Reencuentro con los orígenes. Autor: Johana Milà de la Roca C.

Llovía, como si las nubes necesitaran drenar su tristeza y a veces su furia, llovía con pasión, con ahínco. Había lodo por todo el camino, la llegada a la masía era complicada sin caballos o carruajes y yo iba caminando, sorteando los charcos, tratando de no caer o lastimarme, tenía por delante un largo viaje, de esos que cambian vidas, que regalan perspectivas, que afianzan afectos, y deseaba hacer ese trayecto en condiciones óptimas.

Estaba ya en el camino principal de Lavern y debía caminar dos kilómetros o más para llegar a la casa, me acompañaba a mi izquierda una formación rocosa que le daba fuerza al apellido, por esa roca nos identificaban, y estaba a punto de dejarla atrás, de no volver a verla más, a mi derecha un campo lleno de viñedos, unas uvas verdes deliciosas que nos daban el mejor de los vinos. Destilaba agua de mis cabellos, de esos pesados ropajes, de ese calzado incómodo cuando finalmente alcancé la entrada de la casa, bordeé el muro de piedra hacia mi derecha y accedí a la casa por la puerta principal, esa hermosa e imponente puerta de roble y acero que tanto iba a extrañar. Debía terminar de empacar, el carruaje salía hacia Barcelona a media noche y tenía la sensación de estar huyendo de mi realidad, como prófuga de una historia que ya no era mía.

El equipaje estuvo listo y tuve tiempo de recorrer una vez más esas estancias amplias, de nadar en la nostalgia que aún no tenía pero que seguro sentiría, de disfrutar del color de sus paredes, de amar con cada fibra ese espacio, de perderme en su luz hermosa. Las razones de esta migración forzada no las terminaba de entender muy bien, cosas de gente mayor, un manejo indebido de dinero, una mala administración, un mal proceder y ahora debía dejar todo lo que componía mi espacio y embarcarme en esta travesía a un nuevo mundo, un paisaje diferente, un clima distinto, una fauna peculiar, con nuevas personas y acentos diferentes.

La lluvia no paraba, y los planes de viaje tampoco. En la medida que la gente corría y la histeria se apoderaba de todas las personas en casa, yo seguía recorriendo las habitaciones, las estancias, la enorme cocina y el balcón sobre la puerta principal, desde allí guardé la vista más hermosa del pueblo y de las tierras de la masía que pude haber tenido nunca, se fusionaba la lluvia con la vasta tierra mientras que en el horizonte se avistaba un poco de cielo sin nubes, estaba cayendo la tarde, llegaría pronto la hora de partir.

El carruaje estuvo en punto a la media noche, el equipaje se desbordaba y la mixtura de sentimientos se manifestaba, la tristeza por la huida, por dejar atrás lo que hasta hoy había sido mi universo y la ansiedad por saber a dónde iba, qué era eso del nuevo mundo y qué contenía ese desconocido lugar. Lloré, sola, en silencio para no despertar angustias en el largo trayecto hasta el puerto, vi cómo se alejaba la masía de mi alcance, como la oscuridad se iba tragando mi roca, mi orgullo y mi vista de los viñedos, como mi nueva realidad se iba haciendo presente. Dormí un pedazo del trayecto hasta que el olor a salitre me despertó, ya estaba en el puerto de Barcelona.

Todavía me parece muy confuso todo, tuve que tomar un bote para llegar al barco, los baúles del equipaje se veían enormes en esas pobres barcas y una vez en la nave escuché que pasaríamos dos meses en alta mar antes de finalmente llegar a nuestro destino, también escuché que nos dirigíamos a las Américas y encontraríamos puerto en el Mar Caribe, no tenía idea de donde quedaba ese lugar ni por qué debíamos pasar sesenta días navegando para llegar, sólo esperaba de corazón que valiera la pena mover la vida de continente.

En el barco me acostumbré a la vida del mar, de la mar como decían los marineros, me levantaba temprano y salía a ver el amanecer todos los días, ayudaba a la cocinera en las labores, había mucho que ver, mucho que aprender, muchas estrellas que mirar, muchos libros que leer, el olor de la sal me llenaba de nostalgia, me transportaba al puerto de Barcelona, a casa. Los días de lluvia me daban mucho miedo, en el medio del océano, con esas olas enormes, sin avistar tierras en millas a la redonda, me sentía desprotegida a pesar de estar rodeada de mi familia, de los marineros y de otros tantos viajeros que iban en busca de nuevas oportunidades en aquellas tierras desconocidas.

Aprendí con los marineros a leer el mapa del cielo, qué dirección marcaba cada estrella, los nombres que tenían y qué les decía cada una, finalmente vi donde estaba la osa mayor y la flecha del norte. Me gustaba el tacto rugoso de la madera del barco, sus velas izadas, la forma en que el viento las inflaba, los laberintos que tenía por dentro, la cantidad de historias que creaba mi mente a partir de esos pasillos, me daba mucho miedo pasar cerca de los cañones, cualquier cosa que fuera utilizada para hacer daño me causaba repulsión. Los marineros fueron muy amables conmigo, aunque al principio eran muy hoscos, llegué a pensar que eran piratas de esos de las historias de tesoros sumergidos en el mar y patas de palo, pero con el pasar de los días se convirtieron en la familia que se escoge, en amigos de verdad.

En el mismo barco viajaban también mercaderes que habían recorrido el mundo, iban contando sus historias de amores de puerto, de riquezas y desgracias de los lugares que habían visitado, de las maravillas de la tierra a la que llegaríamos, de las frutas frescas, la vegetación espesa, el color turquesa del mar, los atardeceres de sueños, el cielo despejado, la deliciosa brisa del mar. Pasábamos las noches sin luna hablando de corsarios y piratas, de galeones hundidos, de monstruos del mar y de cantos de sirena, de tentáculos de pulpos gigantes y la locura del mar en noches de luna llena. Hay tanto que aprender del mar, tanto que contemplar, tanto que agradecerle que dos meses no fueron suficientes. En mis años posteriores en la tierra nueva, en la ciudad de Cumaná, iba todas las tardes a la orilla del mar a mojar mis pies y darle las gracias por traer siempre cosas buenas.

Al entrar en la cuenca del Mar Caribe, mis emociones se encontraron entre el miedo y la agitación de estar cerca del nuevo hogar, se veía tierra a los lados, se sentía esa vibra de lugar inexplorado, de verde intenso, de fauna exótica. Cuando llegamos al puerto de Cumaná y desembarcamos, el calor no me dejaba respirar, me estaba ahogando entre tanta ropa, me iba a desmayar. Acababa de llegar a mi nuevo hogar, Venezuela, que significa pequeña Venecia, nombrada así por Alonso de Ojeda a razón de mofarse de unas casas indígenas construidas sobre la Laguna de Sinamaica.

Me costó mucho acostumbrarme al calor y a la dinámica desenfadada de los habitantes de ese lugar, pero estaba fascinada con el olor a guayaba y con la casa que teníamos frente al mar. Era una época muy convulsionada por las gestas independentistas para liberarse de España, a las que se sumaron mis tíos y dos de mis hermanos mayores. He hablado poco de mi familia, sólo porque siento que debía contar esto desde mi perspectiva, desde lo que mis ojos captaron, pero de mi núcleo éramos mi mamá, mi papá, mis siete hermanos y yo. Dos hermanos de mi papá junto con sus familias llegaron en otra embarcación un par de meses después.

La casa frente al mar siempre me arrancará suspiros. En efecto, había todo un clima de lucha y guerra por fuera, pero la casa era un remanso de paz, era ese espacio único donde la cocina de mamá, la biblioteca de papá, los arboles de papaya y guayaba del patio, el zaguán y esas ventanas largas, la fuente en el medio de la casa, los corredores amplios, sus paredes blancas y su aura de tranquilidad la hacían mi refugio, adoraba ese lugar, así como pasear por la orilla del mar y por el castillo de San Antonio de la Eminencia, que construyeran los españoles doscientos años atrás para protegerse de los piratas. Ya era parte de esa nueva energía que adopté como mía, de ese lugar encantador lleno de magia marina, de los atardeceres de los que tanto escuché cuando iba en el barco, me encantaba ir al mercado y comprar verduras frescas, el olor de los mangos y del cilantro, el embrujo del cacao y esa maravilla llamada café.

Me enamoré y me casé con quien quise, no hubo imposiciones de ningún tipo, fui al extremo feliz con mi vida, tuve hijos adorables que amaban tanto como yo esa tierra bendita y envejecí a la orilla del mar comiendo cazón, tomando jugo de guayaba y llena del amor de mi familia, lo que quedaba de Lavern era un recuerdo lejano en un delicado rincón de la memoria donde se mantenía intacto el orgullo por mi origen, la imagen de la roca, la extensión enorme de viñedos, la masía y esa vista que me regaló el cielo antes de irme, desde el balcón sobre la puerta principal, que siempre estaría conmigo.

Morí en paz, rodeada de mi gente, en la tranquilidad del hogar, con el olor del mar acompañando el último aliento.

Doscientos años después, con otro rostro, otras ropas, otro acento pero el mismo apellido, volví a Lavern, esta vez no hubo barcos ni meses en alta mar, un avión y un tren fueron suficientes para llegar. Llovía, y desde la estación del tren caminé con cuidadito para que el reencuentro con los orígenes fuera suave, hermoso, tranquilo. Pregunté al bajarme del vagón cómo llegar a la Masía Milà de la Roca, y me explicaron que una vez en la vía principal del pueblo, cruzara a la izquierda en el camino de tierra, la formación rocosa a un lado, los viñedos al otro lado y los charcos de agua creados por los recientes chubascos me indicaron que iba por el sitio correcto. Avisté la casa, la bordeé y la reconocí, en los recuerdos grabados en la memoria del tiempo.

Toqué la puerta para preguntar si podía entrar en la casa, me atendió un señor muy amable que me explicó que esa era una pequeña oficina de la empresa que ahora manejaba los viñedos, hacían vinos orgánicos, me sugirió que pasara por la puerta principal a preguntar si por ese lado podía conocer la casa, así hice. La casa ahora funciona como alojamiento rural y no pude pasar porque estaban llenos de huéspedes, pero me indicaron que podía pasear por los jardines y tomar fotos a los campos llenos de uvas.

Disfruté de los paisajes, me llené de esa energía fabulosa, me imaginé las carretas, los caballos y los ropajes pesados, pasé buena parte del día dando vuelta por esos jardines, viendo el cielo despejarse y dejando colar la luz del sol sobre las extensiones infinitas de viñedos. Me despedí de Lavern con la promesa de volver, llevándome ese retrato hermoso del pueblo, el cielo plomizo, las uvas, la masía y el reencuentro con el lugar donde empezó la historia de mi familia.

Lorbé. Autor: Rubén Suárez Carballo

Cuando escuché por primera vez el nombre de Lorbé fue por sus mejillones en una conversación casual y la voz familiar de mi prima sin mostrar mayor interés por el lugar. Cuando lo escuché por segunda vez no pude evitar la comparación del topónimo con alguna población de los fiordos noruegos, quizá por eso me interesa aunque siempre hay quien diga que para gustos existan lugares, porque los colores los pinta la naturaleza y los destaca el sol.

¿Sol? No se le esperaba en un día plomizo aunque fue un día inmejorable cuando la mano que te lleva lo hace inolvidable. Que llueva o haga frío no importa y a veces las condiciones climatológicas ayudan a que los rincones parezcan más lejanos a lo que en realidad están. En este caso quizá lo hicimos apartado porque mi torpeza nos hizo dar vueltas en las rotondas de la carretera como los caballitos dan en un tiovivo. O también la indecisión a querer visitarlo todo a la vez, desde un solitario faro, el pueblo de Mera y algún rincón más de una costa que mezcla los verdes intensos con los azules oceánicos. La niebla encerraba el viaje en el misterio y al mismo tiempo en la complicidad. La niebla abrocha el paisaje y oculta la visión pero también esconde o quizá vuelve íntimos los momentos.

Lorbé no es lejano ni inaccesible, sencillamente es uno de esos sitios donde el asfalto termina y hay que volver hacia atrás apenas doscientos metros para situarse en la vía principal. No es remoto porque está a un tiro de piedra de A Coruña y a un paseo de Sada. Lorbé no es nórdico, ni tan siquiera puede llegar a pronunciarse con el exotismo de otros parajes como se antojan los pueblos que rozan el Círculo Polar Ártico. Hablar de lo próximo me hace sentir que carece de mérito, al igual que un viaje corto no conlleva la emoción de un viaje largo. ¿O sí? Claro que sí, cuando se vive con intensidad.

Bajamos la empinada cuesta engullidos por una garganta de alquitrán y retorcida como la concha de un caracol. Unos comensales alargan la tertulia de la sobremesa fuera del restaurante. En una nave trabajan la madera para darle forma de cuadernas, de casco, de quilla. La rampa del astillero entrega al mar lo nuevo y recoge lo viejo para reparar. En cierta medida esa pendiente de cemento que penetra en el agua salada me trasladó a la factoría ballenera de Caneliñas en A Costa da Morte, y a un recuerdo infantil con fuerte olor a sangre.

Unas líneas blancas paralelas marcan el aparcamiento para el coche y una hilera multicolor de barcas apoyadas sobre una barandilla diseñan un cuadro de texturas que aportan el elemento necesario para llevarse la foto del sitio. Un paseo breve por un espacio breve. El guiño bucólico a un pequeño islote que configura un escenario de aventura y piratas pero sobre todo tus manos, tus brazos cuando se apoyaron en el dique y tu mirada dejó algún pensamiento en el agua y volviste a mis oídos con la pregunta de no saber que tanta belleza encontraba allí. Tú, tus besos, nuestras fotografías y la tarde juntos.

¿Te ayudo?. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

“Hombres sin mujeres”. Lucía empezó a leer el libro de cuentos de Murakami cuando alguien se sentó junto a ella.

Desde la sala de embarque, Lucía, a sus treinta y cinco años, había rezado para que durante el vuelo de Madrid a Lima, pudiera conocer a un hombre bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero.

Y le pareció haberlo visto.

Haciendo la fila para mostrar el pasaporte, un muchacho de pelo castaño y chaqueta celeste, le regaló una suave sonrisa y le cedió su turno.

¿Sería él?

Volvió a fijarse en su sonrisa.

Ya en el avión, sin embargo, temió haber exagerado con su pedido al cielo al sentarse junto a ella, vestido de negro, con tan solo una pequeña tira blanca en el cuello, el propio Representante de Dios en la Tierra.

Once horas.

—¿Serán once horas suficientes para confesarle mis pecados? —pensó al ver al sacerdote persignarse mientras se desvanecían sus esperanzas de conversar con el muchacho de la suave sonrisa.

Lucía, sin ser tan devota, se santiguó tres veces para estar protegida en caso de turbulencias.

Despegaron.

Siguió leyendo a Murakami.

El primer cuento trataba de lo mal que conducen autos las mujeres.

Una voz femenina se escuchó por el altoparlante. —Les habla la capitana —dijo, dando a continuación los detalles del vuelo.

—¡Dios mío! —reflexionó Lucía—. Aunque se quejen de la forma de manejar de las mujeres, confío en que sepan hacerlo surcando cielos.

El sacerdote volvió a persignarse.

Lucía lo observó tratando de adivinar si se santiguaba por convicción o por miedo.

—Mi nombre es Giorgio —le dijo dándole la mano y obligándola a abandonar sus pensamientos.

—Soy Lucía —respondió ella solemne intentando, a pesar de su pronunciado escote, ajustado vestido y desarrollada figura, parecer sin pecado concebida.

—Estuve en Roma. Visité al Papa —añadió el cura.

Y antes de que le empezara a predicar la palabra de Cristo y pretendiera averiguar sus pecados concebidos, ella lo tuteó con la voz cortante advirtiéndole así que no estaba dispuesta a contarle su presente, su futuro y menos aún, su pasado:

—¿Siempre quisiste ser sacerdote?

—La historia es larga —respondió el hombre—. Pero tenemos tiempo.

—¿Cómo fue el llamado del Señor?

—La verdad —explicó Giorgio—, él no fue quien me llamó primero. Antes, fui policía. Y de los corruptos.

Lucía, dejó caer el libro de Murakami al suelo. Trató de recogerlo de inmediato.

—Además, me encantaban las mujeres y tomaba licor seguido — continuó el cura agachándose solícito para ayudarla y entregárselo.

La conversación fue interrumpida por la azafata quien les sirvió la cena.

Giorgio pidió dos botellitas de vino tinto.

Y mientras comían y el sacerdote se explayaba con su historia y bebía entusiasmado, Lucía trataba de comprender cómo ese hombre alto y fornido, había sido todas esas cosas de las que se ufanaba sin recato y muchas otras aún más terribles que, cual dama, ella pretendía no escuchar.

—¿Pero qué fue lo que te alejó de la corrupción, el alcohol y las mujeres? —insistió Lucía.

—Una suma de cosas —respondió el religioso acomodándose en su asiento—. Estuve por morir varias veces. Primero, en Santa Elena, el pueblo colombiano donde nací. En esa época mataban a los policías. A mí me descubrieron y allí, tirado en el suelo, con la pistola en la sien, le prometí al Señor que si me ayudaba, le dedicaría mi vida. Me salvó, pero no le dediqué nada. Yo andaba enamorado y estaba contento con mi trabajo.

—Ya lo creo —afirmó ella.

—Sin embargo —agregó él—, una tarde para visitar a una amiga, tomé un bus en un horario diferente al usual. Al día siguiente supe que el vehículo en el que hubiera viajado se estrelló. El Señor me volvió a salvar. Empecé a participar en retiros espirituales. Me escapaba de la comisaría para poder asistir. Un día, el obispo pidió que se pusieran de pie quienes estaban dispuestos a casarse con Dios. Yo no entendí la pregunta y me paré. Quería casarme, ¡pero con una mujer! Casi me llevan al seminario. Me di cuenta entonces que yo buscaba tranquilidad, amor, alguien con quien ser feliz. Todo, lo encontré en el Señor.

En ese momento, la capitana ordenó a los pasajeros que se abrochen los cinturones ya que venían turbulencias y las turbulencias los envolvieron y allí, en medio de la tormenta, Lucía no fue capaz de dedicarle a Dios su vida y, asustada, al lado de aquel hombre que no debía tener mujeres, para evitar cualquier acto que pudiera ponerlo en aprietos, se cubrió con una manta y durmió el resto del viaje.

Se despertó con el anuncio del aterrizaje y con la cabeza bien plantada en el hombro de Giorgio y la de él acurrucada sobre la suya.

—¡Dios mío! ¡Perdóname! ¡Nunca quise dormir con un sacerdote! —suplicó con vehemencia viendo a su compañero de viaje persignarse breves y reiteradas veces e imaginándose qué hubiera sido sucedido si en lugar del bendito cura, el muchacho de la sonrisa suave se hubiera sentado al lado de ella.

Ya en tierra, se despidió de Giorgio diciéndole:

“Creí que iba a confesarte mis pecados, pero lo hiciste tú”.

Sin pronunciar palabra alguna el sacerdote encendió sus ojos verdes en Lucía, desconcentrando a la pobre mujer.

Lucía fingió no haberse dado cuenta de su mirada, se acomodó el vestido y volvió el rostro hacia su bolso para guardar el libro de Murakami.

—¿Acaso no podían existir hombres sin mujeres? —se preguntó.

Fue en ese instante cuando se imaginó que si ella, una simple mortal, le había suplicado al cielo sentarse junto a un muchacho bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero, ¿qué es lo que el cura, con sus divinas influencias, habría pedido?

—Con razón que Giorgio se persignaba tanto —decidió ella—. No lo hizo por convicción ni miedo. ¡Fue por agradecido!

Lucía sintió rabia e intentó ponerse la chaqueta para seguir su camino.

—¿Te ayudo?

Y el libro de Murakami volvió a caer al suelo.

Los invasores de Cielo Roto. Autor: Fran Nore

Cielo Roto es un pueblo remoto, un poblado rodeado de tierras húmedas y con valles hermosos.

Casa Peña es un antiguo caserón construido en el centro de un exuberante valle por las campañas militares del difunto capitán Cristóbal Ruiz.  

Los guías que eran de Cielo Roto nos presentaron a los dueños de aquellas hermosas tierras, un hombre llamado Leonardo y una mujer que parecía muy posiblemente su madre, pero que más tarde supimos que se trataba de su madrastra. Les propusimos el negocio de que nos vendieran un terreno, y entonces Leonardo dijo que lo pensaría y más adelante nos lo haría saber por intermedio de los guías. Como ya estaba encima de nosotros la noche, los propietarios muy amablemente nos ofrecieron hospedaje y comida. Y esa noche la pasamos allí, conociendo la inmensa casa y un poco de los gustos y de la vida de los caseros.

Era una casona vieja muy bonita, aunque en algunos aspectos algo descuidada, pero yo le sugerí al propietario que, con unos cuantos arreglos y decoraciones, con la contratación de unos buenos albañiles, con unos retoques de pintura, quedaría de nuevo espléndida.

A las primeras luces del siguiente día nos fuimos de Casa Peña y retornamos al pueblo de Cielo Roto donde estábamos hospedados en el Hotel La Montaña.

Pero a la semana siguiente nos llegaron las buenas noticias de los guías que habíamos contratado, Leonardo había accedido a vendernos un lote en aquel magnífico valle. Y no pasó más de un mes y ya teníamos comprado un terreno en aquel paradisiaco valle donde pensábamos radicarnos. Y Mila se puso feliz. Le prometí que le construiría la casa más bella de todos esos fríos alrededores. Después de tres meses, contraté personal y se empezaron los trabajos de la primera etapa de construcción de la casa, y Mila y yo pudimos abandonar el hotel del pueblo donde estábamos residenciados y nos trasladamos a vivir a las primeras habitaciones construidas de la casa nueva en el valle. Y Mila estaba feliz. Después de cinco meses más de ágil construcción, finalizó la segunda etapa y la casa nos fue entregada ya totalmente terminada. Y Mila estaba más feliz. La casa nueva estaba conformada por dos salas, cuatro habitaciones grandes y confortables, una cocina amplia y  bien acondicionada, dos dormitorios para huéspedes, tres baños de inmersión, una gran alberca, una pequeña piscina en el jardín, dos patios enrejados, un balcón en el segundo piso y dos mansardas que serían utilizadas como dormitorios con vista al valle. Las tablas de las mansardas fueron pintadas de dorado, por lo que bautizamos el lugar como La Casa de las Mansardas Doradas. Y Mila estaba verdaderamente muy feliz. Pero los propietarios del valle vendieron cerca de nuestra casa nueva, otros terrenos más grandes, a unos inversionistas venezolanos y otros brasileños que también estaban por el pueblo de Cielo Roto adquiriendo tierras para trabajar y hacer producir, y éstos asociados como en una sola familia construyeron otra casa cerca de la nuestra, a la que bautizaron con el poético nombre de La Casa de la Luna Yunta. Allí se instalaron dos familias, una de chamos y otra carioca. Entonces las inmediaciones del valle que tanto nos gustaba, no dejaban de recibir forasteros de otras tierras, cada vez más con las pretensiones de instalarse allí y construir magníficos albergues. Y Mila ya no estaba tan feliz. Luego llegaron los residentes del centro del país que también se mudaron al valle luego de comprar un terreno al lado del río y de construir en él una casa verdaderamente bella que llamaron La Casa de las Puertas Torvas, porque así lucían sus puertas, dándole a la mampostería de la edificación un toque refinado y de buen gusto árabe. Allí se instaló otra familia adinerada que disfrutaba del vecindario.

Entonces Mila y yo ya no nos sentíamos tan felices ni tan solos, si no que ahora teníamos un montón de nuevos vecinos por conocer, y nos sentíamos incómodos por aquella repentina invasión. Sabíamos que de igual manera se sentían los propietarios del valle que nunca se dejaron ver por el río o por los alrededores de las casas nuevas, ni siquiera para curiosear. Todo el tiempo se mantenían encerrados en Casa Peña, haciendo no sé sabe qué actividades. Nunca visitaron a nadie y nunca recibieron visitas de los nuevos vecinos, excepto para recibir el dinero de los terrenos vendidos. Los habitantes de Casa Peña habían entrado en un silencio absoluto en comparación con los nuevos vecinos que eran ruidosos. No nos extrañó, a Mila y a mí, que quisieran distanciarse. Luego me bendijo Dios con la buena noticia de que Mila estaba preñada. Se impregnó La Casa de las Mansardas Doradas de aires de bienvenida por el nuevo visitante. Por fin veía consagrado mi sueño de formar una familia. Y como la felicidad se había instalado en mi vida, con la bienaventuranza del advenimiento de la criatura que crecía dentro de Mila, se había disipado de mi corazón esos artilugios de desolación y desamparo que arrasaron con mis años de juventud cuando vivía en Europa.

Con el tiempo nació una bella niña, que llamamos Idalba. Mila se sentía feliz, cobró rubicundas fuerzas, se vistió de gala con las flores del valle, finamente cubrió su rostro con mantilla de seda, y hasta los nuevos vecinos de las otras casas vinieron a visitarnos con la intención de conocer a nuestra hija.

Pero cuando se marchó el invierno entre gemidos diluvianos por entre los arroyos del río y llegó el rápido verano con sus florecientes promesas de alegría y de felicidad, Mila se sintió enferma, sufría temblores de fiebre. Aún así no descuidaba ni por un minuto a la pequeña Idalba, que era todo para nosotros: bendición y purificación excelsa de nuestro amor.

Idalba creció pronto entre risillas traviesas mientras observaba volar los pajaritos y las orquestas de mariposas de colores, unida fuertemente por la similitud genética a su madre. Cada fragante mañana, se le veía correr por las riberas del río persiguiendo conejos, acariciada por los rayos solares, ungida con aceite vegetal por su madre Mila, inventando juegos entre las marañas y los brezos, escondida en las grutas o queriendo alcanzar los pajarillos que se marchaban de los árboles caídos obstruyendo los caminos.

Aunque Mila y yo teníamos una familia, Mila estaba cansada ya de la vida en La Casa de las Mansardas Doradas, quería que nos fuéramos a vivir al pueblo de Cielo Roto o a otro lugar que estuviera a orillas del mar, no era bien seguro, simplemente se le ocurrió una tarde en que se sintió agotada. Yo trataba de disuadirla, de hacerla comprender que era demasiado pronto para viajar con la niña tan chiquita. Entonces Mila se enfermaba cuando yo le llevaba la contraria, no sé por qué tenía tantos altibajos en su estado de ánimo. Parecía que el valle la influenciaba a esos desajustes emocionales, no sé si la atmósfera del lugar tenía que ver con aquellas emociones dispares de Mila.

Pero alguna vez caminando por las riberas del río, Mila miró su rostro en las aguas estancadas de un lago formado por el arroyo, y descubrió horrorizada que estaba enferma y había envejecido. Fue a contarme su impresión, sintiéndose desgraciada, entonces yo me reía y le decía que estaba siendo presa de visiones. Empezó a llorar como nunca la había visto antes, menos mal, nuestra hija no estaba en casa, si no dando paseos por ahí, de lo contrario, se hubiera sentido afectada por el raro comportamiento de su madre. “No es nada, sólo son impresiones tuyas.” Le decía.  Pero sus lágrimas más se multiplicaban, parecía inconsolable, yo trataba de abrazarla y protegerla, de hacerla desistir de acumular vacías visiones enfermosas. La acariciaba y le susurraba canciones, parecía estar reducida a comportarse como un bebé marginado.  “Dime, Mila, ¿por qué te pones así? ¿qué te pasa?” “No me dejes.”  Me suplicaba con los ojos atacados por la purulencia de las visiones del valle que hacían efecto instantáneo en ella. “Pero, ¿qué es lo que te pasa? Has de haber comido por ahí alguna planta alucinógena.” “No, no, tienes que creerme…” Yo sabía que Mila todo lo estaba imaginando.

Las lluvias comenzaron a cundir en esos días y entraban por las hendiduras de los techos. Algunas goteras mojaban los cabellos de Mila y apaciguaban un poco su fiebre. Pero su incansable desvarío me estaba atemorizando cada vez más y más.  

La niña comenzó a notar las raras actitudes de su madre, Mila lograba asustarla.

Yo creía que de verdad se estaba volviendo loca, pero no sabía el motivo que ocasionaba sus espejismos demenciales. Algunas veces llegué a verla por los senderos del valle, corriendo desesperada. Bajaba de la casa a acompañarla, y le decía: “Tranquila, no desesperes.” Pero Mila estaba confundida y desorientada. Apenas me hablaba, guardando sus temores, tenía los ojos desorbitados, sentía la sofocación que trae consigo la cercanía de una enfermedad incurable, los desmesurados desvaríos de Mila me ocasionaban encendidas e indecibles expresiones de cetrino tormento. “¡Ocúltame de ellos!” Señalaba el aire con los dedos. Estaba ebria de desquicio. Yo la introducía en la casa, aprovechando que la niña estaba por ahí inventando juegos. La ocultaba de su delirio, según mis adoptadas y urgentes indicaciones. Ella se metía entre las telas del lecho de nuestra cama de esponsales, y de allí no salía en todo el día hasta que estuviera segura de que sus fantasmas ya no la perseguían y que habían desistido de torturarla con sus presencias invisibles. Pero luego sentí que se reventaban también los nervios de mi paciencia. “¡Estoy cansado de esto!”  “¡No me dejes, no me dejes!” “¡Estoy cansado de ocultarte! ¿De quién, de quiénes? ¡Yo no veo a nadie!”  “¡Míralos, son ellos, son ellos, están ahí, esperando que yo salga para castigarme!”  “¡Ya basta, Mila!” Y ella seguía temblando de miedo bajo las sábanas, como si tuviera mucho frío. Yo la examinaba, le tocaba la frente y le sentía mucha fiebre, los ojos los tenía enrojecidos. Lo mejor era llevarla al pueblo de Cielo Roto, donde un doctor. Pero ella se resistía. Fueron los comienzos de mi tormento y de mi desventura. Ella estaba de súbito, perdida en la locura. La fiebre del desvarío se presentaba como cicatrices enraizadas y rojos furúnculos marcando con saña su rostro. Ahora Mila sollozaba lágrimas trémulas, estremecida de pies a cabeza, mientras los detestables insectos del valle entraban por toda la casa invadiendo cada partícula de aire. Y cada día que pasaba era peor, Mila estaba mucho más enferma, parecía que un bicho la hubiera picado o un gusano se le hubiera metido en la cabeza, o, lo peor, que un espíritu maligno del valle se hubiera introducido dentro de su cuerpo.

En la noche invadía la casa ataviada de difuntas risas que me estremecían el sueño. La niña lloraba desde su recámara.

Hasta que una mañana en que el verano prometía nuevas flores del regreso, ella no pudo levantarse más del lecho. “Mila, voy a ir al pueblo a traer un doctor.”  “¡No seas! No ves que ya estoy muerta.” “No digas eso. Dime, ¡por el amor de Dios!, ¿qué te pasa?, ¿qué sientes?”  “Cuando yo muera, prométeme que cuidarás mucho a nuestra hija.” Yo asentía demudado, con la cabeza, como si sus palabras fueran avalanchas que sepultaban mi vida. “Tú no te vas a morir. No quiero que te mueras.” “Cuídala mucho, es nuestra hija.” “Yo la cuidaré, descansa.”

Y descansó, pues la muerte le llegó rápido una noche y remedió su locura. Cavamos su tumba cerca de la casa, en el alto de una colina que daba detrás de Casa Peña, los propietarios del valle llamaban a ese lugar El Cementerio de la Colina India. Allí estaban enterrados los padres de Leonardo, como más tarde me contó él en el funeral de Mila.

Fueron a su entierro los habitantes de las casas del valle. La niña Idalba no podía creerlo y yo no podía resistirlo, Idalba estaba vestida de negro escarlata, sosteniendo en sus manos ramos de flores amarillas. La vieja Ivana cantaba con incógnita tristeza mientras el viento sepultaba los rasgos de las fosas entre mieses enlodadas.

 – No se desanime, hombre, ya vendrá a su vida otra mujer-. Trataba de reconfortarme Leonardo, el dueño del valle.

Muerta Mila, yo me sentía empequeñecido, arrastrado al desconsuelo. Deseaba que a mí también me sobreviniera una enfermedad que en suma me distrajera de los tristes pensamientos que giraban en torno a mi cabeza aturdida. Ignoraba qué le había podido ocurrir a Mila, qué había visto, qué había sentido, cuál era el origen de su locura y luego presta muerte. Su imagen quedaba en mi mente con un sabor incierto. Pero no podía dejarme vencer por los acontecimientos, estaba ahora de por medio la crianza y educación de Idalba, se lo había prometido a Mila, que me haría cargo de ella en todos los aspectos.

 – Pero yo no quiero otra mujer, sólo quería a Mila.”

 – Mila, Elizabeth, Ibis, lo mismo da. Todas las mujeres son iguales, llega una y se va la otra, así sucesivamente… -Opinaba Leonardo-. Dele tiempo al tiempo y verá que las cosas se componen.

Su desenfado me trastornaba. Para él era muy fácil decir patrañas con el propósito de subir mi alicaído estado de ánimo. Y perfectamente Leonardo sabía que todo lo que decía o intentaba decir con respecto a la cruda situación no lo justificaba. Por fin se quedó callado, tratando de pensar y concluir que todo lo que decía consciente o inconscientemente estaba de más. Pude al menos respirar más tranquilo, sin la presión de las palabras de pesado confortamiento de Leonardo. Las canciones de Ivana oprimían de melancolía mi corazón, mi alma estaba sedimentada en el dolor. La niña Idalba aparecía inmóvil, pálida como una pequeña estatua. Mirándola, extraños pensamientos se agolpaban en mi cerebro, buscando una salida o intentando hallar una solución para no dejarla en aquel desamparo materno del cual se sentía presa. La hermosura de la niña Idalba no contrastaba con la taciturna ceremonia de sepultura de Mila.

Leonardo se aprestaba a dar un discurso sobre la muerte de Mila, no sé por qué quería atreverse a hablar de ella, cuando ni siquiera la conoció en su verdadera estampa humana. Por supuesto que se lo impedía, no quería que nadie manchara con la tosquedad de las palabras, sin acorde expresión, la memoria de Mila. Y aunque me dijo que el discurso era corto y sencillo, y quiso explicarme el contenido de éste, yo insistía en no permitirle ni dejarlo pronunciar su trivial e inoportuno argumento. Sé que pensaba de mí que era un mañoso, pero era preferible a tener que escuchar sus comentarios fuera de contexto.

Las tristísimas canciones de despedida de Ivana comprimían cada vez más mis sentimientos.

Viaje ad inferos. Autor: Fran Nore

Ese bifurcado anochecer la vigilia podría ser tormentosa.

Desfallecido, pero confortado de la caminata por los alrededores del valle, Antonio regresaba a la casa y se reunía con los dos monjes maestros a empezar las oraciones en el altar de la sala donde Ivana tenía sus santos protectores. Alababan a Dios y pedían favores divinos.

A poco se reunía Ivana que seguía las oraciones en un férvido delirio.

Leonardo se crispaba de asco, los observaba desde una esquina de la sala, inmóvil, sin poder gesticular, sin interés de unirse a las plegarias.

Luego de las oraciones, se reunían todos alrededor de la mesa antigua del comedor, a cenar exquisitamente.

 – Entonces, ¿ustedes enseñan la evangelización?

 – La llevamos a todas partes de América –refirió Loan.

 – La palabra del Señor Jesucristo es comunicada a todos los hombres que se acercan al dogma –concluyó Vernet.

Pasado un cuarto de hora había terminado la cena.

Ivana amontonaba las escudillas para llevarlas a fregar a la cocina.

Loan y Vernet, los maestros acompañantes de Antonio, conversaban entre sí, mirando a Leonardo y cuchicheando sobre él.

Antonio parecía cansado de un modo perceptible, adoptaba una posición ceremoniosa entre sus rezos de velada eucarística.

Leonardo sentía una soporosa inquietud en el aire enrarecido.

Antonio, inquieto por una ardida herida que llevaba oculta en su interior desde años atrás, con voz ronca comenzó a relatar a Leonardo y a su madre los sobresaltos de su vida en Las Congregaciones y fuera de ellas.

“Escapé de Las Congregaciones de los monjes franciscanos peregrinos. Los pueblos colonos eran consumidos por el hambre y las pestes. Multitudes de apocados hombres gritaban retorcidos de íngrimas rabias desde los umbrales marismosos de sus casas resquebrajadas, en las negras calles, sorprendidos en medio de aquellas landas de guerra y perdición. En medio de aquellos rumbos infernales iba yo anunciando la evangelización. Volvía al Monasterio sintiendo un amargo sabor de derrota. Allí me solían esperar estos dos monjes, mis más preciados maestros, que humildemente me ofrecían su compañía, su devoción y comprensión.  Cuando salía del Monasterio me alistaba para viajar en las caravanas. Recorría  los pueblos convulsos. Todas las barbaries de los marginados agotaban mis fuerzas y reservas. Pero los días que viajaba, con los monjes, descubría cada vez más la tragedia conjunta de América. En las caravanas escaseaban las viandas y el hambre se apoderaba de todos nosotros, nos azotaba de igual forma como nos azotaba la crueldad del clima. En nuestros cuellos colgaban las camándulas con sus crucifijos de metal cromado, las cambiamos por comida al recorrer los caminos: una crátera de vino dulce y unas migajas de pan al arribar a un mesón del trayecto. Así nos libramos por lo menos de dos días de aguantar hambre y sed. Un poco más tranquilos, en las caravanas, junto a mis maestros, Loan y Vernet, continuamos la travesía en los carruajes empujados por fatigados caballos, cruzando inmensos caminos de valles, planicies y montañas que se abrían ante nosotros como estampas de postales. Un vistoso atardecer, topamos con un Monasterio en medio del vasto camino hacia Ciudad Central. La niebla entre escarchados haces posaba en las alamedas, las desvencijadas gradas del umbral del caserón crujían por entre el viento, el  lóbrego  portón  habitado  por  gigantescas  arañas  revestía emblemas lustrosos acaso de una gloria antes esplendorosa. Se abrió la pesada puerta de la extraña edificación, rechinaron aullantes los antiguos goznes. El monje guardián que de súbito vimos aparecer traía entre sus blancas manos, relucientes cimbalines con los que ocasionaba un tétrico estrépito mientras en lo alto del crepúsculo asomaba una primeriza luna llena. “¿Qué comunidad es ésta?” Preguntó Loan, con inquietud. Pero el monje guardián evadió la pregunta y sólo nos señaló los pasillos del interior del recinto, nos instaba a que lo siguiéramos. Ninguno de los monjes quería bajar de los carruajes a seguir al desconocido. Entonces nos atrevimos a bajar, Loan, Vernet y yo, y a seguir con pasos cansinos al monje guardián. Entramos a la casona y nos internamos dentro del pasillo iluminado débilmente por el cirio que llevaba el monje guardián en sus manos esqueléticas. Tras de nuestras espaldas, el portón se cerró inesperadamente por la fuerza huracanada del viento súbito. Avanzamos guiados por el monje guardián que cada vez se alejaba más y más por entre los extensos pasillos, se perdía entre las laberínticas brumas, y allí daba vuelta, y en otro recoveco hacía lo mismo sostenido por las umbrosas paredes de piedra adobada. Entre mis temores de perderme, yo era como una fiera que se devastaba en vacilaciones. Perseguimos al obcecado guía fugitivo. Cada vez más se extendían los pasillos del misterioso Monasterio de álgidas paredes terrinas, oculto entre las montañas. Después no se vio la luz del velón ni se escuchó una sola respiración ni un leve ruido, tampoco el sonido de los címbalos del monje guardián ni sus pisadas de sombra que huía.

 “- ¿Y el guardián? –Preguntó Loan, con una voz de acento intrigado.

 “- No lo sé –respondió alarmado Vernet.

 “- ¿Qué fue de él? –Pregunté yo al mismo tiempo que respondía-. Me pareció haberlo visto doblar en aquella… parte… -Indiqué con el dedo extendido.

 “- ¿Qué dices? –No escuchaba bien Loan-.  -Digo que nos hemos perdido… -Aclaró.

 “- ¿Y si el guía era un fantasma? –Preguntó alarmado Vernet-. Un fantasma que nos quería hacer entrar aquí con el propósito de perdernos…

 “- ¡No puede ser! –Exclamé, turbado.

 “- ¿Qué dices? –Volvió a preguntar Loan, parecía no escuchar nada, comenzó a sollozar mientras murmuraba oraciones en latín.

 “- ¡No sé, no sé! –Vernet estaba como enloquecido.

 “- ¿Qué le sucede? –Pregunté sin saber quién de los dos contestaría.

“Y en aquellos infinitesimales pasillos, invadidos por el silencio hostil del interior del Monasterio y por una oscuridad avasallante, continuamos caminando adentrándonos mucho más profundamente.  Aguardamos un poco más, esperanzados en que el monje guardián regresara y nos rescatara. Sabíamos que pasaban tediosamente las horas, unas tras otras, y ya estarían preocupados los monjes de las caravanas por nosotros. De pronto era de noche, tal vez amanecía ya. Comenzamos a caminar fatigados, pegado uno del otro, como formando un trencito varado en la oscuridad, tan sofocadamente por los interminables pasillos, hasta que nos rindió el cansancio. Empezamos a llamar a vivas voces al monje guardián, esperando que apareciera, pero nuestras voces de llamado eran inútiles. A aquel hombre se lo había tragado la tierra. El extraño monje guardián se había esfumado misteriosamente en el laberinto de pasillos oscuros. Entonces olvidamos en nuestra angustia y desesperación el monótono transcurrir de las horas. De pronto, al adentrarnos más entre los espeluznantes túneles, escuchamos voces y lamentaciones ruidosas. Y entre más caminábamos por los laberínticos corredores umbríos, más sentíamos el sofoco y el calor, parecía que nos estábamos acercando a un inmenso horno, a un infinito y chispeante mundo subterráneo. Inesperadamente un fulgor, un brillo diamantino se iba apoderando de las paredes, iluminando un poco más el laberinto. Cuando nos asomamos a la boca del final del dédalo, vimos aterrorizados un extendido valle de seres desnudos anudados, lamentándose porque no se podían desasir unos de otros. Ante nosotros había aparecido El Infierno en todo su esplendor macabro. Aterrorizados quisimos salir de aquella fortaleza infernal.

 “- ¡Dios Santo!, esto es… ¡El Infierno! –Dijo Loan, escandalizado y persignándose muchas veces en un zig zag de frenesí.

 “- ¡No puede ser, estamos muertos! –Prorrumpió Vernet en latín, sin poder contener las lágrimas y la tembladera.

 “- ¡Salgamos de aquí, cuanto antes! –Les aconsejé que era mejor devolvernos y no mirar más aquellas visiones infernales que nos podían perder-. ¡Sigamos por acá!

 “- ¡No, es por aquí! –Loan me corrigió, el sendero era dudoso-. ¡Vamos hacia allá!

 “- ¡Jamás saldremos! –Profirió Vernet, enloquecido.

 “- ¡Estamos atrapados en El Infierno! –Sentencié.

“Como locos relapsos corrimos espantados y desbocados por los pasillos. Pasadas unas largas horas y luego de darle la espalda al valle infinito del Infierno, milagrosamente hallamos la puerta y logramos salir del Monasterio embrujado. Afuera del Monasterio cantaban los monjes de las caravanas a la noche mientras esperaban nuestro retorno.  Dimos gracias a Dios por habernos permitido el volver a vivir.

Terminado el fabulesco relato, el silencio reinó por todo el salón.

Ivana, lívida y pálida como una estatua fenomenal, exclamó desde la silla, rompiendo el silencio:

 – ¡Alma de Dios! Entonces, ¡El Infierno existe!

 – ¡Sí!

Y temblaba de miedo y apenas parpadeaba quedamente ahuyentando así el sueño.

– No creo en ninguna de tus malditas palabras… ¿Acaso quieres meternos miedo? –Parecía encolerizado Leonardo.

Loan y Vernet se escrutaban nerviosamente con la mirada, castañeteando los dientes en un frenesí sonoro e inoportuno.

 – No crees, es natural. –Dijo Antonio, suspirando.

 – ¿Y eso es todo lo que tenías para contarnos? –Preguntó Leonardo sin afectación.

Antonio se levantó como para retirarse a la alcoba de huéspedes, pero Leonardo instintivamente lo agarró por un brazo. Dejándolos a todos en la sala, inmóviles e impresionados.

 – Te hice una pregunta. ¿Qué pasa contigo? ¿Acaso querías meternos miedo?

 – No. Es solamente una historia que nos sucedió antes de llegar a Casa Peña y que quería relatar aquí-. Se deshizo del agarrón de Leonardo.

 – ¿Y tenía que ser justamente esta noche? –Volvió a preguntar Leonardo, le brillaban los ojos encolerizados.

 – No encontré otro momento más oportuno –opinó descaradamente el hermanastro.

 – Pues me parece una mala historia contada en un mal momento.

 – ¿Qué te sucede a ti conmigo? Hermanastro…

 – Me sucede que no soporto más tu presencia en esta casa. Me incomoda tu visita inesperada-. Le confesó de frente, a un palmo de la cara, frunciendo el entrecejo. Una extraña vorágine de rabia y enfado agitaba las emociones de Leonardo.

Antonio supo entonces que Leonardo no creía el fabuloso relato del descenso de ellos tres al Infierno, pero tampoco le importaba mucho que creyera o no. Además era una historia bastante usual por esos tiempos plagados de supercherías y supersticiones religiosas, católicas, monásticas

La incomodidad de todos los presentes en la velada nocturnal, era evidente. Y había reforzado más entre Ivana y los dos monjes las creencias de los evangelistas con respecto a la existencia del mundo infernal, El Averno de los conquistadores.  

Leonardo se resistía a la ansiedad de empuñar una barra de hierro y propinar repetidos golpes mortales sobre la cabeza del joven impostor.

Pero Antonio no se sentía amilanado u oprimido por él, volteó la espalda mirando a través de la ventana hacia la noche y permaneciendo como en un trance, pensativo. Cuando le mostró de nuevo la cara a todos, sonreía casi irónicamente. Se acercó a su madre y la retuvo entre sus brazos por un instante, la besó tiernamente en la mejilla.

Todos sentían la atonía de Antonio, y estaban impacientes por marcharse a sus respectivas alcobas, incluyendo desde luego a Leonardo que se sentía desvelado.

Los monjes compartían una murmurante charla entre monerías grotescas.

Y después, Antonio pudo hablar fluidamente, y lo que dijo dejó a Ivana y a Leonardo, perplejos.

 – Nos iremos al amanecer.

Y entre risillas molestas y búfanas, desapareció con los dos monjes que lo seguían, por el interior de la casa.

Efectivamente, como había resuelto Antonio, a las primeras luces del día, él y los dos monjes acompañantes se dispusieron a dejar atrás Casa Peña y el espléndido Valle.

La despedida de Ivana y de su hijo Antonio fue muy emotiva, compartieron abrazos, besos, bendiciones y lloraron en silencio porque cada uno sabía que era la última vez que en vida se verían.

Leonardo los observaba, escénicamente, desde el vano de la puerta de la casa, compartiendo cómplices miradas con los dos monjes instructores.

Éstos aprovisionaron de nuevo a las restablecidas mulas, que habían encontrado pasto fresco en las riberas del río y ya estaban ansiosas de volver a surcar con sus pesadas cargas los caminos de las cumbres.

Pronto todo estuvo dispuesto para el viaje de Antonio y los monjes, Loan y Vernet, que pretendían unirse a las caravanas de legos que huían de las confrontaciones religiosas entre las colonias.

Cuando todo estuvo listo y presto a concluir, Antonio le dijo a su madre:  

 – He querido irme para España y probar suerte recorriendo las tierras europeas…

Antonio alzó la mano a Leonardo en señal de luenga despedida. Luego, acostumbrado a dar la espalda, enfiló su mula hacia el camino, y detrás de él, siguieron los dos monjes y la caravana de mulas apeadas.

Ivana quedó en medio del Valle, abandonada y solitaria, mientras que el viento líquido entre las frondas de los árboles bajaba hasta ella y le alborotaba los largos cabellos encanecidos. Las lágrimas caían de sus ojos a la tierra húmeda del valle, mezclándose con las gotas del rocío de la mañana entre las hierbas. Se sentía desamparada y destrozada por el nuevo abandono de su hijo Antonio. Leonardo no alcanzaba a comprender el total vórtice de confusiones que anidaba su corazón y su alma atribulada. Pero más que nadie, Ivana estaba segura, que Antonio serviría al Salvador de los evangelistas, que sería un monje recto, aunque ella, nunca más lo vería en aquel lazareto donde estaba refugiada desde los tiempos en que decidió ser la última concubina del padre de Leonardo y de Antonio.

Después asomó el ardiente sol por el Oriente, cubriendo de estalactitas fulminantes todo el rededor, bañando a Ivana en su tristeza de madre confinada a otra esfera territorial. A poco, Ivana se fue acercando a Casa Peña, y sin objetar una palabra, entró cubriéndose la cara inundada del escarnio férvido de las lágrimas. Leonardo le abrió paso, ceremonialmente, luego entró a la casa, detrás de ella.

Toda Casa Peña se cubrió de penumbras cuando el sol se ocultó en el corazón de una nube gris y gigantesca. Y cayó pesada sobre los pobladores de Casa Peña.