Los girasoles. Autora: María del Carmen Celis Oñate

Circulábamos a más velocidad de la que, desde luego, parecía recomendable dadas las circunstancias. Es cierto, que el camión militar era estable y estaba preparado para ello pero, probablemente yo, no. No sentía dolor, todo a mi alrededor era como una gran nebulosa; las luces, los sonidos, incluso los recuerdos. Las últimas escenas lúcidas que había en mi mente eran sobre mí; era yo corriendo hacia mi mujer y mi hija, gritando para que se refugiaran en el campo de girasoles que había enfrente de nuestra casa. Corría y gritaba con todas mis fuerzas pero, ni una cosa ni otra parecieron ser suficientes. El estruendo, la confusión, el calor, –no el miedo, pues no hubo tiempo para eso– fueron increíbles. Dejé de verlas; dejé de verlo y oirlo todo. Ahora, sólo velocidad. De vez en cuando volvía algo de lucidez y era consciente, por un momento, de toda aquella realidad y, entonces acudía a mi mente su ausencia, y también todo mi dolor, el físico y el emocional. El primero era espantoso, el segundo, simplemente no podía describirse. La vista se nublaba de nuevo y yo lo agradecía. Las sirenas volvían a alejarse poco a poco de mí hasta perderse por completo en un sueño profundo. Al despertar, todos los dolores del mundo parecían pertenecerme. Ya no estaba en un camión, sino en una camilla en un hospital de campaña. Todo eran gritos y sangre a mi alrededor, enfermeras y médicos corriendo de un lado a otro. Mis pensamientos sólo iban en una dirección: ¿dónde estaban los beneficios de esta guerra? ¿dónde estarían al final de ella? ¿algún país contaría con más territorios? ¿aumentarían después los puestos de trabajo? ¿se avanzaría tecnológicamente? Mi sufrimiento, el sufrimiento de tantas y tantas almas, no se compensaba con todo aquello. No podía hablar, aunque escuchaba a ratos, en el ir y venir de mi consciencia. Sólo se oía tormento e incomprensión, se oía el miedo y también la compasión. No hubiera podido imaginar nunca el extraordinario placer que podía suponer la usencia de dolor. Me deleitaba en esos pequeños momentos en que mi instinto de supervivencia me acercaba al shock y a la pérdida de conocimiento. Más tarde volvería la tortura de nuevo. Pasado un tiempo, completamente indeterminado para mí, sin duda bastante próximo a una eternidad, sentí al médico y a la enfermera cerca de mí. Ya había llegado mi turno, claramente era grave mi situación, puesto que era dicha gravedad la que marcaba el orden. No conseguía mantener el entendimiento a tiempo completo y por tanto, algunos detalles se perdieron en la lejanía, pero sí sabía que tenían un gran trabajo por delante con este cuerpo. La enfermera me hablaba suavemente y me apretaba la mano, en un intento, a ratos vano, de explicarme el estado en que me encontraba. Me instó a parpadear si estaba entendiendo lo que me decían. Lo hice. Cada vez con mayor intensidad, el dolor se poderaba de mis escasas fuerzas y aumentaba la neblina ante mis ojos. Todo esto no tenía sentido. Nunca la guerra lo tuvo, ni nunca lo tendría; pero aquí estábamos. ¿Hasta cuándo? Cuándo el ser humano se daría cuenta de los errores cometidos? Pronto, seguro que sería pronto. Si todo mi dolor sirviera para hacer comprender, al menos habría valido la pena. Al menos… En un momento dado, allí, a lo lejos, en medio de la bruma, comencé a vislumbrar una luz, tenue al principio, que se fue ampliando y vivificando poco a poco. Unas sombras en su interior parecían caminar en mi dirección. Ambas, la luz y sus sombras, eran cada vez más claras y cercanas; hasta que, por fin, pude distinguir con claridad la imagen. Eran mi hija y mi mujer que ahora jugaban y corrían por el campo de girasoles. Ambas me miraron sonriendo y, con un gesto de sus manos, me indicaban sutilmente que me acercara, que fuera hacia ellas. Yo sonreí también. La enfermera me distrajo de mi sueño y yo atendí de nuevo a la vida. “¡No te duermas, quédate conmigo!” me dijo. “El doctor está haciendo un buen trabajo y juntos vamos a conseguirlo”, añadió. Parpadeé de nuevo y su mirada se iluminó por un moemento. Ahí estaba la compasión que antes escuchaba. Ahí estaba la otra cara de la moneda, la otra faceta del ser humano, capaz de destruir, pero también capaz, sin duda, de crear, de amar. Y ese amor mitigó en parte mi dolor; no el del cuerpo, por supuesto. Ya comenzaba a calmarme, a familiarizarme de nuevo con la esperanza y la bondad y, entonces, aquellos disparos de ametralladora, aquellas bombas, aquellos gritos de nuevo. Y yo estaba demasiado cansado; ya no estaba enfadado, sólo demasiado cansado. Y me acerqué a mi sueño. Y la luz y sus voces me susurraron. Y yo… decidí… que me gustaban demasiado los girasoles.

Categoría: Derechos Humanos

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