Tercer premio. Calcuta de los seis sentidos. Mar Peláez Sanz

diciembre 7th, 2008 § Dejar un comentario

Viajar en avión es demasiado rápido. En un chasquido de dedos estás allí. Tan pronto en Madrid, tan pronto en Calcuta. Tan pronto en el ‘primer mundo’, tan pronto en un mundo totalmente desconocido e impactante. Jamás habría imaginado nada igual. Puedes haber leído seis guías y diez libros, haber visto varias veces el Ghandi de Attenborough, haberte recreado con La Ciudad de la Alegría, o haber escuchado con atención las historias de viajeros anteriores, pero el choque es de órdago, brutal, y coge desarmado al más realista, al más soñador, a cualquiera que no haya pisado nunca antes la India.

Cuántas preguntas, hasta que te das cuenta de que las respuestas dependen exclusivamente de lo que cada uno busque. Los estereotipos que a lo largo de tu vida te has ido confeccionando de La India se agolpan en tu mente y es necesario ordenar la gran cantidad de imágenes que viajan de forma incesante de un lado al otro de tu mente. Pero ¿cómo adaptarme al cambio que supone la fantasía de la realidad? Ante mí se abría un mes para descubrirlo y, ¿por qué ponerse límites?

Bienvenido a La India. A La India de los seis sentidos. La misma que se huele, se mira, se saborea, se oye, se palpa y, sobre todo, se siente. Y ¿se entiende? 28 días en ese fascinante país dan una respuesta somera de lo que es este lugar y sus habitantes. Si te dejas clichés en casa, soportas el pasmo y desconcierto de los primeros días, los rechazos que provocan determinadas imágenes y te dejas embelesar por todo lo que ofrece este subcontinente, ajeno a la multitud, la contaminación sofocante, la lucha desigual de la limpieza urbana contra la suciedad indescriptible y el ruido ensordecedor, te llevas a casa el susurro de una filosofía de vida.

El primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el río Hooghly (Ganga en hindi), la puerta al verdadero caos ciudadano. Pensé que era la ciudad más cosmopolita de la India hasta ahora recorrida, con edificios de tres plantas, avenidas amplias y aceras algo más definidas, y creí que la adaptación sería más fácil que en cualquier otro punto. Pero… ya digo, fue una impresión errónea.

En Calcuta todo se quintuplica: la miseria, la contaminación, el humo, el tráfico, el caos, el ruido, la superpoblación, las escenas impactantes. Las calles permanecen totalmente congestionadas de vehículos, en su mayor parte taxis de color amarillo, riadas de autobuses próximos al desguace, de tranvías obsoletos, de motocarros, de rickshaws tirados por esqueléticos hombres, de carretas, de animales y, sobre todo, de olas y olas de muchedumbre que se enfrentan a todo este desorden con resignación. Es una gran maquinaria de 17 millones de habitantes, al menos censados, en constante movimiento; un movimiento que se gobierna a base de costumbre. Nunca, ni de día ni de noche, se detiene. Calcuta es la expresión más cruda de las contradicciones de las grandes ciudades asiáticas. Es como un calidoscopio de contrastes, y había que estar preparada para afrontarlo.

Nos lanzamos en busca de Sudder Street, la calle donde se asientan los ‘hoteles’ para voluntarios. No me la imaginaba así. Un rebaño de ovejas, pintadas con manchas rosas y amarillas, salió a nuestro encuentro nada más pisar la calle. Era lúgubre, sucia, como el resto. A ambos lados o en calles aledañas estaban los hoteles: el María, el Paragón, el Astoria, el Salvation, el Modern Logde… Y a cada cual más espartano. Pero antes de enfrentarnos al encuentro de alojamiento para toda nuestra estancia, fuimos a comer al Blue Sky, uno de los restaurantes en los que se reúnen los voluntarios, especialmente los españoles. Pese a sus ínfimas dimensiones y la dudosa limpieza del local, resultaba acogedor, más aún porque Emilio, el camarero, se encargaba siempre de hacer la estancia muy cómoda. El precio era otro de los alicientes (una comida puede salir por menos de un euro).

La tarde fue pasando con más pena que gloria. No hacía falta nada más porque todo eran sorpresas, mirases allá donde mirases. Los ‘hombres caballo’ corrían de un lado para otro, sin perder la sonrisa. Y eso me impresionó, y no dejó de hacerlo hasta el último día. En especial, Mohama, uno de esos 25.000 hombres que arrastran trotando por las calles de Calcuta esos carricoches de tracción humana, sorteando el resto de obstáculos móviles que dificultan su tránsito. La sonrisa de ese hombre mayor, de barba blanca, piernas muy delgadas pero ágiles, me cautivó. Su vida es, igual que la del resto de corredores de rickshaw, corta y muy dura. Lástima no poder entenderse con ellos, conocer cuáles son sus preocupaciones, cómo viven y cuáles son sus deseos. Uno se da cuenta de su gran mérito durante los monzones, cuando las calles se inundan hasta la altura de las caderas y sus conductores logran cobrar buenas sumas por sus esfuerzos. Sólo perviven en Calcuta; en el resto de ciudades indias han sido prohibidos, algo que también ocurrirá allí a finales de año. ¿De qué vivirán entonces?

A ambos lados de Suddet Street, hombres y niños se aprovisionaban de agua en las fuentes públicas, lavaban sus dientes o se enjabonaban todo el cuerpo. Al cobijo de los muros del polvoriento Indiam Museum, el más antiguo de la ciudad, otras familias simplemente adecentaban su ‘hogar’ en plena calle y recogían sus posesiones: unas mantas raídas, un montón de plásticos y alguna que otra perola sobre una fogata. Allí duermen, comen, se visten, se reproducen y mueren. Luchan, como los otros millones de habitantes de Calcuta, por sobrevivir hasta el día siguiente. No hay que olvidar que un tercio de todos ellos tiene como único hogar las insalubres calles de la ciudad. La escasez de viviendas es preocupante y eso obliga a los ‘intocables’ y a los inmigrantes a amontonarse en las calles o en los barrios bajos, en chabolas de barro que carecen de las mínimas condiciones higiénicas.

Las autoridades parecen haber abandonado todo esfuerzo por hacer frente a los problemas de la ciudad. No se reparan los baches, tampoco los socavones. En ocasiones resulta difícil lidiar con los charcos, producto del monzón. Los edificios están descascarillados y a punto de desmoronarse entre montones de escombros e inmundicias. Paseando por sus calles resulta imposible hacerse a la idea de que fue la segunda ciudad del Imperio Británico, después de Londres. Pero es insuperable la miseria en la que vive Calcuta y las arcas municipales tan escasas, que por dónde se empieza.

La afluencia incontrolada de inmigrantes de Bihar, Orissa y Bangladesh, expulsados de sus campos por las sequías, las inundaciones y las consiguientes hambrunas, ha dado como resultado una superpoblación casi inaguantable y la creación de incontables zonas en unas condiciones de espantosa pobreza. Y ese éxodo no para. Sigue acogiendo oleadas de campesinos sin tierra y sin pan; avalanchas que ponen a prueba las infraestructuras de una ciudad que no han sido remozadas desde que los ingleses abandonaron el país. La imagen, difundida en cientos de documentales, de la Calcuta de los desheredados, leprosos y ‘parias’, es real, está presente a cada instante. Es la otra cara de una ciudad rica, según dicen, porque yo no la he visto. Pronto, demasiado pronto, nos dimos cuenta de que Calcuta arde en contaminación. Hay algo en su ambiente que la hace insana, irrespirable. Es, tal y como coincidimos todos, un agujero negro, lo más próximo al infierno. Y lo es porque la pobreza no se esconde, se muestra a todo aquel que no cierra los ojos. Pero, ¿dónde está esa riqueza de la que presume el Gobierno indio?

Con todas esas impresiones y alguna más, nos dirigimos a la ardua tarea de buscar alojamiento. Primero en el Salvation y luego en el hotel María. Los dos del mismo estilo. Mis ánimos iban decayendo a medida que visitábamos uno y otro hotel. Jamás he estado inmersa en tanta mugre, y eso me asustaba. Y es que no se trataba de pasar una noche, ni dos, serían en principio tres semanas. Desistimos en el intento y nos fuimos a uno de los múltiples locutorios para hacer partícipe a nuestras familias y amigos de las primeras impresiones (unos diez minutos por sólo dos euros). De allí a cenar al restaurante Zurich, de las mismas características que el Blue Sky. Las cristaleras estaban abiertas y resultaba muy violento comer nuestro sándwich mientras observábamos a esas mujeres, con sus bebés en el regazo, deambular por Sudder Street, pidiendo comida, dinero o ropa a cualquiera que transitara por la calle. Sabíamos que eso iba a ocurrir, y también que la picaresca no tiene límites en la India. Allí aprendimos que si compras algo de comida a un niño hay que dársela abierta, de lo contrario revenden el producto al comerciante y comienza la rueda. Son unos auténticos profesionales de la limosna. A fin de cuentas viven de ello.

Las historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del nuevo día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Pero había que decidirse. Al final, nuestro ‘hogar’ sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles –la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).

No queríamos perder ni un segundo. El objetivo de nuestra estancia en Calcuta eran los centros de la Madre Teresa, por lo que nos dirigimos hacia la calle Bose Road, pero la casa central estaba en obras y debíamos depositarla por la tarde en el centro Sishu Bhavan. Así que sólo nos quedaba ir a comer. La calle que separaba la Mother House de Sudder Street era infame.

Asentada en pleno barrio musulmán, esa calle es un claro ejemplo de lo que se cuece en Calcuta. ¿Para qué ir a la Ciudad de la Alegría cuando la Ciudad de la Alegría es todo Calcuta? Las aceras son tan estrechas o inexistentes que todo el mundo se ve obligado a andar por en medio de la calle. Cada uno va por donde quiere y, los peatones sólo se apartan cuando sienten la rueda de la motocicleta o del taxi golpear contra su pie. Utilizan el claxon como única forma de avisar, y doy fe de que así es. Exclusivamente despegan el pulgar de él los segundos que transcurren hasta que ven el siguiente obstáculo. Cruzar la calle sana y salva es un milagro. A cada paso hay que sortear los rickshaws, los tu-tus, los carros, los taxis y para colmo los tranvías, que se abalanzan sin orden aparente.

Tras superar todo ese mundo caótico, fuimos al Blue Sky, donde Emilio, en un casi perfecto castellano, nos iba traduciendo cada uno de los platos. Conocimos allí a un chaval mudo que se convierte siempre en el mejor ‘embajador’ para los voluntarios. Y de vuelta a la Mother House.

A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua se abría una especie de capilla donde las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nóbel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas…

A pocos metros del centro principal se encuentra el Sishu Bhavan, donde se concentra toda la estrategia del voluntariado a la espera de que concluyan las obras en la Mother House. Allí depositamos la maleta con las papillas y una sister nos convidó a visitar el centro. Ascendimos por unas escaleras y, después de ojear una sala repleta de cunas con bebés, encontramos la zona de los niños disminuidos físicos y psíquicos de corta edad. Una voluntaria argentina fue la encargada de explicarnos en qué consistía el trabajo y nos aclaró varias de nuestras dudas.

Estaba limpio, muy limpio, al menos, si se compara con el resto de la ciudad. Parecía un oasis de paz entre la confusión exterior y no me equivoqué. Descendimos hacia el orfanato y vi que aquel sí era mi sitio. Niños de menos de tres años que corrían a su antojo en una pequeña sala, gustosos de que alguien los visitara. Se agarraban a tus piernas con la esperanza de que les cogieras. El primer impacto te llega muy adentro. Son tantos los niños abandonados con la única salida de la adopción… Lástima que las Misioneras de la Caridad, por aferrarse a los mandatos católicos, exijan demasiados requisitos a la hora de formular una adopción (estar casada, tener menos de 40 años y estar incapacitada para tener hijos). Y mientras tanto, ahí siguen los niños, creciendo en un ambiente de alguna manera privilegiado en Calcuta pero que podría mejorar en un entorno familiar. Hay tantas personas deseosas de tener un niño, y tantos niños en el mundo esperando una familia… Aunque en el fondo: esos pequeños tienen esperanza; esperanza al menos de encontrar su lugar. No se me olvidará jamás el rostro de una niña, la primera que se me tiró a las piernas, al despedirme de ella. No había forma de dejarla en el suelo.

Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y más útil, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, al gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil.

No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los caza clientes ‘acreditados’, llamados ‘culis’, para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que ‘estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente’. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado.

Nada más divisar la gótica torre de ladrillo rojo, que caracteriza al New Martket, ya ves lo que se te avecina. De pasillo, en pasillo, buscando sábanas, toallas, almohadas, fregona, escoba, recogedor, lejía, estropajos, bayetas… Nos llevó bastante tiempo aprovisionarnos de todo, ya que cada vez que intentábamos tomar nosotros la iniciativa, venía ‘nuestro’ caza clientes para embarullarlo todo.

Calcuta no duerme, y nosotras tampoco mucho. Los graznidos de los cuervos rasgan el cielo amarillento de los monzones, tanto que me hacen sorprendentemente valorar el ruido de las palomas. A las 6.30 el despertador se encargó de avisarnos de que nuestro primer día en los centros de la Fundación había comenzado. Las cuatro anduvimos, junto a Marisa y Montse, las veteranas voluntarias, por esa larga calle a la que es difícil acostumbrarse para llegar al Sishu Bhavan.

Cientos de rickshaws apostados en medio de la calzada esperando a un cliente que no llega. Muebles antiguos reposando en las aceras levantadas, mientras trabajadores lavan en plena calle los taxis colocados en hilera. Y comienza la rueda. Hombres y niños se adecentan en los lavaderos públicos, con jabón hasta los ojos, o se lavan los dientes con esos característicos palos. Otros enjabonan su ropa y la frotan sobre el asfalto, ajenos a la basura que se arremolina en cada rincón. Hombres, en su mayoría con sus dottis -especie de faldas tipo mantel de cuadros-, deambulando de un lado para otro, bajo la ropa tendida en plena calle. Ancianos, ultimando sus horas de sueño, afeitándose o leyendo las hojas de un periódico, como cada mañana, pegado en una de las paredes. Niños trabajando a pleno sol. Gente preparando el desayuno en amplias perolas al aire libre o gente que simplemente vive o sobrevive. Musulmanes en dirección a su mezquita a la llamada del mullaidín. Comerciantes con la esperanza de que alguien repare en su diminuto negocio o en su puesto callejero, tan numerosos en Calcuta que es imposible que hagan caja. Tan pronto venden ollas, como patatas fritas, refrescos, pasta de dientes, papel higiénico o el característico tabaco de mascar. Son unos auténticos ultramarinos. Y qué decir de los carniceros que exhiben a la intemperie su mejor género: carne amarillenta y maloliente con moscas a su alrededor, que apenas puede superar el rigor de las altas temperaturas. Apetecible, ¿verdad? Gallinas vivas en enanas jaulas. Y más carne. Y peor olor. Y a dos pasos, vertederos públicos de grandes dimensiones, perros callejeros compitiendo con los cuervos por un puñado de desperdicios putrefactos y, entre toda esta inmundicia, indios rebuscando entre esa mierda. Y otra vez ese olor, y otra vez ese caos. Sólo el colorido de la fruta que adornan las calles sirve para relajar la vista. Pero, ¿dónde están las mujeres?

Antes de cruzar la puerta del Sishu Bhavan tuvimos que sortear a las familias enteras, con bebés casi recién nacidos, que se desperezaban en medio de la acera después de haber pasado la noche a la intemperie. Otra más. Estas mismas familias que nos reclamaban constantemente esas botellas de agua mineral, para nosotras basura y para ellas una fuente de ingresos. A partir de las 7 de la mañana siempre hay té caliente, plátanos y algo de pan para todos los voluntarios. La encantadora Sor Karina, una sister mexicana de Aguascalientes que lleva 12 años en Calcuta, fue la encargada de convidarnos a quedarnos en el área de niños handicap, porque era allí donde más manos se requerían. Casi la totalidad de los centros están abiertos plenamente a los voluntarios de todos los países, sin restricciones de credos, raza, sexo, edad, ni tiempo de permanencia. Tampoco se requiere ninguna preparación especial, por lo que las preferencias cuentan. Alicia y yo nos quedamos en ese centro. Mariví y Olga, en cambio, optaron por ir con otro grupo de voluntarios a Prem Dam (regalo de amor), un hospital para hombres y mujeres. Lo recomendable es dejarse llevar, al menos la primera vez, por algún otro voluntario que conozca el lugar, ya que en algún caso puede resultar un poco laberíntico el recorrido.

Al principio te sientes perdida, impactada, y son muchas las preguntas que te planteas. La primera: ¿Qué puedo aportar yo a esos niños con discapacidades físicas y psíquicas? Los había con ceguera, problemas derivados de la polio, síndrome de down, deformaciones imposibles, pero también con desnutrición severa, cuyos padres han preferido dejar a sus hijos en manos de las hermanas hasta que adquieran un estado nutricional adecuado. El centro estaba limpio, mucho más limpio que cualquier rincón de Calcuta. Es un lugar que ofrece una tregua a la suciedad de la ciudad.

¿Por dónde empezar? Lo primero hacer las camas de esos agradecidos niños y a continuación darles masajes en sus anquilosados cuerpos sobre unas colchonetas. En esta zona existe una buena organización en lo que se refiere al estudio evolutivo de sus residentes, y cada cual tiene su book, indicando cuáles son los ejercicios que más les conviene. El primer día había bastantes voluntarios, cada uno con un niño o niña, por lo que Alicia y yo nos tuvimos que conformar casi todo el tiempo con mirar y aprender de los demás. Pocas fueron las indicaciones que nos dieron las voluntarias y ninguna las ‘masis’, las indias contratadas para cuidar a esos niños y que no saben ni una palabra de inglés. La única opción era observar. Me sentía inútil, así que aproveché para jugar con los niños menos problemáticos. A las 10.00 horas un descanso para tomar un nuevo té y conversar con las voluntarias en la azotea del edificio. Sólo una hora y media más tarde concluía nuestro trabajo, después de dar de comer a los niños. Y llegó el momento de la reflexión.

Nuestro primer día en el centro me resultó descorazonador. No sólo por ver de cerca a unos niños tan necesitados, sino por sentirme en cierta forma superada por lo que estaba viendo. Siempre he pensado que la atención sociosanitaria no está hecha para mí, y allí lamentablemente corroboré mi impresión. Supongo que cada cual está más capacitado para ayudar a los demás en unos aspectos y no en otros. En cualquier caso, había que intentarlo. Confiaba en que esta primera impresión mejorase con los días y me sintiera algo más útil.

Caminamos Alicia y yo hacía Sudder Street cabizbajas. Las dos habíamos experimentado similares sensaciones. Nada que ver con las que extrajeron Mariví y Olga en Prem Dam. Ellas estaban eufóricas, habían encontrado su lugar, ese lugar que habían soñado. Y eso, a pesar, de que las historias que nos narraban no resultaban demasiado esperanzadoras. Habían sido testigo de la llegada de una mujer en estado de shock después de haber sido violada por cuatro hombres. Nadie sabía cómo se llamaba, no miraba a los ojos a nadie y parecía ausente. O el caso de otra mujer con gusanos en la cabeza. Son unos 300 enfermos repartidos en pabellones por sexos. En general no están tan mal como los de Kalighat; algunos se curan y son devueltos a la calle. Se trata de estar con los residentes, ayudar a bañarlos, vestirlos, darles la comida y administrarles medicamentos. Se pone un especial empeño en la limpieza a fondo de todo, suelos, ropa de cama etc.

Ya habíamos definido Calcuta como el ‘agujero negro’.Tanto lo es que decidimos ir a buscar rápidamente una zona amplia donde notar que el oxígeno entraba en los pulmones, aunque para llegar hasta allí había que soportar la humareda que forman los tubos de escapes de los coches y los atascos continuos en unas avenidas incapaces de absorber el denso tráfico. Pasamos junto a St Paul´s Catedral, el planetario de Birla y la Academia de Bellas Artes. Encontramos ese lugar de paz en el Memorial Victoria (1921), un edificio abovedado, construido en mármol blanco con abundantes jardines a su alrededor, en honor al gobierno de la reina Victoria en la India. Los mosquitos comenzaban a ser un incordio, pero no lograron frenar nuestro deseo de respirar aire puro. Y allí estuvimos sentados en un banco durante un largo rato disfrutando de algo de naturaleza Al salir del recinto cruzamos la calle en dirección a otra gran zona verde que rodeaba una fuente de agua, luz y color. Un espectáculo luminoso que chocaba, y mucho, con la marginación de la ciudad. Parecía que habíamos abandonado Calcuta, porque por primera vez comprobamos que sí hay edificios altos, modernos y acristalados. A lo lejos se veía la ciudad empresarial. Sólo era un efecto óptico, un relax, otro mundo.

Sólo un par de horas más tarde, unos ruidos ensordecedores me sacaron de mi sueño. Eran truenos, y menudos truenos. Resultaba estremecedor. Nunca antes había oído con tal intensidad una tormenta. No acababa uno y comenzaba el siguiente. La lluvia se convirtió en un continuo aguacero, en un diluvio, y el agua entraba incluso hasta la habitación. Con gran curiosidad subimos a la terraza para comprobar que la intensidad de esa lluvia no era normal. Y así fue. En pocos minutos, todo estaba inundado.

Iba a comenzar otro día más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubría las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas. Entendí en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.

Era agua putrefacta, marrón, maloliente, densa, caliente. Sólo es necesario hacer un ejercicio de imaginación y visualizar el estado de las calles en un día corriente para darse cuenta de lo podrido de la escena. Basura esparcida por cualquier rincón, desperdicios orgánicos o inorgánicos que sirven de comida a los perros, a los cuervos o a cualquier ser vivo carroñero. No hay papeleras en toda la ciudad y los indios están acostumbrados a tirar todo, absolutamente todo, al suelo. Y, claro, cuando llega la lluvia, algo habitual de mayo a octubre, esa mierda se confunde en el agua. La obligación de andar cubierto hasta las rodillas, por calles llenas de baches y bocas de alcantarillas abiertas, contribuye a aumentar los problemas de salud. El agua de la urbe está contaminada y las enfermedades gástricas son endémicas. Además, las autoridades son incapaces de mantener limpia la ciudad; las calles están llenas de basura y los vertederos repletos y esparcidos.

Las risas sonoras mitigaban la repugnancia que producía cada vez que algo, no se sabe qué, se enredaba en los pies. Y así a cada paso. Era preciso andar muy despacio, ya que las calles no eran demasiado uniformes y resultaba muy fácil ceder a un tropezón. Ir de un lado a otro era tarea ardua. Pero más arduo es vivir en la calle en esas condiciones. Ver cómo la gente se las ingenia para no perder sus ínfimas pertenencias en cada riada.

Era jueves, día en que cierran los centros de la Fundación, por lo que decidimos adentrarnos en la ciudad y hacer algo de turismo. Pero antes, otra sorpresa. La urbe entera había enmudecido. Las calles estaban vacías, ni un solo coche circulaba por ellas, ni siquiera los rickshaws. Estaban de huelga. Día sin coche, día sin ruido, día sin polución. Una maravilla. Después de lavarnos los pies en una de las fuentes callejeras nos encontramos con el hotel más caro de Calcuta, el Overoi, y a sus pies tomamos dos taxis. El hecho de que estuvieran de huelga nos obligó a pagar una suma de dinero más elevada de lo habitual, pero quien algo quiere… El hombre se arriesgaba a que le parasen los piquetes y le obligaran a detenerse.

Nos dirigimos hacia el Norte de la ciudad, dirección al templo jainista de Parasnath. La puerta estaba cerrada, pero fue el propio guardés del centro quien nos ofreció entrar por 30 rupias, y aprovechamos la oportunidad. Se trataba de un grupo de templos emplazados alrededor de un jardín ornamentado con estanques llenos de carpas y estatuas neoclásicas de mármol y de alabastro. El templo principal estaba coronado por una cúpula, y en su interior todo era ostentación. La imagen central estaba rodeada de rebuscadas obras de mármol, cristales, espejos, lámparas, objetos de plata.

De allí nos fuimos al templo de Kalighat, el más importante de Kolkata, situado a cinco kilómetros del centro. Las vacías calles eran utilizadas por grandes y mayores para jugar el críquet, para pasear o simplemente para estar en medio de ellas. El taxi nos dejó a varios metros del templo y tuvimos tiempo de nuevo de ver la cara de la pobreza. Hombres, mujeres y niños sentados en el suelo, en forma de hilera, esperando unas monedas en su recipiente bajo y redondo. Perros callejeros olisqueando, mujeres quitando los piojos a sus hijos y vendedores ambulantes por todos lados. Por un laberinto de calles inundadas de puestos con artículos de dioses de toda clase, destinado a los peregrinos, llegamos al sencillo templo dedicado a Kali, la diosa negra. El centro está abierto a todas las horas y siempre bulle de actividad. El suelo estaba mojado, con restos de sangre, y la idea de descalzarnos no nos parecía oportuna, más si se tiene en cuenta que la sala donde se reúnen los fieles se utiliza para sacrificar ahora cabras y antes a seres humanos para apaciguar a la diosa de la fertilidad.

Pero a mí lo que me seguía causando mayor impresión eran las caras alegres de esos niños de la calle que se ven obligados a trabajar durante ocho, quizá diez horas, mendigando en compañía de sus madres. Lo mimo que los ojos alegres, la mirada penetrante y la sonrisa sincera de esa preciosa niña que jugaba con su hermana desnudita en plena calle. La madre y las dos niñas se ofrecieron a posar para nosotros y eso tuvo su recompensa en forma de un pequeño billete. A fin de cuentas nosotros queríamos su rostro y ellas unas monedas. Eran mis ‘modelos’.

De nuevo en el taxi nos dirigimos a otro templo, al de Shiva. Esta vez junto al río Ganges, donde un puñado de hombres, mujeres y niños rebuscaba en los desperdicios que se amontonaban en la orilla. Es su forma de vida, cada día la misma historia. En la calle causamos sensación. No en vano, éramos un grupo de turistas en pleno barrio marginal. Nos hicieron corro, querían salir en nuestras fotografías y posaban sonrientes. Daba igual las edades: niños arremolinados entorno a nuestras cámaras para verse, quizá por primera vez, retratados; hombres que adoptaban una postura seria para ser fotografiados, y mujeres de nuevo esquivas con los flashes. Permanecimos largo rato con toda esa gente, gesticulando para ser entendidos, ya que el dialecto bengalí se nos seguía resistiendo. Con unos coloridos collares de flores abandonamos la escena para encontrarnos otra más impactante. Ya en el taxi recorrimos las columnas de chabolas de cartón, madera o chapas onduladas, que se abrían a ambos lados de la carretera y atravesamos por debajo de un puente. No hubiera sido novedoso si no hubiésemos comprobado como aquel lugar inhóspito se había convertido en el hogar de cientos de personas, que buscaban su hueco al amparo de un sotechado. No daba crédito ¿cómo pueden vivir allí tantas personas? Llovía y muchos eran los que permanecían bajo los camiones para resguardarse del agua. Tras ese interminable barrio de chabolas, se abrió una calle amplia con edificios coloniales, una vez grandiosos y ahora podridos exponentes de la decadencia imperial.

Después de recorrer de Norte a Sur la ciudad ya entiendo porqué no figura en los itinerarios turísticos. Calcuta no es una ciudad para el visitante de un día, el que busca palacios con tules y tiendas de recuerdos en serie. Tampoco para el pusilánime ni para el que cierra los ojos a toda realidad. El viajero experimentado descubrirá que por encima de esos edificios se esconde una ciudad que late, vibra y lucha por el triunfo de la vida. Calcuta conmueve. Y lo hace porque la miseria se quintuplica. Son tales las imágenes impactantes que se ven a cada paso que el corazón se encoge y se extiende con sólo tener los ojos bien abiertos.

Atrás íbamos a dejar Calcuta y eso me ilusionaba. Nunca pensé que lo realmente duro de mi experiencia este año sería la ciudad y no la labor de voluntariado. Tuve por primera vez el impulso de salir corriendo de vuelta a España y olvidarme de tanta miseria humana, porque ser testigo visual de esas desgracias da ganas de huir. Las fuerzas flaqueaban. Fueron cuatro días muy duros emocionalmente, días en los que tuve que combatir con fuerza mis deseos de abandonarlo todo. Pero, al final, con el paso de los días descubrí que se puede ser feliz en ese gran ‘agujero negro’.

Segundo premio. At the table with Steve. Alberto Fernández González

diciembre 7th, 2008 § Dejar un comentario

Estábamos los dos sentados de cara a la pared, los codos míos apoyados contra la mesa pintada de verde; los de Steve perdidos vagamente a mi izquierda. No quería mirarle, ni a él, ni a sus codos ni a su persona, y no tenía nada en contra, pero fallaba el idioma que nos diese vida sobre la mesa del jardín. Steve no hablaba español, y yo sólo maldecía alguna frasecita en inglés: “¿qué tal, cómo te va?, yo soy de España, ¿estuviste alguna vez allí?, ¿Sí, en los sanfermines?” Steve ni siquiera sabía dar los buenos días en mi idioma, y la casualidad nos había sentado a la misma mesa, al principio con ánimo de entablar alguna pequeña amistad, pero tras las primeras décimas de segundo de espantoso silencio, los dos decidimos no tenernos en cuenta y vacunarnos contra el asedio de nuestra presencia. Era verano, una tarde de extraño bochorno en el Reino Unido, y el jardín pertenecía a Francine, viuda de Mr. Gordon Cassidy, una anciana que vestía luto desde hacía poco más de cuatro días debido a una imprudencia de Mr. Gordon. Todos le echaban la culpa al maldito tren, pero ella no, pues conocía lo temerario que era su marido y el extraordinario placer que sentía viendo pasar los trenes desde el paso a nivel que atravesaba la carretera que une Hauxton con Little Shelford. En sus años mozos había sido el guardabarreras de ese enclave, pero tras veintinueve de matrimonio con Francine vino a darle un infarto lacunar que le calcinó parte del cerebro, y con ello se le fueron la mayoría de las luces; sin embargo, Gordon Cassidy, obligado a dejar la barrera a cargo de persona útil para ello, acudía diariamente a ver el paso del expreso de Londres, hecho que tenía lugar después de la cena. Vivía cerca de allí, en Church Street, siendo su casa una de las primeras que te salían al paso al entrar en Little Shelford. En cuanto escuchaba el bramido de la locomotora saliendo del puente que cruza sobre la autopista, se levantaba de la mesa y corría hasta el puesto del guardabarrera para ver el tren. Diez años más tarde jubilaron al guardabarrera e instalaron una señal automática, lamentando Mrs. Francine tal decisión de los ferrocarriles, ya que Gordon perdía a chorros sus escasas luces, y sin voz ni mano amiga que le impidiese asomarse demasiado sobre las vías, corría gran riesgo de ser arrollado. Pero no lo fue durante cientos y cientos de tardes más en las que la artrosis le fue mermando movimiento y velocidad, amén de irle empañando severamente la mortecina lámpara de las mientes. “¡El tren, el tren!”, gritaba cuando sonaba el rugido de la potente locomotora surcando el puente, pero mientras se incorporaba del asiento y abandonaba la mesa y a Francine, el expreso de Londres rompía el viento que le salía al paso y hacía temblar las barreras cerradas sobre la carretera de Hauxton. Para cuando Gordon llegaba al borde de las vías, el tren era recuerdo en el paso, y el viejo ferroviario se lamentaba con lágrimas de impotencia, así que la familia le compró un pequeño andador y le advirtió que debía salir veinte minutos antes si quería disfrutar de la magnificencia del expreso. Todo había ido bien al principio, llegando sobrado de tiempo y de fuerzas, lo que le hizo cobrar seguridad en sí, recortando márgenes al tiempo y acelerando más de la cuenta el paso del tacatá. Francine se lo estuvo advirtiendo las últimas semanas, “que veo que te embalas demasiado, que un día te vas a hacer daño, que ya no eres un chiquillo”. Y no lo era, y después de la cena de hacía cuatro días salió como de costumbre a ver el paso del convoy, agarradas firmemente las manos al manillar del andador, las zapatillas deportivas volando lamentablemente por la acerita que le llevaba hasta el paso a nivel. Francine tenía razón, un día se iba a hacer daño, y así fue. Borracho de ambición por ver el tren corrió y corrió hacia la vía, y la locomotora lanzó su aviso desde el puente sobre la autopista, y Gordon aceleró porque iba justo de tiempo, pero el tren quemaba ya el último ejido hacia Hauxton Road, forzando a que Sir Cassidy imprimiera más velocidad a las deportivas, envalentonándose sobre el tacatá. Nadie lo pudo evitar; el tren ni siquiera echó mano de los frenos cuando vio que el anciano perdía el control del andador y saltaba a la vía como un jabato que era con sus mientes a un cuarto de gas. A pesar de ser tragedia abultada, hubo alguna suerte, ya que el anciano recibió el empellón sin miedo, sin ser consciente de lo que estaba sucediendo, sin sufrimiento que tal vez hubiera arruinado su alma en lance tan decisivo. Hubo suerte incluso en la búsqueda, ya que un ciclista que aguardaba junto a la barrera logró seguir la elipse que trazó el cuerpo de Gordon Cassidy antes de caer muy cerquita del jardín de su propia casa.

Steve era sobrino del finado, venido desde Escocia para asistir a la incineración, pero por aquello de haberse alejado de tierras inglesas, no parecía guardar demasiada relación con el resto de familiares que iban y venían, entraban y salían por todas las estancias de la vivienda. En cuanto a mí, el murmullo sajón me parecía insoportable, y la única manera de escapar de él era huyendo al jardín. Yo no tenía ningún vínculo con Mr. Gordon ni con Francine, y mi presencia en aquel evento se justificaba por mi trabajo en una empresa que fabrica casitas de madera para los jardines, y que en el último invierno había exportado una partida de ellas a Cambridge, siendo Mr. Gordon uno de los afortunados clientes que se hizo con el modelo “O`hara 1”. La compró en el mes de marzo, ubicándola al fondo del jardín, e instaló una mesa de madera y dos hamacas en el porche, así como unos banquitos en el interior para los días de frío. El señor Cassidy estaba encantado con la compra; desde cualquiera de las hamacas podía escuchar el paso de los trenes por la campiña, amén de tener en la casita el cobijo asegurado cuando Francine se ponía a relatar y perdía la noción del tiempo, antojándosele cansina. Echaba mano del andador, cruzaba el jardín y se ponía a salvo de las saetas de su mujer, raros silogismos que últimamente apenas podía descifrar dada su merma en las colonias mentales. El tren acunaba allí sus mejores sueños, y Mr. Gordon gritaba como un niño, “¡El tren, el tren!”, y era feliz, tanto que su mujer escribió una carta de agradecimiento a la tienda que les vendió la casita del jardín. Días más tarde salió otra carta desde la tienda del Reino Unido, cruzó los cielos de junio y fue a parar a la mesa del despacho del Director General de Casitas de Jardín, sita en la tercera planta del edificio comercial de un polígono industrial de Móstoles, en Madrid. Éste señor me telefoneó para felicitarme por la buena idea que yo había tenido al intentar nuestra exitosa salida al exterior, que ya empezaba a dar resultados positivos para la empresa y para el bolsillo de este mismo señor. Un mes más tarde quiso ir personalmente a conocer al matrimonio británico, ángeles tutelares de su buena estrella en el negocio, pero en la preparación de ornatos oficiales, comisiones de embajada y afeites carnavalescos que le presentaran como el propietario de una gran multinacional, se fue escapando el tiempo que tenía medido el pobre Gordon Cassidy. Hubo un día en que todo estuvo dispuesto, y yo mismo envié un fax al almacén de Cambridge para que le prepararan el terreno y una señorita bilingüe que le tradujera correctamente los halagos de los ancianos de Little Shelford. A los pocos días le telefonearon para notificarle que ya tenía preparada la señorita, pero que, y esto lo añadió la voz del otro lado del hilo, en un susurro, Mr. Gordon acababa de sufrir un aparatoso accidente con resultado de muerte, y se lo decía por si hubiera lugar a cambio de planes. El Director General de Casitas de Jardín maldijo y maldijo para su coleto, golpeando con furia sobre la mesa. Claro que había cambio de planes: “nobleza obliga”, y alguien tenía que ir a las exequias de Sir Cassidy, y ése sería yo… “¡Ah, y anulen el contrato con la señorita bilingüe!; en un funeral no son necesarias las palabras: basta con el sentimiento y la creencia en Dios” Y me llamó a su despacho para encomendarme la embajada.

Francine agradeció mi presencia entre los deudos y con gestos rogó que me quedara un día más allí, dándome cuadra en la misma casita que mi empresa le había vendido, ya que el resto de dependencias estaba ocupado por los deudos. Ese día extra se me hizo interminable, no sabiendo dónde ir a parar sin que alguien se dirigiera a mí con un “guachi guachi” al que yo respondía con una sonrisa y una irremediable huida en busca de pagos más seguros. La pertinaz torpeza que me adorna me llevó al jardín y a la mesa que ya ocupaba Steve, y entonces traté de agarrar al toro por los cuernos y chapurrear de algo, pero seguramente me había calado como un intruso en las exequias del tío, cerrando el grifo de las palabras al bárbaro llegado del otro lado de los Pirineos. Seguro que cada uno de nosotros esperaba que el otro iniciase el diálogo, y no siendo así alcanzamos la violenta cresta del ridículo, intensa y corta en el tiempo, dejándonos caer de inmediato por la desvergonzada ladera del “¡quédate ahí, que te pudras!”. Empecé a repartir la mirada por cada uno de los minúsculos detalles de la empalizada de madera que se levantaba frente a los dos. Si chascaba una rama, ambos forzábamos la vista hacia el lugar de donde provenía el sonido, quedándonos a medio camino para que nuestras caras mentirosas no se situaran frente a frente, o en paralelo, o en oblicuo, pero siempre estúpidas ante lo inverosímil del momento. Si reparábamos en la mano aparcada sobre la mesa, parecía interesarnos sobremanera este o aquel dibujo del tablón, o el porqué la tablilla de la esquina estaba separada un milímetro más que el resto de tablillas, y entonces fruncíamos el ceño, preocupados, y luego mirábamos de reojo a la puerta de salida al jardín por si alguien tuviera la bondad de lanzar algún salvavidas sobre el océano espantoso de nuestro silencio. Golpeábamos repetitivamente con los dedos sobre la mesa, porque nos gustaba hacer ruidos que simulasen palabras, y que la conversación pareciera bien sustituida por nuestras preocupaciones puntuales, así que fingí un inusitado interés por el hilo de seda, tejido por anónima araña, que escapaba del garaje y se perdía en un punto nada concreto del nogal plantado junto a la mesa. Steve mostraba preocupaciones por absurdos del mismo calado, y se miraba con alarma la correa del reloj, introduciendo un dedo entre esta y la muñeca al tiempo que pronunciaba algo en inglés, un susurro ante lo insólito del espacio descubierto entre ambas. Yo le miraba para calibrar su estupidez y calibrar la mía ante sus ojos, pero alzó la vista hasta los míos, sin sacar el índice de ese misterioso espacio, y hube de escaparme nuevamente hacia el hilo de seda que unía el nogal con la puerta del garaje. Cuando se agotaba esta fenomenología la tensión medraba hasta grado extremo, y el silencio amenazaba como una tsumani lanzada contra la mesita del jardín. Yo discurría alguna frasecita en inglés para que actuara de salvavidas, un “what a ridiculous moment!”, y se me agolpaba la sangre en la decisión de girar la cara y pactar una tregua que nos tranquilizase. Cierro los puños, agito la frase y adopto modales distendidos enjugándome los labios; ya estoy a medio vuelo de mano y a un cincuenta por ciento de composición de mueca cuando aprecio debilidad muscular para tanto, y freno el gesto, y retraso la mano, y simulo que me incorporaba para mirar algo que se halla a nuestra espalda. Steve se agarra a la novedad aportada por mis movimientos y se deja sorprender para paliar la inanición de movimientos que le postra desde hace diez o doce segundos, tramo de tiempo excepcionalmente grande en estas circunstancias en las que el ser ha descarrilado. Y en el giro me encuentro con el andador de Mr. Gordon, huérfano de las dos ruedas y con el manillar quebrado por la embestida. Las indicaciones del ciclista simplificaron mucho las cosas.
Congelé mi movimiento circular y di la espalda al andador maltrecho, cesando también la falsa excitación de Steve, que no queriendo enfrentarse a otro tramo tenso de silencio, se hurgó en la camisa y extrajo un paquete de cigarrillos. Me dijo no sé qué que terminaba en “smoke?”, y yo entendí que me ofrecía, y dije que “I d´nt smoke now”; porque lo había dejado hacía cuatro semanas, así que me miró sin expresión y luego se concentró en el encendido del pitillo. Me moría de ganas por otro igual, o mucho más largo, quizá kilométrico, porque cuando se fuma y se tienen los dedos ocupados, y los labios tienen que adoptar posturas, y en la cara se refugian una galería de gestos propios de la expulsión de humos, guiño de ojos, constricción de músculos y arqueo de ceja aparejado, la coexistencia es mucho más sencilla, llegando a veces hasta las mismas puertas de la convivencia humana. Pero Steve no estaba por la labor de agradarme, no insistiendo en su ofrecimiento, que hasta Satanás se vio humillado, en su tentación, por la falta de empeño del sajón. Entretenido éste en la contemplación de las volutas blancas, los dos alcanzamos la tregua que veníamos buscando. Steve cuajó una sólida conversación consigo mismo a través de la aparatosidad de sus movimientos al llevarse el cigarrillo a los labios, al insuflar el humo en la calorina de la pesada tarde y al entrecerrar los ojillos, mitad forzados por la humareda, mitad ficción y aviso a navegantes: “estoy concentrado en mis pensamientos, no me interrumpas”. Los dos sabíamos del teatro del cigarrillo en medio del silencio, pero los dos nos beneficiábamos de la misma falsedad, asumiendo yo que mientras él se ocupara de sus inexistentes pensamientos, yo podía fingir que me dedicaba a los míos, pero ahora sin presión: mi compañero de mesa no demandaba palabras. Y me puse a pensar, y ahora realmente pensé, y pensé esto que digo, y me dije que si no estábamos cómodos los dos en esa mesa, por qué no nos levantábamos diciendo un “good bye; I see you!”, y nos íbamos a la mierda. Tal vez ninguno quería rendirse ante el otro, como si la mesa se quedara en propiedad de aquél que aguantara más el tipo. Bajé la vista al “ground” del jardincito, lentamente, mientras barajaba las posibilidades de rendirme, y entonces me encontré con una de las zapatillas deportivas de Mr. Gordon, atrapada junto a unas varas por las que trepaban jugosas enredaderas. La visión me congeló el alma, e instintivamente volví la cara hacia Steve para que se implicara conmigo en el descubrimiento tan inoportuno, pero no se percató de mi desazón, y fijé la vista en un punto equidistante entre la zapatilla y la fumarada. Ahora sí que precisaba ser rescatado, que Steve me dijera algo, aunque fuera en inglés; ya le contestaría yo cualquier cosa y en cualquier idioma, pero necesitaba palabras que me separasen de la zapatilla trabada. Estaba a punto de gritar y golpear la mesa antes de arrancarla del solar del jardincito cuando bramó una locomotora desde la campiña. Con la boca a medio abrir pensé si iría o vendría de Londres, si subía o bajaba, y luego me dije que me importaba una higa el jodido tren, pero Steve aplastó la colilla en el cenicero y me sonrió: “The train”, y lo dijo tan complacido que sospeché fortuna ante la desgracia de su tío. Aprovechando el tirón forcé una sonrisa tildada de asco y sorpresa ante ese despertar suyo.
Se registró movimiento en el interior de la casa y respiré aliviado; abandonaría la mesa del jardín sin tener que rendir mis armas. Puesto en pie saludé con un gesto de mano a la viuda, que venía hacia nosotros, pero me indicó que podía sentarme, que siguiera charlando con su sobrino, que ella sólo iba a colocar el tarrito con las cenizas de Gordon Cassidy. Avanzó con ellas tal como si fuera un recipiente de agua a punto de derramarse, seguida de un séquito de parientes y amigos que forzaban el gesto para momento tan doloroso. Continué en pie mientras Francine depositaba el recipiente junto al tacatá, como si ello fuera suficiente para hacerlo andar otra vez. Se sucedió un murmullo de voces inglesas, susurros, abrazos y nueva retirada hacia el interior de la vivienda, y yo quise ir detrás para escapar de Steve, pero juzgué que sería embarcarme en peor empresa. Todos empezarían a preguntarme quién era, que no me reconocían de otras veces, dónde vivía y a qué me dedicaba. Miré de reojo hacia la amenaza de Steve y la zapatilla trabada de Gordon, y luego hacia el racimo de seres que, convertido en última esperanza, desaparecía de mi vista. Resignado a no sabía qué, retardando al máximo cualquiera de mis movimientos, y hasta la respiración, flexioné las piernas y ocupé mi puesto en el banco de la mesa, junto a Steve. Él había saludado al grupo de seres sin levantarse del sitio, tal vez por la confianza de la sangre, y yo pensaba esto cuando le oí suspirar de mala gana, demostrándome su aburrimiento y culpándome de ello. Era un detalle mínimo, seguramente una fantasía mía, pero como el tiempo se espesaba me dio por tomármelo a mal, y antes de que depositara sobre mí la responsabilidad de nuestra absurda deriva, resoplé con los labios mostrando incomodo por el mismo motivo que Steve mostraba el suyo. Eso me brindó unos minutos de seguridad, y me entretuve en observar la labor de la araña, ahora visible, que iba y venía, trazaba círculos y radios, y en un santiamén terminaría su vivienda suspendida entre la puerta del garaje y el nogal. Pensé en mi casa, tan lejos de esa mesa, de esa araña y de ese Steve, e incluso añoré mi lugar de trabajo, y es que el arácnido tejía y tejía con la particularidad de levantar sobre el mismo solar su vivienda y su centro de trabajo, su despensa y su cuarto de baño, y, si venían mal las cosas, su propia tumba. ¿A qué se dedicaría mi compañero de mesa? Seguramente era un hombre de banco, o tal vez un escritor cosmopolita. No tenía manos de bodoque, pero por muy señoritingo mundano que fuera Steve, en esos instantes se hallaba sometido a un momento absurdo de la existencia, convirtiéndole en un ser tan vulgar como yo, tan presos sus nervios de la acción del entorno, como los míos.
La araña debió de tomarse un respiro, o recordó algo urgente en el interior del garaje; el caso es que desapareció corriendo por el hilo que sustentaba sus haceres a los tablones verdes, y yo me quedé huérfano de excusa que mirar, subiendo más que nunca la tensión de esa mazmorra de silencio a la que nos había arrojado un azar caprichoso. Me pareció que todo se había parado en el Universo, falto de articulaciones que le dieran vida por culpa de nuestra pétrea situación, y el sol nos iba derritiendo con su efecto lupa potenciado por el marasmo. El aire, coagulado a nuestro alrededor, fue asfixiando los restos de la existencia, y de ese frenazo de las cosas y los seres empezó a crecer un insoportable sopor. Para cuando un pajarraco negro cruzó de tejado a tejado graznando que se reabría la vida, me hallaba bañado en sudor, sintiendo cómo las gotas acuosas invadían mi frente y se precipitaban desde allí a la mesa, lo que llamó la atención de Steve. Giró su hierático busto para interesarse por el fenómeno. Alcé la cara para sosegar el flujo, no siendo buena elección, ya que de este modo las gotitas armadas con el malévolo salitre buscaron refugio en los ojos, que reaccionaron con el ofrecimiento de unas lágrimas que mis manos fueron prestas a sofocar. Steve posó la manaza en mi hombro y me dijo “guachi guachi”, que era como darme ánimo para sobreponerme a la pérdida de Gordon Cassidy. Tuve que corresponder a su buena voluntad, mirándole con los ojos arrasados de sudor al tiempo que le hacía un gesto de “guachi guachi” que cerrara la conversación sin más complicaciones, pero a veces el destino se complace en cosas tontas y pegajosamente hostiles. Steve señaló el hilo del arácnido y con sus ojos puestos en los míos me dijo que “the spider will comes back tomorrow”, y le dije que tomorrow yo estaría, afortunadamente, en mi casa, pero no entendiéndolo, vino a abrazarse a mí y palmearme la espalda, dándome por llorar, emocionado por lo caótica que puede ser la vida en algunos pasajes. Andábamos en pie, sospechosamente apelmazados, cuando la música del inspector Gadget se disparó en mi teléfono móvil y me hizo retornar a la realidad de esa pesadilla que estaba viviendo sin merecerlo. A pesar de la bruma de los ojos pude ver el adjetivo por el que mi jefe y señor era reconocido en la memoria del aparato. Carraspeé antes de contestar, y cuando lo hice me preguntó con hiriente autoridad si todo iba bien en el Reino Unido, y qué estaba haciendo en esos momentos. Me quedé pensando la respuesta unos instantes, despegando de mi oreja el chispeante adjetivo que asaltaba la pantallita de cuarzo. Aun así le oía gritar pidiéndome explicaciones, que le contara qué es lo que estaba haciendo en representación de “Casitas de Jardín, S.A.”, en la Gran Bretaña. Steve se sentó y tiró de mi mano hacia la mesa para que hiciera lo mismo, y el adjetivo continuaba centelleando en la pantalla, y su garganta gritando, y la araña no volvía porque no era tomorrow, y el sudor azotaba mis cuencas con el oleaje salino, y otra vez las lágrimas, y otra vez el interés del jefe en mis ocupaciones, y la mano de Steve dándome ánimos, y el agobio de la calorina, y la orfandad de la tela de araña, y la zapatilla de Gordon, y el grajo negro observándome, y los nervios, los nervios, los nervios… “AT THE TABLE WITH STEVE!!! I´M AT THE TABLE WITH STEVE!!”, grité al minúsculo teléfono, y luego lo lancé con furia contra el tejado de la casa vecina, viéndolo destriparse y poner en serios aprietos al refulgente adjetivo que localizaba a mi jefe en sus rotas entrañas, y luego vino a caer junto a los arbustos donde yacía atrapada la zapatilla de Gordon. Poco después me eché a llorar sobre la mesa, derrumbado sin saber exactamente el porqué, y sentí que presta llegó la mano de Steve para atusarme el pelo e inyectarme su inglés susurrante en mi oreja: “D´nt worry. I have another phone for you”

Ni siquiera me despedí de Mrs. Francine; preferí salir por la puerta falsa del jardín y desaparecer cuanto antes de Little Shelford. El taxi se detuvo ante la barrera ferroviaria, bajada en el cruce de Hauxton Road. Las luces rojas saltaban del panelito de la izquierda al de la derecha, y de este al otro, una y otra vez, y el timbre no dejaba de sonar avisando del peligro, y la lucecita roja iba a volverme loco, y el timbre, y el cochero empeñado en contarme una bonita historia en inglés, y sudaba porque era verano, y la sangre se me envenenaba, y me tiré de los cabellos, y grité, y salí corriendo sin saber por qué lo hacía, pero ya sonaban cerca las cuchillas del rápido Dover-London, y quise frenar al ver que la chapa azul venía a mi encuentro, y entonces aceleré, aceleré, aceleré… o eso quise hacer.
Aún pude ver la faz espantada del taxista que contaba historias en inglés a los turistas profanos de sajonadas. Había salido del vehículo y, agarrado a la puerta, contemplaba la elipse que iba trazando mi cuerpo mientras volaba hasta… ¡¡LA MESA DONDE ESTABA STEVE!! Caí de golpe sobre ella y sin decir nada dado mi lamentable estado, pero él tampoco pareció interesarse por mi suerte, tal vez iniciando una nueva partida del juego de los silencios tensos.

Ganador. Johari Gautier Carmona. Un austriaco en Colombia

diciembre 7th, 2008 § Dejar un comentario

––¿Cómo pueden estar así sentados, esperando a que esos señoras nos sirvan? ––se crispó el austriaco, cometiendo su falta ortográfica habitual. Su duro acento alemán se había impregnado de algunas resonancias colombianas, melifluas y melódicas––. Eso no es posible. Estamos volviendo a las tiempos de la esclavitud. No es aceptable, levántense, hagan algo. Esta pobre gente aquí trabajando y nosotros mirándola, como si fuéramos los amos de un plantación.
––UNA plantación, Karl ––le corrigieron enseguida su esposa y algunos de los familiares que, sentados alrededor de la mesa del salón, lo miraban divertidos, pasmados por las intenciones humanistas de un extraño que desembarca del otro mundo, en sus casas, con aires de refinamiento y delicadeza extremos––. Una plantación es femenino.
Pese a las risitas creadas por su expresión, Karl prosiguió con su escándalo, levantándose al punto para llevar su plato a la cocina y fregarlo inmediatamente, sin dejar a la criada la oportunidad de recibirlo en sus manos, de lavarlo como bien se lo pedían sus jefes.
––Esto es intolerable ––reanudó el hombre mientras fregaba ardorosamente su vaso––. El esclavitud se terminó hace más de dos siglos.
Los anfitriones acogieron los comentarios del muchacho con humor, procurando disimular detrás de sus modales elegantes la falta de respeto a la cual se habían visto sometidos. Aún así, sus rostros transparentaban un cierto desconcierto y parecían turbados por la sensiblería de Karl. Los hombres de la casa, el padre de la futura esposa y los demás cuñados, no tardaron en tachar los actos del austriaco de afeminados y, entre ellos, criticaron sus ademanes de superioridad, cuestionaron las reacciones de un hombre que ya les parecía problemático.
––¿Será que ese hombre es maricón ––dijo uno de los cuñados al verlo frotando, restregando ardorosamente el plato en la cocina––. Yo conozco bien a los homosexuales, y les puedo asegurar que, en cuanto pueden, siempre se inventan una diversión.
––Déjese de pendejadas, Emiliano ––intervino efusivamente otro cuñado con la mano derecha aferrada a un vaso de agua ardiente. Sus dientes mostraban restos de chicharrón y su mirada oscilaba entre la mesa donde se encontraba toda la familia y la cocina––. Usted compadre, ve a maricones por todas partes. Me parece que el problema con el otro sexo es suyo y no el de ese jovencito.
––Cállense ––alzó el padre de la novia––. Su voz grave y ronca impuso un silencio tenso. Todos se callaron ante la autoridad del jefe de familia. Las mujeres miraron hacia el techo y los hombres adoptaron una máscara inexpresiva––. Este pelao nos viene del otro lado del Atlántico. Es una especie en plena expansión. Un idealista progresista europeo, de los que hablan de derechos humanos y de discriminaciones raciales. Vamos a ver cuánto dura eso…
La sonrisa sardónica del jefe de familia avivó la tensión creada por los cuñados y enseguida respondieron las hermanas y demás mujeres, procurando tranquilizar una comida que no podía finalizar en discordia. La única persona en respaldar las reivindicaciones del europeo ultrajado por los excesos de una sociedad insensible fue la futura esposa del dicho hombre, que, fascinada por las francas y dignas palabras de su prometido, discurseaba sobre el refinamiento y el progreso de la sociedad europea, de sus maravillosos avances en materia de derechos humanos y leyes, en su trato ameno de la gente, tanto por el sexo como el color de la piel.
––Ustedes sí son corronchos ––clamó Valentina con un tono sulfúrico––, no entienden que mi futuro esposo se preocupa por la gente, demuestra un afecto y una sencillez que ustedes no son capaces de exponer, aunque les obliguen. En vez de criticar sus actos deberían tomar ejemplo.

La pareja llegó a Valledupar un día antes de esa discusión crispada, tras un viaje agotador de doce horas, iniciado en Barcelona y con escala en Bogotá. Durante esas doce horas pudieron prepararse, una vez más, para el inminente contraste de un país que Karl desconocía completamente.
––No te preocupes ––le dijo Valentina en pleno vuelo, frente a un documental televisado––, en mi familia te recibirán con muchísimo cariño. Lo único que puede pasar es que no entiendan algunas de las costumbres europeas por eso te pido que seas comprensivo y flexible por favor…
––Entiendo perfectamente ––contestó el austriaco con una sonrisa ingenua––, estoy seguro que tus familiares nos recibirán fabulosamente. Son todos tan divinos ––el muchacho sonrió y acarició suavemente a su novia en la mejilla antes de seguir con su respuesta––, y no te preocupes, sabes que nunca peleo. Siempre me comporto bien.

La relación del futuro matrimonio se consolidó en la ciudad de Barcelona, en medio del boom económico y de la inmigración galopante, lejos de las influencias y de los comentarios de las familias respectivas, nutrida por la belleza de un panorama romántico y liberal, y se afirmó con el compromiso de una boda venidera, un símbolo de unión pasional y multicultural, un deseo de convivencia compartido por los dos protagonistas, indiferentemente de sus interpretaciones lingüísticas o culturales. Ese compromiso se efectuó en la playa de Bogatell, una noche de estío en que la actividad del mar era templada y regular, bajo una luna llena que alumbraba el acto sincero de entrega.
––Nos casaremos en Barcelona y Colombia ––propuso Valentina, después de haber pronunciado el “sí” y emocionada tras recibir el anillo de parte de Karl, los ojos ligeramente aguados––. Será mejor para nosotros: Tu familia podrá acudir a la de acá y los míos a la de Valledupar.
––Qué buen idea ––contestó el austriaco––, me muero de ganas por estar allá, con tus familiares y ver con mis propias ojos las historias que me has contado. Ay mi Valle…
En las palabras de ambos se percibían las notas de un amor sólido y sincero, ajeno a las ocultaciones, indiferente a los estigmas y las barreras elevadas por la tradición o la distancia. Con su compromiso mutuo, evidenciaban sus ansias por formalizar una relación ante la mirada de quienes más querían, pero sin duda, estaban lejos de sospechar las complicaciones que podía implicar un casamiento en dos puntos tan lejanos del mapa.

––Ustedes se casaran en la iglesia de la Concepción ––les anunció Doña Valeria del Comino Romero, la madre de Valentina, nada más llegar en Valledupar, durante uno de esos interminables paseos en coche––. Ya les tengo reservada fecha y hora con el padre Juan Pablo del Rosario. No me hagan la deshonra de rehusar una ceremonia bien hecha, organizada como se debe, bajo las instancias y la mirada de Dios.
––Pero Karl es ateo ––repuso Valentina aprovechándose de un respiro de su madre––. Él no tiene porqué casarse en la iglesia y tampoco podemos obligarle.
––Lo que tiene que hacer ese muchacho ––explicó Doña Valeria––, es curarse de esa enfermedad que tiene. Acá, que sea ateo, comunista, consumista o presidiario, se tiene que casar por la Iglesia, como Dios manda. No quiero, para nada, aguantar el chisme de los vecinos, ser el centro de sus bromas más despiadadas. No me hagan esa afrenta. No me humillen en mi propia casa porque no lo toleraré…
––Suegra ––intervino Karl al notar el espantoso calentamiento de la conversación––, no quiero problemas con el familia. Haremos todo la posible para llegar a una acuerdo, pero por favor, entienda la sacrificio que estoy haciendo: yo no creo en Dios.
––Usted no está haciendo ningún sacrificio ––cortó la suegra exasperada, respirando apresuradamente mientras conducía el coche en las calles vacías de Valledupar––. A usted le gusta mamar gallo, es todo.

Pese a las vivas reticencias de una ceremonia religiosa que hubieran preferido celebrar por lo civil y discretamente, Karl y Valentina acabaron cediendo y aceptaron casarse en la Iglesia de la Inmaculada Concepción, en el centro de Valledupar. Los preparativos de una boda pomposa y exigente se tradujeron a partir de ahí en miles de viajes por la ciudad, dentro de un coche con aire acondicionado y detrás de los cristales tintados de los todo-terreno.
––¿Por qué será que todos las trayectos han de hacerse en carro? ––preguntó Karl al salir de un viaje de cien metros, con un acento alemán matizado de sonoridades costeñas––. Incluso para ir a la esquina de la calle hemos de ir en carro. Eso no es normal.
––Cariño ––le explicó una cuñada––, acá el calor impide a uno que se pasee por la calle. No es un simple capricho, verás que el sol castiga la piel como un cinturón de cuero, que el bochorno aplasta los hombros de quien se atreve a salir. Además, ¿por qué vas a pasarla mal cuando puedes estar a gusto dentro del carro?

La ceremonia fue bendecida por el Padre Juan Pablo del Rosario, primo segundo de uno de los tíos de Valentina, un hombre elegante y derecho, sonriente pero siempre escueto en sus declaraciones, y aspirante al puesto de Papa en el Estado Vaticano, del otro lado del Atlántico. Habiendo sido informado de las reticencias del austriaco en casarse por la iglesia, el hombre no dudó en condenar su conducta irracional y desagradecida ante el regalo de la vida y la promesa de un paraíso. Antes de que los protagonistas del matrimonio pudieran expresar el “Sí quiero” conmovedor, tuvieron que escuchar las explicaciones controvertidas del padre, resuelto en terminar con la ideología atea que asola el viejo continente y las costumbres libertinas que amenazan la función procreadora del matrimonio.
––Ustedes han decidido ––recitó el Padre en la iglesia––, acabar con el pecado de la fornicación, renunciar a la lujuria y las malas costumbres de una vida improductiva para giraros hacia Dios, el Todopoderoso, único creador de los Cielos y la Tierra. Bienvenidos sean, pues, en su mundo de misericordia y de paz, de amor y comprensión. Bienvenidos sean cada uno de sus hijos. Dios es amor y vuestra unión su júbilo.

Pocos días después de una ceremonia inolvidable, de unas celebraciones compartidas por más de un centenar de familiares, hermanos, primos y primos de primos, la pareja unida ante los ojos de Dios tuvo que encararse con una nueva sorpresa cultural, un discurso inesperado unos días atrás, cuando todavía en Europa, los prometidos hablaban de una simple unión, sin otro motivo que el querer compartir las alegrías de la vida cotidiana y marcar con un sello su amor eterno. Las sorpresas ya no implicaban el maltrato de empleados domésticos, ni los paseos interminables en automóvil o una boda forzada por la iglesia, sino la inevitable discusión acerca de los planes de vida y la función esencial del matrimonio: la reproducción.
––Bueno ––comentó Doña Valeria, serena y solemne durante una comida––, ustedes han de ponerse a la obra en cuanto antes. Queremos disfrutar con ustedes de unos nietos hermosos.
––Sí compadre ––agregó al punto un cuñado deseoso de intervenir y aportar su punto de vista––, los niños se hacen mientras se está en edad de concebirlos. No esperen demasiado como suelen hacerlo allá en Europa.
––Es que ––contestó tímidamente Valentina––, esto no entra dentro de nuestros planes. Tal vez más tarde, pero…
––Karl ––agregó el cuñado con un tono cáustico, cuando ya las mujeres se retiraron de la mesa––, demuestre que es un hombre de verdad y deje preñada a su mujer de una vez. No haga el pendejo buscándose excusas para escapar de la realidad. Un hombre tiene que hacer niños, ¿me entiende? ¿Entiende lo que le quiero decir?

Las últimas discusiones no generaron tantas tensiones como al inicio, cuando Karl se escandalizaba por el comportamiento de sus anfitriones, y para la sorpresa de todos los familiares que presenciaron el arrebato del muchacho, el austriaco acabó desarrollando una conducta parecida a la que criticó días atrás impetuosamente.
Tumbado en una hamaca, con un brazo y una pierna colgando, el austriaco ordenaba a la empleada que le sirviera jugos de mango y maracayá. “Apúrese mujer––decía él con una naturalidad impensable poco antes––, me estoy derritiendo aquí.” También acabó adoptando la extraña costumbre de pasearse en coche por la ciudad, aunque fuera un breve paseo, y muchas veces daba vueltas interminables, y sin objetivo determinado, por el mero hecho de conversar y observar la animación de unas calles plagadas de taxis y vendedores de frutas exóticas.
También ha de ser resaltado que el hombre austriaco, molestado por su patente acento de “gringo” y su tendencia en invertir los sujetos femeninos y masculinos, incorporó expresiones y dichos típicos del vocabulario local al percatarse de la risa que generaban. “Ay qué chévere”, “Qué bacano” o “No joda”, eran algunas de esas expresiones.

El regreso a Barcelona se produjo dos semanas después de la boda, en una atmósfera de plenitud y concordia. La familia completa ––los hermanos, tíos y nietos–– acompañaron el matrimonio al aeropuerto, después de una vuelta inesperada en coche por la zona del río Guatapurí, y entonces se despidieron con abrazos efusivos y saludos sinceros. Las mujeres lloraron sin contención, arruinando gran parte de sus maquillajes y de la preparación que habían supuesto, y los hombres trataban de marcar su fortaleza con palmadas insensibles en los hombros, autenticas bofetadas en las espaldas, resonantes y repetidas como ráfagas en el aire. Entre todos los hombres, el único en deshacerse un río de lloros, en descomponerse y caer a cuatro patas, fue el austriaco Karl que, para la sorpresa de todos, acabó gritando su amor por la tierra.
––Mi Valle ––gritó él en el suelo, antes de que lo levantara su esposa Valentina––, cuanto amo mi valle.
––Date prisa ––le dijo Valentina––, vamos a perder el vuelo.

¿Dónde estoy?

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