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La mácula de no tener abolengo. Autor: El Patagón

Para aquel fin de semana el pronóstico anticipaba una violenta “sudestada”, lo que hizo que las autoridades del club asumieran que, durante esos días,  ningún barco saldría de su amarra. Basados en dicha especulación decidieron convocar a una  asamblea de socios, con el propósito de tratar un proyecto de reubicación de la pluma y el varadero. La reunión, con asistencia masiva, se concretó en un confortable salón con amplios ventanales que daban al mar, desde donde era dado apreciar cómo, minuto a minuto, las olas que rompían contra la escollera eran cada vez más grandes y agresivas. De pronto, ante la sorpresa general, divisamos la silueta de un velero que, con dos manos de rizo y tormentín, se dirigía aguas adentro.

Esa aparición provocó de inmediato un generalizado murmullo reprobatorio, que alguien se atrevió a precisar en voz alta:

   – ¡Solamente un loco irresponsable como el griego Ρικάρντο, se atrevería a salir a navegar con este temporal!…

A lo que otro respondió:

  – ¡Su soberbia es tan grande, que con tal de descollar es capaz de cualquier desatino!…

Por estar referidos a un personaje  desaprobado por la “aristocracia” de aquel club, a la que cualquier motivo le resultaba bueno para estigmatizarlo, dichos comentarios tuvieron considerable adhesión. Sin embargo, algunos de los presentes (muy pocos) disentíamos con el tenor de esas expresiones.

En reiteradas oportunidades habíamos sido testigos de cómo Pikápvto  era descalificado sin fundamentos, sobre la base de los prejuicios imperantes en aquel ámbito clasista. Su humilde origen, sus singulares hazañas deportivas, su falta de adhesión a las formalidades sociales imperantes, lo habían convertido en la representación perfecta de todo lo que ellos desdeñaban.

Soliviantado ante aquella machacona reiteración de afrentas y burlas, resolví asumir la defensa de mi amigo, expresando mi desacuerdo a voz en cuello:

  – Creo que están equivocados al calificar como soberbio e insensato a un individuo, por el solo hecho de ser introvertido y tal vez poco complaciente con las veleidades de una arbitraria e inamovible Comisión Directiva. Lo que en realidad sucede, es que la mayoría de ustedes toma como un agravio personal la  indiscutible pericia del capitán del Mathilda.

El haber navegado con él en muchas oportunidades, me permitió conocer aspectos de su vida que refutan comentarios como los que  se acaban de proferir.

 – ¡No creo que ninguna “historia” acerca del griego, por más edulcorada que sea, nos haga cambiar de opinión!…- grito el crítico que llevaba la voz cantante. A lo que respondí en tono desafiante:

 – Si están dispuestos a escucharme durante algunos minutos verán que sí es posible. Les prometo que para ello utilizaré un único argumento: la descripción de como Pikápvto obtuvo su matrícula de “piloto de altura”. ¿Están de acuerdo?…

Los menos recalcitrantes -no encontrando nada mejor que hacer, ya que la tormenta no tenia miras de escampar- asintieron, lo cual  me permitió concretar el reto.

 – Recuerdo que la primera vez que estuve a bordo del Mathilda, despertó mi curiosidad el diseño del diploma de “Piloto de Altura” exhibido en su cabina. A diferencia de los  certificados tradicionales, éste tenía como fondo una colorida ilustración del Sector Antártico.

No habiendo visto anteriormente nada similar, le pedí a su propietario me hiciera conocer los motivos por los que fue distinguido con tan singular versión. Evidentemente mi petición lo tomó por sorpresa, porque vaciló unos instantes en asentir.

Antes de satisfacer mí pedido, y a modo de encuadre referencial, creyó oportuno formular un par de precisiones aclaratorias: para rendir el examen práctico, había optado por un buque próximo a zarpar hacia la Antártida y al momento de graduarse, acababa de cumplir veintidós años.

Establecido esto, dio comienzo al relato recordando que a bordo del transporte Bahía Aguirre había sido ubicado bajo la tutela del  jefe de navegación, a quien se le asignó la tarea de evaluar sus conocimientos.

En esos días, el comandante solía acercarse sigilosamente a la improvisada mesa de trabajo de mi amigo, para constatar la calidad de su pericia práctica. Luego de leer las ultimas coordenadas donde éste había posicionado al buque, lo miraba compasivamente, mientras pronunciaba con sorna y en voz alta, frases de este tenor: “Según los cálculos del aspirante estamos navegando hacia el África… ¡No comprendo por qué vestimos equipos antárticos!…

Aun hoy, el dueño del Mathilda sigue creyendo que en aquellas reiteradas burlas no había crueldad, sino solo un desacertado método didáctico. Afortunadamente el jefe de navegación se mostraba más tolerante frente a sus  comprensibles equivocaciones,  tomándose el tiempo necesario para explicarle el porqué de las mismas y las técnicas adecuadas para evitarlas.

En este punto, decidí hacer una pausa para tomar el café que me habían servido, aprovechando para formular una pregunta retórica:

 – ¿Determinar una posición geográfica, contando solo con los  conocimientos teóricos adquiridos en el curso de navegación sería, para cualquiera de nosotros, un dolor de cabeza… verdad?… Afortunadamente hoy en día todos contamos con un GPS abordo.

La ausencia de comentarios me demostró que el intento de provocar un debate constructivo había resultado fallido, por lo que no tuve más opción que retomar el monologo:

 – Mi amigo Pikápvto me precisó que antes de rendir el examen final, habían navegado por el Canal de Beagle, fondeado en la Isla de los Estados, cruzado ocho veces el Canal de  Drake, virado otras tantas el Cabo de Hornos y recalado en Ushuaia en cuatro oportunidades.

También habían  visitado todas las instalaciones ubicadas en las Shetland del Sur, incluyendo la isla Laurie, Orcadas del Sur, el grupo Thule del Sur y la mayoría de las  bases y refugios argentinos situados en el Archipiélago Antártico.

El objetivo de dicho periplo, fue proceder al recambio de las dotaciones que habían permanecido un año en aquel  territorio y a la provisión de abastecimientos para dos, asegurándoles de este modo el sustento básico, ante eventuales contingencias adversas.

A fin de confirmar si los oyentes se habían interesado en mis dichos, les pregunté con un dejo de picardía, si al conocer los detalles de esta singladura, admitían la solida base que había tenido la formación del capitán del Mathilda.

Una vez más no hubo  respuestas; solo rostros inescrutables, que de todos modos no lograron que cejara en mi empeño.

 – El  2 de marzo de 1957, entrando ya en las postrimerías de la campaña, el griego fue  convocado  al puente de manera urgente. Al ingresar se sorprendió por la presencia de casi todo el personal de navegación, cuando al igual que él, muchos de ellos deberían estar gozando de su periodo de descanso. En principio parecían ajenos a su persona pero rápidamente intuyó que habían sido convocados como espectadores de algo relacionado con su  inminente prueba final.  El comandante, con un dejo de sorna, le solicitó que, haciendo gala de  sus conocimientos y con la ayuda del material e instrumental que considerara necesario, le indicara la latitud y longitud en la que se hallaban navegando.

A continuación agregó burlonamente: “Aspirante, tómese el tiempo que considere  necesario…  pero por favor no exagere…”

En el puente solo se escuchaba el bramar del viento antártico y el ruido de la proa al chocar con las impresionantes olas  con las que estaban lidiando.

Obviaré por superfluo citar el detalle de sus afanosos cálculos.  

Luego de un lapso que no pudo precisar (a él le parecieron siglos) murmuró con voz insegura: “Señor… 67 grados de latitud Sur y 70 grados de longitud Oeste…”

La tensión flotaba en el ambiente. El temor a haberse equivocado le quitaba el aliento, sentía correr la sangre  como si fuere plomo caliente. De pronto la voz del comandante, quebró el silencio: “¡Si señor aspirante…,67 grados de latitud Sur y 70 grados de longitud Oeste… acabamos de cruzar el Círculo Polar Antártico!”

En ese momento estallaron gritos y  aplausos y mi amigo casi fue  sepultado por los abrazos de los presentes. No podía creerlo, había aprobado el tan temido examen, nada menos que precisando el momento en que cruzaban el Círculo Polar Antártico.

Al día siguiente, cuando retornó al puente, recibió por parte del jefe de navegación las felicitaciones formales al tiempo que le hizo entrega de un profusamente ilustrado diploma (el que luce en la cabina de su barco) donde certificaba con su firma que:

El aspirante  Ρικάρντο Ράφτι,  ha cruzado el Círculo Polar Antártico, el día 2 de marzo de 1957, a bordo del Transporte Naval A.R.A. Bahía Aguirre, obteniendo, simultáneamente, su acreditación como Piloto de Altura”.  

Aquí hice una prolongada pausa para que todos comprendieran que el alegato había llegado a su fin, y que aguardaba el veredicto de la audiencia. Aun conociendo muy bien la resistencia que el personaje suscitaba en mis circunstanciales cofrades, tenía la expectativa de haber contribuido  a morigerar la hostilidad de la que era víctima. Pasado unos instantes, deslicé una mirada inquisidora sobre cada uno de los presentes como invitándolos a formular comentarios.  Ante el mutismo  corporativo del grupo sentí que mi intento había sido vano.

Recién entonces comprendí que se repetía lo acontecido con otros navegantes deportivos de humilde origen. El exponente paradigmático de dicha fobia fue, sin lugar a dudas, Vito Dumas.

En su época (y aun durante mucho tiempo más), las hazañas náuticas del genial “navegante solitario” fueron desvalorizadas por los miembros más conspicuos de las clases sociales elevadas, mediante el  arbitrio de vincular su nombre con una pertenencia política, por aquellos tiempos oficialmente denigrada, e “invisibilizarlo” exhibiéndolo como un personaje innombrable, con el argumento de que su sola mención convoca a la mala suerte.

En el caso del capitán del Mathilda (a pesar de la relativa democratización social acaecida desde entonces) las mismas camarillas sectarias menguan sus cualidades deportivas, imputándole maliciosamente actitudes de soberbia e imprudencia.

Finalmente debí aceptar  mi ingenuidad. La cosa no pasaba por el desconocimiento de los meritos náuticos del denostado consocio, simplemente se trataba de la consecuencia de prejuicios muy arraigados.

Para la elite del “yachting”, la navegación deportiva es algo más que una recreación, es un rito destinado a rubricar abolengo y prosapia.

En razón a su humilde extracción social, tanto Vito Dumas como Ρικάρντο – y otros tantos personajes anónimos-  carecen de dichos atributos, por lo tanto, según esa visión sesgada de la vida, están descalificados para la práctica exitosa de tan aristocrática actividad.

A la fecha ha corrido mucha agua bajo los puentes, y es casi seguro que las nuevas generaciones no tienen la menor idea de quienes fueron y que proezas hicieron esos ignorados hombres de mar.

Tal vez esta narración despierte la curiosidad de algunos lectores interesados en el tema, impulsándolos a exhumar y poner en valor, esa categoría  de protagonistas, prejuiciadamente desdeñados por la “historia oficial”.