Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. Autor: Johana Milá de la Roca Cabrera

El bisabuelo se levantó, caminó a la ventana y se encontró con un repetido día gris, nubes llenas de agua y rayos amenazantes, un día más de precariedad, frío y lluvia, un día más de hambre. Mucho había escuchado del barco que zarpaba a América el siguiente domingo, él tenía las ganas y la garra, no tenía el dinero y no le importaba. Iría al otro lado del océano en ese barco de la manera que fuera. Consiguió una caja de cartón, metió dentro sus pocas cosas, besó a la abuela sabiendo que no la vería más y se encaminó al puerto y logró subir al barco. Pasó un par de meses en alta mar y llegó a las tibias aguas del Caribe, después de pasar por tres países y buscar el lugar donde se sintiera como en casa, consiguió su espacio y se estableció. Allí trabajaría mucho, haría familia y viviría tranquilo el resto de sus días. Cien años atrás, su tatarabuelo hizo un desplazamiento similar, dejando atrás todo lo que conocía y llenado su camino de aventuras y nuevas vivencias.

Un día, ya adulto, pensaba en su viaje en barco, en lo orgulloso que estaba de haberlo hecho y reflexionaba que la muerte no es la única cosa que es ley de vida, los desplazamientos también lo son, en alguna generación se manifestarán y la cultura del mundo estará en manos de todos por igual.

El abuelo decidió quedarse en el mismo lugar siempre, no sentía la necesidad de moverse, estaba a gusto con su vida, con su entorno, le gustaba el clima, la vegetación, estaba satisfecho, era su ambiente, su zona de felicidad. Veía con escepticismo a las personas que hablaban de mudarse de ciudad o de país, le generaba inseguridad, miedo. Pensaba para sí, que a lo mejor por ser hijo de un inmigrante le daba temor dejar la tierra que su papá había encontrado para establecerse, las raíces apenas se estaban fortaleciendo en este nuevo espacio y él quería hacer ahí su vida, hacer crecer a su familia, trabajar, progresar y danzar al ritmo de la tierra que escogió su padre.

Un día, ya adulto, pensaba en su decisión de quedarse, en lo orgulloso que estaba de haberlo hecho y a pesar de haber escuchado a su padre decir que los desplazamientos eran ley de vida, él entendió que su misión era cuidar y ser parte activa y en sintonía con la tierra que, muchos años antes, su padre escogiera para vivir.

La madre siguió el ejemplo, ayudó a la familia a fortalecer esas raíces, trabajó con tesón los días que fueron necesarios, continuó su herencia con mística y ética, fue empleada, después jefa y consolidó su patrimonio para dejarle a sus hijos la continuación del legado iniciado por su abuelo. El clima político no era muy saludable y empezó a invertir en monedas más confiables, comenzó a buscar pisos legales más sólidos en otras tierras, no quería abandonar su casa porque era su lugar, el producto de su esfuerzo, su hogar, pero no descartó la idea, pensó que a lo mejor sus hijos tendrían eventualmente que partir, les daría su bendición, su amor y las cosas buenas que había aprendido en la vida para que a donde sea que se establecieran, en algún momento se encontrarían de nuevo.

Un día, ya adulta, recordaba que había crecido escuchando que desplazarse es ley de vida. Aún con los años que tenía no le molestaba pensar en mudarse, estaría acompañando a su familia y eso hacía que la aventura fuera más atractiva.

La hija, independientemente de la situación país que le tocó vivir, tenía ese espíritu desarraigado en el que sólo sentía el llamado de un avión para ir a conocer nuevos lugares. Creció escuchando que eso es ley de vida y ella nació para viajar, conocer, interactuar, quedarse un tiempo en algún lugar y luego continuar y adentrarse en otra aventura que la hiciera establecer lazos de amistad con diferentes personas. A veces se sentía culpable por no querer quedarse, pero esa necesidad de moverse era más fuerte.

Ella nadaba en sus pensamientos mientras Jorge Drexler cantaba ♫Somos una especie en viaje, no tenemos pertenencias sino equipaje, vamos con el polen en el viento, estamos vivos porque estamos en movimiento

Siempre habrá quien se oponga, quien opine sin que se lo pidan, también estará quien apoye incondicionalmente, al que no le importa, el alma viajera que se identificará inmediatamente, siempre estará el que no le gusta relacionarse con extranjeros, igual que el que habla con todo el mundo. Siempre estará el nómada y siempre estará el sedentario, es sólo cuestión de entender que las perspectivas son diferentes y que cada quien continúe su camino. No hay nada de malo en cruzarse con cada uno de estos personajes porque todos sin excepción tienen algo que enseñar y también algo que aprender.

Drexler seguía sonando ♫Nunca estamos quietos somos trashumantes, somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes

Siempre estará el viajero que le tocó moverse porque la guerra lo obligó, también estará el que se fue porque no le gustaba su realidad, el que se enamoró y se fue en busca del amor de su vida, siempre habrá alguien que quiera llorar porque añora el terruño, quien no quiera voltear a ver lo que está dejando atrás, el que va feliz porque se abrirán oportunidades, el que quiera aprender un idioma nuevo y que no quiera saber nada más, todos se mueven por alguna razón y si te cruzas con alguno, se empático, no sabes si las fronteras las tuvo que cruzar a pie o sabe que no verá más a alguien que quiere.

Un día, ya adulta y habiendo vivido en seis países diferentes, pensaba que a lo mejor en la ciudad en la que se encontraba sería donde se establecería, se tomó un té, caviló y se dijo a sí misma “no te mientas, ser nómada no es un tema de edad es un tema de disposición”. Lo que más preocupaba era la familia, pero ellos siempre estarán en uno y uno en ellos.

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco, de ningún lado del todo y de todos lados un poco

13 comentarios

  1. Joha super fresco y realista…en tu relato estamos todos!!! Pero tu volando!!! siempre sonriendo hasta en los momentos mas duros ..eres maravillosa con tus escritos nos llevas vip a cualquier parte que quieras!! Te felicito!!Gracias !!

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