La mujer de las cerezas. Autor: Julene Lure

En algún momento llegué a pensar que la ciudad, con su aleatoria planificación arquitectónica, había sido diseñada hacía siglos solo para nosotros. Desde Monsua hasta la colina de San Pancrazio y desde Montorio hasta el monasterio de Chioda; porque… ¿cuántas veces es normal cruzarse con una persona desconocida en el lapso de una semana en una ciudad de unos trescientos mil habitantes? Me costaba poner el límite entre el azar y el destino. La maraña de calles, casas y callejones de Verona y su trasfondo romántico hacían bastante evidente que había algo detrás de todo aquello, algo que no podía achacarse al simple argumento de la casualidad. Siete veces la ví. Siete veces. Una por cada día de la semana, la segunda semana de abril del pasado año.

En la primera ocasión simplemente quedé maravillado. Exactamente como los hombres en las películas de Fellini. Se me quedó cara de, pongamos como ejemplo, Marcelo en La Dolce Vita cuando observa de lejos a Anita Ekberg. El pobre Marcelo que se las daba de dandy no puede sin embargo disimular la atracción y fascinación que siente hacia lo que está observando. La boca abierta pero a la vez marcando una sonrisa pícara en los labios. No tiene prisa por meterse a la fuente, cogerla y llevársela a casa. Eso más tarde. Disfruta solo con la contemplación del gozo ajeno. Y así estaba yo, algo menos atractivo y glamuroso quizá pero mirando a aquella preciosa mujer escoger entre una manzana y otra en el puesto de un tendero. Su indecisión me hacía sonreír. La miré por lo que debieron ser al menos cinco minutos, sentado en la escalinata a los pies de una iglesia, y ella seguía debatiéndose entre dos manzanas que hasta donde yo alcanzaba a ver y basándome en mi básico conocimiento en horticultura eran exactamente iguales. Pero ella permanecía allí de pie, charlando con el tendero, moviendo ambas manos, sopesando peso y forma hasta que para mi sorpresa soltó las manzanas y se llevó un par de cerezas a la boca. Las degustó sin disimular su disfrute, relamiéndose más allá de lo moralmente aceptado y por supuesto como si supiera que la estaba mirando. Hizo un gesto con la muñeca para indicar al señor del establecimiento que le llenara la bolsa de la compra de kilos y kilos de aquellos gloriosos frutos rojos. La verdad es que doy por hecho que no era el único incauto de la plaza que la miraba, era un verdadero espectáculo sin necesidad de entrada. Pero para mí era algo nuevo. Despertaba en mí un apetito hasta ese momento desconocido, un tipo de ansia del que uno es consciente no podrá librarse jamás. Con su carro a cuestas la ví marcharse mientras yo permanecía sentado en la piedra caliente de la plaza y las campanas tocaban las diez menos cuarto al ritmo de sus caderas bajando Via Golosine. “Pero …¿qué podría haber hecho?” me cuestioné y al momento me respondí… “Nada, Emmanuel, nada”.

En las sucesivas jornadas no tuve tanta suerte y solo la ví de lejos al otro lado de la plaza del Duomo (el martes ) y cruzando el Adigio sobre el puente Francisco (el miércoles). Pero yo continuaba sin reunir el valor suficiente para cruzar la plaza o cruzar el puente, la carretera o cualquier otra cosa que obstaculizara nuestro encuentro. Y ella por supuesto seguía brillando con su carisma por la ciudad, ya fuera saludando a un pequeño perro que pasaba por su lado o comprándole una piruleta a un niño en el kiosko de la plaza. De alguna manera iba dejando pedazos de su persona por donde caminaba y yo me limitaba a recogerlos.

El último día, el domingo, fue diferente. Puede que porque de verdad lo fuera o porque algo me decía que era el final; la última oportunidad para montarse en el tren. Yo acababa de abrir la librería y ya estaba colocando el pedido de novelas inglesas en su estantería correspondiente cuando la vi husmear tras el cristal del escaparate, curioseando ante el pequeño muestrario de libros en oferta que había dispuesto el día anterior con ocasión de la semana santa. Llevaba una boina ladeada y una bolsa con cruasanes bajo el brazo, y yo me la quise imaginar esa misma mañana frente al espejo, decidiendo que hoy no quería ser italiana sino una parisina extraviada en Verona. Se mordió el labio indecisa y después levantó la mirada y la dirigió al fondo del local, directamente hacia este pobre librero. Era la primera vez que ella me veía a mí.

-Disculpe. Estoy buscando una novela de esas de terror para mi nieto – interrumpió nuestro contacto poniéndose ante mí una señora de unos setenta años – ¡A mi no me gustan nada! …pero ya sabe estos chiquillos…

-Claro se-señora…

Había tenido que desviar la mirada hacia mi clienta por breves segundos. A medida que me acercaba a la sección de novelas de suspense aproveché para mirar de nuevo al cristal. Ya se había marchado; mi Anita Ekber particular, la que había trastocado mi vida y me había hecho creer que Verona era nuestro plató, la que me había convertido un Sr. Mastroiani al acecho. Ilusionado, ingenuo y expectante como no recordaba haberlo sido desde los trece años. Y con todo ello la había dejado escapar o mejor dicho alejarse e irse porque ella nunca había sido mía. Pero era mejor así quizá, me dije mientras envolvía un Stephen King para el nieto de aquella señora. Había sido tan bueno por esa misma razón, por la distancia que nos había separado, por el silencio buscado y porque en el fondo sabía que la mujer de las cerezas era uno de esos milagros que solo ocurren cuando se mira desde lejos y se imaginan las personas.

Senza fine. Autor: Julene Lure

Lo encontró de chiripa entre la caja de pertenencias de su padre. Las aventuras de Huckleberry Finn, edición de 1954.  Abrió el libro por una página al azar y un  olor acudió como un rayo a su nariz, como si el aroma lo hubiera estado esperando a él desde hace mucho tiempo.  Lo penetró, lo invadió, lo transportó a una orilla muy lejos de allí, de Milán y sus calles grises,  de los cafés carísimos y los trajes relavados.  Aquel olor le pareció una mezcla de aroma a natillas, arena y moras, y lo que era más importante, no era la primera vez que lo olía…¿pero dónde, cómo, cuándo?  Lo más probable es que hubiera sido en Atrani, donde por evocación sentía  ahora que tenía a remojo sus pies, sobre las piedras calientes de las playas volcánicas amalfitanas. Pero eso era todo.  Acercó el libro a su cara, violentamente, con ansia de desaparecer de aquel despacho en la planta veinticuatro, e inspiró fuerte contra el hueco que formaban las páginas 64 y 65 de aquel libro de aventuras.  De repente al abrir sus ojos no solo alcanzaba a a ver sus pequeños pies bajo una fina película de agua que iba y venía, sino que observó sus manos, y como de una de estas pendía una pala, y un poquito más allá a su derecha un cubo vacío que luchaba por mantenerse en pie en contra de las olas. “Peppo, no te metas más adentro, vale? ¡Qué yo te vea!”, escuchó que gritaban a su espalda. ¡Peppo! Hacía décadas que nadie lo llamaba así, desde que decidió que él era un tipo duro, respetable, adorado en las altas esferas de la moda y la sastrería Milanesa.¡ Era Giussepe Fiorentini! Ya no había Peppo alguno ni siquiera para su madre.  Y sin embargo, en esa pequeña ensoñación producida por un simple respiro, echó de menos  aquella parte tan enterrada suya, la del niño gordito que se empeñaba en montar castillos sin tener arena y no tenía preocupaciones de etiqueta, ni ambiciones de aparentar vidas perfectas. Pasó  la tarde  inspirando, suspirando, aspirando incluso con la  boca todos los recuerdos que habían quedado presos entre dos páginas del libro que ojeaba su padre aquella tarde en la que le echaba crema a Peppo por la espalda, y unas pocas gotas fueron a caer  sobre  sus letras. Lo revivió todo; el heladero que venía de Maiori con su congelador rosa, la gloriosa voz de Ornella Vanoni interpretando “Senza Fine” como si fuera la original y única a través del transistor de su tío Paolo; las chicas guapas del pueblo sentadas en las rocas, jugando a que no les importaban los chicos guapos del pueblo o los pistachos que sacaba su madre del bolso a media tarde. Y una vez tuvo el cuadro completo al que poder asomarse de vez en cuando cerró el libro, guardó su pueblo en el segundo cajón de su escritorio y aterrizó limpiamente sobre la silla de cuero de su despacho en la ciudad.

RosenStrasse. Autor: Félix Remírez Salinas

ROSENSTRASSE

El hombre, delgado, alto, rasgos caucásicos, de mentón pronunciado, tez bronceada y pelo canoso, se sienta en la terraza del café, justo enfrente de la catedral neobarroca de Berlín. En medio, el lento fluir del Spree y los barcos de quilla plana repletos de turistas en pantalones cortos y camisas floridas.  Lleva una pequeña maleta, más bien una bolsa de viaje. Pide un café solo, que toma sin azúcar. Luego, otro y otro más. Sabe que está demorando a propósito el caminar los trescientos metros que le separan de la RosenStrasse. Se arrepiente de haber encontrado la carta en aquel olvidado portafolio escondido en la cómoda de la abuela. Quizá si su madre le hubiera dicho algo, ahora estaría preparado. Pero no, jamás se habló del pasado en casa de sus padres. Hace un gesto con la mano y cuando la camarera, una chica morena que habla mal el alemán, se le acerca, pide otro café doble.

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Anke se aseguró de que los cortinones que cubrían las ventanas no dejaran pasar ni un hilo de luz. Las órdenes eran estrictas y, aunque no creía que aquello sirviera para que los aviones ingleses pasaran de largo, se avenía a  cumplir con el procedimiento. Aquella tarde de finales de febrero era especialmente fría. Había nevado durante la mañana, aunque sin cuajar, y ya apenas quedaban peatones caminando por la SchönHauser Allee. El toque de queda estaba al caer y Anke se preguntó si le habría pasado algo a Eberhard. No era la primera vez que el trabajo en la fábrica de camiones le demoraba, pero la mujer tenía un mal presentimiento. Hizo que Albert, su hijo, cenara y se acostara.  Mejor que durmiera tranquilo porque aunque el enemigo no volaba aún hasta Berlín, ya había destruido partes de Colonia y otras ciudades. Nunca se sabía si aquella noche llegarían hasta allá.

Anke comenzó a angustiarse hacia la una de la madrugada. Definitivamente, algo le había pasado a Eberhard. Apartando ligeramente el cortinón, no cesaba de mirar a la calle pero no había nadie aparte de las rondas nocturnas de soldados. Fue a las tres cuando recibió la llamada de su amiga Ulrike El rinrineo del teléfono la asustó.

  • ¿Te has enterado? – Anke notó que la otra sollozaba mientras le hablaba.
  • ¿De qué?
  • Están todos detenidos por orden de Goebbels.

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El hombre saca de su bolsillo la carta. Lucha contra sí mismo antes de desdoblarla y leerla una vez más. No hay duda. Su familia – jamás lo hubiera sospechado – estuvo involucrada en los hechos. Guarda el papel, solicita la cuenta – trece euros, joder con los precios –  y paga. Se levanta y armándose de un valor que no tiene, comienza a caminar hacia la Spandauer Strasse, cruzando por la St.Wolfgang Strasse. Se pregunta cómo debieron ser aquellas calles hace ya más de 70 años. Sin duda, nada parecido a los edificios de fachada blanca actuales, con amplios locales en los bajos donde se han abierto boutiques de las mejores marcas. Un cielo que derrocha azul se refleja en las cristaleras llenas de bolsos, trajes de noche y joyas exquisitas. Se fuerza a imaginar aquella misma calle por aquel entonces. Seguramente, colgaría una gran bandera con esvástica desde el tejado y donde hoy hay letreros con formas juveniles y coloridas, habría eslóganes en fuente gótica y jóvenes caminando en el pantalón beige de los escuadrones. Al llegar a la Spandauer, amplia avenida  con decenas de BMWs y Mercedes parados frente a un semáforo en rojo, encuentra otra excusa para dilatar el encuentro con su pasado. Dedicará unos minutos a visitar la Marienkirche, que está a apenas cincuenta metros. Lo decide. Entra, por un rato olvida el objeto de su viaje y queda admirado por la altura de las tres naves de arco ojival, por la luminosidad de las historias que cuentan sus vidrieras, los tréboles labrados en la piedra y el buen hacer de un coro evangélico que está ensayando en el triforio. Lee, más despacio que de costumbre, un cartel informativo que narra la construcción del edificio en 1250 y sus vicisitudes a lo largo de la historia. Permanece frente a los murales que muestran a la muerte bailando en torno a los hombres e intenta descifrar los textos escritos en alemán antiguo. Busca un banco apartado, junto a una capilla decagonal. No le interesan las pinturas y menos aún la escultura sobre el altar. Cierra los ojos y, él, que nunca ha sido religioso, reza.

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Anke y Urike se encontraron al amanecer, justo cuando el toque de queda finalizaba, frente a la casa de reunión judía de la RosenStrasse, que todavía los nazis toleraban como sede de los que trabajaban para la Reichsvereinigung der Juden in Deutschland.

  • En la sede de la Gestapo me han dicho que no tienen más información, pero que se trata de un control rutinario, que los hombres han sido invitados a venir al refugio – dijo Ulrike en voz baja.
  • Ya, y tú te lo crees. Invitados – repitió con ironía −. Ya sabes lo que les ha ocurrido a todos nuestros amigos judíos, a nuestros vecinos, incluso a los parientes de nuestros maridos.
  • Mi pobre Hans, …sabes que padece asma – Ulrike sacó el pañuelo y se sonó la nariz.
  • Nos habían asegurado que siendo maridos de mujeres alemanas estarían a salvo – Anke miró al edificio que permanecía con todas las ventanas cerradas.
  • Así es, así es. Son tan alemanes como nosotras.

Las dos mujeres permanecieron de pie, frente al refugio, esperando. No sabían qué hacer, qué decir, a quién acudir, ni había ningún oficial que las atendiera. De tanto en cuando, una pareja de policías que hacían la ronda les miraba desde la distancia. Anke, más previsora que su amiga, compartió con ella unas galletas que había metido en su bolso.

  • ¿Recuerdas el día de mi boda? – dijo de pronto Anke.
  • Eráis una buena pareja – repuso la otra.
  • La mejor, aún lo somos. ¿Qué más da que él sea judío?
  • Fíjate que yo no supe que Hans lo era hasta que llevábamos tres años de casados – intervino Ulrike −, no es religioso ni su familia lo era. Y, luego, hace diez años, cuando llevaba ya compartiendo quince años con él, me dicen que no, que mi matrimonio es impuro, ilegal, que es un riesgo para Alemania, que estoy fuera de la ley.

Mientras hablaban, Anke y Ulrike no se percataron de que otras mujeres se iban congregando en la calle, todas con la misma angustia en el rostro, con la misma pose estática de quién no sabe qué hacer, el mismo miedo helando sus almas.

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El hombre sabe que la iglesia no le importa lo más mínimo, que él está en Berlín por otro motivo, que no se ha trasladado desde Göppingen por turismo. Por un momento se pregunta qué pensarían sus hijos y su mujer si supieran que esté en la capital, que ha solicitado un permiso no retribuido por asuntos propios. Le creen trabajando en el despacho. Le sobreviene la angustia cuando piensa que, por cualquier motivo, pueden llamar a la oficina preguntando por él. Se descubriría el engaño. Pero no, nunca le llaman. También sería mala suerte que fuese hoy la primera vez. Sale. En la esquina ya no hay ningún edificio de judíos, ni banderas del Reich colgando. Las oficinas, amplias y funcionales, de un banco extranjero ocupan el comienzo de la calle. Ve el monolito rosa en donde, mal pegados, sin gusto, descoloridos, están los carteles informativos. Piensa que es un pobre recuerdo, poca honra para aquellas mujeres. Más no es eso lo que le molesta sino el pasado que se le viene encima.

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Llevaban ya tres días en la calle. No estaban solas. Las jornadas habían sido dramáticas. Cada hora llegaba un camión de la primera división Waffen SS con más prisioneros, todos en la misma situación, todos judíos casados con mujeres arias, Mischlinge, como se les llamaba. Ninguna noticia, ninguna información. Ellas permanecían en silencio. En varias ocasiones, los soldados les habían conminado a disolverse e, incluso, habían apuntado con sus fusiles a la muchedumbre esperando tan sólo la orden del oficial para disparar. Se mantenían en calma, sin casi hablar, porque sabían que los gatillos sólo necesitaban una pequeña excusa para ser apretados.

Se turnaban para ir a sus casas y traer alimentos que repartían entre todas. Con las hogazas de pan, la carne cocida y el agua, traían también noticias y rumores. Que si Goebbels le había prometido a Hitler limpiar de judíos la capital para su cumpleaños; que la RSHA pedía disparar contra ellas para acabar con aquella rebeldía, la primera que el régimen soportaba dentro de Alemania; que los maridos serían transportados a Auschwitz el fin de semana; que el embajador suizo se había interesado por su caso y realizaba gestiones ante los nazis; que sus hombres estaban siendo torturados dentro de la casa de la RosenStrasse.

El día 1 de marzo era ya de noche cuando sonaron las sirenas. Vieron a los guardas de las SS que corrían y bajaban a los refugios no sin antes cerrar las puertas del edificio con grandes candados. Pronto escucharon un zumbido grave que llegaba del cielo y poco después vieron cómo los reflectores de la defensa antiaérea dibujaban elipses de luz nácar en el cielo, entre las nubes, sobre los tejados. La mayoría de las mujeres se dispersaron. Ellas dos se quedaron, arrinconadas en un portal, rezando para que los bombarderos pasaran de largo y dándose ánimos pensando que peor lo estaban pasando sus prisioneros encerrados en aquella casa.

Más de 600 personas murieron aquella noche y el centro de la ciudad quedó en ruinas. Sin embargo, ni una bomba se acercó a la RosenStrasse.

  • ¿Ves? Dios nos protege, está con ellos y con nosotras.
  • Si Dios existiese, no estaríamos aquí, ni esos de negro ahí – respondió Anke con amargura.

Al atardecer del día siguiente, las miles de esposas que sufrían en silencio regresaron a la calle y abarrotaron RosenStrasse y las calles adyacentes.

Durante aquellos días, las mujeres pidieron ayuda a amigos, a todos los alemanes purísimos que decían comprenderles, a los jefes de los gremios y a los patronos de las factorías donde trabajan sus maridos, pero ninguno hizo una llamada, una gestión, una petición. Las mujeres Mischlinge estaban solas.

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El hombre lee despacio, sobre el poste, la narración de lo que aconteció entre el 27 de febrero y el 9 de marzo de 1943. Mira los edificios y a los transeúntes que pasean con tranquilidad. Piensa que la vida es injusta y ciega, que simplemente transcurre ajena al dolor, al sacrificio, al bien o al mal, que todo lo que ocurre no tiene trascendencia alguna porque su último destino es el olvido. Todo le es indiferente a la vida. Su único fin es pasar y continuar, sin importar lo que quede en el camino.

El hombre mira dentro de la bolsa que lleva con él y se asegura de que está ahí. En su mente escucha las palabras de la carta de su abuela a su amiga, sus explicaciones poco convincentes, la defensa de lo indefendible. Se la sabe de memoria. “Teníamos miedo”. Así terminaba la carta que su abuela envió a una de sus amigas, muchos años después. Pero él sabe que no fue el temor, que eligieron colaborar con el diablo.

Avanza unos pasos por la calle. A la izquierda ve el pequeño parque. A lo lejos se escucha el bullicio de la cercana Alexanderplatz. Le late el corazón con fuerza. Piensa – ¿y a mí qué me importa todo esto?, yo no había nacido siquiera, si uno debiera preocuparse por la historia de la familia, por sus muertos, no acabaríamos nunca… –  Se pregunta todo eso, pero no puede evitar que le tiemblen las piernas. Continúa andando hasta el centro de la calle.

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De un coche militar descendió un hombre uniformado impecablemente, las botas lustradas, la hebilla del cinturón reluciente, el dorado de sus galones inmaculado. Lanzó su brazo al aire saludando a los guardias mientras estos le respondían con la loa ritual a Hitler, ¡Heil!.

Caminó unos pasos observando a la multitud de mujeres con desdén, con la distancia que da el saberse dueño de la vida y de la muerte. Si por él fuera, hubiera disparado ahora mismo contra la chusma, bastarían unas cuantas muertas para que el pánico hiciera el resto. Pero debía esperar las órdenes de Goebbels.

  • ¡Mira! – Anke tiró del brazo de Ulrike – es Helmut, el coronel Siegen. Fue amigo de mi marido cuando eran jóvenes, estuvo en nuestra casa muchas veces.
  • ¿En tu casa?
  • Bueno, ya me entiendes, antes que se promulgaran las leyes sobre la raza.
  • Yo no diría que nos mira como a amigas. ¿Crees que dispararán?
  • Debo intentarlo – y Anke avanzó por delante de la protectora masa de cuerpos apelotonados en la calle.
  • ¡Anke! ¿Estás locas? – le gritó Ulrike.

Anke, sobreponiéndose al temor, caminó hacia el coronel. Un guardia la apuntó inmediatamente con su arma pero Siegen le hizo un gesto para que bajara el fusil. El Führer no quería mártires arios en Alemania, estos debían martirizarse en el frente ruso, no en Berlín. Además, aquel rostro le era familiar.

No la reconoció hasta que estuvo muy cerca. El tiempo y las penurias habían grabado surcos en la frente de la mujer, sus ojos ya no eran los de vivaracha mirada que él recordaba y la silueta que siempre le pareció sensual se había marchitado.

  • Frau Junner – tomó ambos guantes con una mano, mientras mantenía una posición altiva −, hace mucho tiempo que no la veía.
  • Coronel Siegen – Anke no se atrevió a llamarle por su nombre de pila, Helmut, como siempre lo había hecho antaño. Él tampoco se había dirigido a ella como Anke tal como había sido costumbre hacía tantos años −, mi marido, Eberhard está ahí dentro. Fueron amigos, ¿lo recuerda? Le hizo numerosos favores.
  • Nunca debiste casarte con un judío, Anke – ahora sí utilizó un tono familiar, como de pesar.
  • Antaño, eso no era impedimento para vuestra amistad. Con usted y con su esposa.
  • Eso fue hace mucho, cuando la nación estaba destruida, antes de que nuestro Führer nos rescatara de nuestros enemigos, antes de que… yo fuese coronel. Ahora, Anke, tengo otras lealtades.
  • Por favor, sácalo de ahí – suplicó Anke, tuteándole, apelando con esas pocas palabras a ese pasado común y amistoso que habían compartido.
  • Ni puedo ni quiero – Siegen se refugió en su altivez −; lo que tenéis que hacer es marchar a vuestras casas, dejar este reto infantil que sabéis que no podéis ganar.
  • Te lo ruego, Helmut.
  • ¡Coronel Siegen para ti! – gritó y, con un movimiento de cabeza, hizo que el centinela cargara el arma.

Anke entendió el mensaje. Bajó la cabeza y se retiró. Muerta no serviría para ayudar a Eberhard. Su corazón le pedía abalanzarse sobre aquel indeseable que traicionaba su amistad pero la razón le pedía que siguiera viva para rencontrarse con su marido. Caminó ágil y se escurrió entre las primeras filas de mujeres.

  • Me había equivocado. No era él. – le dijo a Ulrike mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
  • ¿Sabes? Corre el rumor de que los van a soltar. Que nuestra protesta ha sido útil.
  • Dios lo quiera.

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El hombre llega por fin al pequeño parque que se esconde en el centro de la RosenStrasse. Apenas un perdido cuadrado arbolado de 40 metros de largo por otros tantos de ancho. Coches aparcados junto a la acera, indiferentes a su historia. Allí está, frente a él. El Block der Frauen, la escultura de Hunzinger. A un lado, una mujer en piedra, sentada, esperando. Al otro, los cuatro monolitos con otras tantas figuras, mujeres en silencio, mujeres aguantando de pie los días y las noches, mujeres abrazándose, mujeres rezando, mujeres llorando, mujeres felices cuando, al fin, el día 9 sus hombres fueron liberados.

El hombre apoya la bolsa en el suelo y la abre. Saca la rosa que lleva dentro. La ha comprado esta misma mañana. La más fresca y hermosa que ha encontrado en el mercado de las flores. La deposita junto a la escultura y baja la cabeza.

  • Perdón − musita−, perdón por lo que mi abuelo Helmut te hizo. Perdón porque mi abuela se abstuvo de ayudaros. Perdón por el silencio. Perdona a los Siegen,  Anke.

 

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Ushuaia. Autor: Jorge Varela Martinez Negrete

U – s – h – u – a – i – a. Un lugar que fonéticamente suena muy agradable y que geográficamente también lo es debido a su inmensa lejanía.
(En lengua Yagán: “Al fondo de la Bahía”).

Para llegar a Ushuaia hay que volar poco más de cinco horas desde Ezeiza en Buenos Aires. Atravesar las pampas argentinas con sus gauchos bigotones, después vendrá la indómita Patagonia, luego el Estrecho de Magallanes y finalmente, tras sobrevolar el majestuoso Canal del Beagle aterrizar en el Aeropuerto internacional de las Malvinas Argentinas.

Antes de que existiera el actual aeropuerto (1995) llegar a Ushuaia era toda una aventura debido a los escasos caminos que cruzan la Isla Grande de Tierra del Fuego y hacerlo por mar era casi imposible ya que en las derrotas de los barcos la tenían olvidada a no ser por algunas embarcaciones de cabotaje que hacían el trayecto entre Punta Arenas en el estrecho de Magallanes y Ushuaia.

Pero, ¿a qué vas a Ushuaia?, ¿no sabes que ahí el aire es tan frío que se te mete entre tu piel y te deja enjuto ? ¿y qué el viento cuando aúlla, aúlla tan fuerte como lo hacen los muertos volviendo loco al que le escucha?

Pero los muertos de aquí nos son unos muertos cualquiera, son unos muertos viejos que a causa del frio no han muerto de verdad y te platican como murmurando, como si estuvieran callados y aunque tu no los quieras escuchar, sus gemidos llenan tus oídos volviéndote loco si no es que el aire frío de la bahía ya lo hizo. Por eso te digo ¿a qué vas a Ushuaia?

La primera impresión que tienes de Ushuaia es muy agradable con la vista del puerto que se levanta del otro lado de la bahía y en un segundo plano las cumbres nevadas de los montes Martial. Pero hay que abrigarse bien ya que el clima es muy extremo debido a los vientos del suroeste que soplan desde la Antártida y que todo lo congelan.

Pero, ¿a qué vas a Ushuaia? Ahí nadie te conocerá, nadie hablará como tu hablas, porque ahí las lenguas de los que escuchas serán las lenguas de los otros que habitaron antes estas tierras, ellos serán los Yaganes, serán los Onas, serán los que escuchas pero no los que tu vez pero ellos a ti si te verán, a ellos los aniquilaron, los arrasaron, pero su voz perdura con el viento que los trae de regreso, los que tu vez llegaron hace poco y caminan ahora los caminos que ellos alguna vez caminaron pero a ellos no les entenderás aunque hables su mismo idioma. Por eso te digo ¿a qué vas a Ushuaia?.

Ushuaia es una ciudad nueva con poco más de cien años de existencia y aunque pertenece a la República de Argentina, su población actual esta caracterizada por migrantes de todo el mundo: muchos italianos y alemanes, además de los conocidos vecinos sudamericanos.

Todavía a mediados del siglo XIX existían aquí las dos grandes tribus nómadas de la isla Grande de Tierra de Fuego que vivían en un plácido equilibrio. Por un lado la tribu del mar, los Yaganes, que en sus canoas navegaban la costa remando por los canales y bahías que bajan hasta el Cabo de Hornos y por otro lado la tribu de las montañas; los Onas que lo hacían caminando en pequeños grupos que transitaban sus colinas y praderas hasta terminar en el el lago Fagano. Así la vida entre ambas tribus transcurría en una pacífica harmonía.

Con el tiempo surgieron los intereses económicos, llegaron “los estancieros” y con ellos los pastores anglicanos que los quisieron “civilizar”, les impusieron el sedentarismo, los enseñaron a “cultivar” la tierra y los vistieron a la usanza europea pero esto constituyó el principal problema ya que las tribus aborígenes que vivían desnudas estaban acostumbradas a que cuando se mojaban ya sea por la lluvia o cuando se metían a nadar en las heladas aguas del Canal del Beagle solamente se secaban “al sol” y se cubrían con una piel de Guanaco que dejaba “respirar su piel”. Por esa razón cuando les impusieron la vestimenta europea no hicieron sino aniquilarlos muriendo rápidamente de neumonía. Por eso los muertos de Ushuaia todavía hoy aúllan con el viento.

Pero, ¿a qué vas a Ushuaia? Aquí pronto comenzarás a perder la razón cuando las horas del día se alarguen, porque aquí el sol no se oculta, no se quiere ir; cuando parece que ya va a oscurecer, el sol vuelve a salir por el otro lado del Monte Olivia. ¿Y la luna? La luna es la que tiene la culpa de todo. La luna brilla cuando aún hay luz, le han dicho muchas veces que no lo haga pero los perros le ladran y ella tiene que salir desde su escondite que tiene en el fondo de las aguas del Canal del Beagle. Por eso te digo no vayas a Ushuaia, perderás la razón.

Existen ciertos barrios en Ushuaia que aun conservan sus casas antiguas fabricadas con madera de lenga y laminas de zinc y más de alguna, aun hoy, nos muestra orgullosa su veleta en forma de ballena recordando la vocación marinera del puerto. Las calles estrechas bajan por la ladera hasta desembocar en el Beagle. En las esquinas, las placas de nomenclatura muestran además del nombre de la calle su posición geográfica como por ejemplo: Avda. San Martin 68º 18´31” W cruce con Comod. Augusto Lasserre 54º 48´23” S.

Por las mañanas, en estas barriadas se puede ver como el humo que sale de las chimeneas revolotea entre los aleros de las casas inundando con su olor a leña las calles aun solitarias. Durante el día es muy común ver pasar caminando a los marineros de la prefectura naval que muestran orgullosos su uniforme impecablemente blanco mientras transitan hacia los muelles de atraque. Ya por las noche, cuando las luces se encienden y los turistas de los cruceros se han ido es tiempo de entrar en una de las acogedoras fondas locales que con solo abrir la puerta brotan lo olores del “Asado Fueguino” que toma posesión del lugar; unos bancos de madera acojinados con piles de guanaco hacen de la mesa una seductora experiencia que anudada a los vinos de la región y al calor de la chimenea gratifican al viajero que vive sus sueños australes. Como consigna, ya en el camino de regreso a casa y bajo el cielo oscuro de la noche austral, hay que levantar los ojos al cielo y buscar en el infinito a la constelación de la Cruz del Sur, guía de marineros y exploradores que premiará tus ojos con su luz de esperanza.

Pero: ¿cuántos años deben de pasar para que la historia de un pueblo comience a contar? En Ushuaia aun no ha nacido el vate que toda ciudad legendaria se precie de tener para que la defienda, la vuelva legendaria y entonces si todos quieran venir a visitarla, por eso mientras esto sucede creo pertinente presentar a ustedes a cinco personajes que nos ayudarán a entender un poco la historia del lugar:

JEMMY BUTTON. Aborigen Yagan que fue capturado por el capitán Fitz-Roy en su primer viaje y llevado, junto con otros tres fueguinos a Inglaterra en donde se les trató de “civilizar” inclusive presentados ante la corte de la Reina Adelaida, para ser retornados nuevamente a su lugar de origen en donde en poco tiempo volvieron a sus antiguas costumbres tribales. Button pertenecía a la tribu nómada de los Yaganes que se transportaban a bordo de unas sencillas canoas fabricadas con corteza de lenga y en donde siempre llevaban una hoguera encendida custodiada siempre por una mujer (de ahí el nombre de Tierra del Fuego).

La historia de Jemmy Button y las tribus Yaganes es una buen excusa para venir a Ushuaia.

…Pero en Ushuaia no hay Louvre, no hay Buckingham Palace, no hay Empire State, no hay Puerta de Alcalá. En Ushuaia no hay pirámides, no hay mariachis, no hay Gringos, no hay Gauchos, no hay elefantes, no hay Grand Canyon; ¿a qué vas a Ushuaia?.

CHARLES DARWIN. Naturalista inglés que acompañaba al capitán Fitz-Roy en su segundo viaje de exploración y que traía de regreso a casa a los tres aborígenes llevados a Inglaterra. Es muy probable que Darwin después de convivir más de cinco meses en altamar con Jemmy Button haya observado como el medio ambiente influye en la evolución de las especies, incluido el ser humano, de ahí emergería su famosa “Teoría de la Evolución” y fue precisamente aquí en Ushuaia donde se gestó esta revolucionaria idea, por eso vale la pena recorrer los parajes del Parque Nacional Tierra del Fuego con la visión del joven naturalista Darwin y caminar por los senderos del bosque magallánico con sus retorcidas lengas, sus verdes coihues, sus olorosos canelos, los arbustos de calafates, notros y zarzas. Observar las parejas de Cauquén cuidando de sus crías mientras buscan en la playa mejillones que comer y si hay suerte poder escuchar al lobo marino de dos pelos llamando a su hembra que debe de andar por ahí cerca.

Charles Darwin y el Parque Nacional Tierra de Fuego es otra buena excusa para venir a Ushuaia.

…Pero Ushuaia está muy lejos, en Ushuaia hace frío, mucho frío, además hay un viento que cuando sopla no se puede salir de casa por varios días, Los aviones se quedan en tierra, los barcos se quedan en puerto y nada se mueve, solo la ventisca que viene de la Antártida que ejerce su poder y lo cubre todo de blanco. ¿a qué vas a Ushuaia?

E LUCAS BRIDGES. El tercer “hombre blanco” en nacer en Ushuaia y autor del libro “The Uttermost Part of the Earth”. Gracias a Bridges con su escrito podemos conocer la antigua historia de la Tierra de Fuego, la tierra inhóspita, donde comparte su comprensión y aceptación de las costumbres de las tribus nómadas que le llevo a el y a sus hermanos a ser considerados como miembros de las tribus. A la familia Bridges le fue concedida una gran extensión de tierra sobre el canal del Beagle a 80 kilómetros al oriente de Ushuaia, la Estancia Haberton, donde Lucas Bridges creció en compañía de su familia y de los indios Onas y Yaganes y la que actualmente se puede visitar ya sea llegando por tierra o navegando por el canal del Beagle, una opción interesante es quedarse a dormir para poder escuchar los ruidos de la noche y a la mañana siguiente muy temprano ir visitar la “Pingüinera” en la Isla Martillo.

E. Lucas Bridges, la Estancia Haberton y la Pingüinera son de nuevo una buena excusa para venir a Ushuaia.

…Pero en Ushuaia no hay quesos gruyere, ni escargots, ni vinos de Borgoña; tampoco hay roast beef, ni english tea, ni whisky escocés; mucho menos habrá jerez, ni jamones, ni paella. Entonces, ¿a qué vas a Ushuaia?

SIMON RADOWITZKY. Un anarquista ucraniano sentenciado a cadena perpetua en el presidio de Ushuaia por haber asesinado al fascista Lorenzo Falcón jefe de la policía de Buenos Aires en una revuelta. Después de 25 años de trabajos forzados logro escapar del penal de Ushuaia llegando a España donde se incorpora al bando republicano formando parte de las “Brigadas Internacionales” para finalmente terminar su vida en México.

En sí lo interesante no es el recluso, sino el ver como el penal de Ushuaia se funda con la intención de colonizar esta ultima porción del territorio argentino y que la única manera era la de enviar a los indeseables a vivir su cadena perpetua. Con la construcción de la cárcel llegan una gran cantidad de personas a trabajar en ella haciendo que Ushuaia creciera día a día. El penal funciona desde 1902 hasta 1947 cuando el presidente Perón lo cierra definitivamente y se le entrega a la base naval argentina. Ahora está convertido en museo donde se puede conocer la historia de Ushuaia, de los Yaganes y de los Selk´ams, de las misiones anglicanas y la de la familia Bridges. También encontramos la historia de la navegación por el Canal del Beagle, el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos. Finalmente en uno de los jardines se encuentra una replica del antiguo faro del “Fin del Mundo” el de la novela de Jules Verne.

Simón Radowitzky y el Presidio es una buena excusa para venir a Ushuaia.

…Pero en Ushuaia no hay Rockefeller´s, no hay Rotschild´s, ni tampoco Amancios, no hay reinas ni príncipes ni reyes, no hay Lamborghinis ni Ferraris ni Mercedes, no hay Jet-set ni fanfarrones ni aduladores. Entonces, ¿a qué vas a Ushuaia?

CAPITAN MORENO, Italiano, apasionado de la vela que queriendo dar la vuelta al mundo en su velero “Fortuna” se topó en Ushuaia con una hermosa mujer argentina y hubo que echar amarras en puerto, así que si tienes suerte y logras contactarlo podrás recorrer en su velero los imponentes ventisqueros y que si andas un poco más aventurado, trates de lograr doblar el infame Cabo de Hornos eso después de navegar por el archipiélago de las islas Wollaston y de la Bahía Nassau, podrás también conocer Puerto Toro, acercarte a los barcos pesqueros con sus bodegas llenas de centolla e imaginarte como si fueras el joven Darwin a bordo de la fragata “Beagle” al ir navegando lentamente por las aguas del canal admirando los picos nevados de “Los Dientes de Navarino”.

Capitán Moreno y el velero Fortuna claro que son una buena excusa para visitar Ushuaia.

…Pero en Ushuaia hay montañas infinitas, hay mares extensos y cielos maravillosos, en Ushuaia hay bosques envejecidos, glaciares azules y nieves perpetuas, En Ushuaia hay todo esto pero lo más fascinante es que en Ushuaia existe todavía una parte de la naturaleza tal y como debió de haber sido el planeta Tierra antes de que el Homo “Pensante” tomara el control. Entonces, ¿a qué vas a Ushuaia?.

Ushuaia, República de Argentina, primavera austral, 2015

Tanta alegría. Autor: Calamanda Nevado Cerro

Recuerdo esa salida del hospital como si fuera hoy. Aquel día mientras los demás hablaban con los vecinos en la calle apresuré el paso para adelantarme en el jardín. Entré por la puerta de mi añorada verja, tras cruzar los primeros metros de bosquecillo, continué  caminando. Un trallazo de luz me invitó a entrar al porche diáfano y claro de mi casa.
Sin adentrarme más di media vuelta y salí en dirección al sombreado umbral de la entrada. Solo unos pasos y me cobijas de nuevo, pensé entonces. La temperatura era ideal; las nubes blanco nacarado ocultaban el sol. Desde él la visión de mis flores me hizo pensar en Jauja en primavera, siempre me atrae; no sé, será por la fruta.
Pasee por el jardín llevando sus colores sobre mi vestido nuevo y el saborcillo dulzón de mi encuentro con los árboles frutales. Lo pasé mal durante meses vestida con bata y camisón de clínica, deseaba estar guapa y bien arreglada. Ese marco, inigualable para mí me hacía sentir feliz como años atrás en inolvidables mañanas de domingo.
Ahora, tomando aire limpio y fresco junto a los setos no dejan de acudirme recuerdos, no olvido esa época dominguera. Estábamos muy excitados mi marido y yo en los primeros años de matrimonio. Éramos jóvenes y nos levantábamos tarde para preparar la excursión más maravillosa y aventurera del verano; recoger con los chicos, aguardaban impacientes, melocotones de temporada de nuestros árboles o hacer caminatas.
Los sembramos entre todos a ambos lados del paseo de entrada, siendo chiquillos. Siempre estuvieron como ahora; juntos, alineados, y algo más retrasados en su crecimiento que otros más jóvenes por su tierra calcárea. Nos florecían, por entonces, limoneros y naranjos enanos, plenos de color y fragancias que recolectábamos los festivos.
Hoy…muchos años después evocar esa etapa de mi vida me recrea.
Después de mi estancia en el hospital y de hacer reposo en el balneario, en mi vuelta tras el alta veía mi hogar como algo sublime; esa nueva mirada a mis plantas desde la escalinata del porche me hizo tocar el cielo. Llegaban conversaciones alegres y entremezcladas de mi familia de dentro de la casa. Sin saber de qué reían me aventuré a pensar que hablaban de mí; presentía una bonita bienvenida, alguna sorpresa, o algo parecido.
Al llegar los adelanté sin disimulo para buscar antiguas sensaciones y la soledad de mis rincones. Me hicieron insistentes gestos para que los acompañara; los saludé con la mano y aparenté desentenderme. Caminar sola entre las macetas del jardín era mi anhelo.
Mi familia lo hizo por el sendero central empedrado y llegaron directos a la casa. Recuerdo como  los seguí con la mirada hasta verlos desaparecer por la puerta. Fue cuando descubrí en la hilera de pinos un dibujo nuevo en el suelo de ladrillos blancos; formaba un círculo simétrico y casi perfecto con los frutales; destaca aún, aunque esté a la sombra y al abrigo de arbustos.
Solo falto durante la primavera y parte del verano y este me retoca la casa, fue lo primero que pensé. Y murmuré… si no estoy aquí qué necesidad tenía de obrar en el jardín. No dejó de extrañarme; no recordaba a mi marido caprichoso ni interesado  en reformas. Era un día especial, me relajé y reí. Será parte de esa sorpresa que intuyo, pensé. Y fui hacia la parte derecha de la fachada junto a los laureles y lilares.
Había alboroto dentro cuando me llamó mi hermano; no lo hizo con su calma habitual, me extrañó, gritaba excitado desde la ventana del salón.
− ¡Carmen, ven a tomar café con nosotros! –
Supe por él, una mañana me lo contó emocionado en la cafetería del hospital, cuanto me echó de menos durante mi enfermedad nerviosa. Así y todo… no me apetecía salir tan pronto de mi paraíso, necesitaba pasear por sus rincones, acercarme a la piscina y verme reflejada con mi nuevo estilo. Llevaba tacones altos en marino, a juego con el bolso y el estampado del vestido, iba monísima con ese conjunto entallado.
Olisquee las hojas, respiré entre el follaje y los abetos grandes; lo observé todo como una niña pequeña; en esos momentos mi jardín era más bonito que nunca para mí.
Se habían granado los chopos; los recordaba preciosos, así y todo me sorprendió.
¡Habían arrancado más de la mitad! No lo esperaba. Si colorea el sol este sitio parece un bosque luminoso; su  sombra saca lenta y suavemente el calor del jardín, para qué quitarlos. Los conté y faltaban la mayoría, estos no llegaban a contar los dedos de una mano.
Me apené. Creaban un microclima especial; solíamos colocar mesas a su alrededor y celebrar comidas y aperitivos. Me ilusioné  a pesar de los nuevos cambios, y cada vez que inhalaba aire fresco me sentía en paz.
Había sido larga la espera, demasiado hospital; por fin estaba en casa, ¡cuánto soñé encontrarme en ella! No supe la razón y  sin saber por qué le dije al banco de piedra donde me siento a tomar limonada “Nadie me habló de estos cambios y se trata de mi hogar.” Lo pienso mejor y es que no me apetecía pasar; mi ilusión era disfrutar fuera. Además, si entraba no sabría disimular mi disgustillo por las novedades y no necesitaba correr.
Estaba cómica recolocándome el sostén a escondidas ¡hacía cucos para que no me vieran y no tener que pasar!; hasta me fui por la parte derecha de la entrada. Ahí vi la barbacoa; no la de siempre; esta era nueva. Cuantas tardes disfrutaron los amigos y mis hijos cocinando con nosotros en la otra.
Me fijé bien y había cambiado las baldosas del suelo de toda esa parte, no porque estuvieran arañadas ni feas; las dejé recién puestas y pagadas con los últimos ahorros.
Busqué la despensa. Al lado de la entrada no está, me dije; al acercarme me sorprendió. No eran esas las cortinas de la alacena que hice, ni se pasaba por la misma entrada.
Pensé mosqueada ¿Nuevas y con los bajos hecho jirones? ¿Habrán traído perros salvajes?
No dejé de mirarlas. Me molestó el poco cuidado que tuvieron con ellas. Poco a poco la decepción vertió su veneno. Dije algo así. En pocos meses mi casa ha cambiado ¿y solo lo veo yo? Por qué nadie me advirtió.
Entonces, me llamaron de nuevo.
−Carmen, no te retrases, dónde estás− Fue Enrique, mi cuñado, tanto interés y no puede verme… ¡estaría; enfadado como siempre!
Oír su voz me ponía y me pone mala, simpático en apariencia pero no es trigo limpio.
-Continuar sin mí, enseguida voy, grité por educación; continuaba sin ganas de pasar. Tanto cambio no me gustaba, me desconcertó.
Aunque ¡qué narices! Me dije, o algo similar, cómo dicen los médicos: no voy a dejar que las pequeñas tonterías oscurezcan mi felicidad, es lo que comencé a hacer al mirar el sofá esquinero.
No lo recordaba tan feo, tan usado, ni a ese lado del porche; quién se dedica a hacer mudanzas aquí, grité harta ¿Se avergüenza mi marido de él?, es antiguo; ¡por eso lo quitó de la vista!; tampoco me lo dijo.
¡Cuántas celebraciones en él! Era testigo de secretos y cotilleos sin importancia. Decíamos los amigos: “sabe de nosotros más que todos juntos”.
Me apeteció caminar junto a los rosales luneros. Estaban preciosos, siempre me recuerdan las rosas de mi boda. Tiendo ahí y… ¡No vi cuerdas de ropa! Me propuse hablar de todo con Juan; esa tarde no claro; tantos cambios no iba a tratarlos el primer día… No sería fácil recuperar la rutina y el dialogo.
Pensé que no deseaba consultarme las cosas, ni las reformas, y comprendí que con tantas idas y venidas al trabajo nunca hablábamos y tampoco era de escuchar.
Comentaba con mis amigas. “Son un rollo sus turnos; no tiene horarios y no disfruta del tiempo libre; por eso no consigue buena armonía con sus hijos ni con nadie; el caso es que no vamos como tenemos que ir”.
Juan, es mala cosa no tener tiempo para la familia, le dije en aquella época infinidad de veces. Esta parrafada me salía por inercia. Antes de la crisis nerviosa intuí algo; nunca supe qué; pero alguna vez le comente “Juan necesitas más descanso.”
En el hospital me visitó poco. Y cuando iba hablaba de comprar sillas nuevas y reponer los muebles antiguos de mi madre. Es verdad lo recordé. De alguna manera hablaba de las reformas que fui encontrando ese día; me chocó, era extraño sacar a relucir eso en mi estado; quizá no percibí sus planes de cambio, y pensaba en temas más dolorosos.
Era la tarde de mi alta, necesitaba evitar esos recuerdos; entristecían tontamente y aunque fuera difícil dejarlos pasar me dije que no ocurría nada si mi marido cambiaba de planes a menudo sin mí. Volvieron a llamarme.
-Carmen, se te enfría el café, vamos a empezar y no queremos hacerlo sin ti: dónde te metes.
Esa sería la cuarta o quinta llamada de mi cuñada. Qué pesaditos se pusieron con el café, podían venir y acompañarme dije para mí… pasearíamos, sabían de sobra cual era mi problema, que el tratamiento para la ansiedad no me deja tomarlo; esos despistados no se enteraban de nada.
Durante esa época pasé envidia, me apasiona; ahora es distinto, si me llega  su olor, una maravilla, me conformo.
En aquél momento me apetecía pasear, unas semanas atrás hubiera dado cualquier cosa por observar el día desde fuera de la habitación, y estaba en mi paraíso.
Comprobé que no me encontraba tan bien. Lo reconocí. Había vivido aquí entre tabiques anchos, habitaciones espaciosas, yo misma decoré la casa a mi gusto, Juan me dio plena libertad y quedó bien y sin embargo me extrañaban esas pequeñas novedades.
Mientras tomaban café me paré junto a las matas de hierbabuena, lavanda y mejorana.
Qué olor tan bueno a esas horas en el jardín. Flores compro muchas. Cachivaches los justos; hay pocos estorbos y menos sin ordenar, ¡a mí la luz en habitaciones con pocos muebles me da vida! Menudos ventanales pusimos.
A propósito de eso, al mirarlos me parecieron distintos a los de antes; desde fuera se veían otras cortinas. Me acerqué. Curiosidad nada más.
Pensé entrar después. Total otro rato más no me echaran de menos. Y fui a ver las ventanas; estaban medio abiertas y  con telas nuevas.
Esas tampoco las compré yo; ¡hasta las de nuestro dormitorio eran otras!
¿Hacía falta gastar en estas? Murmuré, quedaron estupendas después de la limpieza de Semana Santa. Me pudo consultar; este hombre está lanzado con los cambios. Era natural pensar así; soy decoradora y se trataba de mi casa.
Hay que ver, dije mosqueada, no me hace gracia. Qué contará  mañana de esto.
Era demasiado trajín para el primer día y un poco tarde; pensé ir dentro. Les daría una sorpresa.
No quería ir por la entrada principal. La ventana del baño estaba abierta, como siempre, cuantas veces por no abrir la puerta entro por ella. Estaba algo oxidada entonces; habían sido tres meses de cama y rehabilitación; pero cogí fuerzas y entré.
-Carmen, dónde estás; hay que ver lo que tardas; ¿vienes?, ¡estamos esperandote!−
Esta vez no me llamaba mi cuñada, alborota más, era mi amiga Lola; aunque si tardas también se pone pesada, es de puntualidad británica.
Me dijo días antes del alta: No te preocupes de preparar nada, nosotros nos hacemos cargo de la merienda y la bebida; es una forma de darte la bienvenida, y pensé, y de reventarme la sorpresa no te fastidia.
Antes de ingresar dejé los congeladores llenos, pero Juan y los chicos en ese tiempo tiraron de todo, le contesté. Cuando me vean aparecer por la puerta interior del salón se quedan a cuadros. Murmuré ufana; parecía buena idea.
La falda me quedaba estrecha, no importaba, me la subí y adentro, venga, dije, a una pierna y después a la otra; y me planté en el baño.
Esa ventana es un chollo, aún paso. Dónde hay siempre queda, y no estaba tan en baja forma.
Ahí continuaron las sorpresas. Vaya, los armarios y el espejo del aseo también los había cambiado. Y el color de las paredes. Y la mampara del baño era nueva. También los suelos, y los foquitos… ¡son alógenos!  “No los quiero, decía, dan mucho calor al afeitarse…”
Qué les pasaba a las tulipas modernistas, costaron un pastón. No estaban mal, había puesto cerámica blanca en el suelo, con lo poco sufrida que es; una simple gota las mancha. Tanta obra a cuento de qué.
Recuerdo  decir para tranquilizarme. No voy a preocuparme ni agobiarme. Juan me contará sus razones. Por mi bien seré flexible y aceptaré los cambios.
Gente parada malos pensamientos, pensé cuando me recuperé del coma. Creía que más de dos meses, los hijos y la casa sin atender sería un desastre. Quizá me sorprendía que se hubieran  movido de lo lindo sin mí. Vaya sorpresa. No imaginaba algo así.
Tres meses ingresada en planta y toda la primavera en el balneario había sido mucho tiempo. Decidieron dejar la casa a punto para mi vuelta, dije convencida. Es más cómoda para limpiar y da muchas satisfacciones, y me conformé; siempre es alegre encontrarse cosas nuevas bien hechas.
Como le horrorizan los hospitales lo critiqué mucho por no ir a menudo; ¡y estaba metido en albañiles! Me arrepentí de pensar en su egoísmo. Ya en esa época me decía Juan. “Carmen, me cuesta organizarme, no descanso; del trabajo a casa y de casa al trabajo”; entonces no entendí porque  no tenía tiempo para verme, claro se movió entre reformas y tareas.
Ya estaba tranquila cuando vi el espejo nuevo; era bonito y mostraba mi expresión un poco nerviosa, lo notaba, tenía la mirada alerta.
Cuando se vaya la familia y los niños a sus cuartos, me como a Juan besos. Planee muy contenta. Va a tener que pararme las manos. Tan serio como se pone, dirá. Espera Clara, respira, tranquilízate un poco; contrólate, no quiero crisis, vale. Ve más despacio.
No pensaba hacerle caso, era mi fiesta y no iba a dejarlo en paz en toda la tarde ni durante la noche. Algo así tenía en la cabeza para mi primer día de vuelta.
También en el pasillo había novedades ¡No estaban los cuadros de las comuniones de los niños! Ni la consola de haya de mamá, ni los paragüeros dorados. Le cundió la paga extra, murmuré, de la cartilla no pudo tirar; la dejamos a cero con la instalación del nuevo riego. Luego me explicará, o mejor otro día. Sabía que eran momentos especiales. Sobre todo mi reencuentro con él y los niños.
Noté una atmosfera diferente en el aire, parecía otro hogar con  un perfume fuerte a pan recién hecho. Qué tonta estaba cohibida en el pasillo.  Intenté proponerme ser valiente y llegar hasta la zona de estar.
Me alegraba ese olor. Entonces comprendí. No pude abrir la puerta nueva de la alacena, al lado de la entrada del jardín, porque no era la antigua entrada a la cocina, sino un horno. Por eso olía a pan recién hecho. Era lo más.
Esa reforma me gustó; si no la hice fue por no tener jaleos con él. Se lo propuse en muchas ocasiones y decía: “Déjate de obras, el pan cómpralo que está bueno” ¡Mira por dónde me hizo caso!
Eso era otra cosa; todos los cambios no iban a ser a su gusto.
El olor y la posibilidad de cocinar en el horno nuevo me animaron, aunque no les pensaba contestar aun cuando me llamaran; iría despacio y mirando.
Los dormitorios de los chicos también eran nuevos. Bueno, bueno ¡Las puertas lacadas en blanco! Tantas veces cómo se lo pedí.
Estaban preciosas de ese color. La casa ganaba, ¡donde iba a parar!
Se dio cuenta que tenía razón ¡Cuantas veces propuse cambiarlas por blancas! Y mira, él solito lo ha hecho. Las parejas no siempre coincidimos; los cambios no están mal. Murmuré bajito. Todo era lujoso y bien pensado; lo peor: pediría un buen préstamo. Ahí dudé. Lo bueno no lo regalan. Vaya una cosa por otra, pensé, gana, no hay más que verla.
Yo misma no lo hubiera hecho mejor y soy profesional de interiores.
Floté de felicidad. Decidí no tenerlos esperando más. Me esperaban impacientes sin saber que ya lo había visto todo.
Está bien, dije; o algo así, ¡tengo una pachorra! Hace rato que los oigo, llega olor a café y risas de mi marido y estoy a lo mío.
Parece contento, mejor. Mañana hago pan; decidí, no lo creía; no podía imaginar esa sorpresa.
Después de pasarlo tan mal iba a meterme en la cocina a trabajar con harina, huevos y azúcar; qué ilusión. Miré. Había gente que no conocía; una con mini que parecía joven y alguna amiga de la niña.
Estaban todos de espaldas, no me veían; tampoco me esperaban por ese lado del salón. Qué sorpresa iba a darles. Cómo emocionaba observarlos desde allí.
Bueno, el salón estaba precioso.  Todo nuevo, la tapicería era bonita de verdad ¡blanca y de lino!, los sofás para comérselos, parecían de revista de decoración; quizá resulte algo sucia, reproché , pero cómo quedaba la rinconera.
Las paredes en blanco roto muy estilosas. Juan me tenía cada vez más alucinada. La moldura del techo dorada era la guinda del pastel; no tenía idea  de su buen gusto ¡Había una chimenea de mármol! Y funcionaba.
Me fascinaban los cambios. Pareceríamos ricos. Los cuadros grandes modernizaban y daban el pego. Bueno, cómo estaba el ventanal de plantas; un vergel.
Creí que se le secarían las macetas, qué escéptica fui con él, me dije, pobrecito. A quien le consultará la cantidad de riego y los abonos. Era  increíble cómo habían mejorado.
Le pensaba decir cuando me viera que mi opinión era muy favorable;  ahora oculta entre la entrada al salón y el pasillo  disfrutaba como una enana. Se reirá cuando me vea sin palabras, con lo que hablo, murmuré para mí. Me apetecía muchísimo besarlo y abrazarlo delante de todos, pero esperaría; no sería normal. Debí apretarme las manos para sentir que no soñaba; ese ambiente tan elegante y nuevo para nosotros.
Pocos metros me separaban de la puerta abierta y no me atrevía a romper el hechizo. Debía decidirme, no esperarían infinitamente, me propuse entrar.
Saludaría a todos, estaba decidida. Tenía la boca seca y seguían de espaldas; me creían en el jardín. Dudé. ¿Me oirán aunque los pille desprevenidos?, reí mucho. Se sorprenderán como yo, por esta parte del salón no me esperan.
Qué caras cuando les hable desde aquí… pensé gritar muy alto, y lo hice; Grité ¡Hola, que tal todos!
−Ven Carmen, pasa, adelante… estás tranquila, te veo feliz y con una sonrisa preciosa. Me dijo Juan exactamente.
Si cariño cómo no. Contesté. El murmuraba y yo solo pensaba en acercarme a su pecho y abrazarlo, después saludaría al grupo. Continuaba mirando al jardín a través del gran ventanal y no a mí como yo quería.
-Ya sabes Carmen, nunca debe faltar la alegría en tu vida-. Murmuró.
Ya lo sé, ahora menos que nunca; soy feliz, contesté. Pero algo me hacía desconfiar. Por qué no ríe de oreja a oreja como yo, y me abraza con más fuerza. Eres, bueno, sois todos un sol, recuerdo gritar entusiasmada a pasar de su repentino silencio ¡Qué gusto entrar en casa, la has dejado preciosa; nunca la hubiera imaginado así, no conocía tu buen gusto cariño… Hablé de tonterías y muchísimo.
Reí a carcajadas a pesar de verlo extraño. Todos estaban tensos y Juan callado. Hasta pasado un buen rato no lo advertí.
Juan, comenté extrañada, porqué me miras así, ¿no estas contento?; has acertado en las mejoras. Me gustan. Esto no podría estar más elegante ni más limpio aunque lo hubiera decorado yo, es verdad. Has hecho una reforma increíble.
Anímate; continúe, parecía que la decoración no era tu fuerte. Ya ves. Todo es ponerse ¿Esperabas que dijera otra cosa?
Has murmurado algo despacio, no te he oído: pregunté emocionada.
−Acércate Carmen− Si cariño, dije enamoradísima, y lo besé llena de ilusión en la mejilla, dime, dime. Y entonces me soltó.
-¿No han hablado contigo los niños? ¿Tú hermano? No sé ¡Alguien! Nadie te ha dicho nada. – ¿Nada de qué Juan? Dije intranquila. Sí, claro he hablado con todos estos meses, pero no sé, qué quieres decir. No debe ser importarte, lo mejor es que han respetado tu trabajo y la sorpresa.
Cómo sois algunos hombres cuando os lo proponéis. Ufff qué nervios. Todo está perfecto, de verdad Juan. Tranquilízate y disfruta de la fiesta. Es un momento precioso. Estaba entusiasmada. Mira, colaboraré, más adelante adornaré el jardín. Compraré simientes, más abetos para repoblar la zona del aperitivo, buscaré más sombra…
−Carmen perdona, dijo con cara de pocos amigos. Te presento a mi novia. Les pedí a todos que fueran preparándote para este momento; lo siento, no tengo valor, ya lo sabes. Ella es Marisa, Marisa es Carmen; nos conocimos hace años; vivimos juntos en casa desde que enfermaste; también es decoradora. Claro, que tonterías digo; lo has notado ¿verdad?-
Sentí las miradas de todos y la suya, pero no conseguí ver la de Marisa; las lágrimas tuvieron la culpa. Pero súbitamente, cuando más hundida me encontraba por arte de magia sonreí.
-Si Juan, claro, murmuré, lo he notado, ja, ja, ja. Nos pondremos, tú y yo de acuerdo con las condiciones del divorcio. Has acertado con la reforma de casa; está preciosa. Pero, ya sabes, es mía; a ti en esta etapa de tu vida te va mejor, mucho más, la de la playa; es íntima y tranquila; siempre lo dices, ¡qué sosiego da el mar!
Eso es necesario en una relación nueva. Yo, aquí tengo todo a mano; me cuesta tanto conducir…
Estos, más o menos, son los recuerdos imborrables de mi viaje de vuelta a casa la tarde del alta. Desde entonces, no me he movido de ella, bueno salgo para comprar, trabajar y divertirme.
Juan viene alguna vez, para ser exacta tres durante los últimos cinco años. Tiene un niño pequeño, una hipoteca grande, un coche mayor que el de antes, cinco años más; aunque no se dé cuenta… y la secreta esperanza de que enferme, como aquella vez, y pueda mudarse aquí para siempre. Yo, salvo en domingos como este, casi he olvidado aquella última tarde de casada.
Las tapicerías, las paredes, las puertas, y los suelos blancos, no resultan tan laboriosos como parecen, mis hijos y yo tenemos precaución y resisten bien el uso y los roces.
Nunca agradeceré lo suficiente a Marisa su trabajo, no he tenido ocasión de comentárselo; no ha venido; pero hizo una labor verdaderamente profesional.