Una médico en Porcay. Autor: Rubén Suárez Carballo

Extracto del texto Tejados del Cusco, Expedición Misterio de Vilcabamba
Ruta XV 2010

 

Porcay es una aldea metida en el corazón de la Sierra de Vilcabamba, situado a los pies del imponente
nevado Camballa. Cuando ya estábamos todos juntos empezó a contarnos un poco su vida.
– Me llamo Nilson Huamán Macías. Vivo en el Cusco y a usted Dóctor – dijo mirándolo – lo reconozco
de verlo en la ciudad.
A todos se nos abrieron los ojos. Estábamos lejos de cualquier parte y más lejos aún de una ciudad, lejos
de todo y al escucharlo más inmersos que nunca en el mundo. Parecía extraño. El sol se ocultaba y la
oscuridad caía a cada segundo.
– ¿Y que haces en Cusco? – preguntó Santiago.
– Vivo allí, quiero hacer turismo.
– Pues eso está muy bien. Nosotros estamos abriendo una ruta para el turismo y esta puedes explotarla tú
trayendo a gente de fuera para que conozcan todo esto que es muy bonito. ¿Pero eres de aquí? – preguntó
el Dóctor.
– Vine de visita, mi padre es el que tiene las reservas de cerveza – refiriéndose a la tiendecita.
– ¿Y tienes más hermanos?
-Somos cinco hermanos, dos varones y tres mujeres – respondió.
– ¿Y tienes más cervezas? – preguntó otro…
Encontramos una pequeña zanja propicia para albergar la hoguera, además al estar abierta por un lado
aseguraba una proyección del calor. La niebla descendió hasta ocupar tímidamente el valle. Con ese suave
y frío telón blanco nos hicimos todos juntos una foto con Nilson sentado al lado del Dóctor. Una tienda de
cúpula plateada, un suelo de hierba verde y una cerveza de un litro ocupando el centro completaban el
resto de la estampa.
Una hora antes de que anocheciese se acercó un hombre a buscarnos. Era Benito Huilca Quipo. Había
oído que viajaba con nosotros una médica. Le pidió a Eva si podía acercarse a ver a su nieto, que llevaba
mal ya mucho tiempo y no se recuperaba.
– Lo ha visto algún médico? – preguntó Eva.
– No doctora, no lo ha visto nadie, aquí es muy difícil llegar – respondió Don Benito.
Acompañé a Eva con mi cámara de fotos para nuestro reportaje y no dejarla tan sola. Iván, el hijo de

Pascuala nos llevó el bolso con material médico y farmacéutico. Eva caminaba preocupada.
– Eva, cuando preparamos este viaje, te dije que tenías que mentalizarte para encontrarte con casos en los
que a lo mejor poco podrías llegar a hacer. Es imposible en estas condiciones de vida – le recordé.
– Si fuese en el hospital de Vigo sería diferente y es inevitable sentirme impotente –ratificó.
– Eva, si fuese en Vigo todo es más fácil aún en lo peor. A veces creo que no valoramos lo que se ha
conseguido.
El trayecto era corto y no daba para mucha conversación, además era de subida, aunque no muy
pronunciada pero sí lo suficiente para no echar carreras. Iván caminaba detrás, portando el bolso a la
espalda y el abuelo del niño lo hacía delante para mostrarnos el camino. Fui haciendo algunas fotografías,
de nula calidad pero que me servirían para recordar el momento. La casa era de las últimas de Porcay, con
el Nevado Camballa al fondo creando una postal típica de montaña. Saltamos un pequeño muro de
piedras y accedimos al terreno de la casa. El señor se adelantó. Penetró en un ambiente completamente
oscuro y cargado de humo. El abuelo salió con el nieto en brazos, cubierto con una manta. Eva esperaba
de cuclillas, a dos metros de la entrada, buscando el fonendoscopio en el bolso. Unos ojos azabaches con
brillos de miedo se fijaron en ella y después en el objetivo de mi cámara. El niño empezó a llorar asustado
mientras el abuelo encontraba asiento en el suelo de hierba y recogía al pequeño en su regazo. Eva ya
estaba lista y pidió que lo destapase.
-¿Cómo se llama? – preguntó Eva.
-Iván Michael – respondió el abuelo.
Eva intentó llamar la atención del niño para ganarse su confianza mientras pretendía retirarle unas ropas
harapientas y sucias. Su rostro era de terror. Me surgió el debate interior entre la moralidad y la fotografía
pero pensé en el testimonio que tendrían esas imágenes y yo tampoco podía ayudar de otra manera. Traté
de no molestar mucho porque el niño no colaboraba y se estaba poniendo muy alterado. De la casa salió
una mujer joven de muy baja estatura y con ropas coloridas que se dirigió hacia Don Benito. Era la madre
que le retiraba el niño para recogerlo en sus brazos. Se sentó en el suelo sobre una lana de oveja.
Empezó a desnudarlo entre tibios alaridos y pocas dosis de rebeldía. Eva soltó un bombardeo de
preguntas propias de la profesión para obtener un juicio clínico sin llegar a un entendimiento certero de
las respuestas. No comía y llevaba muchos días sin ganas de jugar y enredar. Después le hizo una
exploración que Iván, el hijo de Pascuala, siguió con mucha curiosidad mientras mi objetivo daba cuenta
de un instante muy humano. La mirada de Iván Michael era de tal expresión que intensificaba mi
sensibilidad. La historia que teníamos delante no era lo mejor del mundo. En cierta medida me recordó un
poco a la de mi padre. Una madre soltera y una vida pobre, aunque en este caso el escenario, la magnitud
del paisaje y el aislamiento semejaban convertirlo en más infortunado. La tarde enfriaba rápidamente y
Porcay hacía ya un rato largo que había entrado en una sombra que dejaba el momento en una aureola
más triste.
Eva le dio un cuarto de gramo de paracetamol y una jeringuilla de agua con isostar.
-No creo que sea más que un resfriado – diagnosticó. Esta gente no toma medicamentos y esto le ayudará
mucho. Mañana lo sabremos.

Las reservas de cerveza a las que Nilson hizo mención comenzaron a desfilar poco a poco en el
campamento. Fue un extra en la expedición con el que nadie contaba. Lo hicieron de dos en dos hasta un
total de doce que completaron las existencias de la tienda del padre de Nilson. La tertulia que se inició
después de la cena fue de lo más curiosa, tocando y debatiendo un montón de temas que unos y otros
defendíamos con los mejores argumentos posibles. Como un gotero rápido, la dosis de alcohol que nos
auto administrábamos ayudaba a que los contertulios fuésemos perdiendo las nociones de la cordura.
Entre los útiles que habíamos inventariado para la montaña, estaba una botella de gasolina como
combustible para un infiernillo. Después del fallo que habíamos tenido en la escalada al Choquezafra,
comiendo frío durante cinco días, nos decidimos a llevar dos hornillos, uno de gas y otro de gasolina y la
fortuna que esta vez nada había fallado a excepción de los cálculos en comida para la montaña. En
Porcay, el momento más álgido de la noche, el carburante empezó a servir como avivador del fuego
lanzando chorros a la hoguera. Con cada uno de ellos el Dóctor se echaba las manos a la cabeza pero
sobre todo con el primero, cuando la llamarada se avivó bruscamente sin que nadie lo esperase.
-¡Estáis locos! – gritó el Dóctor. ¡Y eso que sois bomberos y deberías de saber lo peligroso que es!
-Tranquilo Dóctor – soltó alguno entre el sonido de una carcajada colectiva.
-¿Cómo que no pasa nada? ¡Eso puede incendiar la botella y generar una pequeña explosión que deja
quemado a uno!
La conversación volvió a retomarse y también los sobresaltos cada vez que alguno del gremio cogía la
botella para descargar un poco de combustible sobre la hoguera, provocando repentinas llamaradas
acompañadas de improperios por quienes no lo esperaban.
La gasolina no duró mucho y se terminó en la tercera contribución que hicimos al fuego, manteniendo la
cara de circunstancias del Dóctor, la inquietud de Eva como médico y las risas de los demás. En un
momento de sosiego parlamentario, llegó la nota final con unos fuegos de artificio que creó Pablo. Yo vi
que lanzaba un mechero al fuego, pero ni por asomo pensé que estaría con su carga de gas casi completa.
Un mechero siempre es necesario en una expedición y no se prescinde de el así como así pero aquella
noche estábamos para descontrolarlo todo. Reventó en una curiosa explosión a la que respondimos
cubriéndonos en un sorpresivo gesto de protección.
-¡Ahora sí que estáis locos! – exclamó el Jefe. ¡Ahora sí que ya sé que viajo con una pandilla de
descerebrados! – decía gesticulando y riéndose, pareciendo un bailarín ruso en una danza típica con su
braga de cuello polar de color beige calada en su cabeza y su barba blanca.
La cerveza nos había dejado en un estado relajante, con un toque ebrio que unos, por capacidad, vivimos
de una manera más exaltada que otros, pero a fin de cuentas, por la hora y el cansancio, en una
tranquilidad apoderada de unas almas ya adormiladas.
Porcay despierta en la sombra mientras el sol golpea y hace brillar la cumbre del Camballa. En un breve
espacio de tiempo la hierba del valle también recoge el calor de los rayos y nos anima a abrir la
cremallera de la tienda. Enseguida hay vida completa en el campamento. El desayuno es abundante y las
primeras risas de la jornada aparecen con el repaso de lo vivido hacía unas horas. Nos acercamos hasta

donde estaba nuestro equipaje que se había amontonado al abrigo de unos muros de piedra de una cabaña
de la comunidad y alejado de las tiendas unos cien metros. Allí estaban los arrieros preparando el reparto
del peso para la carga de las mulas bajo la mirada de algunas mujeres que se habían acercado a
observarnos y terminando de saciar su curiosidad con preguntas a Pascuala. También llegaron para hablar
con Santi dos directivos de la comunidad, uno de ellos era Don Benito Huilca Quipo, el abuelo de Iván
Michael, para exponerle los problemas y las carencias que tienen, con la intención de que Santiago
mediase en su progreso.
-Dóctor hasta Porcay no llega ninguna trocha y tampoco tenemos luz eléctrica – expusieron los
comuneros.
-Bueno, yo trasladaré ante las autoridades sus preocupaciones pero poco más puedo hacer – explicó el
Jefe. Ahora lo que sí puedo dejarles son los primeros puntos de luz que tenga Porcay. Son unas lámparas
que se cargan con la luz del sol y que les regala una empresa de donde somos nosotros. No dan mucha luz
pero van a servir para señalar por ejemplo esta casa donde ustedes se reúnen. Es importante que durante el
día les de el sol.
Una empresa de Órdenes que fabrica lámparas solares, Rama Couselo, hizo una donación después del
proyecto que le presentó Santiago buscando su colaboración con la expedición y a la que muy amable y
desinteresadamente accedieron. Hubo que protegerlas de la mejor manera posible en las mochilas
pensando en el trasiego de bultos que supone el viaje en avión y en las mulas, además del espacio que
ocupaban y que tan necesario se hacía para nuestro propio material. Esas lámparas se dejaron en todas las
aldeas por las que pasamos. Porcay recibía dos de ellas en manos de sus representantes locales a los que
se les enseñaban una serie de recomendaciones que daba fabricante.
-¿Que tal está Iván Michael? – preguntó Eva a Don Benito. Subiremos a verlo en un momento.
-Bien doctora, a ustedes darle muchas gracias, está muy bien – respondió el abuelo. Tenía ganas de todo y
ha jugado esta mañana.
Eso nos alegró muchísimo y nos fuimos con más entusiasmo a hacerle la visita. Ahora me contentaba
haberle hecho las fotos el día anterior y completarlas con las que le haría en una historia de recuperación.
Prescindimos ya del enorme bolso de material farmacéutico y médico. Eva se limitó a otra media pastilla
de paracetamol, la jeringuilla y el bote de isostar. Remontábamos otra vez la cuesta hasta la casa,
acompañados por el abuelo y Pascuala. La penumbra del atardecer del día anterior contrastaba con un sol
cegador que alegraba el entorno y a nosotros.
-Eva, mira que son milagrosos los polvos hidratantes – bromeé. ¡Un cuarto de pastilla, agua isotónica y a
triunfar!
-A ver, si tuviese algo más complicado no se arreglaría tan fácilmente. Y tiene falta de hidratación y
mucha higiene.
Ivan Michael estaba sentado en el suelo de tierra en el porche de la casa, con una típica mantita de
colores. Su cara no se parecía en nada a la de hacía unas horas y su mirada volvió a quedarse fijada sobre
el objetivo de mi cámara. Sus ojos mostraban una curiosidad enorme para todo lo que yo hacía con mi

Sony, como si todo su recelo de la noche anterior estuviese guardado en este artilugio. No se inmutaba
con la presencia de Eva que estaba en cuclillas delante de él, hablándole para ganarse otra vez su
confianza. La madre, empezó a quitarle la ropita para que Eva lo reconociese. El pequeño no dejaba de
mirarme y soltando una llorera de incomodidad sin caer en la cuenta que no era yo quien le hurgaba en el
vientre, le estiraba las ojeras, le abría la boca con un palito, le hacía tragar otro cuarto de pastilla y le
introducía en la boca una jeringuilla con un líquido de sabor desconocido que terminaba relamiendo.
-Tiene que lavar más al niño – le indicó Eva a la madre. Necesita más higiene.
Pascuala hizo su traducción al quechua para que la madre lo entendiese pero creo que el “si mama” era
tan solo una respuesta afirmativa sin peso alguno. Eva se dirigió a Pascuala para que le preguntase si
podía coger al niño. Al principio el pequeño se rebeló un poco recurriendo de nuevo al llanto pero
enseguida se sintió cómodo y tranquilo. Un rato después volvió a los brazos de su madre que estaba
sentada en el suelo, envuelto en sus mantitas y con una cara muy diferente a la del día anterior. Un
instinto reportero me empujó a fotografiar de nuevo su rostro y su intensa mirada. Había un enorme
contraste entre las fotografías de ayer y las de hoy. Sobre todo entre dos. En una, la luz diurna aportaba
más vida a las ropas coloridas y a unas caras que aparecían serias. La otra, hecha en la penumbra de la
tarde no sé si con la exposición perfecta, refleja la intensidad del momento, la desconfianza y el miedo del
niño donde esas diferencias entre negros, marrones y beige que aparecen en la imagen, capturan la
atención. Al menos esa es la sensación que llegué a apreciar en esa fotografía cuando pude verlas
detenidamente en una pantalla de ordenador.
Volvimos hacia donde estaba el grupo expedicionario con una sonrisa.
-¿Cómo está el pequeño? – preguntó Santi.
-¡Muy bien! – respondimos a la par.
-Eso es una buena noticia.
Bajamos hasta la escuela como habíamos acordado con la profesora el día anterior. Llevamos un par de
sacos con el material escolar que le haríamos entrega. La profesora se llamaba Marta y su historia no nos
dejó, una vez más y como tantas otras, indiferentes. Salió a recibirnos a la puerta de la escuela. Hacía un
buen rato que había empezado su clase y nosotros la interrumpimos con una buena causa. Afuera, Marta
nos contó su historia. Cuando finalizó sus estudios de enseñanza se presentó a las pruebas para maestra.
-Yo soy del Cusco y quería escapar del frío escogiendo un lugar cálido para ejercer mi primer año escolar
– nos explicaba – pero ya estaban todas las plazas cubiertas, así que sin mirar señalé sobre el mapa Totora
– Porcay. Todo me parecía cerca y miren donde estoy.
A Marta se le notaba una cierta depresión más que decepción. Estaba encantada con la gente y sus
alumnos, pero el aislamiento estaba haciendo mella en su estado de ánimo.
-Además, no estoy tranquila. Estoy más bien angustiada – recalcó. El año pasado recibimos la visita de
los narcoterroristas. Mi marido estuvo viviendo aquí conmigo el año pasado pero ya se fue. La “visita”
solo fue para “informar” pero vienen con las armas y siempre dejan miedo. Ya no vivo en la escuela –
continuó – no quiero quedarme sola por las noches y voy durmiendo en las casas de la gente que son muy
amables conmigo.

Marta llevaba un gorro azul marino con visera. Debajo se descubría una cara muy dulce de tez morena,
con ojos oscuros y cejas depiladas además de unos labios carnosos y sensuales. Marta vestía ropas muy
gastadas. Una malla marrón, un jersey de cuello alto azul marino y un chaleco de pico también azul
marino. La falta de una pieza dental y su piel algo castigada empezaban a reflejar las condiciones de vida
y los embates del clima pero transmitía pura feminidad en lugares donde encontrar la coquetería parece
quimérico.
-Estoy deseando finalizar mi año en Porcay. Volveré al Cusco tan pronto lleguen las vacaciones.
En la escuela un alumno resolvía un problema aritmético en la pizarra mientras sus compañeros hacían lo
mismo en los cuadernos desde sus pupitres. Como en todas las escuelas visitadas, nos obsequiaron con
una canción que tímidamente entonaron. Recibieron su lote escolar y dos caramelos por cabeza que se
convirtieron en un enorme y dulce tesoro.
Nos despedimos de Porcay y sus gentes con una aldea alegrada por el sol, con rayos de calor y luz que
convertían todo aquel mundo aparte en un enorme y majestuoso espacio de vida. Desde ahí salimos hacia
la laguna de Waswacocha

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