En tren. Autor: Alfredo Javier Arnez Valdés

La estación siempre se ha visto más antigua de lo que en realidad es. Es casi impensable que la tierra pueda esconder tantos tesoros y mucho menos en este tipo de lugares. Oruro, que está a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar tiene todas las características de la estepa muerta y reseca, un puñado de habitantes, una iglesia central y el marcado sincretismo Hispano – Aymara en cada recoveco de sus calles. Hace aproximadamente noventa años , de aquí partían las caravanas con los soldados que sin siquiera conocer el mar ni el desierto, iban a morir para defender un terreno muerto en una patria que para muchos de ellos era ajena, más aún sabiendo que esta solo los utilizaba cuando los necesitaba. Tanto Bolivia como su vecino Chile, a causa del litoral perdido en guerra contra este último país, cortaron lazos de amistad entre dos territorios cuyas fronteras presentaron desde antes del nacimiento de la república, controversias, disputas, ambición y sobre todo, una energía beligerante, de esas que impregna ciertos sitios tornándolos como los eternos causantes de problemas.

Mi abuelo que falleció hace un tiempo, tiene en su seno, como el resto de mi familia materna, una historia cruzada entre Chile y Bolivia. Al momento de nacer supe que me hallaría eternamente tratando de comprender el controversial origen de mis antepasados y pese al sentimiento de rencor por la guerra del pacífico, se aprende a ejercitar el interés por los viajes que están cargados de experiencias pese a su motivación inicial. Recuerdo sentarme en la mesa escuchando pacientemente aquellas historias de antes de la era de internet, esas que podían ser atestiguadas solamente con los recuerdos, un par de fotografías viejas y el restarle un par de horas a la hora de almuerzo. Siempre he creído que a veces uno no nace donde debe, es como si los diversos países tuviesen hilos rojos atados a la muñeca de sus desperdigados hijos. En su niñez, él creció sin su padre, de origen Chileno y a pesar de ver a su madre subsistir sola en un mundo conservador donde se veía a la madre soltera como aquello a lo que “no se debía llegar jamás”, no guardo rencor en contra de su mitad extraviada.

Luego del funeral y los respectivos servicios es de esperarse una triste calma luego de ese tipo de finales. Algo que siempre quise hacer es seguir los pasos de la emigración de mi abuelo hacia Chile así que, contando con tiempo y dinero, me dispongo a tomar un bus desde mi ciudad natal, Cochabamba, hasta Antofagasta, sitio donde él llegó por primera vez. Oruro lo conocí varias veces, pero esta vez el lente cambió y de pronto me transporté hacia aquella otrora señorial ciudad, en donde llegó por primera vez a mi país el teléfono, hogar del primer tranvía, entre otros más, producto el auge estañífero por el cual la población podía ostentar ser testigo de lo más adelantado de la época. La ciudad a pesar de estar hoy prácticamente abandonada, aún conserva sobre todo en el centro y a los pies del socavón, uno que otro edificio testigo de otros tiempos mejores. El creció en una modesta casa en una zona más o menos céntrica. Recorro aquellos sitios y de repente los automóviles modernos se esfuman y las calles se encarpetan de adoquines por doquier, los semáforos se van y regreso a la década de 1950 en plena pugna ideológica entre el nacionalismo gobernante, la izquierda y otros movimientos políticos. Si de casualidades hablara él, tendría que mencionar su carácter franco un tanto histriónico y su aversión por la ideología mencionada primero, todo esto le llevó abandonar su ciudad por un muy buen tiempo. Caminando por la tranquila plaza principal escucho fusiles y dinamitazos de otros tiempos, veo caos y con este las numerosas reyertas civiles y mineras, la represión y las violencia reinante, lo cual avecinaba además de cambios socio económicos, un adiós repentino a todo lo que él vio hasta entonces.

Siguiendo al polvoriento riel adyacente a la ciudad, entre aquel vacío altiplánico escucho a la locomotora partiendo con un joven oculto en los compartimientos de la carga rumbo a una nueva vida. El alma puede anhelar la llegada de un momento en particular y sin embargo la mente y el corazón pueden inundarse de preguntas y dudas repentinas. El bus hacia Iquique solamente parte de la ciudad de La Paz, así que me dirijo allí, de todos modos en aquel trayecto imagino lo mismo que hubiese imaginado cualquier alma cuyo destino se alejaba del frío, la serenidad y de la patria hacia las quemantes dunas de arena del desierto. Sentir quizás lo que él sintió cuando un simple cambio de color y el desaparecimiento de la yareta en pro de la arena y el aroma a mar te golpea la cara.

Sin tomar en cuenta la política, la pobreza o la falta de oportunidades en un territorio, la historia familiar se fusiona de algún modo y en cierto sentido aprendí a dejarme llevar siguiendo el camino y no mirando hacia atrás, como lo hizo mi abuelo en un punto determinado en su vida. Chile le cambió por completo, cambió de orientación política, formó una familia y vivió más de veinte años repartiendo parte de su existencia allí y nutriéndose de la parte faltante para posterior volver. Así lo recuerdo yo, siempre moviéndose, siguiendo hacia adelante, como aquella locomotora que lo despidió de lo que más quería.

Categoría: Relato de Viaje

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