Al cruzar la frontera Brest-Litovsk. Autor: Miguel Ángel Izquierdo Sánchez

El tren Varsovia Moscú se acercaba a Brest, o a Lietuvos según los lituanos, o a Brzesc según los polacos, o como le gusten llamar, según se orienten más por la historia contada por bielorusos, lituanos o polacos.

Los pasajeros de nuestro camarín, una pareja de rusos, un polaco y yo, viajábamos holgadamente, con espacio sobrante a nuestros lados. Era la tarde y habíamos disfrutado el paisaje de ivushkas, esos pequeños y blanquecinos sauces llorones de la región, por lo que nos sentíamos relajados, plenos de aire fresco. La emoción de llegar al país de mi destino me tenía a la vez abierto a todo ser, vista y relación, ¡por fin se cumplía mi sueño de arribar a la URSS!  

En eso entró precipitadamente al camarín un señor regordete, chapeado, de ojos pequeños como maliciosos, haciéndose el gracioso.  Parecía polaco.  Nos abarcó de inmediato con su mirada, saludando como experto del camino y creo que midiéndonos uno por uno.  En un segundo procedió a esconder ante nuestras narices, entre las juntas de asientos y respaldos, debajo de los asientos y entre nuestras maletas, relojes de todas marcas y colores, que iba sacando de su maleta de mano.  Sonreía como si nos acabara de hacer un gran regalo. Enseguida sacó decenas de sobres de condones de varias marcas e hizo su distribución por los rincones e intersticios restantes.  

Yo estaba atónito: ¿qué debía hacer? ¿Y si me acusaran de esconderlos? ¿Y si el tipo se desapareciera y nos dejara con las evidencias de nuestro intento por pasar la frontera artículos prohibidos del perverso mundo occidental, tan hedonistas como vanos?  ¡Se venía abajo mi soñado viaje justo antes de entrar a la URSS!  ¡Cinco años de estudio estarían perdidos!

Eso hizo de inmediato.  Desapareció sin darnos oportunidad para señalarlo y denunciarlo.  Los demás pasajeros nada hicieron.  Yo estaba paralizado, sin aire en el pecho. Llegaron los revisores de pasaportes y visas.  Era un par de chamacos rusos militares, blanquísimos, a los que les pesaba y colgaba el uniforme y su gorra verde.  Me parecieron ivushkas delgados.  Abrieron el compartimento pidiendo nuestros documentos. Reentró entonces el temerario tipo de los condones y relojes, se sentó a mi lado, y entregó en su oportunidad a los policías aduaneros su pasaporte rojo, polaco, con una terna de condones en su parte media. ¡Qué atrevimiento!

Los muchachos se pusieron tan lívidos como yo. Ahondaron en su transe cuando con sangre fría, entrenada, el traficante de instrumentos de placer les aseguró que eran para ellos, que los tomaran. Para convencerlos, metió otra terna de condones en las bolsas de los sacos de cada uno. Con eso volvieron en sí, saliendo de nuestro camarín, suspendiendo la revisión.  

En segundos, como un desconocido, sin sonrisa alguna en la cara, aquél regordete se llevó toda su parafernalia sin asomo de agradecimiento a nuestro apurado silencio e involuntaria complicidad.  Salió como entró, con su maleta llena, negocio de millares de rublos.

Pregunté sin palabras a mis vecinos de viaje qué era aquello. Comprendieron mi susto.      

    Contestó uno de ellos: 

  • Eto smuker, nichivo (es un traficante, no es nada).

No se me quitaba la insoportable sensación de que todo mi viaje había estado en vilo, mi sueño casi fracasado,  justo al momento en que se hacía realidad.  

Por años callé esta vergonzante entrada a la Unión Soviética. ¡No le iba a dar cuerda con su relato a sus endiablados críticos!

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