Enlightenment, sobrevivir a Varanasi. Autor: Miguel Ángel Vélez Martínez

15 de mayo de 2013

Aquí los padres se rapan la cabeza y visten túnica blanca. Son los encargados de prender fuego a la leña donde yace el cadáver de su hijo. El cuerpo arde durante 3 horas hasta alcanzar el Nirvana. De nada vale lo que seas o tengas, sólo queda libre el alma. Los shadows, los niños y otros pocos más que ya no recuerdo son sagrados. Ellos cuando mueren son envueltos en sábanas con piedras pesadas y atados con correas, se dejan caer al fondo del río desde una barca lejana a las orillas de la ciudad.

Estoy en Varanasi, la antigua Benarés. Llevo tres días paseando entre mierda y miseria mientras escucho historias de su gente rodeado de toda una escenografía increíble. De nuevo, escucho la historia sobre el origen de la cabeza de Ganesha y vivo el culto al shivalingam. Miro avergonzado a quienes se purifican bañándose en las aguas del río a la misma vez que el sonido de las campanillas se funde con los suspiros del esfuerzo de mi remero. Esto es un flujo continuo de personas, pobreza y enfermedades, donde el rico reparte granos de arroz en los platos que sujetan los miserables, y éstos se los pasan a los más miserables aún. Al final, esos mismos granos de arroz llegan en cadena a la vaca de turno que paradójicamente parece ser que es la única que engorda. Cuando decido alejarme de lo que me resulta un bullicio humano sin sentido es cuando llego a una de las azoteas con vistas al Ganges. Una vez allí, desde la altura, pido algo de comida. Llevo toda la mañana entre dolor, hambre y sufrimiento y, según dicen aquí, llenar el estómago es lo único que tiene esta vida.

Hoy es domingo, hace un sol espléndido y los tonos ocres y dorados de los edificios tiñen de alegría la ciudad. Familias enteras vienen con sus hijos desde lejos a tomar su baño ritual en estas aguas sagradas. Hoy, para muchos de ellos, es un día especial. De repente, soy consciente de que llevo toda la mañana ensimismado, horrorizado por la marea que supone ver tanta humanidad, digiriendo todo esto de manera solitaria cuando realmente he ido acompañado todo el tiempo. Ahora, a modo de enlightenment, miro a mi pareja quien me devuelve una mirada cómplice negándose a hablar. Entonces, el cocinero nos sirve el desayuno, quien amablemente con la naturalidad de quien conoce bien a sus clientes, y para nuestra sorpresa, nos pregunta aquello de “¿andáis por aquí buscando el cielo?” Y los dos al unísono le respondemos aquello de “quizás”.

El día que casi fui Indiana Jones Autor: César Klauer H.

15 de mayo de 2013

Allá están las ruinas, la cabecita del niño se movió ligeramente hacia la cima del cerro. Sus ojitos despiertos nos miraban de arriba a abajo mientras masticaba una rama y se rascaba la cabeza por debajo del sombrero que alguna vez fue blanco pero que ahora tenía manchas de barro seco, marrones las más frescas, amarillas las más antiguas. Su perro lanudo nos rondaba con la lengua inmensa babeando sobre nuestros zapatos y el plumero de su cola refregaba su felicidad en nuestras rodillas. Frente a nuestra cansada respiración, la pendiente se proyectaba sobre el manto azul manchado de algodones tenues, un verde brillante nos llamaba con gritos de pájaros, loros, pericos. Pero no había camino.

Por ahí se sube, afirmó nuestro nuevo amigo. Yo no veía nada. Mi esposa y su hermana tampoco. En los ojitos del niño se reflejaron nuestras ramas gruesas que a manera de bastón habíamos recogido en el camino pero que en realidad estaban destinadas a ser usadas para abrirnos paso en la espesura. La sabiduría de la sierra se materializó en un metro veinte con sombrero y perro: Con eso no van a poder abrirse paso, sus ojitos brillantes revelaban que no era la primera vez que unos citadinos ingenuos pensaban que se las sabían todas. Miré a mi esposa y ella comprendió por qué mis ojos la acuchillaban en silencio. Es que el día anterior me había ido de compras al mercado de Chachapoyas y había encontrado lo que buscaba para dos propósitos. Uno: llevarlo de adorno para la sala de mi casa. En su estuche de cuero colgado en la pared iba a presidir la pieza. Dos: para abrirnos paso entre las plantas espinosas que, me imaginaba, habría en la subida a las ruinas Chachapoyas que el libro que conseguí en la oficina del  Instituto Nacional de Cultura decía que había. ¿Para qué quieres un machete? Me había mirado mi esposa con esa expresión que solo las esposas ponen. Ni lo vayas a llevar mañana, sentenció con la seguridad de quién no sabe lo que va a encontrar. ¡Qué roche!, finalizó. Mi error fue hacerle caso, total, ella no iba a cargar con el machete. Ahora que el niño se burlaba en sus adentros de los limeñitos, esa plateada hoja me hacía una falta horrible.

Emprendimos la subida por un espacio que parecía ser una especie de camino hecho por alguien. Los árboles no nos daban mucho trabajo, a veces hasta parecía que nos cedían el paso alegremente. Cantaban, saltaban a nuestro alrededor, soplaban aire fresco en nuestras caras brillantes de sudor, impedían que el sol achicharrante del medio día nos quitara el entusiasmo. Nuestro paso era alegre, hacíamos bromas, seguíamos el caos del camino sin inmutarnos: estábamos subiendo y eso era lo que queríamos: las ruinas estaban en la punta de ese cerrito. Quise tomar una foto para inmortalizar el momento en que me convertí en Julio C. Tello, Walter Alva, Indiana Jones, pero me había olvidado de la cámara. Menos mal.

En eso, los arbustos se abrieron y nos mostraron una pared de ladrillos de piedra de la que sobresalían tallos y flores: ¡Las ruinas! Pero estábamos recién a mitad de camino, no podían ser las ruinas que buscábamos. A ver, qué dice el libro: pues que hay varias torretas desperdigadas por la ladera del cerro. Esta debe ser una de ellas, anuncié mi descubrimiento con la página abierta y el dedo índice señalando el párrafo que revelaba el dato. Pero el problema era ahora que la pared adornada con esas bonitas flores y ramas nos impedía avanzar. La rodeamos, literalmente, pues era una pared circular, característica de las casas o edificaciones de la cultura Chachapoyas.

Encontramos la confirmación de su origen cuando un ojo de felino nos miró de frente. ¿Umbro en Chachapoyas? No. El ojo que los constructores ponían en sus casas es idéntico al logotipo de la famosa marca deportiva de Manchester. Unos pasos más allá del ojo, un ladrillo tenía un alto relieve de una cara. Redondita y medio chinita por los años. ¿Qué significaría? El libro no lo decía. Continuamos buscando un camino. Los arbustos se ponían cada vez más agresivos. Parecía que no querían que llegáramos a las ruinas. Para penetrar, el sol luchaba con las copas de los árboles más altos y a veces lo lograba. Se veían cuerdas brillantes descolgándose del ruidoso techo; llegaban hasta la rojiza tierra y se metían alegremente. Eran barrotes de luz incandescente que nuestras siluetas atravesaban en fila india. Me di la vuelta para ver a mi esposa y su hermana y me encontré con dos contornos oscurecidos por la brillantez de los rayos de oro. ¿Estaban cansadas? Claro que lo estaban. Querían regresar. Pero mi instinto de aventurero me obligó a negarme. Tiene que haber un caminito por aquí, me agaché y pasé por un túnel vegetal. Ahora sí que el machete nos serviría, ¿no? No se oye padre. La rama dejó de ser bastón y adorno para convertirse en abridor de caminos. En eso un arbusto me castigó por faltarle el respeto clavándome una espina del tamaño de un palito de tejer en un lugar que me dejó sentándome de costado por un par de días.

Inmediatamente, otro arbusto me reprendió en el brazo. Y otro me llamó la atención en la pierna. Mis acompañantes también habían sido resondradas y habían emprendido el regreso. Las acompañé para que no se pierdan. Una vez fuera del túnel pudimos ver los arañazos en los brazos y mi machete en la mesa de la casa. Recogimos nuestros pasos. Pasamos por la carita chinita, el ojo de felino, los barrotes de oro que ahora estaban más cansados y buscaban acostarse en la suavidad del terreno. Finalmente llegamos a la falda del cerro. El niño ya no estaba. Miré la montaña y me imaginé las ruinas circulares –no las de Borges, sino las verdaderas de Chachapoyas.

Las postales y los libros del recuerdo. Autor: Iván Marcos Peláez

15 de mayo de 2013

Ayer Juan  estuvo viendo de nuevo sus postales y fotos antiguas, también se puso a cacharrear entre algunos de los viejos libros de su enorme  biblioteca. Necesitaba evadirse y volar de la rutina que estaba sintiendo durante  las pasadas semanas. La responsabilidad y la presión  en el trabajo de aquella multinacional volvían a ser incesantes. Odiaba los horarios fijos, detestaba las  malditas corbatas  y las risas forzadas para alegrar a unos clientes que ahora le importaban una mierda. Pero lo que de verdad le consumía era  perder horas de su vida en  los interminables atascos de tráfico. Allí en el coche pensaba en la vida y en los años de su juventud cuando con una mochila al hombro recorrió todos los continentes.

Durante los últimos días había empezado a sentir aquellas mismas sensaciones que otra vez experimentó hace una década, la necesidad de dejarlo todo y mandar a tomar por saco esa vida programada y establecida. Al acabar  de releer los dos últimos libros sintió una punzada en el estómago. Pudo ver que su firma le recordaba  el haberlos comprado en aquellas viejas librerías de segunda mano en Katmandu y Chiang Mai.

Quizá es que sentía nostalgia  por tener que ver cada día  su mochila guardada en el armario cogiendo polvo. O quizá lo que le martirizaba era por el frío intenso que  sentía en aquel país que gobernaba Europa, la poderosa Alemania. El frío de aquella capital del mundo quedaba muy lejos del Mediterráneo que tanto amaba y donde se iniciaba su vida.

Esa tarde de sábado veía por la ventana como el termómetro de la calle marcaba diez grados bajo cero,  la nieve caía en copos gigantes y por un instante pensó que deseaba estar muy lejos de allí. Por su mente pasó que quería ver y sentir de nuevo el calor de los trópicos acariciando su piel. Se preguntaba por las casualidades y los extraños giros que  conforman la vida.

Recordó el mar de su ciudad natal, el ser de provincias en el sur le había marcado parte de su vida, un lugar donde nadie viajaba no era el medio natural para haber salido trotamundos. Pero la biblioteca le marcó parte del camino, los libros siempre respetaron su pasión viajera aunque para sus amigos siempre fuera visto como un marciano. Ellos se sentían llenos y realizados con coches caros, pero para Juan la vida y la juventud se centraba en tener dinero para poder vivir los sueños que había leído en la biblioteca de su barrio, los viajes eran su  pasión, la llama que iluminaba su vida.

Pensó en las fotos que llenaban su escritorio, y de la soltería de sus años locos que llegaron a su fin cuando el amor apareció con aquella viajera que  la vida le puso en aquel barco de Malasia. Un minuto más tarde y no hubiera llegado a aquel ferry que sin saberlo cambió su vida.

Pensó en la felicidad del caos de sus años viviendo en Asia y ahora sintió una punzada en el pecho al haber aceptado el trabajo en aquella multinacional que les había llevado a vivir en aquella jodida ciudad del norte de Europa que ahora tanto detestaba.

Así fueron pasando los minutos hasta que de repente cayó en la cuenta que  se había ido la luz del sol, el reloj marcaba las nueve y sintió  que llevaba allí  más de  dos horas. Delante estaban  los últimos quince  años de su vida en estado puro. De repente cerró los ojos y pudo recordar todos y cada uno de aquellos viejos momentos que ahora tanto añoraba. La nieve y el viento ya no golpeaban en la ventana, ahora podía sentir el calor del mundo y de la intensa vida que ya había quedado atrás. Viajes, lugares, amores, amigos y aquellas postales y libros que fue acumulando por medio mundo.

Allí, sentado en su pequeño despacho y delante de sus recuerdos volvió a sentir la vida en estado puro. Los recuerdos se iban sucediendo y la vida iba pasando como dicen que ocurre al morir y ver todos los instantes de la vida. Allí delante estaba viviendo y sintiendo de nuevo el viaje por Sudamérica al terminar la carrera, volando al año sabático tras cinco años trabajando en China o aquella inolvidable aventura en el Transiberiano para olvidar a su novia de la facultad.

Sintió escalofríos al pensar en aquellos viajes, pero la piel se tensó realmente al mirarse al espejo y ver unas canas que le mostraban los rigores de una vida que pasa demasiado rápido. Allí delante del espejo a su lado sintió el reflejo de sus dos hijas gemelas que le llamaban para contarles un cuento antes de irse a dormir. Su sonrisa  mostró un gesto pícaro al leer en una postal aquella frase del viejo Sócrates en la que afirmaba que era más importante el disfrute que la posesión.

Aquellas postales repasaban muchos de sus viajes, notificaciones a casa para indicar a la familia que todo iba bien, pero también había muchas otras de gente que le quería  y que por un instante le hicieron recordar viejas amistades ahora ya olvidadas.

La nostalgia se esfumó al sentir el calor de unas hijas que le agarraban por la pierna y le pedían que les contase aquel cuento de dar la vuelta al mundo. A sus niñas les fascinaba aquellos cuentos escritos por un tal Julio Verne que también les llevó otras veces al centro de la tierra y a la luna.

Las historias de países lejanos fueron pasando por su mente cuando acariciaba a sus hijas y les daba un beso de buenas noches. Phileas Fogg iba rumbo a Japón en un barco que también fue el suyo y que cambiaría su vida para siempre….

El viaje de un solo lector. Autor: Laura Garrido Barrera

15 de mayo de 2013

Eres lector de ocasiones, de los de 5,95 euros o menos. Crees que no es necesario pagar demasiado por lo que otros imaginan, piensan y hacen realidad a través del esfuerzo heroico  que supone la escritura. Incluso crees que todo ese rollo de la literatura es algo superfluo en el que basta comprarse un libro a cerca de los libros más importantes de la historia de la humanidad, leer con detenimiento sus resúmenes y así estar al día de lo más trascendente, sin siquiera haber disfrutado de sus lecturas originales. Te paseas por el mercadillo de libros usados y tus tendencias están sin definir, te da igual el género, el autor y el argumento, sólo te importa el precio y que sus páginas ardan bien en la chimenea después de haberlas leído. Lees un libro al año y a veces ninguno, y te vanaglorias de hacerlo de esta forma con el pretexto de que hace más de una década leías veinte o treinta, pero nunca te sirvieron para tus propósitos.

Es el día del mercadillo del libro usado. Paseas por los puestos con indiferencia, tomando algún libro con desinterés y haciendo como si leyeras su contraportada. Al final te decides por uno de dos euros. No conoces al autor y tampoco te interesa su vida, así que delante del vendedor arrancas la página bibliográfica en la que también se encuentra una dedicatoria a la que no prestas atención, haces una pelota de papel arrugado y la encestas en la papelera más cercana.

Ya en tu casa, al calor de la chimenea en una noche de invierno, inicias la lectura de la novela que has comprada, bastante larga para tu gusto, en la que el personaje principal se llama Lector. Crees que se refiere a otro, que no eres tú, que no puede haber autor en el mundo que te conozca suficientemente como para dirigirse a ti con tanta impunidad. El autor se ha presentado en la primera página para decirte que te acompañará en este viaje y que no te dejará en ningún momento de adversidad. Has soltado una sonora carcajada burlándote de su atrevimiento. ¿Acaso el autor considera que necesitas de su apoyo para una lectura barata y desconocida, que en cualquier momento puedes arrojar a la hoguera sin sentir el más mínimo de los remordimientos?

El autor divide en tres partes su obra magna. Las ojeas sin prestar atención, doblando el libro de tapas blandas y colocando el pulgar en el borde de la portada para conseguir un movimiento en forma de abanico con todas sus hojas, que recobran su equilibrio normal  antes de que puedas leer alguna frase.

Parte Primera. En un tren de cercanías.

 

En la primera parte, el autor establece la concordancia entre un lector novel y las lecturas juveniles que sembraron las semillas de un buen lector, y para tu sorpresa, inicias una travesía a través de aquellas novelas que marcaron tus primeras lecturas. Recuerdas con añoranza, La vuelta al mundo en 80 días, Viaje de la tierra a la luna, Flecha Negra o Robinson Crusoe. Casi se te escapa una lagrimilla al reflejarte en el espejo y ver cómo has cambiado física y mentalmente desde aquella época en la que a la luz de una linterna leías las páginas de tus autores favoritos devorando una aventura tras otra con la impaciencia propia de un chaval al que le gustaba soñar e imaginar a toda velocidad.

El autor te dice que no llores, que no todo tiempo pasado fue mejor, y que por favor, hagas tu maleta con cuatro cosas imprescindibles para iniciar un viaje. Te detienes en ese punto, pensando que este autor estará de broma y jugará de la misma forma con todos sus lectores, pero a pesar de todas tus dudas y contraviniendo todas tus certezas a cerca de la importancia de un buen argumento para seguir leyendo, te diriges hacia la estación de tren con una maleta de ruedas tal y como indica el capítulo primero.

Subes al vagón número siete, de la línea ocho, y te sientas frente a una mujer cuya fisonomía coincide exactamente con la que describe el autor. Un pelo ensortijado le resbala por los hombros hasta llegar a su amplio escote y unas pestañas muy largas parecen enredarse en cada pestañeo. Lee un libro atentamente y únicamente te dedica una mirada de soslayo. Lleva unas gafas estrechas que se sostienen en el aire, como si su nariz hubiera desaparecido. Te acomodas con tu maleta de fin de semana y miras la suya, idéntica a tu modelo anticuado en piel de lagarto y cierre con candado en la cremallera superior. Abres tu libro por la página marcada, y el autor te dice que te fijes en el libro que ella lee. Como no ves la portada porque la oculta tras sus dedos, le preguntas directamente:

—¿Qué lees?

—¿Y a usted que le importa?—te contesta ella muy arisca.

En realidad no debieras dirigirte a una mujer que no conoces con tan poca elegancia. Lo sabes e insistes:

—¿Me permite por favor ver la portada de su libro? Me encantaría saber qué lee usted.

—Perdone caballero —te contesta ella muy seria —leo lo mismo que usted, no insista.

Efectivamente ella lee tu mismo libro, y entonces te preguntas si en su libro el autor le aconseja esperar a que un tipo como tú se siente frente a ella, en cuyo caso es de suponer que la página treinta y siete contendrá una descripción exacta de tu persona. Tienes tanta curiosidad por leerla que hasta imaginas una pequeña treta para robarle su libro, pero antes de ponerla en práctica, abres de nuevo el tuyo, y el autor te recomienda olvidarte del asunto que en estos momentos te atormenta y disfrutar del paisaje.

Segunda Parte. En otros mundos desde el tren.

 

Miras por la ventana y descubres un paisaje muy distinto al que esperabas. Las cercanías de tu ciudad son extensas praderas de cultivo que ahora parecen haberse convertido en un bosque surcado por un río en el que navega el tren de la línea ocho. Te frotas los ojos y pegas la nariz al cristal emitiendo un pequeño grito ahogado. Ella te sonríe y tú no puedes articular palabra.

—El bosque se transformará en selva, atravesaremos manglares, glaciares, tundras, sabanas y estepas. ¿Es que usted pertenece a ese grupo de lectores que no saben avanzar en su lectura a un ritmo adecuado? —te dice ella esbozando una sonrisa aún más amplia.

Con un ligero temblor en tus dedos, agachas la cabeza igual que cuando te reprendían en el colegio por no haber realizado las tareas escolares, te sientes pequeño, diminuto, y abres el libro por la página señalada para continuar la lectura.

El libro comienza por describir un bosque, tal y como ella te ha dicho, y tal y como observas al mirar por la ventana. Nunca te habían gustado las descripciones excesivamente largas u ornamentadas, pero reconoces que ese autor posee una habilidad especial para hacerte visionar cada uno de los paisajes que ella te enumeró. Quedas absorto por la lectura, ajeno a lo que ocurre a tu alrededor, y disfrutas especialmente cuando los grandes mamíferos africanos entran en escena.

Te preguntas si el resto de pasajeros  presentarán una denuncia en la oficina de ferrocarriles por este viaje tan insólito. Al fin y al cabo, tú no tenías nada que hacer ese día, pero ellos puede que deseen ir a Albacete sin atravesar medio mundo. Miras alrededor para observar sus caras de asombro, que supones serán idénticas a la tuya, pero en el vagón número siete únicamente viajáis dos personas.

—Oiga —dices muy bajito dando un puntapié a tu acompañante que sigue leyendo —¿se ha fijado que viajamos solos, usted y yo?

—No estoy de acuerdo —contesta ella— por lo menos somos tres, o tal vez, cinco.

Te levantas del asiento para observar detenidamente los más alejados. Buscas al resto de personas pero no ves ninguna cabeza que sobresalga.

—Creo que se equivoca, somos dos, usted y yo.

—Aún no lo ha comprendido caballero. Siga leyendo —dice ella ajustándose las gafas de lectura.

El autor se dirige a ti un poco enojado y molesto. Te sugiere que el personaje principal de su obra, el Lector, empieza a cansarse de tus indecisiones, tus dudas y tus preguntas fuera de contexto. Y te advierte de que si la duda persiste, él, como autor, no tendrá otro remedio que abandonar el viaje.

Aquello es demasiado. No puedes mantener la calma un momento más. ¿Quién es ese autor para mostrarse tan irreverente y pedante cuando se dirige a ti? Cierras el libro de un golpe y cruzas las piernas en señal de enfado. Entonces observas por la ventana un paisaje diferente. La selva amazónica o la sabana africana han desaparecido. El paisaje está vacío y el silencio ahí fuera se dibuja en un color azul celeste. Miras de reojo a la mujer, y ves que ahora sonríe a una de las páginas, ella permanece tan sumamente concentrada en su lectura que no repara en ti ni un sólo momento. Te preguntas si esa mujer es real, y de nuevo, dudas de la ficción, y te reprendes a ti mismo por no haber elegido una novela histórica en la que el curso de los acontecimientos se hiciera más previsible. Muy rápidamente ella alcanza en su lectura las últimas páginas de su libro y te invade una sensación de incertidumbre y de curiosidad que te lleva a observarla de continuo a través de su reflejo en la ventana. Tras unos instantes, abre su maleta, saca una agenda de unas doscientas hojas sin encuadernar y un bolígrafo, la abre por la última página escrita, y se dispone a escribir de carrerilla, como si tuviera un millón de palabras por escribir.

El tedio de la situación te invita a regresar a tu lectura. Abres tu libro por la página marcada y te encuentras dos páginas en blanco. ¡Aquello es una osadía! ¿un error de imprenta? o ¿una tomadura de pelo? Puede que el libro de ella esté impreso correctamente, pero no te atreves a pedírselo porque percibes su enojo incluso antes de proponérselo. En la zona inferior de la segunda página en blanco lees una nota del autor: “El Lector bajará del tren en la siguiente estación. Hay personajes que necesitan encontrarse con sus miserias antes de proseguir”.

—Oiga—dices tímidamente—¿usted bajará en la siguiente estación?

Tercera parte. Llegada al destino.

 

Ella se mira el reloj, mira por la ventana los colores azules celeste del paisaje vacío y asiente con la cabeza. Aquello te tranquiliza interiormente porque empezabas a sentirte muy solo.

La megafonía anuncia la siguiente parada programada en diez minutos. La voz habla un correcto francés y crees entender un lugar de destino llamado Becherel. En tu libro se describe Becherel como una ciudad de libros, jalonada de librerías y con numerosos acontecimientos a lo largo del año en torno al libro. Situada en Bretaña, lees, en el distrito de Rennes. Ya nada te sorprende, ni siquiera te preguntas cómo has llegado al norte de Francia después de atravesar un desierto parecido al Kalahari. Decides levantarte antes que ella y tomar la iniciativa para recorrer el pasillo que separa tu asiento de la puerta. Dudas entre despedirte o no hacerlo, al fin y al cabo, ella no ha mostrado interés en ti y parece más ensimismada que antes en su escritura endiablada. Decididamente, tomas tu maleta y no te despides.

La estación huele a papel viejo, a polvo de estantería y a trementina mezclada con azahar. Piensas que ella seguirá tus pasos y caminas por la calle principal muy confiado y sin mirar atrás. La plaza del pueblo bulle en alegría a lo largo y ancho de unas mesas con toldos blancos en las que se exponen libros de muy variada temática. Hay muchas personas como tú, deambulando entre las mesas y ojeando  libros. La mayoría son ediciones francesas y encuentras muchos libros antiguos bellamente encuadernados en piel y con los cantos dorados. No son libros para ti, ninguno cuesta menos de seis euros. Empiezas a desanimarte y te preguntas qué haces girando en círculo alrededor de una plaza en un país extranjero. Buscas entre la gente a la mujer del vagón con la esperanza de hablar con ella en tu idioma, pero no ves su pelo ensortijado, ni su escote, ni su rostro serio y comienzas a echarla de menos. Sólo te queda la esperanza de que te hable el autor del libro, también echas de menos su sinceridad o sus osadías,  e incluso recuerdas que en las primeras páginas prometió acompañarte en este viaje incluso en las peores adversidades.  Consideras que esto que te ocurre puedes catalogarlo de adversidad, así que te sientas en un banco de la plaza  y abres tu maleta. Junto a tu libro hay un montón de papeles atados con un lazo y un neceser de mano. Un neceser de mujer. Repasas la escena de tu despedida, la que no pronunciaste por miedo a su indiferencia, y te ves cogiendo la maleta equivocada, haciéndola rodar por el pasillo con la cabeza muy alta.

El autor no se dirige a ti. Todas las páginas del libro que aún no has leído están en blanco. Lo último es la nota a pie de página que ya leíste, aquella en la que te invitaba a tomar conciencia de tus miserias. Y te derrumbas abatido, con los brazos colgando, las piernas estiradas y la nuca apoyada en el travesaño del banco. Repasas tu vida como si estuvieras a punto de perderla, y te ves como el hombre más aburrido del mundo, con un trabajo precario de pasante de abogado del que no has sabido salir en más de veinte años, con una familia imaginaria que nunca te atreviste a hacerla tuya porque las vicisitudes de tus amoríos nunca fueron todo lo confiables que tú deseabas, con una ilusión perdida en la que pusiste toda tu pasión y  que abandonaste al primer obstáculo.

Deshaces el lazo que reúne todas esas cuartillas, algunas amarillentas, escritas con la inconfundible caligrafía apresurada de la mujer del vagón número siete. No puedes creerlo, la primera página dice así:

Cuarta parte. El viaje fantástico.

 

            “Querido Lector, ahora te encontrarás perdido en un pueblo francés sin saber qué hacer, qué decir o con quién hablar. Llevo observándote toda la vida, desde que publicaste aquella novela fantástica que cautivó mis sentidos con apenas diecisiete años. Que no la comprara nadie, que el marketing de tu novela no fuera el adecuado, que jamás encabezara el ranking de ventas, no quiere decir que fracasaras con ella. Eras un autor novel con toda la ilusión y la pasión de quien inicia su carrera como escritor, pero te viniste abajo en el primer contratiempo. ¿Crees que todos los autores que hoy se reúnen en las cubiertas de estos libros que ahora te rodean en esta plaza lo tuvieron fácil?

 Fíjate en mí por ejemplo. He tenido que escribir y preparar esta novela sólo para un único Lector, y he dedicado mi vida a esperar el momento en el que decidieras comprarlo. Lo he vendido incompleto, con las últimas páginas en blanco, a un valor que jamás recompensará todos mis esfuerzos. ¿Y para qué?, para que te derrumbes en un banco y sigas sin apreciar la grandeza del viaje insólito que ha tenido lugar. Has atravesado medio mundo con un libro en tus manos, embriagado por la sencillas pero certeras descripciones que tanto me ha costado redactar. He comprado diecisiete modelos de maleta diferentes a lo largo de los últimos años, y resultó que eras un hombre que nunca sale de su casa más allá de los confines que marcan tus rutinas y tus hábitos.

He preparado este viaje con tanta dedicación que me desilusionaría enormemente tu falta de interés. En el tren he redactado el último capítulo del libro, que aún te faltará tras leer estas líneas. ¿No crees que si me buscaras recobrarías una parte de tu vida que diste por perdida? ¡Búscame! ¡encuéntrame! Puede que si te atreves cambie tu vida.”

Metes tu libro en la maleta junto a las cuartillas y el lazo, y te levantas enérgico dispuesto a encontrar a esa mujer. Preguntas a un vendedor, en un francés deficiente, si ha visto a una mujer de pelo ensortijado. Él te entiende, pero niega con la cabeza y comienzas tu recorrido por las calles  del pueblo de Becherel. Sus casas de colores, sus librerías en los bajos, la gente que va y viene, el aroma a tinta y un viento del norte que hiela tus manos te acompañan en la travesía por un pueblo que te parece encantado, salido directamente de una ilustración de un cuento de Dickens. Al fondo de una de las calles transversales a la plaza ves un montón de gente arremolinada en uno de los puestos y diriges tus pasos hacia ellos.

Dos personas firman y dedican libros para cada uno de los presentes. Ella, más preciosa que en el vagón, resplandece con una luz tornasolada que parece teñir sus cabellos de los colores del arco iris. Está mucho más bella y su rostro ha abandonado la rigidez y la adustez  de cuando tú le preguntabas. Incluso sonríe y parece complacida con cada una de las preguntas de los allí congregados.

—¿Para cuando la segunda parte del libro? —le preguntan.

—Estará terminada antes de que termine la feria —contestaba ella guiñándote un ojo.

A su lado, un hombre de mediana edad firma libros con las palabras “Autor Perdido”.  Las personas se pegan por conseguir uno de ellos, sonríen cuando lo abren y comienzan a leerlo en las cercanías del puesto. Movido por la alegría general, llevado por un impulso desconocido, le pagas un ejemplar al hombre, le sonríes a ella, ella te devuelve la sonrisa, el firmante te da los cambios y tú abres el libro recientemente encuadernado. Aún huele a imprenta. La portada es lisa, sin colores, sin título, sin referencia alguna que te haga suponer el contenido. Has comprado a ciegas, por el simple placer de leer algo desconocido. Has viajado sin rumbo por el simple placer de dejarte llevar por la historia de un libro cuya autora has omitido desde el primer momento. Y estás allí, con una nueva lectura en tus manos, y con una mujer frente a ti que ha convertido tus glorias y tus miserias en un libro que la gente devora con emoción. Lo abres. El título está impreso en la primera página y lees con emoción:

“Viaje fantástico a la biblioteca de Alejandría”

por Roberto Hernández Manzano,

dedicado a mis padres que me dejaban leer

por las noches a la luz de una linterna.

Miscelánea. Autor: Edap

15 de mayo de 2013

Teodoro se alejó del muelle siguiendo la línea de la costa, y atracó el barco cerca de una cala a la que solo se podía acceder por el mar.

-Es toda vuestra – pronunció mirándonos fijamente, señalando la blanca arena.

De barba rala y aspecto bonachón, dejó el timón plegando las velas.

-Resultaría de agravio que ni siquiera bajaseis del barco. Los buenos días son ocasionales, y estamos en época de bonanzas. El sol no quema como en España – viró su cabeza hacia la derecha a la vez que llamaba a su mujer -. Jane, ven por favor. Nuestros invitados se han quedado mudos.

Jane afable, subió a la cubierta con un gorro de paja, parecido a una Pamela, adornado con dos grandes flores vistosas de vivos colores. El cuerpo le cubría un pareo conjuntado, junto a unas zapatillas de un verde intenso, mientras nos miraba a través de unas oscuras gafas de sol.

-¿Qué os parece mi mujer? – sonrió Teodoro -. Está bellísima. En pocas ocasiones se viste de esta forma, solo cuando vamos a España le gusta estar despampanante – dijo enorgullecido. Jane se contorneaba grácil, sin ningún pudor, haciendo que sus curvas subieran y bajaran con cada uno de sus pasos -. El sol se va a marchar y no vamos a poder disfrutar de este cálido día.

- El agua os espera. Sed valientes. ¡Venga! – susurró Teodoro tirando el ancla.

Ellos sonreían. Lo hacían siempre. Él nos guiñó el ojo. Ella derramaba toda su belleza.

Jane se mostraba feliz y complacida. Teodoro se acercó a su vera, cogiéndola de la mano le acompañó hasta la escalera que había desplegada.

En el mar en calma destellaban los rayos del sol.

Jane se acercó a la escalera colgante y comenzó a bajarla. Al tocar con sus pies en el agua la piel se le erizó, y sin reparo se dejó caer, salpicándonos. Complacida se le escapó un grito entre la comisura de sus labios carnosos, saliendo despedido el gorro y el pareo, que flotaron durante unos instantes en el manso mar.

-Teodoro, cariño, ¡venga! – animó a su marido e hizo un gesto con la mano para que nos tirásemos.

-Ahora vamos, no se preocupe. El agua, seguro está muy fría – dijo mi mujer indecisa. Nunca había soportado el agua a menos de veinte grados. Y esta prometía.

-O bajáis o subo y os tiro. Está buenísima. La playa está a escasos metros. Después podemos tomar el sol. ¡Venid! – nos volvió a indicar a la vez que Teodoro se tiraba desde la proa al mar, gritando a pleno pulmón – venga, ¡venid!.

Y sin pensarlo más veces, antes que Teodoro se reuniera con su mujer, nos tiramos de cabeza. El eco de su voz pudimos escucharlo durante unos segundos, tiempo suficiente para que Jane lo volviera a llamar y comenzaran a jugar cual niños.

-Lucía, ven. Mira los pececitos como se pasean cerca de mis pies. Está lleno. Esto es el paraíso. Hay una Miscelánea. Dorados, plateados. ¡Qué ricura!.

El azul del cielo se mimetizaba con el oscuro mar, en una simbiosis perfecta, que se abría hacía los acantilados. Perfectas rocas esculpidas que se elevaban varios metros por encima del mar, mostrándonos la magnificencia de una naturaleza apabullante, llena de vida.

-Esa cascada es bellísima – le señalé -. Tenéis una tierra espléndida, mágica y llena de encanto.

-Esto es el cielo. No dudes que el cielo existe, y lo estamos pisando ahora mismo – pronunció Teodoro sonriente -. Esto es Asgard. Odín lo sabe bien.

Jane movió la cabeza de adelante hacia atrás en una profunda y estruendosa carcajada que nos contagió.

Al llegar a la orilla, tumbados, comprobamos que realmente estábamos en el día perfecto he indicado.

A las dos horas partimos de nuevo rumbo al puerto. Jane, distendida no paró de explicarnos parte de su vida, condensada en una charla que se mantuvo hasta bien entrada la madrugada.

-Teodoro me enamoró por su sencillez. Yo era bien niña. Mi padre nunca dio la aprobación de este encuentro. Ellos nunca vieron bien tanta diferencia de edad. Pero el amor cuando nace, ya se sabe. Viene y ya está. No se puede hacer otra cosa – explicaba a la vez que calentaba un poco de agua para tomar una infusión y entrar en calor -. En España se vive muy bien. Tenéis sol – nos dijo al vernos acurrucados, el uno junto al otro -. Y sois muy pasionales – sonrió -. Pero, como os decía: no es fácil esto del amor.

Mi mujer se levantó acercándose al fuego y extendió las manos. Con el frío calado hasta los huesos se dirigió hacía la maleta y sacó el jersey de lana. Jane la miró asombrada.

- Hace calor, mujer. Estamos en verano – se frotó los brazos -. Sois encantadores. Si queréis podéis mirar a través del cristal – señaló – podréis ver miles de estrellas.

Una atmósfera asombrosa hizo que asomáramos la cabeza por los ojos de buey. Nunca antes habíamos visto el cielo tan estrellado. Acostumbrados a ver las estrellas más intensas, el cielo nos parecía un enorme mosaico que había renacido ante nuestros ojos. No sabíamos dónde mirar.

-En latitudes más al norte el sol no llega a ponerse. Roza el horizonte y vuelve a elevarse, iniciándose un nuevo día – explicó Jane.

-¿Qué locura? – dijo Lucía.

-Es cuestión de acostumbrarse – sonrió Jane.

Teodoro que estaba al tanto de todo nos avisó que vislumbraba el puerto. El haz de luz del faro estaba aproximadamente a una milla. Nos tomamos la infusión.

-Mañana iremos al mesón de Karson. Un viejo amigo de Teodoro. Os encantará – afirmó con autoridad -. Es espectacular. Un muy buen hombre. Alguien en quien podéis confiar.

-¿También es de la familia? – pregunté.

-¡No! – exclamó Teodoro -. Tú y yo somos los únicos que aquí tenemos parentesco. Y ya ves. Si miramos el árbol genealógico, nos separan algunas generaciones -. Jane cogió el timón, acercándose Teodoro para darme un abrazo -. ¡Un saludo Vikingo! – soltó con profunda voz – no hay nada como tener la misma sangre – sonrió.

La apacible quietud del mar nos acompañó hasta la llegada al puerto.

Habíamos comenzado a caminar por el camino polvoriento que nos llevaría a la taberna de Karson, cuando mi mujer vio cruzar por la carretera un cervatillo. Los frondosos bosques llegaban hasta la orilla del mar. Un manto verde se extendía más allá del horizonte.

-Es precioso – dijo mi mujer.

Teodoro sonrió. No dejaba de hacerlo. Desde que habíamos llegado no paraba de mostrarnos su parte más afable. En su caminar daba pequeños saltitos que amortiguaba cada vez que su mujer le estiraba de la mano hacía abajo. Sin embargo, no se sentía cohibido. Su espíritu juvenil solía salirle casi siempre.

-¿Y esos ojos? – miró Jane a Lucía.

-Herencia de mi padre. Son de Castilla, Manchegos. Donde se escribió el Quijote.

-¿Qué me dices? Cervantes es uno de mis preferidos.

La conversación sobre el Quijote acabó llena de palabras vikingas. A falta de dinero para poder construirse un drakkar Teodoro optó por comprarse la embarcación donde navegábamos, oferta que no pudo rechazar. Le llevó cuatro años reconstruirlo añadiéndole algunos vestigios vikingos.

-Tener el barco me dio la oportunidad de volar libre. Mi primera visita fueron las islas de Lofoten. Después conquisté a Jane. Las mujeres no se resisten a un buen capitán.

Jane le dio con el codo a la altura de la cintura.

-Y cuidado – se dirigió a mí – son muy vengativas.

Teodoro sonrió y prosiguió contándonos el porqué de su venida a estas tierras en el extremo sur de Noruega. Un país lleno de lagos, ríos, bosques, cascadas, tierras abruptas, en una mezcla mágica.

-Cuando acabé la carrera de medicina no tuve más remedio. Me marché a trabajar a Copenhague. Y desde allí, visité varias veces Oslo. En pocos meses me mudé. Trabajé como médico y conocí a Jane. Me cambió la vida.

El fulgor en sus ojos le hizo emocionarse. Jane no dejó de custodiarlo, cogida de la mano, con unos andares algo desgarbados, se sintió complacida.

Fue así como su coquetería se acentuó. De vez en cuando se giraba para sonreírnos saludando. Apenas mostraba sus dientes desordenados, bajo esa tez blanquecina, carente de pigmentación que le diera un tono más saludable.

-Octavio. ¿Por qué decidisteis venir? – preguntó Teodoro.

-La vejez de mi padre me enseñó lo importante que es conocer y tener experiencias. Fue la premisa durante muchos años. Al principio dudé de sus palabras. Con el tiempo, he aprendido algo. Aunque siempre queda por aprender. Mi padre tenía su sabiduría, y años de experiencia.

-Un hombre muy sabio.

La luz en la conversación acabó por llenar los huecos vacíos que durante años había tenido alrededor de la figura de mi padre. Un dolor que se intensificó por su ausencia, y que no fui capaz de retomar.

-Hoy, vas a experimentar lo bueno – sonrió Teodoro.

-Tengo hambre – bostezó Lucía. Extremadamente delgada sus ansias por comer no le provocaban exceso de peso.

Jane que no dejaba de custodiar a Teodoro alzó los brazos soltando un grito agudo que acabó sonando estridente.

Jane se tocaba de vez en cuando el pelo. Y atusaba el poco de Teodoro. El camino se hizo largo, demasiado largo. No podía con mis pies. Después del trayecto entre poblaciones acabamos en la entrada de una villa, que apenas tenía siete casas, atravesada por una vía asfaltada en la que no vimos ningún coche circular.

-Ahí está. ¿Qué os parece? – dijo Teodoro señalando con el dedo meñique.

-¡Al fin! – me senté en el suelo quitándome el calzado.

Jane sonrió. Extendiéndome la mano me ayudó a levantarme. Caminé descalzo hasta la puerta. El silencio del bosque acabó empapando nuestra alma.

Karson nos recibió con honores.

Una gran puerta de madera, muy similar a los portones de los  castillos, réplica de muchas puertas de la meseta castellana, la había adornado con guirnaldas y flores frescas. Jane llamó la atención de mi mujer y se aproximaron a olerlas.  Lucía cogió una diminuta rosa que colgaba de uno de los recipientes y buscó el mejor lugar en el cabello de Jane. Jane no paraba de sonreír ofreciéndose en todo momento, hasta que Teodoro la piropeó.

Karson salió al vernos tras los cristales. Nos hizo pasar adentro. Tras el par de puertas acristaladas color caoba se abría un auténtico museo casero, rústico, acogedor. Todo de madera. Hasta los vasos. Un culto exquisito que nos acabó explicando. Sus antepasados Vikingos aun le fluían por las venas.

De largo mostacho, canoso y ojos glaucos no dejó de sonreír. Karson, parecía cortado con el mismo patrón que Teodoro y Jane.

-Sentíos como en vuestra casa.

La mesa central estaba rodeada de sillas diferentes, talladas a mano. Los recargolados respaldos eran auténticas obras de arte, representando escenas de la vida vikinga y los dioses protectores.

-Todo esto son obras de arte. Tienes un museo. Deberías pensar en abrir puertas al mundo – dijo mi mujer.

-Lo he pensado muchas veces por los comentarios que me han hecho Jane y Teodoro, pero pensándolo bien, que te voy a decir, prefiero la tranquilidad – sonrió mostrando unos labios tirantes.

Al fondo fotografías de la familia estaban expuestas cronológicamente, bajo las cuales había un largo y cómodo sofá que ocupaba unos cuatro metros. A la derecha, una puertecilla acababa dando a una cocina, en la que no había ningún armario superior.

Los platos encima de la mesa no habían dejado hueco ni siquiera para poder dejar el tenedor. Karson era así. Le gustaba la abundancia. Le encantaban las visitas.

-Provad esto – señaló un plato con decoración de ramilletes verdosos en el que había cortado finas lonchas de jamón -. No vais a probar nada igual – sonrió distendido.

-En España hay mejores – dijo Teodoro.

El hambre nos apretaba. Pasamos a la acción. El salmón estaba perfecto. El Rommegrot me costó tragarlo. El cordero en todas sus variedades, Pinnekjott, Farikal … y las Reker exquisitas. Un muy buen cocinero.

La noche corrió. Una parte del pasado se vaporizó, fusionándose entre nosotros. Otra experiencia que nos llevó a sentirnos, parte de su vida, de un origen común. Una Miscelánea de palabras fluyó entablando el principio de una buena amistad.

El sol había descendido de su cenit dejando paso al principio del ocaso. Dos niños de mediana edad, sobre unos catorce años, rubios, de ojos azules, vestidos con ropas elegantes, caminaban felices hacía el puente que dividía el pequeño pueblo.

Jane por ese entonces hacía más de dos horas que se había levantado, y dedicado las primeras horas de la mañana a leer el viejo libro que tenía guardado en la octava estantería de la biblioteca a mano derecha. Tres mil libros llenaban los estantes, ordenados por temáticas y colores. Una pulcra del orden.

Teodoro más Mediterráneo se levantó frunciendo el ceño, al ver que el día iba camino de apagarse.

-Hoy podemos ir a ver al viejo Murguel. Ese canalla.

Jane levantó la cabeza y lo miró fijamente.

Hubo un silencio cortante, junto a una mirada sibilante que deshizo el hielo de los picos más altos, abriendo una brecha que acabó cubierta del silencio más absoluto.

-Es una persona cariño. Murguel, es un viejo hombre de la vida. Un ermitaño apacible, generoso y cabal. ¿Porqué le tienes tanta manía?

Jane arrugo los labios queriendo transmitir un silbido corto y agudo, sin llegar a conseguirlo. Se detuvo un instante a probarlo de nuevo, desestimándolo al cabo de unos minutos.

-De niña siempre tuve el mismo problema – le contestó a Teodoro -, por mucho que quiera juntar los labios y silbar, no hay forma. Me siento ridícula cada vez que insisto, y como ves, fallo.

Teodoro imitó sus gestos. Ella se enervó por un instante, girándose bruscamente, dándole la espalda.

-Estoy esperando tu contestación.

Jane era dura. La sequedad de sus gestos ante una adversidad como la que se le  estaba planteando la dejó agria. Su rostro distendido se transformó en tenso y malhumorado.

-No te rías de mi dificultad. Sabes que no acepto este tipo de cosas. Todos tenemos cosas – vociferó.

-Murguel siempre te respetó. Es un buen hombre – volvió a decir Teodoro más tajante.

El sol resplandecía en toda su intensidad. Algunos rayos caían en la ventana  posándose sobre la mesa.

-Sabes Teodoro, que… – cayó de golpe.

Diez minutos más tarde Jane se sentó en la mesa cabizbaja, pensativa. Sacó de su bolso la cartera y desplegó varias fotografías. Teodoro la observaba desde el otro lado, atento, en silencio. Me miró. Encogida volvió a cerrar sus labios en un acto de enfado. Volvió a mirarme. Esta vez a los ojos. Y sin preámbulos habló hasta que su rostro cambió. Murguel había sido el primer novio que tuvo a la edad de veinte años.

-¿Qué le hizo cambiar de vida? – expresó Lucía asombrada.

Jane le sonrió. Esta vez no fue natural. Se le notaba todavía cierta tirantez. Quería arrancar y se detenía. Finalmente hizo por soltarse.

-Estuvo años encerrado, diciendo que esta forma de vida no la entendía. Se marchó al bosque, a una vieja casa de unos amigos. Me abandonó sin darme demasiadas explicaciones. Siempre dijo que yo era la mujer de su vida. Y ahora, cuando pienso en todo aquello, no soporto sus palabras. Me dolió la forma en la que lo hizo. Siempre lo consideré una persona indeseable. Llegó a conquistarme con su encanto. Acabó defraudándome. Es una persona vacía que va en busca de una esencia que nunca va a tener – dos lágrimas resbalaron cayendo encima de la mesa.

Dos horas más tarde íbamos camino de la cueva Florsten, donde Murguel vivía desde hacía más de veinticinco años.

El camino sin asfaltar estaba en muy buenas condiciones. Grandes árboles se elevaban a cada lado, parecido a un fantástico cuento de hadas, sin carruaje. Nosotros no dejábamos de mirar al frente, esperando en cada curva encontrar un castillo encima de las cimas. Lucía asombrada, miraba en todas direcciones, posando sus ojos en cualquier indicio de vida.

-A la derecha, podréis ver unos pequeños montículos en medio del mar. Esos puntos verdes, son las islas de Lofoten. Están lejanas, pero os aseguro que su belleza son un verdadero paraíso – nos explicó Jane con una sonrisa en los labios –. Queda poco. En breve llegaremos.

Algunos patos habían emprendido el vuelo. Graznidos de cuervos se abrían paso entre el follaje del bosque.

-Vais a conocer a alguien de mi pasado. La juventud lleva a frustraciones, a tener que asimilar, aprender y encauzar ciertas experiencias. Es alguien especial – expulsó todo el aire de sus pulmones, sonando entre sus labios una palabra inentendible que Teodoro nos dijo con posterioridad que era un mantra.

Hora y media más tarde llegamos a la entrada de la cueva, donde Murguel se asomaba para recibirnos.

-Hacía días que os esperaba. Sabía iba a tener visita – sonrió.

-Buenas Murguel. ¿Cómo te va la vida? – lo saludó Jane dando dos pasos al frente.

-Bien. Aquí. ¿Has visto el cielo de esta noche?

Jane movió la cabeza oscilándola, dándole la negativa.

-Ha sido perfecta, la mejor de todos estos años. Una noche estrellada. Fulgurante.

Teodoro se adelantó y le estrechó la mano. Murguel preguntó por los nuevos visitantes. Jane nos presentó. El ermitaño nos invitó a pasar.

La estancia se abría paso en la sólida roca. Un pequeño fuego a tierra labrado en la piedra ascendía hasta la cima para evacuar el humo de la combustión, diez metros arriba. Varios libros con el lomo desgastado los tenía en una estantería vieja y carcomida. En sus ropajes raídos podía verse claramente el paso del tiempo.

-Sois nuevos en estos parajes – caminaba en dirección al interior de la gruta. Sus pies apenas los levantaba del suelo, y un olor a ahumado invadía cada rincón -. No tengáis miedo. Pasad – indicó girándose – esta es vuestra casa. Jane lo sabe muy bien. De todas formas, podéis sentaros en este lugar – señaló un rincón lleno de heno -. Es el mejor sitio de la gruta. No temáis lo renuevo cada cierto tiempo. Aquí es donde paso la mayor parte del tiempo. Observo, medito, miro los viejos libros desgastados, e intento buscarme en cada rincón. A veces no me encuentro – sonrió sonrojándose -. Ya estoy viejo, y los viejos ya se sabe, las neuronas le fallan. Soy el último espécimen de estas tierras. Aquí en invierno hace un frío que pela, y como sabréis no estoy para visitas– nos miró uno a uno-. Me habéis alegrado el día. Anteayer comencé a sentirme mal al ver las fotos con Jane – Jane se estremeció -. No te preocupes – se dirigió a ella – no hay nada que temer. A veces en la vida las cosas no son como uno quiere, y se ha de aceptar. Por lo demás tienes todo el don del mundo para que disfrutes de cuanto tienes a tu alrededor. Hace años que dejé de lado el miedo al fracaso. Y tú – le señalo con el índice – eres una mujer estupenda. No pierdas la alegría.

No nos pongamos melancólicos. Es tiempo de celebración. Esta visita es muy especial – se levantó dirigiéndose a un habitáculo interior del cual trajo unas frutas del bosque -. ¿Os apetece?, son frutos del bosque. Toda una delicia.

A Jane los ojos se le llenaron de luz. Teodoro sonreía. Nosotros estábamos encantados. Lucía no dejó cabo suelto, sus preguntas exhaustivas hicieron recobrar vida al Ermitaño. Toda una fantástica epopeya que nos llevó hasta bien entrada en la noche a una de las mayores aventuras de este viaje.

Ni Yankis, ni indios, ni pirámides o un crucero por el Mediterráneo. Descubrir parte de un pasado, en un familiar lejano había sido dar en la diana.

Al día siguiente trajimos al ermitaño una paella española, fruta del tiempo comprada en el mercado, y dos trozos de carne elaborada a la más antigua tradición Noruega. Este día fue el estrellato, de Teodoro y Jane, al fin iban a casarse. Veinte años de noviazgo a bordo de una felicidad extrema, que proclamaron a oídos de Murguel.

-Los Ovnis son muy comunes por aquí – pronunció el ermitaño -. Y se llevan a las novias.

Las carcajadas sonaron en la gruta, más profundas que un fugaz eco.

-Todo tiene un ciclo. Un ciclo que no hemos de romper. Hay que vivirlo.

Al día siguiente Teodoro se alejó del muelle siguiendo la línea de la costa, y atracó el barco cerca de una cala a la que solo se podía acceder por el mar. El vaivén de las olas mecía el barco en la noche estrellada. Guardamos en la mochila todo lo vivido. Lucía sonrió. Teodoro y Jane no decían nada, parecían mudos. Una sonrisa a tiempo te renueva. Ellos fueron dos grandes mensajeros. E iniciemos el vuelo siguiendo la estela de la vía láctea. El billete de avión no pudimos detenerlo.

-¡Bon voyage! – alzó la voz Teodoro.

Y con estas palabras volvimos a España diez días después. Murguel murió al mes siguiente de un paro cardíaco. Jane pudo sanar a tiempo su mal. Una miscelánea de sensaciones, que acabaron por florecer. Todo un lujo.


%d bloggers like this: