Viaje a la Sicilia de Cinema Paradiso. Autor: Pablo Montes Rincón

Los primeros acordes son suficientes. El cuerpo se engarrota. La cabeza se convierte en una nube a punto de diseminar millones de gotas de agua. Las lágrimas van apareciendo porque es imposible contenerse. Ennio Morricone consiguió lo que cualquier compositor de cine sueña. Que su melodía multiplicara la emoción de una escena. Que imagen y música engarzaran completamente en uno de los finales más maravillosos de la historia de la gran pantalla. El compendio de todos los besos que Alfredo cercenó a los clásicos del séptimo arte por culpa de la censura, pasaban ahora ante los ojos de un emocionado y maduro Totó. El mejor regalo para el espectador y, sobre todo, para el niño convertido en cineasta de éxito. Un viaje a su infancia en Giancaldo. Sí, un viaje. Porque ‘Cinema Paradiso’ nos lleva a un pueblo ficticio, pero muy real. A esa Sicilia de los templos y un furibundo e inmortal volcán. Aquella mítica Trinacia donde las hijas de Helios mimaban y cuidaban a su ganado. Una isla anhelada y codiciada a lo largo de la historia donde la mafia sigue poniendo su habitual sello sanguinario y extorsionador.

Giancaldo es Palazzo Adriano. Pero también es Cefalú. Dos localidades que resumen con matemática exactitud el espíritu de Sicilia. Esa que parece una Italia paralela separada de la península por algo más que los tres kilómetros del estrecho de Mesina. Una isla donde las carreteras se convierten en circuitos de velocidad en las que hace mucho tiempo que desistieron de repintar las marcas viales. Donde puedes estar saboreando una deliciosa ‘caponata di melanzane’ en la terraza de un restaurante de Agrigento, y la familia que está al lado celebrando el cumpleaños del abuelo, te invite generosamente a un pedazo de su tarta. 

Palazzo Adriano no figura en la mayoría de los artículos que hablan de los “imprescindibles de Sicilia”. Solo los que, mientras aterrizamos en el aeropuerto Punta Raisi nos acunamos en el asiento con las notas de Morricone, acabamos pisando sus decrépitas calles. El color miel de eucalipto de sus construcciones dibuja un paisaje urbano desordenado donde los vehículos se las ingenian para encontrar siempre un aparcamiento con maniobras imposibles. Los conductores sicilianos son los dignos sucesores de los aurigas. No cabe ninguna duda. 

Caminar por Palazzo Adriano es imaginarse el cortejo fúnebre de Alfredo. Aquel donde los personajes más pintorescos de la infancia de Totó peinaban canas y presumían de arrugas mientras regalaban medias sonrisas y miradas cómplices. De pronto el corazón se acelera. Una casona de dos plantas nos traslada al infierno. Aquel que provocó la ceguera del tierno operador. El fuego que arrasó la vieja sala de cine después de una de las escenas más enternecedoras del filme. Aquella en la que Alfredo enfoca el proyecto hacia la fachada de una casa para que los vecinos del pueblo, que se habían quedado fuera, pudieran disfrutar de la tradicional sesión. Los ojos sinceros del maestro y su alumno contemplando extasiados el singular espectáculo resumen la verdad de ‘Cinema Paradiso’. 

Mientras sobrevuela la dramática secuencia, un policía entrado en años y de aspecto desaliñado rompe la magia del momento. No estamos ante el cine que cada semana transportaba a los habitantes de Giancaldo al paraíso. La sede de la ‘Polizia Municipale’ se parece, pero no lo es. Todo fue un decorado que se instaló en Palazzo Adriano durante el rodaje y después se destruyó.

Por suerte otros elementos no acabaron hechos trizas y se pueden contemplar en el Museo Nuovo Cinema Paradiso. Allí la fantasía se afila. Volvemos a imaginar a un pícaro Totó simulando que le duele la pierna para que Alfredo lo monte en su bicicleta. Una bicicleta negra con su blanca dinamo. Con uno de esos focos de antaño que conseguían iluminar la oscuridad de la noche. Gruesa y pesada. De esas que cada pedalada era un esfuerzo ímprobo. Allí estaba. Impoluta y brillante. 

Casi dos horas por las serpenteantes carreteras del norte de Sicilia separan Palazzo Adriano de Cefalú. Sin embargo y, a pesar del tortuoso trayecto, seguimos en Giancaldo. La mente no ha viajado. Érase una ciudad a una roca pegada. ‘La Rocca’. La mole que permanece inerte protegiendo y vigilando el entramado medieval de Cefalú. Un macizo sagrado que fue morada de aterradores gigantes derrotados por la inagotable valentía de Hércules. 

El sol se quiere despedir. Su luz tenue colorea con pulcritud las viviendas que se amontonan en el dédalo de callejuelas del casco antiguo. Las farolas comienzan a titilar. Momento ideal para disfrutar de una particular sesión cinematográfica a pie de playa. No aquella que proyectó un adolescente y enamoradizo Totó cuando el verano llegó a Giancaldo. Otra muy diferente. Tan solo hay que sentarse sobre el hormigón del muelle y dejar pasar el tiempo. El Tirreno parece una piscina. Sus aguas transparentes descansan sobre un lecho de rocas y arena para sumarse al espectáculo. Puede que Cefalú sea el único lugar del mundo donde en los atardeceres se da la espalda al sol. El gran disco dorado no es el protagonista de la película. Es solamente el encargado de la iluminación. De encender el decorado y dejar que los actores improvisen. Hay que frotarse los ojos para comprender que no estamos ante una ornamentación de cartón piedra. Que ‘La Rocca’ es real. Que las desconchadas casas maltratadas por la brisa del mar, existen. Que el lavadero cincelado sobre la roca volcánica no se ha colocado allí por casualidad. Lleva en el mismo sitio desde el siglo XVI. Que aquellos que pasean por la minúscula playa o se zambullen en el agua no son figurantes. 

Cuando pensábamos que la realidad no podía superar a la ficción. Que la belleza de ‘Cinema Paradiso’ rebasaría con creces la magia de sus escenarios. Llegó la sorpresa. La música del maestro Morricone volvió a sonar, pero esta vez sin que la mente tuviera que viajar. La ‘hora mágica’ de Cefalú había sido la mejor secuela a los besos cinematográficos que emocionaron a Totó. Fine.

Un comentario

  1. Vaya maravilla conocer Sicilia con la banda sonora de Ennio Morricone. Palazzo Adriano es un destino de turismo cinematográfico que me encantaría conocer.

    Un relato fantástico que me ha llevado a disfrutar de vuestros pasos.

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