Desde que en el año 2.003 recorrí la costa este y el outback del centro de Australia, sabía en lo profundo de mi corazón que tarde o temprano volvería. Su magnetismo era tan fuerte que sólo cinco años después, en el 2.008, decidí regresar para saciar mi infinito espíritu viajero. Esta vez me perdería por la desconocida costa oeste casi mes y medio, partiendo de Perth hasta llegar a Darwin ya en el Territorio del Norte. Nunca antes había viajado por segunda vez a un mismo país pero aquí la atracción que sentía no tenía límites y no es de extrañar pues tiene todo lo que un viajero espera, naturaleza casi virgen, exóticos animales, puestas de sol indescriptibles, playas de paraíso solitarias, horizontes infinitos, un estilo de vida hedonista y bohemio siempre necesario,etc.
A principios de julio vuelo a Perth vía Mauricio, más de un día entre aeropuertos y aviones. Ese es el peaje que uno debe pagar para llegar hasta aquí, la ciudad más aislada del mundo. Me pierdo unos días por esta ciudad que no lo parece y precisamente ahí radica su encanto. Está rodeada de parques como el bello Kings Park con unas vistas impresionantes a los rascacielos y al río Swan, el bullicio no aparece por ningún lado ni incluso por el distrito comercial, en pocos minutos se llega a playas fantásticas como Cottesloe y Sorrento donde uno puede surfear, tomar el sol y relajarse a sus anchas. Pero para mí lo más sorprendente es lo que se percibe en sus cafés, restaurantes, tiendas y mercados: un ambiente cosmopolita sin igual, un mosaico enorme de diferentes culturas, precisamente aquí, alejado de todos y todo. Perth y sus bellos entornos, como la bohemia Fremantle y la tropical isla de Rottnest con sus famosos cuocas, ya han ejercido para siempre su magnetismo sobre mí y el fondo de mi alma viajera siempre habrá un trocito para esa exótica ciudad que es la capital de Australia Occidental.
Ya no me queda ni rastro del jet-lag y empiezo a sentirme en la dimensión australiana al igual que me sucedió cinco años atrás. Aunque sé, intuyo, que las sorpresas que me esperan por este enorme estado superarán las de la turística costa este por goleada. Ahora realmente es cuando empieza el viaje, al salir de la “ciudad” y adentrarme por los inmensos espacios abiertos, que van desde Parques Nacionales perdidos en medio de la nada como Karijini o Purnululu, hasta extensiones de playas tropicales que parecen nunca terminar.
Mi primera parada me deja atónito, es el irreal desierto de los Pinnacles donde miles de pináculos de formas sorprendentes se alzan sobre una tierra de color oro. Me recuerda los decorados de esas películas de ciencia ficción y no deja de sorprenderme que aquí, después de recorrer unos 250 quilómetros, aparezca como por arte de magia este paisaje tan surrealista. El día siguiente junto a otros viajeros visitamos el Kalbarri National Park, que alberga unos desfiladeros impresionantes y unos miradores sorprendentes como el Loop, que forma un precioso arco de roca natural sobre el río Murchison. Ahí nos tumbamos bajo una magnífica puesta de sol impregnados de esta desbordante naturaleza. Mi idilio con Australia va aumentando su cotización y esto no ha hecho nada más que empezar.
Amanece y ya estoy de trayecto hacía Denham. La música del ipod transporta mi imaginación hacía lugares como Monkey Mia, Shark Bay, Coral Bay, Exmouth… por el momento son simples nombres de paraísos soñados en la costa del Océano Índico pero una semana después espero tenerlos para siempre en mi corazón.
20 de julio. Antes de amanecer en Denham ya estoy corriendo por su solitaria y infinita playa; otro día despertándome en otra dimensión. Apenas sin darme cuenta ya estoy en Monkey Mia, quizás el lugar más turístico del Oeste de Australia pero no por eso fascinante. En esta playa los delfines salvajes se aproximan a la costa para ser alimentados bajo la atenta mirada de los pelícanos y los turistas; de hecho uno casi puede abracarlos. Una gozada. Más tarde me uno a Phil y Lisa, un matrimonio inglés que viaja por Australia, y junto a otros dos viajeros conducimos hasta Coral Bay, 1.200 quilómetros al norte de Perth.
En Coral Bay buceo con las majestuosas mantas gigantes en medio del Océano Indico bajo peces de mil colores, corales de distintas formas, tortugas y algún que otro pequeño tiburón de arrecife; es el día soñado para cualquier amante del mar. Mientras nos relajamos y tomamos unas cervezas delante de la playa, ya pensamos en la aventura que nos espera mañana: desde Exmouth nos adentraremos en el fabuloso Ningaloo Marine Park para encontrar y nadar junto al mayor animal del mundo, el inofensivo tiburón-ballena. Así que después de navegar algo más de tres horas entre ballenas, delfines y un entorno precioso, toca el momento de lanzarnos al mar y bucear junto a este increíble animal. Las pulsaciones se me disparan pero zas, sin pensármelo ya estoy casi abrazando al tiburón-ballena en una experiencia que recordaré toda mi vida. Simplemente uno de esos momentos mágicos de pura emoción, pura sensaciones, pura vida. Por eso uno viaja, para tener otro día soñado hecho realidad en el paraíso. Sí.
Me despido por unos días del mar para cambiar de decorado. Ahora nos internaremos por el outback hasta llegar a uno de los Parques más remotos pero a la vez más bellos de toda Australia, el Karijini National Park. Aquí pasaré junto a otros viajeros tres días durmiendo bajo las estrellas en medio de la nada y bajo una arena de color rojo, explorando gargantas y desfiladeros impresionantes, bañándome en cascadas y estanques solitarios, en fin, apreciando las cosas simples de la vida. Tres días lejos de la civilización, tres días charlando alrededor de una hoguera con los pocos atrevidos que llegan hasta aquí, tres días en la inmensidad de la naturaleza australiana, tres días sintiendo la soledad y el silencio.
Me apetece ya reencontrarme con la civilización y por eso pongo rumbo a Broome no sin antes tomarme un respiro en Pardoo Station, una enorme granja de ganado que desemboca en unas solitarias y fantásticas playas de arena blanca. Por fin llego a Broome, donde pasaré las siguientes dos semanas y que, como no, para mí se acabará convirtiendo en el lugar más mágico de toda Australia. Enseguida percibes una personalidad única: destila un aire bohemio y relajado, su pasado perlero es evidente en infinidad de tiendas, sus puestas de sol son inimitables bajo la quizás playa más bonita de todo el continente Cable Beach, su cocina es exquisita, no existen semáforos, en fin, un ambiente único en un paraje soberbio que simplemente aporta buenas vibraciones desde la llegada. Sin duda aquí me quedaría a vivir si tuviera que elegir un lugar de toda Australia.
¿Qué hacer dos semanas por aquí? Pues uno puede pasear por la infinita playa escuchando música chill-out; asistir a la perfecta puesta de sol cada atardecer tomando unas cervezas; probar la típica cocina australiana como carne de canguro, cocodrilo o emú; perderse por multitud de tiendas perleras o por los mercados del fin de semana que son una delicia; tomar excursiones de varios días por los fantásticos entornos (como por ejemplo al inmaculado Cabo Leveque o los algo más solicitados Winjana Gorge, Geikie Gorge y Tunnel Creek), salir a tomar algo con otros viajeros; visitar comunidades aborígenes (en mi caso en Beagle Bay); ver una película en Sun Pictures, el cine al aire libre más antiguo del mundo que viene operando desde 1.916; asistir al ritual diario de los archiconocidos camellos de Broome paseando por la playa; caminar hasta Punta Gantheaume, unos preciosos acantilados de distintos colores; ir a las carreras de caballos que se celebran a principios de agosto; bañarse o tomar el sol sin nadie a la vista en infinidad de quilómetros; etc. Enganchado ya al estilo de vida de este paraíso se me hace difícil partir pero esto también forma parte del viaje y lo sé. Así que con tristeza me despido de este maravilloso lugar y de sus gentes, muchos amigos dejo en el camino y no sé si nunca más nos volveremos a cruzar pero de corazón les deseo mucha pero que mucha suerte en sus vidas.
Hoy tomo un vuelo interno a Darwin, ya en el Territorio del Norte, donde pasaré los siguientes cuatro días. Mis primeras vibraciones son ciertamente negativas acostumbrado como estaba a la idílica Broome, pues aquí hay mucha gente, ruido y cerveza a raudales. Paseo por el Bicenttennial Park que discurre por el frente marítimo sin encanto alguno y me pierdo un poco por las calles centrales repletas de tiendas y vorágine; enseguida me doy cuenta que aquí la presencia de aborígenes es mucho más acusada que en el resto del país. Pero como siempre sucede, la primera impresión casi nunca es la buena y Darwin aguarda bonitas sorpresas para el viajero: los mercados de la playa de Mindil repletos de puestos de cocina de todo el mundo y artesanías me dejan asombrado sobre todo por los músicos que tocan al atardecer (por ejemplo, Jabiru y Emdee); el cercano parque de Litchfield es ideal para hacer trekking y remojarse bajo espléndidas cascadas de agua (me quedo con Florence Falls); si se dispone de más tiempo uno puede empaparse de cultura aborigen en la cercana Tierra de Arhem y las islas Tiwi y, sin duda, visitar el emblemático Parque Nacional de Kakadú.
No era mi idea estar muchos días por Darwin así que decido tomar un autobús hacia Kununurra, en la que será mi última parada de este espléndido viaje. Por aquí sólo aborígenes, ningún turista pero diamantes, sí, muchos diamantes explotados no muy lejos, en las cercanías del segundo lago más grande de Australia, el Argyle. Pero no he venido aquí para ver la Australia real y pionera, sino para sobrevolar en avioneta el Parque Nacional de Purnululu (más conocido como los Bungle Bungle). Así que fleto mi plaza con la compañía Alligator Airways y tan sólo despegar aparece el Lago Argyle rodeado de pequeñas montañas, la famosa mina de diamantes de Argyle y enormes masas de tierra despobladas. Nada más. Pero de repente y sin darme cuenta llegamos a los Bungle-Bungle, una cordillera de cúpulas de tonalidades ocres y negras que parece sacada de un mundo de fantasía alejada de cualquier atisbo de civilización. Simplemente impresionante.
Apuro mis días por Kununurra escuchando las historias de los pocos viajeros que llegan aquí en la mayoría de los casos en busca de trabajo, paseando por el cercano Mirima National Park que viene a ser una copia en miniatura de los Bungles Bungles, visitando tiendas de arte aborigen y de diamantes que aquí abundan por doquier y relajándome escribiendo mis sensaciones antes de regresar.
18 de agosto. Fin del viaje. Triste y feliz. Triste por dejar una tierra casi virgen y que da lugar a la aventura y emociones infinitas. Triste por dejar amigos y buenas personas con los que compartí momentos de diversión y complicidad. Feliz por vivir de forma tan intensa y apasionada y con 36 primaveras continuar sintiéndome un niño. Pero sobretodo feliz porque volveré a los míos, que de una manera u otra han estado siempre presentes en este y todos mis viajes.
Grupo en Facebook Concurso de Relatos Moleskin
Ediciones del Viento
Papyre
Bubok
Printernet
Minube.com
Vagamundos, para viajeros sin prisas





