Microrrelatos 2018

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El formato de microrrelato se adapta perfectamente a la categoría de relatos de viaje, ya que muchas veces una anécdota o historia de viaje tienen tanta o más entidad que el propio viaje en sí.

Al contrario que los relatos a concurso, que tienen que ser enviados por correo electrónico, los microrrelatos se añaden como comentario a esta sección, en la parte inferior de esta página, y, una vez comprobado que se ajusta a las bases en temática y número máximo de palabras, 195, serán validados por el moderador y publicados. Cada participante puede subir un máximo de 5 microrrelatos.

Agradecemos tu interés por participar en el XIII Concurso de Relatos y Microrrelatos de Viaje Moleskin 2018. El período de envío de microrrelatos es el mismo que para los relatos, entre el 1 de febrero y el 31 de mayo de 2018, ambos incluidos.

Añade tus microrrelatos como comentarios en la parte inferior con el nombre con el que quieres aparecer como autor. No aparecerán publicados inmediatamente porque tienen que ser aprobados por el moderador.

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7 comentarios

  1. Los caballos azules de mi viaje a Aruba
    Aruba es un país insular de los países bajos , y Curazao,
    Aruba se encuentra a 25 kilómetros de la península de Paraguaná, al noroeste de Venezuela, al sur del mar Caribe, al oeste del archipiélago de Los monjes y la península de La Guajira, y al oeste de otro país que, es Curazao.
    Aruba era considerada como una isla inútil hasta que, gracias a los caballos se dieron cuenta de que, con su intercambio se podía ayudar a que la isla se desarrollara.
    En Aruba hay una playa que, se llama Paardenbaai, o playa caballos, esa playa fue un puente natural que, facilito el comercio de los caballos desde que, comenzó la conquista española en América.
    Y una amiga que, vive en San Cristóbal, en el estado Táchira, en Venezuela, me conto sobre los caballos de Aruba, ellos eran rebaños de hasta miles de corceles que, recorrían la isla de Aruba, y su color es azul, para recordar que, salieron de un barco para galopar por las playas de la isla de Aruba, y en cada rincón del pueblo de Aruba hay esculturas de caballos azules.

  2. QUILLO

    El cabeceo del barco, de proa a popa, salpicaba de agua la cubierta y
    hacía peligrosa la estancia en la misma. Acostumbrado a estas situaciones no
    tenía miedo, y no es que me considere un hombre valiente, sencillamente me
    disfrazo de osadía cuando algunas veces surge algún indicio de que puede
    aparecer. El camarote era un lugar inestable por lo que me refugié en una
    esquina de la cubierta para fumar un cigarrillo.

    Y le vi, al pesquero sin luces peleando con las olas, sin máquinas y con
    el mar de fondo era balanceado de una a otra banda entrando agua.
    Todo se hizo con precisión, nos aproximamos a él y lanzamos unas
    escalas por las que resguardados por nosotros, subieron los hombres. Me
    hizo sonreír el comentario de uno de ellos.

    -Quillo pensé que ya no volvería a tomarme un vinito.

  3. Hanoi. Hanoi y un suspiro. Hanoi y una mujer en cuclillas fumando. Su vegetación humana. Sus deformadas calles exquisitas. Hanoi. Lo digo y apenas siento nada. Hanoi y su lava espiritual. Hanoi y sus beatíficos lagos de agua. Cruzo la calle. Las motocicletas como libélulas juguetonas. Hanoi y aquel amargo vestido europeo. Hanoi y su colonial decadencia. Ya no quedan ciudades así. Hanoi. Hanoi y esa musicalidad estúpida. Hanoi y esa melancolía francesa. Salir a cenar y escuchar el sonido de las cigarras como un coro de diosas chillonas.Territorio mítico ya domesticado. Hanoi. Hanoi y mi amor. Hanoi. Yo sí te recuerdo. Hanoi. Una herida antigua. Hanoi. Ya no quedan ciudades así.

  4. Vestía un negro furioso e impenitente. Se acercó y me espetó: ¿Muerte o viaje? Quedé desconcertado. ¿Acaso era una broma?. La miré, bobamente, a los ojos y susurré: ¿Perdone? Ella, con un gesto antiguo abrió sus labios y me escupió de nuevo: ¿Muerte o viaje?. Esta vez me asusté. Un relámpago helado y obsceno recorrió mi cuerpo. Dije despacio: Viaje. Entonces vi el reflejo de una daga. Y ella me dio muerte.

    Javier Castaño Rodríguez (El hombre que viaja).

  5. Era mi regalo de cumpleaños. El destino era una sorpresa. Me había puesto una venda en los ojos. Nos habíamos montado en un coche. Viajamos durante media hora aproximadamente. Luego paramos y escuché unas puertas automáticas y un exagerado murmullo. Sin duda, estábamos en un aeropuerto. Luego caminamos un rato. Diez minutos, diría yo. Nos paramos. Él me dijo: Ahora puedes abrir los ojos. Me quitó la venda. Vi una pantalla que ponía Bangkok. Entonces se arrodilló y me dijo: ¿Quieres casarte conmigo?. Yo contesté, con mucha serenidad: no. Le arrebaté un billete con mi nombre de las manos. Entré en el finger.

    Javier Castaño Rodríguez (El hombre que viaja)

  6. ¿Doctor Livingstone, supongo?

    Subí la cabeza. Era un muchachito blancuzco y arrogante, con voz resolutiva pero unos dientes como los de un burro. Su bigote era tan frondoso como absurdo. Probablemente sabía tanto de viajes como uno de estos tontos negros africanos de literatura. Aunque eso sí, era inglés. Eso seguro. Ese orgullo en la mirada era genuinamente británico. Sé reconocer a un inglés en cuanto le veo. ¿Qué diablos querrá? Valiente estúpido. Seguro que no ha probado un buen coño en toda su vida. ¡Que se vaya a la mierda!.

    Javier Castaño Rodríguez (El hombre que viaja)

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