Una llamada al cielo. Autor: Mercedes Bagó Pérez

Hacía tiempo no daba un viaje largo y mucho menos en un tren de verdad.  De esos que hacen silbar los rieles al rozar con sus ruedas metálicas, de los que te dejaban observar el paisaje sin prisa y permitían que olieras las flores de temporada, y hacía “chu chu” anunciando que llegaba. Di un viaje de ensueño ese día.  Me acompañaban caras conocidas: la chica en silla de ruedas que sonreía al verme, el joven que me acompañaba en el ascensor la semana pasada, la del traje rojo y el bebé cachetón del mercado. Vi a muchos desconocidos también: una señora mayor de pelo muy blanco y ojos azules, el niño con sus libretas atadas con bandas de cuero y el alegre gordito con su habano en la boca y mirar picarón.  Íbamos todos, cada cual con sus planes y nuestros afanes olvidados.

Se anunció el terminal. A los pocos minutos, fuimos bajando sin prisa, cada quién por su rumbo. Algunos tomaron su próxima línea, otros los recibían caras conocidas y alegres, algunos caminaban directo sabiendo muy bien su destino. De pronto, toda el área frente a mí, antes congestionada de gente y bullicio, estaba vacía, dejando ver sus mosaicos antiguos y bellos como aquellos que tanto me gustaban cuando era niña. El silencio sobrecogedor se rompía por mis pasos perdidos que trinaban en el aire solitario.

Caminé, pregunté a todo el que pude ver, lloré sentada mientras me apoyaba en mi pequeña maleta de manos. Definitivamente estaba perdida, quizás me bajé en el terminal equivocado.  La urgencia me llevó corriendo al baño más cercano.  Sentí un gran alivio y quizás un aire de optimismo sopló mi rostro, hasta percatarme que no tenía la maleta de mano, tampoco la cartera con mis documentos.  Corrí hasta el lugar donde estaba sentada y no encontré mis pertenencias.  ¿Qué me quedaba? “Llamar a papá, el único teléfono que me sabía de memoria. Quizás todavía tiene su Firebird del 1968. Será divertido verlo de nuevo”, pensé.  Busqué una moneda en mi bolsillo y por gracia la encontré. Una línea completa de teléfonos públicos me espera al doblar.  Descolgué el auricular, introduje la moneda y disqué el número.

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