La bicicleta. Autor: Raúl Mateos Barrena

Daniel y Quique habían decidido faltar a las clases aquella tarde. No era algo que hicieran a menudo, ya que en circunstancias normales el instituto no les resultaba especialmente fastidioso. Sin ser de los mejores estudiantes, tampoco eran de los peores ni mucho menos; habitualmente sus notas solían estar en la media, o incluso un poquito por encima. Pero si asistían aquella tarde corrían el riesgo de pasar un mal trago.

El tema que había explicado el profesor de matemáticas el día anterior les había resultado imposible de asimilar, de modo que habían sido incapaces de resolver los ejercicios que éste había mandado. Así que si les preguntaba el docente sobre ellos, lo más probable es que se llevaran algún punto negativo de su parte, además del regocijo y burla de algún compañero de aula. Ya tendrían tiempo durante el fin de semana de repasar en profundidad el tema en casa e intentar hacer los ejercicios. Y si no lo conseguían ellos solos, les quedaba la opción de pedir ayuda a sus padres, que siempre parecían dispuestos a echarles una mano en los estudios. En cuanto a su falta de asistencia, no les resultaría tan difícil preparar alguna excusa que resultara medianamente creíble en el instituto.

Recién cumplidos los catorce años ambos, hacía ya tiempo que eran amigos inseparables. Vivían muy cerca el uno del otro y siempre que podían se las arreglaban para estar juntos. Sus familias se llevaban bastante bien y parecía agradarles que sus hijos fueran tan buenos camaradas.

Tras dar un largo rodeo al pueblo para evitar ser vistos por alguna persona que pudiera truncar sus planes, encaminaron sus pasos hacia una arboleda cercana, al otro lado de la cual discurría un arroyo de aguas claras y poco profundas en aquella parte de su cauce. Iban a menudo al río, solos o con otros compañeros, a darse un buen chapuzón y, en algunas ocasiones, aprovechaban la excursión para coger ranas que después acababan volviendo a soltar en el riachuelo.

Faltaba todavía un buen trecho para llegar al arroyo cuando, en un pequeño claro, tirada sobre el suelo, bajo la sombra de un gran pino, apareció ante ellos la bicicleta. Daniel y Quique se detuvieron al verla, permaneciendo inmóviles durante unos segundos. Después, abarcaron con la mirada los alrededores intentando encontrar a su dueño. Pero nada se movía, nada se oía salvo los sonidos propios de la arboleda. Pero claro, la bicicleta no había podido llegar allí sola. Alguien tenía que haberla traído. Daniel y Quique se aproximaron. Era una bicicleta bastante vieja, pero no parecía estar rota. Algunas de sus piezas se hallaban un poco oxidadas; otras, cubiertas de polvo o barro. En cambio, las ruedas parecían en buen estado. Todo indicaba que aquella bicicleta podía funcionar. Echaron una mirada por detrás de los árboles por si aparecía el dueño, pero todo estaba en calma. Por allí, no se veía un alma viviente.

Quizá la habían abandonado. Al fin y al cabo, no debía valer gran cosa. Sí, seguro que algún adulto del pueblo se había cansado de ella y la había tirado. Pues era un bonito regalo para ellos aquel día. De modo que, muy contentos por el inesperado hallazgo, la levantaron del suelo y se dispusieron a utilizarla.

Daniel montó delante, y Quique detrás, sentado sobre el sillín, con las piernas abiertas para que Daniel pudiera pedalear. Pero no habían recorrido mucho camino cuando, de pronto, oyeron a sus espaldas un fuerte y furioso vozarrón.

–¡Mi bicicleta! ¡Ladrones! ¡Os voy a matar a palos!

A los dos muchachos se les pusieron los pelos de punta del miedo que les entró. Volvieron la cabeza y vieron fugazmente a un hombre, grandote y grueso, desconocido para ellos en principio, que empuñaba un grueso bastón y corría tras ellos sin cesar de gritar y proferir amenazas.

A Daniel, que era el que conducía, lo único que se le ocurrió fue huir de allí lo más rápido posible. Quizá si hubiera tenido tiempo para pensar con calma, habría decidido bajarse de la bicicleta y pedirle perdón al individuo que los perseguía. Quizá hubieran podido dejar tirada la bicicleta y escapar corriendo, con lo que la furia del hombretón se hubiera aplacado.

Pero aquellos gritos, aquel bastón en alto unos metros detrás de ellos no les dieron tiempo para reflexionar. Daniel comenzó a pedalear con todas sus fuerzas mientras que Quique, pegado como una lapa a la espalda de su amigo, apenas si podía mantenerse sobre el sillín por el estrecho y sinuoso sendero. Con el susto que llevaban en el cuerpo, ni siquiera sentían los golpes que se daban con las ramas de los árboles que encontraban a su paso. De vez en cuando volvían la vista atrás buscando a su perseguidor, aunque apenas si lograban verle en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, como el hombre seguía gritando, sabían que no cejaba en su persecución aunque la distancia que les separaba se fuera haciendo poco a poco mayor. La voz del grandullón sonaba cada vez más lejos y espaciada. Pese a ello, Daniel continuaba su pedaleo sin tomarse un respiro. Era necesario perder de vista definitivamente al dueño de la bicicleta porque la situación ahora ya sí que no tenía arreglo. Se habían convertido en unos ladrones. Cruzaron el río por un viejo puente de piedra y continuaron su marcha por el camino, sin saber adónde les conduciría éste, ya que nunca se habían alejado tanto del pueblo salvo cuando viajaban con sus padres en coche.

Veinte minutos más tarde salían del bosque. Daniel y Quique bajaron de la bicicleta y se tumbaron en el suelo, respirando con ansia. La huída les había dejado asfixiados. Consideraron que su perseguidor debía de encontrarse ya muy lejos. No se oían sus gritos desde hacía un buen rato. Tal vez, era lo más probable, habría renunciado a sus propósitos de echarles el guante, ya que pocas personas podrían resistir tanto tiempo corriendo. De todas formas, tampoco permanecieron mucho tiempo Daniel y Quique tumbados. Lo justo para recuperar el aliento y descansar brazos y piernas. Acto seguido, volvieron a subir a la bicicleta –esta vez lo hizo Quique delante y Daniel sobre el sillín– y reemprendieron el camino. De momento, el sendero no tenía ninguna salida, así que tenían que continuar en la dirección que llevaban, alejándose de la arboleda y del pueblo, y aproximándose al desconocido y agreste monte.

Después de un buen rato de constante pedaleo, el sudor cubría la piel de los muchachos. El sol castigaba de firme, y Daniel y Quique, cansados y sedientos, volvían a sentirse preocupados. No tenían ni idea de hacia dónde se dirigían. La senda tendría que desembocar en alguna parte. Sin embargo, no habían visto una sola persona, una sola casa, desde que salieron del bosquecillo. Y, de eso, hacía ya mucho tiempo. De todas formas, la principal preocupación de los chicos era saciar su sed y refrescar sus cuerpos, empapados en sudor.

Por fin, tras remontar una pequeña loma, divisaron de nuevo el serpenteante río, y al otro lado de un deteriorado puente de madera, una casa de magnífico aspecto. En los alrededores no se veía ninguna persona, pero se podía apreciar que la casa no estaba en absoluto abandonada. La blancura de sus muros y el aspecto tan cuidado de los jardines que la rodeaban denotaban que la construcción estaba habitada, pese a su aislamiento. Incluso se divisaba el azul del agua de una piscina junto a la casa.

Los dos amigos se fueron acercando despacio y contemplaron encandilados aquella piscina. En esos momentos, era lo que más deseaban en el mundo. ¡Cuánto darían por bañarse en esa piscina! Y, sin embargo, no se atrevían a traspasar los setos que les separaban de la magnífica casa de campo. Aquello era propiedad privada; habría gente, aunque no la hubieran visto. Es posible que hubiera hasta un guarda. Pero, por otra parte, se encontraban tan sedientos, tan acalorados…

Fue entonces cuando vieron que, a la derecha de la finca pero no demasiado cerca de ella, existía también un pequeño estanque artificial, disimulado tras unos arbustos y repleto de agua al igual que la piscina. No lo dudaron un momento. Ni siquiera se quitaron la pegajosa ropa que llevaban puesta antes de zambullirse. Tampoco volvieron a mirar la piscina; después de lo que habían pasado, el estanque era algo fantástico y ninguno de los dos podía pedir más.

Estuvieron un buen rato dentro del agua procurando no hacer ruido, no fuera que los residentes de la casa de campo advirtieran su presencia y se metieran en un nuevo lío. Pero estaba visto que aquél no era el día de suerte de Quique y Daniel. De pronto, cuando ambos muchachos descansaban tumbados bajo la sombra de los arbustos, empezaron a oírse apagados ladridos de perros. Los dos chicos saltaron como un resorte y descubrieron en la lejanía dos grandes perros que corrían velozmente en dirección hacia el estanque.

En menos de un segundo, Daniel y Quique se encaramaron sobre la bicicleta y emprendieron la huída. Esta vez, la situación era muy diferente; el grandullón que les persiguiera en el bosque era mucho más lento que aquellos dos feroces perros que parecían volar sobre los matorrales. La distancia que separaba a los muchachos de los canes disminuía rápidamente. Gotas de sudor volvieron a recorrer la frente de los dos amigos. Los furiosos ladridos que escuchaban a sus espaldas, cada vez más cerca, les tenían aterrorizados. Las piernas de Daniel giraban vertiginosas dando vueltas a los pedales, mientras las cabezas de ambos chicos se esforzaban por encontrar alguna solución para salvarse de los perros.

Pero ninguna idea brillante se les ocurría. Daniel seguía pedaleando con frenesí, provocando que en cada curva la bicicleta estuviera a punto de salirse del camino y estrellarse contra algún árbol. Estaban ya los muchachos cerca, muy cerca, de alcanzar de nuevo el puente de madera. Los ladridos de los perros sonaban cada vez más próximos. Quizá al llegar al puente los perros se detuvieran. ¡Ojalá acabara ahí su territorio de vigilancia! Si continuaban su persecución, no cabía duda de que sólo un milagro podría salvar a los jóvenes.

Entraron Daniel y Quique al puente a toda velocidad. Y lo que apareció al otro lado del puente les dejó horrorizados. El grandullón con el bastón en alto cerraba la otra salida. Frenaron en seco la bicicleta en mitad del puente. Los fieros canes entraban ya con sus salvajes ladridos por un lado; el grandullón con su contundente arma tapaba el otro. Los chavales se miraron entre ellos y sin decirse nada comprendieron que ambos estaban pensando lo mismo. Sólo les quedaba una alternativa: saltar desde el puente al río.

Dejaron tirada la bicicleta y se encaramaron a la barandilla del puente de madera. La corriente bajaba con mucha fuerza en aquella zona del arroyo; tampoco tenían ni idea de si la profundidad de las aguas sería suficiente para no estrellar sus cuerpos contra el lecho del río. Si eran aguas poco profundas podían hasta matarse en la caída.

Volvieron a mirarse entre ellos.

–¡Suerte! –dijo Daniel–. Yo salto.

–¡Suerte! –repitió Quique–. Yo también.

Y con un grito desgarrador ambos se lanzaron al río. Aún les dio tiempo a oír la salvaje carcajada del grandullón mientras sus cuerpos se precipitaban al vacío.

Afortunadamente para los chavales, la profundidad del agua era suficiente en aquella zona para que sus cuerpos no se estrellaran contra el fondo del arroyo. Y la corriente, aunque fuerte, no les impidió dejarse arrastrar río abajo sin correr peligro de morir ahogados. Poco a poco la distancia que separaba a los chavales del puente fue haciéndose mayor. Unos minutos después, el río hacía un remanso en su cauce que aprovecharon Daniel y Quique para acercarse a la orilla y pisar tierra firme.

Miraron a lo lejos hacia el puente. Todavía se distinguía la figura del hombretón con su grueso bastón en alto y los dos perros a su lado. Todavía llegaba a sus oídos, apagada ya por la distancia, su salvaje carcajada.

La sirena de San Marcos. Autor: Humberto Hincapié

Los dos carros llegaron hasta el final de la carretera y fueron parqueados debajo de los frondosos árboles para protegerlos del calor infernal de ese día de marzo en que por primera vez viajaba a esta alejada aldea a cumplir con mis obligaciones de funcionario del departamento de recursos naturales. Me acompañaban cinco subalternos que se encontraban tan emocionados como yo de visitar la selva tropical del pacifico colombiano. La verdad es que no estábamos muy lejos de la civilización, pues Buenaventura quedaba sólo a dos horas de distancia, sin embargo, nos sentíamos a miles de kilómetros de la civilización. Una vegetación tupida con todos los tonos de verdes y amarillos, el canto de las chicharras, las ranas  y los pájaros era algo incomparable y hermoso y en las cercanías el rumor de las aguas del río que corrían suavemente hacia su destino final, el mar.

Después de unos minutos de espera, apareció Rafael nuestro guía, y pasados los saludos del caso, nos echamos las mochilas a la espalda, nos subimos a la canoa e iniciamos nuestro recorrido de cinco kilómetros viajando rio arriba hacia San Marcos que era la aldea a la que nos dirigíamos.

Perdonen ustedes, pero no me he presentado. Soy Emiliano Moreno, ingeniero de minas de profesión y en este caso particular, les estoy narrando los hechos que ocurrieron en esta región cuando fuimos a estudiar la posibilidad de explotar comercialmente oro en el río Munguidó, gracias al descubrimiento casual de una rica veta de oro por uno de los habitantes de esta aldea. Era nuestra labor la de recomendar la mejor manera para que los habitantes de San Marcos se beneficiaran económicamente de esta inesperada riqueza que les cambiaría su forma de vida radicalmente, pues hasta el momento ellos dependían de la tala de los bosques, vendiendo la madera a compañías papeleras y vivían felices sin afanes ni preocupaciones como lo habían hecho sus antecesores desde los tiempos de la esclavitud, cuando fugándose de las haciendas y de las minas, buscando la libertad, vinieron a vivir a estas selvas que les recordaban sus paraísos africanos y como ellos, los habitantes de hoy en día, viven de la abundante pesca de los rios y quebradas, los cultivos de plátanos, yuca y frutas, especialmente el chontaduro, que en la época de cosecha vendían a los comerciantes que los llevaban a las ciudades. Dicen las malas lenguas que debido a la fama de esta última fruta de ser un afrodisiaco, la población de la aldea aumentaba en un buen número de negritos nueve meses después de la cosecha.

Al salir de un recodo del río divisamos la aldea, un buen número de casas de bahareque unas con techos de láminas de zinc oxidadas por el tiempo y otras con techo de palmas típicas de los sitios donde viven las comunidades negras de la costa del pacifico, gente buena y alegre que ha desarrollado una cultura muy particular, especialmente en el folclor que lo vive, lo canta y lo baila con el alma, el cuerpo y el espíritu. En el playón del río, un buen número de personas nos esperaban, entre ellas Emilio Buitrago el inspector de policía que había sido la persona que solicitó nuestros servicios y Jesús María Ocoró, el baqueano que descubrió la veta de oro en la quebrada Valenzuela.

En las horas de la tarde recorrimos todos los ranchos y conocimos la mayoría de los habitantes, todos ellos muy simpáticos, alegres, dicharacheros, en fin, con una alegría contagiosa que nos hizo sentir en casa. Cuando el sol empezaba a ocultarse, varias personas organizaron unos fogones en la playa y nos regalaron una deliciosa comida de pescado frito con arroz, fríjoles, plátanos y yuca. La noche llega temprana en la selva y de pronto desde una de las casas salió un grupo de músicos seguida de un grupo de bailarines y hasta muy tarde en la noche presenciamos el más extraordinario desfile musical al son de currulaos, la juga, el berejú y el patacoré, ritmos que esta gente lleva en lo más profundo de sus almas contándonos las tradiciones que se han venido transmitiendo de generación en generación desde los tiempos de la esclavitud. La música de la marimba y los tambores creaban un ambiente mágico acentuado por las fogatas que iluminaban a los bailarines en esa danza sensual y cadenciosa donde los cuerpos se acercan y se alejan incitando e invitando al amor en un juego en el cual el hombre propone y la mujer dispone. Había cuatro parejas jóvenes bailando y una de las chicas se distinguía por su hermosura. Su piel de ébano, su rostro hermoso, su sonrisa, su porte y el movimiento de sus brazos, sus caderas y pies llevando con absoluta perfección el ritmo del baile y un algo en toda ella que no se puede describir ya que simplemente lo único que un ser humano desearía hacer al encontrársela, sería morir de felicidad haciéndole al amor.

Con disimulo le pregunté al inspector por ella y me dijo que llamaba Josefa y era la chica más popular de la aldea y por consiguiente la más pretendida. Que su belleza era conocida por todos los negros de la región que querían llevársela para sus ranchos, pero la muy condenada solo tenía ojos para su novio Ramiro, que era el apuesto y musculoso negro que estaba bailando con ella. Bien tarde en la noche terminó la fiesta y en la playa solo quedaron tres o cuatro personas durmiendo la borrachera.

Al día siguiente, a eso de las nueve cargamos las canoas con todo lo necesario y los bogas iniciaron la marcha río arriba hacia la quebrada donde estaba la veta de oro. Alegres cánticos salían de las gargantas de los negros llevando el ritmo de la música con los remos.

“Cuando dos se están queriendo… oí… ve…
y no se alcanzan a hablar… oí… ve…
por el ojo de una aguja… oí… ve…
se mandan a saludar… oí… ve…”

En medio de la alegría de todo el grupo y los cantos, contemplamos un paisaje de fantasía, aguas puras transparentes en charcos de engañosa profundidad ya que el fondo parece que se pudiese tocar  con la mano y en realidad es de cuatro o cinco metros de profundidad. De vez en cuando podíamos ver pescados enormes pasar a toda velocidad.

Unos minutos más tarde, llegamos al primer raudal, que los negros llaman “Chorros”, son sitios donde se hace más fuerte la pendiente y el río adquiere gran velocidad golpeando las rocas y el fondo, el agua da a las rodillas y es necesario bajarse y empujas las canoas río arriba en medio del ruido ensordecedor de la corriente. De esta manera alternándose los charcos y los chorros, después de cuatro horas llegamos a la quebrada. Las bogas limpiaron con sus machetes el sitio escogido para campar y en el término de dos horas armaron el campamente donde estaremos por una semana diseñando y organizando la mejor manera de explotar el oro aluvial.

Jesús María nos llevo al sitio donde descubrió la veta de oro. Mientras caminábamos vadeando la quebrada, nos contó como al estar cortando madera, una noche mientras dormía cayó una fuerte tormenta y la quebrada se creció llevándose varios árboles de la orilla. Al otro día mientras pasaba por uno de los árboles caídos vio la roca con la veta de oro y en el fondo una pepita de oro unos tres centímetros de tamaño. Olvidándose de la madera, pasó el resto de la semana buscando y recogiendo pepitas que pesaron 6 gramos de oro puro que le dieron unos cuantos miles de pesos. Con la inocencia propia de quienes viven en estas selvas, compartió su hallazgo con los compañeros de la aldea y en unos cuantos días lograron cambiar completamente sus condiciones de vida. Fue el inspector de policía, un hombre honrado y cauteloso quien les recomendó asesorarse del gobierno para legalizar la situación y lograr explotar adecuadamente la riqueza aurífera de la quebrada. Esta es la razón por la cual viajé a este sitio con personas de mi absoluta confianza para establecer el más conveniente sistema de explotación del oro.

En el transcurso de la semana recorrimos el área y determinamos los sitios donde se abrirían los canales para lavar el oro, recomendamos el sistema del bateo como el más apropiado que, aunque se hace a base del lavado manual, no contamina como es el caso de sistemas mecánicos de separación y el uso de cianuro y mercurio que son altamente contaminantes y peligrosos para la salud.

En las horas de la tarde de cada día, disfrutábamos de la pesca, nos reuníamos a comer y terminábamos con una alegre velada donde los negros nos deleitaban con su buen humor, sus historias y canciones que han pasado de generación en generación. Una vez definida la manera de desarrollar la minería regresamos a San Marcos y luego a nuestras oficinas dando por terminada nuestra labor en la costa del pacífico y con la creencia de que todo iba a funcionar bien.

Cinco años más tarde tuve la oportunidad de regresar a San Marcos en un viaje de pesca y me encontré un panorama desolador: La fiebre del oro al igual que en Norteamérica trajo gente extraña al poblado, gente cuya ambición superaba la hermandad imperante en ese villorrio, gente cuyo objetivo era enriquecerse rápidamente, atropellando las costumbres e idiosincrasia de los nativos de San Marcos. Aparecieron las casas de lenocinio en las cuales los hombres dejaban el fruto de estar toda una semana con el agua a la cintura moviendo una batea en busca de unos brillantes pedacitos de polvo de oro, hombres y mujeres que tumbaban parte de la ribera del río en busca del precioso pero dañino metal. Dañino por que las peleas estaban a la orden de día, terminaban con la mutilación de alguno de los miembros de uno o varios contendientes e incluso con difuntos que dejaban huérfanos familias con numerosa prole. Aparecieron los paisas comerciantes como ellos solos, que fiaban a los mineros las provisiones de la semana para luego cobrar con gramos de oro lo fiado con balanzas arregladas a favor suyo.

Muchas parejas se dejaron influenciar por el brillo del oro, y así, cada día San Marcos se descomponía más socialmente y todos estaban preocupados hasta el punto de que tanto los sacerdotes como los pastores que visitaban el caserío, hacían sus mejores esfuerzos con los feligreses para que regresaran a la paz y temor de Dios que en otra hora imperaba en el villorrio. Tanto invocando el amor mutuo como con el temor del más allá, el infierno y Satanás se oían las prédicas de los representantes del Supremo para que los nativos y extraños cambiaran su ligereza en la vida. Incluso Camila que era una negra que tenía fama de bruja sentenció “si este pueblo no se compone vendrá una avalancha y se lo llevará, pero además aparecerán monstruos que cobrarán ese desordenado vivir a todos”

Tuve la suerte de encontrar a Emilio Buitrago, que todavía ejercía las funciones de inspector de policía contándome como todo había cambiado por la ambición, causando un terrible daño ecológico con el uso de técnicas no recomendadas, tales como ácidos y mercurio que habían degradado el río de tal manera que el pescado había desaparecido y me contó la triste historia de Ramiro y su novia, la hermosa y sensual negrita Josefa, que un buen día le dio la buena noticia de que estaba embarazada. Con el transcurso de los días, la exuberancia y sensualidad de Josefa dio paso a las bellas formas de una futura madre, su lujurioso caminar se volvió cansino, pero en sus ojos brillaba la felicidad y sus perfectos y blancos dientes seguían riendo con gracia sin par.

Llegado el día, las parteras del poblado se alistaron y a los primeros dolores de Josefa, estuvieron prestas a auxiliarla. Negros, paisas y todo tipo de gente estaba pendiente del parto de Josefa. Dentro del rancho, Josefa seguía las indicaciones de las comadronas y cuando ocurrió el nacimiento, un grito desgarrador rompió el silencio, Ramiro y las parteras no podían creer lo que veían, una hermosa criatura con la belleza de su madre, pero con los pies unidos semejando una sirena.

Cada uno cobró su predicción, la bruja Camila reclamó para sí la predicción de que nacerían monstruos, el sacerdote católico, el pastor protestante argumentaban que era castigo del Supremo, mientras el rio moría por los altos contenidos de mercurio que tenía.

El inspector terminó la historia, diciéndome que la sirena de San Marcos, había muerto a los cinco días de nacida y Ramiro y Josefa se habían marchado del pueblo rio arriba a buscar el hogar de sus ancestros en las profundidades de la selva del pacífico colombiano.

Perdido en la ciudad. Autor: Rusvelt Nivia Castellanos

Todo este misterio fantástico, me sucedió hace unos días. Era la mañana de un lunes caluroso. Yo deambulaba por las calles de París, queriendo evitar el trastorno que padecía. Me sabía exasperado, sufrido en paranoia. Tenía la mente pesada. Por eso andaba tomando aire, para calmarme. Trataba de olvidar los problemas. A solas, ya divisaba las mansiones del barrio Montmartre. Las fachadas eran clásicas, estaban adornadas con jardines. Como humilde colombiano, exploré cada unas de esas estructuras gigantescas. Tal particularidad, claro que de a poco me desahogó, así pude equilibrar los pensamientos, apreciando las afueras. Eso fue haber encontrado el futuro ante mis ojos. En lo personal, quedé pasmado. Se percibía la esperanza. Además las mozas, con sus pañoletas rojas en la cabeza, salían a los balcones para oír a los pájaros. Desde temprano, ellas presentían sus cánticos de fiesta, añorando a los sizerines. Entre tanto, yo admiré a las mujeres. Sus bellezas colmaban todo con docilidad. De manera inesperada, hacían resurgir el alboroto en medio de las plazas y por lindas, posaban como modelos en tanto los fotógrafos les hacían el arte.

Mientras, sucedió lo fortuito, yo cogí de rumbo en bajada por unas escaleras. Y pensé que en las cosas simples, muchas veces aparece la felicidad. De paso, rebasé a varios poetas malditos. Algunos de ellos, inquirieron en mi espíritu según como sus rostros permanecían impasibles. De a poco, se dejaban arrastrar por la misma despreocupación. Casualmente uno de esos rapsodas, quien tenía puesto un sombrero, fumaba bajo un almendro, viendo nomás pasar a la gente y esta contemplación, quizá la hacía para espolear su inspiración, luego para poetizarla.

En tanto lo individual; se me perdió el tiempo, volteé en una esquina de perfumes, fui recorriendo los andenes, seguí adelantando al destino y pronto, pasé por un parque amarillo, crucé sus prados, sin detenerme. De efecto, los rapsodas se quedaron atrás y solos con sus quimeras. A lo distinto, por allí había varios niños jugando a ser libres. Los unos dichosos, se resbalaban por un rodadero y los otros risueños, montaban en columpio. En cuanto a lo preferido, yo los precisé por un tiempo, ellos se sabían fraternos. Acto seguido, reanudé de camino a pie. Avancé con pleno despabilo. Tanto que no recapacité en como volver por los distritos ya transitados. Eso vagué por entre diferentes edificios y muchos callejones, sin desgana. Cada vez más, quedaba hechizado con esta capital famosa. Por lo linda, sus portales me empujaron hacia otros sitios desconocidos.

Ya pasada una hora, me di cuenta de que estaba perdido. Lo primero que hice fue tratar de no asustarme, ni ponerme a llorar. De reacción, llamé a un transeúnte con la mano para que viniera adonde yo resistía, sin embargo el señor no entendió y salió corriendo. Ante tal situación, fui al restaurante que había al frente mío. Actué sin pensarlo ni nada. Llegué allí sólo por intuición. Cuando estuve adentro, un camarero se me aproximó con prudencia. Iba vestido de blanco. Dijo unas palabras en francés que no descifré. Para lo mejor, le formé un rectángulo con los dedos, aparte de haberle ejecutado una mímica como pintor. Por suerte, el señor adivinó esta petición. Comprendió, que yo era extranjero. Entonces extrajo de su bolsillo una libreta con un lapicero, pronto me entregó esas dos cosas.

Gracias a ello, pude dibujar la plaza de Tertre. Una vez acabé lo pretendido, el hombre de ojos azules, logró reconocer aquel sitio. Lo examinó con detenimiento. A su razón; tomó el boceto entre sus manos, figuró un muñeco donde nosotros estábamos con el restaurante y después trazó un camino que llevaba a la plaza de culto.

Bien, mucho tiempo después, llegué a donde los maestros de Tertre. Fue extenuante la caminata, no lo niego. Aunque ya estando allá, entre ellos y sus cuadros, volví de repente a estar tranquilo. Se me disipó lo confuso. Desde ese paraje; recordé en cómo ir hasta el hotel Menosal, donde llevaba varias noches de estadía.

Así que por lo vivenciado, fui hasta aquel edificio de tres pisos. Más cuando ingresé al cuarto donde dormía, sentí alivio al observar mi máquina de escribir intacta, aún con la hoja llena de letras hasta la mitad. En sucesión, para no recaer en ningún otro percance, me puse a terminar este cuento.

 

El tren de las ilusiones. Autor: Humberto Hincapié

Odio ir a la ciudad en el carro. Me siento frustrado en mitad de la congestión de tráfico sin poder avanzar, sin encontrar en la calle un sitio donde dejarlo, lo cual me obliga a buscar un parqueadero que cuesta un ojo de la cara. La verdad es que los dueños de esos sitios son unos atracadores que nos roban con el beneplácito de las autoridades. Por esa razón, cada vez que debo ir, prefiero tomar el tren como lo hice esta mañana.

A las nueve tomé el tren en Gosford  que es el pueblo donde vivo. Ya ha pasado la hora pico, así es que hay menos pasajeros y podemos darnos el lujo de viajar cómodamente sentados. Como siempre, busco la ventanilla del lado izquierdo porque, a los pocos minutos de marcha, el tren bordea el mar y nos regala un hermoso paisaje de la costa de la región donde vivo. Diez minutos más tarde para en el próximo pueblo con nombre aborigen “Woy Woy”. Unos pocos se bajan y un ruidoso grupo de estudiantes con sus profesores se suben felices porque los llevan para el zoológico en la ciudad. Estoy de buenas, esos ruidosos muchachos pasan derecho y se mueven al siguiente vagón del tren dejándonos en paz disfrutar del viaje.

Seguimos el viaje, el tren deja brevemente el mar y se desliza como una gigantesca serpiente de plata entre los bosques de eucaliptos. Luego entra en un túnel y a la salida nos encontramos en el inmenso estuario del rio Hawkesbury que desemboca al mar en una villa de ensueño llamada “Patonga”. La vista es simplemente extraordinaria. Un inmenso espejo de agua reflejando el paisaje, unos patos de colorines que pasan volando en fila india y me dicen adiós con su cua cua, de cuando en cuando peces saltando en el agua cazando insectos. Los habitantes de esta región tienen sus criaderos de ostras, que son de una enorme demanda en los restaurantes de Sydney. Sigo disfrutando de este lindo paisaje, hasta que pasamos un largo puente  sobre el rió y el tren para en la estación de un hermoso y pequeño pueblo turístico llamado Brooklyn y al reiniciar la marcha empieza a ascender la montaña.

A partir de este momento, vamos a viajar entre los bosques hasta que subimos a la cima y se inicia el descenso hacia la ciudad. Como el paisaje cambia y es menos interesante, saco mi libro de los maestros latinoamericanos y me dedico a releer a Borges. No sé cuantas veces he leído al maestro, pero cada vez me gusta más esa manera magistral de llevarnos al mundo de los sureños de la pampa argentina con su forma primitiva y ruda de vivir sus sueños, sus realidades y sus amores desgraciados. Leo “La intrusa” En este cuento me fascina la manera como Borges describe la vida de los Nilsen y esa frase machista y dolorosamente hermosa cuando Cristián le dice a su hermano Eduardo “Yo me voy a una farra en lo de  Farías. Ahí tenés a la Juliana; si la querés usala”.

Sigo absorto dedicado a disfrutar de cada palabra, cada frase que sale de la inspiración de este gran maestro. Siento que el tren disminuye la marcha, para en otra estación, sigo leyendo. Alguien pasa por mi lado y se sienta al frente. Un perfume de gardenias y jazmines entra hasta lo más profundo de mí ser. Dejo el libro y levanto la vista. Y allí, allí al frente mío, está esa hermosa criatura. Por tres segundos me mira con ojos  llenos de promesas de amor y un esbozo de sonrisa a manera de saludo que me deja sin respiración.

Cierro el libro y a partir de ese momento me olvido del maestro, y con el mayor disimulo posible me dedico a disfrutar de esta  obra de arte que se ha sentado al frente mío. Tiene un rostro perfecto de madona del renacimiento, unos senos enhiestos desafiantes y provocativos. La verdad es que me faltan palabras para describir su belleza, porque es esa clase de mujer que  nació para amar y ser amada. Creo que es amor a primera vista. Para evitar molestarla con mi mirada, la enfoco a través del reflejo de la ventanilla, allí está de medio perfil y se ve más hermosa todavía.

Cierro los ojos y empiezo a imaginar cómo este viaje fortuito podría cambiar mi vida para siempre si me atreviera a dirigirle la palabra para decirle que desde el momento que sentí su perfume embriagador me enamoré perdidamente de ella. Debo confesar que soy un hombre mayor y casado y mirando a esta mujer siento una especie de crisis interna porque no sé cómo voy a decirle a mi mujer de cuarenta y tres años de matrimonio, que en este tren he encontrado el amor de mi vida y que estoy pensando seriamente en separarme. Me imagino que se va a poner furiosa que a estas horas de la vida vaya a cambiarla por una chica que parece ser menor que la menor de nuestras  cuatro hijas.

El tren hace otra parada. Una mujer excedida de kilos se sienta al lado mío y prácticamente me aplasta. No me cambio de asiento porque prefiero morir asfixiado que dejar de contemplar a la mujer de mis sueños. Sigo soñando despierto que este ha sido el día más afortunado de mi vida y que de ahora en adelante todo va a ser felicidad. Ahora contemplo seriamente que lo que debo hacer es presentarme debidamente a esta criatura. Claro está, que debo escoger el momento oportuno, si mi vecina de asiento se baja del tren y me deja respirar. Como si Dios me hubiera escuchado, la señora se baja del tren en Asquith. Respiro a mis anchas por unos momentos y después de recobrar mi compostura me dedico a soñar despierto y contemplar mi princesa encantadora.

El tren disminuye su marcha al aproximarse a la estación de Hornsby. Mi amor se pone de pie y se dirige hacia la salida. Pasa por el lado mío sin mirarme, me ignora por completo. Su actitud me disgusta. Cómo es posible que no se haya dado cuenta que estoy perdidamente enamorado de ella y no se digne a darme una mirada. Deja el tren y camina por la plataforma con pasos firmes buscando la salida de la estación. A último momento y en un impulso atrevido, me levanto del asiento rápidamente y salgo del tren un segundo antes que las puertas se cierren. Corro detrás de ella y la alcanzo cuando sube las escalinatas. Camino al lado de ella, debo hablarle, tengo que decirle que ella ha cambiado mi vida, que deseo vivir con ella para siempre. Respiro profundo tres veces para controlar los latidos de mi corazón y cuando voy a abrir la boca para decirle que la amo, un hermoso y corpulento joven la abraza y la besa apasionadamente en los labios. Se alejan felices sin darse cuenta que me han herido de muerte. Me siento desfallecer, creo que me voy a desmayar. A los pocos minutos me recupero, me devuelvo cabizbajo y humillado, compro otro tiquete y espero el siguiente tren para continuar mi viaje a la ciudad. Creo que mi esposa es una mujer muy afortunada. Hoy casi me separo de ella.

 

Metanoia. Autor: Héctor López Rubio

La habitación está vacía; reina un profundo silencio. Los muebles cumplen su papel de sedimento efímero mientras la alfombra polvorienta y sucia hace tiempo que abandonó el sueño de volar. Dos grandes ventanales emergen de la tarima crujiente y alcanzan el techo tres metros más arriba. O quizá son tres mil… Cortinas ajadas enmarcan su cristal en cuadrícula, que permite pasar una luz que transmite cierta esperanza. El cielo es azul, límpido, y el tibio calor del sol derrite la nieve acumulada en las aceras. Jeff siente la tibieza de sus rayos sobre una piel surcada por las arrugas de experiencias únicas. Porque no es verdad que la habitación esté vacía. Reposa su cuerpo consumido, retorcido como las raíces de un viejo árbol, sobre una silla de ruedas de apagados brillos metálicos. Sus exiguas piernas languidecen tapadas por una manta vieja. Su cabeza ladeada a la izquierda; su cara contraída en un rictus grotesco y atemporal. Jeff mira a través de los ventanales y la nieve evoca en su mente, lo único que funciona ya en él, recuerdos de aquellos días turbulentos y salvajes. La templada caricia del sol abona sentimientos ya casi olvidados, abandonados en el baúl de la memoria de aquel otro hombre que un lejano día fue. Aquel joven fuerte y atormentado, atrapado en un cruce de caminos cuyos destinos él creyó poder unir en uno solo.

Jeff puede oír cómo la puerta de la habitación se abre a sus espaldas pero es incapaz de girar la cabeza. Siente una enorme desazón. ¿Será ella? Una enfermera arranca sonidos de madera quebrada del entarimado, sus zuecos blancos pisando con firmeza. Se aproxima a Jeff y comprueba que todo está en su sitio. Él se viene abajo; no, no es ella, tan sólo otra persona más con la que es incapaz de comunicarse.

Fluyen sus pensamientos hacia aquella otra falta de entendimiento. Aquel padre que le tenía por un loco, una especie de hippie de las cumbres, y que tiró de él hacia uno de aquellos otros senderos. La empresa de material de montaña que fundó con Richard, quién resultó ser una carga más pesada que un macuto repleto de piedras.

Aquella otra bella senda, Helen. Su pelo negro y su sonrisa, sus cálidas manos. Todavía siente el amor de su mirada y sus besos recorren aún su piel seca y sin vida. El fruto de ese amor le proporcionó un deleite efímero. Su hija, lo mejor que Jeff ha ayudado a hacer en la vida. La dueña de su corazón, que sigue latiendo a marchas forzadas.

Todo lo abarcó y todo lo perdió en una cascada helada, imposible de escalar. La empresa quebró, su esposa le abandonó y la imagen de su hija se congeló en la de un lindo ángel de dos años de edad que voló hacia una ciudad inalcanzable. Los senderos se transformaron en abismos imposibles de superar. Sus paredes resbaladizas, inasibles, sin grietas ni repisas. Resbaló en caída libre hacia una sima insondable.

¿Es ese su coche? Aparca. Parece su pelo. Sí cariño, ven…Por favor, abrázame…No, no es ella…

Jeff sufre pero ya no puede llorar ni suplicar ayuda. Mendiga un cariño profesional que no pide y las manos que le acarician distraídamente le parecen bloques de hielo que queman su piel hambrienta.

Aquella depresión, aquellos dos meses de agonía y soledad destruyeron sus cadenas. Liberaron a Jeff de su temor, de sus deudas con los genes y la sociedad domesticada. Una mañana de primavera, igual que esta, emergió de su apartamento con una palabra que significaba todo, que daba sentido al sufrimiento y a la pérdida:

Metanoia.

Anduvo de vuelta por las trochas y sendas transitadas en pos de los sueños de otros y tomó por fin otra dirección: la suya. Un camino que para todos era una extraña y retorcida forma de suicidio pero que para él significaba un renacimiento explosivo, una forma de escribir una partitura única que regalara significado y alegres melodías al blues del perdedor en el que se había convertido su vida.

Decidió hacer frente al Ogro, ese monstruo suizo que había acabado con la vida de sesenta personas. Una mole de nieve y hielo de paredes pulidas como sus íntimos abismos que levantaba cuatro mil metros sobre las aguas tempestuosas de su mar interior.

Eiger.

Suena el timbre de la puerta principal y escucha los pasos de la enfermera. La puerta se abre y dos voces femeninas conversan. Es ella. Ha venido por fin… La quiero tanto. Necesito sentir su reposo, necesito poder verla una vez más antes de… Pasan los minutos y nadie entra en su salón solitario, y los fantasmas que flotan en ese aire denso se hacen cada vez más pesados y caen a plomo sobre el corazón de Jeff.

Pero Jeff no cayó durante aquellos terribles nueve días de 1991, sino que voló pegado a las paredes del majestuoso Eiger como si fuera un albatros remontando el vuelo contra las escarpaduras de un acantilado. Fueron las jornadas más duras y a su vez más felices de su compleja existencia. Ninguna de las tormentas demenciales que le aplastaron contra aquella pared doblegó su mente ni partió su frágil cuerpo humano. No importó que tuvieran que rescatarle en helicóptero de aquella cima para la historia. Las aspas de la libélula elevaron a Jeff hacia los cielos mientras observaba la nieve flotando en mágico torbellino, como si la última punta rocosa, el último filo agudo, creara brillantes estrellas blancas que viajarían con el viento helado para decirle al mundo que Jeff Lowe era el primer hombre en ascender la cara norte del Eiger.

La vía Metanoia.

Siente una profunda emoción, una mezcolanza de nostalgia y alegría a partes iguales que le hacen sentirse vivo, encerrado en ese cuerpo degenerado y arrugado. Sin embargo, poco a poco, acompañando al lento decrecer de la luz del sol, su esperanza se apaga. Atardece y las sombras de los objetos se alargan. Penetran amenazantes por esos ventanales que dan al mundo y tiran del alma de Jeff hacia la sima de la desesperación. Hacia la única salida que encuentra para esta vida de pobreza, para esta agonía que le ha transformado en una planta marchita. Otra voz de mujer llega a sus oídos a través de las delgadas paredes de este viejo sanatorio. Tan sólo el cambio de turno de las enfermeras, alcanza a pensar mientras su alma cae en un sopor mortífero. Otro día esperándola; una nueva agonía.

La puerta de la sala se abre despacio y unos tacones prometen bellas posibilidades. Un perfume conocido, suave, adornado con notas infantiles, despierta en Jeff los recuerdos de una niña dulce y hermosa. Siente una mano sobre su hombro, una mano que sube hasta su cuello, unos dedos que acarician su mejilla. Ella se inclina y aproxima sus labios hasta rozar la oreja de Jeff. Susurra las palabras que tanto deseaba escuchar.

Papá, soy yo. Ya pasó todo, querido papi. Olvida todos esos pensamientos oscuros. Por fin he reunido el dinero para los medicamentos y el ordenador de voz. Te vas a poner mejor y vamos a poder hablar durante toda otra vida. ¡Te quiero papá y jamás te abandonaré!

Un escalofrío recorre la columna vertebral de Jeff, el último rayo de luz de este atardecer, que parece haber viajado hasta su cuerpo a través de las caricias, los susurros y las bellas palabras de su hija. Una luz hermosa que marca de nuevo una senda no transitada, un desandar el camino y tomar un rumbo lleno de esperanza.

Metanoia.

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Metanoia (del griego μετανοῖεν, metanoien,cambiar de opinión, arrepentirse, o de meta, más allá y nous, de la mente) es un enunciado retórico utilizado para retractarse de alguna afirmación realizada, y corregirla para comentarla de mejor manera. Su significado literal del griego denota una situación en que en un trayecto ha tenido que volverse del camino en que se andaba y tomar otra dirección.

El Eiger es una montaña de 3970 m de altura de los Alpes berneses de Suiza, que forma parte del conjunto Jungfrau-Aletsch-Bietschhorn declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001. Es el pico más oriental de la cadena que se extiende cruzando el Mönch (4099 m) y la Jungfrau (4158 m). La ladera septentrional de la montaña se alza alrededor de 3 km sobre  Grindelwald y otros valles habitados del Oberland bernés, y la cara meridional queda frente a la región del Aletsch,Jungfrau cubierta por algunos de los glaciares más grandes de los Alpes

El Eiger se menciona ya en documentos del siglo XIII pero no existen referencias claras del origen de su nombre. Las tres montañas de la cresta se llaman -normalmente de izquierda a derecha- el Ogro (Eiger), el Monje (en alemán Mönch) y la Doncella (en alemánJungfrau, que se traduce como “Virgen” o “Doncella”). El nombre ha sido relacionado con el término latino acer, que significa “agudo” o “puntiagudo”, pero más comúnmente con el alemán eigen, en el sentido de “característico”. Dado que es una montaña mítica del alpinismo por la dificultad de su cara norte, en la que han muerto muchos montañeros, se justifica el nombre de “Ogro“.

Jeff Lowe fue uno de los más punteros alpinistas de su generación. En 1974 realizó la primera ascensión de las Bridalveil Falls (III, WI5+) en libre, una escalada en hielo de cascada inimaginable para la época, que pronto se encargó de superar él mismo al repetirla en solitario. En 1978, realizó una escalada impresionante en la arista norte del Latok I con su primo George Lowe, Michael Kennedy y Jim Donini (se quedaron a 150 m de la cima). En 1979, realizó la primera ascensión en solitario de una ruta nueva en la cara sur del Ama Dablam. Durante los años ochenta también realizó primeras ascensiones al Skyang Kangri (Pakistán), Kwangde, Kangtega y Tawoche (Nepal), además de la primera repetición –en solitario y en invierno– del Pilar Sureste del Nuptse. La escalada mixta actual le debe también tributo, pues suya fue la concepción del grado ‘M’ con la primera de Octopussy M8 (Colorado) en 1994.

Aunque probablemente fue Metanoia (VII, 5.10, M6, A4), en la cara norte del Eiger, su mayor creación. La hizo en un arrebato que muchos de sus amigos consideraron suicida, después de dos meses sin escalar y cuando atravesaba una serie de problemas personales. Pasó nueve días de invierno en la terrorífica Nordwand y salió indemne. La ruta sirvió de eje a un documental sobre la vida de Jeff Lowe, gravemente afectado desde hace años por una enfermedad degenerativa que lo ha relegado a una silla de ruedas.