Compañera de Viaje. Autor: Néstor Quadri

Un día decidí partir de la Ciudad donde vivía para dirigirme de vacaciones hacia las montañas, con objeto de alejarme de toda aquella rutina que siempre me envolvía en la soledad de mi existencia. Planifiqué el viaje con gran cuidado, porque esquiar en la nieve era una asignatura que tenía pendiente desde hacía mucho tiempo. Había tenido en cuenta el más mínimo detalle y esperaba poder disfrutar de una agradable estadía en esa hermosa región.

Al llegar en el anochecer a la estación principal de ómnibus de la Ciudad, me dirigí dificultosamente hacia la plataforma que me correspondía, esquivando la gran cantidad de gente que se desplazaba en esos momentos para viajar. Después que subí al autobús, estaba algo somnoliento y recliné mi asiento que estaba junto a la ventanilla, decidido a descansar y pasar bien cómoda la noche. Luego de un tiempo prudencial, cuando el vehículo ya estaba por partir, súbitamente subió una joven, alta, rubia, delgada y muy hermosa, que se sentó justo al lado de mi asiento.

Tenía un vestido negro que marcaba una línea de recato y sobriedad. Al verla, me encandilaron sus enormes ojos verdes que iluminaban su bello rostro y como por un encanto se me esfumó el sueño. Tenía el cabello rubio recogido con un prolijo rodete aferrado a la nuca. Llevaba en una de sus manos una cartera de cuero que hacía juego con su indumentaria. Luego de arrancar, la traté de mirar disimuladamente aprovechando el reflejo en el vidrio de la ventanilla, mientras el autobús se desplazaba lentamente por la Ciudad. Cuando atravesábamos los campos iluminados por la luna y las estrellas, se apagaron las luces y mi alma se sentía como el autobús, corriendo por la ruta con la tenacidad de un león hambriento, persiguiendo a una invisible presa, inalcanzable y esquiva.

De ese modo, frente a la compañía de esa mujer tan seductora no podía conciliar el sueño, siendo yo un hombre que en los viajes siempre duermo sin problemas. Mil veces intenté dormir, mas fue inútil, porque estaba prendado de esa joven y eso era lo que realmente me quitaba el sueño. En esos momentos en que yo estaba bastante inquieto, mi compañera de viaje leía tranquilamente un libro, iluminado por la luz de posición de su asiento, en medio de la oscuridad que nos rodeaba. Después de un buen rato, quedé completamente sorprendido cuando de repente, ella giró su rostro directamente hacia mí.

― ¿Qué hora es? ―, me preguntó con una voz melodiosa, mientras me observaba con sus bellos ojos verdes entre sorprendidos e inquisidores.
― Alrededor de las diez de la noche ―, le contesté rápidamente, mirando mi reloj de pulsera.
― ¿Va muy lejos? ―, le pregunté, como forma de entablar una conversación.
― No muy lejos ―, me contestó ella y luego se quedó callada pensando, mientras miraba displicentemente, hacia la página del libro que tenía entre sus delicadas manos.
― ¿Se habrá divertido en la Ciudad, verdad? ―, le pregunté y como no me contestaba, le aclaré que le había hecho la pregunta porque la Ciudad era muy seductora y habían muchos lugares de entretenimientos y espectáculos donde uno podía olvidar las penas.
― Vine a visitar a un familiar ―, me contestó y dicho esto, se quedó nuevamente en un silencio profundo un buen rato, mientras el autobús volaba en la ruta como el viento.
― ¿Y adónde va ahora? ―, le pregunté después.
― Retorno a mi pueblo ―, me respondió.

Entonces, le dije que era empleado administrativo en una Empresa Multinacional y le conté algunas cosas de mi vida solitaria envuelta en la rutina diaria de la oficina, mientras ella, abstraída y muy triste, miraba con los ojos empañados tras de mi rostro por la ventanilla, hacia las oscuridades lejanas de la noche estrellada. Luego se hizo un largo y penoso silencio en la que compartimos nuestras soledades, hasta que finalmente el autobús llegó a la parada de su pueblo.
Fue allí, cuando quedé completamente sorprendido al ver que mi compañera de viaje se levantaba prestamente de su asiento con su cartera, y se dirigía a la puerta de descenso del autobús, sin siquiera saludarme. Mientras caminaba, observé que con un pañuelo trataba de ocultar las lágrimas de una inconsolable pena, entre el río revuelto de las demás personas que se desplazaban precipitadamente por el pasillo para bajar del autobús.

Pensé que no la vería nunca más, pero ante mi sorpresa, se acercó caminando por el andén hacia mi ventanilla y cuando la abrí, con dolor profundo y mirándome con la faz desencajada, me dijo que fue a su esposo a quien vino a ver en la Ciudad y que estaba allí, señalándome hacia el cielo. Dicho esto abrió su cartera y me mostró su foto, mientras se enjuagaba con el pañuelo una lágrima que pugnaba por asomar en sus bellos ojos. Al verla quedé mudo por la sorpresa, porque esa foto sonriente era similar a la imagen de mi rostro.

Me contempló por un instante y creí adivinar una chispa de cariño y fidelidad en esos ojos verdes que tanto me subyugaban. Sus labios no se movieron, pero una sonrisa de saludo aleteó en su rostro una fracción de segundo antes de darse vuelta. Lo último que vislumbré previo a que se desvaneciera para siempre de mi vista, fue su pelo rubio peinado con rodete, que se ondulaba mientras se alejaba entre un mar de caras y nucas borrosas. Después se perdió entre la gente, cual si fuera una princesa hermosa esfumándose entre la sombras de la noche y de esa manera, quedó truncada para siempre esa breve e inocente relación que tuve con ella en ese viaje.
Cuando rápidamente el autobús partió de la estación, sentí con mucha tristeza la falta de mi compañera de viaje al lado de mi asiento y volví a estar inmerso nuevamente en ese destino solitario de mi vida que tanto me agobiaba. Luego no pude conciliar el sueño durante el resto del viaje, porque aunque no había conocido su nombre, ni sabía quien era, seguía pensando en ella, mientras el autobús se dirigía raudamente hacia ese destino de esparcimiento que había programado tan pacientemente en aquellas lejanas montañas nevadas.

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