Via dei Vesuvio. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

El sol relucía, invadiéndolo todo de luz y color tras la niebla y la lluvia del día anterior, todo parecía distinto, como nuevo y desconocido, después de la melaconlía y el ambiente gris, casi negro, de unas horas antes; hacía ese fresco de invierno con un poco de calorcito, que es lo que más me gusta. Y ese día me dispuse a coger el Circumvesuviano, como se conoce al tren de cercanías dirección Sorrento que te lleva hasta los sitios arqueológicos cercanos a Nápoles, entre ellos Ercolano, Oplontis, Boscoreale, Stabia… y Pompei, adonde yo me dirigía aquella mañana de luminoso domingo de noviembre. Iba tarde -últimamente llego tarde a todas partes- y me estaba retrasando mucho para ver la inigualable ciudad que sobrevivió a la lava, a los pies del Vesubio; además, accedí por la puerta que no tocaba, y por donde entra la mayoría de los visitantes, la Porta Marina, -y pienso, qué bonito y extraño, el mar llegaba hasta aquí, ahora mismo estaría pisando la arena de la playa, tocando el agua de mi mar Mediterráneo, que hoy en día veo allá en el horizonte, pero no muy lejano- y tuve que dar la vuelta al recinto; estaba allí mismo, aunque tuve que caminar un poquito hasta la Porta Stabia, por donde debía entrar; así pues, empecé el recorrido un tanto al revés de lo habitual -como acostumbra a pasarme a menudo-, caminando despacio, sin prisas, haciendo fotos, sonriendo al sol, admirando el verde de los pinos, cipreses y demás árboles y el color de la piedra, el azul despejado del bello cielo del sur de Italia, las flores que encontraba a mi paso, sintiendo de lejos el rumor lejano de las olas…
A pesar de los turistas -no demasiados en esa época del año-, el silencio sobrecogía, como si camináramos de puntillas por una ciudad dormida, cubierta por aquel inesperado alud de lava… Y me voy adentrando en el pasado, pisando esas enormes e irregulares piedras de la calzada, como cantos rodados, tan altas que apenas puedo sortearlas; yendo poco a poco para no hacerme daño o caerme, sentándome en una de ellas a descansar de vez en cuando, o para beber un trago de agua, aún fresca en mi mochila, tocándola para sentir su tacto, su caliente textura del pasado que sobrevive al presente, que pervivirá en el futuro, más que yo sin lugar a dudas, a pesar de la imparable y cruel degradación del sitio arqueológico, un poco por culpa de todos. Y al estar allí, sentada en uno de aquellos bloques de piedra, es como si el tiempo se hubiera detenido y yo fuera una de esas etéreas figuras pintada en las paredes de una de aquellas magníficas residencias de la ciudad, a cual más bella, con su Peristilum, o patio con jardín, repleto de hermosas flores de endulzante fragancia, que se mezcla con los olores de especias que llegan de la cocina y el incienso del altar de los Lares de la casa. Y un pajarillo revolotea entre las decoradas columnas que rodean el patio, escondiéndose entre los pórticos, para luego posarse en las baldosas de mosaicos, pequeñas teselitas que forman un geométrico dibujo, en el Atrium, mientras yo lo sigo con la mirada hasta el Impluvium, adonde llega y juega con el agua límpida y azul, fresca en este día de invierno, siendo observada por el Fauno juguetón que me guiña un ojo desde su fuente, y al fondo, la sempiterna y esbelta silueta del Vesubio, el volcán imperecedero, que todo lo domina, que abre sus fauces cuando le apetece, como amo y señor que es de aquellas tierras.
El granate, el ocre, el dorado, el verde, el azul y el amarillo de las pinturas de muchas paredes, cuyos ojos me siguen, curiosos, aún respiran un poco a través de aquellos maravillosos tonos que todavían sobreviven a las inclemencias del tiempo y a los saqueos humanos; los frescos aun vívidos, mostrando el erotismo del diván romano; los gritos apagados de los gladiadores en el cuadripórtico; el son de los cantos y las cítaras en el Odeón; los aplausos lejanos en el Teatro Grande, cuya resonancia pongo a prueba con mi voz, como hacemos en todos los teatros romanos del mundo que visitamos; al final de la Via dell’Abbondanza, el gran Anfiteatro, rodeado de arboleda, y una viña cercana, pasada ya la vendimia, y con el telón de fondo del volcán; cerca resuenan los chapoteos de los nadadores en el Gimnasio Grande, o Palaestra Grande; y los vapores de las Termas Stabianas casi no me dejan respirar, porque siempre me ha costado soportar el vapor, por esta razón, salgo de la zona femenina y me voy a la piscina al aire libre, para aspirar el aire puro y frío del invierno, ese aire con sol de este día maravilloso…
Las horas van pasando, rápidamente, recorriendo las calles pavimentadas, los vicolos estrechos, y pienso cómo sería sobrevivir aquí a un temblor de la tierra y me veo rodando como un canto por esa dura calzada en pendiente hasta llegar a la gran explanada del Foro, centro comercial y de reunión de la ciudad, abierta al Vesubio, con todos los edificios públicos a su alrededor, y sus templos que aun se conservan, como el encantador Templo de Apolo, del que me enamoro, o la imponente Basílica, el serio edificio más importante de la ciudad.
Cruzo puertas, paso por delante de una de las panaderías de la ciudad, con su horno intacto y pienso en el pan, los dulces y las tortas de leche que mi padre hacía en el horno de la panadería de su pueblo. Quiero llegar a la Villa dei Misteri y la Villa di Diomede antes de salir de la ciudad, porque dicen que son divinas. Caminando a buen paso, atravieso la Via dei Sepolcri, la tarde va cayendo y las sombras van tapando ese lugar sagrado, de blancos sepulcros, ahora rosados; antes había estado en la Necrópolis de Porta Nocera, aun con sol, aunque el silencio era el mismo, imponente, aplastante. Llego a la Villa dei Misteri, un edificio suburbano de la ciudad, con unas columnas preciosas y unos frescos impresionantes, aunque la están restaurando y puedo pisar la verde hierba de la Campania y el Vesubio asoma allá, siempre pendiente, vigilando mis pasos…
Arriba en la colinita, cerca de la Porta Vesuvio, había estado buscando la Casa de los Amorcillos Dorados, recién restaurada, allí como escondida en aquella empinada Via dei Vesuvio, y cuando salí de ella, embriagada por el olor de las flores de su lindo jardín y por los maravillosos frescos, el amorcillo dorado que resta en la casa me acompañó hasta la calle y ambos contemplamos de nuevo el volcán que no llegó a destruir la ciudad, y sonreímos por estar allí, juntos, a pesar de los siglos transcurridos.

Pompeya (Italia)

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