La rellenera del Queremal. Autor: Luis Gerardo Morales Álzate

Llegar a Buenaventura, o salir de ella, por la carretera Simón Bolívar o “carretera vieja” en los años 60s 70s del siglo XX era una verdadera Odisea, que en este relato les voy a narrar mi experiencia, siendo un niño de muy pocos años quizás seis a siete años.

El día anterior al viaje, la verdad no se dormía; no veía la hora en que amaneciera, y en la mente bullían mil situaciones: se pensaba en el paseo, en el mecato, en el “estreno” (ropa nueva) que me iban a comprar en Cali, y claro en algún juguete que también me compraría papá. En esa ocasión no logré conciliar el sueño, ni pegué el ojo, y por estar muy a la expectativa que me fueran a dejar, cosa que obviamente no iba a suceder, pero, eso no lo entendía un niño.

Y llegó la hora de levantarse, todo el mundo apurado a bañarse, un corre-corre frenético, pues tocaba ir a donde estacionaban la Magola en la parte baja de Calle Nueva, un bus amarillo de una de las pocas empresas de transportes llamada flota Magadalena.  que había en el puerto de Buenaventura. Era toda una algarabía: “Que no se quede nada, que si ya se tomó el Mareol (una pastilla para evitar el mareo por el viaje), las maletas, las maletas, alguien recordaba, pero, perdón aquí entre “nos” no eran maletas eran unas cajas. Es que casi nadie tenía maletas para entonces, quizás por el exceso de la escases de plata eran unas cajas de cartón más amarradas que enaguas de beata, o más amarradas que tamal tolimense. Corra para allí, corra para allá, que vaya al baño mijo acuérdese que va para Cali y eso está lejos decía mamá; tómese el tintico mijo que por allá desayunan, no se vaya marear mijo cuando este por allá no se suelte de la mano de su papá decía la patrona como buena mamá colombiana. Había llegado la hora del viaje, al fin salíamos con papá para la estación de la Magola; de Nayita el barrio donde vivíamos a Calle Nueva donde está el bus no existía mucho trecho. Salimos a la carrilera que pasaba allí cerca de casa a menos de una cuadra y precisamente en ese momento va pasando la “mocha”, aquella locomotora un tanto pequeña que echaba humo por todo lado: por arriba un penacho de humo negro de la combustión del carbón y por abajo humo blanco del vapor de agua, motivo por el cual quedamos inmersos, y nosotros con el tiempo justo. Luego, pasamos al otro lado de los rieles y tomamos el caminito que nos lleva a Calle Nueva parte alta y al fondo haya abajo vemos los buses, amarillos de la Magola, pasamos en frente del bar Buscajà, y por fin llegamos. Papá compró los pasajes y se apresuró a meter las cajas en la bodega del bus, y vino pronto para procurarnos asientos en la parte de adelante, es que atrás eso brinca mucho, por cierto le dicen la banca de los músicos. Ya el bus está lleno, incluso al lado del chofer ponen dos banquitos, uno para el ayudante cobrador, pregonero y mecánico también, y el otro para un señor que le tocó viajar de pie.

“Cali, Cali de salida…San Marcos, Sabaletas, el Queremal, Cali, Caliiiiii”, gritó el ayudante, un señor flaco y cari ruñido, colgado de la puerta de entrada del bus. Como buen muchacho me fijé en todo y ese bus era una maravilla: el asiento del chofer parecía una poltrona forrado con un tejido hecho de lana con flecos de muchos colores, la palanca de cambios decorada igualmente , llevaba una Virgencita del Carmen ( patrona de los conductores), adornada delante del chofer, así como un perrito de adorno que se le movía la cabeza al vaivén del carro, ese perro me fascinó, es que el animalito parecía que estaba contento pues movía la cabeza de arriba-abajo cada que el bus agarraba un hueco. y sí que hay huecos. En el vidrio panorámico no había de faltar una hermosa decoración llena de flecos y borlas que lo bordea todo en múltiples colores rojo, verde, azul y amarillo, es como una cortinita fantástica. En frente del chofer a la altura de la dirección o manivela como se le decía, empotrado al bus tenía un radio con sonido muy agudo, estridente incluso a veces chirreaba. Alguien dijo: “súbale volumen a la radio para que se escuche, la melodía que sonaba era  “Quítate de la vía Perico que ahí vienen el tren”. En todas estas, el bus ya arrancó; venimos por la calle Argentina en la estación  Pacho Reina y el bus paró a recoger seis pasajeros, a quienes les tocó ir parados; uno portaba canastos con cangrejos, otro llevaba pescado, ya el bus quedó oliendo a mariscos y apenas arrancamos. Son como mínimo seis a siete horas de viaje de ahí para adelante hasta Cali.

De nuevo partimos, muy vacano, pasamos el puente del Piñal; allí se viò mucho movimiento, bastante agite en el sector, barcos madereros, barcos costaneros, barcos pesqueros platoneras, polineros, todos en plena actividad, es el palpitar de mi Buenaventura, y ese rico olor a marea a Pacifico colombiano. Pronto, pasamos por Industrias el Mangle, al fondo infinidad de corteza de mangle apilada, esperando ser procesada, y a todo el frente una torre de cemento como un obelisco, dijo papá que todo lo sabe: “son los transmisores de la emisora Radio Buenaventura que vamos escuchando, en el radio chirrión.

Pero, llegando a la iglesia del kilómetro cinco hasta allí nos duró lo vacano. ¿Qué porqué? Se acabó el pavimento de la carretera, ahí comenzó Cristo a padecer, empezó el zangoloteo del bus, y llegaremos a nuestro destino más sacudido que maraca, o que cucaracha en baile de gallinas, incluso más sacudido que “domingo de ramos”. Vamos por la carretera destapada y polvo a la lata en cantidades  y así será hasta que lleguemos a nuestro destino final.

Pocas casa a lado y lado del camino, pasamos frente al “barrio de los acostados” como le decían al Cementerio; songo sorongo llegamos al retén de la Aduana del Pailón, y como si fuésemos a pasar de un país a otro, nos dieron semejante “raqueteada” (antes se decía esculcada), esculcaban hasta en la memoria de las personas, esculcaban debajo de la caja de dientes de una viejita rezandera que iba dos puestos más atrás; a un señor le quitaron un gobelino, bien bonito parecido con la imagen del puente  San Francisco en USA; a una señora le decomisaron una decena de cigarrillos Lucky Strike que llevaba para regalar,  desamarraron nuestras cajas. Allí demoramos casi una hora, no faltó si no que nos pidieran pasaporte. Ah, y se subieron cuatro personas más, ya eran diez de pie, se acuerdan de los primeros seis de Pacho Reina y se sentaron en los descansa brazos de los asientos, así que el que va sentado hacia el pasillo del bus ya tiene media nalga ajena en la cara…je je je.

Luego, pasamos por el puente del rio Dagua, las veredas de Zacarías, Llano bajo. San Marcos, y Sabaletas, tragando tierra y polvo, ya todos somos gringos porque estamos monos (rubios), rucios del polvero y tan elegantes que nos subimos al bus hasta perfume nos habíamos echado papá y yo. Ya el radio dejo de chirriar, dejó de funcionar hace rato se le fue dizque la onda, eso me dijo papá, no sé qué es eso, pero si papá lo dice así es… se le fue la onda.

Ya llegando a la vereda  Aguaclara, pum, se le estalló una llanta a la Magola, a bajarse todo el mundo del bus, pues van a cambiar la llanta. Estando en tierra parecía que estábamos en un día de campo o de paseo, unos abrieron sus manjares, sus fiambres que llevaban, comieron, unos fiambre, que tenían gallina sudada,  otros pescado frito, nosotros papá y yo no llevamos  fiambre. Esta precaución de los pasajeros  era  por lo incierto de los viajes en ocasiones la estadía en carretera podía fácilmente llegar a uno dos o más días dependiendo de las circunstancia derrumbes, accidente, invierno en plena carretera.

El cari ruñido, perdón el ayudante del bus, y el chofer terminaron la maniobra de cambiar la llanta, y uno de ellos gritó: “nos vamossss”. Apresurados nos subimos al bus, este arrancó. Pasamos la vereda de Aguaclara, los abismos al lado derecho ponen la piel de gallina, y las historias, comienzan a brotar: “que por allá se fue una Magola y nadie sobrevivió, que más arriba se fue un camión al abismo y no lo pudieron sacar, pues la carretera es bastante tortuosa y muy estrecha, que hay sectores que solo cabe un carro”. Seguimos subiendo la montaña, y siguieron los comentarios: “que allí se fue un camión con carga y que no rescataron ni los cuerpos, que allá abajo está el carro con carga y todo”, estas historias hacen erizar la piel. “Jesús ampáranos” pensaba yo, y eso que estaba pequeño, por allá atrás se escuchó un sonido estomacal, un señor mareado vomitaba hasta las tripas, y el niño al que la mamá le había dado teta también vomitaba requesón producto del alimento

¡Ay no Jesús¡ la viejita rezandera un poco más atrás de nosotros voleaba camándula, casi desde que salimos y allí en ese sector como que aceleró los rezos, el Padrenuestros, y las plegarias, esa camándula estaba en pleno ajetreo. Ahí me asusté mucho más, pero, no se lo demostré a mi papá, pues me había enseñado que tenía que ser machito.

Había comenzado a llover. Las ventanas cerradas y empañadas. Ya no se veía bien para afuera y ahí se alborotó el olor de todos los diablos: gallina revuelta con pescado, con vómito, requesón, chucha o sobaquina, humo de tabaco y cigarrillo …si estamos contando el cuento es que somos unos valientes y Diosito es muy grande con nosotros. La Magola seguía trepando como un gato de siete suelas aquel terreno escabroso y húmedo, el chofer con mucha pericia sorteaba cada dificultad con una seguridad asombrosa, en ciertos tramos la carretera era tan estrecha que el carro que venía bajando le tocaba pegarse literalmente a la roca a la montaña, y parar, y nosotros que íbamos subiendo por la derecha y al lado del abismo, a mí me  parecía escuchar al abismo hablarme y me decía “vengaaaa, vengaaaa”.

En ocasiones las llantas traseras botaban piedras al fondo del precipicio. Solo la mano de Dios sostenía aquel bus en que viajábamos. Ya bien arriba cerca del Danubio, y como estaba lloviendo a cantaros el chofer paró abruptamente el carro, muy preocupado, nos encontramos de frente la chorrera, la cascada de agua que cae en medio de la carretera. En ese momento, y debido a la intensa lluvia la chorrera estaba convertido en una cascada aterradora, fenomenal, amenazante, peligrosa con una fuerza inusitada que todo lo destruía. De lo asustado que yo estaba y como venía cerca al chofer le escuché murmurar entre dientes “me meto o no me meto”, y comenzó otra vez la ronda de murmullos y comentarios de los pasajeros: “ que esta cascada partió una vez un carro, y que había volteado otros tantos decía un viejo que venía fumando tabaco, todo mundo tenía una historia trágica de esa chorrera de agua crecida.

En medio de semejante hecatombe se escuchó un estrepitoso sonido gutural, una señora estaba vomitando, mostrando el gourmet del día anterior, ¡Jesús¡ digo yo, y el estómago se me revolvió, vi rostros pálidos, verdes, amarillos, blancos, rucios , la descompostura era total, El chofer tomó una decisión y gritó: “agárrense que voy a pasar”. El hombre retrocedió un poco, enfiló el bus por toda la mitad de la vía, esa cascada caía con furia, la gente se santiguó, unos lloraron, apretaron sus niños, se aferraron de donde pudieron. Cerré los ojos el carro rugió, bramó, se escuchó un mazazo en el techo del bus, este se zangoloteó como si estuviera en sus últimos estertores de muerte, entró agua por toda parte, muchos nos mojamos…un silencio sepulcral, nos embargó, se podía cortar el aire con una cuchilla nadie hablaba…habíamos pasado, estábamos al otro lado de la chorrera, habíamos sobrevivido…se rompió el silencio, unos lloraran, otros rieron con nerviosismo, otros aplaudieron y de nuevo el cuchicheo: “que gracias a Dios, que ese chofer es un verraco” (valiente), y hasta al viejo parlanchín del tabaco que venía metiendo miedo sobre el sitio, parece ser que del susto se tragó el pucho del tabaco, pues por más que lo buscó nunca lo encontró.

Mojados l mayoria, pues semejante tromba de agua se coló por cuanta rendija había en las ventanillas, de los más damnificados era yo que estaba empapado pues mi ventanilla estaba trabada y a medio abrir, como ya les había contado. Bien bonito que había salido de casa, bien peinadito y ya parecía un damnificado de un avalancha el agua, y el polvo levantado por el carro en aquella carretera destapada se había adherido a la ropa en todos haciendo metástasis con el agua, la pinta de la mayoría desapareció por arte de magia, quedamos más que mugrosos, unos cuantos chasqueábamos los dientes pues el frio era intenso aterrador en ese sector todo estaba con neblina y nosotros mojados, el frio se volvió mortal, aunque tenía puesto un saquito de lana, mi padre se quitó la chaqueta que traía y me la puso, creo que de algo sirvió. Afuera no se veía nada, la neblina lo devoraba todo, el chofer manejaba casi a tientas El ayudante cari ruñido a veces se bajaba y moviendo los brazos le indicaba al chofer la ruta para no salirse de la vía…que Odisea. En esas condiciones pasamos El Danubio, un poco antes habíamos pasado por la entrada a la represa Anchicayà, pero por la neblina reinante no nos dimos cuenta.

Por fin, luego de un buen rato, y de ese bus arañar metro a metro esa montaña, con la pericia del chofer, un señor bajito, carirredondo de buen genio, como de origen boyacense o cundinamarqués, por fin llegamos al Queremal, punto obligado de parada.

Gracias a Dios íbamos a poder bajarnos, a estirar los pies bien encalambrados que veníamos, bien mojados, íbamos poder ir a hacer pipi, quien dijoooo, se viene una avalancha, una horda de “Cosacos”, de “Mongoles”, en verdad eran vendedores y le metían por las ventanillas a los pasajeros bandejas, canastos, y gritaban, vociferaban: “La empanada de Cambray, caliente los buñuelos, colaciones, colaciones, queso, queso rellena rellena (especie de embutido casero Colombiano).   Por mi ventanilla, como estaba trabada y a medio abrir, no se tomaban la molestia de arrimar.

 Yo escuchaba, cuando de repente aparece allí al frente, como en un acto divino, entrando por la puerta del bus, un ser casi mítico, grande,  irreal, una mujer acuerpada con unos brazos inmensos, todo en ese ser era grande, coronada por un turbante rojo intenso, el turbante era como ella: grande, rematado al frente con un moño blanco , la cubre una blusa y una holgadísima falda roja estampada con bolas blancas medianas, las dos piezas de la misma tela la falda le llega más abajo de la media pierna. Lleva un delantal blanco con dos grandes bolsillos, Su cara redonda y del color como el ébano, pintados sus generosos labios con un rojo carmesí, de sus orejas colgaban sendas,  inmensas candongas ella sola ocupaba todo el bus, ella era “La rellenera del Queremal”. En sus brazos sostenía una inmensa ponchera, con carne, chicharrón, bofe, chorizos, hígado, yuca, plátano, reventado, rellena, creo que en esa ponchera había al menos media vaca, y medio cerdo.

Su atención, inversamente proporcional a su figura, amable, dulce para ofrecer sus productos, creo que era la única que tenía permiso de subir a los buses a ofrecer lo que vendía, los demás vendedores lo hacían por fuera, era cuestión de jerarquía.

La señora vendía mucho, claro todo el mundo con hambre le compraba, se acercaba, sutilmente donde el niño, claro era yo, y se aseguraba de acercarme aquella ponchera, a mis ojos y mi nariz casi que bureaba, mis sentidos de la vista y el olfato, los sentidos eran fundamentales hacían su trabajo y con voz suave y celestial se dirigía a papá :”vea señor cómprele su carnita al niño”. ¡Quién dijo miedo¡, suculentos tronchos de todo que los echaba en chuspas (bolsas) de papel grueso, eso nos duraría hasta para llevar a nuestro destino y para el calentao del otro día.

Ya reconfortados subimos al bus, pronto estamos en el kilómetro 18 para llegar a Cali, se acababa la loma, comenzamos a bajar y a tragar polvo y otra vez los murmullos de la gente y las historias que: “en el Cerezo que vamos a llegar, que en esa curva se ha matado accidentada  mucha gente, que hace un mes una Magola siguió de largo, que Dios nos ampare”. Digo yo, que cuando alguien hace un comentario macabro diciendo que a esa empresa de buses le dicen “la muerte amarilla “es por el número de accidentes y el color amarillo característico de sus buses, me doy entonces cuenta que este trayecto es una verdadera”Odisea”. Continuamos, al fondo al otro lado de ese precipicio en los cerros tutelares de Cali observé un inmenso, un gigante letrero como hecho sobre la misma montaña y dice “Líneas el Gamo”, abajo del letrero, dibujado un cabrito o venado, es un gamo saltando que anunciaba una empresa de buses de color azul que es expreso Trejos, y también otro letrero del mismo tamaño allí en la montaña decía Caribú que era una marca de Jeans. Llegamos a Cali nuestro destino final. Y saber que pasado mañana nos tenemos que devolver, pero me alegra el hecho que volveré a ver de nuevo a “La rellenera del Queremal”, y saborear sus ricos manjares y sus ricas delicadeces.

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