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Tercer premio. Calcuta de los seis sentidos. Mar Peláez Sanz

7 Diciembre 2008

Viajar en avión es demasiado rápido. En un chasquido de dedos estás allí. Tan pronto en Madrid, tan pronto en Calcuta. Tan pronto en el ‘primer mundo’, tan pronto en un mundo totalmente desconocido e impactante. Jamás habría imaginado nada igual. Puedes haber leído seis guías y diez libros, haber visto varias veces el Ghandi de Attenborough, haberte recreado con La Ciudad de la Alegría, o haber escuchado con atención las historias de viajeros anteriores, pero el choque es de órdago, brutal, y coge desarmado al más realista, al más soñador, a cualquiera que no haya pisado nunca antes la India.

Cuántas preguntas, hasta que te das cuenta de que las respuestas dependen exclusivamente de lo que cada uno busque. Los estereotipos que a lo largo de tu vida te has ido confeccionando de La India se agolpan en tu mente y es necesario ordenar la gran cantidad de imágenes que viajan de forma incesante de un lado al otro de tu mente. Pero ¿cómo adaptarme al cambio que supone la fantasía de la realidad? Ante mí se abría un mes para descubrirlo y, ¿por qué ponerse límites?

Bienvenido a La India. A La India de los seis sentidos. La misma que se huele, se mira, se saborea, se oye, se palpa y, sobre todo, se siente. Y ¿se entiende? 28 días en ese fascinante país dan una respuesta somera de lo que es este lugar y sus habitantes. Si te dejas clichés en casa, soportas el pasmo y desconcierto de los primeros días, los rechazos que provocan determinadas imágenes y te dejas embelesar por todo lo que ofrece este subcontinente, ajeno a la multitud, la contaminación sofocante, la lucha desigual de la limpieza urbana contra la suciedad indescriptible y el ruido ensordecedor, te llevas a casa el susurro de una filosofía de vida.

El primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el río Hooghly (Ganga en hindi), la puerta al verdadero caos ciudadano. Pensé que era la ciudad más cosmopolita de la India hasta ahora recorrida, con edificios de tres plantas, avenidas amplias y aceras algo más definidas, y creí que la adaptación sería más fácil que en cualquier otro punto. Pero… ya digo, fue una impresión errónea.

En Calcuta todo se quintuplica: la miseria, la contaminación, el humo, el tráfico, el caos, el ruido, la superpoblación, las escenas impactantes. Las calles permanecen totalmente congestionadas de vehículos, en su mayor parte taxis de color amarillo, riadas de autobuses próximos al desguace, de tranvías obsoletos, de motocarros, de rickshaws tirados por esqueléticos hombres, de carretas, de animales y, sobre todo, de olas y olas de muchedumbre que se enfrentan a todo este desorden con resignación. Es una gran maquinaria de 17 millones de habitantes, al menos censados, en constante movimiento; un movimiento que se gobierna a base de costumbre. Nunca, ni de día ni de noche, se detiene. Calcuta es la expresión más cruda de las contradicciones de las grandes ciudades asiáticas. Es como un calidoscopio de contrastes, y había que estar preparada para afrontarlo.

Nos lanzamos en busca de Sudder Street, la calle donde se asientan los ‘hoteles’ para voluntarios. No me la imaginaba así. Un rebaño de ovejas, pintadas con manchas rosas y amarillas, salió a nuestro encuentro nada más pisar la calle. Era lúgubre, sucia, como el resto. A ambos lados o en calles aledañas estaban los hoteles: el María, el Paragón, el Astoria, el Salvation, el Modern Logde… Y a cada cual más espartano. Pero antes de enfrentarnos al encuentro de alojamiento para toda nuestra estancia, fuimos a comer al Blue Sky, uno de los restaurantes en los que se reúnen los voluntarios, especialmente los españoles. Pese a sus ínfimas dimensiones y la dudosa limpieza del local, resultaba acogedor, más aún porque Emilio, el camarero, se encargaba siempre de hacer la estancia muy cómoda. El precio era otro de los alicientes (una comida puede salir por menos de un euro).

La tarde fue pasando con más pena que gloria. No hacía falta nada más porque todo eran sorpresas, mirases allá donde mirases. Los ‘hombres caballo’ corrían de un lado para otro, sin perder la sonrisa. Y eso me impresionó, y no dejó de hacerlo hasta el último día. En especial, Mohama, uno de esos 25.000 hombres que arrastran trotando por las calles de Calcuta esos carricoches de tracción humana, sorteando el resto de obstáculos móviles que dificultan su tránsito. La sonrisa de ese hombre mayor, de barba blanca, piernas muy delgadas pero ágiles, me cautivó. Su vida es, igual que la del resto de corredores de rickshaw, corta y muy dura. Lástima no poder entenderse con ellos, conocer cuáles son sus preocupaciones, cómo viven y cuáles son sus deseos. Uno se da cuenta de su gran mérito durante los monzones, cuando las calles se inundan hasta la altura de las caderas y sus conductores logran cobrar buenas sumas por sus esfuerzos. Sólo perviven en Calcuta; en el resto de ciudades indias han sido prohibidos, algo que también ocurrirá allí a finales de año. ¿De qué vivirán entonces?

A ambos lados de Suddet Street, hombres y niños se aprovisionaban de agua en las fuentes públicas, lavaban sus dientes o se enjabonaban todo el cuerpo. Al cobijo de los muros del polvoriento Indiam Museum, el más antiguo de la ciudad, otras familias simplemente adecentaban su ‘hogar’ en plena calle y recogían sus posesiones: unas mantas raídas, un montón de plásticos y alguna que otra perola sobre una fogata. Allí duermen, comen, se visten, se reproducen y mueren. Luchan, como los otros millones de habitantes de Calcuta, por sobrevivir hasta el día siguiente. No hay que olvidar que un tercio de todos ellos tiene como único hogar las insalubres calles de la ciudad. La escasez de viviendas es preocupante y eso obliga a los ‘intocables’ y a los inmigrantes a amontonarse en las calles o en los barrios bajos, en chabolas de barro que carecen de las mínimas condiciones higiénicas.

Las autoridades parecen haber abandonado todo esfuerzo por hacer frente a los problemas de la ciudad. No se reparan los baches, tampoco los socavones. En ocasiones resulta difícil lidiar con los charcos, producto del monzón. Los edificios están descascarillados y a punto de desmoronarse entre montones de escombros e inmundicias. Paseando por sus calles resulta imposible hacerse a la idea de que fue la segunda ciudad del Imperio Británico, después de Londres. Pero es insuperable la miseria en la que vive Calcuta y las arcas municipales tan escasas, que por dónde se empieza.

La afluencia incontrolada de inmigrantes de Bihar, Orissa y Bangladesh, expulsados de sus campos por las sequías, las inundaciones y las consiguientes hambrunas, ha dado como resultado una superpoblación casi inaguantable y la creación de incontables zonas en unas condiciones de espantosa pobreza. Y ese éxodo no para. Sigue acogiendo oleadas de campesinos sin tierra y sin pan; avalanchas que ponen a prueba las infraestructuras de una ciudad que no han sido remozadas desde que los ingleses abandonaron el país. La imagen, difundida en cientos de documentales, de la Calcuta de los desheredados, leprosos y ‘parias’, es real, está presente a cada instante. Es la otra cara de una ciudad rica, según dicen, porque yo no la he visto. Pronto, demasiado pronto, nos dimos cuenta de que Calcuta arde en contaminación. Hay algo en su ambiente que la hace insana, irrespirable. Es, tal y como coincidimos todos, un agujero negro, lo más próximo al infierno. Y lo es porque la pobreza no se esconde, se muestra a todo aquel que no cierra los ojos. Pero, ¿dónde está esa riqueza de la que presume el Gobierno indio?

Con todas esas impresiones y alguna más, nos dirigimos a la ardua tarea de buscar alojamiento. Primero en el Salvation y luego en el hotel María. Los dos del mismo estilo. Mis ánimos iban decayendo a medida que visitábamos uno y otro hotel. Jamás he estado inmersa en tanta mugre, y eso me asustaba. Y es que no se trataba de pasar una noche, ni dos, serían en principio tres semanas. Desistimos en el intento y nos fuimos a uno de los múltiples locutorios para hacer partícipe a nuestras familias y amigos de las primeras impresiones (unos diez minutos por sólo dos euros). De allí a cenar al restaurante Zurich, de las mismas características que el Blue Sky. Las cristaleras estaban abiertas y resultaba muy violento comer nuestro sándwich mientras observábamos a esas mujeres, con sus bebés en el regazo, deambular por Sudder Street, pidiendo comida, dinero o ropa a cualquiera que transitara por la calle. Sabíamos que eso iba a ocurrir, y también que la picaresca no tiene límites en la India. Allí aprendimos que si compras algo de comida a un niño hay que dársela abierta, de lo contrario revenden el producto al comerciante y comienza la rueda. Son unos auténticos profesionales de la limosna. A fin de cuentas viven de ello.

Las historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del nuevo día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Pero había que decidirse. Al final, nuestro ‘hogar’ sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles –la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).

No queríamos perder ni un segundo. El objetivo de nuestra estancia en Calcuta eran los centros de la Madre Teresa, por lo que nos dirigimos hacia la calle Bose Road, pero la casa central estaba en obras y debíamos depositarla por la tarde en el centro Sishu Bhavan. Así que sólo nos quedaba ir a comer. La calle que separaba la Mother House de Sudder Street era infame.

Asentada en pleno barrio musulmán, esa calle es un claro ejemplo de lo que se cuece en Calcuta. ¿Para qué ir a la Ciudad de la Alegría cuando la Ciudad de la Alegría es todo Calcuta? Las aceras son tan estrechas o inexistentes que todo el mundo se ve obligado a andar por en medio de la calle. Cada uno va por donde quiere y, los peatones sólo se apartan cuando sienten la rueda de la motocicleta o del taxi golpear contra su pie. Utilizan el claxon como única forma de avisar, y doy fe de que así es. Exclusivamente despegan el pulgar de él los segundos que transcurren hasta que ven el siguiente obstáculo. Cruzar la calle sana y salva es un milagro. A cada paso hay que sortear los rickshaws, los tu-tus, los carros, los taxis y para colmo los tranvías, que se abalanzan sin orden aparente.

Tras superar todo ese mundo caótico, fuimos al Blue Sky, donde Emilio, en un casi perfecto castellano, nos iba traduciendo cada uno de los platos. Conocimos allí a un chaval mudo que se convierte siempre en el mejor ‘embajador’ para los voluntarios. Y de vuelta a la Mother House.

A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua se abría una especie de capilla donde las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nóbel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas…

A pocos metros del centro principal se encuentra el Sishu Bhavan, donde se concentra toda la estrategia del voluntariado a la espera de que concluyan las obras en la Mother House. Allí depositamos la maleta con las papillas y una sister nos convidó a visitar el centro. Ascendimos por unas escaleras y, después de ojear una sala repleta de cunas con bebés, encontramos la zona de los niños disminuidos físicos y psíquicos de corta edad. Una voluntaria argentina fue la encargada de explicarnos en qué consistía el trabajo y nos aclaró varias de nuestras dudas.

Estaba limpio, muy limpio, al menos, si se compara con el resto de la ciudad. Parecía un oasis de paz entre la confusión exterior y no me equivoqué. Descendimos hacia el orfanato y vi que aquel sí era mi sitio. Niños de menos de tres años que corrían a su antojo en una pequeña sala, gustosos de que alguien los visitara. Se agarraban a tus piernas con la esperanza de que les cogieras. El primer impacto te llega muy adentro. Son tantos los niños abandonados con la única salida de la adopción… Lástima que las Misioneras de la Caridad, por aferrarse a los mandatos católicos, exijan demasiados requisitos a la hora de formular una adopción (estar casada, tener menos de 40 años y estar incapacitada para tener hijos). Y mientras tanto, ahí siguen los niños, creciendo en un ambiente de alguna manera privilegiado en Calcuta pero que podría mejorar en un entorno familiar. Hay tantas personas deseosas de tener un niño, y tantos niños en el mundo esperando una familia… Aunque en el fondo: esos pequeños tienen esperanza; esperanza al menos de encontrar su lugar. No se me olvidará jamás el rostro de una niña, la primera que se me tiró a las piernas, al despedirme de ella. No había forma de dejarla en el suelo.

Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y más útil, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, al gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil.

No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los caza clientes ‘acreditados’, llamados ‘culis’, para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que ‘estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente’. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado.

Nada más divisar la gótica torre de ladrillo rojo, que caracteriza al New Martket, ya ves lo que se te avecina. De pasillo, en pasillo, buscando sábanas, toallas, almohadas, fregona, escoba, recogedor, lejía, estropajos, bayetas… Nos llevó bastante tiempo aprovisionarnos de todo, ya que cada vez que intentábamos tomar nosotros la iniciativa, venía ‘nuestro’ caza clientes para embarullarlo todo.

Calcuta no duerme, y nosotras tampoco mucho. Los graznidos de los cuervos rasgan el cielo amarillento de los monzones, tanto que me hacen sorprendentemente valorar el ruido de las palomas. A las 6.30 el despertador se encargó de avisarnos de que nuestro primer día en los centros de la Fundación había comenzado. Las cuatro anduvimos, junto a Marisa y Montse, las veteranas voluntarias, por esa larga calle a la que es difícil acostumbrarse para llegar al Sishu Bhavan.

Cientos de rickshaws apostados en medio de la calzada esperando a un cliente que no llega. Muebles antiguos reposando en las aceras levantadas, mientras trabajadores lavan en plena calle los taxis colocados en hilera. Y comienza la rueda. Hombres y niños se adecentan en los lavaderos públicos, con jabón hasta los ojos, o se lavan los dientes con esos característicos palos. Otros enjabonan su ropa y la frotan sobre el asfalto, ajenos a la basura que se arremolina en cada rincón. Hombres, en su mayoría con sus dottis -especie de faldas tipo mantel de cuadros-, deambulando de un lado para otro, bajo la ropa tendida en plena calle. Ancianos, ultimando sus horas de sueño, afeitándose o leyendo las hojas de un periódico, como cada mañana, pegado en una de las paredes. Niños trabajando a pleno sol. Gente preparando el desayuno en amplias perolas al aire libre o gente que simplemente vive o sobrevive. Musulmanes en dirección a su mezquita a la llamada del mullaidín. Comerciantes con la esperanza de que alguien repare en su diminuto negocio o en su puesto callejero, tan numerosos en Calcuta que es imposible que hagan caja. Tan pronto venden ollas, como patatas fritas, refrescos, pasta de dientes, papel higiénico o el característico tabaco de mascar. Son unos auténticos ultramarinos. Y qué decir de los carniceros que exhiben a la intemperie su mejor género: carne amarillenta y maloliente con moscas a su alrededor, que apenas puede superar el rigor de las altas temperaturas. Apetecible, ¿verdad? Gallinas vivas en enanas jaulas. Y más carne. Y peor olor. Y a dos pasos, vertederos públicos de grandes dimensiones, perros callejeros compitiendo con los cuervos por un puñado de desperdicios putrefactos y, entre toda esta inmundicia, indios rebuscando entre esa mierda. Y otra vez ese olor, y otra vez ese caos. Sólo el colorido de la fruta que adornan las calles sirve para relajar la vista. Pero, ¿dónde están las mujeres?

Antes de cruzar la puerta del Sishu Bhavan tuvimos que sortear a las familias enteras, con bebés casi recién nacidos, que se desperezaban en medio de la acera después de haber pasado la noche a la intemperie. Otra más. Estas mismas familias que nos reclamaban constantemente esas botellas de agua mineral, para nosotras basura y para ellas una fuente de ingresos. A partir de las 7 de la mañana siempre hay té caliente, plátanos y algo de pan para todos los voluntarios. La encantadora Sor Karina, una sister mexicana de Aguascalientes que lleva 12 años en Calcuta, fue la encargada de convidarnos a quedarnos en el área de niños handicap, porque era allí donde más manos se requerían. Casi la totalidad de los centros están abiertos plenamente a los voluntarios de todos los países, sin restricciones de credos, raza, sexo, edad, ni tiempo de permanencia. Tampoco se requiere ninguna preparación especial, por lo que las preferencias cuentan. Alicia y yo nos quedamos en ese centro. Mariví y Olga, en cambio, optaron por ir con otro grupo de voluntarios a Prem Dam (regalo de amor), un hospital para hombres y mujeres. Lo recomendable es dejarse llevar, al menos la primera vez, por algún otro voluntario que conozca el lugar, ya que en algún caso puede resultar un poco laberíntico el recorrido.

Al principio te sientes perdida, impactada, y son muchas las preguntas que te planteas. La primera: ¿Qué puedo aportar yo a esos niños con discapacidades físicas y psíquicas? Los había con ceguera, problemas derivados de la polio, síndrome de down, deformaciones imposibles, pero también con desnutrición severa, cuyos padres han preferido dejar a sus hijos en manos de las hermanas hasta que adquieran un estado nutricional adecuado. El centro estaba limpio, mucho más limpio que cualquier rincón de Calcuta. Es un lugar que ofrece una tregua a la suciedad de la ciudad.

¿Por dónde empezar? Lo primero hacer las camas de esos agradecidos niños y a continuación darles masajes en sus anquilosados cuerpos sobre unas colchonetas. En esta zona existe una buena organización en lo que se refiere al estudio evolutivo de sus residentes, y cada cual tiene su book, indicando cuáles son los ejercicios que más les conviene. El primer día había bastantes voluntarios, cada uno con un niño o niña, por lo que Alicia y yo nos tuvimos que conformar casi todo el tiempo con mirar y aprender de los demás. Pocas fueron las indicaciones que nos dieron las voluntarias y ninguna las ‘masis’, las indias contratadas para cuidar a esos niños y que no saben ni una palabra de inglés. La única opción era observar. Me sentía inútil, así que aproveché para jugar con los niños menos problemáticos. A las 10.00 horas un descanso para tomar un nuevo té y conversar con las voluntarias en la azotea del edificio. Sólo una hora y media más tarde concluía nuestro trabajo, después de dar de comer a los niños. Y llegó el momento de la reflexión.

Nuestro primer día en el centro me resultó descorazonador. No sólo por ver de cerca a unos niños tan necesitados, sino por sentirme en cierta forma superada por lo que estaba viendo. Siempre he pensado que la atención sociosanitaria no está hecha para mí, y allí lamentablemente corroboré mi impresión. Supongo que cada cual está más capacitado para ayudar a los demás en unos aspectos y no en otros. En cualquier caso, había que intentarlo. Confiaba en que esta primera impresión mejorase con los días y me sintiera algo más útil.

Caminamos Alicia y yo hacía Sudder Street cabizbajas. Las dos habíamos experimentado similares sensaciones. Nada que ver con las que extrajeron Mariví y Olga en Prem Dam. Ellas estaban eufóricas, habían encontrado su lugar, ese lugar que habían soñado. Y eso, a pesar, de que las historias que nos narraban no resultaban demasiado esperanzadoras. Habían sido testigo de la llegada de una mujer en estado de shock después de haber sido violada por cuatro hombres. Nadie sabía cómo se llamaba, no miraba a los ojos a nadie y parecía ausente. O el caso de otra mujer con gusanos en la cabeza. Son unos 300 enfermos repartidos en pabellones por sexos. En general no están tan mal como los de Kalighat; algunos se curan y son devueltos a la calle. Se trata de estar con los residentes, ayudar a bañarlos, vestirlos, darles la comida y administrarles medicamentos. Se pone un especial empeño en la limpieza a fondo de todo, suelos, ropa de cama etc.

Ya habíamos definido Calcuta como el ‘agujero negro’.Tanto lo es que decidimos ir a buscar rápidamente una zona amplia donde notar que el oxígeno entraba en los pulmones, aunque para llegar hasta allí había que soportar la humareda que forman los tubos de escapes de los coches y los atascos continuos en unas avenidas incapaces de absorber el denso tráfico. Pasamos junto a St Paul´s Catedral, el planetario de Birla y la Academia de Bellas Artes. Encontramos ese lugar de paz en el Memorial Victoria (1921), un edificio abovedado, construido en mármol blanco con abundantes jardines a su alrededor, en honor al gobierno de la reina Victoria en la India. Los mosquitos comenzaban a ser un incordio, pero no lograron frenar nuestro deseo de respirar aire puro. Y allí estuvimos sentados en un banco durante un largo rato disfrutando de algo de naturaleza Al salir del recinto cruzamos la calle en dirección a otra gran zona verde que rodeaba una fuente de agua, luz y color. Un espectáculo luminoso que chocaba, y mucho, con la marginación de la ciudad. Parecía que habíamos abandonado Calcuta, porque por primera vez comprobamos que sí hay edificios altos, modernos y acristalados. A lo lejos se veía la ciudad empresarial. Sólo era un efecto óptico, un relax, otro mundo.

Sólo un par de horas más tarde, unos ruidos ensordecedores me sacaron de mi sueño. Eran truenos, y menudos truenos. Resultaba estremecedor. Nunca antes había oído con tal intensidad una tormenta. No acababa uno y comenzaba el siguiente. La lluvia se convirtió en un continuo aguacero, en un diluvio, y el agua entraba incluso hasta la habitación. Con gran curiosidad subimos a la terraza para comprobar que la intensidad de esa lluvia no era normal. Y así fue. En pocos minutos, todo estaba inundado.

Iba a comenzar otro día más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubría las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas. Entendí en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.

Era agua putrefacta, marrón, maloliente, densa, caliente. Sólo es necesario hacer un ejercicio de imaginación y visualizar el estado de las calles en un día corriente para darse cuenta de lo podrido de la escena. Basura esparcida por cualquier rincón, desperdicios orgánicos o inorgánicos que sirven de comida a los perros, a los cuervos o a cualquier ser vivo carroñero. No hay papeleras en toda la ciudad y los indios están acostumbrados a tirar todo, absolutamente todo, al suelo. Y, claro, cuando llega la lluvia, algo habitual de mayo a octubre, esa mierda se confunde en el agua. La obligación de andar cubierto hasta las rodillas, por calles llenas de baches y bocas de alcantarillas abiertas, contribuye a aumentar los problemas de salud. El agua de la urbe está contaminada y las enfermedades gástricas son endémicas. Además, las autoridades son incapaces de mantener limpia la ciudad; las calles están llenas de basura y los vertederos repletos y esparcidos.

Las risas sonoras mitigaban la repugnancia que producía cada vez que algo, no se sabe qué, se enredaba en los pies. Y así a cada paso. Era preciso andar muy despacio, ya que las calles no eran demasiado uniformes y resultaba muy fácil ceder a un tropezón. Ir de un lado a otro era tarea ardua. Pero más arduo es vivir en la calle en esas condiciones. Ver cómo la gente se las ingenia para no perder sus ínfimas pertenencias en cada riada.

Era jueves, día en que cierran los centros de la Fundación, por lo que decidimos adentrarnos en la ciudad y hacer algo de turismo. Pero antes, otra sorpresa. La urbe entera había enmudecido. Las calles estaban vacías, ni un solo coche circulaba por ellas, ni siquiera los rickshaws. Estaban de huelga. Día sin coche, día sin ruido, día sin polución. Una maravilla. Después de lavarnos los pies en una de las fuentes callejeras nos encontramos con el hotel más caro de Calcuta, el Overoi, y a sus pies tomamos dos taxis. El hecho de que estuvieran de huelga nos obligó a pagar una suma de dinero más elevada de lo habitual, pero quien algo quiere… El hombre se arriesgaba a que le parasen los piquetes y le obligaran a detenerse.

Nos dirigimos hacia el Norte de la ciudad, dirección al templo jainista de Parasnath. La puerta estaba cerrada, pero fue el propio guardés del centro quien nos ofreció entrar por 30 rupias, y aprovechamos la oportunidad. Se trataba de un grupo de templos emplazados alrededor de un jardín ornamentado con estanques llenos de carpas y estatuas neoclásicas de mármol y de alabastro. El templo principal estaba coronado por una cúpula, y en su interior todo era ostentación. La imagen central estaba rodeada de rebuscadas obras de mármol, cristales, espejos, lámparas, objetos de plata.

De allí nos fuimos al templo de Kalighat, el más importante de Kolkata, situado a cinco kilómetros del centro. Las vacías calles eran utilizadas por grandes y mayores para jugar el críquet, para pasear o simplemente para estar en medio de ellas. El taxi nos dejó a varios metros del templo y tuvimos tiempo de nuevo de ver la cara de la pobreza. Hombres, mujeres y niños sentados en el suelo, en forma de hilera, esperando unas monedas en su recipiente bajo y redondo. Perros callejeros olisqueando, mujeres quitando los piojos a sus hijos y vendedores ambulantes por todos lados. Por un laberinto de calles inundadas de puestos con artículos de dioses de toda clase, destinado a los peregrinos, llegamos al sencillo templo dedicado a Kali, la diosa negra. El centro está abierto a todas las horas y siempre bulle de actividad. El suelo estaba mojado, con restos de sangre, y la idea de descalzarnos no nos parecía oportuna, más si se tiene en cuenta que la sala donde se reúnen los fieles se utiliza para sacrificar ahora cabras y antes a seres humanos para apaciguar a la diosa de la fertilidad.

Pero a mí lo que me seguía causando mayor impresión eran las caras alegres de esos niños de la calle que se ven obligados a trabajar durante ocho, quizá diez horas, mendigando en compañía de sus madres. Lo mimo que los ojos alegres, la mirada penetrante y la sonrisa sincera de esa preciosa niña que jugaba con su hermana desnudita en plena calle. La madre y las dos niñas se ofrecieron a posar para nosotros y eso tuvo su recompensa en forma de un pequeño billete. A fin de cuentas nosotros queríamos su rostro y ellas unas monedas. Eran mis ‘modelos’.

De nuevo en el taxi nos dirigimos a otro templo, al de Shiva. Esta vez junto al río Ganges, donde un puñado de hombres, mujeres y niños rebuscaba en los desperdicios que se amontonaban en la orilla. Es su forma de vida, cada día la misma historia. En la calle causamos sensación. No en vano, éramos un grupo de turistas en pleno barrio marginal. Nos hicieron corro, querían salir en nuestras fotografías y posaban sonrientes. Daba igual las edades: niños arremolinados entorno a nuestras cámaras para verse, quizá por primera vez, retratados; hombres que adoptaban una postura seria para ser fotografiados, y mujeres de nuevo esquivas con los flashes. Permanecimos largo rato con toda esa gente, gesticulando para ser entendidos, ya que el dialecto bengalí se nos seguía resistiendo. Con unos coloridos collares de flores abandonamos la escena para encontrarnos otra más impactante. Ya en el taxi recorrimos las columnas de chabolas de cartón, madera o chapas onduladas, que se abrían a ambos lados de la carretera y atravesamos por debajo de un puente. No hubiera sido novedoso si no hubiésemos comprobado como aquel lugar inhóspito se había convertido en el hogar de cientos de personas, que buscaban su hueco al amparo de un sotechado. No daba crédito ¿cómo pueden vivir allí tantas personas? Llovía y muchos eran los que permanecían bajo los camiones para resguardarse del agua. Tras ese interminable barrio de chabolas, se abrió una calle amplia con edificios coloniales, una vez grandiosos y ahora podridos exponentes de la decadencia imperial.

Después de recorrer de Norte a Sur la ciudad ya entiendo porqué no figura en los itinerarios turísticos. Calcuta no es una ciudad para el visitante de un día, el que busca palacios con tules y tiendas de recuerdos en serie. Tampoco para el pusilánime ni para el que cierra los ojos a toda realidad. El viajero experimentado descubrirá que por encima de esos edificios se esconde una ciudad que late, vibra y lucha por el triunfo de la vida. Calcuta conmueve. Y lo hace porque la miseria se quintuplica. Son tales las imágenes impactantes que se ven a cada paso que el corazón se encoge y se extiende con sólo tener los ojos bien abiertos.

Atrás íbamos a dejar Calcuta y eso me ilusionaba. Nunca pensé que lo realmente duro de mi experiencia este año sería la ciudad y no la labor de voluntariado. Tuve por primera vez el impulso de salir corriendo de vuelta a España y olvidarme de tanta miseria humana, porque ser testigo visual de esas desgracias da ganas de huir. Las fuerzas flaqueaban. Fueron cuatro días muy duros emocionalmente, días en los que tuve que combatir con fuerza mis deseos de abandonarlo todo. Pero, al final, con el paso de los días descubrí que se puede ser feliz en ese gran ‘agujero negro’.