Un paseo por el desierto. Autor: Rudy Hedemann

enero 26th, 2012 § Dejar un comentario

Caminando frente al Mediterráneo, satisfecho por las perspectivas que se abrían para sus negocios, Abdullah se convenció a sí mismo que merecía un desahogo. Se acercó a un bar ubicado sobre las amplias veredas de la costanera y pidió un café a la turca. Mientras bebía, recordó los seis meses de agotadoras negociaciones con los proveedores de repuestos para petróleo, que habían llegado de Estados Unidos. Si bien los respetaba, al mismo tiempo sentía un profundo odio por ellos. Esos hombres se sabían poderosos y actuaban con soberbia, exigentes, casi extorsionadores.
Al principio, y con algo de inocencia, Abdullah había creído que representar a Muhamar Kadafy para adquirir válvulas y motores destinados al petróleo libio facilitaría los acuerdos. Pero se equivocó. Otros también jugaban el mismo papel que él. Es que Kadafy no confiaba en nadie y dividía el juego superponiendo intereses e interlocutores. Desesperado por ver pasar el tiempo sin resultados, Abdullah pidió ayuda a su primo Mohamed, quien le prestó sus  oficinas y colaboró para armar una misce en scene que terminó  por convencer a los proveedores para hacer negocios con él.

Mohamed era un hombre dedicado a la exportación y otros negocios relacionados con el comercio internacional, una especie de despachante de aduana que hacía contactos entre fabricantes pequeños y compradores del extranjero, cerraba tratos, tramitaba permisos, ponía la mercadería en puerto, etc. Excelente vendedor, sus clientes lo llamaban “el fenicio” por su habilidad para comerciar y llevarse la mejor parte. Ganaba bien, pero le gustaba el juego y las mujeres. Dilapidaba sus dineros en el casino o en cualquier tugurio clandestino.     Una vez al mes, visitaba los mejores hoteles de El Cairo para relacionarse con mujeres extranjeras; le atraían las rubias de ojos claros y piel blanca (“las teñidas no me gustan”, aclaraba) En ellas gastaba fortunas invitándolas a los mejores lugares y haciéndoles suntuosos regalos. Mohamed no era tonto y sabía que sólo de esa manera podía conquistarlas ya que era extraordinariamente feo. De piel opaca, su frente era pronunciada, resaltada por una calvicie temprana. Su boca era pequeña, en punta, y su nariz era enorme y rojiza como una berenjena. Para colmos, estaba cubierta de cicatrices de la viruela que había sufrido de chico.
—Mohamed, primo mío —dijo Abdullah una tarde—. Quisiera retribuirte el gran favor que me has hecho.
—Querido primo, no tienes que darme las gracias. Yo he sido solamente una herramienta de Alá, quien ha querido bendecir tus negocios —respondió Mohamed con gesto solemne.
—Escúchame con atención, deseo invitarte a un viaje en camello por la ruta de los antiguos beduinos.
Mohamed escuchó sin decir una palabra.
—Llegaremos a un oasis donde nos atenderán como a príncipes durante tres días —continuó Abdullah con entusiasmo y con lujuria en su mirada.
—¡Cuéntame! —preguntó por fin Mohamed, llevado por la curiosidad de saber de qué se trataba .
Abdullah le dio detalles.
—¡Iremos y volveremos en camello!, como lo hacían nuestros antepasados. Hace mucho tiempo que deseo internarme en la inmensidad del Sahara, escuchar su silencio, comer dátiles arrancados con la mano y bañarme en una fuente natural de agua dulce.
Los ojos de Mohamed se contagiaron del entusiasmo de su primo Abdullah y comenzaron a brillar.
—El viaje dura siete horas a marcha calma, para no agotar a las bestias. En el oasis no hay electricidad, ni radio ni diarios; solamente un manantial fresco que surge de las profundidades y bellas mujeres que nos estarán esperando. Para ti reservaré tres hermosas muchachas con formas ondulantes como los médanos del desierto, ojos oscuros como la noche y cuerpos ardientes como el sol del mediodía. Un cocinero marroquí estará a nuestra disposición desde la mañana hasta la noche.
El rostro de Mohamed pareció encenderse de agitación. Las promesas resultaban tentadoras: quietud, bellas mujeres y delicias gastronómicas orientales.
—Nos vendrá bien a los dos descansar de esta ciudad —continuó Abdullah con una mueca de astucia, intentando convencer a Mohamed—. A la fatiga de todos estos meses por lograr los contratos con esos herejes se suma el nacimiento de mi hijo Abdo, que Alá lo bendiga. Mi mujer no me ha querido atender en todo este tiempo.
Mohamed se inclinó hacia su primo y le habló con voz casi imperceptible, a modo de secreto.
—Debo decir que a mí también me vendrá bien. Mi mujer está muy gorda, y las extranjeras están secando mis bolsillos.
Decidieron ir en septiembre, cuando el clima comenzaba a ser más benevolente, el calor apretaba menos durante el día y las noches eran frescas, casi frías.

En el oasis, los tres días con sus noches fueron de placer y regocijo sin límites. Los dos hombres disfrutaron hasta el hartazgo de tal forma que la noche anterior a la partida se juramentaron repetir la experiencia. Estaban felices, satisfechos. La sangre árabe fluía por sus venas, la raza se expresaba en sus actos, en sus gestos, inmersos en recuerdos ancestrales de largas travesías que esperaban la recompensa al final del viaje.

El día del regreso, se levantaron a las cuatro de la madrugada y partieron rápidamente. Querían llegar a Trípoli antes de las once, cuando el sol comenzaba a lastimar la piel. Al alejarse del oasis y adentrarse en el desierto, se dieron cuenta de que la noche estaba más oscura que los días anteriores. Solamente se veían algunas luces centelleando con intermitencias en el cielo. “Es extraño, cuando nos acostamos, el firmamento estaba casi transparente y la arena brillaba con las luces de las estrellas”, razonó Abdullah.
A las siete de la mañana el sol parecía retacear la salida, transformado en una esfera dorada que se desdibujaba detrás de las nubes. En ese instante, la inmensidad del Sahara regalaba colores cambiantes con el correr de oscuros cúmulos.
De pronto, el viento cálido matinal comenzó a tomar fuerza y el aire refrescó. Los dóciles camellos se exasperaron, sacudían las cabezas, levantaban y bajaban sus cuellos en señal de inquietud. Se hacía difícil mantenerse en la silla.
A los lejos, divisaron un manto de niebla que oscurecía el sol y se acercaba velozmente. Mohamed se dio en cuenta enseguida y advirtió a Abdullah con un grito.
—¡Tormenta de arena! ¡Tormenta de arena! —señaló con el brazo.
En segundos, una especie de pared indócil se deslizó sobre ellos, molesta, hiriente, avasallante. La arena comenzó a amontonarse sobre los equipajes, a clavarse entre sus ropas. Se hablaban a los gritos y no se escuchaban. No veían por donde iban. Perdieron el rumbo.
Desataron una de las valijas, dejándola caer, y con la soga unieron las riendas de los dos camellos entre sí. Debían mantenerse juntos. Abdullah marcharía adelante llevando una brújula que no podía distinguir a cinco centímetros de sus ojos.
La tormenta de arena no cesaba. Los dos camellos mostraban la fatiga después de tanto esfuerzo, hundiéndose en las dunas, soportando el viento que azotaba sin sosiego. Desde hacía cinco horas, las ráfagas castigaban el desierto en forma impiadosa, levantado nubes de arena que cegaban, desorientaban e impedían respirar. La arenisca lastimaba la cara, se colaba entre la ropa hiriendo la piel.
A las diez de la mañana nada había cambiado. Abdullah procuraba mantener un rumbo aproximado hacia el norte e intentó decírselo a su primo para darle tranquilidad. Gritó con todas sus fuerzas pero sus palabras eran apagadas por el ruido del viento y de la arena que los maltrataba. Giró su cabeza y a duras penas vio la borrada imagen del camello de Mohamed. Ató su brazo derecho a las riendas y bajó de un salto. Su corazón se detuvo. Mohamed no estaba sobre el animal. Angustiado, montó y regresó a buscarlo, yendo en círculos, imaginando cuál pudo ser el recorrido que habían hecho.
Media hora más tarde, desistió. Era imposible hallarlo. “Quizás no lo encuentren nunca, tapado por un médano de diez metros”, se lamentó, recapacitando que él mismo no sabía dónde estaba. ¿Qué podía hacer? ¿Llegaría alguna vez a Trípoli? ¿Qué le diría a la esposa de Mohamed, y a los hijos?

A las ocho de la noche, cuando llegó a las afueras de la ciudad, la tormenta ya había calmado, pero el rostro de Abdullah estaba irreconocible. Tenía los labios hinchados, los pómulos sangrando, los ojos enrojecidos. Sus manos ampolladas y doloridas mostraban el esfuerzo por mantener las riendas y aferrarse al animal durante la tempestad. El agotamiento y la angustia no lo dejaban pensar. Se tiró sobre el pasto casi inconsciente. Durmió dos horas conservando las riendas atadas a su brazo. Cuando despertó, se dio cuenta que le habían robado un camello. No le importó.
Llegó a su casa y entre sollozos pudo comentarle a su esposa Yamila todo lo sucedido, mientras su pequeño hijo Abdo dormía ajeno a todo. Se aseó y fue a la casa de Mohamed, donde revivió el drama con más fuerza. Se sentía culpable ante tanto dolor.

Regresó a las dos de la mañana, más agotado y dolorido que antes. Necesitaba recuperar energías con urgencia, así que tomó dos tazas de té con mucho azúcar y comió varios dátiles.. Enseguida, su esposa le aplicó paños fríos en las heridas de la cara y un aceite espeso sobre las ampollas de las manos. Cuando los dolores empezaban a disminuir, Yamila se decidió por fin a informarle las últimas noticias de Libia: Kadafy había sido derrocado y los negocios con los norteamericanos habían sido cancelados por el nuevo gobierno.

Andando a otros ritmos. Autor: María José Contreras

enero 26th, 2012 § Dejar un comentario

Un billete de ida a Bolivia y de vuelta por Argentina, una mochila que va pesando más a medida que incorporo nuevos amigos, deliciosas experiencias, paisajes de durísima belleza y aprendizajes de otras gentes, otras vidas, otros mundos.

En el avión, antes de aterrizar.

Nueve horas después de despegar, en lo más profundo de la selva amazónica, entre Manaos e Iquitos, pero a once mil metros de altura escucho a Julieta Venegas, “… y poco a poco dividir el tiempo y la velocidad, frenar el ritmo e ir muy lento, cada vez más lento…” mientras saboreo la insípida pasta que tenemos para comer.

La Paz

La Paz, Bolivia, treinta y tres horas después de iniciar el Viaje.

Aterricé ayer tarde, y en El Alto, aeropuerto de La Paz, me espera Alcira, mi amiga boliviana que me acompañará gran parte de este camino y que, hace algo más de un año, me invitó a conocer su tierra. Junto a ella está Don Miguel, su compañero de trabajo, que, sin yo preguntarle, me comenta:“mire, a mi edad, yo ya no quiero almacenar cosas… yo lo que quiero es vivir sin preocuparme de acumular nada…” ¿Qué sabría ese pequeño hombre de mi?

Alcira me recibe con una botella de agua y unas cápsulas de sorochipill para evitar posibles complicaciones por la altura, pero por ahora solo tengo una pequeña molestia en los ojos a causa de no dormir bien en el viaje y de la luz del sol, tan fuerte aquí.

En un mercado tradicional que había cerca del hotel las cosas están sorprendentemente baratas. Quisiera comprarlo todo, pero debo contentarme con mirar y decir: “que bonito, que líiiindo”. Nos reunimos con Rosi y Aída, amigas argentinas con las que quedé hace ya tiempo para recorrer el camino, para dirigirnos hacia “el mercado de las brujas”, donde venden todo tipo de amuletos, brebajes y productos para cualquier necesidad; el amor, el trabajo, para atraer clientes a tu negocio, para tener un feliz viaje… pero el producto estrella, en todos los puestitos, es el feto de llama, que se debe enterrar en el suelo para tener felicidad y buenas vibraciones  antes de construir tu vivienda sobre él.

Tanto hemos preguntado a las brujas que nos hemos enterado casi de todo. Cuando estamos terminando, súbitamente, el día se oscurece, una sacudida de  frío recorre los puestitos y se desata en pocos minutos una lluvia de granizo que nos encoge el estómago y nos empapa. No sabemos si es brujería o efecto del clima, pero por si acaso compramos rápido y nos vamos de allí con una sensación extraña, sin tan siquiera comentar entre nosotras, no vaya a ser que la Pachamama se nos enfade de verdad por preguntonas.

Imaginaba una ciudad diferente, caótica y sin alma. El centro histórico tiene unos edificios impresionantes, adornados con preciosos balcones y fachadas señoriales, aunque todo está bastante deteriorado y algunos modernos edificios han ido sustituyendo a las casas en ruinas.

Los nevados alrededor, las casas trepando, realizando imposibles equilibrios entre las paredes de piedra que se vienen abajo de cuando en cuando, el tráfico loco, las cuestas… Todo son cuestas, no hay una sola calle recta, lo que obliga al caminante a subir y bajar para volver a subir y a bajar antes de la siguiente cuadra.

Es una ciudad original, aunque el centro carece de grandes edificios: apenas una plaza con la Catedral y la Gobernación, que los domingos por la tarde es invadida por los niños que van a dar de comer a las palomas para que les se posen cerca.

Me gusta. Además de ser la capital americana más alta, tiene unas montañas preciosas, un paisaje que cambia cada minuto, y unas cuestas que desde cada perspectiva ofrecen diferentes imágenes de la ciudad.
Mil calles que suben y otras mil que bajan, juntas y desordenadas, sin motivo aparente. Un tumulto de taxis, minibuses y colectivos. Deportes de riesgo: cruzar una calle sin ser atropellado, detenerse en un puesto a mirar sin comprar nada.

Es una ciudad bulliciosa, donde el ruido y las diferencias sociales conviven pacíficamente en un estallido de color, de bandas de música y de olor a empanadas fritas y salchipapas.

Una ciudad andina, con el encanto del desorden y la impuntualidad como bandera, pero acogedora, llena de sorpresas, lugares recónditos y mucho por descubrir.

Con la estupenda familia de Alcira, que me ha adoptado como a un miembro más, partimos camino  de Coroico pasando por la llamada “carretera de la muerte”. Vista de cerca, en medio de nubes, nieve, sol radiante y unos cuantos carteles anunciando “peligrohombrestrabajando”, no parece tan peligrosa. Es más bien un lugar “calmoso”, vivo pero apacible, tranquilo, con sol, luz y unas aguas limpias y hospitalarias que me invitaron a sumergirme en ellas y a contemplar la posibilidad de descansar, desconectar y ser consciente de mi aceleración cotidiana.

Y justamente una semana después,  cuando el cuerpo se empieza a acostumbrar a los paisajes, a la altura y a dejarse llevar, agarro el primer busito para empezar el Viaje hacia el Sur.

Potosí

Salgo hacia Potosí, dejando que la paz vaya entrando en mi vida, y, aunque hay ciertos momentos en los que me adelanto y me propongo llegar a tiempo, ha sido muy lindo dejar que la vida pase, sin avasallar, por encima de mí.

El primer contacto con Potosí fue difícil: Rosi y yo decidimos subir a las Minas, pues creo necesario conocer no solo las Iglesias, las Catedrales, la magnífica Casa de la Moneda y la ajetreada vida nocturna, sino también la vida íntima de la ciudad; Por eso contactamos con un chaval que, además de los cinco idiomas que decía hablar (español, inglés, quichua, aymará y celular), sabía latín y griego.

Nos llevó a la mina, detallándonos un rosario de nombres y hechos que no siempre fueron fieles a la historia y al lugar y nos hizo entrar en una de ellas. Agua en el suelo, olor a sulfúrico,  golpes en la cabeza contra el techo y el cuerpo contra las paredes, mucha angustia y algo de miedo. Quería salir de ese lugar maldito, donde se sentía el dolor de los mineros, se oía su respiración forzada y sus irrecuperables pulmones afectados de todos los síntomas tóxicos que inhalan a diario.

Fui un poco turista fotográfica, me dejé llevar por mi pasajera y privilegiada situación de observadora en la lejanía. Me he sentido indefensa, frágil, segura de que en cualquier momento podía no pasar nada o venirse el cerro sobre mí en lo más oscuro y húmedo de la montaña.

La ducha que traté de disfrutar a conciencia, no logró limpiar todo ese polvo y sufrimiento que recogí de la mina, polvo que se me ha quedado adherido a la piel para recordarme la desgraciada situación de quien tiene que pelear a diario con la vida para llegar a comer y ver la noche.

Y, en medio de todo, el Piswcha Sharmi, un lugar agradable, calentito, con una comida espectacular y un ambiente donde los problemas se olvidan y solo queda espacio para lo que realmente he venido a hacer: hablar, reír, descansar, idear y dejar que el ambiente inunde poco a poco mi cuerpo y mi alma en busca de mi anhelado ritmo y lugar.

Uyuni.

De camino a Uyuni, en el colectivo, atravesando, por fin de día, la árida, pedregosa y hermosa zona del altiplano boliviano disfruto del paisaje; Viajar de noche, como hicimos de Cochabamba a Potosí, tiene la ventaja de ahorrar tiempo y alojamiento, pero echo de menos contemplar los maravillosos paisajes que atravesamos.

El transporte se ha detenido una media hora porque  una volqueta acaba de caerse por un barranco, y hemos parado hasta conseguir sacar a tirones al conductor que estaba dentro. Afortunadamente las heridas no son de gravedad, pero la situación es caótica,  Decenas de personas que miran, esperan, se acercan al barranco para asombrarse de que pueda haber alguien vivo ahí abajo, que se mueven, se paran y se vuelven a mover sin rumbo ni propósito durante todo el tiempo que ha durado el rescate.

Un señor ha gritado desde fuera del corro donde estaba situado el herido: “no le den agua, soy médico”. ¿Qué tipo de médico permanece a cinco metros sin acercarse? He intentado darle un poco de agua en las heridas, para quitarle al menos las señales de hierros y tierra que tenía en el  brazo y transmitirle algo de cercanía y humanidad. Finalmente le he limpiado la boca con un pañuelo de papel mojado, con la esperanza de aliviarlo mientras se ha quedado cubierto de mantas, con la gente mirando a su alrededor deseando seguir su camino libres de otro problema más.

Se han portado como uno solo, han abierto el camión, las mujeres han ido obligando a sus hombres a bajar y echar una mano a los que trabajaban, y entre todos han sacarlo del amasijo de hierros en que se había convertido la cabina.

He subido al colectivo con una sensación de ahogo en la garganta que ha aumentado cuando éste ha arrancado bruscamente antes de que pudiera llegar a mi asiento y mirar por última vez el pequeño bulto que formaban junto a la carretera el hombre, su cobija y el par de personas buscando irse de allá cuanto antes.

El viaje continúa y debo comprar ropa de abrigo para prepararme al frío de Uyuni. Aprovecho el mercado de Potosí para hacerme con una vistosa manta de segunda mano, unas medias gruesas y un par de pantalones de más. Utilizaré la manta como capa si la necesito, me parece exagerado darle uso a todo, pero hago caso de los buenos consejos bolivianos.

Pasamos algunos cerros nevados al fondo. Súbitamente el camino se convierte en un desierto de arena, una pista polvorienta, ardiente, plagada de cactus y con un sol a cuatro mil metros de altitud que quema y asfixia.

Salar de Uyuni y Tupiza.

El Salar es una experiencia fuera de lugar, un espacio único, donde todo es espejismo y nada es lo que parece. En la soledad de lo alto de la isla Incahuasi, junto a una pequeña ofrenda a la Pachamama, me sentí en completa conexión con la tierra y el cielo. Silencio absoluto, paz, sintonía.

Una visión única, diferente a todo lo demás. Las lagunas, los flamencos, los pueblos abandonados… todo se confunde en la noche oscura a 4.400 metros de altitud, con un frío polar en el que se siente morir y del que sólo me recupero al sumergirme en las ardientes aguas volcánicas ya al día siguiente. Es un viaje difícil, duro por las austeras condiciones de los albergues y el intenso frío, tanto como nunca antes lo había sentido.

No podré olvidar la tierra al revés, las montañas de mil colores, las calientes aguas templando mi cuerpo dolorido de frío, los mates de coca y las conversaciones bajo el desértico sol de mediodía.

Las imágenes se amontonan, una tras otra, sin dar tiempo a recomponerse entre escena y escena mientras seguimos avanzando hacia la tierra de Alcira.
Tupiza enamora. Con su sol de justicia, sus aires polvorientos, sus rojos perros callejeros y sus luchadoras gentes, enamora.

Santa María del Valle de Catamarca (Norte Argentino)

3:48 de la tarde. Colectivo a Tucumán. Fin del Viaje compartido.
Me acaban de dejar las chicas en la estación. Han sido 25 días preciosos, de acomodo, de aprendizaje, de frío, de calor, de helados de chocolate, de dulce de leche y de mucho cariño recibido.

He descubierto un mundo de colores. Argentina, al igual que Bolivia, merece otro paseo, otra visita, otra estadía.

Y tengo mil planes en la cabeza, y no quiero pensar para que no se me muevan, pero sobre todo me siento muy afortunada, ahora tengo Bolivia y Argentina llena de amigos.

La entrada en Argentina fue rápida, sin tiempo para acomodar el cambio de un país a otro, para sacar conclusiones, cerrar experiencias y abrir  otras. Tampoco me ha importado, por que sé que queda pendiente. Es un lindo y variopinto país para vivir, descansar, dejarse mimar por su clima, sus montañas, su atención. Para disfrutar de la vida, dejándola pasar.
Tucumán, Córdoba y sus sierras, solo de pasada y sin el calor humano, quedan como unas lindas paradas en medio del camino, haciendo del colectivo por unos días mi cama y mi hogar.
El punto final del viaje lo pone la cosmopolita Buenos Aires, acelerada en su justa medida, señorial, hermosa. Sus comidas, teatros, mercados callejeros y la estupenda compañía que disfruté allí no hacen sino dar los últimos retoques a un viaje que no debo ni quiero cerrar.

Avión de regreso

Ahora que estoy llegando a España, quiero buscar algo, tan solo algo, que no haya salido bien en el viaje, para analizarlo y no idealizarlo como lo tengo en estos momentos, pero no lo encuentro.
No vuelvo con pena de que se haya terminado, Vuelvo sabiendo que es solo una pequeña interrupción.
Entre ayer y el día anterior, he paseado, he hecho un tour en colectivo, he ido a mercadillos artesanales de Palermo, he entrado un momento en un Shopping lleno de ropa de moda y de gentes muy elegantes, he callejeado por Corrientes y por Mayo, he comido en Puerto Madero y San Telmo, he comparado pizzas de masa fina y gruesa, churrascos y parrilladas, me he dejado seducir por el acento porteño y acabo de venir de ver en el teatro a Cecilia Roth. No he perdido el tiempo, pero sin correr y sin ponerme una meta en ningún momento. Aún así, me voy con la total seguridad de que Argentina se me ha quedado sin ver y sin sentir, y que debo volver pronto.

Ver solo los paisajes de Bolivia y Argentina, ya de por si es una experiencia maravillosa, pero el aprendizaje que he tenido de sus gentes, que me introdujeron en este mundo nuevo y fascinante para mi, me enseñaron no solo a buscar y a distinguir los diferentes helados de chocolate y dulces de leche, sino  mucho de la vida, de sus ritmos, de sus tiempos, y de cómo lo importante no es estar en el momento preciso en el sitio adecuado, sino disfrutarlo. Y eso ha hecho que compartir este viaje sea el mejor recuerdo que pueda llevarme.

Una Historia, la otra, la de muchos… Autor: Gustavo Luben Ivanoff

enero 17th, 2012 § 9 comentarios

Es lunes, 4 y media de la mañana y mi madre me llama para desayunar un mate cocido con pan casero calentito. El resto de la casa duerme el sueño del crudo invierno, de ese que tiene un sol que remolonea hasta tarde y no calienta mucho. El bolso con la ropa lo tengo listo para el viaje desde que escuche por Radio Nacional que hoy me pasarían a buscar por la ruta. Los últimos 3 días estuve colaborando con las tareas del hogar lo más cerquita de la radio que pude, quería escuchar el comunicado cuantas veces lo pasaran, mi nombre formaba parte de un listado del que conocía todos los integrantes, mis compañeros del Centro de Eduación San Ignacio de los parajes cercanos. Me siento famosa,
-    ¿Cuántas personas habrán escuchado que estudio? – le pregunté.

Hizo como que no me escuchó, pero noté que mi madre no podía ocultar el orgullo y ocultó su cara para que no pudiera ver sus ojos con agua. Son más de 4 años que repetimos la historia, llena de sacrificios.
Cuando el día aún era noche cerrada, ganamos la huella. Al principio caminamos de memoria en silencio. El viento helado de la cordillera trae agua volada, el cielo encapotado  anunciada nieve, solo espero que nos deje llegar hasta a ruta. La cara se vuelve insensible y mis guantes no absorben más cada vez que repaso mi nariz. Caminamos con el viento de frente hasta las 5 y media. No traemos linterna porque se nos quemó el foquito la semana pasada. Con ayuda de la luz del celular, encontramos el atajo de la senda que nos permitirá ahorrar un poco de camino ya que la huella bordea la loma de basalto. Comenzamos a trepar esa colina llena de piedras y coirones que tornan lento el andar. Los resoplidos de mi madre me obligan a sugerirle que hagamos un alto.
- Quiero ver el amanecer – miento, y en un silencio cómplice nos abrazamos como preludio de nuestra despedida. Vienen a mi memoria los hermosos abrazos de mi niñez.
- Sigamos hija, no sea cosa que lleguemos tarde.
Retomamos el paso, ahora en bajada parece más fácil, pero las piedras sueltas suelen jugar una mala pasada que el año anterior terminó en caída y con espinas en las piernas. La luz viene llegando de un color gris plomizo. El cielo parece estar enfurecido. Retomamos la huella, queda poco más de media hora para llegar a la ruta…son casi las 9. La radio había dicho que pasarían a la mañana más no hubo precisión. Casi como un acto de magia, el horizonte nos muestra un hilo celeste por donde el sol se filtra para regalarnos un arrebol.
Descansamos a la vera de esa cinta asfáltica que se pierde en la inmensidad. El viento ha perdido su furia, pero una manta helada cae sobre nosotras, ni siquiera esas nubes rojizas aportan un poco de calor. Otro abrazo antes que llegue la camioneta que se ve venir allá bien a lo lejos. Son más de las 10 y media…
-    Ya pensábamos que no venía – dije por decir algo.
-    El camino está muy difícil y hay que andar con precaución si queremos ir a la Escuela – dijo Don Segundo, acomodándose la boina negra.
Muy amablemente cargó con mi bolso luego de saludar a mi madre.
Me esperaba un viaje de 3 horas hasta llegar al colegio. Cuando arrancamos, pude ver como mi madre refregaba sus manos como quitándose basuritas de sus ojos, al tiempo que encaraba la huella ya transitada, con la diferencia… que ahora… en ese alto obligado del camino, ya no tendrá a quien abrazar…

El Cazador de Moscas. Autor: Arilena

enero 16th, 2012 § Dejar un comentario

I

Llegó a la isla como quien despierta de un mal sueño. Abrió los ojos, se los restregó y se limitó a mirar la espesura verde oscuro que empezaba al acabar la arena.
Aquella misma mañana salió de caza. Afiló un rama larga, recta y cruzó la playa donde quedaron las huellas de sus pies profundamente marcadas en la arena.
Al principio buscó cabras salvajes, monos, pájaros incluso. Pero allí lo único que había eran árboles enormes y moscas.
Moscas grandes.
Y muy negras.
Y ruidosas.
Y aún así, eran moscas difíciles de cazar.

II

“Ésto es cómico” pensaba el cazador mientras se desenredaba una liana de la pierna. “Terriblemente cómico”
Había trepado a un árbol, un cocotero que extrañamente no tenía ningún coco. Había subido a la rama más alta, acechando a las moscas. Había apuntado con la lanza, sigiloso, como ha de ser todo buen cazador. Había esperado, acercándose milímetro a milímetro a las gordas moscas posadas al final de la rama. Se había arrastrado, desgarrándo la tela de la ropa.
Luego había arrojado la lanza y ensartado una de aquellos bichos. Se había levantado apenas, movido unos centímetros más adelante y, todavía con la lanza bien apretada —y la mosca clavada en la punta— había resbalado y había quedado colgando de espaldas al suelo, sujeto por unas lianas. La nube de moscas volvía a posarse otra vez. En las ramas, en las hojas, en las lianas y en la lanza y una, del tamaño de un puño cerrado, sobre la tripa del cazador —movíase nerviosa, reconociendo ese terreno blando y carnoso al que estaba poco acostumbrada—.
—¡Terríblemente cómico! —gritó el cazador agitando en el aire la lanza.
Y la mosca de su tripa, del tamaño de un puño cerrado, echó a volar, asustada.

III

—¿Cómo se llamaba? —dice.
Las enormes moscas zumban por todas partes.
El cazador mira la hoguera del centro del claro. Ha decidido que dormirá allí. Ahora cocina una de las moscas que cazó.
—¿Cómo se llamaba?
Coge la lanza con la mosca ensartada, la aparta del fuego y se la acerca. La toca con dos dedos. Tira de una pata. La prueba. Todavía está algo dura.
—¡Dime mi nombre! ¿Quién es el hombre de la isla? —grita hacia ninguna parte.
Luego sigue comiendo. El resto de moscas zumba. Y eso es lo único que se oye en la isla.

IV

Esa mañana llovía mucho. El cazador —podría decirse así— nunca había visto llover de aquella manera, pero tampoco —nunca antes, al menos— había tenido que vivir en una isla llena de moscas.
Ellas, las moscas, habían desaparecido de las hojas que goteaban agua. Idas, ocultas, evaporadas. El cazador podía dedicarse ahora a afilar su lanza —pude que a fabricar una nueva— sin prisa, sin tener que salir a cazar. Descansaba bajo una hoja grande de palmera. Pudiera ser que pensara en si a la gente se le mojaría la ropa que había tendido, o en cuanto tiempo puede llenarse un charco antes de convertirse en laguna. También pudiera ser que no pensara en nada.
Observaba la punta de su lanza con detenimiento. De vez en cuando la rascaba por un lado, y las muescas de madera caían al suelo lleno de agua.
Llovía, llovía mucho. El cazador de moscas nunca había visto llover de esa manera hasta esa mañana.

V

Amanecía y todas las moscas —todas—, habían vuelto a los árboles. Sentado bajo la hoja de palmera, el cazador tardó en moverse. Había cogido la lanza (estaba apoyada en el tronco), había mirado alrededor, y no había tardado en decidir el camino: el que quedaba a su espalda.
Caminó hasta media tarde. Tenía ya cuatro moscas colgando del cinturón. Entonces se paró delante del cocotero, le dio un golpe al tronco y luego, entre inquieto y nervioso como un niño pisando los últimos charcos de lluvia, pegó la oreja a la madera.
Sonrió. Volvió a golpear pero esta vez tanteando; primero fuerte y luego cada vez más débil todo alrededor del tronco. Y más alto —por encima de su cabeza— y a la altura de los pies. No le quedaban dudas. Ese era el cocotero perfecto, los cocos estaban listos.
Apenas si estaba oscureciendo pero las moscas ya bajaban al suelo, a dormir. El cazador encendió una hoguera junto al árbol. Los cocos, decidió, los sacaría a la mañana siguiente.

VI

—Puag, ¡moscas! —imagina que alguien le dice
—¿Y no serían mejor saltamontes? ¿hormigas, si acaso? —otro entra en la conversación.
—Sí, eso —habla el primero —fritos o algo así, como hacen los pigmeos.
Le señalan la hoguera, las moscas asándose lentas.
—Moscas, moscas ¿a quién se le ocurre? —un tercero dice mientras mastica algo.
El cazador se levanta, le da vuelta a las moscas. Se han chamuscado un poco por ese lado.
—Moscas. Son tan vulgares.
Por encima de la hoguera los árboles y en los árboles el zumbido intermitente.
—Saltamontes. Busca saltamontes. Suena bien. Cazador de saltamontes.
—¿Y qué es eso de cazador de moscas? —dicen.
El cazador se da la vuelta y les manda callar.
—Silencio —pide y vuelve a darle otra vuelta a las moscas que están al fuego.
Se le han quemado.

VII

A veces piensa —el cazador, piensa— que debería llevar la cuenta en alguna parte. No sabe exactamente que cuenta debería llevar. A veces cree que lo mejor sería saber cuantas moscas ha cazado. Otras simplemente piensa en cuantas ha asado y cuantas ha comido cocidas —él prefiere el cocido de moscas, sin ninguna duda—.
A veces piensa —el cazador, piensa— que lo que debería contar son los días desde que llegó a la isla. No sabe cuantos son. Se dice “debería marcar palitos en la corteza de un árbol”. A veces piensa —el cazador, piensa— que lo mejor sería ponerse a separar uno a uno los granos de arena de la playa.
A veces piensa —el cazador, piensa— en todas las gotas de agua que han caído sobre las hojas de sus cocoteros, en si el mar se hiela en invierno y si las moscas se extinguirán. Piensa en cuanta gente no ha dicho su nombre.
A veces piensa —el cazador, sí, piensa—.
A veces no piensa en nada.
A veces —el cazador, sí, a veces— sólo está.

VII

Esa mañana la niebla es más espesa que nunca. Lleva días sin llover pero todo huele a agua temblona, a punto de precipitarse. Es difícil, también más que nunca, ver las moscas. “Cazarlas” se dice el cazador.
A veces, para matar el hambre (y el tiempo), se pone a vacíar los cocos.
Los usa como jaulas. Los vacía (están llenos de madera roja y musgo blancoazulado) por un agujero en la corteza dura. Luego los lleva uno a uno hasta la playa y los hunde en la arena para que el agua no pueda llevárselos mientras regresa a por el siguiente. Puede tardar un día, incluso más, nunca ha llevado la cuenta.
Cuando los tiene todos en línea (paralela a la costa), semienterrados en la arena de la playa, los ata todos juntos con una liana. Tira y los acerca a la orilla. No tiene más que sentarse a esperar (no debe ser impaciente, el cazador de moscas lo sabe) mientras el agua arrastra los cocos, los sumerje como botellas de náugrago y poco a poco, los va volviendo transparentes.
Luego los usa como jaulas.
Para las moscas.
Aunque hoy, esa mañana, la niebla es más espesa que nunca.
Es por eso que también es más difícil que nunca ver las moscas.
Ni siquiera se ven los cocos transparentes del suelo.
Las jaulas para las moscas.
El cazador sabe que están vacías.

VIII

Una silla de tres patas es lo que, podría decirse así, el cazador más desea en el mundo.
Sólo eso, una silla de tres patas.
—Sólo serviría con tres patas —piensa en voz alta.
Ahora siempre piensa en voz alta. Eso asusta a las moscas. Un poco sólo. Lo suficiente para que dejen de zumbar unos segundos. Además le gusta escuchar su propia voz entre las enormes hojas de los cocoteros.
Antes de llegar a la isla, recuerda, solía quedarse a mirar las sillas vacías que quedaban en el parque después de terminar el teatro. Todas en fila, ordenadas, rectas, vacías. Las piensa en su isla, en la playa, con las patas hundidas en la arena todas iguales, ordenadas y vacías; pero luego mueve la cabeza, dubitativo.
Una silla de tres patas, podría decise así, es lo que más desea en el mundo. Aquí no hay filas, ni sillas iguales vacías y rectas, unas a lado de las otras.
No.
No las hay.
Cuando piensa su silla, el cazador la ve allí sola, con las tres patas hundidas en la arena y nada más.
Una sola silla de tres patas.

IX

Con más de diez moscas para la cena, el cazador es inmensamente feliz. Las ve revolverse en las jaulas. Aún no las ha matado. “Todavía no hace falta” se dice. Las mira con un aire feliz, como diciéndoles que no se preocupen, que todo saldrá bien.
—Mis niñas. Todo va a ir muy bien.
A las más grande la llama Eleanor. Lo decidió cuando consiguió por fin encerrarla en la jaula.
—Ea, ea. Eleanor —le dice a veces.
Y Eleanor se revuelve dentro de su coco-jaula mientras el cazador va amontonando palitos secos.
—Ea, ea. Eleanor, bonita —le dice de nuevo.
Un humillo tímido empieza (¡Al fin!) a salir de entre la leña. El cazador coje entonces su lanza y alcanza con la otra mano una de las jaulas. La abre despacio, con cuidado que la mosca no escape, y zas, la ensarta. Sobre la hoguera le da vueltas lentamente.
—Oh, Eleanor, no hay ninguna prisa.
Cuando acaba con las otras nueve coje con delicadeza la jaula-coco de Eleanor. Ella zumba dentro (casi se podría decir que tiembla). El cazador la mira sonriente, con la jaula-coco a la altura de los ojos.
—Eleanor, querida, no hay porqué tener miedo. Todo saldrá bien.

X

El cazador preferiría olvidarse de las moscas por un tiempo. Por eso sale de esa parte de la isla cercana a la primera playa.
Y no, no ha olvidado la lanza.
Antes de salir a explorar se aseguró de dejarla bien escondida.
“Vamos, olvida las moscas” se dice.
Pero las oye zumbar y zumbar, todo alrededor suyo.
“Olvida las moscas”
Y aún siguen ahí.
Ha salido de noche. No hay peligro —lo sabe, seguro— y las moscas duermen. Aunque no es fácil encontrar caminos entre la maleza y las lianas que cuelgan de los árboles sigue adelante.
“Adelante siempre” se dice estirando los brazos, como desperezándose.
Cuando comienza a amanecer el cazador descansa. Se tumba bajo unas hojas grandes de palmera y se duerme.
Sueña que está cazando.
“No, no” se dice todavía revolviéndose en sueños.
Las moscas le sobrevuelan.
“No, no, no”
Pero al final abre los ojos.
Agarra un palo (¿acaso no es esa su lanza?) sin mirar y golpea a una, dos, tres; bien gordas, que caen al suelo.
El cazador de moscas las mira desde arriba. Se encoge de hombros ligeramente y arroja el palo lejos, todo lo lejos que puede.
Volverá a su sitio cerca de la primera playa. No hay más remedio, lo ha comprendido.
Sólo le queda encontrar el palo de nuevo. Ese palo que acaba de utilizar. Porque… ¿acaso no era esa su lanza?

XI

—Las moscas son insectos dípteros —recuerda el cazador que le decían en la escuela.
Les hacían aprender el número de patas (arañas ocho, insectos seis, cangrejos 10) y luego tenían que recitarlo al día siguiente, como si fuera una tabla de multiplicar.
—Cangrejos seis, insectos ocho, arañas diez— decía alguien.
—¿Son ortópteros los saltamontes? —preguntaba otro.
En primavera se llevaban los bichejos a clase, en cajas de zapatos con agujeros o metidos en calcetines. La maestra seguía repitiéndoles aquello de los dípteros.
—Las moscas son insectos dípteros, porque tienen dos alas.
El cazador, de niño, podía recordar la mayoría de nombres de los bichos que se comían las plantas del jardín de su madre. En la playa, con el sol a punto de irse, piensa en todos aquellos nombres que ahora le suenan tan lejanos.
Cuando anochece vuelve a la selva. A las moscas que le miran desde los árboles les dice:
—No sois nada más que insectos dípteros de seis patas. No me mireis así.

XII

No es algo tan común encontrase un papel arrugado, con una frase ―unas pocas palabras a lápiz― en medio de la selva. Por eso el cazador de moscas está apoyado contra un tronco, por eso lee despacio. Estira el papel y se lo acerca a la cara y un segundo después lo aparta deprisa.
Es la prueba ―la única que tiene― de que quizás no está solo en la isla, de que puede haber alguien más.
Es por eso por lo que, cuando las moscas se han posado en los árboles, al atardecer, decide arrojar el papel lejos, muy lejos, y olvidarse de ese pequeño detalle.

XIII

Después de pasarse un par de horas proyectando, mirando fijamente el lugar escogido, desbrozándolo con los ojos y viendo más allá de los troncos de palmeras y cocoteros, por fin el cazador se pone manos a la obra.
—Este lugar es perfecto —se dice.
Tiene que darse prisa, reunir los materiales antes de que caiga la noche. Elige los mejores troncos de árbol, jóvenes pero firmes y seguros para construir las paredes. Para el techo utiliza una red trenzada con las lianas de la selva que luego recubre con grandes hojas de palma.
Se para y descansa. Un poco después cocina un par de moscas. Fritas. Se puede decir que le gustan, mucho. Al ponerse de nuevo al trabajo mira hacia el horizonte. La tormenta todavía aparece lejana, en el mar, pero se acerca.
Sólo media hora después el cazador ha acabado su refugio. Una caseta sólida, resistente, perfecta.
—¿Acaso alguien lo habría podido hacer mejor? —dice orgulloso.
Luego ríe, mirando hacia las moscas, satisfecho, repitiendo para sí esa última frase.
—¿Lo hubierais podido hacer mejor?
Pero es apenas un susurro, o quizás tan sólo el zumbido intermitente de las moscas antes de que llegue la tormenta.

XV

Debajo de una piedra hay una piedra. Debajo de ella hay una piedra. Aún así, todavía debajo vuelve a haber otra y un poco más abajo aún hay alguna más. Si sigue levantando piedras puede que debajo de la última —pero sólo de la última— encuentre una mosca. Eso nadie lo sabe. Ni siquiera el cazador lo sabe. Por eso sigue levantando piedras en esa playa rocosa. Levanta piedra, tras piedra, tras piedra.

XVI

El cazador lleva una semana pensando que por fin volverán a por él. Es un presentimiento extraño, quizás un cambio —ligero, muy ligero— en el color o en el movimiento de las nubes.
Hace un par de días, a punto de arrojar la lanza, ha levantado la cabeza y luego ha apoyado la mano, a modo de visera, sobre la frente.
—Las nubes están cambiando de color —ha dicho.
Luego ha vuelto a la caza. La mosca gorda seguía posada en la misma hoja, en la misma posición, y antes de arrojar la lanza, el cazador ha estado tentado de hablarle, de contárselo.
—Las nubes han cambiado de color —ha estado a punto de decirle a la mosca—. Van a venir a buscarme.
Pero al final no ha dicho nada. Ha apretado la lanza en la mano, ha apuntado recto —guiñando un ojo como cualquier cazador auténtico haría— y ha atravesado a la mosca gorda y negra.
Al final de la mañana ha cocinado la mosca y se ha sentado en la playa mirando el cielo.
Ha sido entonces cuando lo ha visto.
Allí, en su isla llena de moscas, estaba volando a lo lejos una gaviota.

XVII

Si llueve quedan charcos en el suelo.
—Es lo lógico, por supuesto ―piensa el cazador. ―Pequeños charcos redondos.
Como cuando la arena de la playa queda salpicada por ellos tras una tormenta. O a lo largo de los caminos, bajo los árboles. O también esos diminutos estanques que se quedan atrapados en las hojas.
Si llueve quedan charcos en el suelo.
Pero no siempre llueve y el suelo se seca. Y los charcos se secan.
―Los charcos deberían secarse ―se dice el cazador.
Porque desde la última tormenta, aunque ha brillado el sol durante dos semanas, los charcos siguen en la playa, a lo largo de los caminos bajo los árboles o atrapados en las hojas.
El cazador se arrodilla en la arena y se inclina sobre uno de los charco y con las manos en forma de cuenco, empieza a quitar el agua de allí.

XVIII

Mirando la línea del mar con el cielo el cazador piensa en construir una barca.
—Sería muy fácil— se dice.
Sólo sería cortar unos cuántos árboles, ya lo ha hecho otras veces, y atarlos con alguna de las cuerdas que ha ido tejiendo durante este tiempo, nada más. Quizás podría poner una vela. Y un timón.
El cazador se apoya sobre su lanza mirando el horizonte. Esa mañana ha terminado una balsa robusta, bonita, que podría llevarle a cualquier sitio. Quizás es eso lo que le preocupa. Al final carga con ella y la arrastra hasta el fondo de la playa.
—Aquí estará bien— dice y se da la vuelta, porque con el rabillo del ojo ha visto una mosca gorda, rica.
Allí queda la balsa, amontonada junto a las otras balsas que el cazador ya había construido antes. Y es que todavía no ha decidido si salir con ellas de la isla será el fin de su viaje o el principio de otro nuevo.

La adversidad llegó en Mozambique. Autor: Asier Suescun

enero 16th, 2012 § 3 comentarios

Tras varios días deambulando por el Sur de África, llegamos a Mozambique.

Al parecer, los funcionarios de la aduana tenían pocas ganas de trabajar aquella noche. O puede que la culpa fuera nuestra por llegar 15 minutos antes de cerrar la frontera…

En cualquier caso, después de un rápido trámite con nuestros pasaportes, el encargado de la barrera miró a un lado, miró al otro y dijo: “Adelante”. Y así entramos Tae Won, Bruno, yo y nuestro Volkswagen Fox en aquel país. Sin ningún tipo de problema.

Esa noche, tras embadurnarnos de espray anti-mosquitos y pasar una vez más de las pastillas anti malaria, dormimos en el primer albergue que encontramos.

Al día siguiente, y con tres sonrisas en la boca, nos dirigimos para Maputo, la capital mozambiqueña.

Bajo un precioso día, el mar a nuestra vera, una carretera desierta y un país que conquistar, nos encontramos con un control policial.

Por lo visto, la corrupción de la policía en Mozambique está a la orden del día. Buscan a turistas y extranjeros a quien exprimirles el dinero. Y esta vez dieron con nosotros.

Curiosamente, el funcionario que se encargaba de la barrera de la aduana aquella noche, olvidó hacernos los papeles que demostraban que nuestro coche estaba entrando a Mozambique. Así que nuestro querido Volkswagen, que tan bien se estaba portando, se presentó, sin quererlo, sin papeles en un país que no era el suyo. Ilegal.

El policía que acababa de detener nuestro coche esbozó una sonrisa de alegría al ver que nos faltaba aquel documento. Y yo, gracias al sofisticado portugués que recordaba de mi etapa en Brasil, pude argumentar pausadamente y luego discutir acaloradamente con este caballero que prefería no entenderme.

Este señor, la pistola que tenía amarrada a la cintura y sus tres compañeros que sonreían por detrás, nos comunicaron que iban a proceder a inmovilizarnos el coche en el caso de que no llegáramos a “un acuerdo”. Fue en ese preciso momento cuando, del portugués, pasamos a las… sanas palabras en castellano que tan bien sabíamos pronunciar y que ellos prefirieron obviar.

Así que, con la idea de zanjar el problema, me ofrecí a ir en busca de un teléfono público para llamar a la embajada española y comentarles la situación. Nuestros móviles no funcionaban en Mozambique. Tae Won y Bruno se quedaron custodiando el coche y, a su vez, custodiados por la policía.

Y comenzó la aventura

Recordad. Si vais a Mozambique y se os ocurre llamar a la embajada un domingo, habéis de saber que está cerrada.

Así que volví a intentarlo con el número de emergencias, pero no podían ayudarnos en ese momento. Se limitaron a aconsejar que no accediésemos al soborno. Precisamente eso era lo que tratábamos de evitar ya que nadie nos aseguraba que, una vez pagado, otros cuatro policías nos quisieran volver a estafar.

Con que, sin tener muy claro cómo proceder, decidí volver al punto de la carretera donde había dejado a toda la tropa.

Y… ¡oh sorpresa! ¡oh admiración! Todo el mundo había desaparecido.

Habría pasado una hora escasa desde que dejé a mis amigos con la policía y había ido en busca de un teléfono que funcionase. Pero allí no quedaba nadie.

Y ¿qué hiciste? ¿qué hiciste? Os preguntaréis…

Me alegro de que me hagáis esa pregunta.

Allí me encontraba pues, vestido para ir a la playa, con unos pocos meticais en el bolsillo (moneda oficial de Mozambique), en algún kilómetro de una de las carreteras que permiten el acceso a Maputo y tratando de que el duro sol del medio día me permitiese pensar qué hacer a continuación.

Entre comisaría y comisaría encontré la salvación

En el camino que había recorrido en la búsqueda de un teléfono público me había parecido ver una gasolinera. Así que allí acudí con la esperanza de que alguien supiera algo de aquella gente.

Tras preguntarle al gasolinero por la comisaría más cercana, un cliente que estaba con la oreja puesta me dijo, “yo te llevo por 200 meticais”. “100” le dije yo. “Trato hecho” contestó. Sigo pensando que tenía que haberle ofrecido menos…

En aquella comisaría no sabían nada ni del coche, ni de Tae Won, ni de Bruno, ni del portugués que yo trataba de hablar. Pero me indicaron la dirección de otra comisaría en otro punto de la ciudad. Miré mi bolsillo y llegué a la conclusión de que no me quedaban demasiados meticais, así que me despedí de mi atento chofer que se encontraba esperando en la puerta.

Cogí uno de esos minibuses… Esas furgonetas en las que aquí cabrían 7 personas y allí llenan, sin esforzarse mucho, con 20. El precio era solo de 5 meticais.

Sin tener muy claro a dónde me dirigía y cuál sería mi parada, y contando con que en aquel transporte público o gritas “¡para!” o siguen para adelante, entablé conversación con dos chicas muy simpáticas. Curiosamente, ellas parecían entenderme mejor que los policías.

Les debí caer bien o no tendrían otra cosa que hacer aquella tarde porque accedieron a ayudarme. Me llevaron de comisaría en comisaría, cogiendo varios minibuses.

Tras los infructuosos resultados que íbamos obteniendo en todas aquellas casas cuartel, finalmente me llevaron al puesto policial de su barrio. De su humilde barrio.

Ellas no querían entrar al edificio, de hecho no querían ni acercarse. Así que lo hice yo solo. Al igual que en las anteriores ocasiones, allí nadie sabía nada y a mi empezaba a acabárseme la paciencia.

Cuando uno de los policías me acompañó a la salida y vio a mis nuevas amigas esperándome fuera, les espetó con tono sarcástico “no tenéis por qué tener miedo, nosotros estamos aquí para protegeros”. Cuando nos alejábamos, ellas me confesaron que una mujer del barrio no entraba ahí si no es para visitar a algún marido o familiar al que han llevado preso.

La verdad es que la situación comenzaba a ser desesperante. Pero he de decir que la compañía de aquellas chicas y su solidaridad fue increíble. Si no hubiera sido por ellas… El sol de Mozambique hubiese acabado con mis fuerzas.

Fue, precisamente, la casualidad, el destino o el camino recorrido lo que me llevó allí, a aquel barrio. El hecho de encontrarme con aquellas chicas, en aquella furgoneta, y que accedieran a ayudarme determinó finalmente que encontrara a mis amigos.

Saliendo de aquel barrio, de nuevo a la carretera, y en busca de otro minibús ¡vi pasar a nuestro Volkswagen! Esta vez liberado de la policía y con Bruno y Tae Won a bordo. Así que corrí detrás, agitando las manos, gritando… y finalmente me vieron.

Ellos llevaban también varias horas buscándome. Al igual que yo, de comisaría en comisaría.

Se habían pasado el día escoltados por la policía de cuartel en cuartel. El objetivo era amedrentarles, que acabaran pagando definitivamente. No tenían ningún interés en inmovilizar el coche o en poner multa alguna ya que, si así lo hacían, no verían ni un triste meticai.

Fue en uno de esos controles policiales donde un funcionario les comentó a mis amigos que había llegado hasta allí otro chaval buscándoles. Poco después, hartos de tanto mareo y de aguantar el duro sol y el calor del interior del coche, Tae Won y Bruno accedieron al soborno. Pero antes prefirieron negociar. Al parecer, los policías también tenían ganas de irse a casa y Bruno supo verlo. 1500 meticais fue el precio a pagar por dejarles en paz. Apenas 70 euros. Todo un sueldo para 4 funcionarios que necesitaban de este tipo de jugarretas para llegar a fin de mes.

Así que juntos de nuevo y con el consiguiente riesgo de que nos volviese a parar otra cuadrilla de las fuerzas de seguridad de Mozambique, decidimos aparcar el coche y esperar a hablar al día siguiente con la embajada. Aquella noche invitamos a nuestras dos chicas mozambiqueñas a una buena cena y los siguientes 4 días nos dedicamos a recorrer aduanas y fronteras.

Pronto haríamos nuestra una interesante frase que escribió una vez Javier Reverte en uno de sus libros, “En África la cosa más simple puede convertirse en un gran problema y un gran problema solucionarse de la forma más simple”. Pero eso os lo contaré otro día.

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