Madrid ya no es lo que era. Autor: Ernesto Osvaldo Borgia

Como dice Sabina, “en un vuelo regular pisé el cielo de Madrid”. Fue allá por marzo de 2002. Viernes 8, para ser más exactos, el Día Internacional de la Mujer. Desde Barajas, y por los túneles de su ahuecada ciudad, llegué a Callao. Respiré su aire viciado de viernes. 

Ahí nomás, a un paso, el “Hispano América”, cuna de mi primera noche. En un cajón acomodé la ropa y mis primeras sensaciones; luego me entregué a la ducha y salí a dar una vuelta. Gran Vía, Plaza España y el Palacio Real, en ese orden. Plaza Mayor, Puerta del Sol y, cerrando el círculo, otra vez Gran Vía. Volví al hostal. 

Habíamos quedado en vernos a la salida de su trabajo. Él llevaba un año y pico en Madrid, yo podía contar las horas con los dedos de ambas manos, y me sobraban dedos. Él ya formaba parte del engranaje madrileño, yo era, apenas, una de las miles de piezas del puzle argentino que había volado por los aires.

Las luces de la Plaza Santa Ana iluminaron nuestro primer abrazo madrileño. Tres años habían pasado de aquel último, en Buenos Aires. Las preguntas no daban respiro a las respuestas. Yo estrenaba dudas, él repartía consejos. Se levantó el telón.

A la mañana siguiente, unas cañas en Lavapiés. A la tarde-noche, un par de vinos en La Latina. La fiebre de ponerse al día causaba mucha sed. El domingo pasé el día solo, él tenía un compromiso en las afueras de Madrid. Fui a conocer el Parque del Retiro.

Entré por la esquina que da a la Puerta de Alcalá y tomé uno de los paseos, el que rodea el estanque. Caminaba un poco y me detenía, así varias veces. Respiraba verde, respiraba vida.

Hice un alto en un puesto de prensa. Me acerqué y le eché un vistazo a las portadas de los periódicos; era mi primer contacto con la prensa española. Una de las portadas me llamó la atención, la de “Las Provincias”, el diario de Valencia. Casi ocupando un cuarto de página, la fotografía de una falla a medio montar. Compré el periódico.

Seguí caminando un poco más y me acomodé en un banco. ¡Cuánta paz!, murmuré, mirando al cielo. Era inevitable pensar en la vida que había dejado atrás. Retomé el contacto con el periódico. Le eché una ojeada al resto de la portada y, lentamente, con la parsimonia que obliga un domingo, me fui sumergiendo en su interior.

Debo decirlo, me enteraba de poco, más no me importaba. Lo que sí me despertaba una cierta curiosidad era encontrar la sección de anuncios. Sabía por comentarios que, para vivir, Valencia era más económico que Madrid. Y Valencia, en realidad, siempre había sido mi primera opción. Solo el hecho de que él estuviera en Madrid hizo que yo cambiase mis planes.

El mar era un imán, y aquel anuncio de “habitación en piso compartido” con el que se chocaron mis ojos, era de una aleación perfecta. Entre ambos quedé atrapado. Al instante, me di cuenta de que ya no cabían muchas más horas de Madrid en mi reloj.

A la mañana siguiente, antes de desayunar, llamé al teléfono de aquel anuncio. Una cama, muy cerca del mar, se disponía a esperarme. A la noche fui a cenar a su casa pero la noticia la dejé para la sobremesa. Le dije que no era seguro, que tal vez, que me lo estaba pensando. Pero en realidad, lo tenía decidido, en un par de días me iría para Valencia.

Aún resuenan en mis oídos sus “no te apresures”, “recién llegas”. Sí, así, sin el clásico acento argentino en las últimas vocales; Madrid se los había devorado. No le hice caso, es lo que tenemos los “cabeza dura”.

El martes, a primera hora, lo llamé. Por un lado, necesitaba confirmarle que me iba; por otro, quería quedar para despedirme. Él iba muy justo de tiempo, quedamos en vernos el miércoles. Nos encontraríamos por la tarde, como el primer día, a la salida de su trabajo.

Lo primero que me soltó en aquella terraza, antes de que el camarero viniese a tomar la comanda, fue: “¿Estás seguro?”. Asentí con los ojos cerrados. “¡Vale!”, deslizó, y no volvimos a hablar del tema. Nos trajeron las cañas.

Me preguntó si tenía algo que hacer, le respondí que no. Me propuso estirar el atardecer y me invitó a cenar. “Eso sí, con una condición”, amenazó, apuntándome con el dedo índice: “La próxima invitás vos”. Y al acentuar, esta vez sí, la última vocal, sonó alto y claro: “¡En Valencia!”. Brindamos por ello, por una futura cena junto al Mediterráneo.

En la mañana del jueves, y ya desde Atocha, le hice la última llamada antes de partir. Mi tren, el Regional, salía a las doce en punto. Nos comprometimos a que no pasase mucho tiempo antes de volver a vernos. Volvió a insistir, al otro lado de la línea: “¿Estás seguro?”. Pero esta vez soltó una carcajada, y a continuación un “hasta pronto”.

El siguiente encuentro se demoró un poco más de lo esperado pero, contra todo pronóstico, se repitió la sede: Madrid, año y pico después. A partir de ahí, Atocha y Valencia, nos vieron abrazarnos a menudo. Juntos dejamos huellas por el Paseo del Prado, La Castellana, Goya, Tirso de Molina, Malasaña. Por El Carmen, Ruzafa, El Cabañal, La Malvarrosa. De día, de tarde, de noche. Con sol, con viento, con lluvia.

Y caminamos Toledo y Segovia. Y Ávila y Salamanca. Y Pedraza y Albarracín. Y la arquitectura negra de Guadalajara y la arquitectura blanca de Altea. Siete años gastando suela aquí y allá. ¡Cuánto! ¡Qué poco! Y una noche, con la “Luna de Valencia” como testigo, volvimos a despedirnos. Y otra vez un “hasta pronto”. Pero qué mentiroso resultó aquel “hasta pronto”.

Los cuatro párpados no resistieron. “¡Los machos no lloran!”, le susurré al oído. Nos reímos. Prometí ir a visitarlo, pero esta vez no iba a poder ser en el Regional de las 12. Según tenía entendido, el tren no llegaba hasta Argentina.

¿Y Madrid qué?, me pregunta su recuerdo alguna que otra noche. Y, Madrid ya no es lo que era, le respondo. Es más, ¿sabes una cosa, Sebas? –joder, ahora fue Valencia la que me devoró a mí el acento en la última vocal-, ya no le doy más bola a Sabina. Ya no me bajo en Atocha, ya no me quedo en Madrid.

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