En el camino de la liberación. Autor: Julio Antonio Lencero Bodas

Al llegar a Baamonde llamé al dueño de la casa para que viniera a buscarme.
Espere en la rotonda que incardina las dos, tres calles del pueblo; un pueblo sin ferretería.
Una peregrina apoyada en los cubos de la basura daba gritos insultando a los Lares Viales.
El hombre no tardó en hacer su aparición al volante de un Mercedes. Mofletudo y rojo como un centollo, se presento como don Dimas. Su tripa hacía innecesario el airbag.
Cuando vi el lugar que había alquilado por internet no me hice muchas ilusiones…; por no decir que me invadió el pesimismo más negro. Pero esa primera noche dormí bien; había conseguido llegar desde Madrid, con la perrina y el Blablacar…
¡Tenía un techo sobre mi cabeza!
Por la mañana temprano volvió don Dimas. Le acompañaba su ayudante: un ser zoomorfo, barbudo y declaradamente torpe.
Venían a instalarme la antena de la televisión; filantrópica idea que a don Dimas le debió venir al magin al verme tan flaco.
Delante de la fachada, se sentó en una silla murria y empezó a dar instrucciones, dejando claro -de una vez por todas- que al único sitio donde él se iba a subir era a la parra.
Y yo me encaramé al resbaloso tejado de pizarra e intenté estar a la altura de las circunstancias.
Empinado y aferrándome con una mano a la chimenea, intenté clavar aquella “pica en Flandes”.
Lo logré, no sin poner mi integridad física en riesgo.
Pero nada…; que no funcionaba.
Abajo, don Dimas hablaba airadamente consigo mismo y se pasaba la mano por la frente, como si sudase la gota gorda.
“Probando probando”…, empecé a darle vueltas a la antena. La oriente hacia la catedral compostelana; hacia el acueducto de Segovia; hacia la mezquita de Córdoba…; hacia donde deberían estar las Torres Gemelas…
¡No se captaba señal alguna!
Nada. Y es posible que, mientras tanto, el mundo siguiese su asendereado curso.
¡Quien sabe!
Desde allí arriba tuve tiempo de sobra para recrearme con la contemplación del paisaje: los bosques al fondo, el río, y en paralelo a su curso, la vía del tren y la carretera; por donde vi pasar a otro sufrido peregrino con pinta de inglés. Cargaba una mochila tan grande como el palacio de Buckingham, y aúnque sin llevar puesta la típica librea a rayas, dí en pensar que tal vez fuese el mayordomo cargando con la vajilla de porcelana y el juego de té… Quizás -conjeturé- su lord le precediese.
-¡Debe ser el cable! Desde aquí parece rozado…, le solté a don Dimas.
-¡Eso me lo tienes que decir antes! -me asovalló (avasalló, en gallego).
-¡Y como se lo iba a decir antes si lo estoy viendo ahora! – protesté apabullado ante sus visajes avinagrados.
-Pero hombre…, hay que usar la inteligencia – me refutó con un deje despreciativo.
Tras andar por la arista del tejado como gato rengo, averigüe que lo del cable solo era escayola pegada.
-¡Pues tampoco es el cable! -chillé impotente ante el cariz que iba tomando el asunto.
Don Dimas resopló igual que un cachalote.
Y yo, elevado hasta donde esta Dios mismo, lo observé atentamente…; y al otro, huroneando por el tiradero que se desparramaba desde la portalada hasta la misma puerta de la casa: andamios con churros de óxido, tablones podridos y llenos de clavos, cubos abollados y puestos boca abajo, azulejos rotos, bloques de cemento, ladrillos, baldosas, tuberías…; y hasta un petón, que es un artefacto que hace el ruido de un cañón Krupp y ahuyenta a los paxariños del campo. Sí, el probo ayudante hacía que hacía algo; pero sin arriesgarse a ejecutar algún movimiento complejo de flexión y sufrir una fractura.
Entonces me embargo la sensación de estar no ya en el camino de Santiago, sino en el Camino del tabaco…; la disparatada novela que se desarrolla en los campos de algodón de Georgia (Estados Unidos). Como si las diferencias de latitud, longitud y altitud no fueran óbices para que se espejeasen situaciones fenomenológicas similares.
¡A desmontar todo otra vez!
Su empleado sacó de la caja una antena nueva que no pudo comparar por ser completamente distintas.
Y el “bienintencionado” jefe, con toda su ínclita inteligencia…, tampoco supo montarla.
Hicimos un alto, y por arte de birlibirloque surgió una tortilla y un vinillo peleón.
-Estas muy débil -me ninguneó don Dimas… (¡encima!).
-Si…, la verdad que si -le respondí precavido… (ya me lo veía venir). Y sin querer seguir su juego, sintonicé con la tortilla.
Después del tentempié lo intentamos una vez más.
¡Por mi se podían ir a la mierda todos los de “Cuéntame cómo pasó”!
¡Nada de nada! Que aquello no funcionaba ni pa’ tras.
En dirección contraria pasó otro peregrino con trazas de haber salido de bajo las patas del caballo blanco del Apostol.
-¡Ya esta bien!-ordenó conminatorio don Dimas.
Se iba… Pero no tan deprisa como uno deseara, ya que extravió las llaves del coche.
Hubo que ponerse a buscarlas por todas partes.
En esos momentos su subordinado me pillo aparte, y a sus espaldas, empezó a renegar de su jefe:
-Llevo una semana con él y ya me estoy calentando. Y yo cuando me caliento…
En cambio yo me enfrío muy pronto, y le escuché cabizbajo, sin esperanza alguna en la redención del ser humano.
-Soy pensionista y cobro una paga; y además, tras dedicarle mucho tiempo y esfuerzo, estoy empezando a ganar algún dinerillo extra con una pagina web que he creado. Subo videos, principalmente de maquinas tragaperras chinas donde los diamantes y las fresas hipnotizadoras consuelan a los ludópatas en paro. Hoy tengo que subir uno; pero ya lo tengo. Luego te lo envío. Dame tu WhatsApp.
Y yo se lo dí.
Al fin se encontraron las llaves: en las cenizas de la chimenea; pues don Dimas, entre bronca y bronca, había tenido tiempo quemar unos cuantos plásticos asquerosos.
¡Y arrancó rezongando maldiciones!
Yo me rasque la oreja; le puse el collar a la “Quera” y salí a pasear.
A cincuenta metros me encontré el Mercedes echando humo.
Ate a la perrina a un poste, y me puse a empujar el coche. Entró de culo en la casa y arrastró un pote roñoso de cobre.…; me dije que por suerte no había ninguna abuela detrás.
Don Dimas y compañía tuvieron que irse en taxi.
Así fue como en un lugar de Lugo…, verde, boscoso y húmedo, creí dar por finalizado aquel primer capítulo cadwelliano.
Estaba en un error; pues al rato recibí el video del compañerito. Titulado: “Como dar un escarmiento a un explotador”.
En el se le veía escondido en la maleza; derramando el gasoil la rozadora.

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