La hoja de Buda. Autor: Sara Sender

5 Marzo 2010 por vagamundosmoleskin

Este pequeño gesto tuyo de ahora, que se une a tantos otros gestos tuyos -cada vez que me dices: mira, mamá, te he traído un regalo, y apareces cargada de piedrecitas o conchas o dibujos de corazones-, ha desencadenado en mí la certeza de que ya tienes edad para conocer lo que ocurrió hace muchos años, en un pueblecito en la frontera entre Tailandia y Birmania llamado Sangkhalaburi. Era febrero y tu madre deambulaba por las calles sin más objetivo que conocer cosas nuevas. Aquella mañana, me senté en una parada de autobús a esperar uno que me llevara a una ciudad más al sur, cuando se acercaron tres mujeres con un niño. La más joven se sentó a mi lado:

-¿Qué autobús esperas? –me preguntó.

-El que va a Kanchanaburi.

-No pasará hasta dentro de tres horas, puede que tarde más.

La muchacha tenía el pelo corto y unas enormes gafas. De su mano se aferraba un niño de unos cinco años que tenía un ojo amoratado y una ceja partida.

-¿Hay alguna manera de ir bajando en esa dirección? –le dije.

-¿Te espera alguien? –preguntó.

-No.

-Entonces ¿por qué no vienes con nosotras? Somos monjas budistas, vivimos a treinta kilómetros de aquí, en un bosque de bambú. Podrías quedarte tres días y ver cómo vivimos, luego puedes seguir tu camino. Me llamo Kamonrat –me dijo extendiendo la mano.

Es cierto que siempre te digo que no hay que hablar con desconocidos, ni mucho menos irse con ellos a sitios que no conoces, pero mirando a los ojos de aquellas mujeres estuve segura de que eran incapaces de hacer daño ni a una mosca. Así que le dije que sí y cogimos el siguiente autobús que pasó por allí y que nos dejó en medio de una carretera, en un punto donde aparentemente no había nada. Empezamos a caminar por un bosque de bambú que filtraba islas de luces y sombras entre trazos de verde esmeralda. Después de un buen trecho, vi unas superficies hechas de ramas, que se sostenían sobre pedazos de troncos, como grandes somieres hechos con trozos de naturaleza que protegían de la humedad del suelo.

-Nosotras vivimos aquí –me dijo-. Somos nueve monjas y cuatro monjes. Ellos están un poco más allá.

-¿Vivís a la intemperie? –le pregunté atónita- ¿Qué pasa cuando llueve y hace frío?

-Aquí nunca hace frío y si llueve mucho tenemos una cabaña. Te enseñaré la mía.

Poco más allá había una pequeña choza hecha con troncos de bambú alineados y ramas en el techo, con el tamaño justo para que un par de personas pudieran tumbarse.

-Tengo suerte –me dijo-. Mi cabaña está al lado del río. Si necesitas bañarte sólo tienes que bajar por este camino. Tenemos mucha agua.

Me quedé los tres días con Kamonrat y las monjas del bosque. Durante el día, los niños Mon nos visitaban mientras sus padres trabajaban, a medio kilómetro de las plataformas de bambú, en la construcción de un templo a cambio de comida. Los Mon son una minoría étnica refugiada de la persecución del gobierno birmano a ese lado de la frontera. Las monjas salían a pedir limosna por los pueblos de alrededor y, con lo que les daban, compraban el arroz que comíamos todos una vez al día y el material para la construcción del templo. Por la tarde meditaba con ellas, escuchando sus cantos y después concentrándome en el punto luminoso que desprendía una de las barras de incienso que encendía Kamonrat. Por la noche hablábamos las dos sentadas en su superficie de bambú, rodeadas de la oscuridad del bosque, sintiendo los sonidos de los demás animales, que a veces oíamos acercarse entre las sombras, hasta que caíamos dormidas allí mismo.

Cuando acabaron las vacaciones volví a mi casa. Pero meses después llegó una carta con sello de Tailandia. En ella decía:

Querida Sara: Guardo buen recuerdo de los días que pasaste con nosotras y espero que tengas ocasión de volver pronto. Te envío en esta carta una hoja de Buda del bosque de bambú como regalo. No es mucho pero, como sabes, no tengo nada y esta hoja es muy importante para nosotras. Espero que te guste. Un abrazo.

Kamonrat

Dentro del sobre había una hoja. Mirándola bien, era una hoja extraña, como un corazón invertido al que se le ha alargado un extremo hasta convertirse en una especie de gancho. La guardé como si fuera un tesoro.

Volvieron las vacaciones y, esta vez, volé hacia Cuba. La Habana es una de las ciudades más hermosas del mundo, llena de palacios habitados y coches espectaculares. Los palacios acostumbran a estar en ruinas y a muchas personas apenas les llega el dinero para poder comer, pero cuando llega la noche, El Malecón se llena de gente que baila junto al mar y de músicos que cantan las melodías más tiernas. Dicen que Cuba es un caimancito que te come el corazón y de allí aprendí que la alegría y las ganas de vivir son fuerzas poderosas. Un día, caminando por el barrio de El Vedado, vi una hoja junto a la acera que me llamó la atención, era una hoja de Buda igual que la que me había enviado Kamonrat. La recogí y la guardé. En aquella ocasión iba con más gente y teníamos prisa, así que no me pude parar a mirar de qué árbol podía haber caído.

Cuando volví a mi casa la guardé junto a la anterior.

Pero exactamente un año más tarde, volé hacia la India para encontrarme con un poeta que había defendido la libertad arriesgando su vida. Los indios me enseñaron una frase que repetían sin cesar y que desde entonces me acompaña: Nada es imposible; del poeta conocí que los héroes existen. Un día paseando por un parque, vi junto a mi pie otra hoja de Buda. La recogí y, esta vez, miré alrededor para ver si habían caído más, también miré las hojas que había en los árboles para poder saber qué árbol era el que las producía, pero todas eran diferentes. Aquella era la única hoja de Buda de las inmediaciones. Al llegar a casa decidí que era hora de comprar una libreta donde guardar todas las hojas de Buda de mi vida.

Un buen día dejé de viajar por el mundo, o al menos de tener esa necesidad constante de escaparme. Decidí entonces hacerlo dentro de mí y llegué a lugares muy lejanos, fascinantes y sorprendentes. La geografía interior puede ser tan increíble como la exterior. Aprendí a escucharme, a quererme y, con ello, a poder hacerlo con los demás. Y un día, paseando por las calles de mi ciudad, vi una hoja de Buda en un escaparate. Miré el rótulo de entrada a la tienda y ponía: Interiorismo. Entré sin dudar y pedí a la dependienta si podía comprar la hoja del escaparate.

-Tengo dos más –me dijo-. Son de colores diferentes.

-Póngamelas todas.

Y mi libreta siguió llenándose.

Y ya casi había olvidado esta historia de hojas de Buda que empezó hace tantos años, si no fuera porque este pequeño gesto tuyo me la ha hecho recordar. Porque ese regalo que me traes hoy en tu manita es, ni más ni menos, que una hoja de Buda que has recogido de camino a la escuela y que me ofreces insistiendo que la mire, que es especial, que es muy bonita.

No sabes cuánto.

Inglaterra entre Shakespeare y Don Quijote. Autor: Ninita

5 Marzo 2010 por vagamundosmoleskin

UN VIAJE A TODO TRAPO.

Cuando pienso en Inglaterra no puedo evitar recordar esta frase de Cervantes sobre el Quijote: ¨Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros (…) y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.¨ Es que cuando viajé a Londres a estudiar inglés a los 17 años, fui parte de una ficción semejante.

Corrían los primeros días de Enero, pero el calor veraniego de Buenos Aires se esfumó en las casi diez horas de vuelo: en la capital inglesa el cielo era una capa homogénea de llovizna y viento. A decir verdad, nada de eso importaba realmente, estaba cumpliendo mi sueño. Llegamos un Viernes al mediodía pero sobre el cielo se esbozaba una noche prematura. Éramos más de treinta los que formábamos parte de una tutoría. Fuimos distribuidos en casas de familia en los distintos barrios de Londres. A mí me tocó ir a South Woodford, una típica zona de casas residenciales con sus jardincitos y fachadas impecables. La familia, constituida por un matrimonio y sus cuatro hijas, me recibieron como a una más. Me agasajaron con té con leche (que tuve que tomar muy a mi pesar para no empezar despreciándoles su gesto de bienvenida) y galletitas para esperar la cena que sería servida a las seis de la tarde, como era usual. La abundante agenda diaria me impidió apreciar por completo su estilo de vida. Es que de Lunes a Viernes mutaba de estudiante del Stanton School of English a turista, sándwich rápido de por medio. Mientras que el fin de semana caracterizaba una perfecta turista de tiempo completo. Así, no había día que volviese antes de las siete. Entonces, terminaba comiendo sola mientras ellos miraban Coronation street (la novela del momento) en la sala de estar contigua.

Nunca voy a olvidar mi segundo sábado en Inglaterra. Estaba exultante: tantas veces había leído sus obras que visitar su pueblo natal realmente me emocionaba. Me refiero a Stratford upon Avon, cuna de William Shakespeare: un pueblito mercantil de aproximadamente 20.000 habitantes, situado en medio de la campiña inglesa. Ese día el sol se había escurrido por entre las nubes (en realidad, no era más que una febril resolana amarillenta), así que, cuando bajamos del micro en Henley Street, decidí separarme del grupo hasta el horario de vuelta. Mi pasión por la literatura, y por aquel escritor especialmente, merecían un rato a solas conmigo misma. Desfilé fascinada por entre las pictóricas casas, absorbiendo por los poros el aire alguna vez respirado por el dramaturgo hasta llegar a la casa donde se supone nació. Me paré en las rejas de la puerta para acariciar embobada la textura de su tegumento; cualquier detalle estaba mágicamente embebido de sus versos. Mis ojos, entonces, se maravillaron: un caballero (armadura y espada incluidas) se acercó y arrodilló ante mí hablándome en un inglés que supuse era escocés o irlandés de tan cerrado. Por supuesto, no entendí ni dos palabras. Levanté la vista sonrojada y, donde hace instantes había visto peatones, aparecieron pomposas doncellas. Algunas envueltas en fajas aterciopeladas, otras con ribetes de raso y polleras jironadas. Entre ellas, se mezclaban cortesanos y trovadores que parecían crear música a la gorra. Me alejé con media sonrisa atónita y media intimidada sin poder emitir sonido alguno. Creo que el caballero continuó balbuceando, aunque tampoco comprendí qué. Caminé casi a la deriva. En el reflejo de una vidriera me encontré, por un instante, personificando a una recatada cortesana más cual encantamiento quijotesco. Entré al negocio y, luego de revisar todo el merchandising del escritor, me decidí por una edición sobriamente encuadernada de sus obras completas, cuyo inglés antiguo me resultaría, a mi vuelta, casi imposible de comprender.  Seguí deambulando, encantada por mis visiones, hasta toparme con la High Street y con dos de mis compañeros. Como era la hora del almuerzo, entramos en un café con prolijos manteles escoceses y nos sentamos en una de las barras contra la pared. Durante casi una hora me distrajeron de mi recorrido. Almorcé una pastrie, una especie de empanada hojaldrada y rectangular de verduras varias (y hasta el día de hoy anónimas), y una gaseosa que, en el cambio de moneda, me resultaron demasiado costosas. Quise preguntarle a mis compañeros si habían visto algo extraño en la calle o si, a mí, me veían distinta, pero no me animé. Supuse que, para ellos, yo seguía en jeans, campera rompevientos y bufanda de lana ya que en ningún momento mencionaron algo respecto de mi vestimenta. Después de tomar café continuamos juntos el recorrido. A los diez minutos ya estábamos visitando Holy Trinity Church, descanso eterno del literato. Nos sorprendió leer una leyenda sobre su tumba, advirtiendo que aquel que moviese sus huesos recibiría una maldición. Abandonando las reminiscencias góticas de la iglesia, subimos por la costa hasta el Swan Theatre sin darle crédito a nuestros ojos: un circo de piedra evocando perfecto la atmósfera cortesana medieval. En sus alrededores revoloteaba la procesión de singulares personajes. Uff, me alivié. Sin duda, eran actores; el estreno de Henry VI, primera parte se anunciaba para dentro de dos días. Esbocé media sonrisa entre mis labios, sintiéndome un poco torpe, pero no hice mención alguna al respecto. Con el aire enfriado de la tarde, admiramos por fuera el Royal Shakespeare Theatre a orillas del río Avon. La brisa, quizás demasiado fuerte como para denominarla brisa, pegaba impiadosa sobre nuestras caras a la vez que se divertía zarandeando nuestro pelo de un lado a otro. Apenas pudimos admirar aquella majestuosidad. Es que el reloj nos había ordenado correr: trepamos por la Bridge Street con miedo de llegar tarde y no encontrar el micro. Por suerte, ahí estaba. Ya en marcha, pero estaba. Mis compañeros subieron primero. Yo no lo hice tan rápido: más allá de Shakespeare, el lugar tenía un encanto especial del cual nunca quiero olvidarme. Regresar sería como releer a Shakespeare: siempre hay cosas nuevas por descubrir. Inspiré una última bocanada de aire y desmonté mi Rocinante, a la vez que me despojaba de todo encaje y terciopelo remanente. Por último, me subí rumbo a Londres, pero sin abandonar mi espíritu fundido con aquel aire ficticio,  percepción digna de la herencia Shakesperiana.

Los Baños. Autor: Tomás Urtusástegui

5 Marzo 2010 por vagamundosmoleskin

Confieso haber leído pocos libros sobre viajes, sobre todo modernos. Por supuesto que conozco los de Marco Polo y muchos otros clásicos. Pero no sé que técnica usan los escritores vivos para relatar su experiencia. Lo más sencillo, me imagino, es anotar todo lo que sucedió día tras día y las experiencias de ello. No me convence pues a nadie le va a interesar si les platico que a las siete de la mañana del día tal,  me levanté, me di un baño, me asomé a la ventana, bajé a desayunar, subí a arreglarme, salí para el museo al que llegué a las nueve con cuarenta y tres minutos. Otros, pienso,  se dedicarán a hacer una relación histórica y artística de lo que visitan y así nos describirán cosa por cosa, lugar por lugar y nos llenarán de nombres y fechas. Esto puede ser muy interesante para una persona con amplia cultura pero creo que después de 15 nombres chinos de emperadores o de artistas los demás lectores no van a saber de qué se trata. El interesado en historia o arte puede leer libros especializados y no esperar que uno les de tanta información. Así que prefiero relatar lo que vi, lo que sentí, lo que me gustó, lo que me molestó. En fin lo bueno y lo malo. Afortunadamente en este viaje predominó con mucho lo bueno. Y si son vivencias no tienen porque llevar una secuencia. Igual puedo empezar por los baños y seguir con el avión. Pues sí, ya que lo escribí, empezaré con los baños, que aunque no son gran novedad pues ya los vi en Europa hace años, no dejan de ser especiales. Por lo pronto diré que existen muchos, en restaurantes, en parques, en el metro. El noventa o más por ciento de ellos son gratuitos. La novedad es que casi todos usan como excusado un hoyo en el piso. En las paredes no hay donde te puedas apoyar y un sitio donde poner tus cosas, como puede ser la cámara fotográfica, alguna compra, la chamarra o el saco que te tienes que quitar. Y ahí viene lo bueno. Ponerte en cuclillas y guardar equilibrio, cargando aparte tus cosas que no quieres poner en el suelo húmedo y además tener el papel en la mano. A mi edad eso me costó muchísimo trabajo, mis piernas me temblaban, todo me dolía, apoyaba mi cuerpo con una mano en la pared y eso hacía que  terminará torcido con lo que el tino se perdía y se ensuciaba el piso. Más grave que esto es que en muchos baños tampoco hay papel ni sitio donde ponerlo. Se supone que uno debe traerlo. Y así el poco papel que trae uno sirve para limpiarse uno mismo o para limpiar el piso. Yo optaba por limpiarme a mi mismo. Afuera sí hay agua para lavarse las manos. Me refirieron, cuando comenté esto, que es más grave en Japón. Que, quitando sitios turísticos, en ningún baño hay papel. Que los japoneses traen como una pequeña tetera con líquido. Se echan el agua y se limpian con la mano izquierda, que por eso nunca dan esa mano para saludar y tampoco la usan para comer. Cuando vaya a Japón les diré si esto es cierto o no. Por lo pronto no voy a saludar de mano a ningún japonés zurdo. A los chinos ir a sus baños no debe causarles ningún problema pues una de las formas que tienen para descansar es sentarse en cuclillas donde sea: en la calle, en los parques, en las oficinas. Y así, en cuclillas, permanecen mucho tiempo. Cuestión de práctica. Afortunadamente en todos los hoteles en los que me tocó vivir tenían su baño al estilo occidental, con su WC que ya veía yo como un verdadero trono al que, si no fuera por higiene, hubiera yo acariciado con fruición. Es una maravilla.

Uno de los mingitorios diferente, pues los demás son iguales a los de acá, fue uno en un restaurante en que en lugar de un mingitorio usual o al menos de una pared, había un gran vidrio con una caída de agua constante, como la de una catarata y sobre ella había que lanzar el chorro. Atrás del vidrio y bajo las aguas hay plantas y otro tipo de adornos. Muy estimulante para poder orinar.

En Seúl fue lo mismo. Tazas en lugares turísticos y agujero en las demás. Lo interesante aquí fueron los adornos. Casi en todos los baños hay detalles muy finos para dar un bello ambiente al lugar. Cuadros con plantas o flores naturales, muy exquisitos. En ninguno de los dos países me tocó entrar a un baño sucio o que oliera mal. Y eso que entré a muchos. Aún en gasolineras de carretera los baños estaban limpios. Algo para imitar.

Creo que empecé muy prosaico, muy escatológico, pero es para afianzar la forma en que me catalogan muchas veces, como un escritor escatológico.  Y como empecé con los baños tengo que seguir con ellos. Ahora hablaré del baño del cuerpo. Les diré, como una confesión mía, que siempre he sido muy púdico, me imagino que por la educación marista que tuve. El chiste es que no me gusta bañarme desnudo delante de nadie. Alguna vez lo he hecho pero a disgusto. Pues bien, voy a Corea, mi anfitrión como una gran deferencia hacia mí me invita a un baño sauna. Imposible decir no. Así que allá voy. Si antes cuando había que mostrar el cuerpo al menos éste estaba proporcionado, ahora ya no. Ahora ya tengo diez kilos de más. Pero ni modo. Que todo el mundo vea mis lonjas. Y ese todo el mundo me imaginaba que estaba compuesto de unos cinco o seis bañistas, cuando mucho, como sucede en los saunas suecos. Llegas al local, te quitas los zapatos, pasas a que te den una llave con un resorte que te pones en el brazo como pulsera, vas a unos pasillos llenos de casetas donde te desvistes. Ya desnudo pasas a los baños. Para mi sorpresa éste estaba totalmente lleno. Hombres desnudos de todas las edades caminaban, se metían al agua, se enjabonaban. También había niños con sus papás. Y lo peor de todo es que ninguno de ellos estaba gordo, ninguno tenía lonjas. Ya dentro, lo primero que hice fue darme un regaderazo para meterme a las piscinas donde todo el mundo se mete para sentarse y ahí platicar. Unas están a 35 grados, otras a 40 y otras a más. También existe una de agua helada con regaderas de presión sobre ella. A esa jamás me metí pero sí vi a muchos hacerlo. Lo impresionante es que viniendo del baño de vapor o del sauna, que está a más de cincuenta grados, se meten al agua fría sin hacer el menor gesto, sin tener la menor duda.

Pues ahí vas y te sientas como todos y empiezas a pensar, qué tal que me contagio de algo pues todos están desnudos y así se sientan. Cerrando los ojos hice lo mismo. Al rato el calor del agua y la tranquilidad del lugar te van relajando. Mi anfitrión, un peruano llamado Francisco Carranza, me invita a pasar al salón de rayos infrarrojos. Ahí voy. Desnudo te tienes que acostar en el piso y empiezas a sudar gacho. De ahí a las piscinas otra vez. Ahora meterme al sauna de 50 grados. Apenas aguanté unos cinco minutos. Seguir con el de 70 grados. Ahí ya no me atreví y menos a otro que decía 90 grados. No quería yo cocerme en vida. Ya para el final pasas al enjabonado si es que antes no quieres que te den un lavado de cuerpo sobre unas mesas especiales. Es lavado y masaje al mismo tiempo. No me atreví. Los masajistas, así como todos los empleados están también encuerados. Con una especie de zacate tallan con fuerza todo el cuerpo del solicitante. Después le dan masaje. Se suben a la mesa, se sientan sobre él, después caminan sobre él. Y nadie se queja. Yo pasé a mi enjabonado. Te sientas en una banquita muy baja de plástico y te pones a lavarte todo el cuerpo delante de los demás. Muchos se pasan hasta media hora enjabonándose. Te das al final un duchazo y sales de los baños. A la entrada te van dando toallitas, pues son pequeñas, que te sirven para secarte el sudor adentro, para tallarte el cuerpo y al final para secarte. De ahí te pesan y con gusto ves que bajaste hasta 750 gramos. Claro que es por la sudadera. Te vistes y te sientas a esperar el cambio de temperatura que vas a tener al salir. En esta sala también siguen los desnudos, muchos se sientan a ver la tele, otros a comer, varios pasan a la peluquería que ahí existe. Para mí es de lo más raro ver a un fulano en pelotas sentado frente al peluquero. Por último sales para que te devuelvan tus zapatos. Increíblemente después de este baño tan prolongado te sientes de lo mejor, relajado, contento.

El baño es lo más democrático que he visto en mi vida. Ahí no hay pobres ni ricos, poderosos o débiles, sabios o tontos. Todos se ven igual. Bueno, no tan igual. Pero esos ya son otro tipo de detalles. Por supuesto que nosotros dos, el peruano y yo fuimos el centro de atención, para mi bochorno. Claro, a leguas nos veíamos extranjeros.

Estos baños tienen otra particularidad. Catres dentro del baño para que reposes lo que es lógico. Lo que ya no es tanto es que tienen dos enormes cuartos llenos de colchonetas donde puedes, si quieres, pasar toda la noche, eso sí, desnudo. Al menos hay cincuenta colchonetas en cada cuarto, yo sólo vi a un huésped de ese sitio, quizás por la hora. Me contaba el peruano que muchos “mojados”, entre ellos un grupo grande de sus paisanos, para que no los detengan van de noche al baño, el que está abierto las 24 horas al día, se bañan, luego comen y se van a dormir. Al levantarse se dan otro baño y a la calle. Me dijeron que es muy común que los trasnochadores vengan a quitarse la cruda a este lugar.

Ya de regreso a China pedí que me llevaran a un lugar para que me dieran un masaje, cosa que no acostumbro, pero que tiene fama en ese país y por lo tanto tenía que probar. Ya en Xi-an me habían dado masaje en los pies que duró una hora. Pero ahora era de todo el cuerpo. Me imaginaba un local como el de Seúl o como un baño público de otros lados. Nada, que llegamos al local que luce una fachada llena de letreros luminosos, enorme. Parece el anuncio de un cabaret en las Vegas. Pasas a un gran hall de mármoles. En el mostrador entregas tus zapatos y ellos a su vez te dan unas chanclas. Con ella te conducen a los baños pues antes del masaje debes tomar el baño. Te recibe con una gran caravana un chavo uniformado. Te toma del codo y te introduce a la sala donde te tienes que desvestir. El mozo va colgando tu ropa y acomodándola. Te dan la llave. Ya en cueros tienes que pasar un largo pasillo donde están otros mozos igual de uniformados, cada uno te va haciendo una reverencia a tu paso y tú te vas sintiendo de lo peor por tus grasas que se mueven, por el aspecto que debes tener. Entras al baño que igual que el coreano tiene varias piscinas. Otro mozo te toma del brazo y te ayuda a entrar en una de ellas. Después me di cuenta que yo tenía un trato muy distinto a los demás, no por ser extranjero, sino porque me veían viejo. De ahí salgo a darme un baño, más bien a enjabonarme. Me sientan, ya no en banquitos de plástico como en Seúl, sino sobre unos pequeños elefantes de mármol. Voy a empezar a lavarme el cabello cuando un mozo viene, me quita el shampoo y él me enjabona, como si fuera yo un bebé. Sigue enjabonándome la espalda, el pecho, los brazos, las piernas, los pies. Lo único que yo me tengo que enjabonar yo es lo que falta. Me echan agua con una regadera portátil para quitar todo el jabón y del brazo me conducen al sauna. Aquí no se acuesta uno en el piso sino sobre dos toallas. El mozo entra con una charola con vasos de agua helada y toallitas para que te quites el sudor. Por una ventana te están observando todo el tiempo para ver si quieres algo o para notar si te pones mal. Nuevamente a las regaderas. Te seca otro mozo. Pasas a que te den un uniforme y te ayudan a ponértelo. Sales del baño, regresas al hall donde hay mucha gente. Te suben a otro piso y viene entonces el masaje. Aquí ya no desnudo pero sí junto a varias otras personas. La masajista, a la que le caí muy bien porque no entendía yo nada de sus indicaciones, me jalaba el bigote en señal de amistad. Y qué amistad. Me apretó por todos lados, se trepó sobre mí, me torció brazos y piernas, me dio de jalones, entre ellos uno en las orejas como si fuera yo un alumno mal portado. En resumen me maltrató lo más que pudo y eso durante una hora. Pensé salir sin poder moverme, pero para mi sorpresa me sentí muy bien, con ganas de caminar por la ciudad, cosa que por supuesto hice. Después me informaron que hay  masajes muy diferentes, que habría que probarlos todos. Con el que me hicieron me bastó y me sobró, pero si regreso algún día a China probaré otro. ¿Otra cosa con los baños? Creo que no, sólo el encontrarlos. Muchos tienen el dibujo de un hombre y una mujer como en los aeropuertos de todo el mundo. Otros, los menos, dicen Toilet y los demás están en chino. Así con tus prisas te tienes que aguantar hasta que alguien entienda tus señas y te señale el baño. Un tormento. Y aclaro, muchísimos no entendieron mis señas por más que las hacía yo de lo mas obvio posible.