En la gruta marina Autor: Úrsula Melgar Arjona

Sandra nunca sintió la necesidad de viajar. En el pueblo costero donde se crió tenía a sus parientes, amistades y los recursos que necesitaba. Su vida era muy sencilla. Tanto, que podría considerarse aburrida. Sin embargo, una inesperada llamada telefónica rompió con su rutina.

    — ¡Sandra! ¡Sabías que estabas en casa!—exclamó una enérgica voz varonil, llena de júbilo.

    — ¡Ah! ¡Eres tú, Andrés! ¿Qué te cuentas?

    Andrés era un lobo de mar, bien conocido y estimado por la zona, que le doblaba la edad.

    —Pues quería ofrecerte que me acompañaras en un viaje. Se rumorea que en una gruta, a un centenar de kilómetros de aquí, se oculta un tesoro del que nadie se ha atrevido a llenarse los bolsillos. ¿No te interesa?

    —Pero si te encanta navegar solo. ¿O es que piensas compartir?

    —Como gustes. Si vamos los dos, comprobaremos si es verdad lo del tesoro. Así será más creíble.

    Sandra no lo pensó ni un instante. Le pareció una idea estupenda, aparte de que nada le impedía un pequeño viaje. Siempre disfrutaba de la brisa de mar, ya fuera en la costa o en una embarcación.

    Durante el trayecto, Andrés le comentó que quienes se atrevieron a quedarse con el tesoro en cuestión, salieron con las manos vacías; que sus miradas mostraban decepción y cierto temor. También evitaban cualquier pregunta al respecto. Ella no se sintió muy segura una vez que oyó eso. Sin embargo, el lobo de mar añadió que la gente exagera y debían tratarse de simples aficionados.

    El cielo estaba nublado, pero fue un viaje tranquilo hasta el final, sin ninguna clase de imprevistos. La boca de la gruta marina era tan inmensa que el barco pudo entrar en ella sin dificultad. Ambos contemplaron maravillados las estalactitas procedentes de su elevado techo.

    — ¿Y se supone que aquí encontraremos algo? —preguntó Sandra.

    —Seguí las indicaciones del mapa. No debe tomar mucho tiempo encontrar un baúl o riquezas.

    De pronto, un temblor sacudió el interior de la gruta; especialmente, las aguas que allí albergaban. Aunque no peligraba la estabilidad del barco, tuvieron que aferrarse a su borde. Surgió un ser marino, de aspecto antropomorfo, piel verdosa y cuerpo de escapas. Su boca emitía una serie de gruñidos que, pese a que Sandra y Andrés no entendían ese lenguaje, supieron que no eran bienvenidos. Tal vez la criatura temió por el bienestar de su hogar.

    Los sonidos imponentes de ese extraño habitante del mar, incitó al navegante a regresar al pueblo. Quizás no se percató, pero Sandra distinguió en las paredes rocosas de la gruta unos destellos dorados. Pensó entonces que la idea errónea del tesoro se debía a que las rocas resplandecían con el sol.

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