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Adiós. Autor: Javier Torres Gómez

El vagón se perdió entre las brumas del cielo y el propio vapor que despedía la chimenea de la locomotora, haciendo que mi corazón palpitara como nunca lo había hecho. Con su marcha se perdía la última oportunidad de convencerla de que se quedara a mi lado, de que yo la quería y cambiaría hasta ser moldeado a su antojo. Se trataba de un viaje que se había repetido mil veces en mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas ante las que me sentía indefenso. Su marcha significaría mi muerte en vida, un vacío infinito, un pozo sin fondo, oscuro, al que inevitable estaría destinado a caer. Profundos fueron mis ruegos en el andén y espesas las lágrimas que por fín afloraban a mis ojos tras años de eterna sequía. Ella, parecía inmune a mis sentimientos y parecía haber tomado una decisión firme.

El tren se había convertido en un espejismo, ya no se adivinaba en el horizonte, y mi corazón comenzó a acelerar el ritmo de sus pasos mientras mis ojos no podía, apartarse del vacío que había dejado en el paisaje, un cuadro sin luz en el que se hubiese consumido la esperanza, mi esperanza.

Afortunadamente, su mano se encontraba unida a la mía y el tacto de su piel me dejaba claro que se trataba de la última oportunidad. De otro modo, me vería abocado a volver a revivir la angustia que aquel viaje a ninguna parte me provocaba.

Aún hoy vuelvo a soñar con ese viaje sin retorno, su huída, una espada de Damocles que pendería sobre mí por tiempo indefinido. El silbato de mi derrota se convertía de nuevo en el sonido del despertador y, volviéndome hacia ella supe que, de emprender un largo viaje, lo haríamos juntos y abrazados.