13 soles. Autor: Autor: Albert Franquesa Valcárcel

Era la tercera vez que iba a la estación de Chilca, a las afueras de Huancayo, a comprar el billete a Huancavelica, y por tercera vez encontraba cerrada la boletería. Tres malditos días llevaba atrapado en aquella turbia ciudad, humeante como un mate de coca, sin que mi contacto respondiera al celular.

Me acurruqué bajo el soportal, bien pegado a la sombra, a esperar no sé muy bien qué; la boca y la nariz tapadas con ambas manos para no tragar la polvareda de los coches rabiosos que rompían de vez en cuando el desmedido silencio de aquel paisaje desolado de casitas resquebrajadas, sesteo de perros flacos y postes eléctricos y caducos. Casi sentía pena por los que habían nacido allí.

La puerta se abrió y apareció una mujer en bata, escoba en mano, que se puso a barrer la acera. Pregunté por los boletos. El encargado había ido a desayunar.

–Dos horas llevo aquí esperando y no he visto un alma.

–Las almas desayunan, misti.

El asfalto hervía deformado en un ondulante horizonte de espejismos. De tanto calor parecía que la tierra exhalase su angustia perpetua. El celular, sin cobertura. Como yo. Como mi vida. El día de la marmota en una ciudad andina con el maldito sol inca cocinándome los sesos dentro del cráneo, como si de cocer papas en un horno pachamanka se tratase.

Al rato, a lo lejos, pegada a la sombra escasa de las techumbres, se distinguía un puntito en movimiento, más tarde una silueta. Era una muchacha en pantalón corto, camiseta de tirantes y mochilita al hombro, balanceándose sobre unas piernas larguísimas calzando deportivas. El pelo largo de ala de cuervo anunciaba una cholita. Le seguía pegada una sombra encorvada y saltarina, falda y refajo, sombrerito y manta voluminosa a la espalda. Parecían un dúo cómico, la bella y la abuela.

La bella saludó educadamente, se detuvo frente al portón cerrado y consultó el horario con el ceño fruncido.

–¿No abrieron?

Me encogí de hombros:

–Las almas desayunan.

–¿Qué almas?

Lo cierto es que el tren de Huancayo a Huancavelica -el tren macho, lo llaman-  empezaba a hacer honor al dicho “sale cuando quiere, llega cuando puede”.

–Al menos debería haber alguien, no sé, alguien para atender o dar explicaciones –dijo la bella Pocahontas resoplando indignada de brazos cruzados.

La abuela se mantenía unos pasitos alejada y cuando la miré de reojo sonrió mostrando su dentadura de oro en un rostro de terracota que se deshacía en mil arrugas.

–Trae usted mala cara. Es el soroche, ¿verdad?

–Todavía no he desayunado.

–Unas cuadras al sur, hacia la estación Lima-Huancayo, hay casas de comidas. Si quiere podemos comer algo allí y hacer tiempo.

Pocahontas se decidió por la que no parecía tener hules mugrientos ni moscas en cada rincón. Pidió panqueques y un batido y yo la imité. Caldo de gallina con presa de pata y huevo para la abuela que sorbía hasta el último fideo y chascaba los huesos entre sus dientes de oro implacables.

Pocahontas, a quien no le echaba más de veinticinco años, se llamaba Lesly y hablaba un castellano sazonado de espanglish. Quería tomar el tren macho por su fama de paisaje bonito. Además su abuela creció en las quebradas a las que sólo llega el tren macho, en una de las pequeñas y humildes comunidades. Ella no; vivía en los USA y la mandó su mamá a conocer. Primero -qué remedio- Huancavelica, luego Cuzco y Arequipa y de vuelta a Lima. Se regresaría a los USA después de las fiestas patrias que pasaría con unos amigos de la familia de su papá, en Miraflores.

–¿Usted también viene de Lima?

–Sí, de Barranco.

–Barranco… un barrio chévere de artisteo y músicos, con un ambiente de barra pisquera muy lounge. De vuelta iré a por un buen pisco sour antes de regresar a los USA.

La abuela miró a su nieta con desdén, como diciendo ya está con las mismas tonterías.

–No haga caso a mi nieta, es una descerebrada. Todavía es demasiado joven para comprender. Barranco y Miraflores viven en el lujo y la modernez gracias a la miseria del país. Aquí siempre ha habido mucha riqueza y siempre muy mal repartida.

Nieta gringa de abuela de Sendero. Vivir para ver. Yo de Barranco sólo recordaba la pensión mochilera; su azotea de juvenil confraternización internacional, el arcoíris pintado de la habitación Selva, un perro holgazán llamado Bingo y una norteamericana que tocaba el violín por las calles de aquel barrio bohemio con los pechos moviéndosele como badajos y luciendo un bigotillo muy sexy, que me contó que vivía en Brasil y que llevaba un año viajando sin dinero.

–Qué personaje tan literario –exclamó Lesly.

–Una aventurera a la que papá le manda dinero cuando la calle no lo suelta y  números atrasados del New Yorker porque, según ella, acostumbraba a leerlo desde pequeña.

–No sea tan malicioso.

La abuela nos miraba y sonreía pero no decía nada, aunque parecía susurrar un apúrense, hay que tomar el boleto. Trece soles nos costó en clase buffet para el día siguiente por la mañana. Nos anunciaron que el tren iría repleto por estar la carretera bloqueada. Los maestros del SUTEP mantenían barricadas en la ruta Huancayo-Huancavelica y no pasaban los buses porque los apedreaban y pintarrajeaban y las compañías no arriesgaban.

 

En la estación de Chilca, de madrugada, helados y apiñados en la entrada un montón de  gentes, bultos y animales, iba a ser yo como siempre el único, el gringuito, el misti que aterroriza a los niños; quizá algún cholo amable con algún asunto en las comunidades, pero todo era mayoritariamente sangre quechua.

No había más desayuno que los panecitos y la quinua que calentaba una indita en un puchero. Sólo disponía de un par de vasos con los que servirla a la parroquia. El taxista que me trajo dijo que era un abuso, un sol por un vasito de quinua. Recordé que llevaba clase buffet; algo sólido soltarían. Hacía frío, mucho frío, y el mundo todavía era oscuro a esas horas crepusculares en aquella estación remota.

El tren era un trencito, parecía de juguete con los vagones de pasajeros pintados de rojo y blanco azulado, naranja y amarillo, según la clase. La locomotora diesel tiraba también de un par de vagones de carga de madera muy llovida. Me extrañó no ver a Lesly y a su abuelita tanto como dar con una pareja de mormones desayunando quinua y charlando con un acento poco hispano con el taxista y la vendedora. Elmer uno y Elmer dos parecían felices de haber abandonado su Utah natal para predicar la palabra entre los habitantes de las quebradas mientras estuvieran secuestrados por el tren macho. No me sorprendería que además chapurrearan el quechua. Esperaba no tener que vivir el anuncio de compresas higiénicas en el que te dormías y descubrías a Elmer uno y a Elmer dos dispuestos a darte una charla de cinco horas. Ocupé mi asiento y el tren arrancó justo cuando aparecían Lesly y la abuelita al final del andén y el trencito fuera de su alcance. Desde la ventana vimos cómo el taxista que me trajo empujaba a Lesly dentro del auto y pronto nos adelantaban ante el asombro y risas del paisanaje. En el siguiente apeadero ya nos esperaban listas para el reenganche y el taxista sonriéndose encantado.

Levanté la mano señalándoles los asientos libres y avanzaron entre agitadas y sonrientes, zarandeadas por el apuro pasado y el equipaje a cuestas.

–Tuvieron suerte. Pensé que iban a perder el tren.

–Yo también– dijo Lesly todavía agitada, descargando la mochila enorme de sus espaldas.

La abuela venía refunfuñando y golpeando con el bulto de su manta a cuestas las cabezas de los pasajeros como si fueran bolos:

Yana macho, viejo negro, viejo cochino desconsiderado. Monstruo de hollín de carbón de piedra siempre con prisas para traer la miseria al mundo.

Al poco de retomar la marcha todo el mundo se envolvía en sus mantas menos nosotros. Lesly se quejaba del frío y se encogía dentro de su anorak rojo; la vieja se reía en su nido de mantita colorida de mil usos.

–Es extraño encontrarle fuera de la ruta del gringo –dijo Lesly–. Huancavelica no es precisamente Cuzco, tiene fama de ser región pobre y con atraso.

La abuela se revolvió en su mantita y gruñó ensartando palabras como inca, españoles, minas, plata, oro, haciendas, repúblicas, terroristas, ejércitos, gringos, banco mundial… Estaría yo padeciendo aún de sobredosis de mate de coca por culpa del maldito soroche que me agarró bien fuerte de Lima a Huancayo, a más de cuatro mil metros. Por suerte, un joven azafato del autobús crucero VIP de Cruz del Sur me ofreció una pastilla de acetazolamida cuando alucinaba ya con una escena de vicuñas saltarinas en la puna sacada de Fantasía de Disney. La cabeza me estallaba, la taquicardia anunciaba un aneurisma inminente, la vieja sonreía…

–Hoy trae usted mejor aspecto. ¿Descansó bien en Huancayo?

–Sobre todo sabiendo que al día siguiente me largaba de ahí.

–¿No le gustó la ciudad?

–No mucho.

Lesly miró alrededor y sonrió.

–¿Se ha fijado en que es usted el único misti del vagón? Como ya le dije, están todos en la ruta del gringo. ¿No va a ir usted al Macchu Picchu?

–No lo sé todavía, quizás más adelante.

–Le va a resultar difícil si no tiene reserva online para el tren y la ciudadela inca. De todas formas tiene que visitar Cuzco y pasearse por el barrio de San Blas, muy romántico y con unas callecitas muy lindas para hacer shopping.

–Déjalo tranquilo, hijita. Sariri no ha venido acá para comprar recuerdos. Sariri viene acá con una misión.

Lesly se apiadó de mí por el frío que iba a pasar en la sierra y de lo hartito que quedaría de papas y quinua, que en las comunidades más no encontraría. Me aconsejó tomar alojamiento en el Hotel Presidente, en la plaza de armas, que seguro había allí agua caliente en el baño, además de tv por cable y wifi.

El trencito subía chulesco como un torito bravo arrimándose al precipicio, lamiendo el abismo en cada curva. Subía resollando y bajaba resbalando por las quebradas, como deseando salirse del raíl para explorar otras geografías, silbando para despabilar un rebaño de llamas distraídas o una pareja de burros flirteando en medio de la vía. Cuando entraba en los túneles se hacía la oscuridad total, como en las películas de suspense de los años sesenta, solo que al hacerse de nuevo la luz no había desaparecido nada de valor, pues para bien o para mal, todos eran pobres en aquel trencito de camino a Huancavelica y no había joya alguna que robar. La joya estaba afuera, al otro lado del ventanal: un impresionante paisaje andino de escarpados montes jaspeados de alisos y eucaliptos, y por el valle angosto, en el fondo de la cañada, un río cristalino perseguía juguetón al tren, hasta caerse entre las rocas a la tranquila y espejeante laguna que reflejaba un cielo azul quieto, eterno.

Todavía era temprano y el sol era tímido. Pasamos por la estación de Tellería, a más de tres mil metros de altura, con el cuerpo encogido y los pies congelados. Lesly propuso que nos trasladásemos del lado umbrío al soleado del tren, al calor de los primerizos rayos de sol.

–¿Llueve dentro del tren o me lo imagino? –dije atónito, sintiendo un húmedo palpitar sobre mi coronilla.

El techo de madera reblandecido goteaba sobre el equipaje y nuestras cabezas; agrietado y descascarillado, soltaba escamas de pintura en cada curva, que celebrábamos como lluvia de confeti.

Lesly era de Nueva York, donde cursaba un máster en Relaciones Internacionales, después de haber estudiado derecho en Boston, en una universidad para chicas. Su madre emigró con la niña en brazos a los Estados Unidos veinte años atrás. Había limpiado y fregado suelos por la noche en los rascacielos de Manhattan. Todo aquel sacrificio para que Lesly estudiara y se labrase un futuro.

–Mi madre se casó con un norteamericano y tuvieron a mi hermanito Bobby.

Para Lesly, todo era turismo y shopping y acribillar paisajes con su Iphone para subirlas inmediatamente al facebook. Para ser medio peruana, estudiante de Relaciones Internacionales y futura abogada, tenía una idea muy sui generis del mundo en general y de su Perú natal en particular. Me hablaba de Máncora y de sus las mansiones de lujo al borde de la playa, de Trujillo, donde hacer skysurf, apostar en los casinos y comer marisco o Chiclayo, una ciudad muy animada con mucha vida comercial.

–No es como aquí en los Andes, una región humilde y en ocasiones violenta, donde el paisaje es muy bonito pero no hay nada que hacer.

Perú para ella era un país triste, por no decir pobre, y ella era norteamericana. La abuela cada vez que la oía parecía enfermar. No era por el soroche, era por esa boquita sensual de labios carnosos soltando misiles tomahawk contra el país uno detrás de otro.

Lesly cruzó sus piernas moldeadas de gimnasio exhibiendo su lado más yanqui con desparpajo, dejando atrás la ancestral timidez de muchacha peruana con una amplia sonrisa forjada a base carmín, rímel y orgullo norteamericano.

–¿No me contará por qué viaja a Huancavelica?

–Es un poco largo de explicar…

–Tenemos tiempo.

Le conté que trabajaba para una ONG dedicada a la preservación de especies de cultivo autóctonas y soberanía alimentaria.

–Voy a la evaluación de un proyecto, pero aún no tengo muy claro que es lo que tengo que hacer. Todavía no he podido hablar con mi contacto en Huancavelica.

Traté de explicarle en qué consistía el proyecto de conservación de variedades de papas nativas en comunidades de productores altoandinas. La abuela asentía y sonreía, como si entendiera, mientras Lesly me miraba aburrida, procesando vete tú a saber qué.

–Pensé que venía a bisnear. Eso es lo que hacen los españoles que no vienen de turismo, ¿no?

–Pues ya ve, hay una tercera vía.

–Sí, claro, salvar al mundo… me suena de algo.

La abuela parecía oscurecerse y gruñir entre dientes maldita tu sangre gringa y otras lindezas a su nieta.

–Ha venido a escuchar el lamento de la tierra y a devolverle la honra.

Lesly se calló un momento, como prefiriendo no discutir con su abuela.

–No le critico, al contrario. Este país lo que necesita es grandes inversiones. Es un país rico. Petróleo, gas, minerales. Pero ya ve, atrasado. Hay que crecer económicamente para traer el progreso.

–No le haga caso. Es más gringa que quechua, allá en los USA les lavan el cerebro y se inventan la historia.

–Hay que reconocer al menos que el país prospera y está mejor que hace unas décadas.

–Tonterías. El progreso sería deshacerse del hambre y las disputas del hambre.

 

Habíamos pasado el pueblo de Izcuchaka y ya andábamos por tierras huancavelicanas. Hacía menos frío y Lesly se había quedado dormida, encogida en su anorak rojo.

Estábamos solos en el vagón buffet, Lesly, la abuela y yo. Efectivamente, los mormones se apañaban con el quechua para arengar al paisanaje de la tercera clase. Aquel día había feria en un par de pueblitos de las quebradas, contaba la abuela, y el domingo en Yauli, de ahí que la clase turista se llenara de serranos y bultos a la salida y durante las paradas. Los vagones eran una granja ambulante hasta arriba de pollos patiatados y sacos de papas, entre correteo de niños y mercadeo de refrescos y batidos, risas, ronquidos y mates humeantes. El camarero había servido unos caldos de gallina que habrían encargado los principales, el resto tragaba lo que traía en grandes bolsas, como la abuela que mascaba hojas de coca que iba sacando de un subterfugio de la falda.

Para las gentes de las quebradas el tren era la única opción rodada, según la abuela; un río de vida entre las comunidades aisladas por la dureza del clima –frío por la noche, sol tórrido al mediodía–, que les permitía comerciar y canjear y tener cierta independencia de los hacendados.

Pero era un río contaminado.

–El tren macho ha traído la maldición misti a nuestras tierras. El tren macho, desbocado y  ebrio de progreso, es insensible a la Pacha Mama.

Según la abuela, el progreso económico había traído la destrucción a la comunidad y a la madre naturaleza. El progreso había venido para llevarse el oro y la plata, la madera y el carbón.

–El progreso se vino acá a esclavizar. Todo se lo lleva. Nada nos dieron, sólo una iglesia en la plaza de armas para rezar a su dios sangriento. Que se vaya, que nos dejen vivir tranquilos. Pero ya es tarde…

Parecía que hablasen sus dientes, unos dientes dorados, brillantes de rencor entre unos labios arrugados de desprecio, mordidos por el hambre.

–Vaya usted a las minas de Santa Bárbara, y que le cuenten cómo las madres, hacha en mano, cortaban los brazos de sus hijos para que no los llevasen a ese infierno los españoles que removían una tonelada de tierra por un gramo de oro y plata…

Andábamos ya por los tres mil quinientos metros por lo menos, porque los mareos y el dolor de cabeza, el maldito soroche, regresaron para quedarse conmigo hasta el final del trayecto. La abuela me dio a masticar coca. Su voz resonaba en mi cabeza vacía como un murmullo ancestral, un insólito y revuelto castellano zancadilleado por el quechua.

–…la historia la escriben los vencedores, con arrogancia, sembrando el olvido, borrando el rastro de sangre que dejaron –peroraba implacable la vieja–. Los países son un invento de los ricos y los poderosos, imponiendo sus leyes y sus fronteras, para someter a los demás y poderse enriquecer –catedrática me salió y la nieta duerme…–. Los quechua no entendemos de países. Nuestra identidad no es una bandera, ni siquiera la peruana, sino la madre naturaleza, Pacha Mama –todo lo veía pixelado de tanto mareo–. Pacha Mama cuida de sus hijos que son los hombres y todo lo que vive en ella. Sufre, se alegra, enferma, llora también Pacha Mama. Castiga con sequía y granizo y el ganado enferma; muere la papa, el maíz. Nos recibe a todos en sus manos de madre. Pacha Mama no entiende de fronteras, lo  único que pide es respeto y amor. Pero Pacha Mama no es inmune al desprecio. Pacha Mama clama ahora por desenterrar el hacha de guerra. Pacha Mama es una herida abierta que no olvida –su voz parecía una psicofonía emanada del túnel que acabábamos de atravesar, un túnel como una entraña fosilizada–. Nuestros ruegos han sido escuchados, Pacha Mama le envía…

¿Eran los efectos de las hojas de coca o aquella señora alucinaba? ¿O era yo quien alucinaba bajo los efectos de la coca?

–La profecía habla del hijo extranjero, el hijo que nació en el infierno, el hijo que viene de la guerra del mundo por el oro negro. Hijo mío, tu sangre no es tu sangre. En tus hijos hallarás tus ancestros.

Un sudor frío recorría mi espinazo de arriba abajo. Iba a vomitar. Apenas sí podía oír a la loca que seguía y seguía en su desvarío de momia anóxica.

–Yo le acompañaré. Y mi voz le ayudará. Podrá hablar con la tierra como nosotros le hablábamos.

–Igual podría ayudarme su nieta, que ha estudiado Relaciones Internacionales –dije yo por distraerla del delirio profético en el que se había metido.

–Ella no sabe escuchar, ella no puede ver lo que usted; es mi sangre pero ya no siente la sangre. Te hablo a ti porque tú eres la sangre nueva. Hay una sangre nueva a la que puedo hablar.

La abuela movió la mano en espirales con una ramita de eucalipto, como si hiciera un conjuro, qué sé yo, y sopló con fuerza en mi cara rociándola de saliva.

El tren clavó los frenos y Lesly despertó de su profundo sueño justo para salvarme.

–Vaya, ya hemos llegado –dijo frotándose los ojos–. Huancavelica. Final de trayecto.

Se levantó y sacó su mochila del equipaje de mano.

Bajé apresuradamente y llamé a mi contacto tan solo pisar el andén. Me dijo que no estaba en Huancavelica sino en la comunidad de Nuevo Occoro, que tardaría unos tres días en volver.

La vieja parecía haber desaparecido pero Lesly estaba de pie a mi lado, mochila al suelo, esperando.

–Mi contacto ha vuelto a escapar. No sé qué voy a hacer ahora.

–Véngase mañana conmigo en el tour a las ruinas de Incahuasi. Verá los espejos y la laguna Choclococha, la más grande de Perú.

De camino a la plaza de armas, Huancavelica parecía un lugar tranquilo y luminoso, de aire limpio bajo un cielo azul radiante. La ciudad se encajaba entre montañas altísimas y el río Ichu, en un valle a casi tres mil setecientos metros de altura. Ya me sentía mejor, incluso bien.

–Menos mal que aparcó a su abuela. Qué alivio, ¿no?

Lesly frunció sus cejas preciosas y sonrío, algo sorprendida.

–Quiero decir… que es una mujer interesante y muy amable… pero dice cosas un poco extrañas…a estas edades ya se sabe…

–¿Mi abuela? Mi abuela murió siendo yo muy niña. Apenas la conocí.

–Pero… ¿y la anciana que la acompañaba? Iba a su lado, en el tren.

–¿Qué anciana?

–Vestida de negro, pollera de lana negra, adornos bordados en hilo rojo y azul…

Decidí interrumpirme a media frase, no seguir con aquel cuento de mareo y debilidad mental.

–Sabe –Lesly me miró muy seria–, mi abuela fue una anciana sagrada, muy respetada entre los suyos. Mi mamá me pidió que le pusiera flores a las cruces de Huancavelica en su memoria, que los suyos sabrán. A eso vine.

Entonces cambió de tono:

–Está usted pálido y empapado de sudor. Camine despacio, no se apure. Será el soroche, subió demasiado aprisa desde Lima. El mareo le pone a uno la vista borrosa y la cabeza mezcla imágenes y conversaciones. Se le pasará, no se preocupe.

Llegamos a la plaza de armas. Lesly tomó una habitación en el Hotel Presidente porque era el único que tenía agua caliente y calefacción, tv por cable y wifi.

–Podríamos cenar juntos esta noche.

Nos despedimos allí mismo, y cada uno siguió su camino. El mío, al hotelito pensión que llevaba consignado por la organización. A escasos metros, rozado por un vago presentimiento, di media vuelta y ahí estaba la abuela, en el centro de la plaza de armas, riéndose más que nunca y gesticulando de aprobación y reconocimiento. Luego echó a correr dando saltitos detrás de Lesly y de su manta rodaban papas pequeñitas de todas las formas y colores, y también granos de maíz, como cuando se rompe un collar de perlas. Entonces me di cuenta que la callecita estaba llena de ancianos con ropas y sombreros negros y adornos de muchos colores y todos me sonreían con la boca poblada de dientes de oro en señal de bienvenida.

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