El Viajero Circular (San Jacinto). Autor: Alberto Bejarano

Cuando André viajaba, reconocía caras familiares de una ciudad en otra, saludaba a desconocidos que creía conocer e ignoraba a quienes lo saludaban. La mixtura de español y portugués hacía reír por los equívocos. Su portugués era limitado. Apenas le daba para entender que una borracharia no es una tienda para borrachos sino un taller de cauchos y neumáticos: un gato portugués es un ratón español, un buteco portugués no es un butaco español sino una tienda. De sus años en Europa sobrevivían atisbos de francés que le salían acertados con palabras como bagagem o rotiseria. Quería aposentar-se, decía.

Aquella mañana estaba nublado el paisaje igual que su cabeza. Esperaba un vuelo en el aeropuerto de Pampulha en Belo Horizonte. Dos mujeres lo habían abandonado. Una se llamaba Bruna. Habían pasado su última noche en un piso alquilado por ella en el edificio Maletta de Belo Horizonte, famoso por los bares y restaurantes y por las librerías antiguas, los almacenes de vinilos y los galpones de ropa usada. La otra era Jessica, a quien no veía desde un mes atrás, en su última visita a Medellín. Bruna y Jess tenían la misma edad, un perfil parecido y un origen popular. Bruna era secretaría en un instituto de idiomas. Jessica era enfermera.

El trabajo de André era guiar grupos de turistas europeos en Colombia y Brasil, que le pagaban bien y le daban jugosas propinas al final del viaje. Se había habituado a trastear sus tristezas y miserias entre Medellín y Belo Horizonte. Dos semanas atrás Bruna le había preguntado quién era Jessica, pues dormido había repetido su nombre. Bruna se apartó con desgano. Se sirvió una cachaça con hielo y se fumó un largo cigarrillo de papel de maíz, de palha que llaman los mineros. Puso en su tocadiscos un vinilo de Paulinho da Viola y contempló la ciudad al amanecer. Llovía. También llovía en Medellín. Jessica vivía en el barrio Manrique, a la vuelta de la legendaria estatua de Gardel. Jess salía a esa hora de su turno en el hospital universitario y esperó, en vano, la llamada de André. Era habitual. Ella sabía que los vuelos se retrasaban, que los turistas se quejaban de los hoteles y que André amanecía resolviendo problemas. Llegó a su apartamento, se sirvió un aguardiente amarillo de Manzanares y escuchó tangos de Susana Rinaldi.

En Bonomi, Bruna se armó de valor y le pidió una explicación. André dudó. Discutieron. Él alzó la voz y los meseros los miraron mal. Se fue indignado, balbuciendo insultos en alemán. Se embarcó en el primer avión disponible: Belo Horizonte-Panamá-Medellín. Veinte horas después estaba en la casa de Jess. Al despertarse, llamó a Bruna desde el baño. El teléfono estaba apagado. Le dejó un mensaje: “Baby, sabes que eu te amo, baby, baby, volta…”. Jess se fumó un cigarrillo y se imaginó una vez más cómo sería estar en Brasil, cómo serían las calles y las playas de Río. Entre sueños André decía, “baby, baby, nao quer? faça…Bruna, Bruni, Brunilda”. A Jess le dio tanta rabia que no pudo llorar. Se vistió y se fue en silencio. Al despertarse, se sorprendió al no verla. Buscó a Jess en el hospital y no le dieron razón. Tampoco en el asilo donde estaba su madre. Le escribió cartas y correos electrónicos. Un domingo tomó el avión Medellín-Panamá-Belo Horizonte. Fue a Maletta y al Instituto de Idiomas y le dijeron que Bruna no vivía ni trabajaba ahí. Ahora se le ve a André vagando por el aeropuerto abandonado de Pampulha. Amarildo, el celador, lo deja entrar al amanecer porque le tiene simpatía, pues no olvida las cachazas que tomaron en los buenos tiempos.

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