¿Te ayudo?. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

“Hombres sin mujeres”. Lucía empezó a leer el libro de cuentos de Murakami cuando alguien se sentó junto a ella.

Desde la sala de embarque, Lucía, a sus treinta y cinco años, había rezado para que durante el vuelo de Madrid a Lima, pudiera conocer a un hombre bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero.

Y le pareció haberlo visto.

Haciendo la fila para mostrar el pasaporte, un muchacho de pelo castaño y chaqueta celeste, le regaló una suave sonrisa y le cedió su turno.

¿Sería él?

Volvió a fijarse en su sonrisa.

Ya en el avión, sin embargo, temió haber exagerado con su pedido al cielo al sentarse junto a ella, vestido de negro, con tan solo una pequeña tira blanca en el cuello, el propio Representante de Dios en la Tierra.

Once horas.

—¿Serán once horas suficientes para confesarle mis pecados? —pensó al ver al sacerdote persignarse mientras se desvanecían sus esperanzas de conversar con el muchacho de la suave sonrisa.

Lucía, sin ser tan devota, se santiguó tres veces para estar protegida en caso de turbulencias.

Despegaron.

Siguió leyendo a Murakami.

El primer cuento trataba de lo mal que conducen autos las mujeres.

Una voz femenina se escuchó por el altoparlante. —Les habla la capitana —dijo, dando a continuación los detalles del vuelo.

—¡Dios mío! —reflexionó Lucía—. Aunque se quejen de la forma de manejar de las mujeres, confío en que sepan hacerlo surcando cielos.

El sacerdote volvió a persignarse.

Lucía lo observó tratando de adivinar si se santiguaba por convicción o por miedo.

—Mi nombre es Giorgio —le dijo dándole la mano y obligándola a abandonar sus pensamientos.

—Soy Lucía —respondió ella solemne intentando, a pesar de su pronunciado escote, ajustado vestido y desarrollada figura, parecer sin pecado concebida.

—Estuve en Roma. Visité al Papa —añadió el cura.

Y antes de que le empezara a predicar la palabra de Cristo y pretendiera averiguar sus pecados concebidos, ella lo tuteó con la voz cortante advirtiéndole así que no estaba dispuesta a contarle su presente, su futuro y menos aún, su pasado:

—¿Siempre quisiste ser sacerdote?

—La historia es larga —respondió el hombre—. Pero tenemos tiempo.

—¿Cómo fue el llamado del Señor?

—La verdad —explicó Giorgio—, él no fue quien me llamó primero. Antes, fui policía. Y de los corruptos.

Lucía, dejó caer el libro de Murakami al suelo. Trató de recogerlo de inmediato.

—Además, me encantaban las mujeres y tomaba licor seguido — continuó el cura agachándose solícito para ayudarla y entregárselo.

La conversación fue interrumpida por la azafata quien les sirvió la cena.

Giorgio pidió dos botellitas de vino tinto.

Y mientras comían y el sacerdote se explayaba con su historia y bebía entusiasmado, Lucía trataba de comprender cómo ese hombre alto y fornido, había sido todas esas cosas de las que se ufanaba sin recato y muchas otras aún más terribles que, cual dama, ella pretendía no escuchar.

—¿Pero qué fue lo que te alejó de la corrupción, el alcohol y las mujeres? —insistió Lucía.

—Una suma de cosas —respondió el religioso acomodándose en su asiento—. Estuve por morir varias veces. Primero, en Santa Elena, el pueblo colombiano donde nací. En esa época mataban a los policías. A mí me descubrieron y allí, tirado en el suelo, con la pistola en la sien, le prometí al Señor que si me ayudaba, le dedicaría mi vida. Me salvó, pero no le dediqué nada. Yo andaba enamorado y estaba contento con mi trabajo.

—Ya lo creo —afirmó ella.

—Sin embargo —agregó él—, una tarde para visitar a una amiga, tomé un bus en un horario diferente al usual. Al día siguiente supe que el vehículo en el que hubiera viajado se estrelló. El Señor me volvió a salvar. Empecé a participar en retiros espirituales. Me escapaba de la comisaría para poder asistir. Un día, el obispo pidió que se pusieran de pie quienes estaban dispuestos a casarse con Dios. Yo no entendí la pregunta y me paré. Quería casarme, ¡pero con una mujer! Casi me llevan al seminario. Me di cuenta entonces que yo buscaba tranquilidad, amor, alguien con quien ser feliz. Todo, lo encontré en el Señor.

En ese momento, la capitana ordenó a los pasajeros que se abrochen los cinturones ya que venían turbulencias y las turbulencias los envolvieron y allí, en medio de la tormenta, Lucía no fue capaz de dedicarle a Dios su vida y, asustada, al lado de aquel hombre que no debía tener mujeres, para evitar cualquier acto que pudiera ponerlo en aprietos, se cubrió con una manta y durmió el resto del viaje.

Se despertó con el anuncio del aterrizaje y con la cabeza bien plantada en el hombro de Giorgio y la de él acurrucada sobre la suya.

—¡Dios mío! ¡Perdóname! ¡Nunca quise dormir con un sacerdote! —suplicó con vehemencia viendo a su compañero de viaje persignarse breves y reiteradas veces e imaginándose qué hubiera sido sucedido si en lugar del bendito cura, el muchacho de la sonrisa suave se hubiera sentado al lado de ella.

Ya en tierra, se despidió de Giorgio diciéndole:

“Creí que iba a confesarte mis pecados, pero lo hiciste tú”.

Sin pronunciar palabra alguna el sacerdote encendió sus ojos verdes en Lucía, desconcentrando a la pobre mujer.

Lucía fingió no haberse dado cuenta de su mirada, se acomodó el vestido y volvió el rostro hacia su bolso para guardar el libro de Murakami.

—¿Acaso no podían existir hombres sin mujeres? —se preguntó.

Fue en ese instante cuando se imaginó que si ella, una simple mortal, le había suplicado al cielo sentarse junto a un muchacho bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero, ¿qué es lo que el cura, con sus divinas influencias, habría pedido?

—Con razón que Giorgio se persignaba tanto —decidió ella—. No lo hizo por convicción ni miedo. ¡Fue por agradecido!

Lucía sintió rabia e intentó ponerse la chaqueta para seguir su camino.

—¿Te ayudo?

Y el libro de Murakami volvió a caer al suelo.

Los invasores de Cielo Roto. Autor: Fran Nore

Cielo Roto es un pueblo remoto, un poblado rodeado de tierras húmedas y con valles hermosos.

Casa Peña es un antiguo caserón construido en el centro de un exuberante valle por las campañas militares del difunto capitán Cristóbal Ruiz.  

Los guías que eran de Cielo Roto nos presentaron a los dueños de aquellas hermosas tierras, un hombre llamado Leonardo y una mujer que parecía muy posiblemente su madre, pero que más tarde supimos que se trataba de su madrastra. Les propusimos el negocio de que nos vendieran un terreno, y entonces Leonardo dijo que lo pensaría y más adelante nos lo haría saber por intermedio de los guías. Como ya estaba encima de nosotros la noche, los propietarios muy amablemente nos ofrecieron hospedaje y comida. Y esa noche la pasamos allí, conociendo la inmensa casa y un poco de los gustos y de la vida de los caseros.

Era una casona vieja muy bonita, aunque en algunos aspectos algo descuidada, pero yo le sugerí al propietario que, con unos cuantos arreglos y decoraciones, con la contratación de unos buenos albañiles, con unos retoques de pintura, quedaría de nuevo espléndida.

A las primeras luces del siguiente día nos fuimos de Casa Peña y retornamos al pueblo de Cielo Roto donde estábamos hospedados en el Hotel La Montaña.

Pero a la semana siguiente nos llegaron las buenas noticias de los guías que habíamos contratado, Leonardo había accedido a vendernos un lote en aquel magnífico valle. Y no pasó más de un mes y ya teníamos comprado un terreno en aquel paradisiaco valle donde pensábamos radicarnos. Y Mila se puso feliz. Le prometí que le construiría la casa más bella de todos esos fríos alrededores. Después de tres meses, contraté personal y se empezaron los trabajos de la primera etapa de construcción de la casa, y Mila y yo pudimos abandonar el hotel del pueblo donde estábamos residenciados y nos trasladamos a vivir a las primeras habitaciones construidas de la casa nueva en el valle. Y Mila estaba feliz. Después de cinco meses más de ágil construcción, finalizó la segunda etapa y la casa nos fue entregada ya totalmente terminada. Y Mila estaba más feliz. La casa nueva estaba conformada por dos salas, cuatro habitaciones grandes y confortables, una cocina amplia y  bien acondicionada, dos dormitorios para huéspedes, tres baños de inmersión, una gran alberca, una pequeña piscina en el jardín, dos patios enrejados, un balcón en el segundo piso y dos mansardas que serían utilizadas como dormitorios con vista al valle. Las tablas de las mansardas fueron pintadas de dorado, por lo que bautizamos el lugar como La Casa de las Mansardas Doradas. Y Mila estaba verdaderamente muy feliz. Pero los propietarios del valle vendieron cerca de nuestra casa nueva, otros terrenos más grandes, a unos inversionistas venezolanos y otros brasileños que también estaban por el pueblo de Cielo Roto adquiriendo tierras para trabajar y hacer producir, y éstos asociados como en una sola familia construyeron otra casa cerca de la nuestra, a la que bautizaron con el poético nombre de La Casa de la Luna Yunta. Allí se instalaron dos familias, una de chamos y otra carioca. Entonces las inmediaciones del valle que tanto nos gustaba, no dejaban de recibir forasteros de otras tierras, cada vez más con las pretensiones de instalarse allí y construir magníficos albergues. Y Mila ya no estaba tan feliz. Luego llegaron los residentes del centro del país que también se mudaron al valle luego de comprar un terreno al lado del río y de construir en él una casa verdaderamente bella que llamaron La Casa de las Puertas Torvas, porque así lucían sus puertas, dándole a la mampostería de la edificación un toque refinado y de buen gusto árabe. Allí se instaló otra familia adinerada que disfrutaba del vecindario.

Entonces Mila y yo ya no nos sentíamos tan felices ni tan solos, si no que ahora teníamos un montón de nuevos vecinos por conocer, y nos sentíamos incómodos por aquella repentina invasión. Sabíamos que de igual manera se sentían los propietarios del valle que nunca se dejaron ver por el río o por los alrededores de las casas nuevas, ni siquiera para curiosear. Todo el tiempo se mantenían encerrados en Casa Peña, haciendo no sé sabe qué actividades. Nunca visitaron a nadie y nunca recibieron visitas de los nuevos vecinos, excepto para recibir el dinero de los terrenos vendidos. Los habitantes de Casa Peña habían entrado en un silencio absoluto en comparación con los nuevos vecinos que eran ruidosos. No nos extrañó, a Mila y a mí, que quisieran distanciarse. Luego me bendijo Dios con la buena noticia de que Mila estaba preñada. Se impregnó La Casa de las Mansardas Doradas de aires de bienvenida por el nuevo visitante. Por fin veía consagrado mi sueño de formar una familia. Y como la felicidad se había instalado en mi vida, con la bienaventuranza del advenimiento de la criatura que crecía dentro de Mila, se había disipado de mi corazón esos artilugios de desolación y desamparo que arrasaron con mis años de juventud cuando vivía en Europa.

Con el tiempo nació una bella niña, que llamamos Idalba. Mila se sentía feliz, cobró rubicundas fuerzas, se vistió de gala con las flores del valle, finamente cubrió su rostro con mantilla de seda, y hasta los nuevos vecinos de las otras casas vinieron a visitarnos con la intención de conocer a nuestra hija.

Pero cuando se marchó el invierno entre gemidos diluvianos por entre los arroyos del río y llegó el rápido verano con sus florecientes promesas de alegría y de felicidad, Mila se sintió enferma, sufría temblores de fiebre. Aún así no descuidaba ni por un minuto a la pequeña Idalba, que era todo para nosotros: bendición y purificación excelsa de nuestro amor.

Idalba creció pronto entre risillas traviesas mientras observaba volar los pajaritos y las orquestas de mariposas de colores, unida fuertemente por la similitud genética a su madre. Cada fragante mañana, se le veía correr por las riberas del río persiguiendo conejos, acariciada por los rayos solares, ungida con aceite vegetal por su madre Mila, inventando juegos entre las marañas y los brezos, escondida en las grutas o queriendo alcanzar los pajarillos que se marchaban de los árboles caídos obstruyendo los caminos.

Aunque Mila y yo teníamos una familia, Mila estaba cansada ya de la vida en La Casa de las Mansardas Doradas, quería que nos fuéramos a vivir al pueblo de Cielo Roto o a otro lugar que estuviera a orillas del mar, no era bien seguro, simplemente se le ocurrió una tarde en que se sintió agotada. Yo trataba de disuadirla, de hacerla comprender que era demasiado pronto para viajar con la niña tan chiquita. Entonces Mila se enfermaba cuando yo le llevaba la contraria, no sé por qué tenía tantos altibajos en su estado de ánimo. Parecía que el valle la influenciaba a esos desajustes emocionales, no sé si la atmósfera del lugar tenía que ver con aquellas emociones dispares de Mila.

Pero alguna vez caminando por las riberas del río, Mila miró su rostro en las aguas estancadas de un lago formado por el arroyo, y descubrió horrorizada que estaba enferma y había envejecido. Fue a contarme su impresión, sintiéndose desgraciada, entonces yo me reía y le decía que estaba siendo presa de visiones. Empezó a llorar como nunca la había visto antes, menos mal, nuestra hija no estaba en casa, si no dando paseos por ahí, de lo contrario, se hubiera sentido afectada por el raro comportamiento de su madre. “No es nada, sólo son impresiones tuyas.” Le decía.  Pero sus lágrimas más se multiplicaban, parecía inconsolable, yo trataba de abrazarla y protegerla, de hacerla desistir de acumular vacías visiones enfermosas. La acariciaba y le susurraba canciones, parecía estar reducida a comportarse como un bebé marginado.  “Dime, Mila, ¿por qué te pones así? ¿qué te pasa?” “No me dejes.”  Me suplicaba con los ojos atacados por la purulencia de las visiones del valle que hacían efecto instantáneo en ella. “Pero, ¿qué es lo que te pasa? Has de haber comido por ahí alguna planta alucinógena.” “No, no, tienes que creerme…” Yo sabía que Mila todo lo estaba imaginando.

Las lluvias comenzaron a cundir en esos días y entraban por las hendiduras de los techos. Algunas goteras mojaban los cabellos de Mila y apaciguaban un poco su fiebre. Pero su incansable desvarío me estaba atemorizando cada vez más y más.  

La niña comenzó a notar las raras actitudes de su madre, Mila lograba asustarla.

Yo creía que de verdad se estaba volviendo loca, pero no sabía el motivo que ocasionaba sus espejismos demenciales. Algunas veces llegué a verla por los senderos del valle, corriendo desesperada. Bajaba de la casa a acompañarla, y le decía: “Tranquila, no desesperes.” Pero Mila estaba confundida y desorientada. Apenas me hablaba, guardando sus temores, tenía los ojos desorbitados, sentía la sofocación que trae consigo la cercanía de una enfermedad incurable, los desmesurados desvaríos de Mila me ocasionaban encendidas e indecibles expresiones de cetrino tormento. “¡Ocúltame de ellos!” Señalaba el aire con los dedos. Estaba ebria de desquicio. Yo la introducía en la casa, aprovechando que la niña estaba por ahí inventando juegos. La ocultaba de su delirio, según mis adoptadas y urgentes indicaciones. Ella se metía entre las telas del lecho de nuestra cama de esponsales, y de allí no salía en todo el día hasta que estuviera segura de que sus fantasmas ya no la perseguían y que habían desistido de torturarla con sus presencias invisibles. Pero luego sentí que se reventaban también los nervios de mi paciencia. “¡Estoy cansado de esto!”  “¡No me dejes, no me dejes!” “¡Estoy cansado de ocultarte! ¿De quién, de quiénes? ¡Yo no veo a nadie!”  “¡Míralos, son ellos, son ellos, están ahí, esperando que yo salga para castigarme!”  “¡Ya basta, Mila!” Y ella seguía temblando de miedo bajo las sábanas, como si tuviera mucho frío. Yo la examinaba, le tocaba la frente y le sentía mucha fiebre, los ojos los tenía enrojecidos. Lo mejor era llevarla al pueblo de Cielo Roto, donde un doctor. Pero ella se resistía. Fueron los comienzos de mi tormento y de mi desventura. Ella estaba de súbito, perdida en la locura. La fiebre del desvarío se presentaba como cicatrices enraizadas y rojos furúnculos marcando con saña su rostro. Ahora Mila sollozaba lágrimas trémulas, estremecida de pies a cabeza, mientras los detestables insectos del valle entraban por toda la casa invadiendo cada partícula de aire. Y cada día que pasaba era peor, Mila estaba mucho más enferma, parecía que un bicho la hubiera picado o un gusano se le hubiera metido en la cabeza, o, lo peor, que un espíritu maligno del valle se hubiera introducido dentro de su cuerpo.

En la noche invadía la casa ataviada de difuntas risas que me estremecían el sueño. La niña lloraba desde su recámara.

Hasta que una mañana en que el verano prometía nuevas flores del regreso, ella no pudo levantarse más del lecho. “Mila, voy a ir al pueblo a traer un doctor.”  “¡No seas! No ves que ya estoy muerta.” “No digas eso. Dime, ¡por el amor de Dios!, ¿qué te pasa?, ¿qué sientes?”  “Cuando yo muera, prométeme que cuidarás mucho a nuestra hija.” Yo asentía demudado, con la cabeza, como si sus palabras fueran avalanchas que sepultaban mi vida. “Tú no te vas a morir. No quiero que te mueras.” “Cuídala mucho, es nuestra hija.” “Yo la cuidaré, descansa.”

Y descansó, pues la muerte le llegó rápido una noche y remedió su locura. Cavamos su tumba cerca de la casa, en el alto de una colina que daba detrás de Casa Peña, los propietarios del valle llamaban a ese lugar El Cementerio de la Colina India. Allí estaban enterrados los padres de Leonardo, como más tarde me contó él en el funeral de Mila.

Fueron a su entierro los habitantes de las casas del valle. La niña Idalba no podía creerlo y yo no podía resistirlo, Idalba estaba vestida de negro escarlata, sosteniendo en sus manos ramos de flores amarillas. La vieja Ivana cantaba con incógnita tristeza mientras el viento sepultaba los rasgos de las fosas entre mieses enlodadas.

 – No se desanime, hombre, ya vendrá a su vida otra mujer-. Trataba de reconfortarme Leonardo, el dueño del valle.

Muerta Mila, yo me sentía empequeñecido, arrastrado al desconsuelo. Deseaba que a mí también me sobreviniera una enfermedad que en suma me distrajera de los tristes pensamientos que giraban en torno a mi cabeza aturdida. Ignoraba qué le había podido ocurrir a Mila, qué había visto, qué había sentido, cuál era el origen de su locura y luego presta muerte. Su imagen quedaba en mi mente con un sabor incierto. Pero no podía dejarme vencer por los acontecimientos, estaba ahora de por medio la crianza y educación de Idalba, se lo había prometido a Mila, que me haría cargo de ella en todos los aspectos.

 – Pero yo no quiero otra mujer, sólo quería a Mila.”

 – Mila, Elizabeth, Ibis, lo mismo da. Todas las mujeres son iguales, llega una y se va la otra, así sucesivamente… -Opinaba Leonardo-. Dele tiempo al tiempo y verá que las cosas se componen.

Su desenfado me trastornaba. Para él era muy fácil decir patrañas con el propósito de subir mi alicaído estado de ánimo. Y perfectamente Leonardo sabía que todo lo que decía o intentaba decir con respecto a la cruda situación no lo justificaba. Por fin se quedó callado, tratando de pensar y concluir que todo lo que decía consciente o inconscientemente estaba de más. Pude al menos respirar más tranquilo, sin la presión de las palabras de pesado confortamiento de Leonardo. Las canciones de Ivana oprimían de melancolía mi corazón, mi alma estaba sedimentada en el dolor. La niña Idalba aparecía inmóvil, pálida como una pequeña estatua. Mirándola, extraños pensamientos se agolpaban en mi cerebro, buscando una salida o intentando hallar una solución para no dejarla en aquel desamparo materno del cual se sentía presa. La hermosura de la niña Idalba no contrastaba con la taciturna ceremonia de sepultura de Mila.

Leonardo se aprestaba a dar un discurso sobre la muerte de Mila, no sé por qué quería atreverse a hablar de ella, cuando ni siquiera la conoció en su verdadera estampa humana. Por supuesto que se lo impedía, no quería que nadie manchara con la tosquedad de las palabras, sin acorde expresión, la memoria de Mila. Y aunque me dijo que el discurso era corto y sencillo, y quiso explicarme el contenido de éste, yo insistía en no permitirle ni dejarlo pronunciar su trivial e inoportuno argumento. Sé que pensaba de mí que era un mañoso, pero era preferible a tener que escuchar sus comentarios fuera de contexto.

Las tristísimas canciones de despedida de Ivana comprimían cada vez más mis sentimientos.

Viaje ad inferos. Autor: Fran Nore

Ese bifurcado anochecer la vigilia podría ser tormentosa.

Desfallecido, pero confortado de la caminata por los alrededores del valle, Antonio regresaba a la casa y se reunía con los dos monjes maestros a empezar las oraciones en el altar de la sala donde Ivana tenía sus santos protectores. Alababan a Dios y pedían favores divinos.

A poco se reunía Ivana que seguía las oraciones en un férvido delirio.

Leonardo se crispaba de asco, los observaba desde una esquina de la sala, inmóvil, sin poder gesticular, sin interés de unirse a las plegarias.

Luego de las oraciones, se reunían todos alrededor de la mesa antigua del comedor, a cenar exquisitamente.

 – Entonces, ¿ustedes enseñan la evangelización?

 – La llevamos a todas partes de América –refirió Loan.

 – La palabra del Señor Jesucristo es comunicada a todos los hombres que se acercan al dogma –concluyó Vernet.

Pasado un cuarto de hora había terminado la cena.

Ivana amontonaba las escudillas para llevarlas a fregar a la cocina.

Loan y Vernet, los maestros acompañantes de Antonio, conversaban entre sí, mirando a Leonardo y cuchicheando sobre él.

Antonio parecía cansado de un modo perceptible, adoptaba una posición ceremoniosa entre sus rezos de velada eucarística.

Leonardo sentía una soporosa inquietud en el aire enrarecido.

Antonio, inquieto por una ardida herida que llevaba oculta en su interior desde años atrás, con voz ronca comenzó a relatar a Leonardo y a su madre los sobresaltos de su vida en Las Congregaciones y fuera de ellas.

“Escapé de Las Congregaciones de los monjes franciscanos peregrinos. Los pueblos colonos eran consumidos por el hambre y las pestes. Multitudes de apocados hombres gritaban retorcidos de íngrimas rabias desde los umbrales marismosos de sus casas resquebrajadas, en las negras calles, sorprendidos en medio de aquellas landas de guerra y perdición. En medio de aquellos rumbos infernales iba yo anunciando la evangelización. Volvía al Monasterio sintiendo un amargo sabor de derrota. Allí me solían esperar estos dos monjes, mis más preciados maestros, que humildemente me ofrecían su compañía, su devoción y comprensión.  Cuando salía del Monasterio me alistaba para viajar en las caravanas. Recorría  los pueblos convulsos. Todas las barbaries de los marginados agotaban mis fuerzas y reservas. Pero los días que viajaba, con los monjes, descubría cada vez más la tragedia conjunta de América. En las caravanas escaseaban las viandas y el hambre se apoderaba de todos nosotros, nos azotaba de igual forma como nos azotaba la crueldad del clima. En nuestros cuellos colgaban las camándulas con sus crucifijos de metal cromado, las cambiamos por comida al recorrer los caminos: una crátera de vino dulce y unas migajas de pan al arribar a un mesón del trayecto. Así nos libramos por lo menos de dos días de aguantar hambre y sed. Un poco más tranquilos, en las caravanas, junto a mis maestros, Loan y Vernet, continuamos la travesía en los carruajes empujados por fatigados caballos, cruzando inmensos caminos de valles, planicies y montañas que se abrían ante nosotros como estampas de postales. Un vistoso atardecer, topamos con un Monasterio en medio del vasto camino hacia Ciudad Central. La niebla entre escarchados haces posaba en las alamedas, las desvencijadas gradas del umbral del caserón crujían por entre el viento, el  lóbrego  portón  habitado  por  gigantescas  arañas  revestía emblemas lustrosos acaso de una gloria antes esplendorosa. Se abrió la pesada puerta de la extraña edificación, rechinaron aullantes los antiguos goznes. El monje guardián que de súbito vimos aparecer traía entre sus blancas manos, relucientes cimbalines con los que ocasionaba un tétrico estrépito mientras en lo alto del crepúsculo asomaba una primeriza luna llena. “¿Qué comunidad es ésta?” Preguntó Loan, con inquietud. Pero el monje guardián evadió la pregunta y sólo nos señaló los pasillos del interior del recinto, nos instaba a que lo siguiéramos. Ninguno de los monjes quería bajar de los carruajes a seguir al desconocido. Entonces nos atrevimos a bajar, Loan, Vernet y yo, y a seguir con pasos cansinos al monje guardián. Entramos a la casona y nos internamos dentro del pasillo iluminado débilmente por el cirio que llevaba el monje guardián en sus manos esqueléticas. Tras de nuestras espaldas, el portón se cerró inesperadamente por la fuerza huracanada del viento súbito. Avanzamos guiados por el monje guardián que cada vez se alejaba más y más por entre los extensos pasillos, se perdía entre las laberínticas brumas, y allí daba vuelta, y en otro recoveco hacía lo mismo sostenido por las umbrosas paredes de piedra adobada. Entre mis temores de perderme, yo era como una fiera que se devastaba en vacilaciones. Perseguimos al obcecado guía fugitivo. Cada vez más se extendían los pasillos del misterioso Monasterio de álgidas paredes terrinas, oculto entre las montañas. Después no se vio la luz del velón ni se escuchó una sola respiración ni un leve ruido, tampoco el sonido de los címbalos del monje guardián ni sus pisadas de sombra que huía.

 “- ¿Y el guardián? –Preguntó Loan, con una voz de acento intrigado.

 “- No lo sé –respondió alarmado Vernet.

 “- ¿Qué fue de él? –Pregunté yo al mismo tiempo que respondía-. Me pareció haberlo visto doblar en aquella… parte… -Indiqué con el dedo extendido.

 “- ¿Qué dices? –No escuchaba bien Loan-.  -Digo que nos hemos perdido… -Aclaró.

 “- ¿Y si el guía era un fantasma? –Preguntó alarmado Vernet-. Un fantasma que nos quería hacer entrar aquí con el propósito de perdernos…

 “- ¡No puede ser! –Exclamé, turbado.

 “- ¿Qué dices? –Volvió a preguntar Loan, parecía no escuchar nada, comenzó a sollozar mientras murmuraba oraciones en latín.

 “- ¡No sé, no sé! –Vernet estaba como enloquecido.

 “- ¿Qué le sucede? –Pregunté sin saber quién de los dos contestaría.

“Y en aquellos infinitesimales pasillos, invadidos por el silencio hostil del interior del Monasterio y por una oscuridad avasallante, continuamos caminando adentrándonos mucho más profundamente.  Aguardamos un poco más, esperanzados en que el monje guardián regresara y nos rescatara. Sabíamos que pasaban tediosamente las horas, unas tras otras, y ya estarían preocupados los monjes de las caravanas por nosotros. De pronto era de noche, tal vez amanecía ya. Comenzamos a caminar fatigados, pegado uno del otro, como formando un trencito varado en la oscuridad, tan sofocadamente por los interminables pasillos, hasta que nos rindió el cansancio. Empezamos a llamar a vivas voces al monje guardián, esperando que apareciera, pero nuestras voces de llamado eran inútiles. A aquel hombre se lo había tragado la tierra. El extraño monje guardián se había esfumado misteriosamente en el laberinto de pasillos oscuros. Entonces olvidamos en nuestra angustia y desesperación el monótono transcurrir de las horas. De pronto, al adentrarnos más entre los espeluznantes túneles, escuchamos voces y lamentaciones ruidosas. Y entre más caminábamos por los laberínticos corredores umbríos, más sentíamos el sofoco y el calor, parecía que nos estábamos acercando a un inmenso horno, a un infinito y chispeante mundo subterráneo. Inesperadamente un fulgor, un brillo diamantino se iba apoderando de las paredes, iluminando un poco más el laberinto. Cuando nos asomamos a la boca del final del dédalo, vimos aterrorizados un extendido valle de seres desnudos anudados, lamentándose porque no se podían desasir unos de otros. Ante nosotros había aparecido El Infierno en todo su esplendor macabro. Aterrorizados quisimos salir de aquella fortaleza infernal.

 “- ¡Dios Santo!, esto es… ¡El Infierno! –Dijo Loan, escandalizado y persignándose muchas veces en un zig zag de frenesí.

 “- ¡No puede ser, estamos muertos! –Prorrumpió Vernet en latín, sin poder contener las lágrimas y la tembladera.

 “- ¡Salgamos de aquí, cuanto antes! –Les aconsejé que era mejor devolvernos y no mirar más aquellas visiones infernales que nos podían perder-. ¡Sigamos por acá!

 “- ¡No, es por aquí! –Loan me corrigió, el sendero era dudoso-. ¡Vamos hacia allá!

 “- ¡Jamás saldremos! –Profirió Vernet, enloquecido.

 “- ¡Estamos atrapados en El Infierno! –Sentencié.

“Como locos relapsos corrimos espantados y desbocados por los pasillos. Pasadas unas largas horas y luego de darle la espalda al valle infinito del Infierno, milagrosamente hallamos la puerta y logramos salir del Monasterio embrujado. Afuera del Monasterio cantaban los monjes de las caravanas a la noche mientras esperaban nuestro retorno.  Dimos gracias a Dios por habernos permitido el volver a vivir.

Terminado el fabulesco relato, el silencio reinó por todo el salón.

Ivana, lívida y pálida como una estatua fenomenal, exclamó desde la silla, rompiendo el silencio:

 – ¡Alma de Dios! Entonces, ¡El Infierno existe!

 – ¡Sí!

Y temblaba de miedo y apenas parpadeaba quedamente ahuyentando así el sueño.

– No creo en ninguna de tus malditas palabras… ¿Acaso quieres meternos miedo? –Parecía encolerizado Leonardo.

Loan y Vernet se escrutaban nerviosamente con la mirada, castañeteando los dientes en un frenesí sonoro e inoportuno.

 – No crees, es natural. –Dijo Antonio, suspirando.

 – ¿Y eso es todo lo que tenías para contarnos? –Preguntó Leonardo sin afectación.

Antonio se levantó como para retirarse a la alcoba de huéspedes, pero Leonardo instintivamente lo agarró por un brazo. Dejándolos a todos en la sala, inmóviles e impresionados.

 – Te hice una pregunta. ¿Qué pasa contigo? ¿Acaso querías meternos miedo?

 – No. Es solamente una historia que nos sucedió antes de llegar a Casa Peña y que quería relatar aquí-. Se deshizo del agarrón de Leonardo.

 – ¿Y tenía que ser justamente esta noche? –Volvió a preguntar Leonardo, le brillaban los ojos encolerizados.

 – No encontré otro momento más oportuno –opinó descaradamente el hermanastro.

 – Pues me parece una mala historia contada en un mal momento.

 – ¿Qué te sucede a ti conmigo? Hermanastro…

 – Me sucede que no soporto más tu presencia en esta casa. Me incomoda tu visita inesperada-. Le confesó de frente, a un palmo de la cara, frunciendo el entrecejo. Una extraña vorágine de rabia y enfado agitaba las emociones de Leonardo.

Antonio supo entonces que Leonardo no creía el fabuloso relato del descenso de ellos tres al Infierno, pero tampoco le importaba mucho que creyera o no. Además era una historia bastante usual por esos tiempos plagados de supercherías y supersticiones religiosas, católicas, monásticas

La incomodidad de todos los presentes en la velada nocturnal, era evidente. Y había reforzado más entre Ivana y los dos monjes las creencias de los evangelistas con respecto a la existencia del mundo infernal, El Averno de los conquistadores.  

Leonardo se resistía a la ansiedad de empuñar una barra de hierro y propinar repetidos golpes mortales sobre la cabeza del joven impostor.

Pero Antonio no se sentía amilanado u oprimido por él, volteó la espalda mirando a través de la ventana hacia la noche y permaneciendo como en un trance, pensativo. Cuando le mostró de nuevo la cara a todos, sonreía casi irónicamente. Se acercó a su madre y la retuvo entre sus brazos por un instante, la besó tiernamente en la mejilla.

Todos sentían la atonía de Antonio, y estaban impacientes por marcharse a sus respectivas alcobas, incluyendo desde luego a Leonardo que se sentía desvelado.

Los monjes compartían una murmurante charla entre monerías grotescas.

Y después, Antonio pudo hablar fluidamente, y lo que dijo dejó a Ivana y a Leonardo, perplejos.

 – Nos iremos al amanecer.

Y entre risillas molestas y búfanas, desapareció con los dos monjes que lo seguían, por el interior de la casa.

Efectivamente, como había resuelto Antonio, a las primeras luces del día, él y los dos monjes acompañantes se dispusieron a dejar atrás Casa Peña y el espléndido Valle.

La despedida de Ivana y de su hijo Antonio fue muy emotiva, compartieron abrazos, besos, bendiciones y lloraron en silencio porque cada uno sabía que era la última vez que en vida se verían.

Leonardo los observaba, escénicamente, desde el vano de la puerta de la casa, compartiendo cómplices miradas con los dos monjes instructores.

Éstos aprovisionaron de nuevo a las restablecidas mulas, que habían encontrado pasto fresco en las riberas del río y ya estaban ansiosas de volver a surcar con sus pesadas cargas los caminos de las cumbres.

Pronto todo estuvo dispuesto para el viaje de Antonio y los monjes, Loan y Vernet, que pretendían unirse a las caravanas de legos que huían de las confrontaciones religiosas entre las colonias.

Cuando todo estuvo listo y presto a concluir, Antonio le dijo a su madre:  

 – He querido irme para España y probar suerte recorriendo las tierras europeas…

Antonio alzó la mano a Leonardo en señal de luenga despedida. Luego, acostumbrado a dar la espalda, enfiló su mula hacia el camino, y detrás de él, siguieron los dos monjes y la caravana de mulas apeadas.

Ivana quedó en medio del Valle, abandonada y solitaria, mientras que el viento líquido entre las frondas de los árboles bajaba hasta ella y le alborotaba los largos cabellos encanecidos. Las lágrimas caían de sus ojos a la tierra húmeda del valle, mezclándose con las gotas del rocío de la mañana entre las hierbas. Se sentía desamparada y destrozada por el nuevo abandono de su hijo Antonio. Leonardo no alcanzaba a comprender el total vórtice de confusiones que anidaba su corazón y su alma atribulada. Pero más que nadie, Ivana estaba segura, que Antonio serviría al Salvador de los evangelistas, que sería un monje recto, aunque ella, nunca más lo vería en aquel lazareto donde estaba refugiada desde los tiempos en que decidió ser la última concubina del padre de Leonardo y de Antonio.

Después asomó el ardiente sol por el Oriente, cubriendo de estalactitas fulminantes todo el rededor, bañando a Ivana en su tristeza de madre confinada a otra esfera territorial. A poco, Ivana se fue acercando a Casa Peña, y sin objetar una palabra, entró cubriéndose la cara inundada del escarnio férvido de las lágrimas. Leonardo le abrió paso, ceremonialmente, luego entró a la casa, detrás de ella.

Toda Casa Peña se cubrió de penumbras cuando el sol se ocultó en el corazón de una nube gris y gigantesca. Y cayó pesada sobre los pobladores de Casa Peña.

El hijo de Ivana. Autor: Fran Nore

Cierta mañana inesperada cubierta por un velo de niebla subhumana, regresó a Casa Peña, Antonio, el hijo de Ivana y de Cristóbal Ruiz de Morales, su hermanastro, tras una larga y penosa travesía por las cumbres.

Lo acompañaban dos monjes del pueblo de Cielo Roto, pues otros tantos acompañantes habían perecido de delirio y de peste a mitad del camino.

Las mulas de la caravana estaban cargadas con grandes equipajes y con costales de viandas.

Cuando Ivana reconoció a su vástago, fue a su feliz encuentro y se abrazó fuertemente a él, derramando un llanto próvido de cuantiosa felicidad.

Aunque Antonio estaba fatigado y tambaleaba encima de su caballo, bajó de él para refugiarse entre los brazos de su madre. Pero cuando estuvo frente a Leonardo, preguntó a su madre de quién se trataba.

– Él es Leonardo, tu hermano medio. El hijo de Segismunda, la primera mujer de tu padre.

Y en nada le agradó. Se quedaron ambos mirándose con recelo. Luego movido por una fuerza levadiza, con la rapidez de un rayo de gotícula luz, extendió su mano a Leonardo.

– Yo soy Antonio.

Ambos se apretaron las manos. Pero aun así no dejaban de escrutarse, sopesándose.  

Antonio quiso entrar con ellos a Casa Peña.

Ivana estaba enternecida, su semblante estaba radiante, inundado de ardientes y copiosas lágrimas de felicidad.

Antonio era un joven enjuto y extremadamente pálido, con unos grandes ojazos negros que hacían su mirada fría y penetrante. Pero era un errante de su vida demiurga. Reconocía a su madre querida lleno de sopor viajero y se abrazaba constantemente a ella, ya no quería desprenderse de su lado.

Y luego presentó a sus dos acompañantes: uno de los monjes se llamaba Loan y el otro se llamaba Vernet.

Eran dos hombres de caras alargadas y amarillentas, vestidos con los atuendos de la orden de los franciscanos a la que pertenecían desde antes de su juventud.

Ivana les brindó el maná dominical.

Los viajeros estaban sedientos y bebieron de los jarrones con viche y vinete. Luego desempacaron de su equipaje, baratijas para Ivana y Leonardo, que no esperaban regalos de ellos.   

Antonio fácilmente se embriagó y ya lanzaba improperios y burlas parlanchinas contra sus dos acompañantes, sus risas borrachinas hacían más alegre la velada.

Los tres visitantes pronto se entregaron a la bebida y al escándalo fiestero del regreso.

Ivana no quería recriminar a Antonio, no por ahora.

Leonardo relucía una mirada desconfiada y agresiva contra ellos mientras los escuchaba borboritar extraños vocablos en latín.

Finalmente, a la noche, quedaron los tres como desahuciados, y se retiraron a las alcobas que Ivana les había preparado.

Ivana condujo a Antonio, su hijo ebrio por el licor y la felicidad, hasta la habitación de huéspedes.

Leonardo estaba desconcertado, sorprendido con el repentino regreso de Antonio.

La anciana Ivana trataba de reanimarlo hablándole de otras cosas, pero Leonardo distraído sólo alcanzaba a sonreír sin demostrar mucho su afectación.

En esa velada fue poco lo que se habló de ciertos asuntos importantes. Empezando por Leonardo que no tenía ningún interés de decir nada.

Y cada uno de los monjes presentes también prefirió retirarse a descansar.

Pero Leonardo se quedó entre los pasillos, vagabundeando hasta el alba, sumido en catastróficas cavilaciones que le impedían el sueño.

Afuera, el cielo tormentoso de la aurora crujió.

La luz del día naciente invadió los alrededores con su diáfana calidez invernal que hería.

Los animales del Valle se despertaban en su conjunto salvaje emitiendo un orquestal de ruidos y silbidos extraños y confusos.

Desde la lontananza el viento arreciaba zumbos perturbadores y nostálgicos.

 Esa mañana de embriagante sol, nadie se despertó temprano.

 Y Leonardo apenas estaba empezando a dormir.

 El viento sacudía con sus flotantes arrullos las guindas del Valle.

Luego Ivana se despertó y fue a limpiar la cocina. El poco humo del fogón extinguido se esparcía por el interior de la casa. Después se le unió Leonardo que quería ayudarle a asear.

 – Está hecho todo un hombre tu hijo Antonio.

 – Sí. Tiene un aire en la mirada a tu padre, se parece tanto al difunto…

 – ¡No seas tonta, Ivana!

 – ¿No lo crees? No ves que son parecidos. Cuando lo vi llegar creí que era tu padre que había vuelto a estar con nosotros…

 – ¡No seas tonta, Ivana!

 – ¿Piensas contarle?

  – ¿Contarle qué…?

– Pues… no sé… -Estaba dudando en expresar aquella dolorosa perturbación que siempre le daba vueltas por la cabeza y la atormentaba. La inquietud que siempre atosigaba sus palabras ante Leonardo, que mortificaba sus recuerdos-. Contarle que mataste a tu padre… A su padre…

– ¡No seas tonta, Ivana! Esos secretos nunca se confiesan… Además todos creen que mi padre Cristóbal murió en campaña…

 – Pero él necesita saber la verdad…

 – Sí, pero no serás ni tú ni yo quienes se la digamos… ¡Ya cállate! No quiero seguir escuchándote…

Dentro de la cocina ahumada, se formaban figuras cabalísticas y chamánicas con el humo del fogón de reverbero.

Hubo entre ambos un silencio cómplice.

Antonio nunca sabría que Leonardo había asesinado al capitán Cristóbal Ruiz de Morales, el padre de ambos.

Siguieron platicando, pero ya de otras cosas menos importantes.

Ivana descubría en Leonardo secretos de su vida escondida cuando estaba por fuera de Casa Peña, de sus viajes por las montañas y los pueblos de mercaderes, de su travesía y permanencia por allá abajo en el pueblo de Cielo Roto, secretos que ahora y siempre serían inconfesables. Pero esos secretos de Leonardo se reducían a travesuras de cuando era un adolescente inquieto, y gustaba jugar con sus correrías a ser el hombre dominante.

Ivana también se confesaba ante él, de su amor por su padre, de su vida pasada cuando vivía en el pueblo de Cielo Roto, de su familia, de sus amores frustrados.

Estas conversaciones los sinceraba a ambos y los acercaba un poco más en el afecto que podrían llegar a compartir, sin tanto recelo del uno por el otro.

Luego terminaban recordando los nombres de antiguos visitantes al Valle y a Casa Peña.  

Ahora Ivana no se sentía tan sola como antes, tenía la compañía de Leonardo y la compañía salvadora de su hijo Antonio. Se restablecía en sus ánimos y parecía cada vez más dispuesta a organizar la mampostería de la casa vejestórica. En su dinamismo se contagiaba de nuevas fuerzas, ella que se sentía agotada y desvalida, desde tiempos atrás, con los innumerables quehaceres de la casa.

Por fin, Ivana dejaba de juguetear con toda la exuberancia hechizante que le ofrecía la casa, dejaba de jugar por el Valle y sus míticos alrededores, en los momentos en que se sentía tan sola, tan desamparada.  Y se dedicaba verdaderamente a lo que tenía que hacer, cuidar de la casa, de ella y de su salud, y especialmente de los requerimientos de Antonio, que recién llegado necesitaba de sus cuidados y esmeros.

 – Pero, ¿de verdad no piensas contarle la muerte de Cristóbal? –Volvía a insistir, como presa de una febril descarga de verdad, presintiendo que Leonardo podría desatar entre ellos una batalla.  Y si abría la boca y le confesaba a su hermano medio Antonio el crimen perpetrado contra la humanidad del doliente padre, si se lo propusiera, con sólo contar aquellos funestos pormenores que habían atormentado por muchos años a Ivana, sería por supuesto una reivindicación familiar.  

 – Pero, ¿por qué insistes en eso? Mujer…

 – No sé. Tengo mis temores.

 – No tienes por qué temer. Esta boca mía será una tumba. No quiero desencadenar en la casa más tragedias. ¿No te parece poco todo lo que ha pasado y todo lo que hemos sufrido por culpa de la muerte de mi padre?

 – Sí, por culpa del asesinato de tu padre… -Corrigió Ivana.

 – ¡Mi padre era un bastardo!

 – Pero no tenías ningún derecho a matarlo y arrojar su cadáver a los perros de los montes.

 – ¡Sí, lo he matado! ¡Ya no me atormentes más! No regresé para que me lo recordaras todo el tiempo… Por eso hui, para olvidar…  

Ivana asentía con la cabeza y creía en las palabras de su hijastro, pero en el fondo de su corazón no podía perdonarlo; ellos dos, Leonardo y Antonio eran de la misma sangre del hombre que ella siempre había amado.

 – Recuerda que tu madre Segismunda lo abandonó…

 – ¡Ya! No quiero seguir hablando del asunto…

Entonces Ivana dejaba de inquietarse, aunque tenía sus reservas.

Preparaba el desayuno para Antonio con un regocijo nunca antes vivido en la cocina. Entonces comprendía que las cosas de la familia en Casa Peña estaban cambiando su rumbo aciago. Y que con el transcurrir del tiempo las luces del perdón alejaría de una vez por siempre los resentimientos, los recelos y el sufrimiento.

Pasados unos instantes, Leonardo abandonó la cocina y fue hasta la sala, se encontró con Antonio que estaba sentado tranquilamente en una mecedora.  

La luz del amanecer encendía aún más sus ojos negros como fogatas brillando. Parecía dormirse ante el flotante vaivén de la silla de mecer, inmerso en el sofoco.

 – ¿Y tus amigos? –Le despertó Leonardo de su ensoñamiento, queriendo escuchar su voz.

– Todavía duermen –respondió Antonio, sin mirarlo-. Están muy cansados por el viaje tan agotador.

 – Claro, es de suponer… ¿Y tú, no estás cansado, has dormido bien?

 – Desde luego.

 – ¡Debes estar hambriento! ¿Tienes hambre?

 – Sí.

 – Iré a decirle a Ivana que te traiga el desayuno hasta acá y algo de beber.

 – No, no te molestes, Leonardo, no hay necesidad. Estoy bien. Más bien cuéntame de ti. ¿A qué te dedicas por estos solitarios lugares?

 – A nada en especial. Soy leñador.

 – Mi madre me ha hablado mucho de ti.  Dice que eres también hijo de mi padre. Hijo de su primera mujer, Segismunda.

Y permanecieron en silencio, buscando cómo seguir la conversación, que parecía tener un desenlace desastroso.

  – Sí. Pero mi madre, ya no la recuerdo…

 – ¿Y a nuestro padre todavía lo recuerdas mucho? Mi madre dice que también nos abandonó. Yo no te recuerdo bien a ti, tal vez porque para ese entonces era muy chicuelo y no lograba retener tu rostro en mi memoria. A mi padre tampoco lo recuerdo, no creo que pueda dibujar su rostro en mi memoria.

Se quedaron en silencio, buscando de qué hablar a continuación, llegaba la conversación a un punto estancado.

Antonio fijaba sus ojos en Leonardo, como queriendo escudriñar sus sentimientos más ocultos, quería preguntarle muchas cosas del pasado.

Pero Leonardo se incomodó y cambió de conversación.

 – ¿Pretendes permanecer por mucho tiempo por estos lados o sólo estás de paso con tus amigos, los monjes?

 – La verdad no son mis amigos, son mis maestros…

 – ¡Ah, ya!  

De pronto el solitario hermanastro desviaba la mirada hacia algún punto perdido del salón, tanteando la penumbra todavía no disipada por las luces del amanecer. Ya no posaba sus ojos en Leonardo que se sentía verdaderamente incómodo con su presencia inoportuna.

Entonces Leonardo descubría que Antonio se sentía mucho más importante que él.

 – ¿Verdaderamente qué te trae por acá?

 – Vine a visitar a mi madre, como comprenderás hace años no sabía de ella, donde vivo es un lugar dedicado al estudio, a la oración y a la contemplación, vivo confinado en una celda de monasterio, mi vida ha transcurrido entre libros y salmos; me hacía ya falta ver a mi madre y también quería conocerte a ti, mi madre me había hablado de ti tantas cosas, pero en mi mente sólo permanecían recuerdos inconexos y borrosos…

 – ¿Y qué te ha dicho de mí?

 – Muchas cosas, Leonardo. Me duele la cabeza –evadió la pregunta mientras la palidez y los calofríos de la resaca le recorrían el cuerpo-. Pero ya se me pasará… -Hizo una pausa-. Cosas, simplemente cosas…

  – ¡Ah, ya!  

Leonardo lo observaba más detenidamente, en su triste apariencia de monje reclutado, y descubría con asombro, que verdaderamente como decía Ivana, en Antonio estaba el vivo retrato de su padre asesinado.

Consideraba entonces que su malvado padre había vuelto a la vida reencarnado en Antonio. Se estremeció. No podía ocultar su ingravidez. Aún así trató de controlarse y ocultar todas sus intenciones de volver a increparlo o provocarlo. De sólo pensar que tenía ante él una imagen rejuvenecida de su odioso padre lo ensombrecía, le cambiaba el estado de ánimo. Supuso que la maldición de la muerte de su padre lo alcanzaría y esta inquietud lo sobrecogió aterradoramente. A su memoria fluyeron los recuerdos como una cascada donde nítidamente se reproducían los acontecimientos de aquella fatídica noche donde había perdido la cordura, y el desenlace había sido provocar la tragedia sobre él y sobre Ivana, confabulada de una u otra forma con los antiguos intereses de su padre.  

Y en un santiamén, dejó solo a Antonio allí en la sala, y fue a buscar a Ivana por toda la casa, necesitaba que ella le removiera las culpas y los sentimientos encontrados que ahora con la presencia de su hermanastro experimentaba en medio de la zozobra y la desazón.

Encontró a Ivana en la cocina.

 – Necesito hablar contigo –le dijo a Ivana que tenía una cara desvelada.

 – ¿Sobre qué? –Preguntó ella, inflexible.

 – Sobre tu hijo.

 – ¿Qué pasa con él?

 – Necesito que me expliques algunas cosas…

 – Está bien.

Entonces le prestó toda su atención a Leonardo. Se apeó a las vidrieras de la ventana, frente a él.

Leonardo vio entonces que lloraba levemente, envejecida, y denotando aquellas profundas ojeras que demacraban su cara.

 – ¿Qué te pasa, por qué lloras?

 – No puedo soportar el pasado. Prométeme que no le harás daño a él –se atrevió a desafiarlo.

 – ¿He dicho que le haré daño? ¿Crees que soy como un animal salvaje que me la pasó matando?

 – No, pero… -Se le acercó y lo tomó febrilmente de las manos, lo convidó a sentarse en un entarimado de rústica madera que estaba en un rincón de la cocina-. Jamás te delataría con él.

 – ¿Por qué no? Eres su madre y tienes todo el derecho de contarle lo que he hecho con nuestro padre.

 – No quiero que jamás lo sepa, sé guardar un secreto, por oscuro y fatídico que sea, hasta el resto de mis días. Te he jurado no contarlo jamás. ¿Puedes prometerme tú lo mismo?

 – Yo más que nadie te lo prometo. Pero antes quiero saber todo lo referente a Antonio.

 – ¿Qué quieres que te cuente?

 – Su partida al monasterio.

 – Es una larga historia…

Y así, Ivana, dio comienzo a la historia del nacimiento y crecimiento de Antonio, en los tiempos en que Leonardo había abandonado Casa Peña, huyendo de los nefastos sentimientos que le habían inspirado la muerte de su padre, el capitán Cristóbal Ruiz.

 “Cuando antaño te fugaste, avergonzado por el crimen que habías perpetrado contra la humanidad de tu padre, mientras ibas con tu caballo blanco en monta por los caminos del Valle, yo te seguí hasta los lindes boscosos queriendo retenerte, llorando desconsolada. Comenzó a llover precipitadamente sobre los bosques. Ya sin fuerzas, regresé a la casa. Las fiebres se apoderaron de mi cuerpo. Era una desvalida mujer embarazada viviendo encerrada en el caserón. Me recuperé pasados los días, y luego de estar sana le rogué a Dios que me diera fuerza suficiente para ir a buscar el cadáver de tu padre abandonado en las montañas, a la intemperie de las fieras hambrientas. Lo busqué muchos días y gracias a La Divina Providencia pude encontrar su cuerpo putrefacto entre las cuchillas de las montañas, allende a las minas de oro.  Envolví su cadáver en mantas de algodón y fui a sepultarlo bajo el árbol más grande del Valle. Después volví a Casa Peña, satisfecha de haber salvado de los perros salvajes sus restos despedazados. Le recé una novena por doce días, para que su alma encontrara la paz y el retorno a La Otra Vida. Yo solía ir todas las mañanas a terminar de rellenar con tierra el hoyo cavado bajo el árbol más gigantesco del Valle, y ponerle flores y enderezar su cruz de palo ladeada por el viento. Pero una mañana, que fui a ponerle ramos de flores, me sentí agotada y asfixiada, comencé a angustiarme ante los imprevistos dolores del parto. Entre grandes voces, inútilmente, pedí ayuda a la soledad del Valle. Mis flemosas lágrimas bañaron el escuálido crío que había expulsado de mis entrañas, envuelto en sangre intestinal. Los leves quejidos de la criatura apenas emergían a la superficie. Lo envolví con mi traje, y aunque estaba convaleciente recobré las fuerzas y retorné a Casa Peña, empapada en sangre y cargando al bebé. Entré a la casa. Y ya cuidaba de mi pequeño crío. Yo estaba aterrada con el asesinato de Cristóbal por su propio hijo. El pequeño crío no dejaba de llorar. Creí que el asesinato de tu padre era un sueño mío, debido a las fiebres del parto. Y el llanto del pequeño Antonio no cesaba. En aquel Valle endemoniado donde residía El Judío Errante, nunca mi vida había sido tan horrorosa. Pasaron luego los tiempos sin que tú regresaras, huyendo de las tropas militares que te buscaban para encarcelarte o matarte, porque ya los altos mandos sabían de la tragedia familiar.  Ya no conservaba la esperanza de volverte a ver y encontrarte con vida, pues los trabajadores de tu padre también te buscaban por todos lados, para apresarte y ajusticiarte, tal vez darte muerte. Y los días con sus noches pasaban veloces como en un sueño inanimado. Mientras tanto el pequeño Antonio crecía como una desventurada criatura sin padre. Corría ya por los campos del Valle y sus juguetes preferidos eran, los pájaros, las mariposas, las flores. Cuando Antonio estaba mucho más grande, lo llevé por vez primera al pueblo de Cielo Roto, los habitantes del lugar quedaron maravillados con la belleza del niño y su semejanza a Cristóbal Ruiz, el capitán, fui a matricularlo a la escuela, pues ya estaba en edad de asistir a la enseñanza, se rehusó a asistir a la escuela del pueblo, le parecía que la institución era un meandro de reglas pesadas, normas estúpidas y organización represora, le irritaba toda manifestación organizada y educativa. Yo sabía que mi pequeña semilla estaba poseída por un pasado adherido a su conciencia, que odiaba. Entonces, planeé su nueva ruta de vida: lo entregaría a los errantes evangelistas que iban por los exuberantes territorios de América promulgando El Evangelio, de pueblo en pueblo, de colonia en colonia, de comarca en comarca, convirtiendo a los indios profanos y bárbaros, a los esclavos negros y a los herejes, a los dogmas cristianos. Con estos monjes franciscanos, Antonio alcanzaría la disciplina, el amor por el estudio y la enseñanza, las normas que sujetan el orden, la constancia y la entrega a los principios religiosos. Con los evangelistas, que eran de varias órdenes, unos franciscanos y otros agustinianos, yo estaba segura, de que el malcriado Antonio se convertiría en un culto mocetón. Así lo libraba de la apatía que para él resultaba vivir en Casa Peña o entre la comunidad del pueblo supersticioso. Cuando se lo llevaron las comitivas de Las Congregaciones, yo de una vez por todas me resigné a su ausencia. Fui en varias ocasiones a visitarlo a su lugar de reclusión, una celda en un monasterio católico, a esos extraños templos, impregnada de soledad benevolente, siempre muy respetuosamente con los superiores de Las Congregaciones que se habían compadecido de mi precaria situación de madre. Pronto Antonio se adaptó al nuevo lenguaje que le ofrecían los cristianos y rápidamente fue adquiriendo el conocimiento de los valores inculcados por los maestros. Fue un tiempo tan difícil para mí, el haberme desprendido de Antonio de esa manera, pero no encontré otra solución, además porque era una madre desesperada y sola viviendo en una retirada casa maldita. En aquellos tiempos mi separación con la realidad cada vez tocaba abismos más profundos. Ahora estoy emocionadísima de volverlo a ver, convertido en lo que quería que fuera, un muchacho útil a la sociedad cristiana, estudiando y preparándose para afrontar con resolución los conflictos de la vida actual. Su regreso a casa, traído por sus maestros, ha despertado en mí, hondas emociones, una alegría retributiva, siento que he logrado mi cometido de hacer de él una persona valiosa. Hacía tanto tiempo que no lo veía, no había vuelto a visitarlo, incluso había olvidado un poco cómo eran sus rasgos, su boca, el color etéreo de sus ojos traviesos. Esperé algún tiempo, aquí refugiada, algunos meses intranquilos, poseída por la ansiedad, y esperando resignada el día en que lo volvería a ver y tener junto a mí…

 – ¿Por qué me has contado hasta ahora todo esto?

 – Porque antes no consideré necesario que lo supieras.

Se nubló su mirada gris en un fragoso silencio, refugiada en su postura de matrona bíblica. Se incorporó de la butaca de pino, las manos temblorosas, los ojos undívagos. Según lo relatado a bocajarro, con matización edomita, Leonardo vislumbró en el pasado el tormentoso sino de la vida de Ivana, en los tiempos en que él había huido de la sombra luciferina de su padre asesinado que temía lo alcanzara.

 – Me has dejado sin palabras…

 – ¿Eso no es acaso lo que querías saber de Antonio?

 – Sí. Pero no creí que fuera tan terrible.

 – En su comienzo fue terrible, pero luego, en medio de mi pesar y soledad, pude lograr orientar su camino.

 – ¿Y ahora, ¿qué pretendes lograr con su regreso?

 – Absolutamente nada… Su destino está escrito. Dentro de poco volverá a su vida religiosa en los claustros del monasterio, junto a sus maestros, y tardará meses, tal vez años, en regresar otra vez a la casa y de que volvamos a vernos nuevamente.

 – Entonces, ¿no se quedará con nosotros?

 – Por supuesto que no. Su labor cristiana apenas empieza, su lugar está entre Las Congregaciones, sirviendo a Cristo y entregado a la fe.

El viento entre suaves fracciones vespertinas, entre murmullos de criaturas musicales, se colaba por las fisuras de las paredes ennegrecidas de la cocina. En aquel ámbito flotaba un olor nauseabundo de legumbres podridas.

Ivana abrió la pequeña ventana de la cocina para que entrara aire más purificador, el entumecimiento del aire era evidente.  

El día bondadoso inundaba sus rostros.  Se asomaba la tarde crepitando con un fulgente sol.  El cielo pronto se convirtió en una gran llamarada de visos dorados.

Leonardo adivinó que su madrastra, desde hace mucho tiempo albergaba la ilusión de marcharse definitivamente de la casa en el valle, y sin que él lo percibiera –y en el caso de que Antonio se marchara- no dudaría en irse tras su hijo y olvidar todas las viscosidades del pasado.  

El hijo del capitán Cristóbal. Autor: Fran Nore

El hijo del capitán Cristóbal Morales se llamaba Leonardo.

El poniente del amanecer corría despavorido entre estelas de bruma dantesca por los mitológicos caminos de las cumbres.

Leonardo anduvo a lomo de caballo varios días, por entre selvas montañosas.

Le dio la bienvenida el jolgorioso Valle de Casa Peña: las aguas del río siempre lentas y monótonas, el viento matutino ahogando la visión de sus ojos, el sol detenido y pequeño en la distancia crepuscular. Las liebres saltarinas cavaban profundos túneles cerca de las raíces de los sauces para almacenar hortalizas, una jauría de perros salvajes vagaba por los bosquecillos entre feroces ladridos. Florecían ramos de arietes, las begonias, las cerezas rojas de los setos, la retama amarilla, las hojas de acanto, el diente de león.

A poca distancia, Leonardo divisó Casa Peña, en el epicentro del Valle, iluminada su fachada por los rayos solares, los techos estaban cubiertos por decrépitas y gigantescas ramas, figuras umbrátiles invocaban desde sus externas paredes, por los rotos cristales de las ventanas escapaban las aves peregrinas.

Cuando se aproximó y bajó del lomo del tordillo, a pesar de estar exhausto, quiso continuar el resto del trayecto a pie, pues el paisaje lo estimulaba.

El resto del floreciente camino hacia la casa desplomada no evitó que tuviera una mirada cansina y sintiera una emoción febril. Leonardo pareció escuchar en el viento voces del pasado mortuorio. No necesitó un fuerte empujón para abrir la frágil puerta de madera de la casona, fue el viento que al zumbar hizo rechinar los goznes. Los rayos del sol penetraban por las fragmentadas y vetustas ventanas iluminando un poco el lúgubre ámbito del lugar invadido por los poderosos ecos del tiempo. Pero al entrar de lleno a la casa, el viento revoloteó aún más fuerte sobre los techos resquebrajados por doquier rompiendo las estructuras, despotricó las alas de las ventanas, desprendió hojarascas de las ramas de los árboles y las depositó por los suelos de los pasillos humedecidos y sobre los objetos arruinados. El viento traía un abrasante aire oloroso de jazmín estiado. Avalanchas de pedregones sacudían la sofocante infinitud de la estancia vacía en la tarde.

 – ¡Ivana!

Y nadie contestó a su imperioso llamado.

Entró a Casa Peña.

Al mirar por una ventana, contempló las borrosas líneas de los caminos hacia las cumbres y hacia los bosques invadidos por las cenizas fluviales de la noche que se aproximaba.  

Pronto el rocío de la noche caía sobre los techos descuajados de la casa, por las paredes fisuradas y por los corredores hundidos.

Desde las lejanas cumbres llegaban a sus oídos las voces indias entonando versículos prohibidos, los graznidos de cuervos peligrosos volando por encima de los peñascos volcánicos, por encima de las serranías inundadas por espesos nimbos penumbrosos, por encima del cielo detonando legendarios astros precipitados sobre la superficie de la tierra, por encima de las cascadas de arenas de los montes oscuros.

La tempestad se desencadenó conjuntamente con la poderosa pulmonía de sus truenos.

La noche poblada de los sonidos de las fieras iracundas, de las lluvias gestando sus acuosos frutos sobre las aguas discontinuas de los arroyos del río o mojando tres pulgadas de plataforma lunar del Valle.

En aquella soledad emergente de Casa Peña, recordó a Ivana.  Evocó la huracanada figura de esa mujer del pasado.

Las luces matutinas invadieron el penumbroso ámbito de Casa Peña.

Leonardo abrió los ojos, impregnada su visión de claras siluetas lluviosas. Salió de la estancia tratando de alejar su somnolencia.

Ahora, sorpresivamente, vio caminar hacia él una extraña figura humana por la senda del florido valle, creyó que era una alucinación, pero efectivamente se trataba de una retraída figura humana por la senda del río, ¡era Ivana!, que traía en sus manos especímenes de hierbas, y que cuando lo descubrió a través del vacío gris refulgente de su mirada lo fulminó.

Su rostro estaba descompuesto y quebrado por el transcurso de los años, sus cabellos enredados y pelambrados por el tiempo, temblaban sus manos y sus piernas como hierbas mecidas frágilmente por el siroco, su rostro ataviado de arrugas, cubriendo su senectud con un vestido negro plateado.

Su súbita presencia aliviaba la mirada de Leonardo.

Luego se plantaba ante él, descalza y huraña, oliente a magnolias silvestres, su mirada refulgente mientras todo su ser se estremecía de frío, llena de asombro y de espanto, con su mano alargada queriendo tocarlo, acaso la fuerte tos que la carcomía retiene sus alientos, sus palabras, acaso el corazón presto a estallar de rabia solitaria y de amargura.

 – ¿A qué has regresado? –La frialdad de su pregunta, y sus manos temblando tratando de controlar su estupor y de retener sus pasiones-. ¡Cuánto tiempo en verdad perdido!

 – He regresado porque esta es mi casa. –Respondió Leonardo, somnoliento aún-. ¿Y tú, por qué estás así?

 – Son las esperas y los sufrimientos…

 – De tu hijo, ¿qué ha sido de él?

Movió la cabeza de un lado a otro, cobró su rostro un rictus patibulario, no así dejaban de temblar sus manos. Parecía sollozar levemente.

 – Vive entre los evangelistas errantes de colonia en colonia.

 – ¡Ah! ¿Es aprendiz de santo?

 – Sí. Aprende extrañas lenguas.

Dicho esto, entraron los dos a Casa Peña, Ivana detrás de él, sin lograr   escapar de su presencia embrujante.  

Ella, en su senilidad fantasmal, con su negra, larga y descuidada pelambre colgando en sus desnudos hombros, sus ojos pequeños y puntiagudos, respiraba con dificultad.  

 – ¡Estás delirando! ¿Qué haces aquí?

Leonardo olfateaba los mortuorios olores de dalias memorables, cristalino dolor en los ojos negros de Ivana, inyectados de una infinita y simple tristeza.

Afuera, la lluvia que traía el crepúsculo entraba a habitar con su liquidez la catastrófica estampa de Casa Peña.

Ivana, en todos estos años había envejecido tan rápido. Ahora, Leonardo no podría considerarla su madrastra protectora. Pero percibió que la mujer había estado escurriéndose de él desde que había llegado de regreso a Casa Peña. Claro que ella no atinaba a moverse al descubrirlo, mirándolo como paralizada y pálida, queriendo balbucir algo más.

 – ¿Por qué has vuelto? ¡No, no, no puede ser!

Y Leonardo les relató las variadas aventuras vividas a muchas millas de Casa Peña. Y él recordó el recato de su madrastra por protegerlo de la avérnica ira de su padre Cristóbal Ruiz de Morales, el capitán, y brindarle la benevolencia de su cuidado.

Ahora su falda estampada de azaleas que el viento subía hasta las rodillas, se ondulaba. Su madrastra volvía a ser su presente.  Su rostro estaba salpicado de cebolla picada.

 – ¿Qué estás haciendo? -Tronó la voz de Ivana.

 – Nada. Sólo llegando…

El contacto con Ivana siempre era diferente, ella era como una madrastra enojadiza, encontrarla significaba para Leonardo un tormentoso estado catalítico de agrias miradas y reproches. Por lo regular, se encontraban en todas las partes de la casa: en los salones, en la inmensidad laberíntica de los pasillos, en los vetustos balcones de enojosos tulipanes, en los áticos cetrinos, en la cocina ahumada, en los sórdidos jardines del Valle donde se concentraban sombras de lodo, en los atrios y en los andenes de los ginebrinos muros ulteriores, en las riberas del río donde espantaba la corriente a los pájaros y a los peces con su silencio hechicero o emanaba el viento con su vozarrón de chacal.

Ella fabulaba con silbidos escalofriantes. En el tiempo en que vivió con su difunto padre, estuvo reducida a la fatalidad, las cosas aún no habían cambiado, pero ella esperaba una nueva oportunidad de surgir como macuá de los escombros. “¡Ja ja!” Su carcajada deformada resonando en el atisbo de la noche.

La noche que con sus negros tentáculos envolvía con su brisa la veleidad de la progenie de los maldecidos.

La vieja casa la salvaba de sus delirios. Profería rezos de hechicería, mordiendo su rabiosa lengua.

Un sórdido pajarraco tejía altisonantes cantos mientras se depositaba en los altos tejados de la casa.

Al cabo de unos instantes, desviaba su mirada al verlo y rápidamente se sacudía el polvo impregnado en sus ropajes.

Todo en ella había cambiado, así lo notó Leonardo.

Entre grandes zancadas Leonardo desviaba sus pasos a los aposentos ulteriores. Como huyendo de ella y de su nictálope aura.

Por los solitarios alrededores el polvo del tiempo jugaba incansable entre el sepulcral relieve de las húmedas paredes y entre las rendijas del techo a punto de desplomarse y aplastarlos con todo el peso de los años abismáticos, el vaivén danzante de los fríos ornamentos de las columnas y de los muros antañosos que lo sostenían evitando la tragedia. La fabulesca brisa nocturnal traía consigo los ocultos bramidos de las fieras desde los bosquecillos aceitosos, la noche vacilaba existir en la distancia.

Al despuntar el alba, su madrastra y él se encontraban en el silencio bullente de la cocina.

La celada mirada de Ivana absorbía en él su demacrada belleza.

El nuevo amanecer devoraba las sombras penitentes.

Leonardo trataba siempre de huir de la influencia de Ivana, pues su presencia chamánica parecía producirle un terrible malestar, incluso cuando se sentía observado por sus grises ojos de niebla avivados por la lumbre del desasosiego.

Ivana, solamente era un espectro vigilante de Casa Peña. Para invertir su tiempo se entregó a la elaboración de hamacas y de sombreros de iraca y así poder perder las horas.

En la penumbra solana de los corredores invadidos por profundas marañas, observaba durante intensos lapsos de tiempo cómo el viento con sus artilugios aéreos mecía las hamacas de hilo colgadas de las ramas de los árboles del Valle, tejidas en hilos de variados colores. Pero como se aburría confeccionando sola regresaba a lo habitual y usual: vigilar a Leonardo.

Leonardo estaba apesadumbrado.

A veces veía que Ivana bajaba hasta el río y cortaba de sus orillas diversas flores con las que formaba ramos para adornar las imágenes de las vírgenes que eran el templo de sus oraciones en el salón de la casa.

Cada mañana iba al linde de los caminos hacia los bosques y recogía bellas hojas, flores y frutos, de todos los distintivos; a veces la tierra no daba flores, pero sí hermosas ramas, colchones de hojarascas y de mieses de colores extendidas por las riberas del río enarbolando su frescor. Para alegrar su ocio demente se lanzaba a volar simulando ser una alondra, por el cielo destellante de luces lontanas. De las endebles ramas de los sauces, pájaros con vegetales trinos de viento formaban en la atmósfera locas zarabandas que la hacían danzar entre silbidos estentóreos de felicidad. ¡Ah, la vieja Ivana, fabulando en una tierra por conquistarse a sí misma sobre ella!

Entonces se pasaba la mayor parte del tiempo en esos escuetos oficios, y era preferible para Leonardo que estuviera desarrollando su locura senil a tener que soportar que lo espiara.

Cuando estaba sola y poblada de las escuálidas sombras parapetadas a los cuatro muros humosos de la cocina, ella agigantada en sus delirios y mitos montunos.

Leonardo trabajaba en los bosques cortando la leña para el fogón mientras su madrastra se ocupaba de las faenas culinarias y de recoger los frutos de los mandarinos y de los groselleros, picada de hierba y por mosquitos.

Jamás se hubiera acostumbrado Leonardo a la ausencia de su madrastra, y ese era uno de los motivos por el cual había regresado.

Caída la tarde, la encontraba bajo las  sombras de los sauces del río, pero evitaba verla de frente, porque presentía que Ivana continuaba espiándolo con el gris profundo de sus dilatados ojos de anacoreta, seguía vigilando sus pasos afuera o adentro de la estancia, resguardada entre las malezas o desde los muros frígidos de la casa ensombrecida. Con el tiempo, Leonardo ya no estaba sorprendido.

 – ¿Por qué me vigilas tanto?  –Le preguntaba a diario Leonardo, para que finalmente ella se hiciera una idea de la incomodidad que sentía.  

 – Te pareces a tu padre… –Refulgía Ivana con su astuta mirada sibilina-.

 – A lo mejor.

 – ¡Ay, jovencito!

Por fin la vida le abría a Leonardo los ojos y la sordera del alma por los senderos del estertor.

Ivana, que lo había acosado y seguido muchas noches de su vida para reclamarle la muerte de su padre, descubría que por fin el destino del muchacho se desenvolvía mágicamente. Pero entonces, el calor de deseos inconclusos sudaba por su cuerpo, la vida le era extraña, pensaba que era solamente un capricho loco de la naturaleza, pero luego entendía que era el toque de la sangre que lo conectaba con la intensa lucha que libran los sentidos y el espíritu.

Presa del abandono y del sopor se refugiaba en su alcoba oliente a margaritas, a alcohol, a polvo libelo, o se aprestaba a hincarse frente a los altares en el salón, iluminada la penumbra por las temblorosas luces de cirios y de velones de sacristía que formaban en las amarillentas paredes los desnudos rostros de las figuras solemnes de vírgenes y de santos; en su desvarío de madreselva, en su ensueño enfermizo, para que la guiaran a los túneles de la claridad y pudiera alejar de su cabeza los espectros de las guerras interiores que la invadían.  Para evitar las rabias de sus dioses míticos retornaba a exacerbados cánticos y enloquecedores mantras que se convertían en la noche en murmurantes y enloquecedores orquestas de despiadados lobos y lechuzas agonizantes a unísono. Resonaba su soledad de agonizantes voces y de trepidantes ecos.  Hechizada, salía a  los antiquísimos pasillos del caserón, atacada, en suma, por la sarna de los sentimientos frustrados: la fría emotividad de sus palabras, la inapetencia de su ser pronto a resumirse al vacío, el resentimiento que sentía por Leonardo, por sus recuerdos, por sí misma. Sabía que no tenía a dónde ir, entonces se resignaba a compartir su solitaria existencia con Leonardo, más como una resolución de la vida que como una debida solución a sus devaneos.