Praga, bajo la nieve. Autor: Martín

La leyenda cuenta que bajo la fortaleza de Vysehrad duermen los caballeros montados de la princesa Libuse, aquella que profetizó : “Veo una gran ciudad, cuya fama y gloria alcanzará las estrellas”. Todo eso son historias. Los caballeros del monte Blaník forman parte de un mito que data del siglo XV. Estaban predestinados a salvar la ciudad. Lo explica Mikulás Vlásenicky en “Augurio”, un libro que describe imágenes apocalípticas: un tropel de enemigos acechantes, saqueos sin cuartel y un país aplastado bajo los cascos de los caballos. Sin embargo, los caballeros ya habían faltado a su cita frente a las tropas suecas y las imperiales. Ahora los nazis dominaban la dorada Praga, la mater urbium, la madre de todas las ciudades, y Reinhard Heydrich era su carnicero.

La profecía habla también de una corriente sangrienta que fluye desde la colina Strahov hasta el puente de Carlos, de un astrólogo asesinado con mercurio y de católicos arrojados por la ventana de Karlovo Namesti. 

Aquí vivió y escribió Kafka indagando la angustia, aquí estrenó Mozart Don Giovanni, aquí pintó Alfons Mucha sus musas eslavas, aquí decapitaron los Habsburgo a los condes rebeldes, aquí se cuenta que un rabino fue capaz de crear vida mediante la arcilla por obra de la cábala y aquí Rilke merendaba todas las tardes en el café Louvre.

…………..

Mi historia en Praga comienza ante la tumba de Kafka, en el nuevo cementerio judío de Zizkov. Qué mejor escenario para una ciudad donde el misterio lo envuelve todo, la bruma sube al amanecer desde el Moldava, resuenan los pasos sobre los adoquines y se escuchan los ecos de lo que nunca ha sido.

Mi historia es la de una huida, la de un perseguido político, la ruina después de una ruina en tiempos de desolación general. En Praga tuve esa certeza. En París fui feliz, pero de eso hace ya tiempo. Allí dejé a mi amor, mi vida, mi trabajo y mis sueños. 

Llegué a Praga una mañana de crudo invierno. Ya no era joven y de mis ilusiones de antaño quedaban sólo rescoldos, pero mi afán de lucha seguía intacto.

Corría enero de 1942 y los nazis comenzaban la expulsión masiva de los judíos. Jóvenes camisas pardas recorrían Josefov y Mala Strana. Subían a la colina de Loreto. El ambiente era de terror. Entraban en las cervecerías dando voces, intimidando a los parroquianos, obligando a cantar a coro el Horst Wessel lied.

Confieso que soy un miembro de lo que algunos pomposamente llaman la Resistencia. Había llegado a Praga después de un periplo por varias ciudades europeas, la última Brno. En la capital de Moravia mi situación se hizo difícil. Mis amigos ya no me podían esconder allí por más tiempo sin poner en peligro sus vidas. Debía viajar a Praga, una ciudad más grande, donde me sería más fácil ocultarme, crearme una documentación falsa y, quizás, volar a Lisboa, en un país neutral. 

 En Praga me alojaba en un vieja buhardilla del barrio de Nove Mesto. Mi anfitrión era un checoeslovaco de ideas liberales que había estudiado conmigo filología germánica en la Sorbona y luego dado clases en la Universidad de Gottinga hasta que lo echaron con no sé qué excusa. En tiempos, nos habíamos carteado con cierta frecuencia.

 Vaclav me había ido a recoger a la estación de Hlavni ndrazi una gélida mañana. No era judío pero había dedicado sus últimos años a una ocupación que le hacía sospechoso en estos tiempos atormentados: estudiar  la vida del rabino Yehuda Löw ben Bezalel, un erudito, filósofo y astrólogo de la corte de Rodolfo II de Habsburgo, un rey obsesionado con la astrología, la magia y la alquimia, bajo cuyo gobierno Praga había conocido su máximo esplendor.

Al rabino Löw se le atribuye la creación del Golem, un enorme ser de arcilla al que se le da vida grabando en su frente la palabra hebrea emeth, que significa verdad. Se cuenta que cuando el Golem enloquece, el rabino podía conjurar el peligro borrando la primera e de su frente, convirtiendo su nombre en meth, muerte.

Sin embargo, el final del Golem es confuso. Según algunas versiones, el rabino Löw ocultó sus restos en algún lugar de la sinagoga Staronova, la más antigua de Praga, construida en 1270, donde aún seguiría. Otros autores afirman que cada 33 años la criatura regresa a Josefov. También hay quien asegura haberle visto vagar de noche entre las estatuas del puente de Carlos, o deambulando por calles sombrías, hasta el pie de la elevada colina que corona el Hradcany, el castillo de los reyes de Bohemia.

………….

Mi vida en Praga se limitaba a una sola cosa: esperar. El tiempo era mi enemigo y mi obsesión tenía un nombre: Ilsa. Mi mujer había quedado en París la noche en que los alemanes consiguieron detener a mi célula de colaboradores entrando en nuestro local cercano a la Place d’Italie, donde nos reuníamos para seguir con nuestras conspiraciones. Aún no sé quién nos traicionó.

No relataré aquí mi paso por los calabozos de la Gestapo, en la rue Lauriston, las torturas y vejaciones a las que fui sometido. Tan solo haré constar que nunca supieron mi verdadero nombre, que no delaté a nadie y que sólo me soltaron convencidos de mi escasa importancia dentro de la organización y de las pocas horas que me quedaban de vida.

Gracias a la caridad de algún desconocido que me recogió de un callejón del Marais amanecí en una cama del hospital de la Salpêtrière, en el que durante muchos días estuve más muerto que vivo. Mi organismo se negó a rendirse. Contra cualquier esperanza poco a poco fui recobrando la consciencia. Mi primer pensamiento sólo tuvo un nombre: Ilsa.

En cuanto tuve unas mínimas fuerzas me puse en contacto con mis amigos de la Resistencia. Un enfermero consultó con un médico y de este la noticia pasó a otro médico y a otro. Así llegó a oídos de quien debía. La orden fue tomada de inmediato: tenía que huir, abandonar la Francia ocupada. Sin embargo, tuve que hacerlo solo. Todos los esfuerzos por encontrar a Ilsa resultaron vanos. Nadie ocupaba ya nuestro apartamento, nadie sabía nada de ella. Su rastro se había perdido, quizás para siempre.

Desesperado, me resigné a lo peor. Forzado por la situación, abandoné París una madrugada sin estrellas en la cabina de un camión que se dirigía a Estrasburgo. Nunca los alemanes podían sospechar que mi destino me llevaba hacia el este, hacia el corazón del mal.

…………………

De eso hace ya un tiempo y mi historia en Praga, como ya dije, comienza ante la tumba de Kafka, una gélida mañana de un mes de enero. Caía la nieve y yo esperaba a mi contacto recordando la leyenda de Tycho Brahe, el astrónomo enterrado en Nuestra Señora de Tyn. Se cuenta que murió asesinado por uno de sus rivales, Kepler. Cómo penetró el mercurio en su cuerpo, sigue siendo un misterio.

No tuve que aguardar mucho. Ningún judío se atrevía entonces a pasear entre las tumbas de sus antepasados. Las piedrecitas sobre las lápidas eran el único consuelo de los allí enterrados, sumidos en un oscuro abandono. Mi contacto resultó ser un hombre de mediana edad, embutido en un abrigo oscuro y zapatos de ante. La conversación no pudo ser más breve: “Lo siento Viktor. No hay noticias de su mujer. Todavía no sabemos cuándo podremos sacarle de Praga. Me llamo Marek. Ahora váyase. ”.

¿Cuándo podré volver a verle?, pregunté. 

“Nos reuniremos dentro de dos semanas, a mediodía, frente al Palacio Lobkowicz ”. Mientras tanto no salga mucho de casa, no se arriesgue”.

……..

No pude hacerle caso. Me volvía loco en mi buhardilla, por la que apenas entraba la luz a través de un ventanuco en el techo. Esperaba al anochecer y entonces salía a la calle, casi siempre nevada. Buscaba callejones solitarios, poco iluminados, evitaba la luz de las tabernas y procuraba acercarme a la orilla del Moldava, cuando ya la neblina se fundía con la noche.   

Muchas veces mis correrías me llevaban al puente de Carlos, sobre el que también circulan numerosas leyendas; la más importante la que asegura que allí está emparedada la espada del príncipe Bruncvik, la espada milagrosa que cortaba por sí sola las cabezas de sus enemigos. Se dice que cuando el pueblo checo esté en su peor momento, cuando los árboles del Monte Blaník aparezcan marchitos, saldrá el príncipe montado en su caballo al frente de los caballeros y allí, en el puente,  recuperará la espada y recomenzará la lucha.

El humor negro checo explica también por qué los caballeros nunca saldrán en defensa de la ciudad invadida. Siempre habrá quien opine que aún no es el momento para que aparezcan porque no hay ninguna situación que no pueda empeorar y mejor no agotar la única reserva de esperanza.

Existen otras muchas leyendas sobre el Monte Blaník. Se dice que allí existe un fabuloso tesoro de monedas de plata escondido en sus entrañas, sobre un manantial de una fuente inagotable. La historia cuenta que una chica desapareció en el monte mientras buscaba entre la basura, estuvo casi un año perdida y volvió a su casa sana y salva, cuando sus padres ya la habían llorado hasta agotar las lágrimas. 

También me dediqué a recorrer escenarios de historias menos trágicas. Cuando el recuerdo de Ilsa más me atormentaba buscaba el consuelo de acercarme  hasta Nuestra Señora de la Victoria, una pequeña iglesia al comienzo de Mala Strana, donde se encuentra el Niño Jesús, una pequeña estatuilla en cera del Siglo XVII. Nunca he tenido sentimientos religiosos y no voy a caer en eso ahora. Me gusta, en cambio, contemplar la devoción de los demás, de los se acercaban a encender una vela, de aquellos que  pedían por algo que yo no podía ni sospechar.

…… 

 Recuerdo otra mañana en que la ausencia de Ilsa me despertó bajo una tristeza inconsolable. Hay en Praga otra leyenda terrible. El palacio Mladotovsky es la conocida como Casa de Fausto. Supuestamente ahí vivió el alquimista Edward Kelley, otro de los sabios nigromantes que se acogieron al mecenazgo de Rodolfo II.

La Casa de Fausto ha alimentado a lo largo de su historia todo tipo de rumores. Se habla de asesinatos rituales, de paredes con extrañas pinturas iniciáticas, se han encontrado incrustados en sus muros zapatitos de niños. Es lugar común entre los vecinos de Praga que está unida al Ayuntamiento por un pasadizo subterráneo y que aquel que lo recorre jamás podrá revelar el secreto.

………

Enero de aquel 1942 había comenzado con malas noticias para los alemanes. Los japoneses habían bombardeado Pearl Harbor el 7 de diciembre y los americanos habían entrado en la guerra. Mientras los soldados del imperio del sol naciente tomaban Manila, los soviéticos resistían con dureza y valor por todo el frente del este, estabilizado. La Lutwaffe bombardeaba diariamente Malta y el Afrika Korps se batía en retirada. Los pilotos de la RAF, en raids audaces, sobrevolaban el Canal de La Mancha para adentrarse en cielo alemán y tirar su carga de bombas sobre Hamburgo, Bremen…amenazando Berlín. La Gestapo veía conspiraciones en todas partes.

En aquellos días llegó a Praga quien para nosotros iba a representar el terror en estado puro: Reinhard Tristan Eugen Heydrich. En el apogeo de su carrera, Hitler lo había definido como “el hombre con el corazón de hierro”. Su fama le precedía. Nosotros le íbamos a dar diferentes apodos: el verdugo, la bestia rubia, o más simplemente, el carnicero de Praga.

 A partir de aquel momento la Resistencia en Praga sólo tuvo un objetivo: eliminar a Heydrich, el Reichprotektor, el jefe de la Gestapo, quien antes de comenzada la guerra había sido el organizador, en la madrugada del 9 al 10 de noviembre del 38, de lo que se conoce como la noche de los cristales rotos, la mayor serie de ataques coordinados contra objetivos judíos por toda Alemania y Austria.

Al mando de los Einsatzgruppen, los comandos especiales de la Wehrmacht, Heydrich justificó pronto su fama. Barrio por barrio, sus hombres se dedicaron a purgar Praga de judíos, intelectuales, izquierdistas o cualquiera que tuviera el aspecto de no acatar sin condiciones la ocupación nazi.

………

En mi siguiente cita con mi contacto, en el palacio Lobkowicz, Marek me alertó de la situación. “Estamos planeando acabar con Heydrich. Un grupo de hombres ya ha sido escogido, entrenado por los servicios secretos británicos. Tenemos las armas. Lo llamamos operación Antropoide”.

Me puso al corriente. Quería saber mi opinión como experto en ese tipo de acciones en la Francia ocupada. 

“Pero usted no debe intervenir. Es demasiado valioso. Representa demasiado para todos”, me dijo. “Además, estamos cerca de poder sacarle de aquí”.

La represión de Heydrich volvió más frecuentes mis encuentros con Marek, siempre los dos solos, en lugares distintos: sótanos de viviendas alejadas de las calles principales. Recuerdo uno en especial desde el que se oía, procedente del órgano de una iglesia, como un rumor distante, la  música de Smetana, el compositor que todos los checos llevan en su corazón, una música que inspira una ternura antigua.

El plan fue trazando su forma. Yo ayudaba a mi modo, con mis consejos sobre la logística del atentado. Cómo siempre, lo más difícil, sería garantizar la huida de los ejecutores.

Entró el mes de mayo. La nieve seguía cayendo sobre Praga, el frío persistía y mi melancolía iba en aumento, aunque las horas de luz eran cada vez más y en las aceras amanecía con un rastro de nieve sucia.

 La represión de Heydrich convertía Praga en una ciudad violentada y temerosa, de andares presurosos y mirada cabizbaja. Cada mañana había nuevos comercios clausurados con tablones de madera cruzados; por la noche se oían disparos y los cadáveres aparecían tirados por las calles. Los vecinos pasaban sin mirar ni volver la cabeza, sobrecogidos. Los periódicos publicaban nuevas ordenanzas, con más y más restricciones. 

Pocos se atrevían a deambular por las calles al caer de la tarde. Yo era uno de esos pocos, obstinado en mantener mi rutina para evitar volverme loco. La falta de noticias de Ilsa me traía su recuerdo: los venturosos días de París, los cafés a la orilla del Sena, nuestras excursiones por el bois de Boulogne, su media melena, sus ojos azules… , desgarradoramente hermosa.  

…..

Si mi estancia en Praga fue lenta como una noche de insomnio mi salida fue rápida como un suspiro. Mi contacto vino a verme una noche de mediados de mayo. El atentado estaba preparado para dentro de unos días. Sería a las afueras, en el suburbio de Liben. Los francotiradores estarían preparados para cuando Heydrich pasara con su Mercedes descapotable. Por si fallaba el tiro, irían provistos de bombas de mano. La caza de los miembros del comando se adivinaba brutal e histérica y había que ponerme a salvo.

Marek no perdió el tiempo con explicaciones superfluas: “Le voy a dar buenas noticias, Viktor. Mañana le sacaremos de aquí. Hemos encontrado a su mujer. Ahora mismo está viajando a la ciudad adonde va a reunirse con usted”.

Me tengo por un hombre decidido y no falto de valor pero en aquel momento no lo fui. La emoción alteró mi rostro. Con voz temblorosa pregunté. “¿Cuándo podré verla?”

“Enseguida.  No le voy a decir cuándo ni dónde. Mejor que no lo sepa. Por su seguridad. Mañana a primera hora vendré a buscarle y lo sabrá”. 

……..

Preferí no insistir. No me importaban los detalles. Guardé mis escasas pertenencias en mi pequeña maleta y esperé. No pegué ojo en toda la noche. Marek llegó puntual a la cita. Traía consigo una cartera. La abrió: contenía dos billetes de avión y un pasaporte alemán falsificado con mi foto, a nombre de Joszef Berger, doctor en teología. 

Subimos en un coche aparcado en la puerta y salimos para el aeropuerto. Permanecimos callados todo el trayecto. Nevaba y yo sólo pensaba en Ilsa. Nos topamos con tres controles policiales en la ruta. En todos nos dieron el alto. En todos examinaron mi pasaporte y en todos nos dejaron pasar. Mi excelente alemán disipó cualquier duda.

Llegamos al aeropuerto de Ruzyne a las siete de la mañana. Nevaba tenuemente y comenzaba a clarear. Praga me despedía como me había recibido, con un cielo blanco y ligeros colores de terciopelo en el horizonte.

Un cuatrimotor esperaba con los motores encendidos. Los pocos pasajeros entregaban sus pasajes en el mostrador y recorrían a pie por la pista el corto camino hasta la escalerilla del avión. 

Nos paramos ante el mostrador. Un rótulo en una pizarra marcaba el destino: Marsella

Interrogué a Marek con la mirada. 

“Primero volará a Marsella. Hará escala durante unas horas y de Marsella volará al protectorado francés, a Casablanca, donde por fin podrá reunirse con su mujer.  Confiamos en usted. La Resistencia le necesita. Suerte, señor Lazslo”.

“¿Dónde encontraré a mi contacto?” 

“Pregunte en el Café de Rick. Allí le darán los salvoconductos para viajar a Lisboa y de allí al mundo libre”, me dijo.

 (Más tarde supe que el atentado se había ejecutado con éxito. El 27 de mayo Heydrich fue alcanzado por la explosión de una bomba de mano que impactó en la parte trasera de su coche. Murió de la septicemia que le causaron las heridas, el 4 de junio. Tenía 38 años. Según el informe de Bernhard Wehner, el oficial de la Kriminal Polizei que investigó el asesinato, la expresión facial de Heydrich en el momento de su muerte revelaba una “misteriosa espiritualidad y belleza, como un cardenal del Renacimiento”).

……..

Marek y yo nos despedimos con un apretón de manos. Entregué uno de los billetes en el mostrador y me dieron la primera tarjeta de embarque. Recorrí sin mirar atrás el corto trayecto hasta la escalerilla del avión. Nevaba sobre Praga y yo dejaba la capital de Bohemia en busca de Ilsa, mi amor. En Casablanca. Pero esa es otra historia.

2 comentarios

  1. Excelente relato para estos dias de confinamiento por covid-19… solo que me dejó con un sabor un tanto amargo: el de la nostalgia por mis dias de un pasado no tan lejano en esas mismas calles de Praga.
    Saludos y que el juicio de los jurados te sea favorable

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