para espiarnos.

El alguien en cuestión, acompañado por unos colaboradores, hizo por fin acto de presencia. Lucía una hermosa capa dorada sobre  un traje impecable, del mismo color que el de las azafatas, y  llevaba lentes oscuras modelo  aviador. «Según la reglas de la sicología —me dije— hay que desconfiar de las personas que ocultan  sus ojos detrás de unas gafas opacas, sobre todo cuando se usan en interiores.» Aunque  el orador carecía  de barbas y vestía de manera elegante, su estatura  y  su nariz encorvada me recordaron la figura del cabrero encontrado en la carretera  —aunque no sé a ciencia cierta si esa era la ocupación de aquel hombre—. Un ayudante abrió el micrófono y el personaje en cuestión tomó la palabra:

—¡Buenos días! Les doy la bienvenida a todos. Mi nombre es Jerry Goldman. Gracias en nombre de nuestros patrocinadores y en el mío propio por su presencia en este acto. Lamento que se haya iniciado con retraso, pero ha sido por causa ajena a  nuestra voluntad. Como saben, una tormenta seca acompañada de viento se ha abatido sobre esta zona y ha obstaculizado el viaje de algunos de ustedes,  demorando  con ello su llegada. —Luego, levantando  la mano en mi dirección, señaló—: hace unos instantes, ha entrado nuestro último invitado.   Comprendo que  estén impacientes por conocer el motivo de esta reunión y deseosos de  reanudar el viaje cuanto antes.  Por esa razón voy a ser lo más breve posible.

Hizo una breve pausa, carraspeó, bebió un poco de agua que le acercó una de las azafatas, y continuó:

—Todos ustedes tienen algo en común: la atracción que han sentido desde hace tiempo por la  Ruta 66, los estados que cruzaba y  la ciudad de Las Vegas. La Federación de Hoteles y Casinos de esa población y una asociación de comerciantes y empresarios de la famosa carretera ha iniciado una campaña para premiar a los residentes europeos  que hayan mostrado un repetido interés por  aquella zona. El  premio consistirá en un espléndido viaje, con todos los gastos pagados, que se iniciará en Chicago y finalizará en Santa Mónica; incluye también una estancia en  Las Vegas. La empresa a la que pertenezco ha sido  la encargada de llevar a cabo el proyecto, y   ustedes, los elegidos.

Volvió a beber,  luego prosiguió:

—Les hemos reunido en este lugar desértico porque recrea con bastante fidelidad  el entorno  norteamericano por dónde se desarrollará una buena parte de su gira;  lógicamente, no podía faltar esta  emblemática  gasolinera como parte inconfundible del paisaje local.

—Se preguntaran cómo tuvimos conocimiento  de la fascinación que ejercía en  ustedes ese  lugar. Muy sencillo: utilizamos las redes sociales y las conocidas «cookies»,  esas «galletas»  que aparecen cuando iniciamos  la navegación por determinadas páginas web. Ya saben, esas rastreadoras que se introducen en los ordenadores y recaban información sobre los hábitos, las aficiones, las preferencias, etc. de los usuarios, y elaboran estadísticas con sus  perfiles  «para conocerlos mejor».

«¡Vamos, unas auténticas fisgonas! —mascullé por lo bajini—, que se dedican a husmear en nuestras vidas».

Mientras  el personaje continuaba con su oratoria, yo escudriñaba su rostro y estudiaba  sus gestos, buscando  cierto detalle que confirmara las sospechas que tenía  sobre su identidad.

Me hacía muchas preguntas: ¿Era el orador un hermano gemelo del misterioso hombre de la carretera? Si era él mismo, ¿cómo pudo llegar  antes que  yo a la gasolinera a pesar de la inclemencia del tiempo, asearse  y cambiarse de ropa? ¿Utilizó el jeep que vi aparcado y tomó un atajo? —Dudo mucho que con el mal tiempo un helicóptero viniera  a buscarlo—. Si  ningún  otro coche me adelantó a lo largo de todo el recorrido,  ¿por dónde había pasado el público asistente? —Evidentemente, las personas podrían haber llegado antes de la tormenta, y por el otro extremo de la carretera—. ¿Hubo un segundo «pastor»  y otra variante por aquel lado? ¿Estaba realmente cortada la carretera o el desvío fue intencionado? ¿De qué manera consiguieron la convergencia de todos nosotros en aquel punto? ¿Qué motivó nuestro viaje  hasta ese rincón aislado  si desconocíamos  el premio por anticipado? —Era evidente que aquel acontecimiento formaba parte  de una estrategia comercial—. ¿Hasta qué punto? ¿Fue aquella perturbación un meteoro natural o el resultado de un experimento encubierto?  ¿Acaso formábamos  parte de un «Expediente  X»?

No hallaba  respuestas a tantas interrogantes y, con mis elucubraciones, me estaba metiendo en un berenjenal; así que consideré más sensato volver  a la realidad del discurso y  prestar  la debida atención a las explicaciones del orador, ya dilucidaría este espinoso enredo más adelante. En ese momento vino un colaborador desde  el fondo de la carpa, se  acercó al líder y  le susurró algo al oído. El orador  sonrió y retomó la palabra:

—Me acaban de comunicar una información de última hora: ya está confirmada la unión a nuestro proyecto de la mina de oro Goldstrike  de Nevada, que es la mayor de los Estados Unidos de Norteamérica;  como ustedes comprenderán, es una noticia excelente. Bueno, prosigamos. A continuación, podrán ver en la pantalla un reportaje sobre la Ruta 66, Las Vegas y el Estado de Nevada, como anticipo del  espléndido viaje que harán en una fecha que concertaremos más adelante. Luego, mis  ayudantes les entregarán una carpeta con toda la documentación, para que la estudien antes de firmar el contrato. Por supuesto, podrán enviárnoslo por correo. Quiero hacer hincapié  en  la cláusula  referente a los  derechos de imagen, que ustedes nos ceden gratuitamente  para  nuestras campañas publicitarias; en dicha estipulación se especifica el tiempo, lugar y uso de los mismos. Es la contrapartida al regalo del viaje. A su debido tiempo, recibirán información detallada del mismo.

—Eso es todo, nos veremos dentro de unos minutos en el coctel de despedida que, les recuerdo, será sin alcohol, así evitaran problemas con los agentes del orden.

El aperitivo se celebró en una segunda  carpa.  Fue una reunión desenfadada donde  tuvimos  la oportunidad de intercambiar experiencias y recuerdos  de viajes anteriores. El matrimonio de marras opinó que  era curiosa la presencia de la palabra «gold», tanto en el apellido  del señor Goldman como en el nombre de la mina, Goldstrike, «huelga de oro»,   que explicaría el color dorado de la capa del líder. Nos despedimos con un sonoro «¡Viva Las Vegas!».

En el momento de arrancar el  coche para irme, oí un ruidito procedente de la parte trasera,  busqué su origen y descubrí un «rodamundos». Supuse que se habría colado durante el viaje, cuando descendí   del vehículo para  atender  una imperiosa necesidad fisiológica. Al tratar de cogerlo, emitió un  amenazador «¡grrr!», que se repitió  tantas veces como intenté  capturarlo,  el endiablado se escabullía siempre dando botes. Finalmente,  opté por dejarlo a su aire.  «¡Ya saldrá —me dije— cuando le venga en gana!».

Hoy por hoy, espero noticias de la promotora del viaje; mientras tanto, el  «rodamundos» me ha seguido a casa, como una mascota «sui géneris»…

Los CIE malteses. Autor: Jesús Martínez

La nación del inmigrante

Malta es una isla de 316 kilómetros cuadrados, poblada por 426.000 personas, unas diez mil de las cuales son inmigrantes.

Dos son los Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) malteses, situados en las poblaciones de Marsa y Hal Far, este último tan grande como el Estadio de Wembley.

África cabe en ellos. La nación del inmigrante.

Marsa: ‘No bueno’

En la localidad de Marsa, en el extrarradio de la capital, La Valeta, el “centro abierto” para inmigrantes es un leño que crepita.

Según el rótulo: “Estamos mejorando la calidad de los servicios prestados a los residentes del centro abierto de Marsa”.

Pero los africanos se hacinan, y entran y salen y siempre pasan por el New Tiger Bar (Xatt il-Mollijiet), junto a la valla metálica, en el cuello de botella de la Dársena 7, en los embarcaderos en los que el carguero Lebda se transforma lentamente en chatarra.

El New Tiger Bar es una covacha oscura, umbría, en la que reinan tres pósters y sus figuras: los rostros del Niño Jesús o de algún mesías parecido, del cantante de reggae Bob Marley (Redemption Song) y de la actriz Marilyn Monroe (Cómo casarse con un millonario).

Tras el surtidor del whisky Jack Daniel’s, pegado a las botellas, el escrito en árabe: “No creen”, tal y como lo traduce el propietario, esmirriado, que fuma narguile y sirve la cerveza local, Cisk.

El taburete, un bongó improvisado. Algunas mesas tienen tres patas. En la pared, la gramola con los grandes éxitos de Queen (Don’t Stop Me Now).

Quienes desean ver el fútbol se congregan en la Tavern Take Out, a veinte metros, en la misma calle de Xatt il-Mollijiet.

“No bueno”, chasquea la lengua el somalí de 19 años Mohamed Mesida, acendrado, avispado, que no bebe alcohol delante “de los suyos”. Toquetea el género en el mercadillo que se monta en la explanada (camisetas falsificadas del jugador de baloncesto de la NBA Kobe Bryant; copias ilegales del Smartphone Nokia Lumia 520 y latas de atún claro Ribeira, caducadas).

Mohamed Mesida llegó a Malta cuando tenía 12 años y los primeros meses los pasó en el centro de inmigrantes de Marsa.

“No bueno dentro”, repite.

Se va Mohamed. Respect.

El carismático Abraham, nigeriano de 33 años, conduce hasta su compañero a quienes van a pillar costo. Tras sus gafas de sol, choca con los nudillos del puño derecho y luego extiende los dedos índice y corazón, y continuamente repite “respect”.

El saludo universal rastafari lo usa la negritud de Malta como una invocación al buen rollo, al no me pises, a la dignidad (“máximo respeto”).

“Es difícil todo”, se lamenta, mientras echa a patadas del New Tiger Bar al borrachuzo que busca robarte la cartera. “Es difícil todo porque todos queremos pasaportes, papeles.”

El colega de Abraham se hace llamar Bushrap.

Hace diez años que llegó a Malta Bushrap (Botsuana, 1975) y aún no encuentra el modo legal de hacerse valer solo. Respect.

Utiliza el mail de la asociación de inmigrantes de Malta: maltamigrants2015@gmail.com

En el riachuelo que corre por Marsa, frontera natural del CIE, se agolpan los condones usados, las bolsas vacías de arroz basmati, las algas putrefactas.

Y una sombra fantasmal arrastra sus pasos, emporrado. Hamed se mete de todo lo que puede para soportarse a sí mismo. Algo farfulla: “Esto es muy duro, muy malo”.

Este chico de Somalia tiene 20 años.

Respect.

Hal Far: la casa-contenedor y la casa-tubo

El principal centro de internamiento de inmigrantes de Malta se encuentra en el sur de la isla, en la localidad de Hal Far (en la Hal Far Road), entre una base militar y un circuito electrónico de aeromodelismo.

El rótulo: “Estamos mejorando la calidad de los servicios prestados a los residentes del centro abierto de Hal Far”.

Circundado por un muro de piedra caliza de unos cuatro metros de alto, y vallas con doble hilera de alambre de espino, el campo de concentración de inmigrantes de Hal Far supone una de las mayores vergüenzas de Europa. El gueto. En el 2009, Médicos Sin Fronteras publicó el trato inhumano en un informe titulado “Not criminals” (No son criminales).

El Estado maltés ha contratado los servicios de Dabegal, la empresa italiana de construcción de barracones-contenedores prefabricados para la industria.

Unos cincuenta contenedores de chapa se superponen unos encima de otros, como las fichas del dominó; en las escaleras, se tiende la ropa. Numerados por orden alfabético: 1 A, 1 B, 1 C, 1 E; 2 A, 2 B, 2 C, 2 D, etcétera. En ellos, la placa de las “medidas de emergencia del programa general de solidaridad y gestión de los flujos migratorios”, que depende del Fondo Europeo para los Refugiados, cuyo cometido queda en papel mojado: “Apoyar y mejorar los esfuerzos de los Estados Miembros para mejorar las condiciones de acogida, aplicar procedimientos de asilo justos y eficaces, y promover buenas prácticas en el área de asilo para proteger los derechos de las personas que requieren protección internacional, y permitir que los sistemas de asilo en los Estados Miembros funcionen eficazmente”.

Dentro de los contenedores, tres y cuatro y cinco literas de dos y tres piso cada una; en un contenedor pueden llegar a dormir hasta diez personas.

Alrededor de unos doscientos inmigrantes ven la vida pasar (de Somalia, Mali, Nigeria…). Los carritos de los niños, abandonados; los mayores, dejados; los gatos roznan, hambrientos.

Cacahuetes. Alí, gambiano de 27 años, traspasa información de uno a otro móvil, con sus manos receptoras. Aterrizó en Malta y lo llevaron directamente al centro de Hal Far. Respect.

Calor. Maks Brown (Banjul, Gambia, 1996) se queja del calor que abrasa: “Mucho calor, mucho”. Los contenedores blancos, sartenes. Respect.

Huele a mierda. El olor se graba en el cerebro. Regueros de meados en las junturas. El pestazo de la ropa puesta a secar en el alambre, en las ramas de una encina, en las barandillas. Calcetines, sudaderas, calzoncillos de la marca Bossini.

Puedes pisar una cuchilla de afeitar usada, las capas de una cebolla y una lata vacía. Puedes ver un cuerpo macilento que se mueve por inercia, que se sienta bajo el sol de las doce y ahí se clava, desmotivado, sin fe, como una antena parabólica sin señal. Ese cuerpo te preguntará: “¿Hoy es lunes?”.

Para barrer, una madre se tapa la nariz con los flecos de la camiseta. Su niña de unos cuatro años juega con la porquería.

Un abuelo ido y sucio y bebido se tambalea. Los demás se ríen de él.

Los aviones de Ryanair despegan con sus dos motores turbofanes V2500 en el cercano aeropuerto internacional de Luqa, en el que algunos pasajeros que esperan su vuelo tocan la banda sonora de Hans Zimmer para Piratas del Caribe: La maldición de La Perla Negra en un piano junto a la Puerta 4. “Soy un instrumento musical. Por favor, trátame con respeto”, se lee en el atril. Respect.

En el centro de detención existen las castas: los que no tienen papeles y los que han conseguido que se les reconozca el derecho de asilo por el hecho de ser refugiados.

Los primeros, los sin papeles, malviven en el interior de unos cuatrocientos tubos compactos de hormigón, restos de las obras cercanas. Como lombrices de tierra, los hombres que aquí moran se metamorfosean: cilíndricos, encorvados, blandengues.

El interior de cada tubo, una gusanera. Hace unos días, la policía arrestó a la mayoría de estos sin techo, despojados de la nada y de todo y, algunos de ellos, ciegos de lo que se meten.

Y en los tubos, los objetos personales yacen como los últimos vestigios humanos antes de la extinción de la especie, como si unos ladrones de almas hubieran entrado en el piso a robar y lo hubieran removido y hubieran abierto los cajones, y en su huida precipitada se hubieran tropezado con las sillas: zapatillas con la suela despegada; hornillos chamuscados; ropa de tirantes; la guía práctica para los demandantes de protección internacional, mojada; plásticos; centones descoloridos y mugrientos; colchones de niño con dibujitos de galaxias, avionetas de rescate y planetas imaginarios; la puerta de una nevera arrancada de cuajo; somieres roídos hasta los huesos; un tenedor sin la mitad de sus puntas; una cucharilla; un cepillo de dientes; un reloj de pulsera; un saco de arroz thai, destripado…

El sol pica. Un arándano, insuficiente para protegerte de los rayos ultravioleta. Las moscas trafican con los objetos. Los gatos se lamentan de su mala suerte; hurgan en las basuras, inconsistentes, y por eso sus costillas se pegan a la carne magra.

Como si estuviera aguardando durante años una visita, Virgina Sani, ciudadano de Togo de 28 años, deja pasar el día, deprimido, hecho polvo, a espaldas de la luz. Respect.

“Soy el único que queda aquí, al resto se los llevó la policía”, habla, con la tardanza de quien obra sin prisas, aletargado, lerdo.

Prácticamente hace ocho años que Virgina Sani no se aparta de su casa-tubo, en el centro de internamiento de Hal Far.

Virgina querría ser granjero como sus padres.

Los inmigrantes que sí poseen tarjeta de “protección” se mueven con relativa libertad.

A la salida del campo de Hal Far, en la parada de autobús los negros esperan que llegue el X4 y el 113, vehículos de la compañía china King Long (El Rey de las Distancias).

Sus historias épicas sobrecogerían hasta al propio Ulises, un espantajo al lado de estos desarraigados seres de metal.

Por su exquisita educación se entendería con un monje tibetano. Hace dos años que el somalí Said Mohamed (1984) llegó a Malta en un bote cargado hasta los topes, con 88 personas a bordo. Tardó dos días en tocar la costa. Respect.

El doble del rapero de la Costa Oeste norteamericana Snoop Dogg (Malice n Wonderland). Ahmed Abdelahi Said nació en Somalia, en 1985. Ha pasado siete años en el hangar de inmigrantes de Hal Far. Respect.

Neymar. Viste la camiseta no oficial del jugador del Futbol Club Barcelona Neymar da Silva Santos Júnior (dorsal con el número 11). Samake Cheick (Sudán, 1994) lleva medio año en Malta, y para él ha transcurrido media vida. Su meta, asentarse en los Estados Unidos. Se ha calado una gorra con las barras y las estrellas. Lo tiene difícil: “We are african people”, se etiqueta. Respect.

Stop overty (Acabad con la pobreza). La pulsera con este mensaje luce en la muñeca de Arouna Sangare (Daloa, Costa de Marfil, 1990). Respect.

Gas. Ibrahim Coulibaly (Man, Costa de Marfil, 1997) se sienta en el peldaño de la caseta con un cartel de “Peligro, instalación de gas”. El único sitio en el que encuentra un poco de paz. Se coloca los cascos y escucha música. “No quiero recordar el viaje”, asegura. Olvidar. Respect.

Veinte céntimos. Saho Musa (Banjul, Gambia, 1988) agarra la moneda de veinte céntimos como si fuera una barra de oro de la Reserva Federal. Se queja de la insalubridad de la “cárcel” de Hal Far. Respect.

Culebrea, demacrado, extenuado. El somalí Omar Abdewahab Osman, nacido en 1996, lleva un año en el “campo abierto” de Hal Far y ya está asqueado del lugar. En su carné figuran estas palabras: “protezione international”. Respect.

Se toma una cocacola. Hace diez meses que el refugiado libio Ali Mohamed Masud, de 33 años, llegó en avión a Malta. Reservado, apenas habla con nadie. “Es duro estar aquí.” Quizá sea la única frase que ha pronunciado en todo el día. Respect.

No le gustan los chivatos del campamento, los perritos falderos de los guardias de seguridad. Small Sisi (Tahoua, Níger, 1980) sale y entra del recinto por una rendija abierta en el muro. Se mueve como un sonámbulo con una máscara, con los pelos de Jack Sparrow y los ojillos solidificados. Le duele recordar su viaje hasta la isla de Malta, en una patera de madera. Como un martillo pesado, su destino es el contenedor 9 B. Respect.

Refugiado con el número de referencia 16729. Ibrahim Cisse (Bamako, Malí, 1997) ha conseguido “protección humanitaria temporal”. Se cuelga del cuello el número, como un pase especial. Lucha por tirar adelante. Respect.

La basura, tras los matorrales: latas de Red Bull, cajetillas de tabaco American Legend y suéteres sucios, tarados. Y tabletas gastadas de paracetamol.

Tirados en el suelo del poste de la parada de autobús, y en los alrededores de Hal Far, documentos personales: una de las solicitudes de documentación que remite la comisaría de policía de la Oficina Central de Inmigración de Malta, dirigida a un tal Hlaaeldn, nacido en 1990: “Por la presente se le autoriza a residir en Malta con esta documentación provisional”. Y un pago a la agencia de solicitantes de asilo (Awas, en sus siglas en inglés), a nombre del “beneficiario” Abas Awad Abdalla, a quien se le ingresó 97,72 euros por el periodo comprendido entre el 27 de abril y el 22 de mayo del 2015.

Cerca de la parada de autobús, el tendero maltés Lia Balzan, de 55 años, regenta el puesto de bocadillos y hot dogs Lia Café, en su camión Iveco Cargo. En la cabina del conductor, la bandera desplegada de los Estados Unidos de América, con el águila calva, blanca.

“Yo ayudo a los inmigrantes, porque lo necesitan. El Gobierno no ayuda, no ayuda a nadie”, desprecia. Y está orgulloso porque ha sido el protagonista de un reportaje publicado en el magazine Folio, del diario alemán Neue Zürcher Zeitung. “Les gustó que yo echara una mano a estas personas, y escribieron sobre mí”, dice Lia, que abre la revista por la página con su foto.

En el “open center” de Hal Far, junto a la zona portuaria de carga y descarga del puerto franco de Marsaxlokk, los contenedores de personas Dabegal se camuflan con los contenedores de la compañía de transporte marítimo Maersk, preñados de mercancías para los negocios.

A un kilómetro de Hal Far, en coche, a la derecha, en la bahía Pretty (Bonita), las niñas enseñan el trasero.

En las vallas publicitarias, “una revolución en la forma de entender la fiesta”: Space Ibiza Invasion (“Por primera vez, el club más galardonado del mundo fija residencia veraniega en este idílico enclave del Mediterráneo”).

A un kilómetro de Hal Far, en coche, y a la izquierda, el parque temático de Playmobil, con muñecos del tamaño de un adulto: click de playmobil bombero, click de playmobil policía, click de playmobil motero; incluso el click de playmobil calendario de adviento, el click de playmobil Arca de Noé y los clicks de playmobil Reyes Magos.

Pero no el click de playmobil inmigrante.

Se necesita un permiso especial del Gobierno maltés para entrar en los centros de internamiento. Habiéndolo solicitado, a día de hoy aún no lo ha recibido este reportero.

En lo que va del 2015 han muerto en el Mediterráneo 1.727 personas. Posiblemente, sean muchas más de las que marcan las estadísticas.

El mar se metió en sus entrañas. El mar se los tragó. Azul, el mar azul.

Respect.

El viaje de Electra. Autor: Elena Sauquet

Hoy tomo el tren desde Plaza Cataluña, en el centro de Barcelona, hasta Sabadell, ciudad de provincias. Cuarenta minutos de recorrido.  No llevo libros, ni periódicos, prefiero mirar a través de la ventana.  Eso es lo que más me gusta hacer en el viaje.

Es un ritual, cuarenta minutos en tren, hacia la  ciudad donde nací, la ciudad donde viven mis padres.

Mis padres son mayores  y yo soy una mujer madura. Padres viejos, mujer madura.  El tiempo pasa, el tren discurre, con ese traqueteo que parece que mece y amortigua los baches emocionales.  El tren suaviza el viaje,  el ruido de fondo, la continuidad, una ilusa seguridad de estar encajado en unos raíles y de ahí, el tren no sale.

Tengo ganas de verlos y ellos de verme a mí.

Cuarenta  minutos para prepararme.  Sí,  tengo que prepararme porque cada vez que los veo tengo un  sobresalto.  El primer flash cuando veo a mi madre, la piel surcada de arrugas, la espalda encorvada,  unos ojos empequeñecidos  y una tristeza inmensa a pesar de la alegría que le da el verme.

Mi padre está viejo.  Han sido sus ochenta años, después de mi viaje en tren,  lo vi.  Había cambiado, tenía otra personalidad. Había adelgazado, ya no era el recuerdo que tenía de él, un hombre de carnes, un hombre que destilaba abundancia, lo había soltado. Y los gestos también habían cambiado, ahora se vuelve de repente para mirarme.

Sentados alrededor de la mesa, en el comedor comprueba que estoy ahí, que la silla no está vacía, que estoy comiendo a su lado, quizás dudando por un segundo, de mi persona. Y yo lo miro sorprendida, sorprendida de que ese recuerdo de mi padre ya no coincide con lo que estoy viendo.  El mundo le empieza a ser extraño.

Y yo le tomo el brazo y lo achucho un poco para que no se vaya, para que se quede.

 

Entre dos ojales, se le abría la camisa a la altura del ombligo. No sé dónde se han ido sus grasas. Echo de menos esa consistencia que me decía: «nena, no te preocupes que papi está ahí».

Mi padre es un viejo, un viejo que disimula, que mira alrededor con curiosidad y después baja la cabeza y se pone triste. Un hombre que se sienta en los bancos de la calle, para ver pasar a la gente.

Él está en la recta final y todo su glamour se ha desvanecido.

Quizás me debería haber puesto otra ropa, no sé si este jersey está demasiado viejo.

Aunque digo yo que ahora mi padre es más fácil de tratar,  esos humos se han desvanecido  junto con las carnes de su cuerpo.

Hemos pasado la estación de Sarriá.  La Sierra de Collserola, me señala que  ya he dejado Barcelona  atrás.  Puedo mirar el horizonte, más allá de las montañas cubiertas de pinos, del verde de sus copas y siento el alivio de sentir el espacio abierto.

Mis padres me recuerdan que el viaje tiene un fin.

Delante de mí un grupo de estudiantes que bajarán en la Universidad Autónoma comentan sobre las asignaturas, sobre los profesores. Una de ellas recibe una llamada y escucho: «Estoy al llegar, mamá», llevan los libros nuevos encima de sus muslos, excitadas no saben si serán capaces, si estarán a la altura de menudos tochos.

Les he comprado unos girasoles.   He dejado el ramo en la repisa para abrigos y bolsos, con cierta desconfianza hacia los atolondrados que puedan lanzar sus pertenencias encima del ramo, las flores están en peligro por su naturaleza frágil.    Imagínate,  los girasoles sepultados bajo los libros…

Como los años han sepultado a mi  padre,  él también, empieza a resquebrajarse.

De mientras, miro a esas  universitarias,  y pienso que sus padres serán todavía jóvenes.

No quería ver envejecer a mi padre.

Mis labios tiemblan, mi garganta se seca, el tren sigue, a la misma velocidad, no se amedrenta porque yo tiemble, él sigue adelante.

Todo viaje tiene su fin y hay que apearse del tren.

No quiero dejar de ir a Sabadell.

Pero «nena, la vida es así.  Un día se acaba».

Si pero, … yo no quiero.

No quiero que mi padre desaparezca de mi vida, no quiero, no quiero que se vaya.

¡Qué alegría la bienvenida, llena de halagos y abrazos!

Las montañas cubiertas de pinos, y el horizonte, voy camino de Sabadell, la ciudad donde nací.

Hay una pequeña excitación dentro de mí. La imagen de mi padre cruza por mi mente.

Cuando estoy a su lado,  lo observo una y otra vez, cuando no se da cuenta me vuelvo hacia él, pero, ¿dónde se ha ido?  Es otra persona.

Me imagino que yo también he cambiado.

Mis ojos se nublan de lágrimas.  No te preocupes, nadie te ha visto, el de delante está chateando con el móvil.

Una lavadora en marcha, así están mis emociones, agitadas como una lavadora en marcha. Eso me produce ver a mi padre.  En modo centrifugado.

Por favor,  que se pare. El programa, una vez empezado, no lo puedes detener, tiene que llegar al final.  Como el tren, el tren no para hasta que llega a su destino.

Miro a las chicas de la Universidad,  yo he pasado por esto y no lo repito, un día hace ya unos cuantos años,  hacía este mismo recorrido y,  posiblemente llevaba ese mismo aire de eternidad.  Si me hubieran dicho, un día se termina, un día el viaje se acaba… quizás me lo dijeron pero yo no quise escuchar.

Ni que pudiera,  volvería a esos tiempos en los que volvía a mi casa de Sabadell en tren después de la Universidad, no, no lo repito.  Aquello era otra cosa, ellos estaban llenos de humos y yo era una niña tonta.  No, no  volvería a pasar por ello.

Prefiero ser la mujer madura que va a ver a sus padres.

Las chicas se levantan han llegado a su destino. Y dentro de tres paradas me va a tocar a mí dejar el asiento vacío.

Se me abre un interrogante sobre el verdadero sentido de la vida y una voz  me susurra al oído, una voz más inteligente que yo  me dice:  «toma nota,  no te duermas, toma nota».

Miro a través del cristal y veo un chopo muy alto en una de las hermosas casas de Bellaterra sus hojas plateadas se mueven con el viento.

Ya queda poco…

Cuando más he disfrutado de mi padre es ahora.  En su vejez.  Antes no podía, como ya he dicho, llevaba demasiados humos encima.  Pero estos últimos años, todo ha cambiado.  Siempre que lo veo me regala algo, y no estoy hablando del dinero que me da cada vez que lo veo, es otra cosa,  a veces es una frase, casi un susurro: «ai, esto se acaba» otras veces me confiesa sobre amantes pasadas y me pongo celosa y otras veces, me habla de la bolsa, de lo que ha ganado o ha perdido.  No necesitamos hablar mucho.  No hace falta, hablar mucho.  También podemos estar en silencio y mirar a los demás, sentados en un banco de la calle.

Llegamos a  Sabadell, el viaje se acaba.  Bajo  los girasoles de la repisa y miro mi aspecto en el cristal antes de que se abran las puertas.

La mujer de las cerezas. Autor: Julene Lure

En algún momento llegué a pensar que la ciudad, con su aleatoria planificación arquitectónica, había sido diseñada hacía siglos solo para nosotros. Desde Monsua hasta la colina de San Pancrazio y desde Montorio hasta el monasterio de Chioda; porque… ¿cuántas veces es normal cruzarse con una persona desconocida en el lapso de una semana en una ciudad de unos trescientos mil habitantes? Me costaba poner el límite entre el azar y el destino. La maraña de calles, casas y callejones de Verona y su trasfondo romántico hacían bastante evidente que había algo detrás de todo aquello, algo que no podía achacarse al simple argumento de la casualidad. Siete veces la ví. Siete veces. Una por cada día de la semana, la segunda semana de abril del pasado año.

En la primera ocasión simplemente quedé maravillado. Exactamente como los hombres en las películas de Fellini. Se me quedó cara de, pongamos como ejemplo, Marcelo en La Dolce Vita cuando observa de lejos a Anita Ekberg. El pobre Marcelo que se las daba de dandy no puede sin embargo disimular la atracción y fascinación que siente hacia lo que está observando. La boca abierta pero a la vez marcando una sonrisa pícara en los labios. No tiene prisa por meterse a la fuente, cogerla y llevársela a casa. Eso más tarde. Disfruta solo con la contemplación del gozo ajeno. Y así estaba yo, algo menos atractivo y glamuroso quizá pero mirando a aquella preciosa mujer escoger entre una manzana y otra en el puesto de un tendero. Su indecisión me hacía sonreír. La miré por lo que debieron ser al menos cinco minutos, sentado en la escalinata a los pies de una iglesia, y ella seguía debatiéndose entre dos manzanas que hasta donde yo alcanzaba a ver y basándome en mi básico conocimiento en horticultura eran exactamente iguales. Pero ella permanecía allí de pie, charlando con el tendero, moviendo ambas manos, sopesando peso y forma hasta que para mi sorpresa soltó las manzanas y se llevó un par de cerezas a la boca. Las degustó sin disimular su disfrute, relamiéndose más allá de lo moralmente aceptado y por supuesto como si supiera que la estaba mirando. Hizo un gesto con la muñeca para indicar al señor del establecimiento que le llenara la bolsa de la compra de kilos y kilos de aquellos gloriosos frutos rojos. La verdad es que doy por hecho que no era el único incauto de la plaza que la miraba, era un verdadero espectáculo sin necesidad de entrada. Pero para mí era algo nuevo. Despertaba en mí un apetito hasta ese momento desconocido, un tipo de ansia del que uno es consciente no podrá librarse jamás. Con su carro a cuestas la ví marcharse mientras yo permanecía sentado en la piedra caliente de la plaza y las campanas tocaban las diez menos cuarto al ritmo de sus caderas bajando Via Golosine. “Pero …¿qué podría haber hecho?” me cuestioné y al momento me respondí… “Nada, Emmanuel, nada”.

En las sucesivas jornadas no tuve tanta suerte y solo la ví de lejos al otro lado de la plaza del Duomo (el martes ) y cruzando el Adigio sobre el puente Francisco (el miércoles). Pero yo continuaba sin reunir el valor suficiente para cruzar la plaza o cruzar el puente, la carretera o cualquier otra cosa que obstaculizara nuestro encuentro. Y ella por supuesto seguía brillando con su carisma por la ciudad, ya fuera saludando a un pequeño perro que pasaba por su lado o comprándole una piruleta a un niño en el kiosko de la plaza. De alguna manera iba dejando pedazos de su persona por donde caminaba y yo me limitaba a recogerlos.

El último día, el domingo, fue diferente. Puede que porque de verdad lo fuera o porque algo me decía que era el final; la última oportunidad para montarse en el tren. Yo acababa de abrir la librería y ya estaba colocando el pedido de novelas inglesas en su estantería correspondiente cuando la vi husmear tras el cristal del escaparate, curioseando ante el pequeño muestrario de libros en oferta que había dispuesto el día anterior con ocasión de la semana santa. Llevaba una boina ladeada y una bolsa con cruasanes bajo el brazo, y yo me la quise imaginar esa misma mañana frente al espejo, decidiendo que hoy no quería ser italiana sino una parisina extraviada en Verona. Se mordió el labio indecisa y después levantó la mirada y la dirigió al fondo del local, directamente hacia este pobre librero. Era la primera vez que ella me veía a mí.

-Disculpe. Estoy buscando una novela de esas de terror para mi nieto – interrumpió nuestro contacto poniéndose ante mí una señora de unos setenta años – ¡A mi no me gustan nada! …pero ya sabe estos chiquillos…

-Claro se-señora…

Había tenido que desviar la mirada hacia mi clienta por breves segundos. A medida que me acercaba a la sección de novelas de suspense aproveché para mirar de nuevo al cristal. Ya se había marchado; mi Anita Ekber particular, la que había trastocado mi vida y me había hecho creer que Verona era nuestro plató, la que me había convertido un Sr. Mastroiani al acecho. Ilusionado, ingenuo y expectante como no recordaba haberlo sido desde los trece años. Y con todo ello la había dejado escapar o mejor dicho alejarse e irse porque ella nunca había sido mía. Pero era mejor así quizá, me dije mientras envolvía un Stephen King para el nieto de aquella señora. Había sido tan bueno por esa misma razón, por la distancia que nos había separado, por el silencio buscado y porque en el fondo sabía que la mujer de las cerezas era uno de esos milagros que solo ocurren cuando se mira desde lejos y se imaginan las personas.

Senza fine. Autor: Julene Lure

Lo encontró de chiripa entre la caja de pertenencias de su padre. Las aventuras de Huckleberry Finn, edición de 1954.  Abrió el libro por una página al azar y un  olor acudió como un rayo a su nariz, como si el aroma lo hubiera estado esperando a él desde hace mucho tiempo.  Lo penetró, lo invadió, lo transportó a una orilla muy lejos de allí, de Milán y sus calles grises,  de los cafés carísimos y los trajes relavados.  Aquel olor le pareció una mezcla de aroma a natillas, arena y moras, y lo que era más importante, no era la primera vez que lo olía…¿pero dónde, cómo, cuándo?  Lo más probable es que hubiera sido en Atrani, donde por evocación sentía  ahora que tenía a remojo sus pies, sobre las piedras calientes de las playas volcánicas amalfitanas. Pero eso era todo.  Acercó el libro a su cara, violentamente, con ansia de desaparecer de aquel despacho en la planta veinticuatro, e inspiró fuerte contra el hueco que formaban las páginas 64 y 65 de aquel libro de aventuras.  De repente al abrir sus ojos no solo alcanzaba a a ver sus pequeños pies bajo una fina película de agua que iba y venía, sino que observó sus manos, y como de una de estas pendía una pala, y un poquito más allá a su derecha un cubo vacío que luchaba por mantenerse en pie en contra de las olas. “Peppo, no te metas más adentro, vale? ¡Qué yo te vea!”, escuchó que gritaban a su espalda. ¡Peppo! Hacía décadas que nadie lo llamaba así, desde que decidió que él era un tipo duro, respetable, adorado en las altas esferas de la moda y la sastrería Milanesa.¡ Era Giussepe Fiorentini! Ya no había Peppo alguno ni siquiera para su madre.  Y sin embargo, en esa pequeña ensoñación producida por un simple respiro, echó de menos  aquella parte tan enterrada suya, la del niño gordito que se empeñaba en montar castillos sin tener arena y no tenía preocupaciones de etiqueta, ni ambiciones de aparentar vidas perfectas. Pasó  la tarde  inspirando, suspirando, aspirando incluso con la  boca todos los recuerdos que habían quedado presos entre dos páginas del libro que ojeaba su padre aquella tarde en la que le echaba crema a Peppo por la espalda, y unas pocas gotas fueron a caer  sobre  sus letras. Lo revivió todo; el heladero que venía de Maiori con su congelador rosa, la gloriosa voz de Ornella Vanoni interpretando “Senza Fine” como si fuera la original y única a través del transistor de su tío Paolo; las chicas guapas del pueblo sentadas en las rocas, jugando a que no les importaban los chicos guapos del pueblo o los pistachos que sacaba su madre del bolso a media tarde. Y una vez tuvo el cuadro completo al que poder asomarse de vez en cuando cerró el libro, guardó su pueblo en el segundo cajón de su escritorio y aterrizó limpiamente sobre la silla de cuero de su despacho en la ciudad.

RosenStrasse. Autor: Félix Remírez Salinas

El hombre, delgado, alto, rasgos caucásicos, de mentón pronunciado, tez bronceada y pelo canoso, se sienta en la terraza del café, justo enfrente de la catedral neobarroca de Berlín. En medio, el lento fluir del Spree y los barcos de quilla plana repletos de turistas en pantalones cortos y camisas floridas.  Lleva una pequeña maleta, más bien una bolsa de viaje. Pide un café solo, que toma sin azúcar. Luego, otro y otro más. Sabe que está demorando a propósito el caminar los trescientos metros que le separan de la RosenStrasse. Se arrepiente de haber encontrado la carta en aquel olvidado portafolio escondido en la cómoda de la abuela. Quizá si su madre le hubiera dicho algo, ahora estaría preparado. Pero no, jamás se habló del pasado en casa de sus padres. Hace un gesto con la mano y cuando la camarera, una chica morena que habla mal el alemán, se le acerca, pide otro café doble.

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Anke se aseguró de que los cortinones que cubrían las ventanas no dejaran pasar ni un hilo de luz. Las órdenes eran estrictas y, aunque no creía que aquello sirviera para que los aviones ingleses pasaran de largo, se avenía a  cumplir con el procedimiento. Aquella tarde de finales de febrero era especialmente fría. Había nevado durante la mañana, aunque sin cuajar, y ya apenas quedaban peatones caminando por la SchönHauser Allee. El toque de queda estaba al caer y Anke se preguntó si le habría pasado algo a Eberhard. No era la primera vez que el trabajo en la fábrica de camiones le demoraba, pero la mujer tenía un mal presentimiento. Hizo que Albert, su hijo, cenara y se acostara.  Mejor que durmiera tranquilo porque aunque el enemigo no volaba aún hasta Berlín, ya había destruido partes de Colonia y otras ciudades. Nunca se sabía si aquella noche llegarían hasta allá.

Anke comenzó a angustiarse hacia la una de la madrugada. Definitivamente, algo le había pasado a Eberhard. Apartando ligeramente el cortinón, no cesaba de mirar a la calle pero no había nadie aparte de las rondas nocturnas de soldados. Fue a las tres cuando recibió la llamada de su amiga Ulrike El rinrineo del teléfono la asustó.

− ¿Te has enterado? – Anke notó que la otra sollozaba mientras le hablaba.

− ¿De qué?

− Están todos detenidos por orden de Goebbels.

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El hombre saca de su bolsillo la carta. Lucha contra sí mismo antes de desdoblarla y leerla una vez más. No hay duda. Su familia – jamás lo hubiera sospechado – estuvo involucrada en los hechos. Guarda el papel, solicita la cuenta – trece euros, joder con los precios –  y paga. Se levanta y armándose de un valor que no tiene, comienza a caminar hacia la Spandauer Strasse, cruzando por la St.Wolfgang Strasse. Se pregunta cómo debieron ser aquellas calles hace ya más de 70 años. Sin duda, nada parecido a los edificios de fachada blanca actuales, con amplios locales en los bajos donde se han abierto boutiques de las mejores marcas. Un cielo que derrocha azul se refleja en las cristaleras llenas de bolsos, trajes de noche y joyas exquisitas. Se fuerza a imaginar aquella misma calle por aquel entonces. Seguramente, colgaría una gran bandera con esvástica desde el tejado y donde hoy hay letreros con formas juveniles y coloridas, habría eslóganes en fuente gótica y jóvenes caminando en el pantalón beige de los escuadrones. Al llegar a la Spandauer, amplia avenida  con decenas de BMWs y Mercedes parados frente a un semáforo en rojo, encuentra otra excusa para dilatar el encuentro con su pasado. Dedicará unos minutos a visitar la Marienkirche, que está a apenas cincuenta metros. Lo decide. Entra, por un rato olvida el objeto de su viaje y queda admirado por la altura de las tres naves de arco ojival, por la luminosidad de las historias que cuentan sus vidrieras, los tréboles labrados en la piedra y el buen hacer de un coro evangélico que está ensayando en el triforio. Lee, más despacio que de costumbre, un cartel informativo que narra la construcción del edificio en 1250 y sus vicisitudes a lo largo de la historia. Permanece frente a los murales que muestran a la muerte bailando en torno a los hombres e intenta descifrar los textos escritos en alemán antiguo. Busca un banco apartado, junto a una capilla decagonal. No le interesan las pinturas y menos aún la escultura sobre el altar. Cierra los ojos y, él, que nunca ha sido religioso, reza.

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Anke y Urike se encontraron al amanecer, justo cuando el toque de queda finalizaba, frente a la casa de reunión judía de la RosenStrasse, que todavía los nazis toleraban como sede de los que trabajaban para la Reichsvereinigung der Juden in Deutschland.

− En la sede de la Gestapo me han dicho que no tienen más información, pero que se trata de un control rutinario, que los hombres han sido invitados a venir al refugio – dijo Ulrike en voz baja.

− Ya, y tú te lo crees. Invitados – repitió con ironía −. Ya sabes lo que les ha ocurrido a todos nuestros amigos judíos, a nuestros vecinos, incluso a los parientes de nuestros maridos.

− Mi pobre Hans, …sabes que padece asma – Ulrike sacó el pañuelo y se sonó la nariz.

− Nos habían asegurado que siendo maridos de mujeres alemanas estarían a salvo – Anke miró al edificio que permanecía con todas las ventanas cerradas.

− Así es, así es. Son tan alemanes como nosotras.

Las dos mujeres permanecieron de pie, frente al refugio, esperando. No sabían qué hacer, qué decir, a quién acudir, ni había ningún oficial que las atendiera. De tanto en cuando, una pareja de policías que hacían la ronda les miraba desde la distancia. Anke, más previsora que su amiga, compartió con ella unas galletas que había metido en su bolso.

− ¿Recuerdas el día de mi boda? – dijo de pronto Anke.

− Eráis una buena pareja – repuso la otra.

− La mejor, aún lo somos. ¿Qué más da que él sea judío?

− Fíjate que yo no supe que Hans lo era hasta que llevábamos tres años de casados – intervino Ulrike −, no es religioso ni su familia lo era. Y, luego, hace diez años, cuando llevaba ya compartiendo quince años con él, me dicen que no, que mi matrimonio es impuro, ilegal, que es un riesgo para Alemania, que estoy fuera de la ley.

Mientras hablaban, Anke y Ulrike no se percataron de que otras mujeres se iban congregando en la calle, todas con la misma angustia en el rostro, con la misma pose estática de quién no sabe qué hacer, el mismo miedo helando sus almas.

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El hombre sabe que la iglesia no le importa lo más mínimo, que él está en Berlín por otro motivo, que no se ha trasladado desde Göppingen por turismo. Por un momento se pregunta qué pensarían sus hijos y su mujer si supieran que esté en la capital, que ha solicitado un permiso no retribuido por asuntos propios. Le creen trabajando en el despacho. Le sobreviene la angustia cuando piensa que, por cualquier motivo, pueden llamar a la oficina preguntando por él. Se descubriría el engaño. Pero no, nunca le llaman. También sería mala suerte que fuese hoy la primera vez. Sale. En la esquina ya no hay ningún edificio de judíos, ni banderas del Reich colgando. Las oficinas, amplias y funcionales, de un banco extranjero ocupan el comienzo de la calle. Ve el monolito rosa en donde, mal pegados, sin gusto, descoloridos, están los carteles informativos. Piensa que es un pobre recuerdo, poca honra para aquellas mujeres. Más no es eso lo que le molesta sino el pasado que se le viene encima.

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Llevaban ya tres días en la calle. No estaban solas. Las jornadas habían sido dramáticas. Cada hora llegaba un camión de la primera división Waffen SS con más prisioneros, todos en la misma situación, todos judíos casados con mujeres arias, Mischlinge, como se les llamaba. Ninguna noticia, ninguna información. Ellas permanecían en silencio. En varias ocasiones, los soldados les habían conminado a disolverse e, incluso, habían apuntado con sus fusiles a la muchedumbre esperando tan sólo la orden del oficial para disparar. Se mantenían en calma, sin casi hablar, porque sabían que los gatillos sólo necesitaban una pequeña excusa para ser apretados.

Se turnaban para ir a sus casas y traer alimentos que repartían entre todas. Con las hogazas de pan, la carne cocida y el agua, traían también noticias y rumores. Que si Goebbels le había prometido a Hitler limpiar de judíos la capital para su cumpleaños; que la RSHA pedía disparar contra ellas para acabar con aquella rebeldía, la primera que el régimen soportaba dentro de Alemania; que los maridos serían transportados a Auschwitz el fin de semana; que el embajador suizo se había interesado por su caso y realizaba gestiones ante los nazis; que sus hombres estaban siendo torturados dentro de la casa de la RosenStrasse.

El día 1 de marzo era ya de noche cuando sonaron las sirenas. Vieron a los guardas de las SS que corrían y bajaban a los refugios no sin antes cerrar las puertas del edificio con grandes candados. Pronto escucharon un zumbido grave que llegaba del cielo y poco después vieron cómo los reflectores de la defensa antiaérea dibujaban elipses de luz nácar en el cielo, entre las nubes, sobre los tejados. La mayoría de las mujeres se dispersaron. Ellas dos se quedaron, arrinconadas en un portal, rezando para que los bombarderos pasaran de largo y dándose ánimos pensando que peor lo estaban pasando sus prisioneros encerrados en aquella casa.

Más de 600 personas murieron aquella noche y el centro de la ciudad quedó en ruinas. Sin embargo, ni una bomba se acercó a la RosenStrasse.

− ¿Ves? Dios nos protege, está con ellos y con nosotras.

− Si Dios existiese, no estaríamos aquí, ni esos de negro ahí – respondió Anke con amargura.

Al atardecer del día siguiente, las miles de esposas que sufrían en silencio regresaron a la calle y abarrotaron RosenStrasse y las calles adyacentes.

Durante aquellos días, las mujeres pidieron ayuda a amigos, a todos los alemanes purísimos que decían comprenderles, a los jefes de los gremios y a los patronos de las factorías donde trabajan sus maridos, pero ninguno hizo una llamada, una gestión, una petición. Las mujeres Mischlinge estaban solas.

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El hombre lee despacio, sobre el poste, la narración de lo que aconteció entre el 27 de febrero y el 9 de marzo de 1943. Mira los edificios y a los transeúntes que pasean con tranquilidad. Piensa que la vida es injusta y ciega, que simplemente transcurre ajena al dolor, al sacrificio, al bien o al mal, que todo lo que ocurre no tiene trascendencia alguna porque su último destino es el olvido. Todo le es indiferente a la vida. Su único fin es pasar y continuar, sin importar lo que quede en el camino.

El hombre mira dentro de la bolsa que lleva con él y se asegura de que está ahí. En su mente escucha las palabras de la carta de su abuela a su amiga, sus explicaciones poco convincentes, la defensa de lo indefendible. Se la sabe de memoria. “Teníamos miedo”. Así terminaba la carta que su abuela envió a una de sus amigas, muchos años después. Pero él sabe que no fue el temor, que eligieron colaborar con el diablo.

Avanza unos pasos por la calle. A la izquierda ve el pequeño parque. A lo lejos se escucha el bullicio de la cercana Alexanderplatz. Le late el corazón con fuerza. Piensa – ¿y a mí qué me importa todo esto?, yo no había nacido siquiera, si uno debiera preocuparse por la historia de la familia, por sus muertos, no acabaríamos nunca… –  Se pregunta todo eso, pero no puede evitar que le tiemblen las piernas. Continúa andando hasta el centro de la calle.

-o-

De un coche militar descendió un hombre uniformado impecablemente, las botas lustradas, la hebilla del cinturón reluciente, el dorado de sus galones inmaculado. Lanzó su brazo al aire saludando a los guardias mientras estos le respondían con la loa ritual a Hitler, ¡Heil!.

Caminó unos pasos observando a la multitud de mujeres con desdén, con la distancia que da el saberse dueño de la vida y de la muerte. Si por él fuera, hubiera disparado ahora mismo contra la chusma, bastarían unas cuantas muertas para que el pánico hiciera el resto. Pero debía esperar las órdenes de Goebbels.

− ¡Mira! – Anke tiró del brazo de Ulrike – es Helmut, el coronel Siegen. Fue amigo de mi marido cuando eran jóvenes, estuvo en nuestra casa muchas veces.

− ¿En tu casa?

− Bueno, ya me entiendes, antes que se promulgaran las leyes sobre la raza.

− Yo no diría que nos mira como a amigas. ¿Crees que dispararán?

− Debo intentarlo – y Anke avanzó por delante de la protectora masa de cuerpos apelotonados en la calle.

− ¡Anke! ¿Estás locas? – le gritó Ulrike.

Anke, sobreponiéndose al temor, caminó hacia el coronel. Un guardia la apuntó inmediatamente con su arma pero Siegen le hizo un gesto para que bajara el fusil. El Führer no quería mártires arios en Alemania, estos debían martirizarse en el frente ruso, no en Berlín. Además, aquel rostro le era familiar.

No la reconoció hasta que estuvo muy cerca. El tiempo y las penurias habían grabado surcos en la frente de la mujer, sus ojos ya no eran los de vivaracha mirada que él recordaba y la silueta que siempre le pareció sensual se había marchitado.

− Frau Junner – tomó ambos guantes con una mano, mientras mantenía una posición altiva −, hace mucho tiempo que no la veía.

− Coronel Siegen – Anke no se atrevió a llamarle por su nombre de pila, Helmut, como siempre lo había hecho antaño. Él tampoco se había dirigido a ella como Anke tal como había sido costumbre hacía tantos años −, mi marido, Eberhard está ahí dentro. Fueron amigos, ¿lo recuerda? Le hizo numerosos favores.

− Nunca debiste casarte con un judío, Anke – ahora sí utilizó un tono familiar, como de pesar.

− Antaño, eso no era impedimento para vuestra amistad. Con usted y con su esposa.

−Eso fue hace mucho, cuando la nación estaba destruida, antes de que nuestro Führer nos rescatara de nuestros enemigos, antes de que… yo fuese coronel. Ahora, Anke, tengo otras lealtades.

− Por favor, sácalo de ahí – suplicó Anke, tuteándole, apelando con esas pocas palabras a ese pasado común y amistoso que habían compartido.

− Ni puedo ni quiero – Siegen se refugió en su altivez −; lo que tenéis que hacer es marchar a vuestras casas, dejar este reto infantil que sabéis que no podéis ganar.

− Te lo ruego, Helmut.

− ¡Coronel Siegen para ti! – gritó y, con un movimiento de cabeza, hizo que el centinela cargara el arma.

Anke entendió el mensaje. Bajó la cabeza y se retiró. Muerta no serviría para ayudar a Eberhard. Su corazón le pedía abalanzarse sobre aquel indeseable que traicionaba su amistad pero la razón le pedía que siguiera viva para rencontrarse con su marido. Caminó ágil y se escurrió entre las primeras filas de mujeres.

− Me había equivocado. No era él. – le dijo a Ulrike mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

− ¿Sabes? Corre el rumor de que los van a soltar. Que nuestra protesta ha sido útil.

− Dios lo quiera.

-o-

El hombre llega por fin al pequeño parque que se esconde en el centro de la RosenStrasse. Apenas un perdido cuadrado arbolado de 40 metros de largo por otros tantos de ancho. Coches aparcados junto a la acera, indiferentes a su historia. Allí está, frente a él. El Block der Frauen, la escultura de Hunzinger. A un lado, una mujer en piedra, sentada, esperando. Al otro, los cuatro monolitos con otras tantas figuras, mujeres en silencio, mujeres aguantando de pie los días y las noches, mujeres abrazándose, mujeres rezando, mujeres llorando, mujeres felices cuando, al fin, el día 9 sus hombres fueron liberados.

El hombre apoya la bolsa en el suelo y la abre. Saca la rosa que lleva dentro. La ha comprado esta misma mañana. La más fresca y hermosa que ha encontrado en el mercado de las flores. La deposita junto a la escultura y baja la cabeza.

− Perdón − musita−, perdón por lo que mi abuelo Helmut te hizo. Perdón porque mi abuela se abstuvo de ayudaros. Perdón por el silencio. Perdona a los Siegen,  Anke.

–ooo0ooo-

 

Ushuaia. Autor: Jorge Varela Martinez Negrete

U – s – h – u – a – i – a. Un lugar que fonéticamente suena muy agradable y que geográficamente también lo es debido a su inmensa lejanía.
(En lengua Yagán: “Al fondo de la Bahía”).

Para llegar a Ushuaia hay que volar poco más de cinco horas desde Ezeiza en Buenos Aires. Atravesar las pampas argentinas con sus gauchos bigotones, después vendrá la indómita Patagonia, luego el Estrecho de Magallanes y finalmente, tras sobrevolar el majestuoso Canal del Beagle aterrizar en el Aeropuerto internacional de las Malvinas Argentinas.

Antes de que existiera el actual aeropuerto (1995) llegar a Ushuaia era toda una aventura debido a los escasos caminos que cruzan la Isla Grande de Tierra del Fuego y hacerlo por mar era casi imposible ya que en las derrotas de los barcos la tenían olvidada a no ser por algunas embarcaciones de cabotaje que hacían el trayecto entre Punta Arenas en el estrecho de Magallanes y Ushuaia.

Pero, ¿a qué vas a Ushuaia?, ¿no sabes que ahí el aire es tan frío que se te mete entre tu piel y te deja enjuto ? ¿y qué el viento cuando aúlla, aúlla tan fuerte como lo hacen los muertos volviendo loco al que le escucha?

Pero los muertos de aquí nos son unos muertos cualquiera, son unos muertos viejos que a causa del frio no han muerto de verdad y te platican como murmurando, como si estuvieran callados y aunque tu no los quieras escuchar, sus gemidos llenan tus oídos volviéndote loco si no es que el aire frío de la bahía ya lo hizo. Por eso te digo ¿a qué vas a Ushuaia?

La primera impresión que tienes de Ushuaia es muy agradable con la vista del puerto que se levanta del otro lado de la bahía y en un segundo plano las cumbres nevadas de los montes Martial. Pero hay que abrigarse bien ya que el clima es muy extremo debido a los vientos del suroeste que soplan desde la Antártida y que todo lo congelan.

Pero, ¿a qué vas a Ushuaia? Ahí nadie te conocerá, nadie hablará como tu hablas, porque ahí las lenguas de los que escuchas serán las lenguas de los otros que habitaron antes estas tierras, ellos serán los Yaganes, serán los Onas, serán los que escuchas pero no los que tu vez pero ellos a ti si te verán, a ellos los aniquilaron, los arrasaron, pero su voz perdura con el viento que los trae de regreso, los que tu vez llegaron hace poco y caminan ahora los caminos que ellos alguna vez caminaron pero a ellos no les entenderás aunque hables su mismo idioma. Por eso te digo ¿a qué vas a Ushuaia?.

Ushuaia es una ciudad nueva con poco más de cien años de existencia y aunque pertenece a la República de Argentina, su población actual esta caracterizada por migrantes de todo el mundo: muchos italianos y alemanes, además de los conocidos vecinos sudamericanos.

Todavía a mediados del siglo XIX existían aquí las dos grandes tribus nómadas de la isla Grande de Tierra de Fuego que vivían en un plácido equilibrio. Por un lado la tribu del mar, los Yaganes, que en sus canoas navegaban la costa remando por los canales y bahías que bajan hasta el Cabo de Hornos y por otro lado la tribu de las montañas; los Onas que lo hacían caminando en pequeños grupos que transitaban sus colinas y praderas hasta terminar en el el lago Fagano. Así la vida entre ambas tribus transcurría en una pacífica harmonía.

Con el tiempo surgieron los intereses económicos, llegaron “los estancieros” y con ellos los pastores anglicanos que los quisieron “civilizar”, les impusieron el sedentarismo, los enseñaron a “cultivar” la tierra y los vistieron a la usanza europea pero esto constituyó el principal problema ya que las tribus aborígenes que vivían desnudas estaban acostumbradas a que cuando se mojaban ya sea por la lluvia o cuando se metían a nadar en las heladas aguas del Canal del Beagle solamente se secaban “al sol” y se cubrían con una piel de Guanaco que dejaba “respirar su piel”. Por esa razón cuando les impusieron la vestimenta europea no hicieron sino aniquilarlos muriendo rápidamente de neumonía. Por eso los muertos de Ushuaia todavía hoy aúllan con el viento.

Pero, ¿a qué vas a Ushuaia? Aquí pronto comenzarás a perder la razón cuando las horas del día se alarguen, porque aquí el sol no se oculta, no se quiere ir; cuando parece que ya va a oscurecer, el sol vuelve a salir por el otro lado del Monte Olivia. ¿Y la luna? La luna es la que tiene la culpa de todo. La luna brilla cuando aún hay luz, le han dicho muchas veces que no lo haga pero los perros le ladran y ella tiene que salir desde su escondite que tiene en el fondo de las aguas del Canal del Beagle. Por eso te digo no vayas a Ushuaia, perderás la razón.

Existen ciertos barrios en Ushuaia que aun conservan sus casas antiguas fabricadas con madera de lenga y laminas de zinc y más de alguna, aun hoy, nos muestra orgullosa su veleta en forma de ballena recordando la vocación marinera del puerto. Las calles estrechas bajan por la ladera hasta desembocar en el Beagle. En las esquinas, las placas de nomenclatura muestran además del nombre de la calle su posición geográfica como por ejemplo: Avda. San Martin 68º 18´31” W cruce con Comod. Augusto Lasserre 54º 48´23” S.

Por las mañanas, en estas barriadas se puede ver como el humo que sale de las chimeneas revolotea entre los aleros de las casas inundando con su olor a leña las calles aun solitarias. Durante el día es muy común ver pasar caminando a los marineros de la prefectura naval que muestran orgullosos su uniforme impecablemente blanco mientras transitan hacia los muelles de atraque. Ya por las noche, cuando las luces se encienden y los turistas de los cruceros se han ido es tiempo de entrar en una de las acogedoras fondas locales que con solo abrir la puerta brotan lo olores del “Asado Fueguino” que toma posesión del lugar; unos bancos de madera acojinados con piles de guanaco hacen de la mesa una seductora experiencia que anudada a los vinos de la región y al calor de la chimenea gratifican al viajero que vive sus sueños australes. Como consigna, ya en el camino de regreso a casa y bajo el cielo oscuro de la noche austral, hay que levantar los ojos al cielo y buscar en el infinito a la constelación de la Cruz del Sur, guía de marineros y exploradores que premiará tus ojos con su luz de esperanza.

Pero: ¿cuántos años deben de pasar para que la historia de un pueblo comience a contar? En Ushuaia aun no ha nacido el vate que toda ciudad legendaria se precie de tener para que la defienda, la vuelva legendaria y entonces si todos quieran venir a visitarla, por eso mientras esto sucede creo pertinente presentar a ustedes a cinco personajes que nos ayudarán a entender un poco la historia del lugar:

JEMMY BUTTON. Aborigen Yagan que fue capturado por el capitán Fitz-Roy en su primer viaje y llevado, junto con otros tres fueguinos a Inglaterra en donde se les trató de “civilizar” inclusive presentados ante la corte de la Reina Adelaida, para ser retornados nuevamente a su lugar de origen en donde en poco tiempo volvieron a sus antiguas costumbres tribales. Button pertenecía a la tribu nómada de los Yaganes que se transportaban a bordo de unas sencillas canoas fabricadas con corteza de lenga y en donde siempre llevaban una hoguera encendida custodiada siempre por una mujer (de ahí el nombre de Tierra del Fuego).

La historia de Jemmy Button y las tribus Yaganes es una buen excusa para venir a Ushuaia.

…Pero en Ushuaia no hay Louvre, no hay Buckingham Palace, no hay Empire State, no hay Puerta de Alcalá. En Ushuaia no hay pirámides, no hay mariachis, no hay Gringos, no hay Gauchos, no hay elefantes, no hay Grand Canyon; ¿a qué vas a Ushuaia?.

CHARLES DARWIN. Naturalista inglés que acompañaba al capitán Fitz-Roy en su segundo viaje de exploración y que traía de regreso a casa a los tres aborígenes llevados a Inglaterra. Es muy probable que Darwin después de convivir más de cinco meses en altamar con Jemmy Button haya observado como el medio ambiente influye en la evolución de las especies, incluido el ser humano, de ahí emergería su famosa “Teoría de la Evolución” y fue precisamente aquí en Ushuaia donde se gestó esta revolucionaria idea, por eso vale la pena recorrer los parajes del Parque Nacional Tierra del Fuego con la visión del joven naturalista Darwin y caminar por los senderos del bosque magallánico con sus retorcidas lengas, sus verdes coihues, sus olorosos canelos, los arbustos de calafates, notros y zarzas. Observar las parejas de Cauquén cuidando de sus crías mientras buscan en la playa mejillones que comer y si hay suerte poder escuchar al lobo marino de dos pelos llamando a su hembra que debe de andar por ahí cerca.

Charles Darwin y el Parque Nacional Tierra de Fuego es otra buena excusa para venir a Ushuaia.

…Pero Ushuaia está muy lejos, en Ushuaia hace frío, mucho frío, además hay un viento que cuando sopla no se puede salir de casa por varios días, Los aviones se quedan en tierra, los barcos se quedan en puerto y nada se mueve, solo la ventisca que viene de la Antártida que ejerce su poder y lo cubre todo de blanco. ¿a qué vas a Ushuaia?

E LUCAS BRIDGES. El tercer “hombre blanco” en nacer en Ushuaia y autor del libro “The Uttermost Part of the Earth”. Gracias a Bridges con su escrito podemos conocer la antigua historia de la Tierra de Fuego, la tierra inhóspita, donde comparte su comprensión y aceptación de las costumbres de las tribus nómadas que le llevo a el y a sus hermanos a ser considerados como miembros de las tribus. A la familia Bridges le fue concedida una gran extensión de tierra sobre el canal del Beagle a 80 kilómetros al oriente de Ushuaia, la Estancia Haberton, donde Lucas Bridges creció en compañía de su familia y de los indios Onas y Yaganes y la que actualmente se puede visitar ya sea llegando por tierra o navegando por el canal del Beagle, una opción interesante es quedarse a dormir para poder escuchar los ruidos de la noche y a la mañana siguiente muy temprano ir visitar la “Pingüinera” en la Isla Martillo.

E. Lucas Bridges, la Estancia Haberton y la Pingüinera son de nuevo una buena excusa para venir a Ushuaia.

…Pero en Ushuaia no hay quesos gruyere, ni escargots, ni vinos de Borgoña; tampoco hay roast beef, ni english tea, ni whisky escocés; mucho menos habrá jerez, ni jamones, ni paella. Entonces, ¿a qué vas a Ushuaia?

SIMON RADOWITZKY. Un anarquista ucraniano sentenciado a cadena perpetua en el presidio de Ushuaia por haber asesinado al fascista Lorenzo Falcón jefe de la policía de Buenos Aires en una revuelta. Después de 25 años de trabajos forzados logro escapar del penal de Ushuaia llegando a España donde se incorpora al bando republicano formando parte de las “Brigadas Internacionales” para finalmente terminar su vida en México.

En sí lo interesante no es el recluso, sino el ver como el penal de Ushuaia se funda con la intención de colonizar esta ultima porción del territorio argentino y que la única manera era la de enviar a los indeseables a vivir su cadena perpetua. Con la construcción de la cárcel llegan una gran cantidad de personas a trabajar en ella haciendo que Ushuaia creciera día a día. El penal funciona desde 1902 hasta 1947 cuando el presidente Perón lo cierra definitivamente y se le entrega a la base naval argentina. Ahora está convertido en museo donde se puede conocer la historia de Ushuaia, de los Yaganes y de los Selk´ams, de las misiones anglicanas y la de la familia Bridges. También encontramos la historia de la navegación por el Canal del Beagle, el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos. Finalmente en uno de los jardines se encuentra una replica del antiguo faro del “Fin del Mundo” el de la novela de Jules Verne.

Simón Radowitzky y el Presidio es una buena excusa para venir a Ushuaia.

…Pero en Ushuaia no hay Rockefeller´s, no hay Rotschild´s, ni tampoco Amancios, no hay reinas ni príncipes ni reyes, no hay Lamborghinis ni Ferraris ni Mercedes, no hay Jet-set ni fanfarrones ni aduladores. Entonces, ¿a qué vas a Ushuaia?

CAPITAN MORENO, Italiano, apasionado de la vela que queriendo dar la vuelta al mundo en su velero “Fortuna” se topó en Ushuaia con una hermosa mujer argentina y hubo que echar amarras en puerto, así que si tienes suerte y logras contactarlo podrás recorrer en su velero los imponentes ventisqueros y que si andas un poco más aventurado, trates de lograr doblar el infame Cabo de Hornos eso después de navegar por el archipiélago de las islas Wollaston y de la Bahía Nassau, podrás también conocer Puerto Toro, acercarte a los barcos pesqueros con sus bodegas llenas de centolla e imaginarte como si fueras el joven Darwin a bordo de la fragata “Beagle” al ir navegando lentamente por las aguas del canal admirando los picos nevados de “Los Dientes de Navarino”.

Capitán Moreno y el velero Fortuna claro que son una buena excusa para visitar Ushuaia.

…Pero en Ushuaia hay montañas infinitas, hay mares extensos y cielos maravillosos, en Ushuaia hay bosques envejecidos, glaciares azules y nieves perpetuas, En Ushuaia hay todo esto pero lo más fascinante es que en Ushuaia existe todavía una parte de la naturaleza tal y como debió de haber sido el planeta Tierra antes de que el Homo “Pensante” tomara el control. Entonces, ¿a qué vas a Ushuaia?.

Ushuaia, República de Argentina, primavera austral, 2015

Tanta alegría. Autor: Calamanda Nevado Cerro

Recuerdo esa salida del hospital como si fuera hoy. Aquel día mientras los demás hablaban con los vecinos en la calle apresuré el paso para adelantarme en el jardín. Entré por la puerta de mi añorada verja, tras cruzar los primeros metros de bosquecillo, continué  caminando. Un trallazo de luz me invitó a entrar al porche diáfano y claro de mi casa.
Sin adentrarme más di media vuelta y salí en dirección al sombreado umbral de la entrada. Solo unos pasos y me cobijas de nuevo, pensé entonces. La temperatura era ideal; las nubes blanco nacarado ocultaban el sol. Desde él la visión de mis flores me hizo pensar en Jauja en primavera, siempre me atrae; no sé, será por la fruta.
Pasee por el jardín llevando sus colores sobre mi vestido nuevo y el saborcillo dulzón de mi encuentro con los árboles frutales. Lo pasé mal durante meses vestida con bata y camisón de clínica, deseaba estar guapa y bien arreglada. Ese marco, inigualable para mí me hacía sentir feliz como años atrás en inolvidables mañanas de domingo.
Ahora, tomando aire limpio y fresco junto a los setos no dejan de acudirme recuerdos, no olvido esa época dominguera. Estábamos muy excitados mi marido y yo en los primeros años de matrimonio. Éramos jóvenes y nos levantábamos tarde para preparar la excursión más maravillosa y aventurera del verano; recoger con los chicos, aguardaban impacientes, melocotones de temporada de nuestros árboles o hacer caminatas.
Los sembramos entre todos a ambos lados del paseo de entrada, siendo chiquillos. Siempre estuvieron como ahora; juntos, alineados, y algo más retrasados en su crecimiento que otros más jóvenes por su tierra calcárea. Nos florecían, por entonces, limoneros y naranjos enanos, plenos de color y fragancias que recolectábamos los festivos.
Hoy…muchos años después evocar esa etapa de mi vida me recrea.
Después de mi estancia en el hospital y de hacer reposo en el balneario, en mi vuelta tras el alta veía mi hogar como algo sublime; esa nueva mirada a mis plantas desde la escalinata del porche me hizo tocar el cielo. Llegaban conversaciones alegres y entremezcladas de mi familia de dentro de la casa. Sin saber de qué reían me aventuré a pensar que hablaban de mí; presentía una bonita bienvenida, alguna sorpresa, o algo parecido.
Al llegar los adelanté sin disimulo para buscar antiguas sensaciones y la soledad de mis rincones. Me hicieron insistentes gestos para que los acompañara; los saludé con la mano y aparenté desentenderme. Caminar sola entre las macetas del jardín era mi anhelo.
Mi familia lo hizo por el sendero central empedrado y llegaron directos a la casa. Recuerdo como  los seguí con la mirada hasta verlos desaparecer por la puerta. Fue cuando descubrí en la hilera de pinos un dibujo nuevo en el suelo de ladrillos blancos; formaba un círculo simétrico y casi perfecto con los frutales; destaca aún, aunque esté a la sombra y al abrigo de arbustos.
Solo falto durante la primavera y parte del verano y este me retoca la casa, fue lo primero que pensé. Y murmuré… si no estoy aquí qué necesidad tenía de obrar en el jardín. No dejó de extrañarme; no recordaba a mi marido caprichoso ni interesado  en reformas. Era un día especial, me relajé y reí. Será parte de esa sorpresa que intuyo, pensé. Y fui hacia la parte derecha de la fachada junto a los laureles y lilares.
Había alboroto dentro cuando me llamó mi hermano; no lo hizo con su calma habitual, me extrañó, gritaba excitado desde la ventana del salón.
− ¡Carmen, ven a tomar café con nosotros! –
Supe por él, una mañana me lo contó emocionado en la cafetería del hospital, cuanto me echó de menos durante mi enfermedad nerviosa. Así y todo… no me apetecía salir tan pronto de mi paraíso, necesitaba pasear por sus rincones, acercarme a la piscina y verme reflejada con mi nuevo estilo. Llevaba tacones altos en marino, a juego con el bolso y el estampado del vestido, iba monísima con ese conjunto entallado.
Olisquee las hojas, respiré entre el follaje y los abetos grandes; lo observé todo como una niña pequeña; en esos momentos mi jardín era más bonito que nunca para mí.
Se habían granado los chopos; los recordaba preciosos, así y todo me sorprendió.
¡Habían arrancado más de la mitad! No lo esperaba. Si colorea el sol este sitio parece un bosque luminoso; su  sombra saca lenta y suavemente el calor del jardín, para qué quitarlos. Los conté y faltaban la mayoría, estos no llegaban a contar los dedos de una mano.
Me apené. Creaban un microclima especial; solíamos colocar mesas a su alrededor y celebrar comidas y aperitivos. Me ilusioné  a pesar de los nuevos cambios, y cada vez que inhalaba aire fresco me sentía en paz.
Había sido larga la espera, demasiado hospital; por fin estaba en casa, ¡cuánto soñé encontrarme en ella! No supe la razón y  sin saber por qué le dije al banco de piedra donde me siento a tomar limonada “Nadie me habló de estos cambios y se trata de mi hogar.” Lo pienso mejor y es que no me apetecía pasar; mi ilusión era disfrutar fuera. Además, si entraba no sabría disimular mi disgustillo por las novedades y no necesitaba correr.
Estaba cómica recolocándome el sostén a escondidas ¡hacía cucos para que no me vieran y no tener que pasar!; hasta me fui por la parte derecha de la entrada. Ahí vi la barbacoa; no la de siempre; esta era nueva. Cuantas tardes disfrutaron los amigos y mis hijos cocinando con nosotros en la otra.
Me fijé bien y había cambiado las baldosas del suelo de toda esa parte, no porque estuvieran arañadas ni feas; las dejé recién puestas y pagadas con los últimos ahorros.
Busqué la despensa. Al lado de la entrada no está, me dije; al acercarme me sorprendió. No eran esas las cortinas de la alacena que hice, ni se pasaba por la misma entrada.
Pensé mosqueada ¿Nuevas y con los bajos hecho jirones? ¿Habrán traído perros salvajes?
No dejé de mirarlas. Me molestó el poco cuidado que tuvieron con ellas. Poco a poco la decepción vertió su veneno. Dije algo así. En pocos meses mi casa ha cambiado ¿y solo lo veo yo? Por qué nadie me advirtió.
Entonces, me llamaron de nuevo.
−Carmen, no te retrases, dónde estás− Fue Enrique, mi cuñado, tanto interés y no puede verme… ¡estaría; enfadado como siempre!
Oír su voz me ponía y me pone mala, simpático en apariencia pero no es trigo limpio.
-Continuar sin mí, enseguida voy, grité por educación; continuaba sin ganas de pasar. Tanto cambio no me gustaba, me desconcertó.
Aunque ¡qué narices! Me dije, o algo similar, cómo dicen los médicos: no voy a dejar que las pequeñas tonterías oscurezcan mi felicidad, es lo que comencé a hacer al mirar el sofá esquinero.
No lo recordaba tan feo, tan usado, ni a ese lado del porche; quién se dedica a hacer mudanzas aquí, grité harta ¿Se avergüenza mi marido de él?, es antiguo; ¡por eso lo quitó de la vista!; tampoco me lo dijo.
¡Cuántas celebraciones en él! Era testigo de secretos y cotilleos sin importancia. Decíamos los amigos: “sabe de nosotros más que todos juntos”.
Me apeteció caminar junto a los rosales luneros. Estaban preciosos, siempre me recuerdan las rosas de mi boda. Tiendo ahí y… ¡No vi cuerdas de ropa! Me propuse hablar de todo con Juan; esa tarde no claro; tantos cambios no iba a tratarlos el primer día… No sería fácil recuperar la rutina y el dialogo.
Pensé que no deseaba consultarme las cosas, ni las reformas, y comprendí que con tantas idas y venidas al trabajo nunca hablábamos y tampoco era de escuchar.
Comentaba con mis amigas. “Son un rollo sus turnos; no tiene horarios y no disfruta del tiempo libre; por eso no consigue buena armonía con sus hijos ni con nadie; el caso es que no vamos como tenemos que ir”.
Juan, es mala cosa no tener tiempo para la familia, le dije en aquella época infinidad de veces. Esta parrafada me salía por inercia. Antes de la crisis nerviosa intuí algo; nunca supe qué; pero alguna vez le comente “Juan necesitas más descanso.”
En el hospital me visitó poco. Y cuando iba hablaba de comprar sillas nuevas y reponer los muebles antiguos de mi madre. Es verdad lo recordé. De alguna manera hablaba de las reformas que fui encontrando ese día; me chocó, era extraño sacar a relucir eso en mi estado; quizá no percibí sus planes de cambio, y pensaba en temas más dolorosos.
Era la tarde de mi alta, necesitaba evitar esos recuerdos; entristecían tontamente y aunque fuera difícil dejarlos pasar me dije que no ocurría nada si mi marido cambiaba de planes a menudo sin mí. Volvieron a llamarme.
-Carmen, se te enfría el café, vamos a empezar y no queremos hacerlo sin ti: dónde te metes.
Esa sería la cuarta o quinta llamada de mi cuñada. Qué pesaditos se pusieron con el café, podían venir y acompañarme dije para mí… pasearíamos, sabían de sobra cual era mi problema, que el tratamiento para la ansiedad no me deja tomarlo; esos despistados no se enteraban de nada.
Durante esa época pasé envidia, me apasiona; ahora es distinto, si me llega  su olor, una maravilla, me conformo.
En aquél momento me apetecía pasear, unas semanas atrás hubiera dado cualquier cosa por observar el día desde fuera de la habitación, y estaba en mi paraíso.
Comprobé que no me encontraba tan bien. Lo reconocí. Había vivido aquí entre tabiques anchos, habitaciones espaciosas, yo misma decoré la casa a mi gusto, Juan me dio plena libertad y quedó bien y sin embargo me extrañaban esas pequeñas novedades.
Mientras tomaban café me paré junto a las matas de hierbabuena, lavanda y mejorana.
Qué olor tan bueno a esas horas en el jardín. Flores compro muchas. Cachivaches los justos; hay pocos estorbos y menos sin ordenar, ¡a mí la luz en habitaciones con pocos muebles me da vida! Menudos ventanales pusimos.
A propósito de eso, al mirarlos me parecieron distintos a los de antes; desde fuera se veían otras cortinas. Me acerqué. Curiosidad nada más.
Pensé entrar después. Total otro rato más no me echaran de menos. Y fui a ver las ventanas; estaban medio abiertas y  con telas nuevas.
Esas tampoco las compré yo; ¡hasta las de nuestro dormitorio eran otras!
¿Hacía falta gastar en estas? Murmuré, quedaron estupendas después de la limpieza de Semana Santa. Me pudo consultar; este hombre está lanzado con los cambios. Era natural pensar así; soy decoradora y se trataba de mi casa.
Hay que ver, dije mosqueada, no me hace gracia. Qué contará  mañana de esto.
Era demasiado trajín para el primer día y un poco tarde; pensé ir dentro. Les daría una sorpresa.
No quería ir por la entrada principal. La ventana del baño estaba abierta, como siempre, cuantas veces por no abrir la puerta entro por ella. Estaba algo oxidada entonces; habían sido tres meses de cama y rehabilitación; pero cogí fuerzas y entré.
-Carmen, dónde estás; hay que ver lo que tardas; ¿vienes?, ¡estamos esperandote!−
Esta vez no me llamaba mi cuñada, alborota más, era mi amiga Lola; aunque si tardas también se pone pesada, es de puntualidad británica.
Me dijo días antes del alta: No te preocupes de preparar nada, nosotros nos hacemos cargo de la merienda y la bebida; es una forma de darte la bienvenida, y pensé, y de reventarme la sorpresa no te fastidia.
Antes de ingresar dejé los congeladores llenos, pero Juan y los chicos en ese tiempo tiraron de todo, le contesté. Cuando me vean aparecer por la puerta interior del salón se quedan a cuadros. Murmuré ufana; parecía buena idea.
La falda me quedaba estrecha, no importaba, me la subí y adentro, venga, dije, a una pierna y después a la otra; y me planté en el baño.
Esa ventana es un chollo, aún paso. Dónde hay siempre queda, y no estaba tan en baja forma.
Ahí continuaron las sorpresas. Vaya, los armarios y el espejo del aseo también los había cambiado. Y el color de las paredes. Y la mampara del baño era nueva. También los suelos, y los foquitos… ¡son alógenos!  “No los quiero, decía, dan mucho calor al afeitarse…”
Qué les pasaba a las tulipas modernistas, costaron un pastón. No estaban mal, había puesto cerámica blanca en el suelo, con lo poco sufrida que es; una simple gota las mancha. Tanta obra a cuento de qué.
Recuerdo  decir para tranquilizarme. No voy a preocuparme ni agobiarme. Juan me contará sus razones. Por mi bien seré flexible y aceptaré los cambios.
Gente parada malos pensamientos, pensé cuando me recuperé del coma. Creía que más de dos meses, los hijos y la casa sin atender sería un desastre. Quizá me sorprendía que se hubieran  movido de lo lindo sin mí. Vaya sorpresa. No imaginaba algo así.
Tres meses ingresada en planta y toda la primavera en el balneario había sido mucho tiempo. Decidieron dejar la casa a punto para mi vuelta, dije convencida. Es más cómoda para limpiar y da muchas satisfacciones, y me conformé; siempre es alegre encontrarse cosas nuevas bien hechas.
Como le horrorizan los hospitales lo critiqué mucho por no ir a menudo; ¡y estaba metido en albañiles! Me arrepentí de pensar en su egoísmo. Ya en esa época me decía Juan. “Carmen, me cuesta organizarme, no descanso; del trabajo a casa y de casa al trabajo”; entonces no entendí porque  no tenía tiempo para verme, claro se movió entre reformas y tareas.
Ya estaba tranquila cuando vi el espejo nuevo; era bonito y mostraba mi expresión un poco nerviosa, lo notaba, tenía la mirada alerta.
Cuando se vaya la familia y los niños a sus cuartos, me como a Juan besos. Planee muy contenta. Va a tener que pararme las manos. Tan serio como se pone, dirá. Espera Clara, respira, tranquilízate un poco; contrólate, no quiero crisis, vale. Ve más despacio.
No pensaba hacerle caso, era mi fiesta y no iba a dejarlo en paz en toda la tarde ni durante la noche. Algo así tenía en la cabeza para mi primer día de vuelta.
También en el pasillo había novedades ¡No estaban los cuadros de las comuniones de los niños! Ni la consola de haya de mamá, ni los paragüeros dorados. Le cundió la paga extra, murmuré, de la cartilla no pudo tirar; la dejamos a cero con la instalación del nuevo riego. Luego me explicará, o mejor otro día. Sabía que eran momentos especiales. Sobre todo mi reencuentro con él y los niños.
Noté una atmosfera diferente en el aire, parecía otro hogar con  un perfume fuerte a pan recién hecho. Qué tonta estaba cohibida en el pasillo.  Intenté proponerme ser valiente y llegar hasta la zona de estar.
Me alegraba ese olor. Entonces comprendí. No pude abrir la puerta nueva de la alacena, al lado de la entrada del jardín, porque no era la antigua entrada a la cocina, sino un horno. Por eso olía a pan recién hecho. Era lo más.
Esa reforma me gustó; si no la hice fue por no tener jaleos con él. Se lo propuse en muchas ocasiones y decía: “Déjate de obras, el pan cómpralo que está bueno” ¡Mira por dónde me hizo caso!
Eso era otra cosa; todos los cambios no iban a ser a su gusto.
El olor y la posibilidad de cocinar en el horno nuevo me animaron, aunque no les pensaba contestar aun cuando me llamaran; iría despacio y mirando.
Los dormitorios de los chicos también eran nuevos. Bueno, bueno ¡Las puertas lacadas en blanco! Tantas veces cómo se lo pedí.
Estaban preciosas de ese color. La casa ganaba, ¡donde iba a parar!
Se dio cuenta que tenía razón ¡Cuantas veces propuse cambiarlas por blancas! Y mira, él solito lo ha hecho. Las parejas no siempre coincidimos; los cambios no están mal. Murmuré bajito. Todo era lujoso y bien pensado; lo peor: pediría un buen préstamo. Ahí dudé. Lo bueno no lo regalan. Vaya una cosa por otra, pensé, gana, no hay más que verla.
Yo misma no lo hubiera hecho mejor y soy profesional de interiores.
Floté de felicidad. Decidí no tenerlos esperando más. Me esperaban impacientes sin saber que ya lo había visto todo.
Está bien, dije; o algo así, ¡tengo una pachorra! Hace rato que los oigo, llega olor a café y risas de mi marido y estoy a lo mío.
Parece contento, mejor. Mañana hago pan; decidí, no lo creía; no podía imaginar esa sorpresa.
Después de pasarlo tan mal iba a meterme en la cocina a trabajar con harina, huevos y azúcar; qué ilusión. Miré. Había gente que no conocía; una con mini que parecía joven y alguna amiga de la niña.
Estaban todos de espaldas, no me veían; tampoco me esperaban por ese lado del salón. Qué sorpresa iba a darles. Cómo emocionaba observarlos desde allí.
Bueno, el salón estaba precioso.  Todo nuevo, la tapicería era bonita de verdad ¡blanca y de lino!, los sofás para comérselos, parecían de revista de decoración; quizá resulte algo sucia, reproché , pero cómo quedaba la rinconera.
Las paredes en blanco roto muy estilosas. Juan me tenía cada vez más alucinada. La moldura del techo dorada era la guinda del pastel; no tenía idea  de su buen gusto ¡Había una chimenea de mármol! Y funcionaba.
Me fascinaban los cambios. Pareceríamos ricos. Los cuadros grandes modernizaban y daban el pego. Bueno, cómo estaba el ventanal de plantas; un vergel.
Creí que se le secarían las macetas, qué escéptica fui con él, me dije, pobrecito. A quien le consultará la cantidad de riego y los abonos. Era  increíble cómo habían mejorado.
Le pensaba decir cuando me viera que mi opinión era muy favorable;  ahora oculta entre la entrada al salón y el pasillo  disfrutaba como una enana. Se reirá cuando me vea sin palabras, con lo que hablo, murmuré para mí. Me apetecía muchísimo besarlo y abrazarlo delante de todos, pero esperaría; no sería normal. Debí apretarme las manos para sentir que no soñaba; ese ambiente tan elegante y nuevo para nosotros.
Pocos metros me separaban de la puerta abierta y no me atrevía a romper el hechizo. Debía decidirme, no esperarían infinitamente, me propuse entrar.
Saludaría a todos, estaba decidida. Tenía la boca seca y seguían de espaldas; me creían en el jardín. Dudé. ¿Me oirán aunque los pille desprevenidos?, reí mucho. Se sorprenderán como yo, por esta parte del salón no me esperan.
Qué caras cuando les hable desde aquí… pensé gritar muy alto, y lo hice; Grité ¡Hola, que tal todos!
−Ven Carmen, pasa, adelante… estás tranquila, te veo feliz y con una sonrisa preciosa. Me dijo Juan exactamente.
Si cariño cómo no. Contesté. El murmuraba y yo solo pensaba en acercarme a su pecho y abrazarlo, después saludaría al grupo. Continuaba mirando al jardín a través del gran ventanal y no a mí como yo quería.
-Ya sabes Carmen, nunca debe faltar la alegría en tu vida-. Murmuró.
Ya lo sé, ahora menos que nunca; soy feliz, contesté. Pero algo me hacía desconfiar. Por qué no ríe de oreja a oreja como yo, y me abraza con más fuerza. Eres, bueno, sois todos un sol, recuerdo gritar entusiasmada a pasar de su repentino silencio ¡Qué gusto entrar en casa, la has dejado preciosa; nunca la hubiera imaginado así, no conocía tu buen gusto cariño… Hablé de tonterías y muchísimo.
Reí a carcajadas a pesar de verlo extraño. Todos estaban tensos y Juan callado. Hasta pasado un buen rato no lo advertí.
Juan, comenté extrañada, porqué me miras así, ¿no estas contento?; has acertado en las mejoras. Me gustan. Esto no podría estar más elegante ni más limpio aunque lo hubiera decorado yo, es verdad. Has hecho una reforma increíble.
Anímate; continúe, parecía que la decoración no era tu fuerte. Ya ves. Todo es ponerse ¿Esperabas que dijera otra cosa?
Has murmurado algo despacio, no te he oído: pregunté emocionada.
−Acércate Carmen− Si cariño, dije enamoradísima, y lo besé llena de ilusión en la mejilla, dime, dime. Y entonces me soltó.
-¿No han hablado contigo los niños? ¿Tú hermano? No sé ¡Alguien! Nadie te ha dicho nada. – ¿Nada de qué Juan? Dije intranquila. Sí, claro he hablado con todos estos meses, pero no sé, qué quieres decir. No debe ser importarte, lo mejor es que han respetado tu trabajo y la sorpresa.
Cómo sois algunos hombres cuando os lo proponéis. Ufff qué nervios. Todo está perfecto, de verdad Juan. Tranquilízate y disfruta de la fiesta. Es un momento precioso. Estaba entusiasmada. Mira, colaboraré, más adelante adornaré el jardín. Compraré simientes, más abetos para repoblar la zona del aperitivo, buscaré más sombra…
−Carmen perdona, dijo con cara de pocos amigos. Te presento a mi novia. Les pedí a todos que fueran preparándote para este momento; lo siento, no tengo valor, ya lo sabes. Ella es Marisa, Marisa es Carmen; nos conocimos hace años; vivimos juntos en casa desde que enfermaste; también es decoradora. Claro, que tonterías digo; lo has notado ¿verdad?-
Sentí las miradas de todos y la suya, pero no conseguí ver la de Marisa; las lágrimas tuvieron la culpa. Pero súbitamente, cuando más hundida me encontraba por arte de magia sonreí.
-Si Juan, claro, murmuré, lo he notado, ja, ja, ja. Nos pondremos, tú y yo de acuerdo con las condiciones del divorcio. Has acertado con la reforma de casa; está preciosa. Pero, ya sabes, es mía; a ti en esta etapa de tu vida te va mejor, mucho más, la de la playa; es íntima y tranquila; siempre lo dices, ¡qué sosiego da el mar!
Eso es necesario en una relación nueva. Yo, aquí tengo todo a mano; me cuesta tanto conducir…
Estos, más o menos, son los recuerdos imborrables de mi viaje de vuelta a casa la tarde del alta. Desde entonces, no me he movido de ella, bueno salgo para comprar, trabajar y divertirme.
Juan viene alguna vez, para ser exacta tres durante los últimos cinco años. Tiene un niño pequeño, una hipoteca grande, un coche mayor que el de antes, cinco años más; aunque no se dé cuenta… y la secreta esperanza de que enferme, como aquella vez, y pueda mudarse aquí para siempre. Yo, salvo en domingos como este, casi he olvidado aquella última tarde de casada.
Las tapicerías, las paredes, las puertas, y los suelos blancos, no resultan tan laboriosos como parecen, mis hijos y yo tenemos precaución y resisten bien el uso y los roces.
Nunca agradeceré lo suficiente a Marisa su trabajo, no he tenido ocasión de comentárselo; no ha venido; pero hizo una labor verdaderamente profesional.

Huida. Autor: Calamanda Nevado Cerro

Siempre me gustó el autobús para recorrer los pueblos de Zaragoza y pasear por ella y sus avenidas comerciales en otoño. Caminar por el tubo como lo hacía con mis padres buscando un café y  recuerdos de infancia; saborear los menús del día y sus calles iluminadas inundadas de comercios y suave viento. Vivir la sensación de libertad del viernes y olvidarme del agobio que me produce la carretera cada día hasta llegar a mi trabajo  en la capital desde mi pueblecito de doscientos habitantes.
Me apetece disfrutar de este fin de semana. Desde mi asiento, con las manos en los bolsillos y un caramelo en la boca, contemplo el suelo mojado por las inesperadas lluvias y un horizonte infinito a lo lejos bañado por la oscura puesta de sol.
Voy a planificar mis salidas de tiempo libre al ritmo del motor. Lo primero. Pasearé junto al Pilar para observar  bajo sus puertas como oscurece en plaza La Seo, Paseo Echegaray y Caballero; sus contrastes modernos, sus vidrios y el clasicismo de sus monumentos romanos, musulmanes y judíos. Si puedo acercarme el sábado al museo no saldré ni para comer.
Lo conseguí, he llegado a Zaragoza. El entorno me cautiva y la cadencia que produce el autobús me hizo meditar, tanto como su pausada velocidad; parecía tener algún poder sobre mí el firme de la carretera. Resultó un viaje cómodo.
Este sábado y el domingo tapearé alrededor del Camón Aznar, ahí me pierdo en sus interesantes salas y la dedicada a Goya. He quedado con Pedro para más tarde. Nos telefonearemos según acabemos. Me figuro que estaré lista antes que él. Las reuniones de trabajo son eternas, dice.
Paseo apartando el agua desbordada de las baldosas. Esquivo los montones de granizo aterronados alrededor tras la tormenta. Esta me ha tenido atrapada hasta hace nada en el hotel. El asfalto lleno de raíces otoñales quiere hablarme. Cada una se remueve bajo mis pies y me susurra algo, como antes los árboles junto al rio. Esta tarde el fuerte ulular del viento y el granizo acompaña. Me gusta sentir las bolitas congeladas y el frío casi invernal a flor de piel.
Debe ser tarde, quizá las seis o las siete. Miro el reloj por costumbre, sabiendo que no funciona bien. Lo llevo desde “aquél día”. Y lo uso siempre, me lo regaló Pedro en la pedida de mano. Desde entonces no me lo quito de la muñeca. Ni siquiera porque su metal me de alergia. Ni tampoco porque se paró con aquel golpe defensivo cuando me intentaron violar en La Avenida San Ignacio de Loyola al anochecer. Ese día aquel canalla se limpió de la cara mis escupitajos.
Caminando y pensando la ciudad es más cercana; ahora me observa la inocente mirada de la Republicana. Sus puertas, dignas de anticuario, me abren los brazos en señal de bienvenida. Estoy cerca de las sillas del bar colocadas mirando de frente, no voy a evitar la tentación, he venido precisamente para ser tentada, tomo una, son cómodas.
Me apetece merendar. Aquí voy a esperar a Pedro. Durante un rato observaré a los clientes y después lo telefoneo. A pesar del murmullo no se está mal. Es acogedor y agradable como el café que sirven.
Parece que está sin batería o no escucha el teléfono. No tengo mucha prisa, pasearé por  la acera, delante de esta fachada que me atrae como un imán. Me emboban sus pilastras forradas de madera y cristal. Sus anuncios de licores y venta de vinos. Tiene las cristaleras tan amplias que desde fuera se repasan los detalles.
Me emocionan casi todos, muchos son recuerdos de mi niñez. El color de los mantelitos de cuadros de sus mesas me provoca risas. Cuantos domingos disfrutamos en casa de los abuelos mis primos y yo, y cuantos los manchamos de café y mermelada. “Se lavan bien, no preocuparse”, decía mi abuela. Y esas sillas que llamábamos “de peineta” desde que se casó las conserva en su habitación. Las cuida tanto que parecen nuevas, son marrones oscuro como estas y barnizadas igual.
Esos focos modernistas, apliques los llamamos y de globo ¡Tienen tanto encanto! Todavía hay alguno en el baño de los abuelos iluminando con luz indirecta el armarito de las toallas. La báscula del tendero es preciosa ¡Cuantos cuartos de kilo de azúcar, lentejas y garbanzos me despacharon de pequeña en una de esas los tenderos de mi pueblo en las tiendas de ultramarinos si me tocaba hacer los recados a mi madre a la salida del colegio! Y las botellas modernistas y esos frascos de golosinas. Las pizarras pequeñas, los tarros de mermelada, las maderas de sus preciosas estanterías con ese aire empolvado y familiar; todo me encanta.
No me dan ganas de salir de este pedazo de calle, de buen grado me volvía  a sentar en el interior    a tomar una infusión calentita rememorando recuerdos pasados. Rodeada de este ambiente familiar me siento fenomenal.
Pedro me cuenta que viene a menudo por aquí a disfrutar de su verbena de montaditos y de las tapas de migas con huevos. Buenas y baratas. Él es menos goloso que yo pero muy comilón, y algún que otro dulce se pide.
Es la mejor hora para pasear mientras lo localizo por el móvil. Un momento, ¡que es eso,  una sombra; me resulta familiar!
Me acercaré lentamente con sigilo, a ver si no me caigo, es difícil mantenerse derecha; floto entre el agua y el granizo.
Ese chaquetón azul marino me suena, miraré con disimulo a ver si puedo verlo mejor. Es el de papá claro, claro, está ahí parado junto a un banco de piedra y no sé si me ha visto. Lo esquivaré como pueda, no tengo intención de acercarme más. No dijo nada sobre este viaje. Lo último que esperaba era encontrármelo, me sorprende.
El ruido del caudal es de tanta agua que puede evitar que no oiga mi chapoteo aunque  esté cerca. No quiero destaparle la sorpresa. Querrá sorprendernos con algún regalo y no avisó que aprovecharía para venir este fin de semana. De cualquier manera no es muy normal. Está cerca ¿me habría reconocido?, ah, parece que se retira de algo oscuro, tirado o caído en el suelo. Desde aquí parece una sombra de gran tamaño. Tengo la impresión que intenta ocultarlo o taparlo con el pie.

A ver dónde estaba colocado, creo que  justo al lado del trozo del banco de piedra, ahí puede ser;  hay lo que sea.
Mirando más cerca descubriré algo, quizá esté por  entre la papelera y el banco. Vaya pues sí. Hay una bolsa grande, esa va a ser la sombra que toqueteaba con el pie.

¿Qué hago? Con la que cae no voy a eternizarme mirando. Además si empieza a pasar gente llamaría la atención. Tampoco merece la pena. Lo puedo remover un poco por encima con el zapato y lo veo y salgo de pira. Si está muy tapado paso. Qué miraba tan atento ¿Dando una patada fuerte al fardo se abrirá? Ya está, ¡se ha abierto!; lo tengo, es como a una flor carnívora gigante.
Asombroso, tiene brazos, piernas, y una cara vuelta hacia el suelo desparramada por este asfalto parduzco,  parece manchada de hierba. No puede ser, pero sí  se trata de un hombre enjuto de pequeña estatura y parece vestirse con el mismo tipo de traje que llevaba Pedro esta mañana. Este cuerpo sin vida me sobresalta.
Demasiado pelo, muchos huesos, poca estatura, y este olor de colonia tan familiar. No me sostienen las piernas, voy a caer redonda sobre el cadáver. Creo que está muerto, no se mueve. Puedo probar con otro zapatazo, a ver si le giro la cara de  una patada, ¡qué horror es su cara morada de frio! Es Pedro.
Su vida desfila ante mí y no me da pistas sobre él y su relación con mi padre; no tengo ni idea de porqué se encontraban en estos jardines y papá en Zaragoza, no sé si seré capaz de averiguarlo con lo asustadiza que soy.
Información sobre lo que les distanciaba o unía tengo poca. Madre mía. El cielo no está dispuesto a ayudar, dibuja culebrillas. El agua y este granizo van a tirarme al suelo. Llevan más fuerza que yo y que este banco mal atornillado.
La cabeza se me hace un torbellino. Esta luz desdibujada de la farola gira en su rostro y veo a Pedro más muerto aún. No contestaba al teléfono claro, ufff, me noto  la voz cada vez más hueca, con más miedo. Esto es para sentir pánico y sollozar. No puedo contemplar su cadáver; está muy  serio, y con ese color verdoso.
El cuerpo inerte de Pedro embarrado y mugroso no debe encontrar su lugar en el más allá, esto no es forma de morir, tirado en la calle como un perro. Las dudas me asaltan, estos borbotones de sangre de su boca dan un asco, y tanta lluvia rojiza estrellándose en su cara helada y ensangrentada va a mancharlo todo y llamar la atención.
Habrá tenido mucha agonía, claro, está muerto; es extraño. Casi no se le reconoce con ese rostro tan afilado por la muerte.
Estás ahí tirado en el suelo, encharcado por la sangre, la lluvia, el granizo, y la tierra de los jardines que baja mezclada de hierba y no lo puedo creer. No para de caerte esta gigantesca tormenta y no te mueves, estamos arrinconados; como no me sujete al banco ruedo por esa pendiente agrietada.
¡Parece  muy arrugada tu chaqueta! ¿Llevas algo en el bolsillo? Sí, sí. Aquí hay una hoja de papel de cuaderno, ¡todavía se puede leer!
Laura te espero en La Republicana tomando café con bizcochos alrededor de las siete. He estado allí, pero sola; más o menos a esa hora me senté en el bar y no por  tu nota ¿sospechabas que iría y pasaría después por aquí? No conseguí hablar contigo en toda la  tarde; comunicabas o la señal era de teléfono apagado. Dios mío es como si nunca hubieras estado en mi vida. Qué te ha pasado Pedro.
Estás muerto y no puedes hablar, ya  lo sé; con los ojos lo único que señalas es el cielo, y el tronco de este árbol  tronchado a tus pies. No había reparado en él, ¡está quemado por todas partes! ¿Quieres decirme que un rayo de la tormenta te ha caído encima,  y ha tirado este árbol sobre ti; te aplastó quemándote?
Claro, no  sería nada extraño este color azul que se te va poniendo si ha sido así, de todos modos no lo sé, no entiendo de agonías ni de muertos. Qué puedo pensar, Pedro no entiendo nada. Cómo sin acordarlo hemos pasado los tres por la misma plaza en una noche de tormenta.

Qué es ese calor, viene de ahí arriba y quema. Esta no es una tormenta cualquiera, tiene algo extraño. Huele a no sé qué, no sé cómo  a un olor parecido al azufre, o a pólvora. Después de una lluvia tan grande y con la que cae, lo normal sería oler a tierra mojada, a aire limpio.
¿No pasa gente por aquí? desde que estoy contigo, y hace rato que  dejó de llover, no he visto un alma. Ocurren cosas explicables no sé a cuento de qué.
Lo mejor es no alejarme y llamar a papá antes que sea más tarde. Enviará un servicio de ambulancia para acá. No va a dejarme sola en un momento así, Aunque estará como yo, hipnotizado. No doy crédito a lo que nos está ocurriendo, a ver si él cuenta algo más. Sabrá lo que le te ha pasado.
Papa no tiene el teléfono a mano o está sin batería. No contesta y van cinco llamadas seguidas. Con los mensajes tampoco hay suerte. Los cuatro últimos los ha recibido, a ver qué pasa; esperaré, aunque no estoy para muchas esperas.
Voy a probar con casa. -Mamá te llamo porque no sé si papa tiene el móvil apagado o se ha dejado en otra chaqueta, ¿sabes que está en Zaragoza?- Vaya, tampoco coge el mensaje, voy a intentarlo de nuevo y a ver qué pasa, se lo reenvío. No sé si destaparé una sorpresa u otra cosa.
Esto es un rollo, parece un mal sueño, estás a mi lado y no te mueves.  Me desespero, no sé qué hacer. No veo a nadie que pueda ayudarme, o a quien preguntar. Lo mejor es llamar directamente al mil doce, ellos te reconocerán y pueden atenderte, o mejor, llevarte al depósito.
Habrá que empezar a resolver alguna cosa, tengo que hacerlo ya. Estoy sola y el móvil me sirve de poco.
Se oye el ruido de una sirena que se acerca, menos mal que viene pronto,  qué desesperación. Y ahora que les cuento  si no sé qué te ocurrido cariño. No tengo ninguna explicación para esto, resultará increíble la forma en que te encontré. Voy a tener dificultades con mi declaración, lo sé,  quizá me consideren culpable; culpable de no sé qué, pero culpable.
Puede que papá quisiera ir contigo al bar imaginando que me encontraríais y me queríais sorprender. Él es muy de bromas. Tú menos. O quizás paseabais, os habéis guarecido de la lluvia en cualquier sitio y cuando ha arreciado la tormenta y soltado la descarga eléctrica os habéis asustado por la presencia de las culebrillas y os refugiasteis aquí debajo. Es muy posible que tú no hayas tenido  su misma suerte aunque venias a su lado. Puede que el rayo te pillase de lleno y mi padre se ha ido asustado  y ha salido corriendo para pedir ayuda; estará histérico por el susto escondido en cualquier sitio.
Mira Pedro no puedo hacer nada por ti, solo empeorar las cosas. Voy a parecer boba si cuento esto, y es que no sé otra cosa, ni siquiera porque te encontrabas aquí y mucho menos  si mi padre estaba a tu lado, no creerán que no me ha reconocido,  preguntarán por qué  no se paró a auxiliarte.
A estas horas no pasa nadie, no he visto un alma desde que me acerqué a ti en este rincón, creo que ni los autobuses ni los taxis se fijaron en nosotros. Lo mejor es dejarte, la sirena se oye muy cerca. Tienes el móvil en el bolsillo, la nota no, para que la quieres, me la llevare, más tarde la tiro. Dentro de unas horas me avisarán de tu muerte, prepararé la maleta; la deshice hace nada, y a ser fuerte y solucionar lo que valla surgiendo.

Imagino que tendrás tus cosas en el piso. Llamare mañana a los chicos para que me habrán y recojo las que pueda; no quiero ir con tu llave, ahora resultaría sospechosa de no sé qué. La policía siempre me encontrará sospechosa de algo. No falla, cuando no tienen idea de porque pasan las cosas los más allegados son sus máximos sospechosos.
Adiós Pedro cariño, lo siento; estoy muy asustada y triste, así no daría pie con bola en mi declaración, Volveré a la Republicana, tomare una tila bien cargada y después al hotel, a esperar que poco a poco los inspectores me vayan dando detalles de lo que te ha ocurrido esta tarde; y a  ver que cuentan tus compañeros del seguro que hicisteis a principios de temporada.    No sé cómo van a resolver la liquidación de  tu contrato;  sustituirte no va a serles sencillo, un  bombero torero tan  bueno como tú… Ya me dirán que habíais firmado. Eras único.

Adiós.

 

Madeira: el último paraíso. Autor: David

Dedicado a las víctimas anónimas que perdieron sus vidas durante la construcción de la zigzagueante carretera del litoral que hoy en día permite al turista visitar la isla de uno al otro extremo.

Desde que el avión se dispone a aterrizar en el aeropuerto de Santa Catarina, inaugurado en noviembre del 64 y situado a 22 kilómetros de la capital, el viajero se percata que ha llegado a un lugar diferente del resto del mundo. Se toma tierra en una diminuta pista de 1600 metros y se tiene la angustiosa sensación de falta material de espacio para casos de emergencia, puesto que en condiciones normales el avión se detiene ya a escasos metros del final, agravado por la circunstancia de que a poca distancia se acaba la isla y sólo se distingue el inmenso océano. A la vista de dicha frontera natural se explica uno por qué los grandes aviones comerciales rehúsan hacer escala en dicha isla. Más que una aventura de incierto desenlace resultaría una tragedia de funestos resultados, un suicidio colectivo.

Madeira es una isla de 741 km2, de clima templado y húmedo debido a su latitud y con escasas oscilaciones térmicas, pues la temperatura apenas varía 4º entre verano e invierno. El mar la rodea en un cariñoso abrazo, besando impunemente sus costas con la dulzura de un enamorado. Madeira, al ser de origen volcánico, es fuerte, vigorosa, bella por la agresividad de sus recios picos elevándose en el firmamento con un velo de niebla sempiterna que oculta sus cumbres. Hermosa por sus impresionantes acantilados, sus profundos valles, titubeantes arroyos y las magníficas cascadas. Su vegetación primitiva no es uniforme, sino que convive con otros cultivos implantados por el hombre. Allí se dan cita papayos, aguacates, maracuyás, mangos, cañas de azúcar, viñedos, higueras, naranjos, nísperos, manzanos, perales, castaños, hayas, pinos… Cuando fue descubierta en 1419 por Joao Gonçalves Zarco era un ingente vergel situado en pleno océano Atlántico. Pero al tratar de colonizarla en 1420 y ante la imposibilidad de abrirse camino entre el inmenso matorral y espesa arboleda que se extendía por doquier, Zarco mandó prenderle fuego por diferentes lugares para crear campos de cultivo abonados con sus propias cenizas. En tal grado ardieron los bosques que según la leyenda, el incendio duró siete largos años.

Desde Funchal, la capital y zona turística por excelencia, el visitante puede visitar la isla a su antojo, recorriendo los lugares típicos. Sin embargo, a pesar de las muchas excelencias de Madeira, la excursión que recomiendo, para percibir mejor sus contrastes y que servirá para explicar mis impresiones, es la ruta que empieza en la Estrada Monumental hacia Cámara de Lobos, una modesta población de pescadores rudos y afables. El visitante debe detenerse en el Pico da Torre desde el que se observa una espléndida vista panorámica del pintoresco pueblo marinero, de viviendas apiñadas y construidas sobre un promontorio rocoso que se asemeja al caparazón de una gigantesca tortuga con la cabeza y el cuello sumergidos bajo el agua. Allí puede degustarse el plato típico de pez espada negro (una especie rara en cualquier otra parte del mundo pero abundante en Madeira debido a la profundidad de sus costas, ya que se trata de un pez que habita en aguas cuya temperatura no exceda de 7º), preparado de diversas formas a cual más sabrosa. No sólo el perspicaz, sino el más lelo de los viajeros puede captar también allí la eterna paradoja humana entre la opulencia de los ricos y el olvido de los pobres. A las haciendas y quintas de los poderosos se opone el chabolismo de los desheredados, al lujo de los turistas la miserable existencia de mendigos, pedigüeños y pordioseros. ¿Cómo construir una sociedad más justa y equitativa?…  Eterno dilema de difícil, si no imposible, solución.

A continuación es parada obligatoria el mirador de Cabo Girao, un acantilado de 580 metros sobre el nivel del mar, que constituye el observatorio natural más alto de Europa y el segundo del mundo. La sinuosa carretera sigue una profunda garganta custodiada por imponentes moles. En pocos kilómetros se asciende desde la costa hasta unos 1500 metros de altitud, pudiendo apreciarse el jalonamiento de la flora según la altura. De las bananeras iniciales sazonadas por el sol a una alfombra de helechos en las cumbres, pasando por un denso manto de vegetación compuesta de hierbas, arbustos y árboles. Además de toda clase de cultivos: maíz, cebada, tomates, patatas, guisantes, cebollas, etc. La calzada pasa por Estreito, célebre por sus “espetadas”, carne de vaca puesta en pinchos para ser asada a la brasa y la calidad de sus vinos. Los sibaritas del sabor disponen de cuatro variedades distintas, aunque no por ello exentas de calidad: el sercial (aperitivo vigorizante, ligero y seco), el verdelho (semiseco), el bual (dulce) y el malvasía (excelente digestivo muy dulce). Después se llega a Campanario, zona residencial con plantaciones de caña de azúcar mezcladas con sus viñedos. Luego, se baja a Ribeira Brava, villa besada por el mar.  Aquí la carretera se bifurca, una con rumbo a Punta do Sol y la otra ascendiendo hacia Encumeada de San Vicente. Atrás queda la zona marítima, dulce y ajetreada y la vía se adentra entre vertientes acantiladas, morada de aldeas soleadas y sosegadas. Desde allí, a mil metros de altura, se divisa el océano, al norte y al sur, siendo posible apreciar la anchura total de la isla, además de los altos picos y profundos valles del interior. Si las condiciones climatológicas lo permiten, es conveniente tomar la ruta secundaria que se dirige a Paul da Serra, zona de excelentes vistas panorámicas. Se cruza entonces la mayor meseta de Madeira de unos 6 km. de largo por 3 de ancho, cubierta por una densa vegetación de helechos, brezo y romero. Se pasa seguidamente por Rabaçal de donde parten las famosas “levadas”, canales de riego que llevan agua dulce hacia la costa meridional. A través de escabrosas vertientes se llega por fin a la pintoresca ciudad de Porto Moniz, cuyas piscinas naturales de roca volcánica, que se llenan con la marea alta, la convierten en centro de interés turístico.

Recorrer la costa norte resulta aconsejable por sus increíbles paisajes de precipicios y esbeltas cascadas. Sus altos farallones resisten inmutables los furiosos embates de las olas, como han hecho durante siglos y seguirán haciendo aún por tiempo indefinido; soportarán con impasible mutismo la cólera de los elementos: viento, lluvia, granizo; desafiarán al rayo de las tormentas, a la violencia de las tempestades e incluso al sol abrasador de los meses de estío. La carretera, escarbada en las entrañas de las montañas y cuyas paredes rezuman humedad, serpentea, se tuerce y se retuerce hasta llegar a Seixal y es tan estrecha que desde la misma ventanilla uno puede recoger un trozo de basalto, mojarse con la fina lluvia de las cascadas o arrancar una flor de la exuberante floresta. Por extraño que parezca también circulan los autocares, una amenaza para los pequeños vehículos que deben detenerse o retroceder para ceder el paso. Conducir por semejante itinerario más que una imprudencia se me antoja una temeridad, no sólo por la pared vertical que ciñe la carretera, sino por el abismo que la flanquea por el lado opuesto. Aturde y asusta pasar de una altitud imponente, desde la que se divisan taludes y precipicios, a bordear la costa al cabo de pocos kilómetros, mirando hacia arriba con el corazón encogido por la presencia de gigantescos macizos que permanecen ocultos por las nubes, pero que discurren a través del litoral como eternos centinelas del ominoso océano Atlántico.

Siguiendo hacia el este, se pasa por San Vicente y posteriormente por Ponta Delgada, pequeño istmo que parece querer separarse de la tierra y adentrarse en el océano, en cuyos fértiles terrenos crecen los viñedos al amparo de ramas de brezo seco que los protegen de los vientos. La ruta transcurre entre acacias y hortensias. Las casas de sus dispersas poblaciones rivalizan entre sí en el cuidado de sus jardines, ofreciendo al visitante un primoroso espectáculo de buen gusto y colorido. Engalanadas con primor, el viajero se siente extasiado, cautivo de tan sublime belleza. No podía ser de otra forma en semejante edén. Las personas tratando de competir con la naturaleza, buscando imitarla o superarla en vano, porque entre tan agreste orografía existen marcos de incomparable belleza. Tras pasar por San Jorge se llega al pueblo de Santana, donde aún pueden contemplarse las peculiares casitas con techo de paja. Luego, dejando atrás Faial y San Roque, la carretera empieza a subir de nuevo hacia Ribeiro Frío, famoso por sus jardines, balcones y viveros de truchas. La ruta transcurre entre bosques de coníferas que perfuman y adornan la isla. Sorprende sobretodo no atisbar ni un palmo de terreno desnudo, la vegetación crece por doquier, desde la orilla del océano hasta las altas cumbres, pasando de los monocultivos de bananeras o viñedos en la costa a los espesos bosques de abetos en las alturas. Ni siquiera los altos troncos de los eucaliptos escapan al devastador avance de la flora puesto que muchos de ellos se ven estrangulados por las voraces enredaderas que crecen desde el sotobosque hasta sus altas copas. Al cabo de algunos años de aquellos orgullosos árboles tan sólo resta un esqueleto sin vida de ramas blanquecinas. Cada planta lucha por la supervivencia a su manera, los álamos y sauces hundiendo sus raíces en el suelo húmedo, los juncos y las cañas en las veredas de los riachuelos, los cultivos creciendo en las fértiles terrazas de los valles, las orquídeas bajo el atento mimo de sus cuidadores y las enredaderas buscando sostén entre los altivos y frondosos árboles. Sin embargo, dicho empeño por subsistir, lejos de ensombrecer el paisaje, realza la belleza natural de la isla, puesto que tan desmesurada vitalidad, le confiere aún más esplendor y abundancia, más alegría y color, una energía y éxtasis sin parangón. La sensación de placer es indescriptible en aquel paraíso, último bastión de naturaleza virgen.

Finalmente, se llega al Poiso, a 1400 metros de altitud, donde el paisaje es agresivo, con picos que parecen rivalizar unos con otros. Allí se contempla un excelso panorama natural de cumbres semiocultas por la bruma, valles lujuriantes, hondos precipicios y profundos barrancos. Dicho espectáculo adquiere su máxima belleza durante el ocaso, cuando el sol se oculta tras las montañas despidiendo refulgentes destellos carmesíes. Desde allí la calzada empieza un suave descenso hacia Monte, una población de floridos jardines y a cuyas faldas se extiende la capital, Funchal, la apacible ciudadjardín que domina una bahía que sirve de abrigo a barcos grandes y pequeños. Desde sus miradores se aprecia la incomparable vista de la ensenada, a la par que se perciben los variados aromas de las flores que adornan las terrazas. Se baja en pronunciado declive por una sierra de polícroma vegetación, sembrada de casas que la blanquean durante el día y la iluminan por la noche como una cascada multicolor. El visitante desciende por las pendientes que conducen a la capital embriagado por la caricia de mil fragancias, embelesado por el espectáculo de una urbe cosmopolita y extasiado por las diáfanas aguas que se extienden hasta el horizonte. Poco a poco se llega a Funchal, origen y final de toda la red viaria de Madeira, diseminada por las laderas de una gentil serranía que muere lamiendo las orillas del océano. La carretera se detiene, pues, en la capital, ubicada en un anfiteatro natural que tiene al Atlántico como única ventana. ¿Para qué pedir más?

Se dice que Madeira es una isla vigorosa, fuerte, agreste, verde, de inusual belleza por sus acantilados verticales, por los coloridos valles, los imponentes riscos y las lánguidas cascadas, pero Madeira es conocida también por la belleza de sus flores como la estrelicia, el anturio y la orquídea. Posee un sinnúmero de plantas aborígenes y otras oriundas que se crían en la isla como las camelias, hortensias, magnolias, belladonas, begonias, margaritas… Dicha isla es además famosa por su artesanía de bordados y los trabajos en mimbre.

¿Y qué decir de sus habitantes? Gente sencilla, humilde y de trato amable. Siempre con la sonrisa entre los labios, atentos a cualquier solicitud y dispuestos a complacer las peticiones del turista. Su singular cortesía y genuina simpatía es aval más que suficiente para unas espléndidas vacaciones, la garantía absoluta de que el visitante nunca se sentirá entre gente extraña, sino en el seno de la gran familia que compone toda su población. Su sincera cordialidad y su innata nobleza son cualidades de las que muy pocos pueblos pueden jactarse y les granjea no sólo el respeto y la admiración de los viajeros, sino también la envidia y el afecto de cuantos pasan sus vacaciones en la isla.

Allí, entre semejante exuberancia, uno adquiere constancia de la mezquina inferioridad, de la efímera existencia, de su deleznable legado. Se percata de la impotencia de la arrogante humanidad cuya tecnología jamás logrará recrear un edén parecido. Quizás algún día el hombre consiga llegar a las estrellas, pero nunca igualará la belleza de la isla, porque es como si Dios hubiese renunciado a su omnipotencia compartiendo con los mortales el privilegio de ser testigo de tan exclusiva beldad, dado que la isla de Madeira parece hallarse en el linde entre lo terreno y lo sobrenatural. Y aunque el corazón se halle henchido de gozo por las emociones experimentadas, es de ley reconocer que también se abre una herida de difícil curación, una brecha imposible de llenar. Es la certeza de que nunca, en ningún otro sitio volverá a encontrarse un paraíso semejante.

Cuando desde el avión, de regreso ya a mi punto de origen, observo la isla perdida en el ancho océano, rodeada de un inmenso collar de espuma al romper las embravecidas olas del Atlántico contra los recios acantilados, tengo la impresión de que se trata del cordón umbilical que une el cielo con la Tierra. Y en ese momento, tras convivir una temporada con sus habitantes y disfrutar de los encantos de Madeira, uno no puede evitar tener la sensación de hallarse muy cerca de Dios.

Saluti da Roma. Autor: David

SALUTI  DA  ROMA (SALUDOS DESDE ROMA)

Al llegar las navidades era preciso pensar dónde nos comeríamos las uvas a Fin de Año. Tras una ardua deliberación, decidimos viajar a la Ciudad Eterna, sí volver de nuevo a Roma. De hecho se nos puede calificar de locos o tachar de masoquistas. ¿Regresar a Italia después de las vicisitudes sufridas el pasado verano? Entonces lamenté una y mil veces no haber acompañado a mi hermano en un crucero por el Mediterráneo oriental en el Grand Voyager desde Estambul hasta Venecia. Dice que fue un viaje fantástico. ¡Qué envidia! ¿Qué nos ocurrió a nosotros? No voy a explicar todos los pormenores, tan solo decir que escogimos un circuito por Italia y padecimos un servicio deficiente, descontrol entre los guías y chóferes de autocares, cambios imprevistos de programa, un retraso constante en las salidas, excursiones canceladas (el paseo en vaporetto por los canales de Venecia, la subida a la torre de Pisa y la visita panorámica por Florencia), anulación de la cena de despedida, avería del autobús en la autopista en plena canícula estival y, como colofón a tantas calamidades, nos pierden las maletas en el aeropuerto romano. ¿Qué os parece? ¿No son avatares suficientes para sacar de sus casillas al más pintado? En efecto, fue un desastre total y absoluto. Las peores vacaciones de mi vida.

¿Entonces, por qué volver? Era necesario sacarse de encima aquel sino o fatalidad. Al mal tiempo, buena cara. Alguien pensará que tras semejante rosario de desgracias, somos un poco atrevidos. No podíamos sufrir tanto infortunio dos veces en el mismo lugar por cuestiones de probabilidades y como decía Martin Luther King: “el valor de una persona se mide por su capacidad para afrontar las adversidades”.

Además, no me negaréis que Roma no es un magnífico destino donde empezar el año tanto por su historia como por los monumentos que contiene. Y ahora que nuestro hijo se ha hecho mayor (quince años) y opta por no venir con nosotros porque prefiere pasar las fiestas navideñas con el resto de la familia o con sus amigos, sería una escapada de dos tortolitos, como una pareja de recién casados en Luna de Miel.

Un taxi nos llevó hasta el aeropuerto de El Prat y facturamos las maletas. ¿Tanta ropa se necesita para sólo tres días? Nos apresuramos a hacer el pipí de rigor debido al nerviosismo. Me encanta el frenesí de los aeropuertos donde se mezclan un torbellino de emociones, ilusión y angustia, que genera el viajar: hombres de negocios, inmigrantes, turistas que vienen y van…

Ahora, a rezar para no tener que sentarme demasiado cerca de los reactores del ala donde el ruido es insoportable. Una hora después, un avión de Alitalia nos conduce hasta el aeropuerto de Fiumicino. ¡Me encanta viajar! ¡Es fascinante! El vuelo aterriza puntualmente en Roma, eso sí, tras sufrir algunas turbulencias que provocaron bufidos de consternación y de alivio entre el pasaje.

Confiemos que no nos hayan vuelto a perder las maletas.

Por suerte todo fue perfectamente.

¡Ya estamos en Roma!

Pero antes la policía detiene a un joven a quien un perro amaestrado ha olido con sustancias prohibidas. ¿Qué inconsciente? ¿A qué clase de cretino se le ocurre viajar al extranjero cargado de drogas? ¡Vaya joya nos ha tocado en el grupo! Hay gente de todo tipo.

Sólo llegar al hotel Leonardo da Vinci la impaciencia nos obliga a salir en busca de aventuras. Si en verano todo fue desgracia tras desgracia, ahora era preciso gozar de la dolce vita romana y de sus maravillas, ya que la antigua Caput Mundi (la Capital del Mundo) fue junto a Atenas la cuna de la civilización occidental y no se puede comparar con ninguna otra ciudad europea por su riqueza histórica, artística y espiritual. Pasear por las calles siempre es la mejor manera de captar la esencia de un lugar. Así que armados con un plano atravesamos el río Tíber y enseguida llegamos a la inmensa piazza di Popolo, la puerta Flaminia de la antigua muralla aureliana, rodeada de estatuas y dos iglesias renacentistas gemelas: Santa Maria di Montesanto y Santa Maria dei Miracoli. En el centro se alza un majestuoso obelisco egipcio llevado a Roma por orden del emperador Augusto.

Cogemos la vía del Corso, la arteria principal de la ciudad y la vía romana por excelencia, de 1500 m de longitud, flanqueada por suntuosos palacios y por boutiques de las firmas de moda más prestigiosas. “La más bonita del mundo”, en opinión del escritor Stendhal. A la izquierda está ubicado el palacio de los Bonaparte, donde vivió la madre de Napoleón I. A la derecha, está situada la iglesia de Sant Marcelo de fachada barroca. A continuación, se encuentra la piazza Colonna junto a los palacios Chigi i Montecitori, donde se halla la columna de Marco Aurelio de 29,6 m para recordar sus victorias contra los pueblos germanos y sármatas con relieves de batallas y la sumisión de los bárbaros. Antes de llegar al palacio Doria Pamphili, el cual alberga una galería destinada a las pinturas de Velázquez, Caravaggio y Tiziano, giramos a la izquierda para ir hacia la mítica Fontana di Trevi, comenzada por Bernini en el año 1641 y acabada por el arquitecto Nicolás Selvi en 1735. La estatua central representa al dios Océano sobre una gran concha tirada por caballitos de mar, junto a un amplio farallón poblado de tritones. Es famosa por la leyenda que dice que la persona que beba de su agua o lance una moneda volverá a Roma.

Una vez satisfecha nuestra curiosidad, hacemos un tentempié en un snack y volvemos al hotel a reponer fuerzas para mañana, que se presenta interesante a tenor de lo que aún nos falta por descubrir.

Al día siguiente, de madrugada, volvemos a caminar por la vía del Corso, donde algunas boutiques están abiertas a pesar de ser domingo. Recorremos de nuevo la ciudad hasta llegar a la piazza Venezia donde se levanta un ciclópeo monumento en mármol blanco llamado Il Vittoriano, erigido para honrar la memoria del primer rey de Italia: Vittorio Emanuele II. Para que os hagáis una idea de su tamaño, explicaré que en el año 1911, antes de su inauguración, se celebró un banquete para diez personas en el vientre del caballo de bronce de la estatua ecuestre de dicho soberano. Hoy el edificio alberga la tumba del soldado desconocido y es la sede del Museo Histórico de la Unificación del país trasalpino.

Proseguimos la excursión a pie por la Roma clásica. Al principio se encuentra la Colonna Traiana, erigida para celebrar la victoria del emperador Trajano sobre los aguerridos dacios. Tiene 38 metros de altura y está grabada con unas 2500 figuras y relieves de gran vigor expresivo. Por suerte se conserva admirablemente a pesar del paso del tiempo. Paseamos por los Fori Imperiali hasta llegar al Colosseo o anfiteatro Flavio, uno de los monumentos más famosos del mundo, no en vano figura en la lista de las siete maravillas de la actualidad. Lo mandó construir el emperador Vespasiano en el año 72 d.C. pero fue inaugurado por su hijo Tito en el 80 d.C. con un espectáculo que duró cien días. Fue el símbolo del poder de Roma en la antigüedad. Tiene forma elíptica con 188 x 156 m. y 57 de altitud. Consta de cuatro plantas: las tres primeras formadas por 80 arcadas de estilos dórico, jónico y corintio respectivamente y el último piso con pilares y ventanas adosados a la pared. Es fácil evocar un viaje al pasado a fin de presenciar las luchas de gladiadores, peleas entre fieras salvajes y el suplicio de los cristianos.

Caminamos después desde la basílica de Santa Maria Maggiore hasta la piazza di Spagna. Entonces decidimos coger un bus turístico abierto para realizar una visita panorámica por la ciudad. Mucho más reposado que ir callejeando arriba y abajo. Se nos ofrecen los comentarios en español a través de unos auriculares. Empezamos el circuito en el parque de la Villa Borghese. A la izquierda se observa el palazzo Margherita. Al llegar a la piazza Barberini, la voz impersonal de la grabación explica que esa noble familia para edificar el palacio utilizó los mármoles de estatuas paganas, por lo que vulgarmente se cuenta: “lo que los bárbaros no destruyeron, lo hicieron los Barberini”.

El trayecto sigue por la piazza della Republica y la vía Cavour hasta los Fori Imperiali, donde tenían lugar las principales actividades de la vida cotidiana de los antiguos ciudadanos romanos. Hoy la capital soporta un tráfico caótico que provoca una capa de suciedad que se va acumulando sobre las esculturas y las magníficas fuentes, que a buen seguro agradecerían un poco de limpieza de tanto en tanto.

¡Válgame Dios, qué frío! ¿Cuántas mangas llevaba? Una camiseta interior, la camisa, un jersey de cuello alto y el anorak del Barça, (¡cómo no!). Cuatro piezas de ropa que a todas luces resultaban insuficientes. Pese a colocarme la sudadera comprada a los vendedores ambulantes no conseguía entrar en calor. Así que ya sabéis, amigos, para visitar Roma en invierno, es necesario ir bien abrigado. ¡Ah, los guantes, la gorra y una bufanda también resultan imprescindibles!

Entonces se nos ilustra con un ejemplo del fulgurante divorcio a la italiana: el emperador Claudio a los 56 años de edad murió envenenado tras comerse una sopa de setas preparada por su inefable esposa Agripina. ¡Eso sí que son medidas radicales! A continuación, pasamos por delante del arco de Constantino y diversos templos. Dejamos a mano derecha el Circo Massimo donde no hay ruinas, sólo una explanada cubierta de hierba y se nos enseña la Bocca della Verità, una placa de mármol blanco en forma de cara, en cuya ranura horizontal las parejas de enamorados suelen meter la mano para declararse amor eterno y jurarse fidelidad. ¿Cuántas mentiras habrá escuchado a lo largo de veinte siglos? Tal vez sea la razón que explique la sonrisa irónica que posee. Cerca del Ayuntamiento se halla la iglesia de Santa Maria in Aracoeli, la preferida por los romanos para contraer matrimonio. Está situada sobre una loma a la que se asciende mediante 122 escalones, que constituye un sutil sistema de tortura para los invitados poco deseados por los novios que deciden casarse allí. Continuamos la ruta por la piazza Navona, cruzamos el Tíber y acabamos el recorrido en el Castillo de Sant Angelo y el Vaticano, la iglesia católica más grande del mundo.

Después de un baño caliente con espuma y el fornicio de rigor, salimos a cenar a un snack-bar para rodearnos de gente guapa. Realmente las chicas romanas son bellas de verdad. La comida está bien, pero una cerveza casi 6 euros es un abuso. ¡Caramba, qué bien vivimos en casa!

Capítulo aparte merece el Vaticano, la capital de la Cristiandad y sede del Papa, el sucesor de San Pedro. El Vaticano, de menos de un kilómetro cuadrado de superficie, es el estado más pequeño del mundo, pero rico en valores artísticos y espirituales. La Basílica está edificada sobre el mismo lugar donde el emperador Nerón el año 67 d.C. mandó crucificar a San Pedro. Las guías comentan con orgullo que dicha plaza, rodeada por la columnata de Bernini, es la más grande del mundo, pues caben 200.000 personas. Se nota que no han estado en China, ya que la plaza Tiananmen de Beijing o Pequín, como queráis llamarla, tiene una capacidad para un millón de personas.

Al entrar en la Basílica de San Pedro, la primera impresión es abrumadora. En el rostro de todos se refleja una expresión de incredulidad. Yo también me quedé de piedra al observar la fabulosa riqueza en forma de esculturas, estatuas de bronce, columnas de mármol, joyas y objetos de oro fruto de la codicia de la Iglesia a lo largo de los siglos. A medida que camino por allí me siento indignado por tamaña ostentación, mientras existe tanta desgracia en el mundo y tantos niños mueren de hambre o de enfermedad. ¡No hay derecho! ¿Esa es la humildad que pregona la Iglesia Católica? Con una nimia donación o la subasta de una insignificante parte de su patrimonio se acabaría la hambruna y se erradicarían muchas enfermedades. Sí, estoy muy irritado por tanta magnificencia pues mientras la mayoría de familias luchan por llegar a fin de mes o yo mismo, como el resto de los mortales, he de privarme de muchos caprichos con objeto de ahorrar para pagar una hipoteca con tal de tener una casa propia. Y además, todo lleno de tenderetes de souvenirs para hacer negocio con los veinticinco mil turistas que a diario visitan el Vaticano. ¡Qué poca vergüenza!

Al salir de la basílica queremos subir a la cúpula y desilusión al canto: cerrada. La están preparando para la bendición que realizará el Papa al día siguiente. Entonces nos dirigimos hacia el Museo Vaticano para visitar la Capilla Sixtina. Cola kilométrica y no en sentido figurado, sino la más larga que he visto nunca. Se extiende desde la puerta Angélica alrededor del muro vaticano y la vía Leone. Tengo tiempo de presenciar el juego del gato y del ratón que practican los carabinieri y los vendedores ambulantes, que ofrecen a los turistas de la cola falsificaciones de bolsos, relojes, gafas, cinturones y bolígrafos de marca a un precio razonable. Se les puede regatear hasta un 25 o 30%. Luego meditas acerca de quién ha engañado a quién y si en verdad has salido ganando. Después de permanecer dos horas en la cola aguardando tieso como un palo, uno se pregunta si realmente vale la pena soportar aquel trance para ver la obra que Miguel Ángel pintó sobre aquel techo, en vez de aprovechar el tiempo visitando Roma. Como siempre las mujeres acaban saliéndose con la suya y no tuve más remedio que armarme de paciencia y resignación.

¿Pensáis que una vez dentro de los muros del Museo se han acabado las colas? Pues no. También se debe aguardar turno frente al detector de metales, para comprar la entrada y para subir por las escaleras mecánicas. ¡Desesperante! Volvemos a observar una colección de tapices, esculturas y pinturas de incalculable valor. Siguiendo un río de gente llegamos por fin a la Capilla Sixtina, donde ciertos energúmenos se dedican a hacer fotos mientras los vigilantes los increpan irritados, en lugar de contemplar el techo y extasiarse con aquella auténtica maravilla policroma por la cual merece la pena hacer cola un día entero… Y más tiendas de souvenirs. ¡El negocio es el negocio!

Al salir de allí a las 3’30 h. nos dejamos aconsejar por la capciosa publicidad de la calle. Vamos a la pizzería recomendada, donde según el folletín de propaganda se ofrece una comida de tres platos por 15 euros. Pero los espaguetis eran insípidos, el escalope a la milanesa dura como una suela de zapato y el helado de postre tuvimos que esperar más de una hora hasta que lo sirvieron. Decidimos marcharnos y pedimos la cuenta. Sorpresa: 48 euros. Había que añadir tres euros por cerveza, cuatro por el pan y ocho por el servicio. ¡Qué clavada! Quiero protestar y presentar una reclamación. Sin embargo, mi mujer sale pitando de la pizzería porque no desea discutir y no me queda más remedio que tragarme el disgusto. Odio que me engañen. Ya nos habían advertido sobre los carteristas locales, pero los verdaderos mangantes de Roma son determinados locales dedicados a esquilmar a los turistas. Como dice el marqués de Sotoancho, el entrañable personaje de ficción del humorista Alfonso Ussía: “Estoy acostumbrado a que me roben, pero con moderación.”

Una pequeña siesta para descansar un rato. Al anochecer nos ponemos la típica ropa interior de color rojo, nos ataviamos con las mejores galas y salimos de parranda. Un crêpe caliente para combatir el frío. Y nos encaminamos a comernos las uvas a la Fontana di Trevi, la fuente con más glamour de la ciudad. ¿Existe algún lugar más romántico para recibir el Año Nuevo?

Al día siguiente volvemos a casa. Llega la hora de comentar las incidencias con los otros turistas. Unos protestan que en su hotel no hablaban español, otros se quejan de las colas o de las comidas en las excursiones. Una pareja comenta que fueron a celebrar la noche de Fin de Año a la piazza di Popolo y que fue una locura por el jaleo provocado por el ruido de los petardos y el estrépito producido por el lanzamiento de botellas vacías. Evidentemente viajar es una aventura, siempre hay que contar con una serie de imprevistos. Es una lotería. Aunque pienso que nosotros hemos tenido suerte, porque el tiempo nos ha acompañado. Hacía un frío que pelaba, pero el cielo estaba despejado. No quiero imaginar una excursión por la Roma clásica lloviendo, tener que admirar sus genuinos monumentos bajo un aguacero o una intensa nevada.

Si alguna vez se os presenta la oportunidad de visitar Roma, no lo dudéis: ropa informal y zapatos cómodos para recorrerla a vuestro antojo.

Para terminar, quiero despedirme del lector de turno y de la Ciudad Eterna a la manera italiana: Ciao caro, arrideverci Roma.

 

Luminiscencia. Autor: Miguel Ángel Florán Bautista

No hay nada permanente excepto el cambio.

Heráclito

Hace un par de años surgió en mí un comportamiento muy extraño, algunos lo llamaron obsesión, otros, simple impulsividad. Para mí, se volvió una normalidad, inclusive hasta podría llamarlo, un estilo de vida. Podrían ser las siete de la noche o las siete de la mañana, podría estar en mi trabajo o en la calle, e inexplicablemente algo se apodera de mi voluntad.  Si estaba fuera de casa, me apresuraba a llegar lo más pronto posible a mi hogar y en menos de cinco minutos, llenaba mi mochila con los elementos más indispensables: ropa ligera, mi fiel computador, una libreta y un bolígrafo. Una vez empacado todo, salía casi volando hacia la calle y tomaba rumbo de la central de autobuses. A veces, sucedía que sin previo aviso y con absoluta ausencia de un plan establecido, tomaba el primer destino que venía a mi mente, por lo que podía amanecer en las playas de Acapulco o en algún callejón de Zacatecas.

Obviamente, este caótico actuar trajo un sin número de consecuencias a muy corto plazo. Problemas en el trabajo, gastos no planeados, conflictos familiares y muchos efectos más. Y fue, precisamente en el último viaje que realicé bajo esas circunstancias, que ocurrió uno de los  eventos más peculiares de mi vida. Un acontecimiento que puso fin a estas ansias terribles de viajar sin disfrutar el camino, a esa necesidad de moverme sin rumbo, a esa impulsividad sin futuro. Contrario a lo que alguna vez imaginé, la respuesta vino de alguien lleno de sabiduría y repleto de claridad.

Pues bien, era julio en las costas de Manzanillo, en el estado de la bella Colima. Como es sabido, México es infinito y hermoso, por lo que siempre existe un lugar por visitar. Sierra boscosa, ciudades coloniales, playas exuberantes, cañadas y desiertos, todos inundan mi amada patria. Pero esa vez decidí apostar todo por ese magnífico puerto, que es crisol de muchos sabores y colores.

Me hospedé en un lugar muy céntrico, con vista a las hileras de los grandes transatlánticos que como grandes edificios móviles, rompían las olas fácilmente. Uno tras otro esperaban su turno para descargar y entre ellos, sin miedo alguno, las gaviotas dibujaban surcos en el aire.  Esa mañana de sábado el firmamento era tan azul que se fundía con el océano, además el sol prometía mantener el aire tibio. Según me había aconsejado la señorita de la recepción, tomé uno de los camiones colectivos que llevaban a una zona de playas lejanas a la ciudad. Era el lugar perfecto para disfrutar algún paisaje casi intacto de la presencia de los humanos, algo así como un edén muy cercano.

Mientras recorría la avenida principal en el autobús, veía a mi lado izquierdo el dibujo de la línea alba de la mar, los botes y veleros, así como los grandes hoteles. Camiones y autos al por mayor recorrían las calles, gente iba y venía, las madres tomaban de la mano a sus hijos, las muchachas andaban en bicicleta, disfrutando del viento entre sus cabellos. Era un sábado normal en la vida del puerto.

Poco a poco la mancha urbana comenzó a perderse y el mar desapareció momentáneamente entre los esmeraldas cerros llenos de vegetación. Serían como las once cuando el chofer anunció el tan esperado destino. Me dijo que el último camión regresaba a Manzanillo a las ocho de la noche y que la playa que tanto buscaba se encontraba cruzando la carretera, sólo tenía que seguir un camino de terracería.

Bajé y recibí de lleno un golpe de húmedo aire en mi cara. Estaba haciendo tanto calor que en menos de cinco minutos estaba escurriendo en sudor, como si la lluvia hubiera empapado. Atravesé la carretera y seguí el camino de terracería por cerca de cinco minutos. Escuché el canto de un sinnúmero de aves, uno que otro insecto vibraba entre la espesura de la pequeña selva, las hojas crujían entre los arbustos por invisibles ejércitos de hormigas que las cortaban.

Después de unos diez minutos de recorrido, escuché el estruendo del agua al tocar las rocas. Ante mis ojos apareció una bahía que magnificente resplandecía en tono turquesa. Las olas suavemente se elevaban y caían hechas una blanca cama de espuma, cubriendo la arena oscura de la playa.  En el cielo, sólo unas nubes hechas finos trazos se elevaban muy lejanas, así que todo era transparente bajo el sol del mediodía.

El lugar tomaba la forma de medialuna casi perfecta, mediría unos quinientos metros de largo y terminaba abruptamente en dirección al oeste, donde se erguía un risco gigantesco. Ahí, el mar reventaba violentamente, como si intentara escalar esos muros pétreos. Afortunadamente, a unos cincuenta metros de la playa rumbo a mar adentro, una hilera de grandes rocas hacía de rompeolas, por lo que había cierta tranquilidad en el lugar. Había un pequeño restaurante y un par de cabañas, muy apacibles. Dos automóviles estaban estacionados sobre un pequeño claro de empedrado.

En el agua jugaba un señor de unos cincuenta años, con dos niños, ambos no pasaban de los doce años. La que supuse era su esposa, estaba sentada en una silla de madera debajo de una sombrilla de sol, acompañada de una señora mayor que supuse era la abuela. En la punta este de la medialuna había una chica y un chico, acostados sobre unas toallas, igualmente debajo de una sombrilla.  Sin nadie más en el resto de la superficie arenosa, me dispuse a buscar una sombrilla en el restaurante y ocupar mi lugar en ese bello lugar.

Son cincuenta pesos, joven, se devuelven a las seis de la tarde, dijo un hombre de unos cuarenta años, tostado por el sol. Era el encargado del lugar. Si le da hambre, venga a comer aquí, tenemos de todo, me dijo sonriendo mientras terminaba de cavar con una pala la fosita donde colocó la sombrilla. Agradecí e inmediatamente extendí mi toalla, me quité los zapatos, el pantalón y sólo conservé mi traje de baño.

Inmediatamente me acosté como si fuera un cangrejo reposando bajo el sol.

Cerré los ojos. El viento cálido movía lentamente las mantas de la sombrilla. Escuchaba cómo provocaba un siseo en mis oídos. El movimiento del mar se filtraba entre la arena. Después de unos veinte minutos concluí que me sería imposible dormir, por lo que preferí sentarme a saborear el paisaje. En un rato más pondría mis pies en el agua, que imaginé, debía de estar fría.

Hice una nueva revisión a la playa. La pareja estaba ahora nadando entre las olas. Luego, giré mi vista hacia la familia, los niños construían castillos de arena, el padre estaba en el asiento de la madre y las dos señoras ya no se encontraban en el lugar donde las recordaba. Las ubiqué dentro del pequeño restaurante, conversando con el señor de las sombrillas.

Captó mi atención un viejo como de unos setenta años que a unos veinte metros de mí, caminaba ayudado de su bastón. Un sombrero de palma le cubría la cabeza, portaba una guayabera blanca y unos pantalones de vestir color café, doblados hasta las rodillas, además de unas sandalias de cuero que se veían muy rígidas. Supuse que era el abuelo de la familia.

El hombre caminaba casi a tientas sobre la arena. Estaba lo suficientemente lejos como para no tocar el agua, y los suficientemente cerca de la orilla como para no tropezar con las dunas de arena. Caminaba erguido, sin dudar y parecía que sólo bajaba la cabeza para buscar algo que pudiera obstruir su camino. Qué irresponsabilidad dejar a este hombre solo, pensé.

Y finalmente pasó frente a mí.

Buenas tardes, disculpe, ¿qué hora es?, preguntó en un acento argentino muy marcado. Me recordó el acento porteño, con esa melodía que arrastran las palabras antes de terminar, como si se aferraran a ser soltadas al viento. Buenas tardes, señor, son las dos de la tarde, contesté después de ver mi reloj de pulsera. Me sorprendió ver la hora, me extrañó que no tuviera hambre.

Bonito lugar, ¿no lo cree?, dijo el viejo mientras acomodaba su bastón a un metro de mí. Es una hermosura, contesté. Oiga, me llama la atención que ande caminando solo, señor, me atreví a opinar. Vaya, vaya, sonrió burlón, tal parece que vos se preocupa demasiado por este viejo lobo de mar, terminó. Pues se puede caer, ¿viene con la familia?, interrogué. Oh, sí, mi familia, ahí está, todos unos argentinos en la playa, ¿no son adorables mis nietos?, dijo y señaló con el bastón hacia el lugar donde se agolpaba la familia. Claro, se ve que es una familia muy bonita, expresé mientras pensaba en mis adentros la imprudencia que estaban cometiendo al dejarlo solo en la playa.

¿Quiere que lo lleve de regreso?, pregunté con un tono excelso de amabilidad y diplomacia. No, joven, muchas gracias, mire, me sentaré ahí, junto a vos, claro, si es que no le molesta, pronunció mientras sostenía su bastón con ambas manos. Lo pensé un par de segundos, era una irresponsabilidad sentarlo sin una silla, pero algo dentro de mí dijo que todo saldría bien. Bueno, está bien, déjeme ayudarlo, dije y me levanté para auxiliarlo.

Me sorprendió que se acomodara casi instantáneamente, ni un poco de rigidez en sus articulaciones, ni siquiera un gran esfuerzo para acomodarse. Acerqué mi mochila a su espalda y la acomodé a manera de respaldo.

¿Cómo se llama, joven?, preguntó el hombre mientras se quitaba el sombrero y clavaba su vista en el océano. El viento despeinó un poco su cabellera blanca. Me llamo, Miguel, contesté. Es todo un gusto, me llamo Jorge Luis, pero puede llamarme Jorge, respondió en su acento porteño. ¿Y qué lo trae a México?, pregunté curioso. ¡Oh! Esa es una gran pregunta, joven, desde hace meses que mi hijo quería viajar y quería celebrar nuestro aniversario de bodas; así que tiene unos amigos en la ciudad de Guadalajara y nos recomendaron venir acá. ¿Y usted?, qué lo trajo por acá, joven, inquirió sin girar la vista que estaba clavada en el horizonte.  Pues, digamos que decidí venir sin pensarlo mucho,  honestamente, no lo planeé, dije sincerándome.

El hombre tomó un puño de arena, lo elevó un poco y girando su palma, lo soltó. Una pequeña cascada oscura fue arrastrada por el viento.

Bien pudiera estar en otro lado, ¿no?, sentenció el viejo. Pues sí, pero realmente me gusta la playa, dije defendiendo mi postura. ¿Por qué le gusta la playa, joven?, preguntó curioso. Pues verá, Don Jorge, cada vez que viajo, la playa me hace sentir muy bien, respondí en tono de falso convencimiento. Sí, joven, eso es natural, pero, ¿por qué siempre debe ser la playa? Por qué no va, por ejemplo, a la ciudad, ahí hay más qué ver, ¿no es así?, terminó de decir con cierta lógica en sus palabras.

Reflexioné un momento, creo que no tenía una razón clara de por qué la playa era mi sitio favorito, muy bien podía estar en esos instantes en un café o recorriendo un convento. Después de unos segundos, me atreví a contestar. Creo que con la playa me siento, digamos, más cómodo, porque todo siempre es nuevo, el mar siempre está en movimiento, dije, convencido de la coherencia de mis palabras.

Vaya, pero parece que vos es un filósofo, le gusta complicarse la existencia, dijo y soltó una pequeña carcajada. Cuando tenía la edad de vos, quería comerme al mundo y creo que cometí una pavada, creí que el mundo era finito, terminó de pronunciar y señaló las olas. Escuchá cómo es de vasto el mar, qué infinito es, ¿no? Al final nuestro caminar es el recorrido de una gota en el inmenso océano, es irrepetible, por lo que no hay que perder el tiempo, dijo y golpeó la arena.

Guardé silencio. Estaba siendo instruido por un completo desconocido. Un hombre que había nacido a miles de kilómetros de aquí, en una cultura tan diferente a la mía, estaba diciendo palabras que cualquiera podría entender.

Quizá me distraje intentando conocer el infinito, cuando hay cosas más importantes que desafortunadamente son finitas, dijo Don Jorge y volvió a tomar un puño de arena. Desde que soy ciego, todo se ha vuelto una ironía, ahora, veo más claramente, sonrió mientras liberaba la arena al viento.

¡Pero qué poco perceptivo había sido! La vista del viejo no se había movido, ni su mirada había cambiado, entendí que era un hombre muy audaz para estar caminando por la playa con semejante tranquilidad. Pero luego comprendí que tenía todos sus sentidos puestos en ese instante, por lo que quien no había visto el entorno, había sido otro…

Verá, joven, antes, contemplaba, digamos, el atardecer. Era tan hermoso, pero ahora que no lo veo con mis ojos, lo sigo viendo y lo dibujo aún más hermoso en mi cabeza. Entonces, si vos no ve más allá de las cosas y se queda sólo en lo más cercano, ¿para qué le sirve su vista?, terminó y señaló al cielo.

Todo lo que me está diciendo Don Jorge, lleva suma verdad, pronuncié. Había recibido una cantidad de sabiduría tan grande en tan poco tiempo, que dijera lo que dijera, no iba a compararse con lo que el viejo estaba dictando. A veces, no veo de verdad el entorno, pero sabe, creo que viajar me ayuda a ver más allá, dije muy convencido.

El viejo soltó una carcajada. Su frente estaba llena de arrugas que se arquearon con las risas que profirió, sus párpados se cerraron fuertemente. Creo que no esperaba una respuesta así.

Ché, Miguel, muchas veces pensamos que dentro de nosotros sólo hay vacío, decimos que no hay nada importante. Pero son engaños. Créame, dentro de nosotros hay un sinfín de paisajes por descubrir y creo que ese, joven, es el viaje más difícil de todos. Aquellos que viajan hacia adentro, son unos valientes. ¿Por qué? Porque uno encuentra su verdad, y la verdad es terrible, terminó.

A lo lejos, una gaviota cayó en picada y se sumergió para conseguir alimento. Segundos después emergió con su recompensa entre su pico. Observé cómo saboreaba su triunfo.

Mire, Miguel,  si le dijera que usted puede estar en cualquier lugar, ¿qué me diría?, me preguntó desafiante. Le diría que tiene una imaginación muy poderosa, Don Jorge, contesté. ¿Acaso cree que viajar es un lujo? Si vos piensa así, se limita bastante. Para mí, simplemente es cuestión de cerrar mis ciegos ojos e inmediatamente estoy en donde quiero. Imaginar es parte de vivir, es aumentar la realidad en un parpadeo. En un instante estoy en mi casa en Buenos Aires, tomando un café con mi padre ya fallecido y conversamos de tantas cosas. De ahí, puedo viajar a la Plaza de San Pedro y escuchar misa o si se me antoja, puedo irme a la playa más hermosa del África, terminó y apuntó con su índice derecho su sien derecha.

El viejo extendió la mano para que le ayudara a levantarse. En un santiamén estaba de nuevo en pie. Sacudió sus pantalones, acomodó de nuevo el sombrero en su cabeza y tomó con fuerza su bastón. Siguió con la mirada fija en el horizonte.

Usted necesita viajar dentro de sí mismo, para encontrar la paz que le permitirá disfrutar de este viaje llamado vida, pronunció, mientras comenzaba a acercarse hacia la espuma de la mar. Baje a sus ríos a beber transparente agua, la verdad es clara y fría. Recorra sus templos y sus castillos, piérdase un rato en ellos, la soledad construye templanza. Hable con sus muertos, el amor que le darán es clara luz para el camino. Surque sus tormentosos mares, para que pueda dominar sus sentimientos. No tenga miedo a su noche, ahí también abundan las respuestas. Y de sus cielos estrellados, guíese por esa claridad nocturna, sonrió, enseñando una dentadura impecable.

Las olas cubrieron un poco más arriba del nivel de nuestros tobillos. El agua estaba tibia, deliciosa, la espuma y la arena acariciaron los dedos del viejo, quien más que feliz, parecía un niño extasiado.

Luminiscencia, dijo y por primera vez sus ojos color miel coincidieron con los míos, es el nombre de las cosas que emiten luz por sí mismas, terminó y sonrió aún más.

El oleaje chocando contra el risco fue el único sonido que cubrió la bahía turquesa. Parecía que el tiempo se hubiera detenido. Efectivamente, ese lugar nacía una y otra vez, estaba en movimiento perpetuo.

Y entonces, Don Jorge me pidió que lo guiara de nuevo a la orilla.

Cuídese, Miguel y extendió sus brazos dándome un abrazo. Usted también, Don Jorge, que Dios lo bendiga, terminé. Entonces, el viejo regresó al lugar con su familia,  blandía su bastón contra el viento marino, como si quisiera partirlo. El viento jugaba con su camisa blanca y la espuma intentaba a cada momento tocar sus pies.

Esa noche, junto a la ventana de mi cuarto, con los grandes transatlánticos de fondo y con la vista fija en el cielo nocturno, comprendí algo. El mayor viaje de mi vida había comenzado y no era a un lugar lejano, no. Había iniciado el recorrido más sorprendente y más increíble de todos: el viaje hacia mí mismo.

Visita inesperada. Autor: Micrurus

Fandór gruñía, una presencia desconocida le inquietaba, la esencia que desprendía era diferente a la de otros humanos que había olfateado con anterioridad.  Acercaba constantemente su hocico negro y alargado bajo la rendija de la puerta principal, para aspirar el aire que se filtraba. Intentaba descifrar la información que contenían las diminutas partículas pertenecientes al individuo que se hallaba fuera de su casa; pero, por más que se esforzaba, Fandór no podía identificar la extraña esencia, ni asociarla a algún otro aroma conocido. Comenzaba a enfadarse. Elevó el volumen de sus gruñidos y sus dientes blancos y afilados sobresalían de su hocico negro.

Dejó escapar un ladrido seco y sonoro que fue escuchado en el segundo piso de la habitación por su dueño Don Manuel.  La inusual actitud hostil de su fiel canino provocó que Don Manuel cerrara su libro y se pusiera de pie. Tomó su bastón y bajó las escaleras.  Con andar calmo llegó a la entrada de la casa y no pudo pudo evitar sonreír en cuanto vio a su canino vigilando la entrada con tanto ahínco, acarició su cabeza negra con cariño y, acto seguido, abrió la puerta.

Finalmente, Fandór pudo averiguar quién era el portador del extraño aroma que tanto le perturbaba. Este era desprendido por un joven desconocido que en ese momento, se hallaba sostenido sobre una cerca de madera que una vez fue blanca, perteneciente a la casa abandonada y en ruinas, ubicada casi al frente de su casa, a un costado. El joven parecía a punto de desfallecer; respiraba de manera agitada y jadeaba, intentando retener el aire se le escapaba porque lo poco que aspiraba era insuficiente para alcanzar la paz.

Don Manuel, una persona siempre preocupada por el bienestar de los demás, se acercó al joven junto a Fandór, quien caminó a su lado con su usual y atlético porte, siempre vigilante y altivo sin perder la elegancia.

Fandór no abandonó su estado de alerta en ningún momento, ni siquiera cuando se acercaron lo suficiente al joven desconocido como para hablar con él. Siempre se mantuvo vigilante, con sus orejas triangulares y puntiagudas apuntando en dirección hacia el desconocido para prestar atención a cada sonido que la boca del joven estaba a punto de emitir. En caso de ser necesario, ante cualquier situación de peligro atacaría al joven para proteger a su noble y gentil amo.

—¿Está usted bien?— preguntó Don Manuel.

El joven temblaba, lucía asustado y nervioso. Con su mano señaló la casa abandonada, después miró a don Manuel y con débil voz dijo «—Mis padres…— y suspiró.»

—Dime muchacho, ¿Quiénes son tus padres?

—Elena y Francisco Saldaña, Señor.

El rostro de Don Manuel palideció después de escuchar aquellos nombres. Fandór notó que la respuesta impresionó a su dueño. Desde que era un cachorro escuchó mencionar aquellos nombres en más de una ocasión.

Don Manuel inhaló aire para recobrar la calma e invitó al joven al interior de su casa. Fandór escoltó sus pasos.

Dentro del hogar tomaron asiento y Fandór se sentó junto a los pies de su dueño adoptando la pose de una esfinge vigilante.

—Muchacho, no sé por dónde comenzar y como lo vayas a tomar, pero ésta es la pura verdad. Tus padres fueron vecinos de mi abuelo, grandes amigos para ser precisos. Cuando no regresaste de la gruta mi abuelo ayudó a tus padres a buscarte por cielo, mar y tierra, más nunca encontraron rastro tuyo. Eso es todo lo que se de tus padres y de ti…

—¡NO PUEDE SER!, ¡NO PUEDE SER CIERTO LO QUE USTED ME ESTÁ DICIENDO!

Fandór no se inmutó al escuchar al joven vociferar; ni siquiera Don Manuel perdió la calma.

—Dime entonces muchacho, ¿Qué fue lo que te sucedió?, platícame, soy todo oídos.

El rostro y actitud serena de Don Manuel le inspiró confianza y lo motivó a confesarse.

—Usted sabe de “la boca del indio”, la cueva que esconde un tesoro excepcional, cuyos caminos internos engañan a los que intentan encontrar el tesoro, pues dicen que los caminos cambian de lugar, moviéndose a voluntad para resguardarlo. Estuve realizando inspecciones en la zona y descubrí que no existía nada sobrenatural en los caminos porque no cambiaban de lugar, sin embargo, si existía un riesgo latente. Lo peligroso era lo empinado y escarpado del sendero para poder entrar a la cueva, por lo que pasé varios días recorriendo el camino para tratar de memorizar sus detalles de manera casi fotográfica. Cada día que exploraba me aprendía de memoria los árboles y matorrales espinosos, así como las piedras afiladas que amenazaban mi bienestar. Una vez que almacené la información dentro de mi cabeza, decidí que era el momento para entrar a la cueva.

La fortuna parecía acompañarme; no encontré ningún obstáculo en mi camino, ni siquiera una piedrita diferente a las memorizadas. Tampoco aparecieron los espíritus de los bandoleros que se dice protegen los tesoros. Mi suerte me llevó a hallar el tesoro sin mucha dificultad, pero, al desenterrarlo, un vapor tóxico emanó del pozo. El vapor formó una gran nube de humo color verdoso que me envolvió totalmente y perdí la consciencia.

No supe cuánto tiempo permanecí inconsciente, solo recuerdo que al despertar me era difícil respirar; el gas debió afectar mis pulmones, necesitaba con urgencia respirar aire puro del exterior. Claro que, antes de abandonar la cueva tomaría, el tesoro conmigo. Pero al asomarle al pozo, el tesoro había desparecido del lugar, se había esfumado por completo y salí de la gruta con las manos vacías.

Regresé a casa sumido en la decepción. Caminaba absorto en mis pensamientos cuando me percate que algunos árboles se habían transformado. Algunos que reconocí habían crecido de tamaño o sus follajes eran más espesos y densos; los senderos tenían más maleza que de costumbre y muchos objetos que memoricé con anterioridad desaparecieron, si no es que casi todos. La situación se volvió más extraña al entrar a mi población; las calles que una vez fueron de terracería ahora eran de piedras alisadas; algunas casas de amigos y familiares desaparecieron por completo y, las pocas que reconocí, mostraban fachadas distintas a las que conocía. Para mi fortuna, las calles conservaban el mismo nombre y me permitieron llegar a mi hogar, el cual, no existe más, está en ruinas…

¡No sé qué demonios está sucediendo!, ¡Apenas ayer me despedí de mis padres y entré a esa maldita gruta!

Al escucharlo Don Manuel se levantó del sofá de un sobresalto.

— ¿Qué acabas de decir? ¿Qué día saliste?

— Ayer.

— ¡Por Dios Santo!, ¡Tus padres murieron hace 50 años y llegaron a la ancianidad! Yo los conocí de pequeño. Tú, joven, ¡desapareciste hace 90 años!

El joven rehusaba creer las palabras de Don Manuel. Su mente encontró consuelo en la ilusión de hallarse preso de un sueño delirante, producido por el gas toxico. Tal vez en estos momentos él continuaba desmayado en el suelo de la gruta.

Don Manuel se puso de pie, tomó el periódico del día y se lo mostró al joven. En ese momento su corazón se hizo trizas al confirmar su terrible realidad.

No elevó la voz, simplemente agradeció a Don Manuel sus atenciones y se despidió. Don Manuel y Fandór lo despidieron con amabilidad y observaron su figura desaparecer en la lejanía de la calle.

El pobre hombre decidió regresar a la gruta de nuevo. Tenía la esperanza de encontrar el tesoro para escapar del lugar y comenzar una nueva vida, así podría dejar atrás lo sucedido.

Caminaba sin pensar en nada, caminaba como poseído por un embrujo y sin darse cuenta, penetró en la cueva. Sus pasos distraídos extraviaron el camino y los senderos desconocidos lo llevaron a lo más profundo de la gruta donde hacía frío y escaseaba el aire. El frío penetraba por sus pulmones y se esparcía en todo su cuerpo hasta invadirlo por completo. Todo se volvió oscuridad para él.

Pereció sin darse cuenta sí logró descubrir un tesoro, un tesoro oculto bajo un holograma de lingotes de oro y piedras preciosas. Un tesoro resguardado en esa gruta, hecho de una tecnología avanzada que permitía viajar el tiempo. Un tesoro invaluable que aún continúa escondido en algún recóndito lugar de esa cueva.

El viaje, el viaje. Autor: Juana Ciudad Pizarro

¡El viaje, el viaje!

Qué sobrevalorado está. Todavía me acuerdo de cuando, todos los veranos, nos íbamos a pasar una semana a casa de mi suegra, que vivía en Valencia, que para llegar de día había que salir de noche. Los siete en el 850, cada uno queriendo imponer su criterio sobre los otros 6. Que si baja la ventanilla, que me aso. Que si la abro me despeino. Que os he dicho que quitéis las toallas del cristal, que no veo nada y nos vamos a estrellar.

Ay, entonces se decía eso, estrellarse. Claro que, para mí, lo de estrellarse no podía ser peor que aquellos viajes de vomitonas, gritos y miserias. Que había que parar en un pantano para que las pequeñas se desfogaran y Mario se echara la siesta porque lo peor, lo peor de todo, lo que más estrellamientos producía, era conducir con sueño.

Eso sí, después de la siesta era el rato mejor. Las niñas, que se habían estado bañando en el pantano o montando en unos columpios del bar de carretera, caían rendidas y el coche avanzaba tan en silencio que escuchábamos el sonido del motor con inquietud. Que no era otra cosa que el miedo a que el coche se estropeara, porque eso sí que era una odisea, no lo de Homero.

Casi no me acordaba de que también había algo positivo, pero eso era los días antes, cuando lo del viaje era algo intangible, no más que el sueño de irse de vacaciones. O cuando en la cola de la pescadería alguien me decía: qué suerte, os vais de vacaciones.

Y es que, perdonen, me había equivocado, aquello de hace ya casi 50 años no eran viajes, sino vacaciones. Pero qué más da, las vacaciones también están sobrevaloradas.

Ruta de las aldeas históricas. Autor: Antonio Tejedor García

Había oído hablar de Monsanto y de Almeida, dos poblaciones portuguesas cercanas a la frontera española en la zona norte, como ideales para una escapada corta. Una visita no intempestiva al amigo Google y me detalla la localización de las aldeas. Además,  me carga de razones para perdernos unos días entre castillos y bacalhau, entre vinho verde, cerveza y una amabilidad de vecinos. Me cuenta, también, que no son pueblos aislados, que existen unos cuantos más con características similares y que los portugueses –hartos de su enclaustramiento- por fin han decidido dar aire a su existencia y organizar esta ruta. Brillante, la idea. Un posible reguero de turistas y dinero para una zona en proceso de desahucio desde hace siglos y sin visos de cambio en el futuro. A no ser que esta ruta lo remedie.

El  título resulta suficientemente expresivo: ruta, aldeas, históricas. Kilómetros, pueblos –no ciudades- con una historia en sus espaldas. O en sus piedras. Que nadie desprecie su tamaño diminuto o su carácter labriego, que la esencia, en tarro pequeño, y la piedra bien conserva la virtud y los jamones. Y la belleza. Amén de la palabra amable y su ración de cortesía. Tomada la decisión, hay que echar mano del mapa y trazar un recorrido: doce aldeas son demasiadas para una estancia de tres o cuatro días. Como la experiencia y los años dicen que más vale ver poco y bien que mucho y con prisas, hubo que elegir lo que más se ajustaba al tiempo y la carretera en espera del acierto. ¿Resultado? Pasen y lean. Y el día que puedan, se acercan y comprueban mientras las pasean con calma.

Entramos en Portugal por Zamora y bajamos hasta la primera aldea, Castelo Rodrigo. Como casi todas, se sitúa en lo alto de un cerro y domina una planicie enorme hasta convertir la línea del horizonte en algo vago e indefinido. Atravesamos pequeñas llanuras, hondonadas, montañas viejas. En cualquier lugar, granito. En esta zona el granito gana por goleada. Entre piedra y piedra, restos de brezo de flor blanca que se agarra a la escasa tierra con uñas de desesperación y, donde puede, a pequeños trechos, algún soto de roble esmirriado. Da grima verlo, descolorido, exangüe.  Así y todo, todavía hay sitio para un huerto, un campo de trigo o una plantación de vides. Las viñas trepan por la ladera para arrancar a la tierra el zumo de la uva. Es la zona de producción del vinho verde, así llamado por hacerlo con uva apenas madurada. Es un vino blanco con abundante aguja, refrescante. Se vende bien y es exportado a varios países. La prueba de su triunfo es el cada día más elevado precio del mismo. Para un buen bacalao, el vinho verde resulta el complemento (maridaje, lo llaman los gourmets) ideal.

Castelo Rodrigo guarda el diseño medieval en su trazado y aún mantiene las murallas que le dan carácter e historia a la población y resaltan su importancia en aquella época de luchas fronterizas entre el reino de Portugal y el de León y Castilla.  El camarero del único bar hablaba de leyendas viejas para atribuir la fundación del pueblo a los vetones, sin hacer mención –voluntaria o no- de que los vestigios conocidos solo se alargan hasta el Medievo. Su importancia militar como parte de la línea defensiva del rio Coa se reduce al siglo XIII. A esta época pertenece la torre del homenaje y las murallas con  el arco que da entrada a la villa. Crisis en el siglo XIV y renacimiento posterior –llegó a ser condado- hasta su declive definitivo en el XVII.

Recorremos la aldea. Castelo Rodrigo nos ofrece la estampa curiosa de una iglesia con una torre cabezona, más grande que el templo, y otra torre cercana, la del reloj. En una de las calles aún se puede observar la cisterna a la que se accedía por una bella puerta ojival y en la que se recogía el agua de lluvia, hoy en día de color verde a causa del llamado pan de ranas. A su lado, una casa con una rueda de molino incrustada en la fachada. Si en Sevilla colocaban estas piedras para evitar el desgaste de la pared a causa del eje de los carruajes, en Castelo Rodrigo no se ha desvelado la razón. O el camarero la desconocía. No obstante, vale la pena una visita al bar-tienda. Por la panorámica, sobre todo.

A media tarde estamos en Almeida. Entramos por una de las puertas, de piedra, doble y en curva. Para hacerse idea de la anchura de la muralla. Además, el foso –más ancho aún- y una segunda muralla. El conjunto defensivo está construido en forma de doble hexágono, con 12 puntas y se conserva como levantado ayer, más allá de las manchas de verdín que el tiempo pega al granito. Contra toda norma, el pueblo se asienta en una pequeña meseta, no en lo alto de un monte y, de hecho, cuando llegas al pueblo por la carretera apenas se ven las murallas. Nunca he entendido de estrategia militar –ni entenderé- por lo que la defensa de esta ciudad me deja en el limbo de la incredulidad e impide que vaya más allá de este pensamiento. Me contaron que fue tomada por los franceses en la guerra de Independencia, aunque la razón se debiera más a la suerte –más apropiado sería hablar de desgracia- en forma de explosión de unos barriles de pólvora que transportaban los soldados y sobre los que cayó un proyectil francés. La cadena de  detonaciones se llevó por delante a 500 defensores de la ciudad e incluso a unos cuantos atacantes franceses bajo la lluvia de pedruscos. Cuando se levantó la humareda, Almeida había desaparecido.

El pueblo, a esas horas de la tarde, languidece como alma en pena. Aún no ha anochecido y ya están retirando las sillas y mesas de los escasos bares. Las calles, huérfanas de gente. Y de ánimo. Sobrecoge un tanto, el silencio imprevisto. Parece como si hubieran tocado la corneta de la retirada y soldados y turistas se hubieran recluido en sus respectivos cuarteles. Luego supe que no había soldados, se los llevaron cuando el papel del pueblo como vigilante y defensor de fronteras se hizo humo. Ni apenas restaurantes donde cenar, que es lo peor. Nos recomendaron, no obstante, que nos acercáramos hasta la vecina localidad de Malpartida, donde hay un par de ellos en la plaza. Bendita sugerencia: el bacalhau de la casa, exquisito. Y abundante. Yo, que en este tema me tengo por valiente, no pude acabarlo. Un postre de la casa –muy bueno- y vino verde en un jarro (los bebí mejores). Menos de 15 euros, creo recordar. Con esto, otro dato: en Portugal no mantienen nuestra afición de salir a cenar y se recogen pronto. Recordatorio para despistados: horario de comidas europeo. Lo de tomar la última copa, mejor lo aplazáis.

A la mañana siguiente, el pueblo había cambiado de color, parecía otro. Por las calles paseaba gente, las terrazas se ofrecían para el café y hasta preparaban un mercado de Pascua con todo tipo de objetos viejos en desuso y algo típico que llevarse al cuerpo en forma de panes, dulces, miel, queso… Por cierto, el queijo de ovelha, riquísimo. Casero, sin apenas curación y a pesar de ello, un sabor de altura. Altamente recomendable.

-Queso de mis ovejas –me dijo en castellano.

-Pues no tienen mala leche –bromeé

Agostinho fue de los que pasó la época álgida de la construcción en España. Valladolid, Burgos, Madrid… cualquier lugar donde encontraran trabajo como encofradores. Cada fin de semana se metían mil kilómetros entre pecho y espalda para pasar unas horas en el pueblo. Con la llegada de la crisis tiró de ahorros, compró unas ovejas y olvidó los andamios. Bendita crisis, dice. Pero no a todos les fue igual, que la suerte es un tanto ciega a la hora de repartirse y encuentra más calor en unos bolsillos que en otros.

Un paseo por las murallas y el foso –inevitable en Almeida- y por el suelo adoquinado del resto de la población. Un pueblo distinto al visto la tarde anterior. Parece mentira cómo influye el ánimo y el ambiente para ver diferentes colores y percibir sensaciones distintas ante los mismos objetos. ¿Los ojos no son los mismos? Veo una chimenea más grande que la casa, como si procediera de una fábrica de tejas y me extraña. Y una poesía escrita, ¡cómo no!, en un libro de granito.

Seguimos adelante, las calles vacías de coches. En algunas viviendas –disiento de sus criterios estéticos- se han empeñado en dejar a la vista solo los encuadres de ventanas y puertas, cubriendo el resto del lienzo con una capa de cal. Donde esté la piedra desnuda….

 

Unos kilómetros más abajo está Castelo Mendo. Otra aldea histórica en lo alto de un cerro, a modo de nido de águilas. La rodea un paisaje agreste que enturbia la importancia que tuvo en su día, en la Edad Media, cuando primaban las características defensivas. Sancho II mandó edificar el recinto amurallado, le otorgó la carta foral y creó la feria franca que impulsó su desarrollo económico. Si hoy día levantara la cabeza lamentaría haber despertado para contemplar el desequilibrio entre lo que creó y lo que ve. Aunque el declive viene de lejos, de cuando firmaron el tratado de Alcañices y las fronteras dejaron de ser puntos de fricción. Todas las aldeas de la ruta que recorrimos sufrieron el mismo problema, todas pasaron de ser puntos estratégicos al olvido. Del pasado glorioso solo les queda el apellido de históricas.

Nos recibe una muralla y un arco de entrada con dos verracos celtas a modo de guardianes de la aldea. Castelo Mendo mantiene el trazado de las calles y plazas, en la que no falta el pelourinho o picota, uno de los más altos de la zona. “Todos los caminos vienen a acabar al pelourinho”, cuentan por allí. Es un fuste o columna de granito rematada por un capitel en forma de jaula y que funciona como símbolo judicial y administrativo y de alguna manera venía a medir la importancia del lugar. Data del siglo XVI. Hoy en día es, como decimos, una aldea mínima, que apenas cuenta con un centenar de habitantes. Un paraíso para aislarse del mundo, eso sí. Subes en dirección al castillo entre fachadas de piedra. La vivienda se localiza en la parte superior, a la que se accede a través de una escalera. En la parte inferior dejaban las cuadras para guardar el ganado, lo que de alguna manera también le servía de calefacción durante el invierno, como hacían los celtas en las pallozas gallegas. Hay un niño jugando en la plaza, frente a la iglesia matriz. En lo más alto, el castillo y otra iglesia y, ambos, en la ruina. Del castillo apenas quedan unos lienzos entre las hierbas y un arco que debió de servir de entrada al mismo. De la iglesia, románica con algunos elementos desacostumbrados en tal estilo, ha volado el techo. Una lástima, porque es pequeña, pero coqueta y abierta a una panorámica de excepción. Cuando volvemos a bajar, recorremos la muralla, impresionante en esta zona. El lugar no da para mucho más y nos vamos a comer a Belmonte, que aquí no hay posibilidad alguna.

Belmonte (monte bello o monte de guerra –belli- cualquiera puede ser su origen) también trepa por la montaña como medio de defensa. O porque les encantaba el paisaje y nada mejor que la altura para contemplarlo, vaya usted a saber. De paso, si venía el enemigo, lo descubrían con facilidad. Belmonte fue lugar de acogida para los judíos que los Reyes Católicos expulsaron de España, aunque a los portugueses no les debió de agradar demasiado la visita porque otro rey, Manuel I, también les enseñó el camino de salida cuatro años después, aunque no todos marcharon. La fama de Belmonte se debe, sobre todo, a su hijo más ilustre, Pedro Álvarez Cabral, navegante y explorador y culpable de que los brasileños hablen portugués. Como es lógico, el pueblo está sembrado con su nombre y el recuerdo de su hazaña (castillo, estatua, feria medieval, museo dos descobrimentos, escudo con las dos cabras…) Lo interesante de Belmonte se sitúa alrededor del castillo, las calles cercanas, la zona de la antigua judería (aún sigue siendo importante la presencia judía. Yo les habría pedido una mayor consideración estética y de respeto al entorno al construir su sede). En la parte más alta, a la sombra del castillo están radicadas las iglesias, con especial énfasis para la de Santiago. Siempre están abiertas. Para los adictos a las mismas -entre los que me incluyo-, han resultado demasiado repetitivas a lo largo de la ruta. Sus características son similares tanto en el aspecto exterior como en el interior (con alguna grata excepción). Para los forofos de las columnas salomónicas envueltas en hojas y zarcillos –en este apartado no me incluyo- hay ración para dar y vender. No hay retablo sin ellas.

A unos metros, el castillo, que por sí solo merecería una visita. Conserva la torre del homenaje y una joya forjada en granito, la ventana en estilo manuelino que luce en mitad del lienzo del castillo. Espectacular.

De normal no hago hincapié en los hoteles donde pernoctamos, pero en esta ocasión no puedo por menos de dar cuenta de la Altitude House, un pequeño hotel muy cercano al castillo. Una habitación grande y cómoda, una atención de amigo y un desayuno que no mejoran muchos hoteles de 4 estrellas. Os lo recomiendo.

 

Sortelha es, posiblemente, la aldea más hermosa de la ruta. Dista una media hora de Belmonte por una carretera que constituye todo un desafío para despistados: a la menor distracción, te estampas contra cualquiera de los árboles que adornan ambas cunetas. La imagen crea un túnel verde donde lo bucólico se confunde con lo peligroso y obliga a conducir con prudencia en un país donde esta palabra aún tiene problemas de asociación con el volante. Aunque ya no es lo que era, por fortuna.

Sortelha aparece detrás de unas montañas, encerrada en el circo de murallas que la protege y defiende y, a su vez, defendía con las demás la frontera entre lusos y castellanos. Pudimos llegar con el coche hasta la misma entrada (no era día festivo) y recorrer las calles empedradas con la tranquilidad y la calma requeridas para saborear tan preciado lugar. Las casas zigzaguean por la falda de la montaña y el castillo se yergue, orgulloso, a su izquierda. En la plaza, el consabido pelourinho. Hay que caminar con mucho cuidado sobre las murallas del castillo, anchas, pero sin asideros en algunos tramos. Las vistas son un espectáculo que sería pecado perderse. Una delicia, el paseo por las calles empinadas.  Al final, la torre campanario y un bar para descansar con la panorámica del castillo enfrente y una cerveza algo más próxima. Pido una Sagres y el vecino de mesa pone cara de espanto y hace unas muecas que cualquiera confundiría con el preludio de un ataque epiléptico. Pero, no; levanta su Superbock y la señala con énfasis como la buena, la que toman los hinchas del Porto y del Sporting. La Sagres solo la beben los engreídos del Benfica y para él, su mera presencia es suficiente para un corte de digestión. Sin comentarios.

Lo dejamos con su segunda Superbock y damos un paseo por las murallas. Desde allí, el valle, verde y envuelto en la neblina del atardecer. Sortelha, una postal para un sueño. Es de esos lugares de los que te vas porque no queda otro remedio; pero a la vez, prometiéndote a ti mismo que volverás. Y lo haré.

Tiene el problema de la mayoría de las aldeas, la infraestructura turística deja mucho que desear. Aquí había un par de bares, aunque lo de cenar debe ser una actividad restrictiva que solo se hace en casa y a escondidas, pues los portugueses (en esta zona al menos) no parecen muy propensos a facilitar lugar y alimento. Una lástima. Y lo del bar, entiéndase como un lugar donde tomar una cerveza (miren primero de qué equipo son los aficionados), que el vino verde lo sirven por botellas (si lo hay) y lo de acompañar la bebida con una tapa entra en el género de lo exótico o desconocido (parece mentira, con lo cerca que viven de nosotros). A pesar de los pesares, no dejéis de ir: es una maravilla vestida de granito y pintada de medieval.

 

La ruta hacia Idanha a Velha es un poco liosa y por carreteras estrechas. Y cuando digo estrechas, recen para que no venga nadie de frente.  Está, como Almeida, situada en el llano y como ella, rodeada de murallas. Unas murallas que imponen; no por la altura, sino por su belleza. No hay más que verlas. Con los romanos era Civitas Igaedinorum; con los visigodos, Egitania, y en el Medievo, tras la conquista a los árabes, el rey la puso en manos de los templarios. Con los visigodos fue sede episcopal y construyeron una catedral sobre una antigua iglesia paleocristiana de la que pueden verse algunas ruinas. De los templarios conservan la gran torre defensiva al lado de la muralla. Idanha, historia y leyenda. Hoy, noventa habitantes. El pelourinho de la plaza nos recuerda que su historia no es un cuento chino. O portugués. No es que Idanha-a-Velha merezca un canto de gesta al estilo de Os Luisiadas, pero no deja de sorprender su pasado.

Como tampoco sorprenden sus chimeneas. Para ser objetivos, ni en Idanha ni en ninguna otra aldea histórica. Porque en este país las chimeneas son la expresión popular de un arte que cada cual ofrece a la comunidad, una demostración de que la estética no está reñida con las carencias de un pueblo pequeño y una clara muestra de que el talento no es exclusivo del arquitecto o del pintor. Del artista cotizado. No conozco otro país donde el diseño y acabado de las chimeneas llame tanto la atención del viajero. Las hay de todos los tamaños y materiales, formas, adornos, estética. ¡Ahí queda eso!, parecen decir.

Hora de la comida. Sería la última de nuestra estancia en tierras portuguesas (de momento). ¿Me resistiría a hacerla sin un buen plato de bacalhau delante? Uno me dijo que hay 365 formas distintas de elaborarlo, una para cada día. Pero, por lo que he visto –y confirmó un cocinero-, se había quedado corto. Cada restaurante tiene su especialidad de la casa. Y hay muchos. Que en un país donde el bacalao más cercano nada a miles de kilómetros se convierta en plato nacional, es para poner cara de sorpresa. Todo por un acuerdo de pesca que firmaron los reyes de Portugal e Inglaterra a mediados del siglo XIV para que los pescadores de Lisboa y Oporto capturaran dicho pez en las costas inglesas. Los portugueses llevaban la sal y así pudo el bacalao aguantar la larga travesía sin problemas. Además, era barato, accesible para toda la población y los comerciantes lo incentivaban como sustituto de la carne en tiempos de abstinencia. En Nochebuena, la cena tradicional o Consoada de Natal es el bacalao servido con repollo y patata cocida (durante años fue sinónimo de pobreza). Ahora ha dejado de serlo.

Llegamos a Monsanto. Con problemas, que había un acto religioso y estaba cortada la carretera. Además, arriba no existe aparcamiento para coches (hay uno donde da la vuelta el autobús con capacidad para media docena, colocándolos muy juntos). Por tanto, a pie. De haber subido en autobús nos hubiéramos ahorrado treinta minutos de caminata. Hasta lo más alto del castillo contad con una hora más: hay que tener en cuenta que se sube de paseo, contemplando las casas, las piedras, alguna cerveza. Hay 3 ó 4 bares, uno de ellos, en una plazoleta lateral, subiendo a la derecha (hay que buscarla)  Es la fotografía más buscada de Monsanto, con la puerta del bar bajo una gigantesca piedra. Porque este pequeño pueblo, inconquistable, imagino, es eso: piedras. Cualquiera diría que, aquí, los dioses jugaban al fútbol con balones de granito. Aunque alguno cayera al llano tenían repuesto, no necesitaban ir a buscarlos. También pudiera pensarse que el mito de Sísifo, aquel a quien castigaron los dioses a subir una piedra a la montaña, está ubicado en Monsanto y no en Grecia o en el Hades. La leyenda contaba que cuando había alcanzado la cima, la piedra volvía a deslizarse por la pendiente y Sísifo se veía obligado a empujarla de nuevo. Así hasta la eternidad. Pero creo que las piedras no caían, que el castigo consistía en limpiar la llanura de ellas y dejarlas en la ladera de la montaña. Subió todas las del mundo, al parecer.

Las dejó de cualquier manera, diseminadas al buen tuntún y los hombres aprovecharon los huecos entre unas y otras para hacer sus viviendas sin necesidad de construir paredes. O muy pocas. Viviendas frescas en verano, aunque en invierno no quiero pensarlo. Casas originales, no cabe duda. Si radicaran unos kilómetros más acá, en este lado de la frontera, cada una sería un bar o un chiringuito. Y podríamos tomar un cubata al fresco con aquella belleza de paisaje al frente mientras suena suave un piano o un saxo te pone los pelos de punta. Pudimos –con suerte- cenar una pizza en el único restaurante. Lástima lo de la música, no pudo ser. Quedaba, eso sí, el silencio de la calle, del pueblo. Apenas algún turista perdido y cabreado de hambre y sed. Tenéis que cuidar estos detalles, amigos portugueses. Y sustituir el bacalhau por la pizza.

Con anterioridad habíamos recorrido todo el pueblo, subido hasta el castillo (espectacular el patio de armas), recorrido las murallas, visitado las iglesias destechadas, fotografiado cada rincón. Casi todos, que los tiene por millones y cada cual más hermoso. O más insólito. Una sorpresa tras cada esquina. Salimos por las calles laterales en busca de plazoletas de lo más coqueto, de bolas gigantes en equilibrio imposible o sosteniendo viviendas o escondiendo antiguos huertos y corrales. Por allí había lisboetas que huían de la ciudad con el anhelo de la paz y la tranquilidad de un pueblo que cuando se vacía de turistas por fuerza ha de pertenecer al territorio del ensueño. Porque parece irreal. O quizás lo sea y yo lo he soñado.

Si entran en Portugal por Plasencia y Coria, en Cáceres, a lo mejor ustedes también lo sueñan. Luego tuerzan a la derecha, suban en el mapa y hagan el viaje en sentido inverso a este que les he contado. No se arrepentirán. Da igual que sean del Benfica o del Porto. O de ninguno de los dos.

Jartum. Autor: Martin

Jartum

8 de enero 1899. 7 AM

La chalupa desembarca a su pasajero en una fría mañana con viento de poniente y mar agitado. Las farolas de gas están encendidas. Arrebujado en su abrigo, un tanto desmañado, el joven camina despacio, morral militar al hombro y con una visible cojera que hace más dificultosa su marcha. Decidido, cruza Grand Casamates y, sin parar para recobrar el aliento, enfila por Main Street hacia arriba. A la altura de Saint Mary The Crowned sus ojos buscan el portal un poco más adelante, cerca de la oficina de correos. Allí se detiene. Ha llegado. Es su casa.
Minutos después, el joven está sentado en el salón. Un fuego arde en la chimenea, tiene una copa de brandy en la mano y su mirada recorre la estancia, una biblioteca bien provista: cientos de tomos encuadernados en viejo cuero, el retrato de bodas de Lady Beatriz Alvear (su madre, fallecida de fiebres a los 25 años, cuando él tenía tres, casada con un oficial del regimiento de Artillería de Warwickshire, muerto poco después en el paso de Khyber en una emboscada pashtun) y un aparador de pino sobre el que destaca un cuadro que enmarca un único objeto: la Cruz Victoria. Con una inscripción. For bravery.
El joven contempla la medalla con desgana. Fue ganada por su abuelo, Francis Brennan, en 1859, en Gwailor, durante el Motín de los cipayos. Entonces, abre el morral, saca un y libro y lee

Diario de Ismael Brennan
12 de septiembre 1893.

Hoy he llegado a Sandhurst. Me han admitido en Caballería, junto a otros 150 cadetes. Me espera un año de prácticas militares tras unos estudios mediocres en Eton. La tradición familiar se impone, a mi pesar. Cambio el griego y el latín por los partidos de polo, las comodidades de mi casa por las duchas frías, el miserable rancho del ejército y una vida de penalidades a la mayor gloria de Inglaterra. Abandono mis ambiciones literarias. Creía que mi destino iba a estar en una guarnición de la India pero se escuchan vientos de guerra en África. Desde la muerte de Gordon en 1885 la prensa no hace más que alentar al Gobierno para que recupere el Sudán. Pero el III Marqués de Salisbury se niega y la reina, duda.

29 noviembre 1893

Poco más de dos meses y ya estoy harto. Ayer me pillaron en mis lecturas de Wordsworth, Byron y Keats y soy objeto de burlas y escarnios. Las peleas a puñetazos y las borracheras proliferan. También las salidas a los clubs de alterne. He conocido a Winnie, un tipo arrogante descendiente del duque de Marlborough que odia que le llamen así. Como yo, es un lector voraz y tampoco parece muy interesado en el ejército. Aquí es imposible hacer amigos.

15 mayo 1894

Me he graduado el número 47 entre los 150 cadetes. Quedo a la espera de destino

26 junio 1894

Salgo para Lahore como segundo teniente de caballería

15 agosto 1894

Esto es peor de lo que suponía. El calor es sofocante, supera los 40 grados al mediodía y apenas refresca por la noche. El río Ravi es un hervidero de mosquitos. La guarnición sale poco del fuerte. En un mes vendrán las lluvias del monzón, pero la espera se hace interminable. Hoy he empezado con las traducciones al inglés de poesía de mi lengua materna.
The dark swallows will return
to your balcony to hang their nests

19 enero 1898

Cambio de destino. Dejo la India. Por fin. Hay vía libre a la guerra en el Sudán. Embarcamos para Adén y luego hacia Port Said. Estoy asignado al 21 de Lanceros. Veré el Nilo y las pirámides. El ferrocarril del desierto está listo. Inglaterra se prepara para una nueva guerra. Será el fin del califa Abdullah, el sucesor del Mahdi, y su imperio derviche.

2 marzo 1898.

Hoy hemos llegado a Wadi Halfa, en la frontera con el Sudán. Nos ha recibido una luna lechosa, un río color de tierra y con olor a estiércol. Más allá de la línea de agua, nada, una tierra rojiza y plana, arena y desolación hasta confundirse con el horizonte. Todo es miseria, casuchas de adobe y galpones militares. Somos el ejército del sirdar Kitchener, unas pocas decenas de oficiales británicos entre más de 20.000 egipcios y sudaneses. Hay poco que hacer mientras se concentran las tropas. Vuelvo a mis traducciones
and, once again, with a wing to its glass
playing, they’ll call

4 abril 1898

El 21 de lanceros se ha completado: 440 jinetes con los últimos escuadrones venidos directamente de Inglaterra. Con gran sorpresa he descubierto que Winnie está al mando de uno. Nos hemos abrazado como viejos amigos. Cuando yo le llamo Winnie él me llama “Medio inglés.” Sigue siendo un lector voraz y ya no odia a los clásicos. Presume de poder recitar los primeros cien versos de El paraíso perdido, de Milton. Tuvo que interceder ante el mayor Wood para que le dejaran alistarse. Está decidido a escribir crónicas de campaña para el “Morning Post”, a quince libres la columna. Otra amoralidad más de los nobles

6 de junio 1898.

Nos ponemos en marcha. Nos esperan 50.000 derviches armados con espadas, lanzas y unos pocos miles de anticuados rifles Remington. Será una carnicería ante nuestras ametralladoras Maxim y los modernos Lee Metford, capaces de disparar 60 balas por minuto. Hoy ha venido el sirdar a arengarnos. Ordenó que tocaran las gaitas del batallón del décimo de highlanders mientras un grito salía de nuestras filas: ¡Remember Gordon!

31 de agosto 1898

Con nuestros prismáticos podemos ver la cúpula parda de la tumba del Mahdi y las almenadas murallas defensivas de Omdurman. El coronel Rowland Martin, nuestro jefe del 21 de Lanceros, despacha con el sirdar Kitchener. Se oyen tiros dispersos. La orden es descansar hasta que caiga la noche. El campamento guarda silencio. Se reparte tabaco y whiski, el combustible que mueve al soldado inglés a dominar al mundo.
Winnie y yo hablamos como siempre, de literatura. “Escucha”, le digo: “Si mañana morimos no habrá quien diga por nosotros como los romanos: “A los dioses de las sombras envío este alma”. “Ni se hablará de ti como de Keats, quien escribía su nombre sobre el agua, poeta”, me responde Winnie.
Winnie tiene el hombro dislocado. Si mañana tenemos que cargar no podrá empuñar el sable y tendrá que abrirse paso a tiros de pistola de su vieja mauser. No parece preocupado. Los aristócratas nunca muestran sus sentimientos.
Cae la noche, el frío es intenso. Escribo arrebujado en mi capote a la luz de la luna. Los hombres dormitan y crepitan las hogueras. Empieza a llover abundantemente y del suelo sube el penetrante aroma a tierra mojada que nos envuelve como un recuerdo de otros paisajes. Los centinelas velan y el Nilo fluye más allá de Omdurman, como hace miles de años. Si mañana muero, que la tierra me sea leve.

Extractos de crónicas del Morning Post Agosto y Septiembre 1898

“Antes del primero de septiembre, el 21 de Lanceros nunca había entrado en combate y estaba sediento de gloria. La diana sonó a las cuatro y media con el redoble de tambores y el sonido de pífanos y trompetas. Los hombres tiritan. Casi nadie ha dormido. Limpiamos nuestras carabinas, desayunamos gachas, galletas duras y carne en lata y salimos en tareas de reconocimiento hacia el lado occidental del campo de batalla, por la llanura de Kerrari”.
“Enfrente nuestro teníamos al último ejército medieval: 40.000, quizás 50.000 guerreros con espadas de doble hoja, dagas, jabalinas, lanzas y escudos de cuero. Muchos iban descalzos, cientos portaban estandartes de colores vivos. Oíamos su cántico una y otra vez, un inmenso rugido como el rumor del viento y el mar: La ilaha ilaa llah. No hay más Dios que Alá”.

“Enseguida nos topamos con una partida de fuzzy-wuzzy, unos 300 hombres a la altura de la colina de Sugham. Empezaron a dispararnos. El teniente De Montmorency, al mando del escuadrón B, se dirigió al coronel: ¿Por qué rayos no cargamos contra estos cabrones antes de que acaben con nosotros? Instantes después, el coronel ordenó al corneta, el sargento Knight, alinearse a la derecha. Nos ordenó cargar a la antigua usanza, sable en mano. 440 orgullosos jinetes primero al paso, luego al trote y finalmente, adelante, adelante, ¡a galope tendido!”.
“De repente, en plena carga, a 50 metros de nuestro objetivo, apareció una depresión similar a un camino que se hubiera hundido. En su interior se amontonaban tres mil derviches que emergieron de su escondite por sorpresa.Todos los lanceros nos dimos cuenta en ese momento que habíamos caído en una trampa. Segundos más tarde, los 440 lanceros nos empotramos contra la línea derviche”.
“No recuerdo sonido alguno. Toda la acción pareció transcurrir en el más absoluto de los silencios: los alaridos del enemigo, los gritos de los soldados, el choque de las espadas y las lanzas, los cuerpos traspasados por el acero, la sangre derramada cubriendo el suelo, pasaron desapercibidos para mis sentidos y no fueron registrados por mi cerebro. Sólo alcanzo a ver una fugaz sensación de confusión. El teniente Brennan fue de los primeros en caer, alcanzado por un lanzazo en un costado y un tiro en la rodilla mientras rodaba de su caballo”.
“A los dos minutos del choque todos los que habíamos quedado con vida, salimos de la masa derviche por el impulso de nuestros caballos enloquecidos, presa del pánico. Pero en esos dos minutos cinco oficiales, 71 hombres y 119 caballos resultaron muertos. Esta es la verdadera y literal narración de la carga de nuestro paseo por el valle de la muerte”.
….
“Horas después terminó la batalla de Omdurman, la tumba del Mahdi fue destruida, su cadáver profanado y tirado al río en la mayor victoria de toda la historia de la ciencia sobre los bárbaros. El objetivo se ha cumplido y las banderas de Inglaterra y Egipto ondean sin rival en la confluencia del Nilo”.

Diario de Ismael Brennan

Septiembre 1898

Hospital de Campaña de Suakin. Escribo en una barca hospital. Apenas recuerdo nada de la batalla. Ruidos inconexos retumban en mi cabeza y oigo un rumor de gaitas a lo lejos, tocando primero Scotland the Brave y más tarde Amazing Grace mientras el dolor me invade y siento hundirme en la negrura. Despierto aturdido y con el cuerpo exhausto. Los ojos me lloran y no consigo desprenderme del sabor a tierra en mi boca. Los médicos que me atienden me aseguran que he perdido muchas sangre, que tengo dos heridas graves, pero que viviré. Saldré río abajo hacia El Cairo en la siguiente expedición que transporte heridos. He salvado la pierna de la gangrena pero arrastraré una cojera el resto de mi vida. Tendré que licenciarme del ejército y reemprender una vida de civil . En Alejandría pasaré una larga convalecencia y luego cogeré el primer barco para Europa.

8 de enero de 1899 7 AM

La chalupa desembarca a su pasajero en una fría mañana con viento de poniente y mar agitado. Las farolas de gas están encendidas. Arrebujado en su abrigo, un tanto desmañado, el joven camina despacio, morral militar al hombro y con una visible cojera que hace más dificultosa su marcha. Decidido, cruza Grand Casamates y, sin parar para recobrar el aliento, enfila por Main Street hacia arriba. A la altura de Saint Mary The Crowned sus ojos buscan el portal un poco más adelante, cerca de la oficina de Correos. Allí se detiene. Ha llegado. Es su casa.
Ismael Brennan deja el libro que está leyendo y lo vuelve a meter en el morral. Saca otro mucho más viejo y desgastado, lo abre al azar y lee. “Volverán las oscuras golondrinas, en tu balcón los nidos a colgar”. Sonríe levemente, busca un lugar preciso en la biblioteca y coloca el libro en su estante, mientras deja que su mente regrese a la confluencia del Nilo blanco con el azul, desde entonces un único río que fluye y fluye hacia el mar.

Epílogo: La carga del 21 de lanceros en Omdurman fue la última de la historia del ejército británico. La Reina Victoria concedió por actos de valor en la misma tres cruces Victoria. Los sucesos están narrados en el libro “La guerra del río”, de Winston Churchill, quien con 23 años y el rango de teniente mandó uno de los pelotones que participó en la carga. Churchill recibió el premio Nobel de Literatura en 1955. Fue dos veces primer ministro del Reino Unido. Ismael Brennan murió de septicemia en 1901. Está enterrado en el cementerio civil de Gibraltar. Nunca volvió a ver el Nilo.

Jubilado. Autor: Miguel Feria

“Jubilado”. La de cosas que había planeado para esta época de mi vida…Y ahora, que de sopetón llegó me abofetea la cara sin piedad y me sume en un desconcierto que se resiste a despegarse de mi piel…

La primera semana de jubilado , me la tomé a cuerpo de rey. Compré un billete de avión para Lanzarote , en donde había reservado una villa de lujo junto al mar, y me fui, decidido a hacer una transición a la vida reposada a cuerpo de rey. Aún hoy me dura aquella maravillosa sensación de haber escapado , no ya de mis alumnos del demonio, sino de este mundo por completo. La sensación de flotar en la piscina de la Villa , en aquel soleado día , con una gorra mojada sobre mi cara para soportar el Sol, cerveza en mano y con el único sonido de las olas al otro lado del paseo, las gaviotas en su vuelo ingrávido y el filtro de la piscina. Un comienzo para no olvidar.

Luego llegó el regreso y me afané en recuperar alguna de mis muchas aficiones: el piano, la cerámica, el deporte o la escritura. Pero, después de haber disfrutado con ellas toda mi vida, resultó que empezaron a dejar de entusiasmarme y me sumí en una vida lenta y anodina, me hice adicto a las horas muertas.

Cuando me encontraba con otro jubilado que me contaba que el tiempo no le daba para las múltiples tareas que ahora realizaba, pensaba: “Claro, como que ahora es tal la parsimonia que te invade que el día se te escapa de las manos como azucarillo. Me apunté a clases de clarinete y fiché en un club de atletismo veterano, llené mis horas como pude, antes todo que verme en un banco de la plaza del pueblo. A medio camino, dejé de atender a horario alguno. Nadie me esperaba para almorzar. Daba igual ir a entrenar a las tres de la tarde, levantarte a las tantas o almorzar a las cinco. Aún no se a dónde me quiere llevar este viaje…aunque intuyo que será un viaje sin retorno.