Oda a la Alegría. Autor: Francisco Juan Barata Bausach

      Acabamos de completar la instalación de una depuradora de aguas insalubres muy cerca de Juba, la capital de Sudán del Sur.

      Hoy por fin la pondríamos en marcha. Un montón de niños y niñas jugueteaban felices alrededor de la depuradora con sus vasitos de plástico en la mano. Sabíamos que para todos ellos era la primera vez que beberían agua de un grifo. Se acabó para esos pequeños tan largas caminatas, cargados como mulas, para tener un poco de agua en sus poblados. El proyecto estaba financiado por “ACNUR”, con la colaboración de la “Fundación  Caixabank”.

      Todos nosotros teníamos muy claro que solo era una gota de agua en el desierto más agresivo de África, pero, por lo menos, era otra gota de agua.

     Amparo, Arantxa, Oriol y yo  nos reunimos con los cooperantes sudaneses para la inauguración  del grifo. Entre todos consensuamos que el primer vasito seria para Onopkho, un niño que estaba cojito desde que pisó una mina colocada por los contendientes en guerras fratricidas, entre diversas facciones, por el control del petróleo que se suponía cuantioso.

       De una vieja radiocasete, de esas que ya muy pocos conocen, prestada  por un misionero presbiteriano, que conectamos  al generador, (a la radiocasete, no al misionero),  empezaba a sonar la “Oda a la Alegría”; nos pareció lo más adecuado para amenizar el acontecimiento.

      Sin darnos tiempo a reaccionar empezamos a recibir un sin fin de explosiones de mortero. Al poco tiempo todo lo que con tanto esfuerzo habíamos construido quedó arrasado, los barracones ardían,  destrozaron el depurador y lo peor,  niños muertos, otros sangrando y el resto llorando aterrorizados.

     Cuando las explosiones habían arrasado el campamento, aparecieron varios “4X4” conducidos por milicianos y descendieron empuñando sus Kaláshnikov”;  todos los adultos, daba igual el color de la piel, fuimos rematados a tiros por ellos; nativos enfrentados entre hermanos para dominar las riquezas del país.

      Al acabar la matanza se fueron, pero se llevaron a las niñas. A los niños heridos, esos malnacidos, ni caso les hicieron.

      Cuando pude recobrar el conocimiento y ver que aun estaba vivo, me puse en pie, rodeado de cadáveres, malherido y ensangrentado.

     Entonces lo comprendí; son demasiados los intereses neocolonialistas que pretenden impedir  la independencia económica del África más profunda. Pero no queda otra, cuando esté curado volveré, queda mucho trabajo por hacer…, hay que continuar.

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