Mimos viajeros. Autor: Bruno Celiberti

A los pies del arroyo Chapaleofú, la tarde me acaricia con una tibia brisa después de una jornada no apta para los amantes del invierno. Los mates circulan de mano en mano entre mis amigos de toda la vida, mientras yo, recostado sobre el pasto, pienso en una sola persona. “Tú tienes verde” me escribió hace unas semanas y no se equivocó.

Me imagino el lugar donde duerme como si fuese Marte, por sus descripciones y por lo que han dicho los afortunados que pisaron aquellos lares. La aridez que no conoce de lluvias a través de una ventana gobierna aquel lejano paraíso, eso es bien sabido. “Acá está despejado” me respondió cuando le mandé un vídeo de un gran temporal.

Quiero escribirle algo que le guste, que lo guarde para siempre en su corazón. El día que la conocí me enrede en palabras atropelladas y no sé si pude lograr que me conozca de verdad. Fue una misión imposible resumir mis casi 24 años en dos largas noches. “Estoy verde por viajar” es la frase que usó para cerrar el montón de ideas que me gustan de ella.

Mi capital son los viajes y lo que escribo. No soy mucho más que eso. También, puedo ser este cuento que redacto cuando todo se ilumina para que lo describa de la mejor manera. “Me encantaría tener terneros” me contestó cuando vio mis fotos. No lo puedo negar, también soy el pueblo, el verde, el arroyo y los animales que su mundo nunca tendrá.

Pero su universo tiene otro encanto. Lo visitaría sin pensarlo. Porque el verde es hermoso, es el colchón donde piso, duermo y vivo los últimos días del año. Pero mi alma me habla de conocer, de indagar, de volver a escribir. Una y otra vez. De viajar a lo desconocido, como lo haré cuando apriete enviar a todo lo escrito.

Y también siendo sincero porque, desde el verano su planeta me gusta más. Aquel día mi parcela de acampe fue un escenario árido y con un millón de piedras como la tierra cercana a su casa. Una señora me recomendó mover mis cosas hacia otro lugar, haciendo que nuestros mundos se junten por unos días, para mezclar arroyos con playas, acentos con otros acentos y también, por supuesto, mi verde y los demás colores que a mí me faltaban.

Una tarde de calor tuve una charla con Mario cerca del Cerro de los Siete de Colores. Él era un tipo de casi 30 años, lleno de tatuajes, con una musculosa negra que siempre habitaba en su cuerpo. Sin conocerlo parecía que no tenía sentimientos, pero lo cierto era que estaba triste por la reciente separación con su esposa. “Por más que me llene los ojos con colores, los oídos con las guitarras folclóricas, las papilas gustativas con mucho vino, mis latidos siguen resonando por las calles del barrio de toda mi vida”. “Nunca viajes por amor” me remató la enseñanza como si fuese mi profesor de viajes. A lo lejos me doy cuenta que yo lo doblaba en edad y quería evitar que cometa el mismo error. 

Enseguida me cambió de tema para que la charla no se vuelva más melodramática.

¿A qué hora vas a la plaza? -preguntó sonriendo.

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