Este pequeño gesto tuyo de ahora, que se une a tantos otros gestos tuyos -cada vez que me dices: mira, mamá, te he traído un regalo, y apareces cargada de piedrecitas o conchas o dibujos de corazones-, ha desencadenado en mí la certeza de que ya tienes edad para conocer lo que ocurrió hace muchos años, en un pueblecito en la frontera entre Tailandia y Birmania llamado Sangkhalaburi. Era febrero y tu madre deambulaba por las calles sin más objetivo que conocer cosas nuevas. Aquella mañana, me senté en una parada de autobús a esperar uno que me llevara a una ciudad más al sur, cuando se acercaron tres mujeres con un niño. La más joven se sentó a mi lado:
-¿Qué autobús esperas? –me preguntó.
-El que va a Kanchanaburi.
-No pasará hasta dentro de tres horas, puede que tarde más.
La muchacha tenía el pelo corto y unas enormes gafas. De su mano se aferraba un niño de unos cinco años que tenía un ojo amoratado y una ceja partida.
-¿Hay alguna manera de ir bajando en esa dirección? –le dije.
-¿Te espera alguien? –preguntó.
-No.
-Entonces ¿por qué no vienes con nosotras? Somos monjas budistas, vivimos a treinta kilómetros de aquí, en un bosque de bambú. Podrías quedarte tres días y ver cómo vivimos, luego puedes seguir tu camino. Me llamo Kamonrat –me dijo extendiendo la mano.
Es cierto que siempre te digo que no hay que hablar con desconocidos, ni mucho menos irse con ellos a sitios que no conoces, pero mirando a los ojos de aquellas mujeres estuve segura de que eran incapaces de hacer daño ni a una mosca. Así que le dije que sí y cogimos el siguiente autobús que pasó por allí y que nos dejó en medio de una carretera, en un punto donde aparentemente no había nada. Empezamos a caminar por un bosque de bambú que filtraba islas de luces y sombras entre trazos de verde esmeralda. Después de un buen trecho, vi unas superficies hechas de ramas, que se sostenían sobre pedazos de troncos, como grandes somieres hechos con trozos de naturaleza que protegían de la humedad del suelo.
-Nosotras vivimos aquí –me dijo-. Somos nueve monjas y cuatro monjes. Ellos están un poco más allá.
-¿Vivís a la intemperie? –le pregunté atónita- ¿Qué pasa cuando llueve y hace frío?
-Aquí nunca hace frío y si llueve mucho tenemos una cabaña. Te enseñaré la mía.
Poco más allá había una pequeña choza hecha con troncos de bambú alineados y ramas en el techo, con el tamaño justo para que un par de personas pudieran tumbarse.
-Tengo suerte –me dijo-. Mi cabaña está al lado del río. Si necesitas bañarte sólo tienes que bajar por este camino. Tenemos mucha agua.
Me quedé los tres días con Kamonrat y las monjas del bosque. Durante el día, los niños Mon nos visitaban mientras sus padres trabajaban, a medio kilómetro de las plataformas de bambú, en la construcción de un templo a cambio de comida. Los Mon son una minoría étnica refugiada de la persecución del gobierno birmano a ese lado de la frontera. Las monjas salían a pedir limosna por los pueblos de alrededor y, con lo que les daban, compraban el arroz que comíamos todos una vez al día y el material para la construcción del templo. Por la tarde meditaba con ellas, escuchando sus cantos y después concentrándome en el punto luminoso que desprendía una de las barras de incienso que encendía Kamonrat. Por la noche hablábamos las dos sentadas en su superficie de bambú, rodeadas de la oscuridad del bosque, sintiendo los sonidos de los demás animales, que a veces oíamos acercarse entre las sombras, hasta que caíamos dormidas allí mismo.
Cuando acabaron las vacaciones volví a mi casa. Pero meses después llegó una carta con sello de Tailandia. En ella decía:
Querida Sara: Guardo buen recuerdo de los días que pasaste con nosotras y espero que tengas ocasión de volver pronto. Te envío en esta carta una hoja de Buda del bosque de bambú como regalo. No es mucho pero, como sabes, no tengo nada y esta hoja es muy importante para nosotras. Espero que te guste. Un abrazo.
Kamonrat
Dentro del sobre había una hoja. Mirándola bien, era una hoja extraña, como un corazón invertido al que se le ha alargado un extremo hasta convertirse en una especie de gancho. La guardé como si fuera un tesoro.
Volvieron las vacaciones y, esta vez, volé hacia Cuba. La Habana es una de las ciudades más hermosas del mundo, llena de palacios habitados y coches espectaculares. Los palacios acostumbran a estar en ruinas y a muchas personas apenas les llega el dinero para poder comer, pero cuando llega la noche, El Malecón se llena de gente que baila junto al mar y de músicos que cantan las melodías más tiernas. Dicen que Cuba es un caimancito que te come el corazón y de allí aprendí que la alegría y las ganas de vivir son fuerzas poderosas. Un día, caminando por el barrio de El Vedado, vi una hoja junto a la acera que me llamó la atención, era una hoja de Buda igual que la que me había enviado Kamonrat. La recogí y la guardé. En aquella ocasión iba con más gente y teníamos prisa, así que no me pude parar a mirar de qué árbol podía haber caído.
Cuando volví a mi casa la guardé junto a la anterior.
Pero exactamente un año más tarde, volé hacia la India para encontrarme con un poeta que había defendido la libertad arriesgando su vida. Los indios me enseñaron una frase que repetían sin cesar y que desde entonces me acompaña: Nada es imposible; del poeta conocí que los héroes existen. Un día paseando por un parque, vi junto a mi pie otra hoja de Buda. La recogí y, esta vez, miré alrededor para ver si habían caído más, también miré las hojas que había en los árboles para poder saber qué árbol era el que las producía, pero todas eran diferentes. Aquella era la única hoja de Buda de las inmediaciones. Al llegar a casa decidí que era hora de comprar una libreta donde guardar todas las hojas de Buda de mi vida.
Un buen día dejé de viajar por el mundo, o al menos de tener esa necesidad constante de escaparme. Decidí entonces hacerlo dentro de mí y llegué a lugares muy lejanos, fascinantes y sorprendentes. La geografía interior puede ser tan increíble como la exterior. Aprendí a escucharme, a quererme y, con ello, a poder hacerlo con los demás. Y un día, paseando por las calles de mi ciudad, vi una hoja de Buda en un escaparate. Miré el rótulo de entrada a la tienda y ponía: Interiorismo. Entré sin dudar y pedí a la dependienta si podía comprar la hoja del escaparate.
-Tengo dos más –me dijo-. Son de colores diferentes.
-Póngamelas todas.
Y mi libreta siguió llenándose.
Y ya casi había olvidado esta historia de hojas de Buda que empezó hace tantos años, si no fuera porque este pequeño gesto tuyo me la ha hecho recordar. Porque ese regalo que me traes hoy en tu manita es, ni más ni menos, que una hoja de Buda que has recogido de camino a la escuela y que me ofreces insistiendo que la mire, que es especial, que es muy bonita.
No sabes cuánto.
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