La serpiente flecha. Autor: Manovel

-¡¡Se la llevó!! ¡¡Se la llevó!!
Una voz ronca traspasó con violencia la puerta principal del dispensario y destrozó el vacío silencioso del pasillo. Daniel se encontraba al fondo, en su despacho. El cansancio le había obligado a reposar sus brazos y la cabeza sobre la mesa. Una invasión de pacientes por la mañana había provocado que las consultas se juntasen con las de la tarde. Sólo podía dormitar unos minutos. Eran las tres de la tarde y hacía un calor sofocante. El sol entraba por la ventana como un rayo incandescente que le atravesaba la espalda, rebotaba en las paredes blancas y acentuaba el brillo del cristal de los frascos, las puertas y los estantes de las vitrinas. El aire de la habitación se había vuelto espeso, y Daniel sentía como sus parpados perdían fuerza y sus ojos emborronaban el entorno.
-¡¡Se la llevó!! ¡¡Se la llevó!!
La intensidad de los gritos demostraba su cercanía. Daniel era de reacciones lentas, peculiaridad que le aportaba un falso aire reflexivo, muy útil en la vorágine que envolvía su nueva vida. La velocidad con la que se aproximaron no le concedió ese tiempo. La puerta se abrió de pronto con un chirrido, golpeó la pared y puso fondo sonoro a aquellas frases obsesivas.
Como si hubiese recibido un puñetazo en la barbilla Daniel levantó la cabeza. Sus ojos, en un instante, se encontraron reflejados en otros enormes y desorbitados. Un hombre negro y corpulento, con las manos apoyadas en su mesa, aproximaba su cabeza a la suya hasta casi chocar con ella, y volvía a repetir:
-¡¡Se la llevó!! ¡¡ Se la llevó!!
Daba vueltas sobre sí mismo como en un baile iniciático, agitaba los brazos, apretaba su cabeza con las manos y vociferaba con desesperación. Durante un tiempo que le pareció eterno, Daniel, desquiciado por la situación, le interrogaba también a gritos con otra pregunta insistente:
-¿¿El qué?? ¿¿El qué??
Consiguió una única y rotunda respuesta:
-¡¡La camiseta!! – Y añadió – ¡¡Estoy muerto!!
Daniel se dejó caer sobre la silla. Hacía poco que todo su entorno estaba envuelto en una bruma; ahora le irritaba la claridad y sentía como la adrenalina excitaba su cuerpo. Se adelantó a los siguientes gritos:
-¿¿Cómo?? ¡¡Cállate y explícame eso de que estás muerto porque te robaron tu camiseta!!
El hombre reaccionó, bajó la voz, y se acercó a él con actitud misteriosa.
-Sí, doctor, me quiere matar. Mi primo se llevó mi camiseta por eso, ¡estoy seguro!
– ¿Tu primo te roba la camiseta porque te quiere matar? Preguntó Daniel con tono cansado.
– ¿No lo entiendes? ¡Quiere quedarse con mi mujer!
Su propio razonamiento le resultaba tan convincente que provocó en él otra reacción desesperada. Daniel, una vez más, tuvo que calmarle y le obligó a sentarse.
– ¿No conoces nuestras costumbres, doctor?
Hablaba tan bajo que tuvo que inclinarse sobre él. La excitación y el pánico había dado paso a un miedo contenido. A Daniel le pareció que reflexionaba consigo mismo y no le interrumpió.
– Somos guerreros, luchamos para vivir, como nos enseñaron nuestros antepasados. Yo quiero luchar también para no ser muerto. Nuestro hechicero es sabio, conoce muchas cosas de nuestro pueblo y nos dice cómo.
¿No sabes de la serpiente flecha? – Levantó la cabeza y volvió a dirigirse a Daniel.
– No, llevo poco tiempo aquí – Se justificó.
– A nuestro enemigo lo podemos volver loco o mandarle una serpiente flecha. Son muy venenosas, te paralizan el cuerpo y te vuelves rápido muerto. Nadie puede ayudarte, ni nuestros dioses. – Le tembló la voz al recordarlo – La serpiente entra en una caña con algo que huele al que va a ser muerto, como un trozo de camiseta.
– ¡Al fin, la camiseta! – La espontaneidad de Daniel rompió por un instante la inquietud de aquel relato y el hombre continuó como si hablase consigo mismo:
– La caña arde, se calienta y se llena de humo. La serpiente se vuelve loca dentro y el olor del que va a ser muerto se junta con su pánico a morir Como el leopardo, también espera. Cuando la presa pasa por el camino y la caña se abre, la serpiente como una flecha muerde lo que huele igual que cuando se volvió loca. Entonces el que iba a ser muerto, es muerto.
Daniel permanecía inmóvil, casi rígido. No era consciente de lo abiertos que estaban sus ojos y su boca. Le costó reaccionar, balbuceó e intentó apelar al instinto de supervivencia de aquel hombre.
– Pero… conoceréis alguna manera para evitar que suceda eso…
– No se puede luchar, sería inútil, tarde o temprano… – No se atrevió a verbalizar el final – Solo se puede matar antes. Si te da tiempo.
Cuando parecía que sus propias palabras le habían vencido, resurgió con energía de sus pensamientos:
– ¡Buscaré al brujo! Ya te dije que es sabio y conoce a nuestro pueblo. ¡¡Me ayudará!!
Daniel seguía allí, pero ausente. Su mente recorría en esos momentos años y miles de kilómetros en sus recuerdos. Se encontraba junto a aquel hombre después de un largo viaje, también interior, y no solo por decisión propia. Pensó que a los dos la vida les había puesto contra las cuerdas, y sintió una gran complicidad.
– ¿Cómo te llamas? Le preguntó.
– Roco, Doctor.
Daniel se sentó y acercó su silla en un acto reflejo por la proximidad que estaba sintiendo. Provenían de mundos tan distintos y estaban frente a frente, compartiendo la misma humanidad. La calma se había instalado otra vez en la habitación, pero él empezaba a inquietarse. Estiró el cuello y vio la cola de pacientes que se formaba en el patio. No podía prolongar más la conversación, pero necesitaba averiguar qué era lo que había empujado a Roco hasta allí.
-Roco ¿por qué has venido? – Éste bajó la cabeza, la agarró con las manos y sin apartar la mirada del suelo le contestó:
-Porque el hombre que va a ser muerto lucha para esconderse de su destino; sabe que ni los guerreros ni los dioses de su pueblo pueden ayudarle. Tú eres más poderoso que los guerreros, quitas dolor y de morir y haces cosas que el brujo no sabe, y si tú eres más poderoso, entonces tus dioses también lo son más que los nuestros. Si lo que me diga el hechicero no sirve, tu poder y el de tus dioses me quitará dolor y de morir también.
Roco se levantó y reforzó sus palabras señalando con su índice a los enfermos que esperaban impacientes fuera. Sin esperar la respuesta que a Daniel le costaría un rato elaborar, giró sobre sí mismo y se dirigió de un salto hacia la puerta, hizo un gesto de agradecimiento y desapareció.
Recorrió el pasillo en sentido inverso, con la misma velocidad que cuando entró, pero esta vez en silencio. No dejó de correr porque tenía muchas razones para hacerlo y se le escapaba el tiempo.
Gracias a su potente zancada atravesó como una flecha Kingunda. Corría, casi sin tocar el suelo, entre las chozas de caña y adobe, hacia abajo, hacia el rio Ganga. Miraba siempre al frente, tropezaba, se levantaba y preguntaba a gritos dónde vivía el brujo. No le importaba no obtener respuesta ni el silencio sentenciador que percibía a su paso. No paró hasta que lo encontró.
Estaba exhausto, no se dio cuenta hasta que llegó ante la última choza a orillas del rio. Era la más grande, se diferenciaba de las demás porque su cubierta no era de paja y por los grandes troncos, rematados por toda suerte de osamentas, que la rodeaban y eliminaban cualquier duda sobre su propiedad. De ella salía humo y un olor dulce repugnante. Roco tuvo que agacharse y entró. La repentina oscuridad le frenó y sus pupilas se dilataron. Al fondo se le fue haciendo visible un pequeño volumen; con dificultad intentó fijar la imagen sobre un cuerpo sentado, con las piernas cruzadas. Terminó de formarse un hombre menudo, reseco y con aspecto poco amigable. Era el brujo.
– ¿Qué quieres? – Le dijo con tono displicente y sin aparente sorpresa.
– No quiero morir y tú puedes darme un remedio para que no me encuentre la serpiente flecha. Te lo pido.
Mientras esperaba una respuesta, Roco miró a su alrededor. Por todas partes surgían y desaparecían, entre las sombras, despojos resecos, patas, colmillos, pieles…manojos de plumas o recipientes con contenidos carroñeros. Como recreando un mercadillo macabro, amontonados o colgados, se ahumaban junto al fuego donde hervía el contenido espeso de un caldero.
El brujo le clavó la oscuridad de sus ojos y le increpó: – ¿Por qué temes a la serpiente flecha?
– Mi mujer, no es mi mujer, es de mi primo. Cuando tenga a mi hijo lo será. Mi primo no lo sabe. Quiere matarme para quedarse con mi mujer. Usará nuestra costumbre y hará que la serpiente flecha me mate.
– ¿Y qué quieres que haga? – Le interrumpió el brujo con displicencia y fingiendo inutilidad.
– Necesito saber cómo matarlo antes, sin que sospeche que lo quiero hacer. Tú buscas cómo en nuestras costumbres, y me lo dices.
– ¿Y qué me das tú a cambio?
– Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Apretaron sus manos y sellaron el acuerdo, mientras que el brujo sentenciaba:
– Lo cogeré cuando tu primo sea muerto.
Roco se sintió como un reo indultado mientras observaba como el brujo rebuscaba en un pequeño cesto, y con la punta de los dedos extraía lo que parecía un haz de pelos rígidos y punzantes como alfileres. Adoptando una forzada actitud ceremonial, los colocó sobre una hoja y un trozo de arpillera, los depositó en el suelo y con una piedra los machacó. Hizo con todo un hatillo y alargando su mano se lo ofreció a Roco diciendo:
– Dale esto a tu mujer. Tu primo tiene que beberlo antes de que prepare la serpiente que te mate. Mezclado con malafu no lo notará, se dormirá y tu mujer cogerá tu camiseta para ti. Vete rápido pero no vuelvas por el camino hasta que se cierre la noche, así no te verá nadie.
Roco hizo un gesto de agradecimiento y se giró hacia la salida con tanta rapidez que el choque con la luz del exterior le hizo tambalear, y un trozo de su pantalón quedó enganchado en una de las varas espinosas que rodeaban la choza. Intentó recuperarlo, pero la prisa y su eufórico estado de ánimo no se lo permitieron. Inició el camino hacia la choza de su primo, en principio con la serenidad del que se ha visto salvado; sin embargo, la velocidad de sus pensamientos sobre el futuro que le esperaba contagió a todos sus músculos haciéndole tan rápido como la serpiente que tanto temía.
Él y su futura mujer cumplieron las indicaciones del brujo y, cuando recuperó su camiseta, Roco esperó la noche agarrado a ella como a su propia vida. Caminaba de vuelta y tranquilo por el mismo camino que había recorrido en dirección contraria con desesperación. El sendero que pisaba se iba haciendo cada vez más angosto y desaparecía comido por la vegetación. No sabía lo que pisaba y la noche y el silencio le había engullido, pero no tenía miedo porque él también pertenecía a la selva. Un silbido como el de una flecha salió fulminante de entre unas cañas y se clavó en su pierna. El dolor le obligó a doblarla y la inmensa humanidad de Roco tardó solo unos segundos en desplomarse. Fueron suficientes para reconocer, entre las sombras y frente a sus ojos, la gélida mirada de una pequeña serpiente.
Había oscurecido y Daniel atendía a su último paciente después de la interminable consulta de ese día cuando una acumulación de gritos volvió a perturbarle y a recordarle la llegada de Roco esa mañana. Ahora, el griterío salía de varias gargantas y se revolvía con las sonoras pisadas que golpeaban el suelo del pasillo a un ritmo veloz. Un grupo de nativos, chocando unos con otros, intentaban introducir una improvisada camilla en la habitación. Daniel se giró y con estupor reconoció sobre ella el cuerpo desvencijado de Roco .
-¡¡¡Serpiente flecha, serpiente flecha!!! – Repetían todos.
Daniel recordó su conversación con Roco, se aproximó a él y confirmó la mordedura en su pierna, le tomó el pulso y certificó su muerte.
Los gritos aumentaron y dieron paso a gestos de dolor teatrales y espasmódicos. Aquel gentío se desplazaba por la habitación como una bola sin control que lo golpeaba todo. Lanzaban frases a lo invisible acompañadas de gestos convincentes y se dirigían a Daniel con ojos de pánico cuando nombraban a la serpiente flecha. Daniel se ausentó y, como en otras ocasiones, trasladó a otro lugar sus pensamientos. Esperó la calma que sucedería a aquella vorágine y logró averiguar dónde podía encontrar lo que más le preocupaba: Lewa, la mujer de Roco.
En cuanto el dispensario se quedó vacío, Daniel se dirigió a la pequeña choza donde vivía el primo de Roco y su mujer. En la oscuridad, la vegetación de los bordes del camino parecía abalanzarse sobre él y querer absorberlo hacia la espesura que le rodeaba. No podía dejar de pensar en que Roco había estado allí mismo, solo e indefenso. Al fondo de aquel túnel que intentaba devorarlo, se abrió un claro iluminado tenuemente por una fogata. Sentada, avivándola, la figura de Lewa recortada en la oscuridad por la luz del fuego. Se acercó a ella despacio, no quería asustarla.
– Lewa, ¿Sabes quién soy?
– Ella asintió con la cabeza, sin mirarle. No parecía sorprendida por la visita.
– He visto a Roco.
Una lágrima, brillante por la luz de la hoguera, descendió por su mejilla. Fue su única respuesta. Después de un significativo silencio, habló:
– Marido está dentro dormido, no va a despertar. Brujo nos engañó. Dijo que solo dormiría, pero lo hizo hombre muerto con lo que me mandó.-
Daniel hizo un gesto de incomprensión cuando escuchó nombrar al brujo y le interrumpió.
– ¿Por qué hablas del brujo?
– La sorpresa hizo que por primera vez Lewa levantara su rostro y le mirara fijamente a los ojos. – ¿No te contó Roco? – Le dijo acompañando la pregunta con un movimiento de cabeza. – Parece que no todo… – le contestó él.
Volvió a bajar la mirada y giró con lentitud su cuerpo hasta quedar frente al de Daniel.
-Roco me contó: Fue contigo y después pidió ayuda al brujo. El brujo ha estado aquí después de mandar brebaje con bigote de leopardo a marido y serpiente flecha a Roco. Me quiere llevar a su choza y que sea su mujer para que pueblo crea que hijo de Roco es suyo. El no sabe hacerlo y no es bueno para un brujo que pueblo sepa que no tiene ese poder. Solo Roco sabía nuestro secreto y el brujo aprovecha. Si yo no quiero ser su mujer contará a mi pueblo que marido hizo hombre muerto a Roco y después, que yo lo hice a mi marido. Mi pueblo cree al brujo, y yo y mi hijo seremos también muertos.
Daniel se sintió otra vez abrumado por las leyes que parecían regir la inmensidad inconmensurable de aquel universo y que, a pesar del tiempo que llevaba sumergido en él, no dejaban de sorprenderle. Pero todavía tenía que escuchar algo que daría un vuelco definitivo a su vida.
– Tengo que contarte algo más – Lewa inclinó su cabeza y bajó la voz, dando un matiz misterioso a lo que iba a revelarle.
– Aunque yo me vaya a su choza, sé que el brujo quiere hacer de ti también un muerto. Sabe lo que te contó Roco y tú puedes decir a mi pueblo que el que va a nacer no es suyo. Tú salvas de muerte a gente y gente te cree más poderoso que el brujo. No le sirve amenazarte como a mí, solo estará seguro si mueres.
Daniel tuvo la sensación de que la tierra sobre la que se encontraba sentado le arrastraba hacia adentro. Sintió una punzada en su cabeza, que imaginó parecida a la mordedura de la serpiente flecha. Sus pensamientos no pudieron como otras veces trasladarse linealmente, ni en el espacio ni en el tiempo, y buscar una salida. Se perdían en una interminable espiral que convertía su vida en una serpiente enroscada sobre sí misma, en un laberinto cuyo centro no lograba alcanzar y por tanto tampoco su secreto.

Categoría: Relato de Viaje

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