La Casa Azul de Villa Pampilla. Autor: Sandra Vidal Binasco

Era una tarde de Setiembre cuando llego al local  donde trabajaba la bulliciosa señora Maria Elena, había realizado un tour con unos clientes, llevándolos a conocer más allá de lo permitido, como ella decía. Y entonces con su forma de hablar tan característica, me dijo:- Si vas a esa tierra de donde he venido, te mueres de la emoción. Tu serias feliz allá, lejos del ruido de la ciudad, con los cerros como vecinos, las chacras verdes, el cielo celeste, el sol brillante por las mañanas y literalmente nada de contacto con la modernidad  (no hay señal de internet ni de telefonía móvil), es la esencia pura de lo natural como a ti te gusta. Y desde que escuche el nombre, tan curioso, de aquel en los labios de María Elena, algo dentro de mi retumbo diciendo en cada latido del corazón: Debes ir

Tarde cuatro años para lanzarme a la aventura y así un día de mayo enrumbe hacia la tierra donde el demonio convertido en una gran serpiente fue capturado en una olla de barro por un cura español, como muestra está la olla y la cabeza del reptil, transformados en piedra ya por el paso de los años, adornando la entrada de aquel pueblito tan sencillo para algunos pero tan enigmático para mí, el pueblito de Villa Pampilla.

A dos horas y media de la ciudad de Lima  (ojo siempre y cuando el que maneje el auto sea el popular chavo, mi chofer en los viajes hacia la sierra limeña) esta  Villa Pampilla. Un pequeño anexo del distrito de Espíritu Santo de Antioquia, en la provincia de Huarochirí. Sin una pista asfaltada, sin una posta médica, sin una farmacia y sin una escuela pero tan fascinante para mí. 

Luego de recorrer los caminos empotrados en los cerros desde donde se podía divisar al fondo del abismo uno de los pocos ríos limpios que quedan en la capital, hicimos nuestra primera parada en San José de Nieve Nieve,  caminamos unos diez minutos por una quebrada seca para ingresar a lo que en épocas pasadas fue tal vez un templo inca, restos arqueológicos en muy buen estado nos indicaban que ese viaje estaría lleno de magia. Bebí un poco de refresco de membrillo, hay que mencionar que todo ese valle está repleto de ellos, ideal para el calor que se siente durante el día por esos lares y proseguimos. Me había propuesto que ese día no regresaba a Lima si no llegaba hasta Villa Pampilla, así me tomara todo el día hasta llegar allí.

Luego de almorzar en Antioquia, con sus calles empedradas y sus casas pintadas con colibríes y flores, el señor Chavo dijo:- Ahora si 35 minutos y llegamos a su destino. Y así fue, desde que llegue al poblado de Villa Pampilla lo sentí tan mío , que sabía que guardaba algo que me pertenecía, respire su aire puro, tome asiento en una de las pequeñas bancas en la puerta de la única bodega del pueblo   y entonces la vi: La casa azul, mi casa Azul.  Vi volcados todos mis sueños cual Frida Kahlo en aquella casa, ahí vivirían todos los chicos que ayudaría para que no regresen a las calles. Y desde ese día Villa Pampilla con su casa azul se convirtió en un lugar al que podría  regresar mil y una vez y siempre me deslumbrara, la bautice como mi inspiración y mi terapista. 

Curiosamente la casa azul estaba a la venta. Toda ella, con su balcón, su amplio patio con jardín y sus habitaciones con piso de madera. Y cual enamorado, luego que pase toda esta pandemia, prometo regresar por ella, prometo regresar a Villa Pampilla.

Un comentario

  1. El relato de la casa azul de villa pampilla es simple pero hermoso. Te lleva a recorrer imaginariamente lo vivido por la autora y claro te dan ganas de conocer Villa Pampilla.

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