Venganza. Una experiencia camboyana. Autor: Alfonso Alejandre

 

No nos lo podíamos creer, pero estábamos delante de una persona que mirándonos con cara de desdén o incluso de burla nos decía que no sólo había matado a múltiples personas, sino que también había matado y desmembrado bebés.

Estábamos en agosto del 2007 en Camboya, en Battambang, una ciudad del Noroeste del país, segunda en importancia después de la capital. Es una ciudad extensa y tranquila situada en una zona de llanuras, de  infinitos arrozales verdes. Destaca la arquitectura colonial francesa con calles amplias y despejadas. También, como en muchos países budistas, gran cantidad de templos, brillantes, pintados de blanco con detalles en verde, rojo, marrón y gran cantidad de dorados sobre todo en sus cúpulas puntiagudas apuntando al cielo. Para visitar la ciudad Auxi, mi mujer, y yo hemos alquilado una pequeña scooter que nos permite recorrer también los alrededores de la misma. Para no ir muy perdidos y poder entendernos con la gente hemos contratado a Tom que trabaja como guía local. Aparenta unos 30 años, menudo y fuerte, irradia simpatía como la mayoría de los camboyanos con los que hemos tratado. Las sonrisas que nos encontramos en este país nos cautivan. El va en su moto delante de nosotros llevándonos a diferentes puntos de interés.

Visitamos granjas donde compartimos alguna bebida y mucha conversación. Conocimos el Bamboo train toda una experiencia, recorrimos los inmensos campos de la gran llanura que ocupa esta parte de Camboya. Una infinita gama de verdes que brillan con el sol de verano, los campos anegados con gran cantidad de campesinos afanados en la replantación de los brotes de arroz, los búfalos arando el barro y mil actividades más. El ambiente es húmedo y caluroso bajo el sol del verano.

Todas estas actividades nos dan muchas ocasiones para hablar con Tom, su familia, su trabajo, su expectativas. Siempre de fondo la historia reciente de Camboya. Este país tiene una trágica historia durante los últimos años del siglo pasado. Como una carambola de la guerra de Vietnam entre 1967 y 1973 Camboya es bombardeada por EEUU con dos objetivos. Primero castigar la retaguardia vietnamita que se refugia en las selvas camboyanas y por otro lado para frenar a la guerrilla comunista de los Jemeres Rojos que amenazan con alzarse con el poder de su país. EEUU reconoce haber arrojado más de medio millón de toneladas de bombas en Camboya, el triple de las que arrojó en Japón durante la 2ª guerra mundial.

En el año 1975 los Jemeres Rojos rodean la Capital, Nom Pen, y se hacen con el poder. Pol Pot es el líder y decide que el conocimiento y las ciudades son los enemigos de la revolución. Desaloja los dos millones de habitantes de Nom Pen en una semana bajo pena de muerte y persigue a cualquier persona ‘ilustrada’ y sus familias. Maestros, médicos, enfermeras o simplemente personas que tienen gafas. No hay acuerdo en las cifras, pero entre 1,5 y 2,5 de millones de personas fueron ejecutadas, muchas de ellas después de grandes torturas, en un país con unos ocho millones de habitantes.

Todos los camboyanos tienen muchas víctimas en sus familias. En el caso de nuestro guía los Jemeres Rojos mataron a dos de sus abuelos, su padre, una hermana y otros familiares más alejados. Obviamente esto también es materia de conversación. La opinión general es que fue un genocidio paranoico y bestial, autogenocidio lo llaman algunos por ser jemeres contra jemeres, ya que el 90% de los camboyanos pertenece a esta etnia.

A causa de esta matanza el país está lleno de los denominados ‘campos de la muerte’, lugares donde ejecutaban y enterraban a los condenados del régimen. Ahora nos dirigimos a uno de ellos, Phnom Sampov o Phnom Sampeau según la fuente usada. Situado a 15 km de la ciudad en dirección suroeste. En medio de la llanura hay una elevación prominente con abruptas paredes de caliza en alguno de sus lados. Donde no hay grises paredes de caliza, encontramos un denso bosque y un camino de apenas dos metros de ancho, cubierto de cemento, que trepa hasta arriba. En la cumbre hay un conjunto de templos y pagodas.

Dada la naturaleza kárstica del lugar hay varias cuevas, una de ellas es una amplia sima situada en plena cumbre. Se bajan unos 10 o 15 m de profundidad por una escalera semicircular a su interior. A medida que nos adentramos en ella, las paredes se alejan entre si dando acceso a un amplio espacio solado con baldosas. Encontramos un estatua dorada de un buda tumbado y cerca una especie de templete con sección cuadrada y cuatro sólidas columnas que soportan un llamativo tejadillo también dorado. En los cuatro lados hay cristales, de columna a columna, formando una urna grande en la que se amontonan gran cantidad de cráneos, tibias y otros huesos. Pertenecen a algunos de los muchos ejecutados. Tom nos explica que esta cueva era uno de los campos de la muerte que tenía la ciudad. Posiblemente alguno de sus familiares repose en este lugar.

Salimos emocionados y conmovidos, al llegar arriba reparamos en que hay un cuadro en el que se ve a dos jemeres con un gran machete cada uno con el que cortan la garganta de los detenidos y los dejan caer en la sima, en la parte inferior del cuadro gran cantidad de calaveras. Al lado hay una hombre, delgado, fuma un cigarro, mirada lacónica, está junto a una mujer con la cabeza rapada y atiende una hucha y un cartel en el que dice que las donaciones para erigir el templo serán bienvenidas. Con el estado de ánimo con el que salíamos no dudamos en buscar algún billete.

Cuando le hemos entregado el dinero Tom nos dice ¿Sabes que este hombre era un jemer rojo? No me lo puedo creer, le miro y más que preguntarle le increpo. ¿Es verdad que le cortabais el cuello a los detenidos y los arrojabais a la sima? Me miró con esa cara de desdén, quizás un poco de burla, como pensando —otro turista pesado y sensiblero, se va a enterar— Sí, les cortábamos el cuello y los arrojábamos, y si eran bebés los desmembrábamos vivos y los tirábamos también. No podía dar crédito a lo que oía, una persona reconociendo algo así a un metro de distancia. Indignado me vuelvo hacia Tom y le digo lleno de rabia ¿Después de haber perdido a tantos familiares, no le arrancarías la garganta a un tipo así? Tom me mira sorprendido de mi rabia y me dice. No, si algo hemos aprendido en este país es que la sangre siempre trae más sangre. La consigna es zero revenge, venganza cero. Dejamos todo atrás porque sabemos mucho de sangre y sufrimiento.

Me quedo mudo. Venganza cero. Venganza cero, no deja de darme vueltas en la cabeza. Nos damos la vuelta y nos alejamos. Venganza cero, cuánta sangre se habría ahorrado en cuántos sitios. Qué lección de vida. Desde entonces admiro más el carácter risueño y simpático que veo en los camboyanos. Me resulta inexplicable que hayan tenido una historia así de cruel en este país.

Diciembre 2018

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