Ilusión de verano. Autor: Astrid Gornés

Cuando tenía 16 años, mamá me envió a la isla de Barbados para mejorar mi inglés. Mamá estaba obsesionada con eso de los idiomas; desde niña me envió a muchos cursos de inglés, incluso de francés, pero de este último sólo aprendí: Bonjour – comment allez-vous – Bien et toi. Je vous mercie. Me inclinaba más hacia el idioma anglosajón, siempre fue mi favorito. Así que no reparaba en terminar todos mis estudios sin tapujos.

Estaba muy emocionada con la idea de viajar sola durante el verano, sin la supervisión de mis padres. Imaginen a una adolescente fuera del radar de sus progenitores, en una isla paradisíaca y con suficientes fondos para hacer lo que quisiera; sin duda era una situación prometedora. Pero yo no había leído las letras pequeñas del contrato y desconocía que mamá había tenido la brillante idea de dejarme en casa de unos conocidos, por temor a que perdiera mi virginidad. “¡Ay, por favor!”, pensé. Esas son cosas que no puedes evitar. 

De cualquier forma, armé mi equipaje y partí rumbo a mi paradisíaco destino. Barbados es una encantadora isla caribeña independiente, que forma parte de la Mancomunidad Británica; por ser una british island, es tan costosa como cualquier lugar del querido Reino Unido. Su población era mayormente afrodescendiente.  

Por supuesto, mamá no iba a permitirme viajar sola, así que ella decidió acompañarme un par de semanas durante mi estancia para asegurarse que todo iba a estar bien. Quince días después regresó a Venezuela, satisfecha con quienes serían mis anfitriones.

Mis hosts, eran una pareja, ella venezolana y él barbadense. Nátaly y Kevin respectivamente. La verdad es que no eran precisamente los más hospitalarios; eran bastante fríos, apenas murmuraban un breve saludo cuando me veían; eran siemplemente unos extraños con quienes tenía la desdicha de convivir.

Por su parte, el Community College de Barbados era extraordinario. Sus instalaciones, aunque no eran precisamente las más modernas, emanaban una vibra muy positiva. Contaba con 6 profesoras. Cada una tenía asignada una materia: Barbados History, Grammar 1, Grammar 2, Conversation, Listening y Written.

Mis compañeros eran en su mayoría latinoamericanos; algunos eran brasileros y muchos provenían de Colombia, Argentina y Venezuela, había un sinnúmero de paisanos. Hecho catastrófico si quieres aprender inglés. Debes alejarte de ellos, por difícil que sea. De lo contrario, el viaje habrá sido en vano, porque no aprenderás nada en lo absoluto. 

Pero era imposible no querer estar con tu gente, con tu manada de siempre. Así que comencé a fraternizar con algunos coterráneos. Uno de ellos llamó mi atención: Alexander. Un joven flacucho, moreno con un incipiente vello facial que dibujaba unas delgadas lineas en su rostro, pero con un swing latino que hipnotizaba a quien quisiera.

Habían pasado algunas semanas, pero aún no me atrevía a saludarlo; en ese entonces, la timidez era una característica de mi personalidad. Sólo me limitaba a observarlo en cada clase o en cada tertulia playera, mientras conversaba con otros compañeros. 

En las tardes al terminar las clases, solíamos ir a una playa muy concurrida por la comunidad latina, Accra Beach. Sus aguas cristalinas color turquesa la transformaban en el lugar perfecto por su sútil oleaje. Nadar en el océano era sencillamente gratificante. 

Una de esas tardes de fiesta se prolongó hasta el anochecer, lo que propició que pudiéramos hacer una fogata a la orilla de la playa. Allí se reunió gran parte del grupo, en el que por supuesto estaba Alex.  

Alex y yo intercambiamos miradas, hasta que él se acercó donde yo estaba y se sentó a mi lado. 

Hola Astrid me dijo. 

Hola Alex. Pensé que no sabías mi nombre le contesté.

Sé más sobre ti de lo que crees. También sé que eres de Valencia y vives con unos conocidos de tus padres en Oasis Park —contó él.

Vaya, me dejas sin palabras le repliqué.

Pues, estaba pensando que tal vez podríamos venir juntos a la playa el fin de semana propuso. 

Me parece buena idea le respondí. 

Poco a poco, la conversación se hizo más amena y espontánea. Comenzamos a reirnos uno del otro, hasta que Carla, una de las chicas del grupo, interrumpió nuestra conversación y tuvo la osadía de sentarse en medio de los dos. En ese instante, la magia que había surgido se apagó. Me sentí relegada. Él comenzó a seguirle el juego; de pronto, sentí como si mi presencia sobrara, así que decidí marcharme. 

En ese momento, Alex intentó retenerme. Me imploró que no me fuera, pero sus esfuerzos fueron inútiles. 

Mientras tanto, Carla se había metido al mar, desnuda, y llamaba a Alex, desesperada. 

Anda, ve con ella le dije.

Yo no quiero estar con Carla, quiero estar contigo replicó un poco alterado.

Pues no lo parece, dejaste que ella arrunirara lo que parecía ser nuestro momento. Olvídalo. Me voy. 

Así que me fui, dejándolo plantado. Sentía que me perseguía con la mirada.

Me dije a mi misma: “No voltees Astrid, por favor”, pero no resistí la tentación. 

Al volver mi mirada, él ya estaba con ella como si nada. Pasé el fin de semana en casa; no tenía animos para fiestas. Aunque sabía que no era amor lo que sentía, mi corazón estaba vulnerable ante aquella desilusión.  

El lunes, al regresar al Community College, los ví tomados de la mano como cualquier pareja. John, uno de mis amigos, me confirmó que se habían hecho noviecitos durante el fin de semana. Mi corazón no podía evitar sentirse acongojado por la decepción y el desencanto.

Pasaron las semanas. Aproveché el tiempo: avancé mucho con mis clases de inglés y, en los ratos libres, me dediqué a conocer y disfrutar buena parte de las playas de Barbados. Las del lado este de la isla suelen tener el oleaje fuerte y son excelentes para practicar surf, windsurf y demás deportes marinos.

Yo prefería las playas del lado oeste, con sus excéntricas arenas rosadas y tranquilas superficies cristalinas. Sus aguas son tan diáfanas, que a esa zona de la isla la llaman la Costa de Platino. Pasaba mis fines de semana en lugares tan hermosos como Sandy Lane Beach, Batts Rock Beach, la Bahía de Paynes y, por supuesto, mi playa favorita Accra Beach

 

Barbados es una isla coralina, de baja altitud. Por eso, a falta de montañas, es obligatorio visitar sus faros. Es los atardeceres, me encantaba subir al Faro de Punta Needhams, cerca del Hotel Hilton, y al Faro de Ragged Point. Desde esos viejos cilindros de hormigón, construidos por los británicos entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, contemplaba el inmenso Mar Caribe, sentía la suave brisa yodada acariciar mi rostro y experimentaba una plena comunión con la Naturaleza. 

Sólo una vez degusté su gastronomía cuando Kevin repentinamente decidió preparar una cena para celebrar su ascenso en el trabajo. La comida estuvo hecha a base mariscos, la especialidad fueron unos pasteles de pescado, que eran una especie de buñuelos que consistían en unas bolas fritas hechas de bacalao desmenuzado mezclado con otros menjurjes. También preparó un Pepper Pot, un plato muy popular en Barbados a base de carne guisada, aromatizado con especias y pimientos picantes, que eran tan fuertes que fueron imposible de digerir para mí. Apenas pude probar bocado, así que educadamente dejé la mesa y fui hasta Cheffette, una conocida franquicia de comida rápida y pedí una hamburguesa con papas fritas. 

 Faltaba poco para terminar el curso, cuando Alex se me acercó en la cafetería e intentó hablarme. Le apliqué la ley del hielo, pero no pude resistirme a sus palabras.

Astrid, quiero verte a solas. Por favor, ven a verme mañana en Accra Beach a las 4 de la tarde. Solo faltan tres días para que se acabe este curso. No dejes de ir me imploró.

Alex, no tengo nada que hablar contigo. Te suplico que me dejes en paz, le contesté, incómoda.

Te esperaré mañana y no acepto un NO por respuesta replicó.

En ese momento me tomó por un brazo, llevándome hasta un lugar donde nadie nos viera y me plantó un desaforado beso que se me subió a la cabeza, dejándome sin palabras. Luego de aquel beso furtivo, no pude evitar asistir a nuestro encuentro en la playa. Así que al día siguiente me dispuse ir hacia Accra Beach, me puse un lindo pero cómodo vestido playero, me maquillé sutilmente y arreglé mi cabello con unas ondas leves, sólo para él.    

Llegué puntual a nuestra cita, sin embargo Alex aún no estaba ahí. Pasaron algunos minutos, pero el seguía sin presentarse. Lo esperé más de dos horas y él nunca llegó. 

Mientras regresaba rumbo a casa, desde el autobus, lo divisé feliz junto a Carla, caminando tomados de manos en una playa cercana. 

Fue la última vez que lo ví en mi vida.

Pasé mis últimos días en Barbados encerrada en casa de Nátaly y Kevin, viendo películas en vídeo y programas de la televisión barbadense, que no es muy buena. 

Fue, sin duda, la parte menos emocionante del viaje.

Días después, regresé a Valencia. Mamá estaba contentísima: mi inglés había mejorado muchísimo, había conocido una hermosa isla caribeña… y, sobre todas las cosas, seguía siendo una señorita que había conservado su integridad. 

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