Vida emergente. Autora: Úrsula Melgar Arjona

—20º Latitud Sur y 20º Longitud Oeste.

—Debe haber un error. La pantalla marca 25º Latitud Sur. ¿Aún estás durmiendo, Geoffrey?

—Son las coordenadas que se registraron ayer. No te hagas el importante, Víctor, que acabas de ser bienvenido en este barco.

Era cierto. El geógrafo Víctor Bermúdez había sido enviado por un helicóptero, tras aceptar gustosamente la invitación de su colega Geoffrey Rocks. Debido al cansancio que supuso el viaje, no participó en el proyecto hasta el día siguiente. La imagen captada por satélite que enviaron a Rocks, mostraba lo que a primera vista suponía ser un peñasco de grandes dimensiones.

—Bueno, perdóname —se disculpó el recién incorporado—. ¿Crees que podría estar emergiendo un archipiélago?

—Lo dudo, amigo mío. No se ha detectado ningún fenómeno cerca del lugar en cuestión.

— ¿Me estás diciendo que la isla se desplaza por sí sola? Tendremos que hacer un riguroso estudio para saber de qué se trata. ¡Me encanta!

—No te ilusiones demasiado. Nuestro mecenas nos da la espalda porque, según él, nuestra investigación no llega a la altura de la insignificancia para la humanidad.

—Está bien, haremos lo que podamos. Lástima que hay personas que no saben apreciar la ciencia.

Pese a la incertidumbre, nadie estaba dispuesto a tirar la toalla. Mientras que en un lado del Atlántico reinaba la ilusión por conocer, en muchos kilómetros al oeste predominaba la desesperación. Amalia, que no pasaría de los veinte, se encontraba sola en ninguna parte y necesitaba ser socorrida antes de que fuera demasiado tarde.

En sus últimas vacaciones se dio cumplido su deseo de viajar en un crucero. Lamentablemente, por motivos que no llegó a conocer, el barco hizo aguas. Ella y varios pasajeros lograron escapar. El momento en el que naufragó el buque quedó grabado en su memoria. Algunos lloraron quienes no se pudieron salvar. Una vez que se sintieron seguros, durmieron a causa del agotamiento. La balsa salvavidas se encargó de dejarlos en la playa donde despertaron la mañana siguiente.

Sin embargo, todavía quedaba algo peor. A medida que los días transcurrían, los compañeros de Amalia fueron pereciendo uno tras otro a causa de un mosquito que moraba en la isla. Sola, se vio obligada a vagar por las aguas del Atlántico. Contaba con provisiones procedentes del barco, aunque no servirían por mucho tiempo.

Al principio tuvo esperanzas de que fuera rescatada por algún navío que la encontrase por casualidad. No obstante, a su alrededor no apreciaba otra cosa que una inmensidad azul. Si no moría de inanición, no tardarían las altas temperaturas en encargarse de ello. La comida no era una preocupación en los primeros días, pero más tarde tuvo que disminuir la cantidad de sus raciones.

Poco a poco sentía que perdía las fuerzas. Tampoco tenía nada para aliviar la sed. Estaba tan hambrienta que, en un santiamén, devoró los alimentos que quedaban sin pensar en racionamientos.

Fue entonces cuando perdió toda esperanza. Comprobó que conservaba su navaja de la suerte, regalo de su décimo cumpleaños, en uno de los bolsillos laterales del pantalón. Miró un momento su reflejo en el mar, su rostro con señas de agotamiento y desesperación sufridos desde el naufragio.

Pensaba dar fin a su vida. Con la mano temblorosa, sacó la navaja mientras se contemplaba por última vez. Derramó lágrimas como si no hubiese llorado en años. Echó una mirada a la muñeca de su brazo izquierdo y justo después la sorprendió algo emergido del agua.

Amalia se quedó perpleja de haber ante sus ojos una ballena. Ambas se observaron en silencio con total calma, sin tramar nada. Vio que el animal estiró un poco los labios, como si fuese a sonreír. Escuchó una voz que retumbaba serena y armoniosa, como una campana de plata.

—Más de una vez nos podemos sentir hundidos, pero eso no significa que no nos podamos levantar.

La muchacha dejó caer su navaja. Se acercó a la ballena y la acarició con total confianza. De ella emanaron las siguientes palabras:

—Debe haber humanos no muy lejos de aquí. Lo que no dudo es que este lugar no es para ti.

Y se hundió, dejando únicamente su superficie a la vista, lo que Amalia entendió como “Sube, que yo me encargaré”.

Amalia se sentía ahora más animada. Difícil de creer sería contar su historia, así como el asombro que se llevaron los doctores Bermúdez y Rocks al descubrir el sujeto de sus investigaciones.

Categoría: Relato de Viaje

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