Sobreviviendo a lo auténtico. Autora: La Colocha errante

La Antigua (Guatemala)
10 de febrero de 2013
La Colocha errante

Existen viajeros entusiastas e intrépidos (calificados comúnmente como “aventureros”) que van buscando disfrutar y vivir lo auténtico allá donde van, aún a riesgo de acabar con una infección de estómago que les deje convalecientes, sentir repugnancia ante determinadas experiencias o acabar despeñándose por un risco mientras tratan de encontrar un lugar diferente y aislado de turistas. Reconozco que me encuadro dentro de este perfil, pero también sé que en algunas ocasiones es necesario rendirse ante la evidencia y ser práctico (siempre y cuando uno pueda permitírselo…).

Este fin de semana decidí hacer una escapada a Atitlán desde La Antigua, para lo que opté por realizar el trayecto económico: tres horas, cuatro transbordos. Puse el despertador a las cinco de la mañana y avisé previamente a mi compañero de habitación, el quiromante, que mostró su conformidad al respecto y dijo no tener inconveniente. Cuando sonó el despertador me sentí orgullosa de mí misma por actuar con previsión y dejar todo preparado la noche anterior, a excepción únicamente de la comida. Enciendo la linterna de leds y comienzo a vestirme, hasta que llega el momento de ponerme el sujetador: no está. Alumbro la cama donde estaba la ropa, no está; miro en la mochila, tampoco está… ¿Dónde coño he puesto el sujetador? El compañero de habitación gira sobre sí mismo, se tapa con la almohada y no vuelve a moverse: “bien”, pienso, “está totalmente dormido o se ha asfixiado con la almohada”; tanto lo uno como lo otro me da mayor tranquilidad para seguir buscando con la linterna (de leds) sin remordimiento alguno. La última opción era la maleta, así que decidí abrirla para salir de dudas: ahí estaba, el muy gracioso se había escondido en esa maleta…

Una vez vestida, me encaminé a la cocina para preparar, rápida y silenciosamente, la comida que iba a llevarme: aguacate, tomates de ensalada, queso insípido, una lata de atún en agua, cereales y dos batidos de fresa. La papaya decidí sacrificarla por exceso de peso, así que la sustituí por dos maravillosos plátanos (bananos, como aquí les llaman). Mientras estoy centrada en estos menesteres, oigo que suena la alarma de un despertador: “no puede ser”, y salgo corriendo hacia la habitación; el despertador se había confabulado con el sujetador y decidió dar la nota por segunda vez. Un par de días después, todavía sigo sin explicarme este extraño e intrigante suceso, y más aún si a ello unimos que el compañero de habitación seguía sin moverse…

Vuelvo a la cocina, lleno una botella de agua y me escurro sigilosamente (o todo lo “sigilosamente” que alguien como yo puede moverse) por el pasillo hasta la habitación. Cuando tengo todo listo (sólo ha llevado una hora de reloj, sin ducha y sin nada que haya llevado a la boca para hacer despertar al insaciable estómago), me dispongo a colgarme la mochila y…. ¡se me cae la botella de agua al suelo! Probablemente en horario vespertino nadie se habría dado cuenta del ruido, pero a las seis de la mañana, cuando el gallo todavía está desperezándose, tiene que ser equiparable a despertarse con un sartenazo en el oído. A estas alturas de los preparativos, el orgullo con el que me había levantado, se ha agazapado humilde y cobardemente. Miro hacia el compañero y veo que sigue sin moverse: “excelente, muerte por asfixia”. Recuperada la compostura, despido al velador y salgo hacia la estación de autobuses. La idea consistía en aprovechar el trayecto (cuatro trayectos, para ser más exactos) para dormir plácidamente, dado que no es la primera vez que me tumbo en los asientos de un autobús en posturas califiquémoslas como yógicas y consigo dormirme aún sin saber cómo. Pronto esa idea se vio truncada…. y en los cuatro trayectos.

En la estación me esperan los chicken buses, los antiguos autobuses escolares americanos comprados y tuneados por países de Centroamérica. Entro, me siento, coloco la mochila en el suelo e intento buscar una postura cómoda. Dado que esto último es imposible por el tipo de asiento del autobús (los escolares norteamericanos no debieron superar el 1.20 m. de altura durante su infancia y adolescencia), trato igualmente de conciliar el sueño, pero el amanecer me lo impide. Busco el antifaz de actriz hollywoodiense en el bolso pero, como no es la primera vez a lo largo de la mañana que no encuentro algo (a pesar de ser tan previsora), desisto de seguir con una tarea que a nada conduce. Rendida ante la evidencia, cojo unos auriculares y me pongo a escuchar música. El mp3 se carga conectándolo al puerto de un ordenador y, dado que en 48 horas no voy a disponer de ninguno, considero la posibilidad de racionar su uso. En ese momento recuerdo a James Franco en 127 horas y llego a la conclusión de que servidora no sobreviviría en circunstancias extremas más de 48 horas (y en el mejor de los casos); me resigno ante tan realista deducción y decido escuchar música todo lo que me dé la gana sin importarme lo más mínimo mi supervivencia.

En ese momento, mis ojos se detienen ante el conductor, un gordo con vaqueros, sudadera roja, bigote y oídos taponados con algo a lo que el inconsciente trata de no dar importancia para evitar exaltarme a tan tempranas horas de la mañana: “será posible, ¡el muy desgraciao también lleva unos auriculares puestos!”, con la sutil diferencia de que la vida de esta pasajera depende de su profesionalidad en el manejo del pollo-bus y no al contrario… Y es que en Guatemala, o te quedas sordo debido al volumen excesivo de la música del conductor, o mueres estrellado en un accidente de tráfico porque el conductor no quiere compartir su música con el resto de pasajeros. La elección es difícil, dado que ambas situaciones son una tortura. Tras una hora de trayecto, llegamos a Chimaltenango, primer transbordo. No he pegado ojo (seguro que el gordo de sudadera roja ha dormido más que yo), pero lo peor está todavía por venir.

Subo al autobús que va hasta Sololá, el siguiente destino. El empeño en poder dormir durante el viaje queda totalmente desestimado ante el panorama que se muestra ante mis ojos: decenas de viajeros sentados de manera solapada superando el aforo permitido en un autobús escolar de los tiempos de Kennedy. Alguien grita “¡¡pasen hasia trás, hay sitiooo!!”, “debe estar de coña”, es más difícil poder pasar al fondo del autobús, que romper una fila de formación hoplita. Además, ¿a qué sitio se refiere exactamente? Los asientos del autobús se disponen de forma que hay un asiento para dos pasajeros a cada lado del coche, pero las formalidades en el trasporte público guatemalteco son una utopía: cada asiento es ocupado por tres personas, siempre y cuando no haya algún niño subido a las rodillas de alguien (no tiene porqué ser su madre). Eso da como resultado un colapso en el supuesto corredor y que los viajeros sentados en los extremos que dan al pasillo apoyen una nalga en un asiento y la otra, se sostenga haciendo fuerza lateral con la nalga del pasajero de al lado, para lo cual se requiere de una gran habilidad y de una mentalidad colectiva; en el caso de que no tengas la suerte de tener otro pasajero pegado a ti, tienes que hacer contrapeso como puedas para evitar una caída ridícula.

Los lugareños me miran como si, efectivamente, fuera una actriz hollywoodiense (y sin el antifaz), y yo a ellos como si se trataran de piezas de puzzle encajadas a la fuerza. Choque cultural, primera toma de contacto, el caso es que los pasajeros de delante se levantan para que pueda proseguir avanzando hacia el fondo y, dado que no quiero parecer una principiante en algo tan básico como sentarse en un asiento (o en el aire) de un autobús, me encamino segura (aunque la expresión de la cara debía seguir siendo la de una “idiota” impactada y sorprendida) hacia…. donde el instinto me lleve. Efectivamente, el que gritaba tenía razón: quedaban sitios en el pasillo, entre asiento y pasajero.

Una vez acomodada (que no cómoda), decido observar el entorno para que me ayude a no seguir comportándome como una advenediza. Lo primero que contemplo es el paisaje: la guía de viaje que compré en una tiendita de Flores recomienda sentarse en el lado derecho del autobús para disfrutar de las vistas, puesto que el autor no realizó en su vida el trayecto económico y optó por un transporte privado que le permitiese elegir dónde sentarse y, seguramente, dormir durante la mayor parte del periplo a pierna suelta (y yo, sin dormir, y con una nalga suelta). Dado que pretender sentarme en el lado derecho supone disputarme el trofeo con otras dos personas más que hay a mi derecha, decido no guardar rencor al autor de la guía y continúo observando el interior del autobús.

Entre las dudas que me surgen sigue presente la relación “espacio/volumen corporal”, pues hay personas que dudo puedan pasar a través de cinco centímetros de anchura. Pienso en los roedores y su capacidad de descoyuntarse para colarse entre rendijas aparentemente imposibles y trato de aplicarlo al ser humano. Mi teoría se ve confirmada cuando el autobús hace la parada y se vuelve a poner en marcha, pues es entonces cuando se produce un flujo desordenado de pasajeros que se mueven con soltura y habilidad desafiando la lógica de todos aquéllos que no hemos vivido antes esta experiencia. Unos y otros se movilizan para que los viajeros puedan pasar independientemente de su volumen, se van colando por los huecos con la capacidad de adaptación de gotas de agua. Asombroso, pero tengo que ser capaz de cambiar mi expresión de sorprendida en algún momento para tratar de pasar desapercibida.

Por mucho que trato de actuar como una viajera experimentada acostumbrada a este tipo de trayectos, mis ojos me delatan, pues no consiguen dejar de sorprenderse frente a todos los detalles que ofrece el “pollo-bus”. Al fondo, a mi izquierda, un rótulo en letras rojas a cursiva reza “Dios te acompañe”, y sólo rezo para que no sea en sentido literal, pues el aforo está dramáticamente completo y Dios es omnipresente. Otro rótulo, en la cabecera del autobús, esta vez más prosaico, sentencia “No fumar”, y se halla censurado por una barra metálica. Obviamente, el rótulo precede a la barra, un ejemplo más de los añadidos del autobús a tenor de las circunstancias y de los gustos (recuérdese el mencionado tunning de estos “pollo-buses”). Efectivamente, los jóvenes norteamericanos de los tiempos de la Guerra Fría iban sentados cómodamente en el autobús (dos por asiento), las barras no eran necesarias dado que no había pasajeros hacinados y de pie. Por lo tanto, se hace inevitable censurar un rótulo que vela por la salud de los pasajeros y priorizar su integridad física, ya que de nada sirven unos pulmones limpios si no tienes dónde sujetarte en una curva o en un frenazo (y aseguro que es importante dada la temeridad con la que conducen en estas tierras).

Pero probablemente lo que más haya llamado mi atención, y por extraño que parezca a estas alturas dado mi constante asombro y perplejidad, es el adorno justo enfrente del autobús: una magnífica pantalla plana. Una pantalla plana…. en el interior de un “pollo-bus”… en trayectos cortos… con nulas comodidades en el pasaje… y esperando a ser encendida y quién sabe con qué proyección. El contraste es similar al que me produce una pasajera con traje regional chapino y móvil guardado en su delantal.

Si en algo agradezco haber realizado el viaje de vuelta en similares circunstancias, es porque la incógnita de la pantalla plana, esa incógnita que me impedía seguir pensando con claridad y disfrutar por completo de mi fin de semana en Atitlán (si es que llegaba en algún momento), quedó resuelta. Lo que no entiendo es cómo no se me pudo ocurrir antes: ¡las pantallas planas de los “pollo-buses” proyectan videoclips!”. Ahora no sólo tengo que soportar las baladas, la banda, Enrique Iglesias o canciones que en su momento fueron popularmente conocidas, sino que tengo el privilegio de poder “tragarme” el videoclip, el cual es en muchas ocasiones incluso peor que la canción. No puedo pedir más. Ironías aparte, es una táctica infalible para mantener a raya a los viajeros más díscolos: no tienes dónde apoyar el culo cómodamente, pero disfrutas de una cuidada selección de canciones realizada por expertos melómanos de exquisito gusto que neutraliza al más rebelde.

El autobús llega a “Los Encuentros”, donde tengo que tomar otro en dirección a “Sololá”. Me subo en el autobús con la seguridad de quien ya lo ha visto todo y poco le puede sorprender. Lástima que mi confianza recién adquirida no pueda ser puesta a prueba, pues el trayecto de treinta minutos se sucede sin novedad alguna. Salvo unas pegatinas verdes en la parte superior de las ventanas a modo de bandas decorativas que restan visibilidad y son de dudoso gusto estético, la experiencia del tercer trayecto fue aburrida y decepcionante: apenas hay gente, no hay nadie a mi lado que sustituya el calor que me proporcionan los ansiados brazos de mi madre, no hay plegarias a Dios… y ni siquiera tiene pantalla plana. Menuda mierda. En un momento incluso llegué a plantearme que probablemente me había equivocado y estaba montada en un autobús de 2ª clase… Menos mal que el trayecto duró quince minutos.
En Sololá, me subo al último autobús, no sin cierta melancolía por estar a punto de finalizar mi recorrido, dirección a Atitlán. La plegaria, imprescindible salvo que el autobús sea de 2ª clase, recuerda a los pasajeros que “Este autobús es propiedad de Dios” y, dado mi enajenamiento mental, no puedo evitar imaginarme a Dios con una compañía de autobuses tan divina (en el sentido amplio de la palabra) como la de los “chicken-bus”. En vista de que estos autobuses se caracterizan por su continua trasformación y que de seguir así su filosofía de reciclaje, sobrevivirán a la Humanidad, creo que no estaría de más incluir un confesionario para completar su eclecticismo. Puesto que el problema del espacio ha quedado demostrado que está más que resuelto, no creo que este aspecto vaya a ser un inconveniente para la consecución de esta feliz sugerencia.

Sin embargo, la originalidad de este autobús no reside precisamente en el rótulo… En un principio no me había fijado porque estaba aprovechando a ver el paisaje desde el lado derecho del transporte (quería saber cómo se sintió el autor de mi guía cuando escribió ese desafortunado comentario), pero unas luces intermitentes acabaron por llamar mi atención: en el frente del autobús, en el lugar donde tendría que estar la moderna pantalla plana, hay unas luces de freno que cambian de color y tienen cierto efecto hipnótico si te quedas mirándolas durante más de veinte segundos. Creo que este hallazgo completa la perfección alcanzada por estos autobuses.

Aterricé en Atitlán con sentimientos encontrados. En otras circunstancias (u otra persona) se habría emocionado de poder pisar tierra firme tras tres interminables horas, pero yo sabía que mi experiencia en Atitlán no me iba a aportar tanto como cuatro trayectos en un “pollo-bus”. Sin embargo, repetí experiencia a la vuelta por cuestiones puramente económicas, y es que me considero una viajera que disfruta con lo auténtico, pero hay veces que la comodidad supera la curiosidad y sólo por necesidad decides repetir…

Categoría: Relato de Viaje

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