Categoría: Concurso de Relatos 2010

Viaje por Tierras Salvajes. Autor: Rudy Hedemann

En tierras del virreinato del Río de la Plata, la pequeña tropa de soldados españoles al mando del capitán Martín Carrasco se dirigía hacia el norte por el llamado Camino Real, plagado de pozos, charcos y desniveles.

De vez en cuando, los hombres se detenían a descansar bajo la sombra de árboles con raíces gigantes sobresaliendo del suelo, como si flotaran en la tierra. Eran frondosos, de ramas extendidas hacia los costados como tentáculos, solitarios, perdidos en la inmensidad de la planicie salvaje.

—Son ombúes, nos sirven de guía —explicó el baquiano Flores.

A las pocas leguas encontraron cinco indios vestidos con telas tejidas a mano y partes de viejos uniformes militares. Dos de ellos estaban sentados sobre caballos sin montura, mirando indiferentes hacia el horizonte. Los otros tres vigilaban el desplazamiento del grupo con ojos sin brillo, impávidos e inexpresivos. Tenían boleadoras atadas alrededor de la cintura, moviéndolas de una mano a la otra en forma amenazadora.

—Qué caras extrañas —dijo el sargento Barca—. Fíjese capitán, parecen no tener frente. El cabello es casi una continuación de las cejas.

—¿Esos son los indios revoltosos? —preguntó Carrasco con ironía.

—Sí, hay muchos como ellos. Son brutos, sin sentimientos.

—Tienen el nacimiento del cabello muy bajo.

—Casi todos son así. En estas tierras les decimos “dos dedos de frente” a los que no saben pensar… como ellos —respondió el baquiano con una carcajada—. Pero no hay que fiarse, son peligrosos y traicioneros.

A medida que avanzaban hacia el norte, el sol se volvía más intenso y el calor aumentaba durante el día hasta hacer transpirar a los hombres y sudar copiosamente a los animales. De a poco se fueron alivianando de ropa hasta quedar casi desnudos, incluyendo al capitán.

A lo lejos, escondidos entre los pastizales o en el medio de la llanura, la presencia de los indios se hacía cada vez más frecuente. A veces se mostraban en grupos, desafiantes, y otras aparecían solitarios, alejados de los soldados, demostrando no tener ningún interés en ellos. Pero en ningún momento perdían de vista los movimientos de los militares.

—Pueden matar a cualquiera con tal de robarle el caballo —les decía Flores—. No se separen demasiado.

—No les temo a esos brutos, mi espada y mi pólvora están dispuestas —alardeó el sargento Barca.

—Nunca se confíe. Ellos manejan muy bien las boleadoras y lo pueden revolcar junto con el caballo cuando menos lo espere.

El capitán ordenó no hablar más de los indios; temía que sus hombres se inquietaran por la presencia de los salvajes.

—¿Cuándo encontraremos caravanas de carretas? Me gustaría presenciar una carneada de buey, observar cómo lo ensartan en la espada para asarlo —continuó el capitán.

Mirando el suelo con atención, Flores respondió casi de inmediato:

—Veo varias huellas. Son frescas. Ayer nomás pasaron por acá —señaló con la mano una infinidad de pisadas de animales y marcas de ruedas superpuestas.

—¿Cuándo los alcanzaremos? —preguntó un soldado.

—Hoy a la tarde. Son ocho carretas; tres con poca carga. Hay cinco bueyes sueltos y uno está cojeando, debe estar lastimado.

—¿Esos animales son los que van a carnear?

—Así es.

Los soldados, intrigados por tantos detalles ajenos a su visión, miraban atentamente el suelo, tratando de entender las señales interpretadas por el baquiano.

Cerca de las cinco de la tarde, a lo lejos aparecieron las siluetas de varias carretas.

—¡Allá están! —gritó el argento, con el brazo extendido—. Es una caravana.

Entusiasmados, apuraron la marcha casi al unísono. Deseaban ver caras nuevas, presenciar una carneada, dialogar. Alcanzaron las carretas en pocos minutos. Eran ocho vehículos arrastrados por varias yuntas de bueyes separadas entre sí. Las ruedas eran tan grandes que casi sobrepasaban el techo de cuero que protegía a los pasajeros y la carga,

Había un carretero por cada una, dominando su carro con una caña larga que llevaba un hierro afilado en la punta, como si fuera una lanza, con la que aguijoneaba el anca de los animales. Cuando uno de ellos azuzaba a las bestias, llamaba a los bueyes por su nombre y emitía gritos agudos parecidos a los aullidos de un perro.

De pronto, algunos cueros se corrieron y las caras de mujeres curiosas asomaron por la parte trasera de los vehículos. Los que caminaban al costado de la caravana se detuvieron para saludar a los recién llegados.

—Buenas y santas, Robledo —saludó el baquiano, acercándose al encargado y guía de la caravana.

—Buenas tardes, Flores ¿Qué andan haciendo por aquí?

Los dos hombres se conocían desde hacía años, habían compartido infinidad de caravanas en todas las direcciones, y sin embargo continuaban llamándose por el apellido.

—Ya lo ve, rumbo al  norte.

Robledo era delgado, alto, y su piel se había vuelto oscura de tanto sol. Pese a tener poco más de cuarenta años, su rostro afilado estaba arrugado, con surcos profundos en la piel que le hundían sus ojos, protegiéndolos del viento y el polvo del camino. Durante las travesías, nunca bajaba del caballo salvo para dormir. Si bien sonreía en muy pocas ocasiones, esta vez su cara se iluminó, mostrando grandes dientes amarillos y raleados.

—¿Adónde se dirigen ustedes? —consultó Flores.

—A Córdoba.

—¿Hoy harán una carneada? Al capitán le gustaría presenciarla.

—Si tienen paciencia y esperan a que acampemos cerca de aquellos árboles de allá, la podrán ver —respondió, mientras indicaba con la cabeza el lugar hacia donde se dirigían.

A las seis de la tarde, con el sol todavía en su apogeo, llegaron hasta donde había tres álamos gruesos y altos que nadie sabía quién los había plantado. Dispusieron las carretas en forma de círculo amplio, encendieron el fuego e hicieron los preparativos para comer, hablar y escuchar durante la noche a algún cantor con su guitarra.

Un buey arrastrando la pata delantera derecha fue conducido por un carretero hasta uno de los árboles. Allí, un muchacho corpulento con una rama gruesa en la mano se acercó por un costado y golpeó la cabeza del buey con tal fuerza que lo hizo tambalear. Poco a poco, las patas delanteras del animal cedieron, doblándose hasta apoyarse en la tierra. Finalmente, el animal se desplomó.

Inmediatamente, un cuchillo hábil se introdujo en la garganta de la pobre bestia y la sangre fluyó con inusitado caudal, salpicando la ropa del verdugo. Las extremidades se sacudieron unos instantes en una última señal de vida. Presintiendo la carneada y la presencia de desechos, ruidosos pájaros de anchas alas revolotearon sobre los álamos, al tiempo que las moscas surgieron de la nada en brigadas ávidas, molestas y perseverantes.

Otra mano experta blandió un filoso facón, abrió el cuero por la parte inferior del animal y cortó sin piedad hasta dejar expuestos los intestinos. Con dos sogas amarradas a una rama gruesa del álamo, izaron con gran esfuerzo el pesado cuerpo hasta dejarlo en posición casi vertical. Entre dos extrajeron el corazón, los riñones y las menudencias, mientras los cuchillos continuaban la tarea de separar la carne del cuero. De pronto, el suelo se había convertido en un charco de sangre y tierra resbaladiza, con desperdicios diseminados cubiertos de moscas oscuras.

Los soldados observaban la escena entrecruzándose miradas, sorprendidos por la violencia y velocidad con que todo había sucedido. No escondían sus muecas de disgusto, pero no querían perderse detalles. Si bien esa gente estaba acostumbrada a la sangre y a la muerte, como todos los soldados, la escena los había impactado. Sin comentarlo entre sí, varios pensaron que no sería bueno tener a esos hombres como enemigos en el campo de batalla.

Mientras tanto, Carrasco se separó disimuladamente del grupo y caminó hasta la sombra de una de las carretas. Sentía su corazón golpeándole en el pecho, necesitaba aire fresco, inhalar profundo para recuperarse del impacto causado por la matanza.

A pesar del deseo del grupo para pasar la noche con la caravana, cuando el asador con la carne estaba sobre el fuego, el capitán ordenó reanudar la marcha. “No puedo creer que esa comida tenga buen sabor”, dijo para sus adentros.

—Ya vimos lo que queríamos ver —les dijo a todos con cara de disgusto—. Todavía tenemos dos horas de marcha para aprovechar la luz del día. Adelante, soldados.

Después de montar con desgano, se despidieron del encargado.

Al trote cansino de los caballos, prosiguieron la marcha hasta las primeras horas de la noche. Mientras algunos desensillaban y otros encendían los fuegos, Carrasco miraba absorto el campo interminable, la llanura infinita, el verde que parecía transpirar.

Esas lunas rojizas, que todas las noches parecían surgir de las mismas entrañas de la tierra, no terminaban de asombrarlo. Sobre su cabeza pasaban bandadas de teros, patos y pájaros desconocidos, volando hacia a sus nidos con estridentes cantos.

Ante la presencia del grupo, las comadrejas, conejos y perdices corrían asustados entre los pastizales, buscando un lugar seguro. El campo entero se preparaba para pasar una noche estrellada de verano.

De a poco, la naturaleza se aquietó y un silencio que se podía oír se adueñó de la inmensidad.

—¿Qué opinan de la carneada de hace un rato? —se animó a preguntar el capitán cuando estaban alrededor del fuego.

—No me agradó ver cómo le abrían la panza —respondió un soldado con cara de disgusto.

—A mí me dio asco el manoseo de las entrañas —dijo otro.

—Prefiero pelear contra un enemigo y matarlo frente a frente, con la sangre caliente por jugarme la vida, antes que la saña mostrada por los carneadores con ese animal indefenso —agregó Carrasco, notoriamente contrariado.

Flores los miraba y escuchaba con atención. De pronto, carraspeó repetidas veces para que los demás hicieran silencio.

—Hace un tiempo fui a una corrida de toros en Colonia del Sacramento. Está del otro lado del río, en el Uruguay —comenzó a contar con voz grave.

Por primera vez desde que habían salido de Buenos Aires, Flores parecía dispuesto a decir un discurso. Todos lo miraron atentamente, sorprendidos por la reacción de ese hombre tan parco.

—Antes de entrar, nos dijeron que el torero y el toro habían llegado especialmente desde España.

Tomó un sorbo del mate, le agregó agua con parsimonia y retomó el discurso con nuevo impulso.

—Ese sí que era un animal inocente. Primero lo cansaron entre varios, lo atropellaron con los caballos, lo hicieron sangrar clavándole lanzas en el lomo. Y recién cuando estuvo medio agotado, salió el torero con un manto rojo para volver loco a la pobre bestia —miró a los ojos, uno a uno—. Después, lo mató solamente por el gusto de matar… y como si fuera poco, más tarde le cortó las orejas.

El baquiano cebó otro mate y se lo pasó al sargento, quien inconscientemente comenzó a beberlo.

—Aquí, en esta tierra, nosotros matamos para comer, por necesidad… no hacemos sufrir al animal. Allá, al toro lo martirizan y después lo liquidan por pura diversión.

Un silencio fue la respuesta.