Colorado City. Autor: Sara Márquez

I

– Necesito un café.
– Pues paramos en el primer sitio que veamos.

Necesidad banal, casi pueril podría decirse, que en la mayoría de sitios se satisface en menos que canta un gallo. Pero en las carreteras de Arizona encontrar un lugar donde tomar un café se convierte casi en una proeza. Millas y millas y más millas sin alma viviente ni coche rodante a la vista, situaciones que le dan a uno por pensar qué pasaría en caso de necesidad grave, y como si nada empiezan a aparecer por la mente imágenes de películas americanas mil veces vistas durante las siestas del sábado, perfectamente olvidables pero que, aunque nos cueste reconocerlo, dejaron su huella. Pero como sólo es un café no hay de qué preocuparse.

De repente, como surgido de la nada, casi un pegote interrumpiendo la uniforme inmensidad desértica, apareció un cartel indicativo de aldea, pueblo, localidad, municipio o incluso ciudad a juzgar por el nombre, Colorado City. En cualquier caso, lugar habitado por humanos que se preocuparon en su momento de poner ese rótulo para avisar a otros humanos de que eso era algo.

Tomaron el desvío siguiendo ese cartel providencial y siguieron por una carretera secundaria tan solitaria como la principal. Otra vez de repente, pero en esta ocasión no tan inesperadamente, una vieja casa a lo lejos. Luego otra, y unas cuantas más, y más adelante lo que parecía una ferretería. Pero ni un alma por la calle ni mucho menos un bar o restaurante donde parar.

– Llegamos hasta la siguiente calle y damos media vuelta, es evidente que aquí no encontraremos nada.
Pendiente del volante, él no vio a la adolescente de pie en el porche de una casa que les miraba boquiabierta y que iba vestida como si fuera Laura Ingalls.
– ¡Acabo de ver a una niña vestida como si fuera Laura Ingalls!
– Vale.

Como no pudo despertar su curiosidad siguió mirando por la ventanilla hasta que sus ojos fueron a posarse en la mujer que atravesaba la calle con un niño cogido de la mano. Adulta que oscilaba entre los 20 y los 50 años pero cuya edad era imposible precisar mejor a causa del vestido azul monja, largo hasta los pies y abrochado hasta el cuello, elegante conjunto acompañado por una toca blanca que le cubría la cabeza. El niño, con vaqueros hasta la cintura y camisa de cuadros también abrochada hasta arriba y remetida por el pantalón. Indumentaria incongruente con el calor arizónico. Esta vez él sí que tuvo que verlos pues casi los atropella, pero siguió mudo y pendiente del volante.

La mujer monja con el niño iba tan absorta que ni cuenta se dio del frenazo. Ella los siguió con la mirada y sólo en ese momento se percató de que a su izquierda había una gran extensión de terreno, un patatal más bien, circundado por un muro bajo y rebosante de bultos azul monja.

– ¿Quieres decir que esto no es una especie de fiesta anual del ganado o algo así, de esas celebraciones en que todo el pueblo se viste como hace 150 años? Yo lo he visto en muchas pelis.
– Puede ser.

En realidad, el ganado de la feria no se veía por ningún lado, pero sí surgían como de la nada montones de mujeres, algunas andando, otras sentadas en la parte posterior de las rancheras, hormigas que en cuanto se ve la primera aparecen por millones.

– Para, para, para, esto no puedo perdérmelo por nada del mundo.

Ella bajó del coche cámara en ristre y sin tiempo siquiera a encuadrar empezó a disparar en ráfaga. Aunque no todas salieran bien, seguro que al menos una se salvaría y serviría para enseñar a las amistades. Nerviosa y excitada, no vio venir, horca en ristre, a la réplica adulta del niño casi atropellado cinco minutos antes vociferando en un inglés ininteligible incluso para sus paisanos.

– ¡¡¡forósno, forósno!!!
– No, si ya nos íbamos.
– ¡¡¡forósno, forósno!!!

Antes de que le diera tiempo a meterse en el coche notó un tirón en el brazo que la enfrentó a una camisa de cuadros coronada por una cara de pocos amigos que seguía vociferando y gesticulando.

El hombre señalaba la cámara y seguía con su letanía, por lo que ella finalmente entendió que el motivo del enfado eran esas inocentes fotos. No estaba dispuesta a desprenderse de su fiel amiga y se agarró a ella como si fuera un bebé. En realidad estaba temblando por dentro, con el corazón desbocado, y no habría podido articular palabra ni aunque la hubieran obligado. Pero era de esos momentos en que uno se hace el valiente sin serlo y sin saber muy bien de dónde se ha sacado tanto valor.

Él bajó del coche también, tanto o más nervioso que ella, pero intentando disimularlo como buenamente podía. Le pidió disculpas al hombre en su inglés de academia y le preguntó educadamente cuál era el motivo de tanto alboroto que, dicho sea de paso, había ya congregado a una multitud alrededor, mujeres, hombres y niños horca en mano (una oportunidad única para hacer una foto ganadora del concurso ése tan famoso).

– Sorry, what’s the matter?
– You can’t take photos.
– Ok, que no quieren que les hagas fotos, o las borras o no salimos de aquí.

Ella no contestó pero por la cara que puso ya se adivinaba que lo último que haría sería precisamente eso.

– Tú misma.
– Vale, dile que las borraré en cuanto lleguemos al hotel.
– No va a colar, bórralas ya.

Con las manos temblorosas, no conseguía atinar con los botones de la cámara ni mucho menos acordarse de cómo diablos se borraban las fotos. Nuevamente tuvo que acudir él en su ayuda, alma gemela que siempre está ahí para lo que sea menester, y una a una fue eliminando las imágenes que habían provocado el incidente mientras iba mostrando su labor al furibundo campesino. Por suerte consiguió conservar la calma y acabó en el punto exacto, sin borrar ni una de las fotos hechas con anterioridad y que tan valiosas eran para ella. Habría sido una desgracia irreparable que los recuerdos de un viaje durante tantos años anhelado sucumbieran por tan insignificante motivo.

Muerto el perro se acabó la rabia, y en este caso nunca mejor dicho porque los píxeles se disolvieron en el espacio cósmico al mismo tiempo que la furia del campesino quien, sacando su mejor sonrisa, le dio una palmada de esas que dejan la espalda de un hombre molida durante un buen rato. Sin posibilidad de resistirse, le cogió por el brazo mientras le invitaba a seguirlo. Detrás, ella rodeada por la muchedumbre, sin entender a dónde se tenían que dirigir ahora si la causa del problema ya no existía y en teoría eran libres otra vez para montarse en el coche y largarse de allí.

Él y el campesino que ya no estaba furibundo encabezaban una procesión con rumbo impreciso y que finalmente tuvo su meta en la casa de la niña adolescente Laura Ingalls, que seguía embobada en el mismo sitio, ajena a todo el alboroto que se le avecinaba y, al parecer, a cualquier otra circunstancia de la vida cotidiana.

Como era evidente que la comitiva no cabía ni en esa casa ni en ninguna otra, el grupo se fue dispersando y la mayor parte de la gente volvió al patatal que había quedado temporalmente abandonado a su suerte. Unos pocos adultos, entre hombres y mujeres, y algún que otro niño, entraron en la casa con la sana intención de quedarse un buen rato, a juzgar por los vasos y platos que de inmediato empezaron a sacar dos mujeres de una alacena. Encendieron el hornillo para calentar agua y sacaron una bandeja llena a rebosar de galletas. Laura Ingalls seguía impasible en el porche de la casa.

– Oh, no, thank you, it’s not necessary, you are very nice but we are late.

Sería por la deficiente pronunciación o quizás por estar padeciendo en esos momentos de un ataque de sordera colectivo, la cuestión es que nadie hizo caso de las palabras de él, dichas con la mejor intención, es decir la de irse cuanto antes. Pero sin darse cuenta siquiera se encontraron sentados a la mesa tomando un hirviente brebaje parecido al té y comiendo unas deliciosas galletitas con forma de margarita. Ajena a los chistes y chascarrillos que a buen seguro eran graciosísimos por las carcajadas que provocaban entre los comensales, ella empezó a notarse cansadísima y con un extraño sopor que le impedía pensar con normalidad. Miró primero la taza y luego las galletas intentando adivinar si contenían alguna sustancia extraña, pero sus neuronas no acababan de establecer las conexiones correctas para hilvanar un pensamiento mínimamente coherente, por lo que no tuvo más remedio que abandonar tan abstrusa idea y dejarse llevar por la pesadez que le invadía mente y cuerpo, mientras iba notándose cada vez más y más cansada. Entre brumas le pareció que la adolescente Ingalls se le acercaba sonriendo y le decía unas palabras al oído.

II

Tras devorar un sándwich de tres pisos con su correspondiente kilo de patatas fritas llegó la hora del café.

– Pues a mí ahora mismo no me apetece.
– Con las ganas que tenías hace un rato.
– Ya, pero se me han pasado.
– Pues yo pediré uno.
– Qué gracioso lo de Colorado City, lástima no haber podido hacer ninguna foto.
– No me parece correcto retratar a la gente sin pedir antes permiso.
– Imagínate que nos hubiéramos parado para hacer alguna, a lo mejor nos habrían secuestrado, primero montan un pollo por las fotos y luego haciéndose los hospitalarios nos invitan a un té con narcótico, nos encierran en una habitación y cuando nos despertamos resulta que nos han vestido como a ellos y tenemos que pasar el resto de nuestras vidas cultivando el patatal. Antes de que nuestras familias nos echaran de menos, estando a 10.000 kilómetros de casa, ya no habrían abducido mentalmente gracias al té y las galletas. Entonces quién nos iba a encontrar en este rincón del mundo. Tendrían que contratar un detective privado…
– Para el carro, nena. Voy a pedir la cuenta. Siempre digo que ves demasiadas películas.

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