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Fallo XI Concurso de Relatos y Microrrelatos de Viaje Moleskin 2016

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Moleskin, el concurso de Relatos de viaje de Vagamundos patrocinado por Ediciones del Viento y Grammata, completa su undécima edición con el fallo del jurado, que ha evaluado 146 relatos y 120 microrrelatos.

La Coruña, 30 de julio de 2016. En los once primeros años de trayectoria del concurso de relatos cortos de viaje han participado más de 1.100 autores españoles y latinoamericanos con más de 2.450 relatos y microrrelatos publicados.

El concurso tiene el nombre Moleskin como homenaje a los míticos cuadernos de viaje que fueron compañeros inseparables de escritores como Bruce Chatwin y Ernest Hemingway, y que hoy siguen siendo los preferidos por viajeros y escritores actuales, disponibles en moleskine.

Los relatos se presentaron en dos categorías: Relatos de viaje y Microrrelatos.

El XI Concurso de Relatos de Viaje 2016 ha tenido un enorme éxito, no sólo por la cantidad de relatos a concurso, 266, sino también por la calidad y variedad de los mismos, provenientes de España y 13 países de Latinoamérica, así como de hispanos residentes en lugares tan lejanos como algunos de los viajes que se cuentan en los relatos a concurso, como Australia.

El concurso regala 50 libros de Ediciones del Viento, la editorial española referente en la edición de libros clásicos de viaje con su colección viento Simún, que incluye 84 títulos a fecha de julio de 2016, y un lector e-reader Papyre 602w de Grammata, la empresa española líder en el mercado de lectores de libros electrónicos.

Objetivos y participantes. El objetivo del concurso es promocionar el trabajo de escritores en un género clásico, el de la literatura de viajes, y en un género que cada vez es más popular, el de microrrelatos. Los lectores de moleskin.es pueden viajar por el mundo virtualmente, ya que los relatos de este año y ediciones anteriores están disponibles para su lectura en la web.

La participación popular ha quedado ampliamente reflejada en las 225.000 visitasmoleskin.es, de las cuales más de 6.000 fueron en el mes de junio de 2016, y los 3.485 comentarios que se han hecho a los relatos.

Jurado. El jurado ha tenido un arduo trabajo para seleccionar los relatos ganadores y finalistas por el alto nivel de calidad. Los miembros han sido Eduardo Riestra, editor de Ediciones del Viento, Carlos Olmo Bosco, presidente de la asociación cultural Vagadamia, Carlos Brea Eiroa, escritor, e Iván Marcos, lector impenitente, viajero y ciudadadano del Mundo y creador de Leer y Viajar.

Premios. El ganador del concurso en la categoría de relatos ha sido George Barahona, con el relato La isla. Autor: Lord Byron, que se lleva una selección de seis (6) libros digitales de la colección de viento Simún de Ediciones del Viento.

El ganador del segundo premio ha sido Enrique Vaquerizo Domínguez, con el relato Unos días en la Guajira, que se lleva un lote de cinco (5) libros digitales, de la colección viento Simún de Ediciones del Viento.

El tercer premio ha recaído en Gustavo Luben Ivanoff, con el relato Cierre de Temporada, que se lleva un lote de cuatro (4) libros digitales de la colección viento Simún de Ediciones del Viento.

El cuarto premio se lo lleva Enrique Vaquerizo Domínguez, con el relato Un paseo en barco, que se lleva tres (3) libros digitales de la colección viento Simún de Ediciones del Viento.

El quinto premio es para Enrique Vaquerizo Domínguez, con el relato Las tortugas de Central Park, que se lleva dos (2) libros digitales de la colección viento Simún de Ediciones del Viento.

Los autores entre los puestos sexto y décimoquinto recibirán un (1) ejemplar digital de la colección viento Simún de Ediciones del Viento.

Hamed y la vieja llave. Autor: Joaquin Moya Latorre

El sendero de los Dioses. Autor: Hermes Prous Collado

Las reencarnaciones de los Salvatore. Autor: Kayser

El misterio de los Toromonas. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

No sé hacia donde vamos. Autor: Singular

De Nueva York a Nueva York. Autor: Carlos Feal

Cómo elegir una postal en París. Autor: Andoni Aldasoro

El ascensor. Autor: Raquel Otheguy Rivón

El costo de la noche tailandesa. Autor: Vicente Schulz

N.Y. Uva. Autor: Ivan Tobracz

El ganador del concurso en la categoría de microrrelatos ha sido Margarita del Brezo, con el microrrelato Transporte bueno y barato, que se lleva cuatro (4) libros digitales de la colección viento Simún.

El segundo puesto ha recaído en Anna López con Revelación, que se lleva tres(3) libros digitales de la colección Viento Simún, y el tercero para Mei Morán con Vuelo a baja altura, que se lleva dos (2) libros digitales de la colección viento Simún.

Los ganadores del cuarto al décimo puesto se llevan un (1) libro digital de la colección viento Simún. Sus nombres son Paloma Casado Marco, Eva García, Mei Morán, Fran Nore, Rossana Sala, Jams y Gloria Ayala Barrera, respectivamente.

Se ha sorteado un lector e-reader Papyre 602w de Grammata entre todos los participantes con relatos a concurso, y se lo lleva Se Fardita (Antoni Lluc), residente en Barcelona, España, y autor del microrrelato La llave.

Se han sorteado 2 libros entre los autores que han hecho subido relatos y microrrelatos, y los ganadores han sido Rafael Restaino y A.Lilith Rodríguez

Se han sorteado 2 libros entre los lectores que han hecho comentarios a los relatos, y los ganadores han sido Mireia Cifuentes y María M. Montesano.

Se informará personalmente a todos los ganadores por correo electrónico para la entrega de premios.

Como otros años, se editará un libro que incorporará los relatos ganadores y una selección de los presentados a concurso, del que los autores incluidos en la selección recibirán una copia gratuita en formato digital en cuanto esté terminado. Los libros de ediciones anteriores están publicados en Lulú.

El jurado agradece a todos los participantes, ya sean con sus relatos, microrrelatos o comentarios, su apoyo a Moleskin, y destaca que muchos de ellos repiten año tras año con nuevos relatos.

 
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Publicado por en 30 de julio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

La mácula de no tener abolengo. Autor: El Patagón

Para aquel fin de semana el pronóstico anticipaba una violenta “sudestada”, lo que hizo que las autoridades del club asumieran que, durante esos días,  ningún barco saldría de su amarra. Basados en dicha especulación decidieron convocar a una  asamblea de socios, con el propósito de tratar un proyecto de reubicación de la pluma y el varadero. La reunión, con asistencia masiva, se concretó en un confortable salón con amplios ventanales que daban al mar, desde donde era dado apreciar cómo, minuto a minuto, las olas que rompían contra la escollera eran cada vez más grandes y agresivas. De pronto, ante la sorpresa general, divisamos la silueta de un velero que, con dos manos de rizo y tormentín, se dirigía aguas adentro.

Esa aparición provocó de inmediato un generalizado murmullo reprobatorio, que alguien se atrevió a precisar en voz alta:

   – ¡Solamente un loco irresponsable como el griego Ρικάρντο, se atrevería a salir a navegar con este temporal!…

A lo que otro respondió:

  – ¡Su soberbia es tan grande, que con tal de descollar es capaz de cualquier desatino!…

Por estar referidos a un personaje  desaprobado por la “aristocracia” de aquel club, a la que cualquier motivo le resultaba bueno para estigmatizarlo, dichos comentarios tuvieron considerable adhesión. Sin embargo, algunos de los presentes (muy pocos) disentíamos con el tenor de esas expresiones.

En reiteradas oportunidades habíamos sido testigos de cómo Pikápvto  era descalificado sin fundamentos, sobre la base de los prejuicios imperantes en aquel ámbito clasista. Su humilde origen, sus singulares hazañas deportivas, su falta de adhesión a las formalidades sociales imperantes, lo habían convertido en la representación perfecta de todo lo que ellos desdeñaban.

Soliviantado ante aquella machacona reiteración de afrentas y burlas, resolví asumir la defensa de mi amigo, expresando mi desacuerdo a voz en cuello:

  – Creo que están equivocados al calificar como soberbio e insensato a un individuo, por el solo hecho de ser introvertido y tal vez poco complaciente con las veleidades de una arbitraria e inamovible Comisión Directiva. Lo que en realidad sucede, es que la mayoría de ustedes toma como un agravio personal la  indiscutible pericia del capitán del Mathilda.

El haber navegado con él en muchas oportunidades, me permitió conocer aspectos de su vida que refutan comentarios como los que  se acaban de proferir.

 – ¡No creo que ninguna “historia” acerca del griego, por más edulcorada que sea, nos haga cambiar de opinión!…- grito el crítico que llevaba la voz cantante. A lo que respondí en tono desafiante:

 – Si están dispuestos a escucharme durante algunos minutos verán que sí es posible. Les prometo que para ello utilizaré un único argumento: la descripción de como Pikápvto obtuvo su matrícula de “piloto de altura”. ¿Están de acuerdo?…

Los menos recalcitrantes -no encontrando nada mejor que hacer, ya que la tormenta no tenia miras de escampar- asintieron, lo cual  me permitió concretar el reto.

 – Recuerdo que la primera vez que estuve a bordo del Mathilda, despertó mi curiosidad el diseño del diploma de “Piloto de Altura” exhibido en su cabina. A diferencia de los  certificados tradicionales, éste tenía como fondo una colorida ilustración del Sector Antártico.

No habiendo visto anteriormente nada similar, le pedí a su propietario me hiciera conocer los motivos por los que fue distinguido con tan singular versión. Evidentemente mi petición lo tomó por sorpresa, porque vaciló unos instantes en asentir.

Antes de satisfacer mí pedido, y a modo de encuadre referencial, creyó oportuno formular un par de precisiones aclaratorias: para rendir el examen práctico, había optado por un buque próximo a zarpar hacia la Antártida y al momento de graduarse, acababa de cumplir veintidós años.

Establecido esto, dio comienzo al relato recordando que a bordo del transporte Bahía Aguirre había sido ubicado bajo la tutela del  jefe de navegación, a quien se le asignó la tarea de evaluar sus conocimientos.

En esos días, el comandante solía acercarse sigilosamente a la improvisada mesa de trabajo de mi amigo, para constatar la calidad de su pericia práctica. Luego de leer las ultimas coordenadas donde éste había posicionado al buque, lo miraba compasivamente, mientras pronunciaba con sorna y en voz alta, frases de este tenor: “Según los cálculos del aspirante estamos navegando hacia el África… ¡No comprendo por qué vestimos equipos antárticos!…

Aun hoy, el dueño del Mathilda sigue creyendo que en aquellas reiteradas burlas no había crueldad, sino solo un desacertado método didáctico. Afortunadamente el jefe de navegación se mostraba más tolerante frente a sus  comprensibles equivocaciones,  tomándose el tiempo necesario para explicarle el porqué de las mismas y las técnicas adecuadas para evitarlas.

En este punto, decidí hacer una pausa para tomar el café que me habían servido, aprovechando para formular una pregunta retórica:

 – ¿Determinar una posición geográfica, contando solo con los  conocimientos teóricos adquiridos en el curso de navegación sería, para cualquiera de nosotros, un dolor de cabeza… verdad?… Afortunadamente hoy en día todos contamos con un GPS abordo.

La ausencia de comentarios me demostró que el intento de provocar un debate constructivo había resultado fallido, por lo que no tuve más opción que retomar el monologo:

 – Mi amigo Pikápvto me precisó que antes de rendir el examen final, habían navegado por el Canal de Beagle, fondeado en la Isla de los Estados, cruzado ocho veces el Canal de  Drake, virado otras tantas el Cabo de Hornos y recalado en Ushuaia en cuatro oportunidades.

También habían  visitado todas las instalaciones ubicadas en las Shetland del Sur, incluyendo la isla Laurie, Orcadas del Sur, el grupo Thule del Sur y la mayoría de las  bases y refugios argentinos situados en el Archipiélago Antártico.

El objetivo de dicho periplo, fue proceder al recambio de las dotaciones que habían permanecido un año en aquel  territorio y a la provisión de abastecimientos para dos, asegurándoles de este modo el sustento básico, ante eventuales contingencias adversas.

A fin de confirmar si los oyentes se habían interesado en mis dichos, les pregunté con un dejo de picardía, si al conocer los detalles de esta singladura, admitían la solida base que había tenido la formación del capitán del Mathilda.

Una vez más no hubo  respuestas; solo rostros inescrutables, que de todos modos no lograron que cejara en mi empeño.

 – El  2 de marzo de 1957, entrando ya en las postrimerías de la campaña, el griego fue  convocado  al puente de manera urgente. Al ingresar se sorprendió por la presencia de casi todo el personal de navegación, cuando al igual que él, muchos de ellos deberían estar gozando de su periodo de descanso. En principio parecían ajenos a su persona pero rápidamente intuyó que habían sido convocados como espectadores de algo relacionado con su  inminente prueba final.  El comandante, con un dejo de sorna, le solicitó que, haciendo gala de  sus conocimientos y con la ayuda del material e instrumental que considerara necesario, le indicara la latitud y longitud en la que se hallaban navegando.

A continuación agregó burlonamente: “Aspirante, tómese el tiempo que considere  necesario…  pero por favor no exagere…”

En el puente solo se escuchaba el bramar del viento antártico y el ruido de la proa al chocar con las impresionantes olas  con las que estaban lidiando.

Obviaré por superfluo citar el detalle de sus afanosos cálculos.  

Luego de un lapso que no pudo precisar (a él le parecieron siglos) murmuró con voz insegura: “Señor… 67 grados de latitud Sur y 70 grados de longitud Oeste…”

La tensión flotaba en el ambiente. El temor a haberse equivocado le quitaba el aliento, sentía correr la sangre  como si fuere plomo caliente. De pronto la voz del comandante, quebró el silencio: “¡Si señor aspirante…,67 grados de latitud Sur y 70 grados de longitud Oeste… acabamos de cruzar el Círculo Polar Antártico!”

En ese momento estallaron gritos y  aplausos y mi amigo casi fue  sepultado por los abrazos de los presentes. No podía creerlo, había aprobado el tan temido examen, nada menos que precisando el momento en que cruzaban el Círculo Polar Antártico.

Al día siguiente, cuando retornó al puente, recibió por parte del jefe de navegación las felicitaciones formales al tiempo que le hizo entrega de un profusamente ilustrado diploma (el que luce en la cabina de su barco) donde certificaba con su firma que:

El aspirante  Ρικάρντο Ράφτι,  ha cruzado el Círculo Polar Antártico, el día 2 de marzo de 1957, a bordo del Transporte Naval A.R.A. Bahía Aguirre, obteniendo, simultáneamente, su acreditación como Piloto de Altura”.  

Aquí hice una prolongada pausa para que todos comprendieran que el alegato había llegado a su fin, y que aguardaba el veredicto de la audiencia. Aun conociendo muy bien la resistencia que el personaje suscitaba en mis circunstanciales cofrades, tenía la expectativa de haber contribuido  a morigerar la hostilidad de la que era víctima. Pasado unos instantes, deslicé una mirada inquisidora sobre cada uno de los presentes como invitándolos a formular comentarios.  Ante el mutismo  corporativo del grupo sentí que mi intento había sido vano.

Recién entonces comprendí que se repetía lo acontecido con otros navegantes deportivos de humilde origen. El exponente paradigmático de dicha fobia fue, sin lugar a dudas, Vito Dumas.

En su época (y aun durante mucho tiempo más), las hazañas náuticas del genial “navegante solitario” fueron desvalorizadas por los miembros más conspicuos de las clases sociales elevadas, mediante el  arbitrio de vincular su nombre con una pertenencia política, por aquellos tiempos oficialmente denigrada, e “invisibilizarlo” exhibiéndolo como un personaje innombrable, con el argumento de que su sola mención convoca a la mala suerte.

En el caso del capitán del Mathilda (a pesar de la relativa democratización social acaecida desde entonces) las mismas camarillas sectarias menguan sus cualidades deportivas, imputándole maliciosamente actitudes de soberbia e imprudencia.

Finalmente debí aceptar  mi ingenuidad. La cosa no pasaba por el desconocimiento de los meritos náuticos del denostado consocio, simplemente se trataba de la consecuencia de prejuicios muy arraigados.

Para la elite del “yachting”, la navegación deportiva es algo más que una recreación, es un rito destinado a rubricar abolengo y prosapia.

En razón a su humilde extracción social, tanto Vito Dumas como Ρικάρντο – y otros tantos personajes anónimos-  carecen de dichos atributos, por lo tanto, según esa visión sesgada de la vida, están descalificados para la práctica exitosa de tan aristocrática actividad.

A la fecha ha corrido mucha agua bajo los puentes, y es casi seguro que las nuevas generaciones no tienen la menor idea de quienes fueron y que proezas hicieron esos ignorados hombres de mar.

Tal vez esta narración despierte la curiosidad de algunos lectores interesados en el tema, impulsándolos a exhumar y poner en valor, esa categoría  de protagonistas, prejuiciadamente desdeñados por la “historia oficial”.

 
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Publicado por en 19 de julio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

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Mi viaje a Cuzco. Autor: Nelly Beatriz Corrales Ternero

Recuerdo como si fuera ayer mi viaje a Cuzco dije suspirando cuando contemplaba mis lindas fotos en mi Smartphone.

No me cansaba de repetir a mis amigas que lo primero que me llamó la atención al llegar al Cuzco fue su espectacular cielo azul despejado, el que lucía imponente dándome la bienvenida.

El viaje fue muy corto. Estuve muy nerviosa porque era la primera vez que viajaba en avión.

La verdad ni me di cuenta que había llegado a mi destino porque el viaje fue placentero.

Cuando llegué, fui recibida en el aeropuerto por mi amiga Olga, a la que no veía hace tiempo y quien fungiría de mi guía durante mi permanencia en el Cuzco.

A medida que pasaban las horas, sentía que me faltaba el aire por lo que ella me llevó a una Trattoria a comer pizza a la leña y a tomarme una buena taza de mate de coca para recuperarme de la descompensación, comúnmente llamado soroche o “mal de altura”. La verdad fue un remedio mágico porque quedé como “nueva”.

Pude disfrutar de una pizza exquisita, hecha tradicionalmente en rústicos hornos, lo que le da un sabor muy especial.

Al día siguiente, empezó mi tour a pie por toda la ciudad.

En primer lugar, visité la Plaza de Armas con todos sus atractivos: Una Iglesia preciosa por dentro y por fuera. Flanqueada por  imágenes representativas del fervor religioso. Todas de tamaño natural. Además de otras iglesias como: la de la Sagrada Familia y la Iglesia del Triunfo.

Desde el momento que uno pisa suelo cuzqueño,  se respira aire de antaño, de tradición y de revaloración de lo “nuestro”, de nuestro patrimonio cultural.

Y cuando continué mi recorrido por las estrechas calles del Barrio de San Blas, subiendo por calles rodeadas por enormes rocas, pude apreciar la principal piedra angular de 12 ángulos.

Desde que vamos avanzando por este sendero, nos dan la bienvenida los artesanos que se encuentran a nuestro paso ofreciendo sus trabajos hechos por sus propias manos, nuestra “artesanía”.

Confieso que me fui quedando un par de días en la ciudad.

Mi amiga me contactó con una pequeña agencia que fue la que se encargó de organizar mis tours.

Nunca pensé recorrer la ciudad en un bus rojo de dos pisos con el techo descubierto. Sólo lo había visto un par de veces en Lima, en el distrito de Miraflores, lleno de turistas y me preguntaba ¿qué se sentiría subirse allí?

Lo único que puedo afirmar es que ¡se siente muy bien!

Tuve la dicha de poder contemplar desde lo alto el Templo Korikancha, lugar al que el día anterior sólo pude apreciar por fuera junto con mi amiga. Al bajar del vehículo, ingresé al templo y pude admirar en las paredes unas bellas pinturas cuzqueñas las que no permitían fotografiar para preservarlas intactas y evitar que se deterioren.

El guía nos explicaba todas las historias que envolvía el recinto.

Recorrimos la ciudad. Llegamos donde se encontraba una imagen gigantesca blanca, replica del “Cristo Corcovado” de Brasil. Muy hermosa. Me tome fotos con ella.

Luego, ya era hora de regresar.

Al día siguiente, tenía mi City Tours, donde conocí el Valle Sagrado de los Incas, la Fortaleza de Sacsayhuaman, estratégicamente construida sobre un cerro, desde donde se puede contemplar todo el Cuzco. Los grupos arqueológicos de Qenqo.

Además de Puka Pukara que significa “fortaleza roja”, porque las piedras son de color rojizo.  Y Tambomachay cercano a las Ruinas de Puka Pukara. Todos eran lugares típicos con mucha historia y tradición.

Finalmente, hicimos una parada en las Ruinas de Pisac y compramos artesanía en el mercado de Pisac,

Cuando sólo me quedaba escasos 02 días para mi partida a Lima emprendí mi travesía rumbo a Aguas Calientes para luego visitar mi querido Machu Picchu. Cuando llegué, muy temprano el Huayna Picchu estaba envuelto en una espesa neblina que no lo dejaba verse en todo su esplendor.

A medida que transcurrían las horas, se fue despejando el clima nublado y pude contemplarlo nítidamente.

El guía nos indicaba que debíamos subir. Entonces, empecé a subir y subir y cuando llegué en donde nos dijo que era la caseta del guardián, tenía frente a mí, al igual que en las fotografías y almanaques, el magnífico Machu Picchu que se presentaba ante mí,  imponente y tan real. Sentí tanta alegría que cuando llegué a la cima, llamé emocionada a mi mamá quien se encontraba en Lima para compartir con ella este enorme regocijo indescriptible que sentí al tener frente a mi este magno Monumento Histórico.

Me frotaba los ojos para asegurarme que era cierto, estaba allí frente a mí y no podía creerlo.

 
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Publicado por en 13 de junio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

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Saltar la barrera. Autor: Juan Manuel Martín

La avenida que va desde mi casa al centro peatonal de la ciudad posee unas calles adyacentes cuyas esquinas son los lugares predilectos de los vendedores de esos cupones que pueden cambiarle a uno la vida o, por lo menos, parte de ella. Cada mañana, en la intersección de una de ellas, justo delante de una inmobiliaria, Azucena se situaba en su silla de ruedas con ese propósito. Azucena era, y lo es todavía, una mujer joven, de una belleza discreta que empañaba algo su mirada tristona. Ahí fue donde la conocí y ahí comenzó nuestra amistad.
Cada vez que podía hacía un alto en el camino para charlar con ella; generalmente hablábamos de cosas triviales, aunque a veces abordábamos también algún asunto serio y espinoso entre venta y venta. Pero el tema de su invalidez seguía siendo tabú: ni ella me reveló el motivo de una discapacidad que cubría con un largo vestido ni yo me atreví a hurgar en su pasado preguntándoselo.
En cierta ocasión salió a colación el tema de las barreras, no solamente de las arquitectónicas y de las físicas en general sino también de las mentales y de las morales, de esas que resultan más problemáticas para las personas con movilidad reducida y que no nos afectan a los demás, en todo caso, no en el mismo grado. Azucena se lamentaba de las limitaciones que padecía el colectivo al que pertenecía. En un momento de la conversación, la mujer calló y agachó la cabeza, como vergonzosa, dudosa tal vez; luego la levantó y su vista se perdió en la distancia; volvió a mirarme y me confesó entonces que echaba de menos una cosa: viajar. Ese día la noté algo más mustia de lo habitual. ¿Qué podría decirle para animarla? La verdad, no se me ocurría nada. Tragué saliva antes de preguntarle:
—¿ A dónde te gustaría ir?
—A cualquier parte del mundo, lejos de aquí, lejos de esta rutina que me consume…Necesito cambiar de aire, escaparme.
Quizá quería huir de sí misma —pensé.
—Bueno, prueba primero con un destino cercano, cómodo, accesible, para no estar desarraigada —sugerí.
Me di cuenta demasiado tarde del uso inadecuado de mis palabras; ponían en evidencia la inferioridad física de la joven, subrayan las diferencias existentes. A pesar de que ella no me lo reprochó, lo lamenté. Intenté entonces arreglar el entuerto:
—Tienes razón, hay que buscar mejores caminos, aprovechar cada minuto, cada segundo de la vida, por muy injusta que ésta se nos muestre a nosotros. Pero no hay que ceder en el empeño, porque dice un proverbio chino: “Aprovecha, que es más tarde de lo que te imaginas”.
Pasó el tiempo. Un día, encontré a otro vendedor en el sitio de Azucena y pensé que estaría indispuesta o solucionando algún asunto personal; tal vez la habrían mandado a otra calle o quizás se habría marchado de vacaciones. Lo cierto es que no me había dicho nada, aunque tampoco tenía por qué hacerlo, al fin y al cabo yo era una “amistad pasajera”. Viendo que no regresaba a su lugar habitual, pregunté por ella.
—¿Azucena? ¡Menuda suerte, y menudo cambiazo! Se lio la manta a la cabeza y se embarcó en un crucero por los fiordos noruegos. Puede encontrarla cada mañana en la cafetería que está allí, frente al ambulatorio. ¡Vaya, vaya, que se va a sorprender!
—¿Entonces, ha dejado de trabajar para la organización? —quise saber.
—Sí, parece ser que tiene otros planes. Ya se lo contará…
—Gracias.
Sin esperar al día siguiente me fui a buscar a la joven.
A no ser por su silla de ruedas, no la habría reconocido. Azucena lucía ahora un pelo corto teñido de rubio. La encontré rejuvenecida, y me dije que seguramente se habría hecho un tratamiento con la tan publicitada y milagrosa baba de caracol. Vestía ropa de colores llamativos y alegres que le daban más vida. Parecía que la primavera había hecho renacer aquella pobre Azucena, la de antaño, la que se me antojaba una flor marchita.
—Hola, Azucena. ¡Vaya cambiazo! Te veo maravillosamente bien, muy guapa, casi no te reconozco —le dije—. ¡Cuánto tiempo sin verte! Menos mal que le pregunté a tu compañero, el gallego; él me informó donde encontrarte. La verdad es que te había perdido la pista.
Ella agradeció el piropo con una sonrisa y me invitó a sentarme junto a ella.
—Tómate algo, un café, un refresco o una cerveza, lo que más te guste; mientras, charlamos, que tengo muchas cosas que contarte. ¿Tienes prisa o no?
—No te preocupes, no me urge nada. Empieza, que estoy intrigado —le apremié.
—¿Te acuerdas de aquel proverbio chino que decía de aprovechar el momento porque siempre es más tarde de lo que uno imagina? Me dio mucho que pensar, y decidí lanzarme a la aventura de navegar por los fiordos noruegos. Era un verdadero reto para mí, que nunca había viajado más lejos de la provincia. Mis padres se opusieron al principio diciendo que lo mío era una auténtica locura; tomar un avión para irse a un país extranjero y luego efectuar un crucero por unos mares fríos y desconocidos con gente que no hablaba nuestra lengua era algo impensable. Pero finalmente los convencí; les hablé de la existencia de Viajes Accesibles, una empresa de la corporación para la cual yo trabajaba, que aseguraba la asistencia de profesionales sanitarios durante toda la duración del viaje. Esto los tranquilizó y cedieron. No se podían negar puesto que yo era mayor de edad.
La miraba embelesado. Me parecía increíble que una persona con su discapacidad tuviera el arrojo suficiente para volar por primera vez, aunque fuese con una amiga, a unos miles de kilómetros de aquí para navegar entre ballenas y otros mamíferos marinos y adentrarse en los profundos fiordos que reciben las aguas derretidas de los glaciares nórdicos.
—¿Me estás escuchando?
—Por supuesto, no pierdo detalle. ¿Qué es lo que te ha llamado más la atención?
—La población que más me gustó fue Bergen, es la segunda mayor de Noruega, con siete montañas que rodean el centro de la ciudad. Es muy animada, y posee un funicular. Como fui en septiembre, no pude ver los fuegos de San Juan que se celebran en junio. Por su parte, Flamm tiene unos preciosos paisajes. Me he quedado con las ganas de ver una aurora boreal, es muy difícil.
—¿Y la comida qué?
—Bueno, he probado el asado de reno y un queso llamado “ost”. Es bueno probar los platos de otros países, pero prefiero nuestro “pescaíto” frito, nuestros potajes y la paella. Allí se almuerza muy temprano, de las 12 a las 14 horas y se cena de las cinco de la tarde hasta las ocho de la noche. Si te invitan a cenar en una casa noruega, no debes olvidar de llevarle flores a la anfitriona.
—¿Has visitado muchas lugares?
—Todos los que he podido y los que permitían los ocho días que duró el viaje; se quedaban cortos. Aparte de Oslo, he visto, entre otros sitios, el fiordo Geiranger y el fiordo de los sueños, el más largo y profundo del país. También fui al Parque Nacional de Jostedals, creo que así es su nombre. Me he traído unos cuantos trols de madera; ya sabes, esos seres que moran en cavernas y regiones boscosas y que aparecen en películas. Te regalaré uno.
—Gracias. Me alegro mucho de que te lo pasaras tan bien. Ya sabes, ahora toca desplazarte a otros destinos —la animé.
En ese momento de la conversación apareció un hombre rubio, alto y fornido, que se acercó a nosotros y nos saludó con un god morgen , buenos días en noruego. Azucena y el extranjero, porque era indiscutible que con su aspecto no lo fuera, se dieron un corto beso. La mujer hizo entonces las presentaciones:
—Aquí Thord, que significa «hijo de vikingo»; es mi brudgommen, es decir, mi novio; él es Juanma, un amigo.
—¿Dónde os conocisteis?
—Él trabajaba en el barco que hacía el recorrido por los fiordos; fue un amor a primera vista. Ahora está de vacaciones, pero piensa instalarse en España y entonces nos casaremos.
—Enhorabuena a los dos, y sobre todo a ti que has sabido saltar esa barrera que a muchos nos parece infranqueable aunque no tengamos ningún tipo de incapacidad. ¡Que seáis felices!

 
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Publicado por en 13 de junio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

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Más allá de los confines de la Tierra. Autor: Jorge Varela Martínez Negrete

Una tarde nublada de finales de primavera del año 15 de este nuevo milenio, el velero “Fortuna” entra tranquilamente en la caleta de Puerto Toro. Desde el mar se divisa una colina cubierta de árboles que desciende hasta la playa donde un muelle de pilotes de madera la separa de una encantadora capilla pintada de azul. En el cielo se dibujan columnas de humo provenientes de las chimeneas de los barcos ya atracados inundando así el aire límpido del sur con el agradable olor a leña.

Puerto Toro. El último asentamiento humano en el continente americano. El poblado más al sur de todo el planeta tierra. Población 36 habitantes, pero eso hasta el día de ayer ya que hoy ha habido una gran fiesta con la que han despedido a Luciana que habiendo finalizado la escuela primaria se marcha de Puerto Toro dejando a su familia para ir a estudiar a Puerto Williams el poblado más cercano que está ubicado a 8 horas de aquí navegando en barco, primero hacia el norte por el “Paso Picton” y luego hacia el oeste por el “Canal del Beagle”. Con esto, la población de Puerto Toro se extingue lánguidamente.

“El Fortuna” es un velero de 40 pies con casco de aluminio que navega con bandera italiana y preparado magníficamente a “son de mar” para estas inhóspitas aguas del fin del mundo. Moreno Salvatore es su propietario y capitán y al cual nos le hemos unido como sus compinches Enrique y yo dé México además de Chris que ha venido desde Inglaterra y Joao el más joven de todos y que ha viajado desde Portugal. El objetivo de la travesía: “Doblar el Cabo de Hornos”.

Nos encontramos en Puerto Toro a la espera de que se presente una “ventana” entre la serie de sistemas de baja presión que periódicamente circulan por el Pasaje de Drake y que se mueven libremente alrededor de los mares del Sur sin que ninguna masa de tierra se interponga entre ellos.

Puerto Toro el pueblo donde hasta el día de ayer vivió Luciana pertenece a Chile y se encuentra ubicado en la costa este de la Isla Navarino en la provincia de la Antártica Chilena en la región de Magallanes y de la que Puerto Williams es su capital. Su única función es la de servir de fondeadero de resguardo para la flota pesquera más grande de Chile dedicada a la captura de la centolla magallánica, el enorme cangrejo rojo tan cotizado en los restaurantes más “snobistas” de Paris, Tokio o Londres. La temporada comienza a mediados del invierno austral para terminar el último día de Noviembre cuando entra en vigor la veda decretada por la prefectura naval chilena. Los barcos pesqueros sueltan por la noche sus “jaulas” atadas a gruesos cables de fibra de cáñamo que por la mañana serán recogidos con la pesca de las centollas vivas y que son depositadas posteriormente en una sentina dentro del barco para después ser trasladadas al buque nodriza que las llevara hasta Punta Arenas en el Estrecho de Magallanes ubicado varios cientos de millas más al norte desde donde volaran a todo el mundo.

“Pero qué necesidad de navegar tan lejos”, dirían los “exploradores de sillón”, en un puerto tán fuera de todas las rutas comerciales, un lugar desconocido por los operadores turísticos, un lugar muy, pero muy frío, con ráfagas de vientos tan fuertes que tuercen los árboles que se interponen en su camino, un lugar desolado, un lugar que por eso mismo me atrae, me reta, pero lo más prodigioso de esto es que ni la guía “Lonley Planet” lo menciona, esto lo convierte en un lugar de los que quedan pocos en el mundo.

La necesidad de “navegar tan lejos” surgió de leer un librito: “El Faro del Fin del Mundo” de Julio Verne. La inhóspita Isla de los Estados, el “farero” Vázquez, con el náufrago John Davis, el pirata Kongre y su pandilla de maleantes y por supuesto el tan esperado capitán Lafayette al mando de su barco el “aviso” Santa Fe. Todos estos nombres leídos en la infancia despertaron en mí el deseo de navegar algún día las temibles aguas del Cabo de Hornos.

Luciana se va de casa con las ganas de aprender aun más. Ahora ya sabe mucho sobre Darwin, si del mismo Charles Darwin que cuando era muy joven navegó en estas aguas a bordo de la goleta inglesa llamada el “Beagle” donde venía como naturalista a las ordenes del capitán Fitz Roy que traía de regreso a esta isla a tres indios “Yaganes” que habían sido capturados tres años atrás y que después de haber sido “civilizados” en Londres eran reinsertados en su pueblo nativo desembarcándolos en una caleta muy cerca de aquí. (Por supuesto el experimento no funciono. Mas tardaron en bajarlos a tierra que estos en volver a sus costumbres originales llegando incluso a saborearse los huesos de uno de los tenientes de la armada), asi que Luciana piensa volver pronto a este magnífico y desolado paraje ubicado más allá de los confines de la tierra.

El Fortuna arribó hace dos tardes procedente de Puerto Williams donde solicitó el despacho en la prefectura naval para poder navegar las aguas chilenas. La estancia en Puerto Williams fue muy agradable. Una ligera llovizna se soltaba de vez en cuando y entre estos lapsos se mostraban orgullosas las montañas nevadas de los “Dientes de Navarino”. Cuando la lluvia arreciaba nos trasladábamos al interior del Micalvi un antiguo barco que ha sido habilitado como Club de Yates y donde los marineros de todas las nacionalidades se reúnen a comentar de sus peripecias tras doblar el Cabo de Hornos.

Puerto Williams avanza muy rápido y pronto desaparecerán sus casas de láminas de zinc para dar paso al progreso. El almacén del puerto todavía subsiste, con sacos de azúcar y de arroz, comidas enlatadas, jarcias marineras y música lejana que se escucha tras el mostrador iluminado por un pequeño foco que parpadea como si fuera a dejar de funcionar. El museo antropológico Martín Gusinde con la historia de las tribus Onas y Yaganes, los restos de la proa del “Yelcho” el remolcador que rescató a la tripulación del “Endurance” comandada por sir Ernest Shackleton, Puerto Williams gusta y gusta bien.

La última tarde en Puerto Toro es muy placentera quizás como una tregua para el duro paso que nos queda por delante. Una caminata por las colinas donde el Capitán Moreno se luce con una clase de botánica mostrando toda la variedad de arboles Nothofagus y de los arbustos silvestres que alimentaban a las tribus Yaganes. Una cena a bordo servida con pasta italiana y centolla recién capturada hacen que el vino chileno mezcle los sabores de esta aventura que está por comenzar. Lo bonito terminó.

Es de madrugada cuando levamos anclas. Prácticamente no ha habido oscuridad ya que estamos ubicados en los 55 grados de latitud sur y muy pronto será el solsticio de verano austral. Navegamos hacia el sur dejando la isla Picton por babor, entramos en el Paso Goree con la Isla Lennox por el través y en poco menos de dos horas llegamos a la Bahía Nassau. El mar está en calma, una ligera brisa sopla del noroeste, mis nervios también están en calma. Pronto sabremos si podremos doblar el cabo pero esto será hasta que lleguemos a nuestro fondeadero del día de hoy en Puerto Maxwell.

Son aproximadamente 35 millas náuticas de aguas abiertas las que hay que cruzar para llegar al archipiélago de las islas Wollaston, por el momento llevamos buen tiempo y no ha rolado el viento al cuadrante suroeste ya que de hacerlo así sería imposible la navegación hacia el sur.

Un grupo de marsopas acompaña al Fortuna nadando frente a su proa. Las aves marinas parece que se han negado en seguirnos. En el horizonte poco a poco comienzan a surgir de las aguas los conos de las islas, ahora si el corazón late fuerte, los sentimientos se confunden, el Cabo de Hornos está cerca pero aun no lo podemos ver.

Llegamos al archipiélago de las Wollaston con el mar en calma, entramos en Paso Bravo con la isla Freycinet por babor y el islote Adriana justo en nuestro rumbo. Nos encontramos en el lugar más al sur de todo el planeta y parece increíble está calma con la que nos hemos topado. El velero se desliza silencioso por el Canal Franklin teniendo como testigos los picos nevados de las islas.

La desolación es total. Unos pocos árboles de poca altura crecen torcidos por la intensidad del viento, acantilados áridos de color rojizo se desprenden hasta las aguas donde no se percibe actividad marina. Vamos los cinco en cubierta sabemos que el momento está cercano, preparamos cámaras, preparamos abrigo, preparamos la mente para lo que viene o eso más bien es los que pensaba porque todo se vino de improviso.

El Capitán Moreno nos da dos opciones: Una es anclar el día de hoy en Caleta Martial y mañana temprano doblar el cabo y la otra es intentarlo de una vez el día de hoy. Después de una rápida consulta con la tripulación decidimos hacerlos de una vez a lo que Morenos nos informa que una vez iniciado ya no hay marcha atrás, no se puede volver ya que intentar regresar se convertiría en un verdadero naufragio, así que con esta advertencia tomamos el riesgo y vamos por lo que venimos. El Cabo de Hornos.

Dejamos puerto Maxwell saliendo entre dos rocas. Si en el Canal Franklin todo estaba en calma, aquí se convirtió en todo lo contrario. Con solo asomar la proa el Fortuna comenzó a balancearse las grandes olas que han recorrido los mares de la Antartida vienen a estrellarse contra los acantilados de las islas Hermite creando una contramarea de mares confusos y de alturas insospechadas.

Navegamos hacia el este-sureste tratando de dejar por babor el islote de Chanticleer que se alza de las impetuosas aguas como advirtiéndonos que no hay marcha atrás. Hacia el sur se mira un horizonte gris con enormes olas que aun ritmo sereno, sin prisa llegan a descargar su furia en los acantilados. Más allá solo existen los blancos hielos de la Antartida. Nos encontramos en el Paso de Drake que es el único lugar en el planeta donde una ola puede avanzar sin detenerse al no haber nada que las detenga.

Me siento en la baranda de babor a popa, tengo una emoción tan grande que se me olvida tomar todas las previsiones contra el mareo. Me cubro la cara con un pasamontañas, mi gorro de gortex bien calado, guantes y doble chamarra para las rachas de viento helado. El Cabo de Hornos aun se encuentra lejos a unas 12 millas por lo que nos esperan unas tres horas de navegación en un mar verdaderamente batido, enormes olas llegan desde el sureste y por la banda contraria nos atacan las que después de haberse estrellado contra los riscos regresan confusas provocando que el Fortuna se turbe y no pueda mantener su rumbo.

Cuando el Fortuna se encuentra en lo alto del seno de la ola alcanzamos a ver la enorme roca del Cabo al que lentamente nos acercamos pero cuando se encuentra en la parte baja solo puedes ver dos paredes enormes de aguas turbias que se alzan 20 metros por encima de nosotros. Comienzo a marearme asi que me posiciono en el guardamancebo viendo el horizonte pero cada vez es más difícil de verlo. Nadie habla en el velero todos estamos a la expectativa, no se a los demás pero ningún miedo aparece por mi mente, siento como si estás aguas ya las conociera, mi mal de mar no me deja, una lucha interna se desata en mi interior, ya he pasado por esto otras veces y sé que hay que ligar los sentidos, levanto la cara buscando la brisa y eso hace que desaparezca por un momento el malestar.

Poco a poco nos acercamos, la enorme roca va creciendo, el mar parece calmarse un poco al alejarnos de la costa, miro hacia el suroeste y no sé por qué razón lo hago, es como si algo me llamara desde un lugar en el fondo del mar, me da confianza, ya falta poco, el Cabo esta ya ahí solo faltan dos millas que transcurren lentamente, el Fortuna cabalga contento como si lo hubieran liberado, ahora la corriente nos favorece y parece que lo he logrado, pero faltando poco menos de una milla de pronto el barco es levantado por una enorme ola que hace que el barco se escore y las crucetas del mástil casi toquen el agua, El Fortuna se adriza de nuevo dando un bandazo sobre estribor cuando otra nueva ola lo toma por el travez haciéndonos cambiar de rumbo como si estuviéramos dentro de una licuadora.

Pagué tributo al Cabo, mis ojos escudriñaron hasta los más profundo de este negro mar quizás buscando las cadenas que dicen se encuentran aquí y que atrapan a los barcos de vela. Una vez salude a Poseidón pero no fue suficiente, me recuesto en la baranda y tomo aire, estoy consciente de lo que sucede y llego a sentirlo como un placer culpable, de nuevo busco las cadenas dejando mi huella como testigo, levanto la cara y de pronto está ahí, esa enorme roca llamada el Cabo de Hornos con sus acantilados blancos y sus copetes negros de árboles torcidos que se empecinan en sobrevivir, la admiro y la respeto hoy más que nunca, me ha dejado pasar pero no sin antes pagar mi tributo el que honrosamente le dejo sabiendo porque es llamado el más temible paso de todos los mares.

Nos encontramos muy al sur. Posición 55º 59.9´ S – 67º 17.5´ W. Un albatros ha comenzado su danza, vuela dando giros entre las olas, sus enormes alas parecen tocar el agua con las puntas de sus plumas, señal que va a levantar el viento y eso ayudara a aplacar los mares. Me despido del Cabo de Hornos, lo más probable es que nunca más lo vuelva a ver, le rindo una última pleitesía, el Fortuna cambia de rumbo hacia el norte, navegamos por el paso Mar del Sur entre la isla Deceit y la isla Herschel y la calma vuelve de nuevo. Caigo rendido y me tumbo en la amura de de estribor, entro en un trance hipnótico con sonidos del exterior que se revuelven en mi subconsciente.

Cuando despierto lo primero que veo es un petrel posado en la barandilla del barco. Me mira de reojo girando la cabeza, no sé si aguardaba a que me desvaneciera o velaba de mi sueño. Estamos anclados ya en Caleta Martial, he perdido la noción del tiempo por un poco más de tres horas. Bajo cubierta oigo voces, mis compañeros festejan el haber doblado el Cabo de Hornos, me incorporo y me les uno en el festejo, Capitán Moreno destapa un espumoso con el que brindamos; brindamos por la travesía, por haber llegado con bien pero sobretodo brindamos por todos los marinos que dejaron sus vidas en este lugar, cuando era la única forma de cruzar los dos grandes océanos.

La vuelta a Ushuaia, fue puro placer, el fabuloso viento en la bahía de Nassau, las prácticas de maniobra “a la capa”, la noche que pasamos anclados en la caleta de Isla Lennox, la visita a la pinguinera en el Canal del Beagle, la llegada a Puerto Williams y celebrar con dos cervezas australes en la Taberna de la Colombiana y como remate el fabuloso viento de 40 nudos con el que terminamos navegando hacia Ushuaia donde nos recibió su faro de Les Èclaireurs.

 
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Publicado por en 13 de junio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

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El diablo, el cerro y los hijos de Bolivia. Autor: Ezequiel Diego Alfredo Britos.

Respiro, toso. Escupo sobre la tierra que me rodea. El aire es una sopa de humedad y partículas de tierra, azufre y arsénico. Desciendo por un pozo, con la espalda apoyada en el piso. Detrás de mí bajan otros; el polvo que despiden sus pies me cae sobre la cara, haciéndome toser aún más. “Vamos, vamos, rápido”, torea la guía.

La boca reseca. La impaciencia y la ansiedad de no saber cuánto falta para llegar al segundo nivel. El agobio se convierte en un enemigo. En un momento, pienso que estoy al borde del ataque de pánico. Me digo que falta poco, que no pasa nada, que va a estar todo bien. Sigo arrastrándome hacia abajo por el agujero, en una pendiente de 45 grados, con mis hombros golpeando las paredes y despidiendo partículas que me ahogan.

La espalda mojada, llena de lodo, me confirma que el traje de minero me queda grande. Mientras sigo bajando, pienso en la montaña que durante siglos ha devorado a millones de hombres. ¿Por qué no a mí? ¿Por qué no? ¿Quién soy? ¿Qué me hace tan especial? Callate, está todo bien, ya estamos llegando, el Tío también nos cuida a nosotros.

La leyenda está a la altura. De chico, en la escuela, te enseñan un poco acerca de esa ciudad que durante el Virreinato del Río de la Plata se convirtió en la meca de los españoles. Dibujos antiguos de españoles con sus vestidos lujosos, con un fantástico cerro al fondo, bañado en plata y oro. Algunos cuadros, más verosímiles, muestran a indios con sus pechos desnudos cargando piedras, ante la mirada del patrón.

Potosí, una de las ciudades más altas del mundo, albergó un tesoro durante cientos de años. Ahora, casi vacío, por los siglos de saqueos españoles. Pero no nos pongamos en Galeano, no es necesario; la historia del Cerro Rico de Potosí es mucho más que españoles llevándose toda la plata, aunque ese hecho sea la razón por la que el pueblo boliviano siga viviendo de una montaña que tiene poco para ofrecer. Otro aventurero dirá que con la plata que se llevaron de ese cerro, se puede construir un puente hecho de plata entre Potosí y España. Pero, insisto: la lucha, la real, la de ahora, es que todavía quedan miles intentando arrancarle algo de las tripas al cerro del diablo. Y luego quedaran sus hijos, luchando contra la montaña que te da poco, pero te puede quitar todo.

La verdadera historia, la de los invisibles, se sigue dando hoy, ahora. Fueron millones los indios y negros que el Cerro Rico devoró con el paso de los siglos, atormentados por las condiciones insalubres y el brazo demoledor de la conquista. Hoy, bajo la forma de cooperativas, decenas de miles de trabajadores entran a arriesgar su vida a la montaña para darle de comer a sus hijos, en las mismas condiciones de trabajo y explotación que sus antepasados. Los avances tecnológicos no existen; son tan rudimentarios los procesos que cualquiera puede comprar dinamita en “El Calvario”, asentamiento minero ubicado al pie de la montaña, para llevar y volar alguna parte de la montaña.

Más de 300 personas mueren al año trabajando en las minas. La mayoría de ellos por silicosis, vulgarmente conocida por los lugareños como “mal de mina”. Otros por accidentes. Un resbalón puede ser letal.

Ninguno de los trabajadores supera los 45 años de edad. Si están en los 40, aparentan 60. Los niños parecen jóvenes adultos. Si ves a uno que aparenta 20, seguro que tiene 15. La vida de los hijos de los mineros se divide entre la escuela por la mañana y ayudar a sus padres en la mina por las tardes. Algunos empujando los carros en los angostos callejones que dividen los diferentes sectores del Cerro. Otros, separando el residuo del estaño o zinc, los únicos minerales que valen algo en la mina.

Encontrar plata hoy en día es como ganarse la lotería.

“Vamos, es seguro, no hay accidentes ya”, afirma Nieves, la guía en la excursión. “Eso es cosa del pasado, es muy segura”. Al principio es difícil confiar, estar unos días en Bolivia te enseña a que cualquier cosa que puedan venderte lo van a hacer sin miedo a mentirte. El impulso es más fuerte y firmo un mini-contrato que especifica que la empresa no se hace cargo por ningún accidente dentro del cerro. Los viajeros que vienen conmigo firman sin chistar y salimos a la calle para abordar una camioneta.

Somos diez personas, incluyéndome, los que salimos del centro de la ciudad hacia el Cerro Rico para visitar las famosas minas. Luego del accidente de los 33 mineros en Chile, el Cerro goza de cierta popularidad y se ha convertido en un destino para los miles de turistas que visitan la ciudad año a año. En nuestro grupo hay argentinos, uruguayos, españoles e ingleses.

La camioneta corre apurada por las callejuelas. En Bolivia todo es al palo. Nieves habla por teléfono con alguien, diciéndole que somos diez, que llegamos en 5 minutos. Cada tanto se da vuelta para contarnos cosas del lugar. El chofer mantiene su rostro inmutable, mueve sus brazos de izquierda a derecha, con la astucia que le otorgaron los años. Parece un niño con juguete nuevo.

En unos minutos estamos en el barrio El Calvario. Este asentamiento tiene cientos de años y en el viven hoy las familias de los mineros. Cuando bajamos, vemos niños jugando con bicicletas y carritos de madera, y madres cocinando en ollas grandes en medio de la calle. La avenida principal del barrio está repleta de comercios donde se puede comprar coca, alcohol, cigarros, dinamita, cascos, ropa y barbijos.

Nieves nos sugiere (obliga) a comprar materiales para regalar a los mineros. Se supone que nos están dejando entrar y que es un código implícito el ofrendarles algo a cambio. Algunos compran coca, otros alcohol y cigarrillos. Casi todos compran barbijos. Ninguno compra dinamita, ofrecida por unos pocos pesos bolivianos. Temerarios, le escapamos a aumentar las posibilidades de algún derrumbe.

Del otro lado de la calle, Nieves nos grita que apuremos el paso. Cruzamos la avenida y nos dirigimos hacia una puerta de metal. Ella saca un puñado de llaves mientras nos distraemos con la gente que pasa por la calle. La puerta se abre y entramos por un pasillo angosto, techado. Caminamos unos metros y estamos en el patio interno de un rústico complejo de habitaciones. Nieves saca otra llave y se dirige a otra puerta. Nos invita a pasar.

El cuarto, a pesar que el reloj marca las 2 de la tarde, está bastante oscuro y Nieves deja la puerta abierta para que entre luz. Adentro encontramos botas de plástico, trajes y cascos con linterna. Nieves pregunta talles y va pasando las botas. “Es seguro que dejen su ropa aquí, traten de ir lo más ligeros posible”, explica. Afuera, a 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, hace bastante frío a pesar del sol. Algunos nos dejamos ropa debajo del traje. Nieves nos dice que nos vamos a arrepentir, que en las minas hace mucho calor.

Salimos hacia la calle y aparece nuevamente la camioneta. Subimos y estamos a unos pocos kilómetros de una de las más de 300 entradas que existen en el Cerro Rico. Es difícil no pensar que el camino que para nosotros funciona como una aventura, un juego, sea para otros lo cotidiano de salir a jugársela todos los días. “La montaña te puede dar la vida que queres, pero también te puede quitar lo poco que tenes” cuenta Nieves, mientras descendemos de la camioneta y divisamos al fondo una de las entradas.

Desde una de las laderas del cerro vemos el movimiento de trabajadores, camiones que transportan rocas y agujeros que funcionan como recipientes de los residuos. El viento sopla fuerte. Estamos a 4300 msnm y Nieves decide que es hora de entrar. Recomendaciones: no apagar las linternas nunca, estar atentos al sonido de los carritos para movernos de la vía y ser respetuosos con El Tío. Es la quinta vez que escucho hablar de él así que pregunto quién es El Tío. “El diablo”, responde Nieves. Quedamos todos con los ojos abiertos y nos dice que avancemos.

Nos dirige hacia la entrada de la mina y nos muestra unas habitaciones construidas sobre la montaña. Antiguamente, habían sido ocupadas por mineros. Allí vivían los trabajadores que llegaban de otras regiones; trabajaban 10 meses y volvían a casa. Ahora, ya desocupadas, funcionan como santuarios donde los mineros rezan antes de entrar a trabajar. Afuera, muchos creen en Dios. Adentro de la montaña, no hay Dios. Adentro, los cuida El Tío. A él le hacen ofrendas (coca, tabaco y alcohol) para que los ayude a encontrar plata y estaño. También para que los cuide y los aleje de los accidentes. Algunos mineros afirman haberlo visto. “¿Qué pasa si lo ves?”, pregunto incrédulo. “Tenes que correr mijito”.

La cosa se ponía cada vez más oscura. “Son cuentos para que entremos cagados”, tira un argentino, medio en chiste, para sacarle una sonrisa a su novia y medio en serio.

Entramos a las minas por un pasillo angosto y caminamos sobre las vías de los carritos. En algunos sectores había agua, así que las botas eran un alivio. En otros sectores, los techos eran tan bajos que había que caminar agachado. En otros, en cuclillas. Atrás, se escuchaban las quejas de los ingleses, que medían casi dos metros, golpeando los cascos contra el techo. Adelante, Nieves nos apuraba y nos avisaba cada vez que saliera un minero empujando un carrito. Caminamos doscientos metros, mientras veíamos como la luz del sol desaparecía por completo y aumentaba el calor.

A nuestros costados, las paredes traspiraban azufre y agua. Más arriba, se pueden ver tubos que recorren las galerías, por donde transportan oxígeno para los taladros. En un momento, Nieves da la voz de alto y nos pide que nos corramos de la vía. Un chirrido de vías resuena y se acerca. A los pocos segundos, un chico pasa a nuestro lado empujando una carreta llena de piedras. Nieves le pide que frene, pero él no la escucha. Está con su torso desnudo, mojado en su totalidad y porta una máscara de oxígeno. Parece no importarle nuestra presencia y sigue su camino.

Volvemos a las vías y vemos una entrada que se bifurca sobre una de las paredes. Nieves nos pide que entremos y nos acomodemos donde podamos. Al frente, un pequeño estrado con una estatua de adobe de una figura diabólica reposa impasible. A sus pies, miles de hojas de coca. Tiene un cigarrillo apagado en la boca. También varias botellas de alcohol 96 (bebida con graduación 96% alcohol), la bebida que toman los mineros para soportar los cambios de clima entre el adentro y el afuera. “Este es El Tío, aquí los mineros le rezan y le piden por buena fortuna”, explica Nieves. “Aquí se realizan las ofrendas, le piden que los cuide, que no tengan accidentes y que los ayude a encontrar estaño o plata”.

La adoración a El Tío es una cuestión ancestral. Algunas leyendas dicen que cuando los primeros incas descubrieron la montaña, intentaron explotarla sin éxito, ya que una voz estruendosa les dijo que la montaña estaba reservada para otros. Esos otros serían finalmente los españoles. El asunto es que, los nativos siempre tuvieron un respeto religioso hacia la montaña y los tesoros que encontraban allí. A los españoles no les importó mucho, ya que habían encontrado finalmente el tesoro del cual se hablaba en las aguas bajas del Río de la Plata. Pero los nativos ya consideraban a la montaña como un lugar sagrado, habitado por el diablo. Fue por eso que solo explotaron el Cerro bajo las ordenes de los españoles, en condiciones no muy diferentes a las de hoy en día.

“Aquí los mineros trabajan por lo que ganan en el día. Algunos trabajan 8 horas, otros 10. La mayoría trabaja para cooperativas y las ganancias quedan para los dueños”, detalla Nieves. Lo curioso es que el término cooperativa está mal aplicado, ya que las ganancias no se dividen entre los mineros, como el término indicaría, sino que termina en las manos de unos pocos. La desventaja para los dueños es que, algunas veces, los mineros pasan días sin encontrar estaño o zinc, los únicos materiales que valen algo en el mercado internacional actual. El trabajo es largo, entre dinamitar los sitios, extraer la piedra, cargarla hacia el exterior y separarla en diferentes recipientes. Es por eso que las cooperativas son tan criticadas como justificadas. Es la única manera que miles de mineros tienen para trabajar. “Afuera se gana menos que adentro”, comenta Nieves y prende un cigarrillo para colocárselo en la boca a El Tío.

“Así le pedimos que nos cuide en el día”, dice y nos invita a seguir por la misma vía que atravesamos antes. Caminamos unos cien metros, entre sectores mojados y algunos mineros que cruzamos. Llegamos a un punto dónde Nieves explica que bajamos al segundo nivel. Explica que el agujero por donde vamos a entrar es complicado. Es una larga bajada hacia el segundo nivel. No apto para claustrofóbicos.

Los ingleses y el español que nos acompañan dicen que no quieren bajar. Nieves les dice que la única que les queda es volver hasta la entrada de la mina, solos. No puede acompañarlos, ella tiene que bajar. El resto de argentinos del grupo los motiva a que bajen. Finalmente, todos aceptan seguir hacia el 2° nivel.

El camino empieza con una breve escalera de madera, bañada en azufre. Luego, la cola y espalda en el piso, para empezar a bajar por el agujero en el que apenas caben mis hombros. La ansiedad sube hasta niveles extremos.

Luego de interminables conversaciones mentales acerca de mi destino, llegamos al segundo nivel, bañados en azufre, escupiendo las paredes y con la cara sudorosa. El calor es insoportable. Si esto no es el infierno, pega en el palo. Un minero se encuentra sentado sobre una piedra, justo en el lugar donde caemos. Nieves nos cuenta que estuvo todo el día trabajando y que le podríamos dar algo para que tome. Le entregamos hojas de coca, alcohol y cigarrillos. El minero las recibe y las deja a un lado.

Raúl dice que tiene 40 años, pero parece un anciano golpeado por el paso de los años. Sentado, con la cabeza hacia abajo y la máscara que cuelga de su cuello, cuenta que desde que es niño trabaja en la mina. Empezó junto a su padre, que murió del “mal de mina”. “Somos pobres, pero aquí encontramos para comer”, dice Rául, con el hilo de voz que le queda luego de una larga jornada.

Nieves nos apura de un costado. Es hora de avanzar. A esa altura, entre el calor y el hedor que correr, pienso en volver. Le pregunto a Nieves por donde vamos a regresar. “Por el mismo lugar donde bajamos mijito”, confirma con una sonrisa. Se le hace cada vez más difícil al cuerpo soportar la falta de aire, el calor, la mezcla de azufre y arsénico en el aire. Algunos, tapados con los barbijos, tosen como si no los tuvieran puestos.

Caminamos unos metros y nos detenemos ante un pozo rodeado de mineros. Algunos de ellos cargan tubos que descienden lentamente por el agujero. Desde abajo, se escuchan gritos. No hay medidas de seguridad de ningún tipo, lógicamente. Algunos de ellos ni siquiera usan cascos. Me acerco lentamente hacia el pozo y miro hacia abajo. Al fondo, puedo divisar a alguien colgando. No distingo su rostro, solo veo la luz que sale de su casco. “Será una caída de 50 metros”, calculo mientras los mineros me piden que me haga a un costado. Los otros argentinos que nos acompañan se acercan y toman fotos. Los ingleses miran desde el fondo, no quieren saber nada con acercarse.

De a uno vamos saliendo por la galería, exhaustos. Queda un largo camino hacia la salida de la mina. Nieves nos dice que estas condiciones son las mismas con las que conviven los mineros día a día, entre la muerte silenciosa que acecha por los rincones y el peligro de los accidentes. Los niños que trabajan en las minas, según algunas fuentes, son más de mil. Son los que dentro de diez o veinte años perderán a sus padres para convertirse en los nuevos señores de la montaña.

Mientras salimos, Nieves justifica la explotación comentando que en Perú existen métodos aún más insalubres, como el cachorreo, donde los mineros trabajan sin gozo de sueldo por treinta días corridos, pero al trigésimo primer día pueden sacar todo lo que puedan cargar en sus hombros. También explica que los jefes de las cooperativas pueden ser ricos o pobres, ya que dependen de la suerte de los mineros.

Aun así, con lo poco que podemos ver es suficiente para sentir en el cuerpo y en el alma lo que miles de personas viven a diario. “Hay que comer”, se repite en los alrededores. Las formas no se discuten. Las formas no tienen prensa. Menos la muerte.

Porque todos los días del año, la montaña devora hombres los espera con ansías de darles poco y quitarles todo, una vez más.

 
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Publicado por en 12 de junio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

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El seiscientos. Autor: Pozairón

(A mis primas Navazo, a las que quiero y comparto con ellas tantos y tantos recuerdos)

Entre los recuerdos que guardo de mi prolongada infancia, junto a los juegos con balones por medio, la peonza de madera lastimada, los cromos manoseados de futbolistas y los tebeos del “Capitán Trueno” y “El Jabato”, figura también el seiscientos familiar de mi tío Jesús, de carrocería azul, con el que cada verano se acercaba desde Briviesca al pueblo: venían, como sardinas en banasta, hasta seis personas dentro procurando encajar sus culos en tan exiguo espacio, además de un equipaje de maletas reventonas, bolsas y otros bultos que había que amarrar bien en la baca, porque en su interior apenas cabía un alfiler.
Con aquél utilitario rechoncho y lentísimo, que como un escarabajo aquejado de reuma se pegaba al asfalto como una lapa, y que en verano, expuesto al sol, se recalentaba el skay de sus asientos como un horno, los tíos cultivaban sus querencias rurales y aprovechaban cada tarde para escaparse por los alrededores y pueblos vecinos.
A estas cortas excursiones, solía a menudo apuntarme yo acompañando a mi prima Ofelia, que al ser la más próxima a mi edad era con la que mejor me llevaba. Igual íbamos a La Aldea, a pasar la tarde con el tío Gregorio, como nos acercábamos al Burgo de Osma, a visitar su catedral y pasear por su casco, o nos daba por ir a recoger manzanilla a Costalago, … o nos perdíamos por el cañón de “Río Lobos”, con la merienda hasta la puesta del sol: siempre lo pasábamos bien, pues ante la jovialidad y animosidad del tío, que no se cansaba nunca de disfrutar la naturaleza y de saludar a parientes y amigos, y la dulzura de la tía (¡todo un amor!), siempre atenta y solícita, la verdad era que el aburrimiento no tenía cabida.
De regreso a casa, mientras Ofelia y yo canturreábamos aquella melodía machacona que hizo época entre los conductores españoles: “¡Adelante el hombre del seiscientos!/¡La carretera nacional es tuya!”, el seiscientos, al subir las sinuosas y ascendentes rampas del alto de “La Galiana”, empezaba a gruñir como una bestia herida y nosotros, zarandeándonos de un lado a otro, como una atracción de barraca, en cada curva que tomábamos, nos reíamos con esa alegría primitiva y satisfecha con la que los pobres nos conformamos cuando nos encontramos felices. Pasado ya Casarejos, al bajar la cuesta del “Alto del Palomar”, el seiscientos, como si supiera que estaba llegando ya a su destino final, se embalaba alegre y veloz, dejando a su paso una estela de viento que alborotaba mis cabellos y me hacía sentir la misma emoción de ir copilotando un bólido de carreras. San Leonardo ya estaba cerca, y apenas atisbaban a la entrada del pueblo el castillo y las primeras casas, los tíos gritaban eufóricos: “¡castillo a la vista!”, y todos prorrumpíamos en muestras de algarabía.

Llegó un día, años aun más tarde, en que el tío se desprendió del seiscientos, exhausto de kilometraje y de achaques; y aunque al comienzo de otro verano llegaron con otro coche más grande, un “Morris”, también azul, ya no fue lo mismo: una tristeza del tamaño de un universo descendió sobre mí, como si de repente mi niñez quedase abolida.

 
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Publicado por en 12 de junio de 2016 en Concurso de Relatos 2016

 

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