Una pastelería en Estambul. Autor: Pau Llambies Bal·le

Aquel primer viaje a Estambul me marcó. Debo mucho de la persona que soy a mi visita, en septiembre del 2001, cuando acompañé a mis padres durante una semana a conocer la ciudad. Yo tenía quince años, llevaba un año en el instituto y me acababan de fichar para jugar en el equipo de fútbol de un amigo de la infancia. Por aquel entonces ni siquiera sabía muy bien dónde estaban las Torres Gemelas, que durante aquel viaje se desplomaron ante los ojos de todo el mundo.

Recuerdo al Gran Bazar quedarse mudo. Sus pasillos, en los que unos días atrás habíamos visto a los vendedores desgañitarse y hacer todo tipo de trucos por llamar nuestra atención, estaban casi desérticos. Ya nadie chapurreaba nuestra lengua para encandilarnos ni trataba de vendernos nada.  En el cobijo de los establecimientos la radio cobró protagonismo, como si auguraran que todo iba a cambiar para siempre. Entonces yo no entendía por qué aquello les afectaba, si según mis conocimientos de geografía estábamos a las antípodas de aquel país. Pero claro, tampoco sabía que, si te encuentras en mitad de su camino, nunca se está lo suficiente lejos de los Estados Unidos.

De aquel viaje me impresionaron sobremanera las cúpulas de las mezquitas otomanas, al otro lado del Cuerno de Oro, que se levantaban orgullosas sobre la silueta de la ciudad para desafiar a Dios con sus      minaretes puntiagudos .      Me fascinaron los cambios de luz en su interior, que se colaban entre las bóvedas para colmar todo el espacio, inabarcable de un solo vistazo, y el canto melancólico de los muecines que sonaba desde el Cielo.

También me marcaron las caligrafías, complejas y preciosas, que decoraban las mezquitas. Ilegibles letras doradas trenzadas sobre un fondo verde. Entonces no sabía que estaban escritas en lengua árabe, a pesar de que el idioma que se hablaba en las calles de Estambul era otro. Cómo lo iba a saber, si ni siquiera sabía que los turcos y los árabes, a pesar de que en su mayoría comparten religión, no son el mismo pueblo.

Han pasado diecisiete años desde entonces. Varios países han sido devastados, me convertí en arabista motivado por aquel viaje, dejé mi pequeña isla para vivir en otros lugares y superé la treintena. Con todo, aún guardo recuerdos muy vívidos de aquella semana en Estambul. Y uno de los mejores es el de aquella pequeña pastelería de la avenida Istiklal, donde degustamos unos profiteroles que hoy en mi familia son ya legendarios.

No sabría decir si llegamos allí por casualidad o si mis padres lo habían leído en alguna guía de viajes, pero lo cierto es que yo, que nunca he sido un gran amante de la repostería, tengo grabada en la mente la imagen del chocolate negro fundido deslizándose lentamente sobre la pasta choux, rellena de nata. Por eso, esta tarde de octubre de casi dos décadas después, estoy decidido a recorrer uno por uno los adoquines de esta avenida hasta encontrarla.

Sin perder de vista las fachadas de todos los escaparates que flanquean la calle, voy mirando al suelo buscando una placa incrustada en la calzada en la que indicaba el nombre de aquel local de puertas gastadas y recovecos de historia. Estoy convencido de que voy a encontrarla con facilidad, pues su nombre se parecía mucho a la palabra Inca, que recuerdo por una de aquellas asociaciones mentales que se quedan absurdamente grabadas en la memoria.

No hay duda. La pastelería estaba a mano izquierda, subiendo por la calle hacia la Plaza Taksim, el epicentro de la zona moderna de Estambul. Tenía una puerta de madera acristalada, desde la que se podía ver el interior del establecimiento. Entrando, también a la izquierda, estaba el mostrador, sobre el que esperaban los dulces preparados para servir. Unas pocas mesas arrimadas a la pared opuesta, formando un estrecho pasillo central –lo estrictamente necesario para circular–, y el baño al fondo.

La primera vez que fuimos nos sentamos en la parte de atrás, pedimos un profiterol para cada uno que eran la especialidad de la casa, y lo acompañamos con un zumo de limón servido en un vasito de cristal. Aunque siempre sospechamos que aquellas delicias hipercalóricas fueron responsables de la gastroenteritis que arrastramos mi padre y yo –mi madre siempre ha sido ajena a estos problemas–, no dudamos en repetir la experiencia el último día de aquel viaje.

Hoy, que la curiosidad ha ampliado mis conocimientos de geografía y que tengo un estómago más curtido en batallas, sin duda estoy dispuesto a arriesgarme de nuevo. Estoy decidido a rememorar aquella experiencia y prolongarla algunas décadas más en mi memoria. Pero hay algo que no he tenido en cuenta en ningún momento: Estambul ha cambiado. He venido en busca de recuerdos lejanos y estoy a punto de fracasar. Cómo no iba a cambiar esta ciudad, si ni siquiera yo soy el mismo de aquel día.

Guardo imágenes en alta resolución en mi cabeza, pero mientras recorro obsesivamente los portales de la calle Istiklal Cadessi empiezo a pensar si puede que todas ellas sean poco más que un espejismo en el desierto. La mente maquilla el pasado para hacerlo más heroico y digerible, y puede que aquella pastelería con nombre de pueblo mallorquín nunca estuviera a la izquierda de la calle, o que confunda los escenarios y esté buscándola en la otra punta de la ciudad. Empiezo a desconfiar de mis recuerdos, así que vuelvo a recorrer la calle en sentido contrario, fijándome ahora en el lado opuesto.

Ni rastro. De aquella calle que conocí, apenas quedan los adoquines y su tranvía, mitad rojo y mitad blanco, recorriendo incansable su camino mientras avisa de su paso con una campanita. Las antiguas cafeterías y comercios locales que había entonces, y que en las fotos atestiguaban que estaba en una ciudad con carácter propio, han sido absorbidos por las mismas tiendas de ropa y comida que encuentras en los aeropuertos. Solo la música –desde la banda sonora con trompeta de El Padrino hasta el repicar de una darbuka–, tocada por grupos callejeros repartidos a lo largo de toda la calle y entremezclada con el rezo de los muecines, me lleva a la Estambul que venía buscando.

Pero, aunque me duela, hay algo en mí que también se alegra de que la ciudad siga viva. Que no se haya anclado al pasado como un fósil polvoriento en un estante del museo. A pesar de que suponga que mi pastelería se haya esfumado para siempre y hoy sólo sea un producto de mi memoria. Quizás es mejor así, por aquello de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.     

Con el latido retumbando en mis pies, después de estos días de viaje y de subir y bajar por la calle Istiklal, desisto de mi búsqueda y me dirijo hacia el hotel, no muy lejos de la Plaza Taksim. Es domingo por la noche y la plaza bulle de actividad. Los músicos se disputan el espacio sonoro y la atención de los viandantes, que pasean sin prisas y se detienen, de vez en cuando, en alguna de las casetas de libros y artesanías que hoy ocupan un lateral de la plaza. En uno de sus extremos, un vendedor de helados hace juegos malabares con un cucurucho, que el comprador intenta atrapar sin éxito, mientras los que hacen cola ríen del espectáculo y lo graban con el móvil.

Cruzo la plaza con los ojos encharcados por la emoción. Es mi último día de viaje y, como suele ocurrirme al empezar a cerrar un nuevo capítulo, me inunda una dulce nostalgia. Por el momento, guardo en su cajita el recuerdo de la pastelería y de sus profiteroles, que siguen premiados en mi memoria con el galardón de los mejores del mundo. 

Me despido de Estambul y de su magia, agradecido por habernos reencontrado y deseando que no pase tanto tiempo antes de que volvamos a vernos. Hasta entonces, me temo, los dos seguiremos cambiando.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .