Mi viaje inesperado a San Miguel de Robledo. Autora: Maria del Carmen Altamura

Recuerdo aquel día lluvioso. Estaba sentada en la cama del hotel de Madrid mientras ordenaba el bolso, con la certeza de que todo entraría nuevamente, aunque las cosas que había sacado para usar, parecían haber duplicado su volumen y se me estaba complicando la tarea. A pesar de que estaba siendo muy cauta con las compras, por cuestiones de dinero, y que no me dejaba tentar con los recuerdos que veía en las ferias y paseos como en mis primeros viajes, los bultos se habían incrementado bastante.

Por los cristales del ventanal corría el agua con fuerza, la lluvia torrencial pegaba de lleno en las ventanas y en cierto modo, me alegré de que el tiempo nos obligara a hacer un alto y pensar en el resto del camino. Era la etapa en la que Ana y yo tomaríamos rutas diferentes. Con tanta lluvia no podíamos hacer otra cosa más que recorrer los lugares previstos pero solo mirarlos desde la camioneta, no se apreciaba nada, solo agua por aquí y por allá.  Estábamos en la mitad de las vacaciones y era primordial definir con claridad el resto del itinerario para que el tiempo y el dinero nos alcanzara. Ninguna de las dos quería volver con incómodas deudas.

Imaginé lo que faltaba de la travesía. Mi plan era ir hacia el sudoeste y llegar a Lisboa, ciudad natal de uno de mis mejores amigos. Él me había recomendado qué lugares visitar y hasta había arreglado mi estadía y los contactos necesarios para que conociera a su familia. Después nos encontraríamos en el sur de Francia, donde estaba pasando unos días por trabajo y ahí oficiaría de guía personal para empaparme de  la historia y sus lugares favoritos. Su larga experiencia como viajero, y hombre de mundo que trabajó en ciudades maravillosas como Estambul, Buenos Aires, Beijing, Madrid o Estocolmo, lo convertían en un gran conocedor y soportaba que lo llenara de preguntas. Él, con su paciencia infinita, me aconsejaba de una manera única. Aunque dicen que es difícil tener “amigos varones”, nosotros lo lográbamos. Sin doble sentido, ni intereses mezquinos, sin que uno quiera conquistar al otro, solo amistad entre un hombre y una mujer.

Mientras empacaba imaginaba los próximos pasos, cuando entró al cuarto mi amiga y compañera de viaje y al verme sentada sobre la valija jalando del cierre para poder cerrarla, desplegó una sonora carcajada, típica en ella, que retumbó por toda la habitación. En esa misma tarea había estado Ana en el cuarto contiguo y nos pusimos a reír juntas, cosa que pasaba muy a menudo. Hablamos de lo bien que veníamos con el trayecto elegido. Pero me contó que ella pensaba desviarse hasta un poblado muy pintoresco, cuyos habitantes eran tan pocos, que podían reunirse todos juntos en una plaza si lo deseaban.

Me dio curiosidad ya que no conocía ningún lugar así y quise unirme a su plan. Visitar ese sitio no me distraía tanto del camino que originalmente había planeado y la tentación era mucha.

Ana aceptó feliz y rápidamente hizo los arreglos necesarios para que pudiéramos viajar al día siguiente. Bien temprano, apenas salido el sol, nos recogió de pasada un conocido suyo que andaba por Madrid con la camioneta prácticamente vacía, si no hubiera sido imposible meter las enormes mochilas, los bolsos, además de nuestra humanidad femenina. Me entusiasmó la idea de conocer San Miguel de Robledo (nunca lo había oído hasta entonces), caminar por sus calles, hablar con la gente. Ese era el turismo que más me gustaba y no el de los “City tours” en los grandes monstruos del mundo, que te llevan a ver lo que ellos quieren. Se visitan tantos sitios en un día, que al final no se puede apreciar la magia de sus monumentos, ni la belleza de sus calles, mucho menos embeberse de la idiosincrasia de la gente o gozar de los paisajes. No hay mejor experiencia que caminar tranquilo, observar, consultar a los lugareños, estar en paz con la naturaleza, y qué decir de poder comer en una casa de familia las comidas cotidianas. En fin, pasar un día como en tu país, aunque a miles de kilómetros de distancia.

Viajamos unas tres horas y media aproximadamente, aunque pudo ser un poco más. El tiempo se pasó muy rápido entre charlas y risas, porque nuestro chofer era divertidísimo. Creo que quiso quedar bien conmigo desde el primer minuto y no paraba de hacer chistes y de mirarme por el espejo retrovisor. A mí también me cayó bien y de alguna manera le seguí el juego.

Cuando llegamos al poblado, vimos que el cielo era diáfano y de un color celeste maravilloso, se olía en el aire la falta de polución. En general nos acostumbramos a vivir en medio del humo de los escapes y se convierte en un elemento más de nuestra vida. Olvidamos ver las nubes y oler las flores, hasta que un día viajamos al campo y la maravilla sucede.

La sorpresa fue inigualable cuando nos encontramos con una fiesta en plena calle. Según supe después era una Celebración de la Virgen  de Cargamancos. Se veía mucha gente mayor y unos pocos niños haciendo una larga fila para adorar a la imagen, en una especie de procesión, mientras de fondo se oía una música que me remontó al medioevo, por los instrumentos de percusión y de viento.

Luego bailaron unas parejas con trajes típicos y tocaron las castañuelas. Me quedé un rato embelesada recordando que cuando era niña, mi madre me disfrazaba de española, ya que ella veneraba muchísimo su cultura, como tantos otros argentinos. La inmigración española y la italiana se fusionaron con la cultura criolla, dejando un sinfín de recetas, palabras, modismos, música, ropa y arte.

Volví al presente con el pensamiento y para ese entonces mi amiga había encontrado entre la gente al contacto que nos daría hospedaje. Saludamos a varias personas muy agradables y hospitalarias, probamos un queso exquisito, que creo que era de leche de cabra. El hambre se había apoderado de mí y más tarde, almorzamos todos juntos en un restaurante con  magnífica vista a la Sierra de Francia. Después de comer, Damián, nuestro “chofer”, me invitó a pasear y mirar el pueblo. Le dije que estaba muy cansada pero igual acepté porque me causaba una buena impresión. En la recorrida vimos casas sencillas con techos de tejas, los hermosos jardines, pasamos por la Capilla construida en honor a San Miguel, patrono del pueblo, y también la arboleda más allá, sobre la sierra. Después de muchas risas y conversaciones, me di cuenta de que al lado de Damián el tiempo se me pasaba más rápido que de costumbre. La estancia en ese lugar fue corta pero mágica.

Al otro día Ana siguió su rumbo hacia Francia, y yo proseguí hasta Lisboa, para conocer la tierra de uno de mis mejores amigos. Damián quería acompañarme pero tenía compromisos de trabajo y volvió a Madrid en su camioneta. Antes de partir, hablamos de cosas profundas, como si nos conociéramos de toda la vida. Compartimos miradas sorprendidos por lo que estaba pasando entre nosotros aunque no sabíamos bien qué era. En parte, creo que nuestras almas ya se habían conectado en una vida anterior.

Luego, yo viajé a Francia para encontrarme con Ana y Esteban, mi amigo portugués. Ellos me estaban esperando para conocer Toulouse, pero la sorpresa fue que también estaba Damián, ansioso de pasar unos días con nosotros. Fueron las vacaciones más intensas que se pueden vivir y nunca más pude separarme de él.

Un año después, decidí hacer otro viaje a San Miguel de Robledo, y en la Capilla me casé con Damián. Era una mañana fresca de otoño, igual al día en que nos enamoramos.

Categoría: Relato de viaje

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