El requisito. Autor: Xenia García Domínguez

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en astronave, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Había sido un regalo reflexionado durante los últimos meses y ambos habían convenido agasajar a su hijo con una puesta de largo desde lo alto, muestra de la confianza depositada en él.

Unax era un chico enclenque y honesto. De ojos pardos con pintas amarillas. Enfermizo desde su etapa embrionaria. De baja estatura y escaso ánimo para contradicciones y conflictos innecesarios. Perezoso ante las disputas, era capaz de conceder discretamente la razón al otro con tal de no perder tiempo en cansinos alegatos. Tal dejadez era interpretada por sus compañeros de pupitre como cobardía, y por sus padres como una habilidad única para evadir los enfrentamientos con otros chicos, muestra de su temprana madurez. Sin mucho interés por el espacio exterior, recibió agradecido el regalo en las vísperas de Navidad porque un viaje -aunque sobrepasara levemente la estratosfera- le haría sentirse menos diferente a sus iguales.

Paseaban los tres en silencio por el amplio corredor acristalado hacia la estación desde donde despegaban las astronaves de clase A.

– ¿Estás contento, hijo? No tienes buen aspecto.

Unax finge una media sonrisa y continúa caminando mientras intenta zafarse de la mano de su madre sin mucho ahínco. Ha pasado una mala noche excitado por el viaje. El muchacho tiene miedo de encontrarse en el trayecto con uno de esos agujeros negros que han estudiado en clase, del que nada puede escapar. Otras veces tiembla de horror al imaginarse inmerso en una lluvia de meteoritos mientras todos los chicos están en el habitáculo. ¿Qué haría entonces lejos de sus padres? ¿Y si la lluvia se transformaba en una agresiva tormenta? Por eso tras varios sueños con asteroides durante la víspera, Unax optó por salir de la cama y refrescarse en el baño. Se miró en el espejo y se sorprendió de las motas amarillas de sus ojos, más intensas y luminosas. Un espasmo en el estómago le obligó a inclinarse hacia adelante mientras se llevaba la mano derecha a la boca para mantenerla cerrada. Todo su pánico arremolinado ascendió violentamente por su esófago hasta su boca en forma de un líquido agrio y viscoso. No consiguió retenerlo y se desbordó antes de llegar al váter. Pasó la noche limpiando su purga para no enojar a la madre.

– No me encuentro muy bien, mamá. Creo que estoy enfermando.- Unax le tiene miedo al miedo y castañea los dientes de puro nervio. Han llegado a la larga línea de personas que aguardan impasibles para recoger su traje espacial.- Mamá, yo no quiero subir.- Balbucea sin convencimiento. Tira hacia abajo de la mano de su madre para que se ponga a su altura (aunque por edad tendría que llegar casi a los hombros de ella) y no alzar la voz. Así habló. Con sus temerosos ojos mirando hacia el suelo, avergonzado de su propia cobardía.

– ¿Que no quieres subir? ¿Por qué no quieres subir? ¿Has oído?- Suelta la mano sudorosa de su hijo y dirige ahora el discurso a su esposo, inmerso desde el inicio del corredor en las imágenes que ve a través de sus gafas de realidad aumentada, afanado por grabar con visión subjetiva cada detalle del primer viaje exterior de su hijo. -¿Me estás escuchando? Nunca me escuchas cuando te hablo, siempre pendiente de ese aparatejo.- Le reprocha mientras agita las manos. Manos que cortan el silencio que somete a la perfecta hilera de mustios semblantes.

– No quiero ir, mamá. No me encuentro bien. Seguro que me pongo peor allá arriba.

– Tonterías.- La señora P. alza levemente el tono y saca del bolso un pastillero brillante cuajado de píldoras azules.- Tómate una. Te sentirás mejor y te aliviará el malestar.- Le introduce a su hijo una de ellas en la boca y continúa.-  Es normal que estés nervioso, hijo. Vas a ver nuestra casa desde lao más alto. Sólo eso. La primera vez impresiona. Luego te acostumbras. Como todo, créeme.

La cola avanza inesperadamente y la señora P. empuja con suavidad la espalda del escuálido chico -“qué enclenque está”, piensa- celebrando en secreto el final de la espera. Ha llegado su turno.

– Buenos días- El oficial se dirige al chico ignorando a la madre. Está cansado de alborotos, arrumacos, despedidas y quejas sentimentales. Harto de progestágenos y estrógenos. -Primero: debe pasar usted lentamente por el arco. Segundo: cuando esta luz se ponga verde, puede dirigirse a ese otro mostrador. Tercero: el Oficial S le entregará inmediatamente su traje espacial hermético. Asegúrese de que es de su talla. Es fundamental que el traje de vuelo se ajuste correctamente. Si no fuera así, diríjase a la zona de revisión y sustitución de piezas dañadas o caducadas. ¿Conoce el procedimiento? ¿Sabe cómo usarlo? Señor P, ¿podría usted ayudar a su hijo una vez se lo entregue? – El padre asiente con la cabeza concentrado en la visión de sus gafas, mientras la sirena brama un primer aviso.

El arco por el que debe pasar Unax es un pórtico reluciente y majestuoso que parece venerar la travesía que resta hasta el cohete. El chico lo atraviesa con titubeo sabiéndose escudriñado. Pero la sirena ha dado un primer aviso y no le encuentra ya sentido a demorarse.

– Lo siento, señor P. – El oficial comprueba de nuevo la pantalla situada al otro lado del arco, y niega con la cabeza. – No puedo dejar a su hijo embarcar. No puede pasar. Son las normas. Tendrá usted que hablar con el Oficial Y, en la décima planta.- Los ojos del matrimonio se inundan de consternación mientras el hijo intenta ocultar una sonrisa de alivio. Relaja los hombros.

– Pero, señor. ¿Por qué no puede embarcar? Lleva meses inscrito en la lista de espera y ha pasado todas las pruebas. ¿Por qué no puede volar? ¿Ha ocurrido algo? ¿Cuál es el problema? No puede hacernos esto, señor. Piense en el pobre chaval. ¡Era su regalo de Navidad!- El marido le roza la mano izquierda para tranquilizarla e intentar que no pierda los nervios.

– No puedo decirle más, señora P. No cumple los requerimientos. No sé por qué. Pero eso indica el monitor. Que no cumple los requerimientos. Si desea más información, debe hablar con el Oficial Y. – Les hace un gesto con la mano para que desalojen el lugar y poder dar paso a los siguientes viajeros.

Ante el Oficial Y llegaron los tres cabizbajos y taciturnos. Apenas habían intercambiado unas palabras en todo el trayecto hasta la décima planta del gran edificio acristalado y Unax no volvió a mencionar su deseo de no ser pasajero de la astronave la víspera de Navidad.

– Buenos días, señora. ¿Qué desea? -“Vaya”, piensa la señora P. “Al menos éste es más amable. Seguro que puede explicarme qué ha ocurrido. O que probablemente sea un error. No es posible haber pasado tantas pruebas, acreditaciones y muestras de todo tipo para nada. La culpa es de estos jóvenes sin experiencia que siguen situando en puestos así. Nos hacen perder a todos el tiempo. Mano de obra barata, sin duda. A costa del bienestar general. Ya podría mi esposo haber localizado nuestra solicitud aprobada digitalmente para exigirle una respuesta.” – ¿Qué desea, señora?- se impacienta el Oficial Y.

– Pues quería… Deseaba saber por qué mi hijo no puede viajar en la astronave de clase A tal y como estaba previsto. El Oficial de la planta baja nos ha dicho que el chico no puede embarcar. Que no cumple los requisitos.

– ¿Qué requisitos?- El Oficial Y hace la pregunta pensando en los quince minutos de descanso de los que esta conversación le va a privar.

– No lo sé, señor. Por eso venimos. Para saber qué requisito no cumple mi hijo. Para entender la razón de porqué no va a poder experimentar su vuelo hoy, junto con el resto de sus amigos.

– Las normas están para cumplirlas, señora P. – Ha cambiado el tono de voz tras llevarse la mano derecha al diminuto receptor situado en su oído derecho. Ya ha dado por perdidos sus quince minutos de esparcimiento. Y las instrucciones recibidas desde el otro lado han sido meridianamente claras – Quizás usted no entienda el alcance ni la importancia de los requisitos exigidos. Pero tampoco necesita entenderlos. Sólo cumplirlos. Y su hijo no los cumple. ¿Está segura de no haber mentido? ¿De no haber adulterado ninguna prueba?

La acusación hace que el marido se levante las gafas y se las acomode tras el flequillo.

– ¿De qué está usted hablando Oficial? ¿Está poniendo en duda nuestra honestidad sólo porque alguien le ha dicho que mi hijo no cumple un requisito? Unax reúne todas las condiciones necesarias para hacer su primer viaje espacial. – La señora P ha dado un paso al frente acercándose al oficial.

– A ver, chico. Acércate. Unax es tu nombre, ¿cierto? ¿Cuánto mides, Unax? ¿Sabes cuánto mides?- Duda unos instantes suplicándole a su madre con la mirada cada vez más ambarina. “Por favor, madre. Responde. Responde a su pregunta”, piensa.

– Mide un metro y medio. ¿Es que no lo han medido? ¿Es que no lo saben? ¿Qué clase de pregunta es ésta?

– Señora P. Uno de nuestros requisitos era medir un metro y medio. Su hijo mide un metro y cuarenta centímetros. No puede pasar. Las normas son las normas. Pero no se preocupe, que Unax no se quedará sin volar. Ya lo he arreglado con el resto de oficiales. Deben dirigirse allí al fondo. A la clase B- Apunta su índice a una zona menos transitada donde una larga hilera de muchachos tullidos caminan mirando al frente.

Se resigna la madre sintiéndose victoriosa tras los escollos superados y apenas se despide de su hijo empujándolo hacia el final de la galería. Unax camina y castañea los dientes mientras se aleja.

– Señor. No me ha dicho usted a dónde se dirigen. Ni cuánto tiempo estarán de viaje. Ni qué órbita recorrerán.- Lo dice con tono despreocupado. El que tiene la mera formalidad de cubrir un protocolo.

No se da cuenta de que su hijo es el más alto de todos los que caminan hacia la puerta de embarque. Y que en esa procesión, sólo hay chicos bajos, gruesos, mancos y cojos.

El oficial le ofrece una sonrisa sardónica por respuesta, mientras escuchan villancicos de otra época, cantos de una peregrinación regida por el brillo de una estrella.

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