Me encontré dos joyas en un mercado de artesanías. Autor: Miguel Ángel Izquierdo Sánchez

En este viaje veraniego por varios países europeos y Rusia, hemos visitado museos en cuatro ciudades, con joyas impresionantes por su valor económico, histórico y por su tamaño, de factura hasta de hace miles de años. En algunos casos, sólo se accede a ellas por puertas muy gruesas con sobrada vigilancia y cámaras por todos lados. Pero estoy totalmente seguro de que no tienen tanto valor como las que me encontré esta mañana en un mercado de artesanías rusas y de países vecinos que se encuentra junto al pequeño Kremlin de Ismaelovo, población al noreste de Moscú. Ahora les explico de mi doble y extraordinario hallazgo.

Habíamos deambulado Susana y yo entre varios puestos de artesanías cuando veo uno con pañoletas, como la que hace tiempo quería regalar a ella. Hasta que estuvimos al frente de la vendedora, me percaté de que ella era una bellísima mujer de facciones asiáticas, muy joven, con apenas el rostro descubierto, el cabello tapado con una larga prenda negra y vestido de mangas floreado con fondo azul pastel hasta la punta de los pies. Susana le indicaba qué colores son de su preferencia y la chica de inmediato empezó a interactuar con ella como experta vendedora. Yo estaba embobado ante tal  joya de mujer, de singular belleza como para recordarla el resto de mi vida. Me atreví a hacer lo que leo que a algunas amigas no les parece, pero sentí que era obligado pronunciar en ruso:

  • Discúlpeme, ¡usted es muy, muy bella!

Estoy advertido de no jugar con piropos, menos ante Susana, peor aún ante mujeres de otra cultura, y sin importarme si el novio o marido está por ahí cercano. Lo hice irreflexivamente, lo sé, pero estaba sublimado. Ya lo había hecho y dicho. Ella primero me agradeció sin verme, mientras presentaba una prenda a Susana. Dos segundos después volteó hacia mí diciendo:

  • Es que la belleza está en sus ojos.

Me impresionaron ahora sus palabras. No recuerdo haberle agradecido, pues me concentré en repetir lo que había dicho, para no olvidarlo y no malinterpretarlo. Pero eso dijo. De embobado pasé a lo que ustedes piensen libremente. Por mi parte tenía en la cabeza, en mis manos, en mi vida, una segunda joya junto a la primera y un mundo por explorar en la cultura kirguiza, que le es propia a la chica. 

¿Verdad que el gesto se asemeja a la inversión (respecto a la cultura en que me muevo) que sabemos de la lengua tojolobal, en que el mérito de regalar es de quien recibe y no de quien regala? En su cultura, resulta que ¡el mérito se asigna a quien nota la belleza! 

Me atreví a regalar mi admiración, y salgo con un doblete de bellezas. No hay foto que lo testifique, pero podría seguirles platicando sobre este doble milagro, sorpresivo, con arrobo masculino. ¿Me lo creerán?

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