La novia de los Cárpatos. Autor: Esther Domínguez Soto

Transilvania. Rumanía. Agosto de 1899

¡Oh, Dios mío! ¡Qué maravilla!

Lady Godiva Oliphant era como su nombre y su apellido: rara. Si preguntásemos a asalariados y conocidos oiríamos: “rica” –su tutor legal recientemente fallecido –; “un poco tibia en su fe” –el pastor Anderson, párroco de su pueblo –; “una niña encantadora” –Gertrude, la anciana cocinera –; “lectora incansable” –su librero y proveedor –; “lista pero demasiado soñadora”– la señorita Edmund, su antigua institutriz –; “caprichosa pero de buen corazón” –Maggie, doncella y acompañante–y “romántica, (suspiros) muy, muy romántica “–Hope y Chastity Williams, sus amigas más íntimas. Con todos estos adjetivos – en cantidades variables – pueden formarse ustedes una idea aproximada de la joven que, en ese momento, contemplaba la fortaleza de Poenari, en los Cárpatos. El conjunto merecía esas exclamaciones y muchas más, la verdad. Maggie y Toby Friars, el hombre para todo durante el viaje, también se sintieron impresionados, sobre todo cuando comprendieron lo que todavía les quedaba por subir para llegar al castillo. Hasta los borricos que transportaban a viajeros y equipajes parecían compartir la sensación de vértigo ante lo que les esperaba. Unas laderas vertiginosas, cubiertas de maleza, arisca y tupida, que parecían inaccesibles hasta para las cabras, los hicieron suspirar y sufrir escalofríos, pero a Lady Godiva la perspectiva de la subida no la preocupaba. Estaba tan pletórica, ilusionada y rompedora como su célebre antepasada antes de dar su conocido paseíto por las calles de Coventry. ¡Por fin, tras vencer obstáculos de todo tipo – el qué dirán, lo inapropiado de que una damita viajase sola, así nunca encontrarás novio y cosas por el estilo – y un viaje muy fatigoso a través de Europa, había llegado al tan ansiado destino! Era el momento de cumplir su deseo más vehemente. Sonrió, echó un último vistazo y se dirigió a la posada el Oso y el Dragón. Era muy tarde, una tormenta se cernía sobre la zona y debían esperar al día siguiente para emprender la escalada – que no subida – hasta la fortaleza. Resignada a tener que esperar toda una noche, Lady Godiva entró en la posada, situada a los pies de la fortaleza, amenazante, amazocatada y algo tétrica, sobre todo ahora, iluminada por unos relámpagos que no animaban al turismo, precisamente.

Tras cenar estofado de rebeco con coles, Lady Godiva y Maggie se retiraron a descansar. Francamente, estaban molidas. Toby decidió quedarse y probar el tuica, aguardiente de ciruelas local que el posadero alabó mucho. Iba ya por la segunda copa cuando una corriente de aire helado barrió el comedor. Toby se giró para identificar al culpable de que la sala empezara a parecer una nevera y vio a un hombre nimbado por la luz de los relámpagos que caían a más y mejor. Era joven, alto, delgado, aunque de hombros anchos, pelo largo, bigote tupido y negro, cubierto por un abrigo oscuro muy largo, calzado con botas de montar cubiertas de barro y tocado con un gorro puntiagudo que le cubría parte de las orejas. El posadero – que no parecía impresionado por tamaña aparición – lo saludó con respeto y se apresuró a servirle. El recién llegado miró a Toby y se dirigió a la mesa en la que el inglés estaba bebiendo.
– ¿Forastero? –preguntó en un inglés bastante aceptable. Toby asintió.

–¿Puedo sentarme? – nuevo cabezazo afirmativo. – ¿Qué estás bebiendo? – se interesó al tiempo que se acomodaba en un taburete. Toby le alargó la copa para que identificara la bebida. – ¡Eh, mesonero, una copa de palincä para nuestro visitante! Esto que le has dado no es bebida para hombres.

-Sí, señor conde – obedeció el posadero. Llevó una botella, la dejó entre los dos y volvió a acodarse sobre en el mostrador a la espera de nuevos clientes y, de paso, escuchar lo que decían aquellos dos.

– ¿Vienes a cazar en nuestros bosques? – quiso saber el conde.

Toby bebió un trago, tosió “¡caramba con el palincä! Parece fuego” y respondió entre carraspeos: –No. No soy cazador. Acompaño a una dama inglesa que está visitando estos parajes – hizo un gesto vago con las manos como queriendo abarcar toda la región.

-No es una zona adecuada para una señora – afirmó el conde. – Las mujeres carecen de la fortaleza de los hombres, tan necesaria para enfrentarse a esta naturaleza agreste. Estaría mejor en una ciudad o una campiña más amable que nuestros bosques.

Toby se encogió de hombros. –Totalmente de acuerdo. Pero, lady Godiva se empeñó y nadie pudo disuadirla. Es muy terca – añadió de forma totalmente superflua.
-Su marido debe ser un caballero muy complaciente – filosofó el conde llenando las copas.

-No está casada. Su tutor legal falleció hace menos de un año y, sin su tutela, puede hacer con su fortuna lo que le venga en gana.

– ¿Y por qué Transilvania? – se interesó el conde que empezaba a sentir un gran interés por la intrépida turista inglesa.

-Veréis – Toby apoyó los codos sobre la mesa. El aguardiente empezaba a hacer efecto y tenía ganas de hablar. – A Lady Godiva le encanta leer. No sé qué placer encuentra en la lectura, pero – se encogió de hombros ante lo inevitable – ella ha crecida agarrada a un libro, como decía Lord Oliphant, su difunto padre. Ha leído montones de novelas. Por lo que me ha contado Maggie, su acompañante, sus preferidas son aquellas en las que se narran historias de jóvenes damitas que se enamoran de hombres atractivos, aunque peligrosos para ellas. Ya me entendéis – guiñó un ojo al conde que le devolvió el guiño. Compañerismo masculino, en una palabra. – Y, claro, tanto leer sobre aristócratas viciosos, frailes diabólicos, fantasmas, bosques impenetrables y damas que se fugan con sus amantes, mi señora se ha convencido de que debe buscar un marido parecido a los que se encuentran en esas novelas que tanto le gustan. – El conde permaneció callado. – ¿Qué os parece lo que acabo de contaros? ¿No es una chifladura?

– ¿Qué decís? ¡Oh, sí! Por supuesto. – El conde dirigió la conversación hacia derroteros más prometedores. – Es extraño que no esté ya casada.

-Todavía es joven. Tenemos la misma edad. Veintiún años. Aunque –afirmó Toby, con convicción –, los hombres no deberíamos atarnos hasta, por lo menos, los treinta. El caso de las mujeres es distinto – añadió totalmente convencido. – Son débiles de cuerpo y mente.

-Cierto. Tenéis toda la razón. ¿Y la familia qué opina? – el conde seguía indagando y llenando la copa de su informante.

-Sólo tiene unos primos lejanos en Escocia. Casi ni se conocen.

La mente del conde funcionaba a marchas forzadas. ¡Menuda suerte! Una noble, rica, sin familia que estorbara y en busca de marido. Un mirlo blanco. Sobre todo, para él, conde sí, pero arruinado, con una fortaleza medio derruida y viviendo con estrecheces, sin servicio que mereciera ese nombre. La mitad de su cerebro hacía planes, calculaba e imaginaba una vida rodeada de comodidades en Londres, lejos de aquellos montes salvajes, infestados de bestias inmundas, campesinos montaraces, con dinero. La otra mitad de su cerebro atendía a Toby, que continuaba hablando, totalmente desatado gracias al aguardiente que tan generosamente le servía el conde.

-Tengo una duda. ¿Por qué venir aquí? Es un lugar áspero donde los únicos turistas son cazadores en busca de osos, linces y cabras – el conde ya se veía viviendo en la civilización por eso no se molestaba en disimular lo desesperado que estaba por largarse de allí con viento fresco.

Toby sonrió con suficiencia. – ¿Habéis oído hablar de una novela titulada El vampiro?

El conde sufrió un sobresalto. “¿Es que esa leyenda va a perseguirme toda mi vida?” se preguntó. Toby se explicó. – Es una paparrucha sobre un ser horrible, aunque muy atractivo. Del tipo que busca mi señora. Pues allá que nos fuimos a Roma, siguiendo sus pasos porque milady se sentía atraída por ese hombre. ¡Imaginad! Atraída por una persona que no existe. Después seguimos hasta Grecia porque el dichoso vampiro había viajado hasta allí. También estuvimos en Otranto, un lugar olvidado en el sur de Italia, buscando el castillo perdido de un tal Manfredo. El protagonista de otra novelucha. Y ahora estamos aquí porque por estos alrededores vivió el conde Drácula. Otra chifladura de milady.
-Pero, vuestra señora sabrá que esos hombres no son reales.

-Sí que lo sabe. Pero debe esperar que alguno de los descendientes de esos – Toby se tronchaba al recordar las explicaciones que Maggie le había dado para explicar los motivos de viajes tan estrafalarios – vampiros, se parezca a su hombre ideal. Una mezcla de sinvergüenza, caballero, depravado y Adonis. En palabras de Maggie: “un hombre de verdad, no esa pandilla de currutacos que infestan Londres.

“Vaya, vaya” meditó el conde, arreglándose la barba, bastante descuidada, por cierto. Se levantó con gesto distraído. Necesitaba quedarse a solas para pensar. – Tengo que retirarme. Espero veros mañana y poder compartir una copita de Palincä. Parece que os gusta.

Toby, que luchaba con sus párpados – empeñados en cerrarse – asintió con voz pastosa. – Mucho. Muy bueno.
El conde se retiró presuroso, camino de su morada. Tenía muchos preparativos que hacer antes de poner en marcha su plan. Toby se levantó y se dirigió al mostrador.

-Una persona muy agradable – comentó. –¿Vive por la zona?

El posadero se limitó a señalar al techo. – ¿En el piso de arriba? – preguntó Toby.

-En el castillo. En la cima del acantilado. Es el Conde Dracul.

Toby era bastante negado para los idiomas y estaba demasiado borracho para atar cabos, por eso no se asustó al oír el nombre. Se dirigió a la cuadra y se echó en el heno bostezando. Pero, antes de dormirse, tuvo tiempo para reflexionar ante el hecho de que la nobleza europea era más sencilla que la de su tierra. A buenas horas iba un conde inglés a invitar a un criado a unas copas de ese licorcillo que no estaba nada mal.

-Buenos días, señora. ¿Habéis descansado como merecéis?

Lady Godiva tuvo que girar el cuello hasta dar con la persona que la saludaba con una cortesía tan relamida. Lo que vio le gustó. Un hombre con aspecto algo tosco, pero arriscado y desenvuelto. No estaba mal. Respondió a su fineza con unas palabras melindrosas sobre lo primitivo del alojamiento, cosa que él aprovechó para invitarla a su castillo que – aunque no reunía las comodidades dignas de su señoría – siempre sería mucho más acogedor que esa posada tan elemental como antediluviana. Lady Godiva aceptó la oferta de buena gana y allá que se fue la comitiva, siguiendo un camino con un trazado que recordaba muchísimo a una lombriz con espasmos, evitando las ramas bajas de los árboles cargadas de agua de lluvia y salvando trabajosamente los más de ochocientos metros que separan el valle de la cima del monte donde un desconsiderado Vlad III el Empalador había reconstruido una antigua fortaleza militar.

Muros, torreones y el patio de armas recibieron a los visitantes con la solemnidad que se espera de un lugar tan tristemente famoso. Pero lo que convenció a Lady Godiva de que ese lugar era el sitio donde sus ensoñaciones se hacían realidad, fue el encuentro con Vasile, el mayordomo del conde. Rostro chupado, cejas arqueadas y anchas, ojeras negras y profundas y voz cavernosa, Vasile hubiera hecho las delicias de los escritores de novela gótica que tanto gustaban a la joven. El conde se apresuró en poner a los acompañantes de Lady Godiva en las expertas manos del mayordomo y él se encargó de conducir a su invitada en una especie de tour con guía por el castillo. El enorme salón, con las piezas de armaduras bastante oxidadas que colgaban de las paredes junto con las harapientas banderas arrebatadas a los enemigos de Valaquia; la biblioteca con los anaqueles vacíos – víctimas de los ataques de gentes “sin cultura” – en palabras del conde, que prefirió no explicar que había tenido que vender los libros para pagar deudas; los dormitorios, parcos en mobiliario y abundantes en corrientes de aire heladoras; los pasillos oscuros e inhóspitos. Todo fue debidamente admirado hasta que los calabozos desbordaron la habitual flema británica de Lady Godiva. El chirrido de las puertas, el zureo de las palomas entrando y saliendo por los ventanucos enrejados, el golpeteo de las cadenas – movidas por un vientecillo bastante fuerte que venía de las montañas –; hasta algún que otro aullido de animales salvajes procedentes del bosque, todo contribuyó a que la joven se declarara “devastada de admiración” y “enamorada de un lugar tan arrebatador” El conde, que pretendía que los amores de Lady Godiva se centraran en su persona y no en aquel castillo que se caía a pedazos, se mostró encantado ante esos comentarios y le dirigió unas miradas matadoras – a las que la joven no fue indiferente. Hasta se interesó por una molesta cojera que el conde pretendía disimular.

– ¿Estáis herido? – preguntó, preocupada. – ¿Una caída?

Él quiso quitarle importancia. – No. Durante una sesión de esgrima, un paso en falso, un tobillo perjudicado. – El conde se libró muy mucho de explicarle que la torcedura se la había hecho mientras ayudaba a Vasili y su mujer – la huraña Cesarina – a adecentar los dormitorios de invitados, poblado por arañas, ratones y algún que otro murciélago. Como ella parecía empeñada en continuar con preguntas inconvenientes, aunque bienintencionadas – el conde decidió dar su golpe maestro. – Seguidme, os lo ruego. Voy a mostraros algo que os quitará el aliento.
Pasaron a la capilla donde la dinastía Drácula había orado, asistido a misa, rogado – todo menos arrepentirse – para lograr el apoyo divino para sus numerosas tropelías. El escudo familiar, un fiero dragón con unas uñas descomunales, campaba sobre el altar mayor. Lady Godiva le contaba al conde sus andanzas por Europa y estaba a punto de describir el Panteón romano cuando sus ojos azules se posaron en un objeto que la dejó sin aliento.

– ¡Increíble, maravilloso! – La joven rodeó un ataúd – asentado sobre caballetes en medio de la nave central – cubierto con un paño negro y en bastante buen estado, fruto de la limpieza apresurada que había recibido la noche anterior – y el conde tenía un dedo medio infectado por una astilla que podía demostrar el entusiasmo que había empleado en el trabajo. El silencio de Lady Godiva lo hizo preguntarse si no se habría excedido. Demasiadas emociones para una sola mañana. Podría haberse despreocupado. La joven acababa de dar el paso de su vida. Estaba totalmente decidida a animar al conde en la dirección adecuada. O sea, el matrimonio. Y que se decidiera rapidito. Nunca se sabe cuándo puede surgir una rival que chafa tus planes, te deja a media vela y te obliga a casarte con un lechuguino londinense como única salida a la molesta soltería femenina.

Veinte años más tarde, Lady Godiva, señora de Drácula era una mujer feliz; casi arruinada pero feliz. Podía presumir de haber conseguido lo que había buscado con determinación por media Europa. Se había casado con un hombre auténtico; un digno descendiente del Conde Drácula. Si hasta compartía con su dudoso antepasado el feo hábito de chupar. No sangre, no se me preocupen. A lo largo de estos veinte años de vida en común, a la condesa de Drácula, su marido le había chupado hasta el último penique. Las tradiciones familiares es lo que tienen.

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