Albarracín: el vacío antes de la pandemia. Autor: Jaime Fagoaga Cano

Existe una especie de vacío antes de la pandemia. Parece una suerte de recurso de nuestra mente, que se ha desprendido de todo lo superfluo: las horas de oficina, el tráfico, las prisas, los vicios de la gran urbe… para, en mi caso, anclarse en las últimas horas en naturaleza abierta. Después de planearlo en múltiples ocasiones por fin en marzo de 2020 mi primo Nacho y yo, dos escaladores novatos con algo de experiencia en rocódromo, y ninguna en roca, nos plantábamos en la meca de la escalada en España: Albarracín. “En este sitio hay miles rocas donde podéis escalar. Aparcáis el coche en el primer parking. De ahí salen muchos caminos a derecha e izquierda donde encontrareis rocas de distintos niveles. Sobre todo, tened cuidado. No os hagáis daño”. Con estas palabras nos recibía Aitor, el dependiente gallego de una pequeña tienda situada a la salida del pueblo. Un joven veinteañero curtido por el sol, de carácter humilde, con las manos agrietadas y el aspecto de haber librado mil peligros: “lo dejé todo y me viene a Albarracín hace 5 años. Venía casi todos los fines de semana y uno de ellos decidí, simplemente, no volver”.

A unos 5 kilómetros del pueblo de Albarracín se encuentra el gran paraje natural que nos dibujó con todo lujo de detalles nuestro amigo Aitor. Se respiraba aire puro, quietud, olor a pino de rodeno, y el sabor a vino que transmiten las rojizas rocas areniscas que contrastan con el amarillo ocre de los caminos de tierra. El templo de la escalada boulder. Nuestro equipamiento: dos crashpads, pies de gato, magnesio para asegurar el buen agarre de las manos, agua, frutos secos, chocolate, pan y embutido. Por delante más de 1.500 bloques de roca. Pasábamos todo el día en la sierra. Nunca habíamos escalado tanto tiempo seguido, pero la motivación del principiante es un motor de fuerza incalculable.

Al contar con escasa experiencia dedicamos mucho tiempo a observar lo que hacían otros. En el campo es fácil entablar conversaciones, la gente es abierta. “Sobre todo hay que tener calma. Una caída a cierta altura puede ser fatal. La idea es empezar por bloques fáciles, los cuartos o quintos, para luego ir subiendo de dificultad”, decía Manuel, un escalador granadino que viajaba junto con su familia. “Venimos desde Granada, nos cruzamos media España, pero merece la pena. Es la tercera vez que venimos y siempre que podemos volvemos. La escalada en boulder es lo que tiene, que engancha”. Manuel es maestro de profesión, pero de alma escalador. Mientas devoraba una mandarina, sin quitar ojo a su hijo que ya trepaba sus primeros bloques, nos relataba que escalaba desde pequeño. “Comencé a los 10 años en el rocódromo, como vosotros, pero al poco tiempo empecé a ir a la montaña. Hoy con 40 es mi único hobby. Sueño con ir algún día a Joshua Tree, a escalar las rocas del desierto californiano”.

El granadino nos recomendó los primeros bloques. Colocamos nuestros crashpads y comenzamos la aventura: cada respiración, cada presa, cada colocación de manos contaba para alcanzar lo alto de la roca. Escalar es un ejercicio cuerpo a cuerpo con la naturaleza en el que todo lo demás desaparece. En la escalada siempre existe un punto de riesgo, pero una vez alcanzas la cima llega el chute de adrenalina, y ya estás dentro, no puedes desengancharte. Nacho y yo intentamos todo tipo de vías: desde pequeñas rocas de fácil ascenso, desplomes imposibles hasta bloques de más altura, pero alcanzables para dos aprendices. El día lo acabábamos sin fuerza en ningún músculo del cuerpo, pero felices.

Otro de los días coincidimos con Izaskun, donostiarra entrada en la treintena que trabaja en una taberna de Albarracín. “Llevo 2 años aquí. Antes vivía en Barcelona, trabaja en una multinacional como especialista en marketing: los fines de semana me escapaba a la montaña, mi gran pasión. Decidí dar un giro de 180 grados, poner la montaña en primer lugar y el trabajo en segundo”. Con mirada franca, y tras dar un sorbo a su botella de agua, nos contó que se preparaba para realizar su gran sueño: escalar el Everest. “Ahora es el momento de hacerlo, tengo la experiencia, la motivación, la forma física y mental. Nada me parará”. Como bien decía el escalador alemán Wolfgang Gullich “en la escalada el cerebro es el músculo más importante”. Estoy convencido de que Izaskun hará cumbre en el techo del mundo.

Por las noches buscábamos refugio en el bar de los escaladores: La Zahora. Es como una pequeña casa de campo, acogedora, bulliciosa, pero de ambiente relajado y bohemio, con una amplia terraza donde se dan cita los montañeros para saborear las hazañas del día. Los acentos proceden de distintas partes del mundo: español, francés, alemán, italiano… Es como si fuera una comunidad, una comunidad en la que realidades y orígenes diversos están entretejidos con un hilo común: vivir por y para la escalada. Apuramos nuestra cerveza con el cuerpo y la mente llenos de escalada. Historias y experiencias que día tras día seguirán presentes en mi mente poniendo en evidencia que todos esos retazos componen un modo de entender la vida del que, sin duda, no voy a poder desprenderme. Tras la pandemia volverá la rutina, la vida frenética, pero también la roca y el refugio de la naturaleza.

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