Leh, un palacio, un bazar y un campo de polo. Autora: Marta Torres Santo Domingo

En el Viaje a Ladakh, el pequeño Tíbet, es obligado disfrutar de unos días en Leh, la capital. Y para llegar, una de las rutas más recomendables es la carretera que viene de Manali, en su último recorrido paralela al río Indo, un río ya enorme que va a una velocidad vertiginosa, rugiendo y haciendo olas a su paso, con un color amarronado producto de las revueltas tierras que arrastra a su paso. Es salvaje. Las montañas que nos rodean, además, adquieren unas formas y unas tonalidades asombrosas, de los lilas a los naranjas, rotas solo por los huertos y arbustos que crecen alrededor de las escasas poblaciones por las que pasamos. Nunca en mi vida había visto una montaña completamente violeta como la que vimos en esta carretera. Habrá razones científicas, como es natural, para que la naturaleza se vista de estos colores, pero yo en aquel momento solo creía en explicaciones mágicas.

En un momento dado el valle del Indo se abre y se convierte en una amplia llanura verde rodeada de desérticas y rocosas montañas, algunas de más de 6.000 metros, con nieves perpetuas. Se ven ricos cultivos en una ancha franja en torno al río que es, también, donde se sitúan las principales poblaciones y monasterios. Los colores del valle son intensos y es difícil olvidar el brusco contraste entre los naranjas y rojizos de las montañas, los verdes de las huertas en las orillas del río y el limpio azul del cielo. En el centro del valle, el río, ancho y rápido, nos va dirigiendo hacia el corazón de Ladkah, su capital, Leh (3.505 metros de altitud), a la que llegamos ya casi anochecido.

Ladakh había sido un reino independiente desde el siglo IX, en el que se estableció en la región una dinastía procedente del Tíbet. Durante siglos mantuvo una gran influencia del Tíbet central aunque, poco a poco, fue aceptando también la influencia de los poderosos estados musulmanes del sur y del oeste que codiciaban su mayor riqueza, la lana pashmina. Disputas, guerras y cambio de alianzas fueron sucediéndose a lo largo de los siglos hasta que, en 1834, los dogras terminaron con su independencia y la conquistaron para el Reino de Jammu y Cachemira. Después la gobernó el imperio británico, y tras la tormentosa Partición, desde 1947 forma parte de la India, aunque con graves conflictos fronterizos con Pakistán y China.

Leh ha sido durante toda la historia de Ladakh, pero especialmente desde el siglo XVII cuando fue elegida capital por el monarca de entonces, un enclave esencial en el ramal de la Ruta de la Seda que iba desde la India en el sur, hasta Yarkand y Kasghar en el norte, Lhasa y el Tíbet en el este, y Cachemira, Pakistán o las antiguas ciudades de Samarkanda o Bujara en el oeste. Su población original, la etnia tibetana de los ladakhíes, se ha relacionado y mezclado de forma natural con los musulmanes que venían de Cachemira, los indios de Jammu, los mogoles que venían del norte, o los propios tibetanos de Lhasa, la capital para todos los budistas.

Leh hace tiempo que dejó de ser ese lugar de encuentro comercial y cultural pero sigue teniendo un gran encanto y para poder disfrutarla con más intensidad y hacernos una idea de lo que fue, hay que quitarle a la ciudad que vemos hoy varias capas que se han ido superponiendo y llegar hasta la roca original en que se asienta. Para ello, hay que elevar la mirada por encima del deterioro lamentable de muchas de las casas del centro, de los inevitables bazares llenos de las mismas mercancías, y, sobre todo, de un turismo que, aunque escaso todavía, es capaz de llevarse por delante, en poco tiempo, siglos de autenticidad y originalidad.  

La ciudad no es muy grande, 30.000 habitantes, y se organiza en torno a una fortaleza-palacio en lo alto de una colina, desde la que se domina el valle y las altas montañas que la rodean. A sus pies se van agrupando los barrios de lo que ahora se llama la ciudad antigua y, ya en el terreno más llano, se abren dos lugares fundamentales de la ciudad, la calle del gran bazar, en el mismo lugar que hace siglos, y el antiguo campo de polo, hoy un aparcamiento lleno de coches. En esta zona se incluyen las mezquitas y el barrio musulmán, reducido a dos calles, las capillas y monasterios budistas, los mercados y, en las afueras del casco histórico, el barrio de los tibetanos refugiados, la zona de los hoteles de los turistas, el complejo de los misioneros moravos (iglesia, residencia y colegio), y la calle de los montañeros y modernos mochileros, otro clásico de la zona.

A lo largo de nuestra estancia en Leh pudimos ir conociendo todos estos lugares y, sobre todo, disfrutamos del espectáculo que supone ver el día a día de sus habitantes realizando sus labores cotidianas. Y si hay que elegir un lugar para tomarle el pulso a la ciudad, ¿por qué no empezar por la calle del gran bazar?

La calle principal de Leh es una amplia avenida, a los pies del palacio y de la ciudad antigua, en la que desde hace siglos se concentra el comercio de una ciudad caravanera por excelencia. Por aquella calle transitaban camellos, mulos y yaks con las alforjas repletas de productos para cambiar, comprar o vender, llevados por una variada representación de las gentes de Asia Central. La calle estaba flanqueada a ambos lados por casas que se abrían a espaciosos patios, a modo de caravansarais, en los que hombres, animales y carga se distribuían mientras se cerraban negocios y se montaban expediciones. Todo terminó cuando el gobierno comunista chino cerró los pasos al norte, hacia 1949, y se interrumpió esa antigua red comercial de múltiples caminos. Hoy queda poco de esa antigua Leh comercial, aunque permanece la distribución de la calle, las casas y los patios. Pero las tiendas han cambiado y están dedicadas a ofrecer al turista las mercancías de la zona, fundamentalmente, pashminas y alfombras de Cachemira, pinturas thankas budistas, joyería tradicional, antigüedades verdaderas y falsas, ropa de montaña, y souvenirs varios. Además, varios cafés, restaurantes, una librería, tiendas de ordenadores, móviles e internet, completan el paisaje de una pequeña ciudad del siglo XXI.

La primera impresión es un poco decepcionante pero nos sitúa en la realidad. Venir a Leh a buscar un pasado caravanero, que ya es historia, no deja de ser una ingenuidad propia de turistas. Pero si el viajero tiene tiempo, ganas de mirar, y obvia la constante oferta de souvenirs, encontrará una calle bulliciosa y llena de vida tradicional que sigue siendo la vía más transitada por una población en la que se aprecian gentes de muy diferentes rasgos: caucásicos, mongoles, tibetanos, hindúes o chinos.

Aquí vienen de toda la ciudad a comprar las verduras que las campesinas traen cada día de sus huertos cercanos. Sentadas en fila en una de las aceras, delante de las tiendas, ofrecen acelgas, lechugas, nabos, judías, patatas, cebollas, perejil, leche… Todo con un aspecto estupendo. Sentimos no poder comprarlas porque nada me hubiese apetecido más esa noche que cenar unas acelgas frescas con patatas.

Pero la calle tiene mucho más, sobre todo a esta hora en la que el atardecer se aproxima y la gente pasea. Se distingue a mujeres con el traje indio punjabí o con túnicas musulmanas, varios sijs, grupos de monjes jóvenes con sus móviles en la mano, algún militar de los muchísimos regimientos que rodean la capital, un hombre con un enorme sombrero de copa ladakhí, pandillas de chicos ociosos, modernas chicas con leggins y vaqueros, niñas saliendo del colegio con sus uniformes… Entre los comercios con mercancías más modernas, destaca una tienda pintada en azul cielo en la que venden lana sin teñir trenzada.

El bazar no termina en la calle principal sino que se adentra en las paralelas, en donde desaparecen las tiendas turísticas y nos encontramos con un comercio auténtico para los ladakhíes. Una gozada ver sus peluquerías, droguerías, tiendas de ropa tradicional, puestos con objetos religiosos, artesanos del bronce trabajando unas magníficas estatuas, etc.

Cenamos en la avenida principal en un restaurante de comida Kashmir, el Wazwan, palabra que da nombre a un menú tradicional de Cachemira con treinta y seis platos. La comida era diferente a la que habíamos comido hasta entonces, más elaborada y con muchísimas especias. Nos gustó. A la salida, el sol está desapareciendo. Elevamos la mirada por encima del bazar y vimos banderas de oración al viento, un chorten, la fortaleza vigilando, el alminar de una mezquita, la montaña dorada, los picos nevados. Leh, la capital de Ladakh.

A día siguiente, tras muchas horas dedicados a la visita de los cercanos monasterios que jalonan como un rosario el valle del Indo, volvimos al mediodía a Leh con ganas de adentrarnos en la ciudad, llena de una realidad más cercana y comprensible. Y empezamos el paseo adentrándonos en el barrio musulmán.

En Leh, de mayoría budista, habita una amplia comunidad musulmana establecida desde hace siglos. Muchos de ellos son descendientes de los antiguos mercaderes que comerciaban con todo tipo de productos en el trajín de la Ruta de la Seda. Hubo conversiones y matrimonios mixtos y hoy se pueden ver por las calles de Leh mujeres de rasgos tibetanos con el velo islámico.

El barrio musulmán, en realidad, se reduce actualmente a unas cuantas calles alrededor de la mezquita principal que había al pie del palacio. La principal mezquita de la ciudad estaba en la calle del bazar, al inicio de la ciudad vieja y al pie de la colina en la que se levanta el palacio. Hoy esa mezquita ya no existe y en su lugar solo queda un enorme solar y lo que debió de ser una antigua puerta con decoración islámica del siglo XIX. La mezquita actual está en mitad de la calle del bazar principal.

Junto al solar de la antigua mezquita y hacia la izquierda, mirando al palacio de frente, es donde se sitúa el barrio musulmán histórico aunque lo primero que nos encontramos es un antiquísimo chorten con unas esculturas budistas esculpidas que nos hablan de la constante mezcla de culturas y religiones. En una de las calles más estrechas se localizan las panaderías, de las que todavía existen al menos tres. Destacan en la ciudad porque, viniendo desde el este, tierra de cultura tibetana, son las primeros establecimientos en los que un viajero podía comprar pan de harina de trigo. En el Tíbet, el alimento básico es la harina de cebada, que al mezclarse con te de mantequilla da lugar a una pasta llamada tsampa. Y la comida tradicional hindú se basa en arroz o legumbres, como las lentejas. Por ello, el pan del barrio de los musulmanes tenía que ser muy apreciado.

Situado en un calle paralela estaba el pequeño Museo de Asia Central, muy recomendable, patrocinado por la organización Tibet Heritage Fund y dedicado al pasado de Leh como encrucijada de caravanas y comercio. Lo más atractivo son las fotos antiguas en las que pudimos reconocer la calle del bazar pero con camellos, árboles y mercaderes. Hay algo melancólico en ese mundo perdido, lleno de exotismo y viajes soñados.

Salimos del barrio musulmán y nos adentramos a continuación en la ciudad vieja, el barrio al pie del palacio. Se trata del conjunto urbano mejor preservado de arquitectura tradicional tibetana, unas doscientas casas antiguas, algunas de ellas grandes mansiones, apiñadas en un pequeño espacio en la ladera de la colina, separadas por estrechas calles. Piedra, ladrillos de adobe, columnas y pilares de madera, los elementos básicos de la zona, aquí se potencian unos a otros y al caminar entre estas casas se nota la antigüedad de la ciudad, la importancia que tuvo, la riqueza que generó, la vida que hubo.

Sin embargo, es desolador ver la cantidad de casas cerradas o abandonadas, a punto de caerse, o ya medio caídas, y el hedor que sale de algunas. Inevitablemente me acuerdo de la ciudad de Toledo en la que también hay calles con manzanas completas de casas abandonadas, con puertas y ventanas tapiadas para que no se derrumben o, directamente, solares vacíos tras muros herrumbrosos. El devenir de ricas civilizaciones lo sentimos en sus capitales caídas. Ciudades muertas, a pesar del esfuerzo de las organizaciones dedicadas a la protección del patrimonio. Si la gente de la ciudad no vuelve a esas casas, a vivirlas, a hacerlas suyas, con panaderías abiertas, niños corriendo, ancianos al sol, chicos yendo y viniendo al colegio, ropa tendida, hombres y mujeres trajinando, no habrá futuro para esas ciudades viejas. O se caen irremediablemente, o se convertirán en museos y parques temáticos para el turista ávido de imaginar pasados que ya no existen. ¿Qué pasará en Leh? No lo sabemos.

Hoy recorremos sus calles mientras encontramos antiguos chorten dándonos la bienvenida entre cables retorcidos. Un hombre sentado a la puerta de su tienda mueve su molino lanzando oraciones al viento, una vaca husmea en la basura y una mujer camina deprisa hacia un lugar sin nombre. La ciudad vieja todavía palpita.

Por unas empinadísimas callejas, en algunas zonas puro monte, se asciende hasta alcanzar la entrada principal al palacio de Leh, uno de los mejores y más grandes edificios de la arquitectura civil tibetana de toda la región Himalaya, construido en el siglo XVII por el mismo rey que fundó el monasterio de Hemis, Sengge Namgyal, el más importante de la dinastía Namgyal. No es sino una fortaleza-palacio, emparentada con las grandes fortalezas tibetanas que querían parecerse al Potala de Lhasa, sin duda, la más impactante de todas ellas.

La vista que se tiene desde él es soberbia, pues domina toda la ciudad desde sus nueve pisos, casi mimetizado con la roca sobre la que se apoya. Su perfil a lo lejos ha construido, durante siglos, la imagen de Leh para los viajeros, mercaderes y visitantes de todo tipo que conocieron la ciudad

El palacio fue abandonado cuando la dinastía reinante de los Namgyal fue expulsada en 1834 por los Dogras, pueblo de mayoría hinduista que venía de Jammu, al sur, y se apoderó de Ladakh. Desde entonces el edificio fue deteriorándose hasta llegar a una situación casi irreversible. Hace unos años, por fin, el gobierno indio y organismos de protección del patrimonio como el Tibetan Heritage Fund comenzaron a intervenir por fases para salvar este tesoro. En la actualidad, se pueden visitar varias zonas del palacio aunque se han perdido la mayoría de pinturas, decoraciones y muebles.

Se accede al palacio por una puerta de madera labrada muy vistosa, llamada la “Puerta del León” debido a unos fieros leones esculpidos en el friso superior que nos dan la bienvenida. La visita es un tanto caótica, muy apropiada para las características del palacio que es, como los de su género, un laberinto de pisos, pasillos, habitaciones, terrazas, patios, salones o capillas. Destaca, especialmente, la capilla, y, especialmente, las terrazas, desde las que se tiene la mejor vista de la ciudad. Nos entretenemos localizando los dos ejes principales de la ciudad, la calle del gran bazar y el antiguo campo de polo, ahora un enorme aparcamiento. Más allá, el mercado tibetano, los barrios de los hoteles, el valle con sus cultivos y las montañas, siempre las montañas al fondo.

En Leh, como capital de la región, no podía faltar un gran campo de polo en el que se jugaba muchas tardes y que es muy visible en el plano de la ciudad. Hoy está convertido en un gran aparcamiento de la ciudad. Cuando se viaja a remotas regiones como Ladakh es cuando nos damos cuenta de la lectura tan eurocéntrica que hacemos del mundo. Porque el polo, aunque lo consideramos una de las tradiciones británicas por excelencia, en realidad nació hace muchos siglos en Asia Central y desde allí fue difundiéndose hacia Persia por un lado y hacia el Himalaya, Tíbet, China e India por otro, donde los británicos lo conocieron y lo incorporaron a sus vidas. De hecho, el nombre le viene de pulu que significa pelota en tibetano.

Todavía más alto y más antiguo que el palacio, hay en Leh otro edificio que se eleva en la cresta de la montaña, la primera fortaleza de los reyes ladhakíes, construida probablemente en el siglo XV sobre restos que pueden llegar al siglo V. Se llama Namgyal Tsemo y se ve desde toda la ciudad.

Todavía quedaba, en una colina cercana, otro lugar al que había que subir para completar la visión de Leh desde las alturas. Se trataba de la Shanti Stupa, una construcción circular financiada en los años noventa por budistas japoneses en un movimiento llamado Pagodas por la Paz. La Stupa es hermosa, sin duda, pues se eleva con líneas armónicas, muy limpias, bajo ese cielo eternamente azul. Y el lugar es incomparable. A la belleza de las vistas sobre Leh, su valle y las montañas circundantes, se une la hora del atardecer en la que lo disfrutamos, viendo morir el sol en un silencio casi religioso mientras el cielo ibaa cambiando de color hasta traernos la noche.

Bajamos de la Stupa por las escaleras y, lentamente, alcanzamos la calle Changspa, llena de hoteles, cafés y agencias de viajes y trekking, para los cada vez más numerosos grupos de viajeros, montañeros y mochileros. Nuestro hotel estaba cerca de la Old Leh Road, la primitiva entrada a la ciudad, y allí nos dirigimos atravesando el centro, despidiéndonos de una ciudad que nos había permitido, poco a poco, conocerla y disfrutarla. Al pasar por un hotel moderno oímos música y nos acercamos. Un conjunto folklórico ladhakí estaba danzando y pudimos apreciar sus coloridos vestidos, sus vistosos sombreros y la alegría contagiosa de su baile. Era un buen final para nuestra estancia en Leh, y allí nos quedamos un buen rato, bailando con los ojos una danza ladhakí.

Categoria: Relato de Viaje

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