Los güelus. Autor: José Enrique García González

Habían pasado un par de años desde la última vez que visitaba el lugar donde mi vida cambió de manera transcendental. Este lugar al que me refiero es un valle perdido en el norte de España y cubierto por los más bellos bosques que uno pueda imaginar. Un lugar de los que cada vez quedan menos, donde todavía se puede ver el vuelo de las águilas y escuchar el aullido del lobo; donde en el otoño se puede disfrutar de ese espectáculo maravilloso que es la muerte de las hojas para meses más tarde verlas nacer de nuevo con la caricia del sol de primavera. En fin, uno de esos últimos paraísos donde aún suena la música de la naturaleza salvaje.

Que importante es para el hombre el estar en contacto con los animales y las plantas. Cuanto tenemos que aprender de ellos; que sólo toman lo que necesitan para sacar a los suyos adelante y ser felices.  Que diferente es el ritmo del mundo natural comparado con la frenética actividad del mundo moderno. La vida en la ciudad va mutilando los sentidos lentamente, y la rutina y el tedio acaban por degenerar al hombre. Pensaba yo en estas cosas mientras contemplaba el mar infinito de edificios donde por varias razones me veo obligado a vivir, pero con la certeza de que pronto escapare de sus redes. La idea de abandonar este caos que llaman ciudad me reconfortaba, así que me tumbé en la cama y me sumergí en mi memoria para volver a mi valle perdido.

Recuerdo a la primera persona que me encontré en mi camino. Era un anciano de un pueblo cercano. Desde el primer momento note en él la sencillez y humildad característica de la gente que vive en la montaña. En su rostro arrugado se podía intuir el saber popular transmitido de generación en generación desde hace siglos. Venia de recoger plantas que más tarde usaría como remedios para ciertas enfermedades según me dijo.

-¿Y a ti que te trae por aquí muchacho?

-Alguien me hablo hace tiempo de lo bonito que era esta zona. Y como pasaba de camino pues decidí hacer una parada para conocerlo. No lo tenía planeado. Ha sido un poco de casualidad.

-Si has llegado hasta aquí, será por algo. Yo pensé que habrías venido a ver los güelus.

-¿Los güelus? -Pregunté con curiosidad-.

-Son dos árboles centenarios sobre los que hay muchas leyendas, unos dicen que bajo ellos se reunían las brujas a celebrar sus aquelarres y que están malditos, razón por la que han intentado prenderles fuego varias veces, otros dicen que su alma es bondadosa y tienen el poder de cambiar el destino de las personas que se acercan a ellos.

-No había oído nada sobre ellos –contesté sorprendido-. ¿Usted cree que están malditos?

-Hay que ser muy ignorante para pensar que un árbol pueda estar maldito, ¿no crees? Te recomiendo que vayas a verlos. Quien sabe, igual tienen algo para ti -me dijo sonriendo-.

-¿Están muy lejos?

-Como a unas 3 o 4 horas desde aquí. Hay una cabaña donde puedes pasar la noche si quieres.

-No sé… nunca he pasado la noche solo en el bosque. Pero para todo hay una primera vez ¿verdad?

-Cierto es. Y no te preocupes demasiado, no vas a estar completamente solo. Suelen venir excursionistas por esta zona y la gente de los pueblos cercanos a menudo van al bosque a por plantas o setas. Es fácil tropezarte con alguien con quien hablar, la gente suele hablar mucho. Lo difícil es encontrar a alguien con quien compartir un silencio.

Sin duda era un hombre sabio, le dije que esperaba volver a verle y charlar otro rato a lo que él respondió que le parecía estupendo. Nos despedimos deseándonos buen viaje y proseguí mi camino.

Que agradable es caminar por el bosque. No buscar nada pero siempre esperar encontrar algo. Me sorprendí de lo bien que se siente uno cuando encuentra el goce en el aroma de una flor o el vuelo de un pájaro. Y seguir caminando, sin prisa, dejándote llevar para que la naturaleza te muestre sus secretos.

El adentrarme más y más en la espesura, parecía suscitar en mi interior un algo difícil de explicar. Algo que nunca había sentido y que aumentaba a cada paso. Como sino solo estaría penetrando en el interior del bosque sino también de mi propia alma. Estaba fascinado por las bellezas que aparecían ante mis ojos. Donde quiera que mirase se percibía la fuerza vital que mana de todo ser vivo y hasta las rocas y el agua me parecían cosas vivas. Me daba la impresión de que formaban parte de un mismo todo.

Al poco de reanudar mi marcha sorprendo a un grupo de venados comiendo en un claro y me escondo para observarles. Es un grupo de hembras con sus crías. Que cuadro tan hermoso. Me siento un privilegiado por poder espiar la vida secreta de los animales. De repente veo que una densa niebla comienza a penetrar en el valle. Por un lado disfruto ver la niebla inundando el bosque, pero cuando me doy cuenta de que no veo más de tres metros en adelante, el miedo ancestral se apodera de mí. Es fácil perderse en un bosque con niebla, aunque el hecho de que siempre puedo seguir el rio hasta el pueblo más cercano calma mis ánimos, por lo que decido seguir  adelante. De pronto veo algo que aparece tras unos acebos. Su ancha cola le delata. Es un zorro. Nos miramos mutuamente unos segundos y sale corriendo monte arriba. Decido seguir en la dirección del zorro. En ese momento comprendo que no hay que darse demasiado a la reflexión sino dejar que las cosas vengan como quieran.

Sigo avanzando y comienzo a sentir su presencia. Unos metros más y mis presentimientos se confirman. Allí estaban, gigantescos e impasibles, como guardianes de un mundo secreto. Primero observo el más grande de los dos, el güelu, y unos metros más atrás la güela. Verlos aparecer así de entre la niebla me causo una impresión maravillosa que no puedo explicar con palabras. Fue como si el universo entero me revelara sus secretos. Pero no lo sentía como un descubrimiento sino más bien como un reencuentro con algo que había olvidado hace tiempo, y que yo creo que está al final del camino que toda persona debe recorrer.

No sé cuánto tiempo estuve allí entregado a la contemplación de sus extrañas y a la vez bellas formas. En momentos así el tiempo pierde su significado, se desvanece, y las fronteras entre el hombre y la naturaleza desaparecen. Imaginaba yo todo lo que habrían visto durante tantos años. Los paseos del oso en el otoño o los amores de las parejas de lobos. Sus ramas me sugerían los diferentes caminos de la vida de las personas y tuve una visión fugaz en la que me veía dirigiéndome desde las ramas más finas hacia el enorme tronco del árbol para seguir descendiendo por las raíces hasta la tierra misma. Muchas veces he reflexionado sobre esta visión, y sin embargo sigo sin conocer del todo su significado.

Al disiparse la niebla, descubrí en un alto la cabaña de la que me habló el anciano. Esta anocheciendo por lo que me pongo en marcha hacia allí. El sitio es magnífico y las vistas que se tienen del valle son espectaculares. La cabaña es simple pero acogedora, compuesta de un camastro y una chimenea. Y la verdad es que no se necesita mucho más en un lugar como este. Había leña apilada junto a la chimenea y me dispuse a prenderla para comer algo. Después de saciar un poco el hambre salgo de la cabaña y me encuentro con una estampa maravillosa. No quedaba ni una nube en el cielo y la luz de innumerables estrellas dominaba el silencio de la noche.

Hice una pequeña fogata para tumbarme al calor y seguir disfrutando de tan mágica noche. Me invadió una profunda felicidad al pensar que mis vecinos ahora eran los zorros y los corzos, los robles y las hayas, con ellos tenía que convivir, y compartir el aire y el sol. Imaginaba lo bellos que serian los inviernos por aquí. Pasear sobre la nieve con la luna llena o despertarse pronto en la mañana para ver las huellas que habían dejado los animales en la noche como si de un libro escrito en la nieve se tratara. Largo rato permanecí despierto junto al fuego antes de que mis parpados se cerraran y cayera en un sueño tan profundo y placentero como nunca antes en mi vida.

A la mañana siguiente miraba el bosque asombrado. Había olvidado donde me hallaba. Las primeras luces del alba daban al bosque un aspecto maravilloso y los habitantes del bosque se vestían de hermosos tonos dorados. Decido quedarme otra noche más a pesar de que mi comida empieza a acabarse, pero me siento tan lleno de vida que no me importa pasar un poco de hambre.

Fueron dos días inolvidables. De hecho me costaba creer que solo llevara allí dos días, porque a mí me parecía mucho más. Supongo que es lo normal cuando te sales de la rutina diaria y todo es descubrimiento y novedad. Cuando me iba recordé las palabras del anciano cuando me dijo que igual los güelus tenían algo para mí. Y creo que tenía razón, ya que aquellos días cambiaron mi forma de ver las cosas. Sentí que una piel vieja se desprendía de mí, que rompía una especie de cascaron y me sentía más libre. Mi mundo en general cambió para bien en muchos aspectos, y sobre todo en uno de ellos, ya que al poco tiempo de esta aventura mía una persona muy especial apareció en mi camino. ¿Sería este el regalo que los güelus tenían para mí? ¿O acaso el haber conectado con la naturaleza de forma tan especial, haciéndote sentir tan bien por dentro, de alguna manera se proyecta hacia el exterior atrayendo cosas buenas? No lo sé, espero volver pronto para preguntárselo, porque lo que es seguro es que muchas cosas cambiaran en mi vida pero ellos siempre estarán allí, pacientes e imperturbables, en lo profundo del valle.

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