Trasbordo en Vyborg. Autor: José Luis Conde Huelga

Vyborg (Federación Rusa) miércoles diez de junio, seis de la tarde.
Hemos cruzado la frontera ruso-finlandesa hace ya media hora y no sé qué hacer. Es la tercera vez que nos revisan el pasaporte desde que salimos de Helsinki.
Me apeo en Vyborg sin tener claro si volveré a subir al tren. Me dirijo al vestíbulo de la estación y cuando llego al centro de este me giro de golpe, como si hubiera olvidado algo. Y ahí está, enfundado en su abrigo oscuro, negro diría yo, y se cruza conmigo. Es bueno, es realmente bueno porque pasa a mi lado sin tan siquiera inmutarse.
Pero le recuerdo, no hay duda. Es el mismo comprador de vodka que estaba en la estación de ferry de Tallin ayer. Y es que es difícil esconderse en esa terminal. Como mucho en los lavabos, desde luego no en el supermercado de licores que permite a los fineses llevarse de vuelta a casa botellas y botellas. Es el mismo hombre del embarcadero de Suomenlinna en Helsinki.
Vuelvo a estar en el andén, podría subir al tren, buscar un asiento distinto o simplemente hacer todo el trayecto hasta San Petersburgo de pie, sin volver a mi asiento. Aquí en Vyborg tengo pocas alternativas, mi visado no me permite pernoctar fuera de San Petersburgo y no conozco a nadie en la ciudad. Es mejor atenerse al plan original.
Subo de nuevo al tren, dos vagones por delante del que corresponde a mi billete. La cafetería ha vuelto a abrir tras el meticuloso control de pasaportes de la policía de fronteras rusa. Me siento en un extremo, al menos tengo una cierta seguridad de poder ver y no ser visto. Es posible que sea falsa, producto de años acumulados viendo películas de espías o policiacas. Pero me permite descansar un poco. No me había dado cuenta de lo cansado que estoy.
Falta aún un buen rato para llegar a San Petersburgo, aprovecharé para descansar. Este es un sitio público, seguro, o por lo menos tan seguro como puedo estar ahora mismo.

Helsinki (Finlandia) miércoles diez de junio, primera hora de la mañana.
Primer barco del día a la isla de Suomenlinna en la bahía de Helsinki. Voy rodeado de trabajadores de los restaurantes y museos. No creo que sea posible destacar tanto entre la multitud, para empezar porque no hay ninguna multitud.
En Suomenlinna sólo hay museos, restaurantes y restos de lo que fue una isla bastión defensivo a la entrada del puerto de Helsinki. Tengo que encontrar el restaurante “Voro” y allí esperar nuevas instrucciones.
El camino desde el embarcadero me lleva unos 20 minutos. Dejo a mi paso museos, antiguos barracones militares transformados en exposiciones y algún pequeño café que aún no está abierto.
Cruzo un puente y a la derecha, a unos 100 metros se ve un embarcadero, o más bien un pequeño puerto deportivo, aún medio vacío.
Junto al embarcadero hay una casa de madera con aspecto de antiguo taller, con una puerta pequeña que ahora sirve de acceso al despacho de comida y a la derecha una estancia más grande, llena de mesas y bancos alargados de madera.
De mi reunión en Tallin no obtuve nada más que unas indicaciones básicas, lugar, hora aproximada, una descripción básica de la persona con la que me encontraré.
La puerta del despacho de comida está entreabierta. Entro y pregunto en inglés si hay alguien. El pequeño mostrador y la cocina que hay detrás están completamente vacíos. A la derecha sale un pasillo que conduce al comedor repleto de mesas de madera. Aún no hay mucha luz, las mesas del fondo están cubiertas por bolsas de patatas y latas de salmón. No sé qué hacer, estoy esperando encontrarme con alguien de rasgos inequívocamente nórdicos. Esa fue la escueta descripción, esa y que estaría sin duda esperándome. Esto último añadido como una especie de comentario críptico. En una de las mesas parece haber algo distinto a las patatas y el salmón. Me acerco lentamente adaptando mis ojos a la luz del fondo del comedor/almacén.
Sobre la mesa acierto a ver primero una cabeza coronada por pelo rubio pajizo abundante. Pero hay algo extraño que en un primer momento no acierto a comprender. La orientación de la cara y el cuerpo no coinciden. Hasta que me doy cuenta de que la contorsión no es natural, que el cuello debe estar necesariamente roto para que esos ojos estén fijos en mí mientras su tronco está orientado hacia la pared.
Cuando me acerco al cuerpo que yace sobre la mesa veo que tiene sobre el pecho varios papeles, que al principio no distingo pero que cuando me fijo resultan ser billetes. Billetes de tren, de avión y un visado. Sobre ellos una nota adhesiva con un mensaje escrito: for the attention of Jorge Solaz. No hay duda, es para mí. Sopeso mis opciones. Nadie me ha visto entrar, así que creo que nada voy a ganar si llamo a la policía. Por no hablar del retraso a mis propios planes. Cojo el billete y el visado, y me los guardo en la chaqueta sin rozar el cuerpo descoyuntado que sigue inmóvil.
Salgo del restaurante por donde entré, al embarcadero en donde solo están amarrados un par de veleros probablemente vacíos. En la orilla opuesta, entre los árboles, me parece ver a un hombre que me observa. Solo es un momento fugaz, prefiero no pararme a comprobarlo, echo a andar de vuelta al embarcadero principal para coger el barco de vuelta a Helsinki
Tengo unas horas antes de que salga mi tren, el billete es para San Petersburgo. El visado está a mi nombre.
En el barco de vuelta a Helsinki vamos unas pocas personas. Entre ellas un hombre de aspecto eslavo y abrigo oscuro. Le he visto antes, hace poco, pero no acierto a situar dónde.
Al llegar al puerto me pierdo entre la multitud del mercado, a partir de ahí busco la ruta más inverosímil para llegar a la estación central de ferrocarril.

Tallin (Estonia) martes nueve de junio al mediodía.
La puerta de la Casa de la Antigua Hermandad de los Cabezas Negras en la calle Pikk de Tallin recuerda lo que fue esta ciudad. Su época de gloria medieval formando parte de la Liga Hanseática. Mi cita es aquí a las doce del mediodía, según las instrucciones del eslavo que con su llamada telefónica alteró mi tranquilo día en Madrid. Eso fue ayer, ayer por la mañana, y en una rápida sucesión de acontecimientos primero me halagó al alabar mi trabajo como escritor de viajes, para después ofrecerme un encargo en el Báltico. Y sin apenas dejarme pensar, un mensajero llamó a la puerta de mi apartamento en la calle Monte Esquinza para entregarme un billete de avión a Riga.
Aquí estoy 24 horas después. ¿Por qué acepté el encargo y por tanto el billete? Porque no ando sobrado de trabajo, es una razón tan buena como otra cualquiera.
El interior de la casa de la Hermandad no conserva la antigüedad de la fachada. Estoy ahora en la recepción de unas oficinas modernas, detrás puedo ver una especie de atrio o más bien un patio en el que confluyen oficinas acristaladas.
Me recibe un hombre de mediana edad, rubio plateado, impecablemente peinado y que sonríe con cierta condescendencia. No me pregunta mi nombre, en realidad no me habla en absoluto, pero me indica que le siga y me lleva a una sala de reuniones donde me esperan dos hombres de negocios. Deduzco que lo son por sus trajes y por estar ambos absortos en la revisión de una presentación con cifras y gráficos. Cuando entro su atención se centra en mí y el más alto de los dos se dirige a mí.

  • Señor Solaz, llega usted pronto.

Habla un inglés correcto, pero con fuerte acento de Europa del este. Su socio o colega, no resulta clara la relación, me observa fijamente.

  • Señor solaz – continúa el aparente líder – en realidad esta reunión es una transición, una excusa también para conocernos en persona. No me presentaré aún. Nos interesa de usted en especial cómo afronte este viaje, cómo lo gestione. Porque luego le vamos a pedir que lo relate también, así que cuanto menos tiempo le robemos hablando de nosotros mismos, mejor. Así que hablemos de la siguiente etapa señor Solaz.

Dice esto mientras deposita en la mesa un sobre marrón. Y después continúa:

  • En este sobre dispone de todo lo necesario para viajar a Helsinki. Y algunos detalles más para una vez esté allí. ¿Alguna pregunta?
  • Las condiciones económicas que me ofrecieron ayer asumo que se mantienen. Hasta ahora he tenido que adelantar gastos, algo que no suelo hacer.
  • Señor Solaz, si está usted aquí hoy es porque su interés va más allá de nuestra oferta económica. Pero sí, mantenemos lo ofrecido. Y ahora, si nos disculpa, estamos ocupados y usted puede aprovechar aún algunas horas para visitar esta hermosa ciudad.

No tengo tiempo para más conversación, el recepcionista se materializa sigilosamente en la puerta de la sala y me urge con la mirada a acompañarle. Salgo a la calle, giro a mi izquierda y me encamino a la plaza del Ayuntamiento. Unas pocas horas hasta coger el ferry a Helsinki, suficientes para visitar lo esencial de la capital de Estonia.

San Petersburgo (Federación Rusa) miércoles diez de junio, diez de la noche.
Tal y como indicaba la nota que encontré junto a los billetes y el visado, tras llegar a San Petersburgo he venido hasta el número 16 de la ribera del Canal Griboedova. El portal está a unos metros de la Avenida Nevsky. Uno de esos portales rusos que dan paso a un patio interior donde se encuentran los verdaderos accesos a cada edificio.
Al otro lado del canal haciendo esquina con la Avenida Nevsky, el edificio Singer. Pocos sitios habrá más concurridos en esta ciudad.
He venido andando desde la estación de Finlandia, cruzando el río Neva por el puente Liteynyy. Tras bajar del tren me he asegurado de que nadie me seguía. Un trayecto que andando no dura más de cincuenta minutos, hoy lo he hecho en algo más de dos horas. Varias veces he vuelto sobre mis pasos, en lugar de tomar la ruta más directa he seguido la ribera del río Fontanka hasta llegar a la Avenida Nevsky.
Subo al cuarto piso, sin ascensor, estamos en el San Petersburgo antiguo. La puerta de la derecha está entreabierta. Por ahora todo se ajusta a las instrucciones del sobre que me entregó el hombre de negocios de Tallin, mi cliente.
Un largo pasillo apenas iluminado conduce a una sala vacía de altos ventanales con vistas al canal. Entre medias de dos de esos ventanales está de pie mi misterioso perseguidor de Vyborg, Helsinki y Tallin.

  • Llega usted puntual señor Solaz.

Su inglés es casi ruso, tal es el grosor del acento con el que lo habla.

  • Ha seguido usted las instrucciones con precisión. Mi socio de Tallin se ha tomado todas las molestias necesarias para asegurarse de que nos encontráramos aquí y ahora. ¿Habla usted ruso señor solaz?
  • Lo entiendo, pero mi fluidez está bastante oxidada.
  • Bueno, prefiero usar mi lengua materna y si usted la entiende, mejor. Señor Solaz, ¿por qué este encuentro? Mi socio de Tallin primero me citó en Suomenlinna. Allí encontré un cadáver. ¡Ah! soy prudente y llegué al embarcadero antes de la hora acordada.

El ruso hace una pausa en su relato y se acerca a mí. Facciones eslavas, cincuenta y pico años, pero quién sabe, siempre parecen más envejecidos de lo que realmente son.

  • Allí en Suomenlinna señor Solaz, entendí que usted debía tener un mensaje para mí. ¿Sabía quién era el cadáver? Un enemigo de mi socio de Tallin y mío. ¿Fue usted señor Solaz? ¿Lo mató usted?
  • No, no tuve nada que ver, allí simplemente obtuve nuevas instrucciones.
  • ¿Qué instrucciones señor Solaz?
  • Continuar mi viaje a San Petersburgo, llegar hasta este apartamento, reunirme con quien estuviera aquí… y matarlo. Me temo que su socio tiene planes propios y que además no perdona la traición.

El ruso me mira inexpresivo. Está a un metro y medio de mí. Sopeso las diferentes opciones. Es un poco más bajo que yo, no parece en forma. Ir a por la carótida es la opción más efectiva.
Cuando hago presa sobre su brazo derecho y con mi brazo izquierdo empiezo a asfixiarlo, está desprevenido. Suele pasar, mi aspecto no va acorde con movimientos rápidos y precisos, mucho menos con el objetivo de matar. En unos segundos su forcejeo se vuelve menos robusto y al cabo de un minuto el ruso está completamente inconsciente. Sin embargo, sigo aplicando la misma presión durante otros tres o cuatro minutos. Esta es la parte más difícil, mantener el mismo nivel de fuerza y asegurar el desenlace deseado.

Aeropuerto Internacional Pulkovo (San Petersburgo) medianoche del miércoles diez de junio.
Mi encuentro con el ruso no duró más de quince minutos. Nadie encontrará su cuerpo hasta pasados varios días, mi cliente lo tiene previsto así.
Mi vuelo a Madrid no sale hasta las ocho y media, así que no me queda más remedio que planear una combinación de paseos y descansos en este aeropuerto, ya de por sí no muy acogedor.
Mi cliente habrá verificado ya el servicio realizado y efectuará el pago. Esto me da un respiro, entre la remuneración de este servicio y la publicación en Condé Nast Traveler de este viaje singular Madrid-Riga-Tallin-Helsinki-San Petersburgo-Madrid, me recuperaré de las últimas inversiones hechas. La liquidez, siempre la liquidez.
Va a ser una noche larga, mejor aprovecho para tomar notas de estos últimos 3 días, voy a adelantar un poco de trabajo.

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