Australia, las antípodas en mi corazón (II). Autor: Pana

5 Febrero 2010 por vagamundosmoleskin

Desde que en el  año 2.003 recorrí la costa este y el outback del centro de Australia, sabía en lo profundo de mi corazón que tarde o temprano volvería. Su magnetismo era tan fuerte que sólo cinco años después, en el 2.008, decidí regresar para saciar mi infinito espíritu viajero. Esta vez me perdería por la desconocida costa oeste casi  mes y medio, partiendo de Perth hasta llegar a Darwin ya en el Territorio del Norte. Nunca antes había viajado por segunda vez a un mismo país pero aquí la atracción que sentía no tenía límites y no es de extrañar  pues tiene todo lo que un viajero espera, naturaleza casi virgen, exóticos animales, puestas de sol indescriptibles, playas de paraíso solitarias, horizontes infinitos,  un estilo de vida hedonista y bohemio siempre necesario,etc.

A principios de julio vuelo a Perth vía Mauricio, más de un día entre aeropuertos y aviones. Ese es el peaje que uno debe pagar para llegar hasta aquí,  la ciudad más aislada del mundo. Me pierdo unos días por esta ciudad que no lo parece y precisamente ahí radica su encanto. Está  rodeada de parques como el bello Kings Park con unas vistas impresionantes a los rascacielos y al río Swan, el bullicio no aparece por ningún lado ni incluso por el distrito comercial, en pocos minutos se llega a playas fantásticas como Cottesloe y Sorrento donde uno puede surfear, tomar el sol y relajarse a sus anchas. Pero para mí  lo más sorprendente es  lo que se percibe en  sus cafés, restaurantes, tiendas y mercados: un ambiente cosmopolita sin igual, un mosaico enorme de diferentes culturas, precisamente aquí, alejado de todos y todo. Perth y sus bellos entornos, como la bohemia Fremantle y la tropical isla de Rottnest con sus famosos cuocas, ya han ejercido para siempre su magnetismo sobre mí y el fondo de mi alma viajera siempre habrá un trocito para esa exótica ciudad que es la capital de Australia Occidental.

Ya no me queda ni rastro del jet-lag y empiezo a sentirme en la dimensión australiana al igual que me sucedió cinco años atrás. Aunque sé, intuyo, que las sorpresas que me esperan por este enorme estado superarán las de la turística costa este por goleada. Ahora realmente es cuando empieza el viaje, al salir de la “ciudad” y adentrarme por los inmensos espacios abiertos, que van desde Parques Nacionales perdidos en medio de la nada como Karijini o Purnululu, hasta extensiones de playas tropicales que parecen nunca terminar.

Mi primera parada me deja atónito, es el irreal desierto de los Pinnacles donde miles de pináculos de formas sorprendentes se alzan sobre una tierra de color oro. Me recuerda los decorados de esas películas de ciencia ficción y no deja de sorprenderme que aquí, después de recorrer unos 250 quilómetros, aparezca como por arte de magia este paisaje tan surrealista. El día siguiente junto a otros viajeros visitamos  el Kalbarri National Park, que alberga unos desfiladeros impresionantes y unos miradores sorprendentes como el Loop, que forma un precioso arco de roca natural sobre el río Murchison. Ahí nos tumbamos bajo una magnífica puesta de sol impregnados de esta desbordante naturaleza. Mi idilio con Australia va aumentando su cotización y esto no ha hecho nada más que empezar.

Amanece y ya estoy de trayecto hacía Denham. La música del ipod transporta mi imaginación hacía  lugares como Monkey Mia, Shark Bay, Coral Bay, Exmouth… por el momento son simples nombres de paraísos soñados en la costa del Océano Índico pero una semana después espero tenerlos para siempre en mi corazón.

20 de julio. Antes de amanecer en Denham ya estoy corriendo por su solitaria y infinita playa; otro día despertándome en otra dimensión. Apenas sin darme cuenta ya estoy en Monkey Mia, quizás el lugar más turístico del Oeste de Australia pero no por eso fascinante. En esta playa los delfines salvajes se aproximan a la costa para ser alimentados bajo la atenta mirada de los pelícanos y los turistas; de hecho uno casi puede abracarlos. Una gozada. Más tarde me uno a Phil y Lisa, un matrimonio inglés que viaja por Australia, y junto a otros dos viajeros  conducimos hasta Coral Bay, 1.200 quilómetros al norte de Perth.

En Coral Bay buceo con las majestuosas mantas gigantes en medio del Océano Indico bajo peces de mil colores, corales de distintas formas, tortugas y algún que otro pequeño tiburón de arrecife; es el día soñado para cualquier amante del mar. Mientras nos relajamos y tomamos unas cervezas delante de la playa, ya pensamos en la aventura que nos espera mañana: desde Exmouth nos adentraremos en el fabuloso Ningaloo Marine Park para encontrar y nadar  junto al mayor animal  del mundo, el inofensivo tiburón-ballena. Así que después de navegar algo más de tres horas entre ballenas, delfines  y un entorno precioso, toca el momento de lanzarnos al mar y bucear junto a este increíble animal. Las pulsaciones se me disparan pero zas, sin pensármelo ya estoy casi abrazando al tiburón-ballena en una experiencia que recordaré toda mi vida. Simplemente uno de esos momentos mágicos de pura emoción, pura sensaciones, pura vida. Por eso uno viaja, para tener otro día soñado hecho realidad en el paraíso. Sí.

Me despido por unos días del mar para cambiar de decorado. Ahora nos internaremos por el  outback hasta llegar a uno de los Parques más remotos pero a la vez más bellos de toda Australia, el Karijini  National Park. Aquí pasaré junto a otros viajeros tres días durmiendo bajo las estrellas en medio de la nada y bajo una arena de color rojo, explorando gargantas y desfiladeros impresionantes, bañándome en cascadas y estanques solitarios, en fin, apreciando las cosas simples de la vida. Tres días lejos de la civilización, tres días charlando alrededor de una hoguera con los pocos atrevidos que llegan hasta aquí, tres días en la inmensidad de la naturaleza australiana, tres días sintiendo la soledad y el silencio.

Me apetece ya reencontrarme con la civilización y por eso pongo rumbo a Broome no sin antes tomarme un respiro en Pardoo Station, una enorme granja de ganado que desemboca en unas solitarias y fantásticas playas de arena blanca. Por fin llego a Broome, donde pasaré las siguientes dos semanas y que, como no, para mí se acabará convirtiendo en el lugar más mágico de toda Australia. Enseguida percibes una personalidad única: destila un aire bohemio y relajado, su pasado perlero es evidente en infinidad de tiendas, sus puestas de sol son inimitables bajo la quizás  playa más bonita de todo el continente Cable Beach, su cocina es exquisita, no existen semáforos, en fin, un ambiente único en un paraje soberbio que simplemente aporta buenas vibraciones desde la llegada. Sin duda aquí me quedaría a vivir si tuviera que elegir un lugar de  toda Australia.

¿Qué hacer dos semanas por aquí? Pues uno puede pasear por la infinita playa escuchando música chill-out; asistir a la perfecta puesta de sol cada atardecer tomando unas cervezas; probar la típica cocina australiana como carne de canguro, cocodrilo o emú; perderse por multitud de tiendas perleras o por los mercados del fin de semana que son una delicia; tomar  excursiones de varios días por los fantásticos entornos (como por ejemplo al inmaculado Cabo Leveque o los algo más solicitados Winjana Gorge, Geikie Gorge y Tunnel Creek), salir a tomar algo con otros viajeros; visitar comunidades aborígenes (en mi caso en Beagle Bay); ver una película en Sun Pictures, el cine al aire libre más antiguo del mundo que viene operando desde 1.916; asistir al ritual diario de los archiconocidos camellos de Broome paseando por la playa; caminar hasta Punta Gantheaume, unos preciosos acantilados de distintos colores; ir a las carreras de caballos que se celebran a principios de agosto; bañarse o tomar el sol sin nadie a la vista en infinidad de quilómetros; etc. Enganchado ya al estilo de vida de este paraíso se me hace difícil partir pero esto también forma parte del viaje y lo sé. Así que con tristeza me despido de este maravilloso lugar y de sus gentes, muchos amigos dejo en el camino y no sé si nunca más nos volveremos a cruzar pero de corazón les deseo mucha pero que mucha suerte en sus vidas.

Hoy tomo un vuelo interno a Darwin, ya en el Territorio del Norte, donde pasaré los siguientes cuatro días. Mis primeras vibraciones son ciertamente negativas acostumbrado como estaba a la idílica Broome, pues aquí hay mucha gente, ruido y cerveza a raudales. Paseo por el Bicenttennial Park que discurre por el frente marítimo sin encanto alguno y me pierdo un poco por las calles centrales repletas de tiendas y vorágine; enseguida me doy cuenta que aquí  la presencia de aborígenes es mucho más acusada que en el resto del país. Pero como siempre sucede, la primera impresión casi nunca es la buena y Darwin aguarda bonitas sorpresas para el  viajero: los mercados de la playa de Mindil repletos de puestos de cocina de todo el mundo y artesanías me dejan asombrado sobre todo por los músicos que tocan al atardecer (por ejemplo, Jabiru y Emdee); el cercano parque de Litchfield es ideal para hacer trekking y remojarse bajo espléndidas cascadas de agua (me quedo con Florence Falls); si se dispone de más tiempo uno puede empaparse de cultura aborigen en la cercana  Tierra de Arhem y las islas Tiwi y, sin duda, visitar el emblemático Parque Nacional de Kakadú.

No era mi idea estar muchos días por Darwin así que decido tomar un autobús hacia Kununurra, en la que será mi última parada de este espléndido viaje. Por aquí sólo aborígenes, ningún turista pero diamantes, sí, muchos diamantes explotados no muy lejos, en las cercanías del segundo lago más grande de Australia, el Argyle. Pero no he venido aquí para ver la Australia real y pionera, sino para sobrevolar en avioneta el Parque Nacional de Purnululu (más conocido como los Bungle Bungle). Así que fleto mi plaza con la compañía  Alligator Airways y tan sólo despegar  aparece el Lago Argyle rodeado de pequeñas montañas, la famosa mina de diamantes de Argyle y enormes masas de tierra despobladas. Nada más. Pero de repente y sin darme cuenta llegamos a los Bungle-Bungle, una cordillera de cúpulas de tonalidades ocres y negras que parece sacada de un mundo de fantasía alejada de cualquier atisbo de civilización. Simplemente impresionante.

Apuro mis días por Kununurra escuchando las historias de los pocos viajeros que llegan aquí en la mayoría de los casos en busca de trabajo, paseando por el cercano Mirima National Park que viene a ser una copia en miniatura de los Bungles Bungles, visitando tiendas de arte aborigen y de diamantes que aquí abundan por doquier y relajándome escribiendo mis sensaciones antes de regresar.

18 de agosto. Fin del viaje. Triste y feliz. Triste por dejar una tierra casi virgen y que da lugar a la aventura y emociones infinitas. Triste por dejar amigos y buenas personas con los que compartí momentos de diversión y complicidad. Feliz por vivir de forma tan intensa y apasionada y con 36 primaveras continuar sintiéndome un niño. Pero sobretodo feliz porque volveré a los míos, que de una manera u otra han estado siempre presentes en este y todos mis viajes.

Australia, las antípodas en mi corazón (i). Autor: Pana

5 Febrero 2010 por vagamundosmoleskin

Australia, la mayor isla del mundo y el continente más pequeño, siempre había despertado mi  fascinación desde que empecé a viajar.  Sabía que tarde o temprano iría y en septiembre del 2.003 puse rumbo a este  destino deseado  por mi imaginación.  Su lejanía, sus increíbles paisajes, sus aborígenes, su estilo de vida, su ínfima densidad de población,  su fauna  y sobretodo sus gentes, con un espíritu pionero encomiable, representaban para mí un polo de atracción suficiente para pasarme más de un día entre aviones y aeropuertos.

Finalmente llegué a Sidney el día 10 de septiembre, una ciudad atractiva con la Opera House como telón de fondo.  Aún cuando no me gustan las ciudades, no me importaría elegir Sidney para vivir pues tiene un clima apetecible, las playas y parques se encuentran al alcance de la mano, sus habitantes son atentos y no se tiene sensación de agobio.  Mi recorrido seguiría por Brisbane, Cairns, Alice Springs,  Melbourne y regreso a Sidney como ciudades destacadas.

Este era mi esquema de viaje pero sin ataduras. Si me encontraba a gusto dondequiera, pues el siguiente destino esperaría. Soy viajero, no turista. Las fotografías me importan poco o casi nada mientras que estar de buenas ondas y tener sensaciones para mí son la esencia del viaje en mayúsculas.

Cuatro días después estoy en Brisbane, la capital de Queensland, una ciudad que está creciendo a ritmo frenético. No me gusta lo que Sidney, así que rápidamente parto en bus a Noosa,  en plena sunshine coast australiana. En el bus conozco a Gail, una mujer australiana de unos 50 años que refleja mi Australia pionera. Conversamos hasta llegar a Noosa, dónde ahora vive junto a  su marido desde que hace unos años dejaran de habitar en una isla desierta. Con la edad, me cuenta, no se podían arriesgar a vivir como antes, sin los servicios médicos al alcance de la mano. Me invita a pasar mis días en Noosa en su casa y sin más acepto, sólo faltaría.

Noosa es genial. Tiene un clima envidiable todo el año, tiendas, excelentes restaurantes, un Parque Nacional accesible andando con los Koalas de espectadores y playas, magníficas playas para aprender a surfear. Y tomar el sol.  Y además Gail y su marido, que viven de renta por la venta de su isla me guían. Una lotería. Si le añadimos que los entornos son también espectaculares, con Fraser Island y Hervey Bay, dan ganas de quedarse aquí. Demasiadas. No me extraña que ellos encontraran en Noosa lo más parecido a su islita ya que destila hedonismo por los cuatro lados.

Desayuno temprano con mis dos anfitriones  y voy a descubrir Fraser Island,  la mayor isla de arena del mundo y listada como Patrimonio de la Humanidad. Es imperdible. Bosques tropicales, infinitas playas, dingos salvajes y  lagos de agua dulce como el Mckenzie o Wabby. La naturaleza en pleno esplendor. Realmente es un lugar único en el mundo y una de las principales atracciones del país junto al monolito Ayers Rock (Uluru en aborigen) o la Gran Barrera de Coral, que también visitaré en los próximos días. De regreso a Noosa, mi particular paraíso, me invitan a cenar en un restaurante. La cena estaba riquísima pero cuatro años después ya sólo me acuerdo de los tres zumos naturales de mango que me tomé. Ha sido un  día maravilloso. ¿Y mañana? Pues iré a Hervey Bay, otro lugar magnífico dónde las ballenas se acercan a las embarcaciones casi para abrazarlas. En ningún otro lugar del mundo las he visto tan próximas, ni en Islandia ni en Patagonia Argentina. Si además le añadimos a la escena una espectacular puesta de sol, comida rica, música reaggee sonando de fondo y otros viajeros divertidos, el resultado es otro día soñado. Y  aún me queda la cena delante de la playa de Noosa con Gail y su marido.

No estoy ni a mitad de trayecto y ya he perdido la cuenta de días espectaculares. Me encanta esta sensación. Hoy me despido de Noosa, sin todavía saber surfear como Dios manda una ola. Pero sobretodo me despido de mis dos anfitriones, los recordaré siempre con mucho cariño. Ellos representan para mí el espíritu de Australia, más allá de sus atracciones naturales. Mi Australia acogedora, pionera y de corazón.  Con tristeza tomo un vuelo de Brisbane a Cairns, una ciudad con clima tropical todo el año y que tampoco cesa de crecer gracias a la famosa Gran Barrera de Coral.

Ya estoy en Cairns. Mañana es mi cumpleaños. Vienen los 32. Lo celebraré de una forma distinta a otros años, buceando en Upolu Cay y Paradise Reef, en plena Gran Barrera de Coral. Así que contrato mi plaza para mañana. Puntualmente salimos al mar y en la aproximación al lugar de la inmersión nos dan instrucciones para el buceo, pues estamos en un área protegida. Después vienen las bromas y risas, no podía ser menos. Y finalmente al agua. Zambullida y mundo mágico para nuestros ojos: peces de colores, rayas, corales, tortugas, estrellas de mar, pequeños tiburones…suerte que tenía el título de buceador una estrella sino me perdía este mundo de fantasía. Así que al cabo de dos días repetiré la experiencia, esta vez en Michaelmas Cay y Hastings Reef.  Pero hoy todavía no ha terminado ya que en Cairns no sólo hay buceo o snorkeling, también una animada vida nocturna. Así que salgo a tomar unas copas con un japonés y dos italianos que también han estado buceando conmigo. Y mañana será otro día.

Ya me espera el outback australiano y agoto mis días en Cairns y sus entornos  caminando por playas solitarias, tomando el sol en playas paradisíacas como Palm Cove Beach, haciendo snorkel y buceando por última vez en la Gran Barrera de Coral. Será éste otro lugar y otras gentes dejadas atrás con tristeza pero otros sitios y gentes me están aguardando. Cairns ya ha ejercido su magnetismo sobre mí y sé que mi próximo destino también lo ejercerá.

Dia 22 de septiembre, 15 pm. Contrato un recorrido de tres días que me llevará en autobús desde Cairns a Alice Springs, atravesando el árido y rojo desierto australiano. Tres días en la Nada. Sólo arena roja, enormes termiteros, puestas de sol indescriptibles, canguros, dingos  y aborígenes. Y  los cuatro compañeros del autobús: el conductor, un inglés y dos japonesas. En la primera etapa hasta Hughenden recorremos unos 750 Kms y uno ya se da cuenta que estamos en otra Australia, más rural y  más pionera si cabe. En la segunda etapa llegamos a Boulia después de recorrer algo más de 700 Kms.  Boulia no es un pueblo, es una enorme  estancia llevada por una pareja rodeada de tierra roja y dingos. En caso que necesiten un médico, ya llegará en helicóptero. Si veía en Gail el rostro de la Australia pionera, veo en las caras de esta pareja su reencarnación. Cenamos todos juntos bajo el cielo estrellado y no puedo dejar de pensar en que les ha conducido aquí. Están hartos de la civilización, de las rutinas y  de los horarios. Eso lo puedo entender pero ¿es necesario aislarse tan drásticamente de todo y de todos?.

Amanece en la estación de Boulia y a las 6.30 am ya partimos en dirección a Alice Springs, ciudad anhelada por muchos viajeros a semejanza de Ushuaia. Alice, como aquí se llama, está en medio de la Nada y Ushuaia, es la ciudad habitada más austral del mundo en plena Patagonia argentina. Dos lugares muy diferentes pero dos mitos para cualquier viajero. Con mis 32 ya cumplidos llegaba a Alice Springs, cuatro años más tarde sería el turno de Ushuaia. En estos confines los primeros habitantes siempre fueron indígenas, aquí en Australia son los aborígenes y por ejemplo en Tierra del Fuego, de la cuál Ushuaia es su capital, fueron los yámanas. Después vino la colonización por el hombre blanco. ¿Qué si hay aborígenes en Australia? Pues claro que sí. Ya ví alguno deambulando por Sidney o Brisbane pero aquí y en los territorios del Norte de Australia su presencia se deja notar mucho más.

Finalmente después de tres días llegamos a Alice Springs. Mi impresión es que se trata de una ciudad dramática y surrealista, en medio del desierto y donde sólo se asoman los  MacDonnell Rangers, una  especie de pequeña cadena montañosa que exploro con una bicicleta de alquiler. Al final el cuentaquilómetros me marca  45 Kms, todos por tierras polvorientas. No veo o no sé ver su encanto. Además, la  temperatura de día es insoportable y con el esfuerzo sudo a raudales. Después de ducharme salgo a pasear. Es evidente que aquí se mezclan como en ningún otro lugar los aborígenes con el hombre blanco. Los aborígenes viven literalmente en la tierra,  son extremadamente pobres y su tasa de alcoholemia es incesante. Esto hace que al anochecer el lugar sea algo peligroso y uno deba andar con precaución. De hecho, la ciudad no tiene ningún encanto pero es la base para ir a escenarios imponentes. Sitios como el monolito de Ayers Rock (Uluru en lengua aborígen), las  enormes piedras de las Olgas o King´s Canyon están a una distancia cercana. O lo que es lo mismo, el Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta (que engloba el Uluru y las Olgas) y el Parque Nacional de Watarrka (donde se situa King´s Canyon).  Por eso estoy en Alice.

Ya es 27 de septiembre y el tiempo se esfuma sin darme cuenta. Pasaré tres días fuera de Alice junto a otros viajeros, más el inglés y las japonesas que al final se unen para explorar las maravillas del outback. De día se visita el Uluru, las Olgas o King´s Canyon. De noche se duerme al raso bajo las estrellas. Una gozada. Son días sin fin en el infinito outback antes de regresar a Alice otra vez para volar a Merlbourne, la capital del estado de Victoria, que será mi última parada antes de regresar a casa. Ahí me espera un amigo. Sólo llegar, con sus amigos ya nos vamos a cenar a un restaurante vietnamita. Hay tanta diversidad de restaurantes en Merlbourne que uno no se lo puede creer. Se ve que hoy tocaba el vietnamita. Pues bien, como dicen ellos “no worries” (no problema) aunque de verdad estoy extenuado. En fin, ya descansaré en los interminables vuelos de vuelta.

Mi viaje toca su fin. Estamos ya en octubre. Visito Merlbourne, una ciudad que me pareció semejante a Londres, llena de tiendas, restaurantes, pubs, parques, etc;  además el clima es frío y lluvioso de otoño a invierno. Diría que es el punto neurálgico de la escena cultural australiana.  Estaré sólo tres días y me dedicaré a conocer la ciudad: pasear por sus barrios, saborear su gastronomía, tomarme unas pintas con mi amigo australiano y sus colegas… Pero los entornos, como la Great Ocean Road o la Península de Mornington, deberé dejarlos para otra ocasión, a diferencia de lo hecho en mis anteriores destinos. Ya ha llegado la fecha del regreso.  Good-bye, Australia, con mucho cariño y de corazón.

Venezuela, un país irreal. Autor: Pana

5 Febrero 2010 por vagamundosmoleskin

Puerto Ordaz. 21 horas. 21 de agosto del 2005. Después de tres semanas viajando por Venezuela, lugar de bellezas incomparables y miserias indignantes, empiezo a notar síntomas de cansancio. Han sido unos días sin tregua, obsesionado por la seguridad pero también por los enormes contrastes del país tanto a nivel social, económico o paisajístico, y donde el tiempo se ha esfumado sin casi darme cuenta. Creo que ya necesito partir hacía la playas del Caribe, situadas en el nordeste del país…sitios como el Parque Nacional de Mochima, la Península de Araya o el Parque Nacional de la Península de Paria me evocan al descanso y a la relajación que tanto necesito. Pero antes de acostarme y escribir mi diario, repaso las sensaciones vividas hasta hoy.

De Caracas, capital y puerta de entrada al país, me quedan sus caos, desigualdades y peligros. Esto ya lo sabía. Pero la realidad me superó: los “barrios” llenos de chabolas no paraban de crecer, parte de sus habitantes vivían de la delincuencia y la tasa de criminalidad era incesante. Peor escenario para la entrada a Venezuela no podía tener y esta psicosis de permanente inseguridad ya no me dejaría hasta la vuelta.

Un viaje en confortable autobús me transportó a Mérida, capital de los Andes Venezolanos. Aquí empieza la aventura. En un entorno andino se puede disfrutar de parapente, rafting, descenso de cañones o trekking a pueblos tan remotos como Los Nevados. O subir en el teleférico más elevado del mundo al Pico Espejo (4765 m), casi tan alto como el Pico Bolívar (5007 m), cumbre de Venezuela. O contratar una excursión a la zona de Los Llanos para revivir el far-west americano al estilo venezolano en pleno siglo XXI: aquí es aún posible convivir con auténticos cowboys (los llaneros) en sus ranchos (los hatos); ser parte de su cultura (escuchando una música llamada joropo y divertiéndote en los rodeos); acompañarlos a observar los animales en su hábitat natural (como la llamativa ibis escarlata, anacondas, capibaras, caimanes…). Naturaleza en estado puro. Aire libre. Sensación de libertad. Fluir para los sentidos. Como dicen los venezolanos, chévere. Esto es Mérida.

De la sensación de inseguridad inicial paso a la sensación de libertad. Venezuela me empieza a hipnotizar y mi ánimo lo nota. Así que parto dirección Ciudad Bolívar, en la zona de Guayana, al sureste del país. Desde allí vuelo al Parque Nacional Canaima.  Pasaré tres días en un paisaje irreal poblado por los indios pemones, rodeado de tepuis (las montañas más antiguas de la Tierra) y con el Salto Ángel de fondo, la catarata más alta del mundo con 997 metros, desplomándose de uno de ellos, el Auyantepui. En el más alto de los tepuis, el Roraima (2810 m), existen aún especies endémicas. Aquí el tiempo se ha parado. Aquí la evolución no aparece. Mis sensaciones son de fantasía, imaginación y  misterio.

Puerto Ordaz. 22 horas. Oigo ruido desde mi habitación. Mis pensamientos se esfuman. Acaban de llegar dos españoles a la posada. Enseguida entablo conversación con ellos y sin darnos cuenta ya estamos tomando una cerveza venezolana, la Polar, y  planeando visitar durante unos días el Delta del Orinoco. De hecho no era mi idea pero me convencen. Dicen que me sorprenderá. ¿Aún más? No sé.

Y por casualidad, esa casualidad que siempre aparece inesperadamente, se une a la conversación un señor de unos 60 años, sonriente, educado, culto y que precisamente mañana parte al Delta del Orinoco, a un sitio llamado San Francisco de Guayo. Nos rompe los esquemas. Estamos incrédulos. ¿Quién es él? ¿Y porqué va allí? ¿Y dónde carajo está  San Francisco de Guayo?

Luís Carré, que es como se llama ese profesor francés, pide cuatro cervezas más. Entablamos conversación. Cuenta su historia. Él era profesor universitario y junto a su mujer residían en París. Decidieron buscar nuevos horizontes. Y zás, se decidieron a  cruzar en velero el Atlántico. Llegaron a Brasil y más tarde a Venezuela donde se establecieron precisamente en San Francisco de Guayo al este del delta del Orinoco. ¿Por qué razón? Pues ahí se encontaba una Misión llevada por cuatro monjas y un sacerdote que se dedicaba a educar a los indios warao, los primeros habitantes del delta del Orinoco. Sintieron tanta fascinación por el lugar que decidieron construirse su particular palafito ahora llamado “Tobe Lodge”. Y a semejanza de ellos, aprendieron su idioma. Y sus costumbres. Mañana parte en coche a Tucupita, último lugar habitado en tierra firme antes de adentrarse en el delta del Orinoco. De ahí le esperan seis horas de navegación a través del Orinoco hasta llegar a San Francisco de Guayo, donde le recibirán su esposa y sus queridos indígenas. Estamos invitados a ir con él y permanecer tres días en su lodge visitando los pueblitos de waraos, viendo la fauna, las playas solitarias aún pobladas por pequeños caimanes….Nos deja atónitos y fascinados por su historia. Mis soñadas playas del Caribe deberán esperar unos días más. Y con razón.

No concilio el sueño pensando en los días que esperan. Suena ya la alarma. En la recepción de la posada del Lobo, un alemán emigrado a Venezuela, estamos los cuatro puntuales. Partimos en coche dirección Tucupita donde nos espera una canoa a motor. De ahí navegaremos aproximadamente 150 kilómetros entre los brazos del Orinoco hacia nuestro destino. En el trayecto nos distraemos viendo ibises, manadas de búfalos de agua, pescando alguna piraña y saludando a los moradores del delta, los warao (traducido significa gente de canoa; wa es canoa y arao gente). Aproximadamente son unos 30.000 dispersados a lo largo del Orinoco y en nuestra comunidad habrá unos 2.500; conforman junto a los pemones y los yanomanis las comunidades indígenas más relevantes de Venezuela.

Llegamos a Tobe Lodge, un palafito surgido de la nada en un lugar perdido de la civilización, enfrente de la Misión de San Francisco de Guayo. Todo debe ser transportado en canoa desde Tucupita. No hay coches, ni ruidos, ni tiendas, ni nada. Sólo un entorno natural intacto por descubrir. Quedamos eclipsados por la magia del lugar. Mañana saldremos a descubrirlo con Luís, su mejor conocedor en estado puro, fuera de los clichés académicos.

Me acuesto y pienso en el significado del Orinoco. Para Venezuela. equivale lo que a Egipto el Nilo. Se despliega a lo largo de 2.150 kilómetros y se cuentan más de 1.000 afluentes y caños. Su delta cubre casi 30.000 quilómetros cuadrados. Esta es su inmensidad casi inexplorada, casi virgen.  Nosotros intentaremos comprenderla de la mano de Luís; sentir la misma fascinación que en su día tuvieron los primeros exploradores y que ahora tiene nuestro anfitrión.

Me levanto con buenas vibraciones, pues el azar me está condicionando el viaje positivamente. Ahora estaría posiblemente en una playita de la Península de Paría rumbeando, y gracias a la casualidad de haber coincidido con Luís en Puerto Ordaz aguardan días mágicos, aquí perdidos en medio de la nada. Es ese mismo azar al que Venezuela debe su nombre, cuando en 1499 el navegante Alonso de Ojeda, viendo a los indígenas vivir en palafitos en el lago Maracaibo, de forma sarcástica bautizó dicha tierra como “pequeña Venecia” o lo que es lo mismo, Venezuela.

Ya desayunados embarcamos en la canoa a motor con suficientes provisiones para pasar el día navegando por el delta del Orinoco. Enseguida aparecen pequeñas comunidades de waraos con sus economías de subsistencia basadas en la pesca y la artesanía; particularmente son conocidas sus hamacas de fibra natural, llamadas también chinchorros. Aquí Luís se maneja a su antojo conduciendo la canoa entre los caños y afluentes con una facilidad pasmosa; nos lleva a diferentes comunidades y todas le saludan y se alegran de verlo; habla su propia lengua y se ríe con ellos…en fin, se refleja en su rostro que se encuentra del todo integrado en este confín del mundo, ayudando no sólo a mantener viva la cultura warao sino también este ecosistema que es el delta del Orinoco. En ningún otro lugar sería más feliz. Lo sabe y lo sabemos.

Es mediodía y necesitamos un descanso. Entre el sinfín de canales y afluentes se divisa una playa solitaria y después el infinito Océano Atlántico. Ahí desembarcamos y después de la comida cada uno pasea por esa infinta playa; de hecho cada uno se siente un poco robinsoe a su manera y con la sensación de estar en un sitio todavía sin turismo,  virgen y sin rastro humano aparente. Sus únicos moradores son su fauna autóctona y algún más que otro cocodrilo. Uno de nosotros ve una pequeña cría de cocodrilo en la playa y sus gritos rompen el silencio. Tomamos unas fotos y nos alejamos no sea que aparezca su madre y nos dé como mínimo un susto de muerte. Todo nos sorprende aquí, todo es diferente, todo está por descubrir. Igual que Venezuela pienso. Un país aún por descubrir y donde todavía es posible en pleno siglo XXI vivir aventuras inimaginables. Un país para viajeros intrépidos y sin perjuicios, como en su día lo fue Luís al decidir cruzar el Atlántico para encontrar un sentido a su vida. Un país para las emociones. Un país de infinitos contrastes. Un País, Mil sorpresas. Volveré.