Más allá de mi ventana. Autor: J. Martín Alcaid

En estos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir confinados, sobre todo si pertenecíamos a un grupo de riesgo, las salidas solo estaban autorizadas por causa de necesidad: para ir a la farmacia, al supermercado o al estanco. A nuestro regreso a casa, la puerta de entrada del domicilio se  convertía en el confín, es decir, en la raya, el límite, lo que nos separaba del resto del mundo. Traspasada aquella, era  como recluirse en la célula de un monasterio al igual que un anacoreta, haberse quedado  varado en una isla tras zozobrar nuestra embarcación (yo diría que nuestra vida) o  refugiarse en un búnker.  Menciono  este tipo de construcción defensiva  porque se nos dijo que estábamos en guerra (sic) contra un virus. Además, si habían declarado el estado de alarma, eso significaba que habían dado un aviso para que nos preparásemos  a la defensa.  Ahora,   todo dependía de las comodidades  de la vivienda de cada cual, y es que  no es lo mismo disfrutar de una casa amplia,  con terraza, patio o  jardín,  vivir  en contacto directo con el exterior,  que hacerlo en un segundo piso, sin terraza ni balcón, con solo dos ventanas dando a la calle y las restantes a un patio interior.  Y éste  era mi caso. 

    Se me antojó que me había quedado, de la noche a la mañana, en una situación parecida a la de James Stewart, ese actor lánguido, pura imagen  de la sosería, que protagonizó  en 1954 la película de suspense  La ventana indiscreta, junto a Grace Kelly, la actriz que se convertiría en Princesa de Mónaco dos años después. Interpretaba el papel de un fotógrafo, confinado en su apartamento por tener una pierna fracturada, que se dedicaba a observar el comportamiento de sus vecinos con la ayuda de unos prismáticos. A fuerza de husmear en las vidas de aquellos, llegó a descubrir un crimen. Pero la situación de aquel con la mía no era comparable; ni yo estaba recluido por un traumatismo ni estaba indagando algo sobre la vecindad. Sin embargo,  debo reconocer que se estaba produciendo un cierto cambio en mi comportamiento, tal vez provocado por el  aislamiento. En el pasado, solo echaba un breve vistazo por las ventanas para saber cómo estaba el tiempo, y poco más. 

     Las dos  ventanas  exteriores del piso  me permitían ver una parte limitada de mi entorno, o sea,  el típico paisaje de ladrillo y cemento de las ciudades.  Menos mal que destacaban dos cosas sobre la monotonía del asfalto o el color aburrido de los edificios: el  verdor del césped y de las  tres palmeras enanas junto   al rojo de las flores rojas que circundaban el centro de  la rotonda cercana, de la que solo acertaba a ver un trozo.  En la  composición paisajística figuraba una cigüeña en lo alto de una peana o pedestal, con las alas extendidas, en un vuelo imaginario sobre algún lugar de la comarca donde suelen anidar estas aves. En otros tiempos, las cigüeñas pasaban el invierno en África.  Hoy en día, con el  calentamiento global, se quedan con nosotros de forma permanente; incluso  pueden verse en lugares donde la climatología invernal es rigurosa.

    Una calle no muy ancha y parcialmente empinada, habilitada para el acceso a los garajes de las distintas comunidades, subía desde un barrio bajero para   desembocar en la  rotonda, separando mi bloque  de uno de cuatro plantas que se erguía  enfrente, junto a otros que colindaban por la parte trasera. Un poco más lejos, se alzaba  la jefatura de la  Policía Local, hoy en día desafectada. El edificio de enfrente y los contiguos ofrecían algo de vegetación junto a ellos: eran  cinco  parterres  en el lateral  de poniente. Estaban protegidos por una murallita enladrillada que servía tanto de contención como de decoración;  la tierra estaba  cubierta de césped,   con sendos naranjos en cada parcela.   Un imponente y frondoso ficus, plantado hace nueve décadas, ocupaba  el patio de la  citada jefatura, pero no  era visible desde mis ventanas. En su lateral norte  había otros árboles y arbustos de menor importancia.  Éste era, en términos generales, el paisaje  de mi entorno con su modesta flora; una flora que atraía, a  su vez, una pequeña fauna urbana. 

     Cuando levantaba las persianas, recién amanecido el día, me deleitaba con el frescor que había dejado la noche y con la presencia  de los primeros pájaros que asomaban por allí. Iba recorriendo con la vista cada palmo de aquel  cuadro animado buscando  cualquier tipo de ser vivo que acudiese a la cita, como el cazador que acecha a su presa. Había palomos grises, marrones o de un  blanco inmaculado que se mezclaban con alguna tórtola procedente de un parque cercano   y  con mirlos de plumaje negro, todos afanados en picotear el césped. No faltaban  gorriones traviesos que salían del sombrerete de alguna chimenea de ventilación como si fuese de la chistera de un mago.  Las que prácticamente pasaron inadvertidas en aquellos días fueron las  oscuras  golondrinas; únicamente acerté a ver unas cuantas, mientras que  antaño eran numerosas las que  colgaban sus nidos de barro en los aleros de los tejados o bajo  los balcones de las casas típicas andaluzas, alegrando las mañanas con su trisar. Ignoro si tierra adentro, en  esa  España vaciada de la que se habla a menudo, continuarán haciéndolo. Luego estaban los molestos vencejos que, como los cucos, son unos aprovechados.  Los segundos  ponen sus huevos en  los nidos ajenos para que   los cuiden otros pájaros; los primeros ni los construyen. Acuden a la misteriosa llamada de la migración y ocupan cualquier oquedad  para criar a sus polluelos después de haber invernado en África. Como cada año, se habían colado en el tambucho del comedor  por un espacio exiguo entre la persiana y el muro de fábrica.  Eran chirriantes, y se tiraban al vacío  desde el segundo piso, en alocada persecución,  revoloteando de forma errática por la zona durante un buen rato en busca  de  comida; al cabo de un tiempo, una vez alimentada la camada, remontaban el vuelo y se perdían por las alturas. Los veía evolucionar por encima de los edificios. Allí se quedaban hasta el atardecer para regresar con el buche lleno  y alimentar a sus hambrientas  crías. 

      Entre las aves que acudían a esa cita matutina estaban también las gaviotas. Alguna que otra patiamarilla osaba efectuar un vuelo  a la altura del segundo piso e incluso más abajo, en un planeado casi rasante,  lanzando un profundo “auua” de  reclamo o un “ag-ag-ag” de alarma.  Se me antojaba que el espacio dejado por los arquitectos entre mi bloque y el  de enfrente, cuyo color rojizo recordaba las ciudadelas  de adobe y barro  de la Ruta de las Mil Casbas de Marruecos, se asemejaba a un  desfiladero. Esta situación me  retrotrajo a un viaje que hice hace algunos  años. 

     Fue al Alto Atlas bereber y a  las gargantas del Dadès, entre Boulmane Dadès y M’semrir. El itinerario  partía de Ouarzazate, considerada por muchos  como la Puerta del Desierto, una ciudad del sur de Marruecos muy conocida por los turistas. Pude visitar   los acantilados de 300 metros de alto separados por un estrecho corredor de 20 metros. Se extienden a lo largo de 25 km y se distribuyen en cuatro series. La erosión causada por las aguas del rio de mismo nombre en  sus 200 km ha dado lugar a las citadas gargantas. Por supuesto, ni me perdí los acantilados de Tamlalt conocidos como los Cañones de los Dedos del Mono  ni las gargantas del Todra que van desde Tinghir hasta Tamtattouche. Para descender a esa zona hay que pasar ineludiblemente por una endiablada carretera serpenteante que  pone el corazón en un puño al osado y valiente viajero que circule por ella. La vida sigue siendo  dura en esa zona de Marruecos; sobre todo para las mujeres, que continúan  haciendo la colada  en el rio. En la parte del valle que va entre Kelaat M’Gouna y Bou Tharar,  a lo largo de 30 km, los lugareños se dedican al cultivo de la rosa damascena; habría sido traída por un peregrino   hace más de una decena de siglos tras un viaje a la Meca. Esta dedicación ha  hecho que se conozca esta parte del Atlas  con el nombre de  Valle de las Rosas. La cosecha de las flores se realiza en mayo, muy temprano, para que el producto tenga  una  calidad óptima. Se elaboran perfumes, aceites, jabones, etc… Las rosas tienen diversas propiedades: facilitan la secreción de la bilis, ayudan a la digestión, contienen vitamina C, y, entre otras cosas, serían afrodisiacas y anticancerígenas. De hecho, en los zocos de Marruecos se pueden encontrar capullos y pétalos secos para su utilización tanto en la cocina como en la perfumería, lo que prueba el interés que despierta esta flor. En dicho  mes  se celebra el festival de las rosas, un moussem o encuentro, con cantos y danzas en el que participan autóctonos y foráneos;  es un auténtico regalo para los sentidos. Durante dicho acontecimiento se elige a la reina de las fiestas. Lamentablemente, no pude asistir a él al no coincidir la fecha de mi viaje con la festividad.

      En uno de esos rutinarios repasos matutinos que hacía desde mi ventana,  observé que algo se movía en el balcón acristalado del segundo piso de enfrente.   Agucé  la vista, porque  la poca claridad de la estancia, con las persianas demasiado bajas y los reflejos de los cristales, me impedía distinguir de qué se trataba.  Descubrí la presencia de un gato en plena sesión de estiramientos. Cuando hubo acabado,   el animal inició el ritual del aseo, lamiéndose meticulosamente todo el cuerpo, con parsimonia. Finalizado su nunca mejor dicho “lavado de gato”, se acomodó sobre  sus patas traseras replegadas, con los miembros  delanteros extendidos  y juntitos contra el pecho, y se puso a contemplar la calle desde la pequeña mesa donde estaba subido.  A pesar de desconocer el sexo del animal,  decidí  que, para mí, seguiría siendo un gato.  Cuando los dueños levantaron las persianas, pude comprobar que no era un minino corriente; sus rasgos y color estaban  a caballo entre los de un siamés de orejas, hocico y lomo oscuros y el amarillo grisáceo o arenoso del gato montés que habita en el desierto del Kalahari, en Sudáfrica.  Estaba confinado como yo;   obviamente ni por el mismo motivo ni en las mismas condiciones. A mí se me  permitía salir aunque fuese de forma restringida, dentro de una franja horaria y a una distancia máxima de un kilómetro. El pobre gato carecía de esas preferencias que el ser humano  ha otorgado al  perro, a pesar de tener  ambos la condición de animal de compañía. Mientras que los perros son zaragateros, ruidosos y entrometidos, los morroños tienen un carácter independiente, reservado  y tímido por naturaleza; yo añadiría que hasta  conformista. Es como si deseasen pasar inadvertidos; y la mejor forma es acurrucarse y dormir. En ese periodo de confinamiento surgieron  diferencias entre estos animales: los perros  estaban autorizados a salir con sus dueños para   pasear, correr y otros menesteres;  los gatos tenían que conformarse con una caja de arena para hacer sus necesidades y una discreta vuelta por el interior de la vivienda. Los perros resultaron ser la excusa ideal  de sus dueños para eludir el confinamiento. Llegué a preguntarme quien paseaba a quien: ¿el amo al perro o el can a su dueño?

      Hasta aquel día del estado de alarma no había reparado en la existencia de mi vecino gatuno.  Supongo que sus dueños lo trajeron con ellos  cuando  se mudaron al barrio. Este  animal de compañía   ya no necesitaba hacer méritos cazando ratones como en el pasado, pero tampoco  gozaba de la misma consideración que  tenía en el antiguo Egipto. Cada vez que me acercaba a la ventana, buscaba indefectiblemente la presencia de mi  amigo gatuno. Digo bien  “amigo”; cada uno  en su territorio, separados por una calle que servía de línea fronteriza; él, desconocedor de mi soledad, sin posibilidad de escucharme  ni de recibir mis caricias; yo, sin poder disfrutar de la suavidad de su pelaje ni de escuchar su ronroneo. Era, por supuesto, una extraña relación. Sin embargo, por muy insólita que fuese, me iba a servir de acicate para pergeñar una visita que siempre había postergado: un viaje al antiguo reino de los gatos, es decir, a Egipto. 

     La historia de ese país es tan larga y fecunda como el propio  Nilo. Así que obvié la información ya trillada sobre sus monumentos, su geografía, sus costumbres, sus obras faraónicas y los acontecimientos que marcaron su existencia, y me  enfrasqué  en la búsqueda de datos sobre la presencia del gato en la vieja civilización egipcia. Mientras no  abriesen las fronteras interiores de Europa no podría visitar de nuevo el museo del Louvre donde sabía de la presencia de objetos pertenecientes a la cultura  de dicho  país árabe. También dejaría para más adelante  mi desplazamiento al Gran Museo Egipcio ya que su inauguración se había aplazado al 2021 a causa de la pandemia del Covid-19.  Construido  a la sombra de la gran pirámide de Guiza, a unos 18 km de El Cairo,   reunirá miles de piezas procedentes de varios museos del país. Seguramente que allí encontraría todo lo relativo a la adoración que hubo por los gatos en el pasado. 

     En el antiguo Egipto el gato era el símbolo de la divinidad, de la protección, de la alegría del hogar, del calor, del sol, del amor indomable y de la maternidad; su diosa, Bastet,  era, como la esfinge, un ser híbrido; a diferencia de  ésta, figura con cuerpo de león y cabeza humana, Bast  tenía   cuerpo de mujer y cabeza  de gato; su templo estaba en Per-Bastet (Bubastis), en el Delta del Nilo. Tanto este lugar como los demás dedicados  a la citada imagen viviente tenían sus propios gatos; estaban a cargo de un guardián especial cuyo título era hereditario.  

     Las leyes eran severas con los que  maltrataban o insultaban a los felinos. Quien matara uno de ellos, incluso por accidente, era ejecutado.  En caso de maltrato animal, el propio faraón carecía de poder para indultar el acusado. Si una casa se quemaba era más importante salvar al gato que la vivienda. Este  carnívoro, al eliminar los ratones, protegía las cosechas, evitando así las hambrunas y las enfermedades que transmitían los roedores. Además, cazaba serpientes. Por esta razón, era muy venerado y mimado por los egipcios.  La familia que  sufría la  pérdida de un gato se rasuraba las cejas como señal de tristeza y seguía un duelo de 70 días. Cuando moría uno, se embalsamaba el cuerpo antes de enterrarlo; más adelante, se practicó la momificación con él y con los ratones que le ponían a su lado para  pudiese alimentarse en su viaje al más allá.

      Se decía  que los ojos de estos felinos podían observar el alma humana. Según una teoría, fueron los  gatos  los que nos domesticaron y se apoderaron del mundo. De hecho, el  de Egipto habría llegado a Europa a través de España, participando con otra especie salvaje a la formación de nuestros gatos domésticos. El gato actual del sur de España sería un descendiente del Felis maniculata salvaje de Egipto. No se sabe si los gatos del citado país huyeron, como ahora lo hacen los humanos en las migraciones, cuando su número  aumentó tanto que se volvió peligroso y los habitantes empezaron a eliminarlos. Ahora carecían de su aureola divina, de estar presentes  en la vida  de los egipcios, en sus  objetos cotidianos o en sus joyas,  de ser queridos, respetados y mimados; habían pasado a ser unos proscritos.

      Dicen que “a falta de pan, buenas son tortas”, y puesto que viajar físicamente está parcialmente  vedado, me he tenido que conformar con hacerlo virtualmente a través de este relato. Mientras llegan tiempos mejores   es bueno recordar aquello de que “no  hay mal que cien años dure”.

      Yo continuaré mirando más allá de mi ventana al igual que mi amigo gato.                       

Un comentario

  1. Relato que describe muy bien la tristeza , la falta de libertad de movimientos , la soledad que hemos padecido en esos meses de confinamiento , y para nada te esperas el final del relato , como siempre el autor nos lleva a distintos confines del mundo .

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .