El rostro oculto de Marcahuasi. Autora: La Colocha errante

Lima (Perú)
31 de marzo de 2014
La Colocha errante

 

Este fin de semana decidí que había llegado el momento de cambiar el escenario urbano por el espectáculo de la cordillera andina, así que elegí como destino la meseta de Marcahuasi, en la provincia de Huarochirí (Lima). El viaje lo hice junto con mis inseparables amigos peruanos Vargas, Llosa, el Ché y mi nueva amiga (y compañera de piso) india, los cuales demostraron tener una gran templanza y solidaridad, a pesar de su corta edad, en un viaje que ahora narraré con pretendido humor, pero que en su momento dudé poderlo contar.
Marcahuasi carece de infraestructura y servicios, y existe una gran diferencia entre la temperatura diurna (calurosa) y la nocturna (polar), por lo que el viajero tiene que equiparse con todo lo necesario para pernoctar: alimentos, agua, linterna, carpas y ropa de abrigo. Nosotros decidimos cubrir nuestras necesidades básicas con dos carpas para cinco personas, toda la ropa de abrigo que pudimos encontrar (aunque la cantidad, no hace la calidad), dos sacos de dormir de verano (muy profesional), clásicos alimenticios (plátanos, galletas, mermelada, mayonesa, frutos secos, salchichas crudas, latas de atún, tomates y pan supuestamente para ambos días), 2l. de agua (en caso de deshidratación, tráguese su propia saliva), dos linternas (un frontal y una linterna llavero con incrustaciones de fantasía que alumbraba menos que un Nokia de los 90), pisco (para entrar en calor) y gaseosa (para rebajar el calor producido por el pisco), hojas de coca, pastillas para el mal de altura e Ibuprofeno.
El punto de encuentro era el Museo de Arte de Lima a las 7am. y, ahora que hago retrospectiva, advierto cierto interés oculto y de naturaleza incierta en torcerse los planes desde un principio: mi nueva amiga india delegó en mí la misión de quedarme con su móvil porque suele tener “complicaciones” para oír la alarma, extrema confianza si tenemos en cuenta que normalmente tampoco yo la oigo, pero me sentí útil y eso bastó para responsabilizarme de la arriesgada empresa.
Cuando la luz que entraba en la habitación consiguió despertarme de un buen bofetón, reparé en que la alarma no había sonado; cogí el móvil, el cual había dejado prudentemente a 5cm. de mi fino oído, y vi la hora: 6.55. Genial, sin crédito y con 5min. para salir de casa sin pijama y como una vecina decente que se ha levantado 1h. antes para ducharse, perfumarse y desayunar. Grito a mi nueva amiga india con un “perfecto acento inglés a las 06.56am” y me dice que en su Ipad figuran las 6am. Tras comprobar mediante Internet que efectivamente eran las 6am, decidimos que lo sucedido pasaría a formar parte de otro de los grandes misterios de la Humanidad, junto con la edad de Demi Moore o la vida sexual de la duquesa de Alba (esto último, es preferible que se mantenga en secreto).
Sorprendentemente, llegamos puntuales a la cita, punto desde el cual nos dirigimos al paradero de Chosica donde, no tan sorprendentemente, nos informaron de que el único transporte matutino hacia san Pedro de Casta, siguiente y último destino, había salido… una hora antes. Menos mal que nuestro buen amigo Persi se ofreció a llevarnos en taxi, y aquí llama la atención el peligro que supone regatear con un conductor cuando su mujer está delante, pues siempre dirá un precio superior del que pagaría su marido (como veremos a continuación). Finalmente conseguimos un precio razonable para la carrera, a pesar de la comodidad de seis personas en un coche como el de Persi: comprobamos que los cuatro que fuimos en el asiento trasero teníamos que solaparnos o intercalar dos espaldas apoyadas y dos al aire si queríamos ir todos sentados. En un momento dado conseguí estirar las piernas y apoyarlas en el copiloto, pero en cuanto pude abandoné la postura a pesar de su comodidad y seguridad.
Llegados a san Pedro de Casta, pagamos la entrada al conjunto de Marcahuasi y tomamos una serie de decisiones que condicionarían nuestro futuro en la meseta: compramos dos botellas de agua de 2.5l. cada una que, sumadas a las dos botellas de 1l. que ya llevábamos, hacían un total de litro y (mísero) vaso de agua por persona para una aventura de 24h. Magnífica visión de futuro. Afortunadamente, una anciana octogenaria nos ofreció leña para la hoguera; menos mal que no seguí el instinto de extremista defensora de la Naturaleza que demoniza la leña por el riesgo de provocar un incendio, ya que asumo dicho riesgo si mi supervivencia depende de ello (como así fue). Compramos la leña, rechazamos el servicio de guía y mula de carga, y comenzamos la caminata con el supuesto respaldo de nuestras brillantes decisiones.
San Pedro de Casta se encuentra a 3.351msnm., nosotros tuvimos que ascender durante 3h. aproximadamente hasta el Anfiteatro, una depresión a 4000msnm. donde suelen acampar los viajeros. Durante el ascenso, nos desprendimos de la ropa de abrigo ante el intenso calor y calmamos alegremente nuestra sed hidratándonos con los 7l. de agua calculados con envidiable inteligencia. Impedí a mi nueva amiga india que cometiera la temeridad de beber de las corrientes de agua encontradas por el camino, a pesar de su frescura y transparencia… Sin embargo, al día siguiente demostré que prefería estar sentada en el baño durante 24h. (y sin piedad), antes de morir a causa de una deshidratación.
Una vez en el Anfiteatro, me sentía con la vitalidad y el fondo físico de Edurne Pasaban y el carácter aventurero de “Alex Supertramp” (interpretado por Emile Hirsch en Into the wild). Misión cumplida, me dije. Una hora más tarde, me sentía tan congelada como la momia Juanita y con menos fuerzas que la anciana que nos vendió la leña. Sustituí la ropa veraniega por dos pares de calcetines de montaña, unos leggins, unos vaqueros, una camiseta de manga corta, una camiseta de manga larga, dos forros polares, una bufanda, dos abrigos, un gorro y unos guantes (creo que no olvido nada).
Mientras los demás montaban las carpas, decidí sentarme excusada por el frío que invadía mi cuerpo, no obstante la cara blanca y los labios morados como justificación. Decidí envolverme en una (primera) manta, pero seguía sin entrar en calor… Una segunda, y parecía que la ropa de abrigo fuera robando progresivamente el calor corporal, ya que cada vez sentía más frío… Me coloqué junto a las carpas, pues allí iban a preparar el fuego, cubierta con una tercera manta más… Noté que las fuerzas se largaban sin previo aviso, el cuerpo comenzó a moverse en sentido pendular dirimiéndose entre la izquierda, y la derecha, hasta finalmente decantarse por la segunda. No perdí el conocimiento, pero decidí resueltamente no poner de mi parte, aunque no podía ser de otro modo… Las voces de fondo me invitaban a reunirme con ellas alrededor del fuego, pero era incapaz de mover un músculo, más sólo quería descansar y dormir… Noté cómo las voces se alzaban e intentaban cargarme hasta la única solución para evitar la hipotermia: el fuego. Abrí los ojos y admiré el baile erótico de las llamas, deseando que su pasión y sensualidad me envolvieran para recuperar el calor. Me desprendí con ansiedad de uno de los guantes y metí la mano en la hoguera. Una voz me dio varios tragos de pisco y una pastilla para el mal de altura. Las voces seguían trabajando para ayudarme en lo posible, concentrando toda fuente de energía, comida y abrigo, en un cuerpo terco a la reanimación. Poco a poco comenzaron a oírse más nítidas, mi nueva amiga india me ofrecía un bocadillo de salchichas que habían calentado, Ché frotaba con sus manos la espalda recostada, Llosa me preguntaba qué tal me encontraba y Vargas me invitaba a incorporarme y ver las estrellas… estrellas que en un principio semejaban agujas de hielo en el firmamento, empezaron a transformarse en puntos esperanzadores de luz. Qué hermosura.
Volvía el calor, y con él, la energía necesaria para que el cuerpo tomara sus propias riendas. Un comentario sarcástico y buen apetito como pruebas irrefutables de la progresiva recuperación. El frío era helador, mis amigos comenzaron a sentir la hostilidad del tiempo, así que decidí que había llegado el momento de compartir mantas. Es curioso, pero aprendí que la solidaridad altruista y sincera sólo se manifiesta en momentos críticos; mis compañeros de viaje estuvieron muy por encima de las circunstancias, yo espero no haberles decepcionado.
Huelga decir que la vieja (que ya no anciana), nos vendió leña húmeda, por lo que el alimento principal del fuego consistió en ramas secas, un periódico del día anterior que finalmente no leí, pero convertido en la edición más importante que hasta ahora haya comprado, y mierda de vaca (el alimento más energético, por cierto). Apagado el fuego, decidimos retirarnos a la tienda de campaña, y subrayo “tienda de campaña” y no en plural porque en vista de las temperaturas nos pareció más conveniente dormir todos juntos, para lo cual ya habíamos practicado con la proximidad inevitable de nuestros cuerpos en el taxi de nuestro buen amigo Persi, que perdernos en la inmensidad de las carpas de habernos dividido los espacios.
Todos dormimos de “puta madre”, a juzgar por los comentarios no hubo escapatoria para ninguno: descansamos intermitentemente, descorazonados por la oscuridad y el frío cada vez que nuestros párpados se despegaban. Salimos de la carpa a las 7am., gritando como locos cuando el sol nos saludó con su mano sanadora. Habían sido 12 largas horas de frío intenso.
Desayunamos, recogimos nuestras cosas y nos dispusimos a ir a la zona conocida como “La Fortaleza”, rocas graníticas esculpidas por la Naturaleza dando lugar a formas humanas y animales (no identificamos ninguna). Los precisos cálculos matemáticos con respecto al agua nos fallaron, así que tuvimos que racionar el agua como cualquier otro superviviente que lleva una semana perdido en la montaña con medio litro de agua bajo el brazo: un trago cada hora.
Iniciamos un pequeño descenso para luego subir a “La Fortaleza”. Nuestra experiencia en la montaña cada vez se hacía más evidente, pues a la carestía de agua hay que sumar la pérdida del plano; no obstante, tuvimos suerte de encontrar una señalización aclaratoria con el trazado de dos líneas divergentes, Anfiteatro y Fortaleza respectivamente, y que parecía tratar de representar un desvío hacia la derecha para ir al Anfiteatro, y otro a la… ¿izquierda? para ir a la Fortaleza. Fuimos hacia la ¿izquierda? Tras una caminata de 1h. por una pendiente muy respetable, alcanzamos la entrada a la Fortaleza. Ante nosotros se alzaba un bosque de granito salpicado de lagunas espec(ta)ulares. La laguna negra fue la primera recompensa tras una noche “de lujo”: el reflejo del entorno sobre la superficie cristalina del agua tan sólo era interrumpido por el recorrido de un pato con sus crías, amable estampa de la Naturaleza tras habernos mostrado su lado más oscuro. El lago Cachu Cachu nos regaló varias instantáneas, y desde allí accedimos a La Fortaleza propiamente dicha. Mi nueva amiga india y Ché se tomaron un descanso, así que Vargas, Llosa y la momia Juanita decidimos investigar aún más el terreno. Llosa quiso sumar una anécdota más a nuestro viaje y en uno de sus saltos sobre el terreno cayó en agua estancada camuflada por el pasto, saliendo con las piernas completamente empapadas y con un sospechoso color amarronado cuyo origen parecía ser el mismo que el combustible utilizado para alimentar el fuego, como así parecía también indicar su (c)olor. Tras lavarse tres veces con agua limpia, consiguió unos pantalones y unos calcetines secos, pero entre nuestra ropa de abrigo no figuraba calzado extra.
Sin agua, con escasez de alimentos (teníamos una rebanada por persona para hacernos un sandwich de atún), cansados por el desgaste energético y con la sensación de estar en un campamento militar con pruebas físicas al estilo “La chaqueta metálica”, tomamos la decisión más lucida en las últimas 24h: la retirada. Repusimos fuerzas con el pseudo-sandwich de atún y medio tomate impregnado en atún con mayonesa, plato que podemos elevar a la categoría de gourmet bautizándolo como “tostada de lomo de atún en aceite, acompañado de un exquisito tomate Italia relleno de lomo de atún en aceite y salsa mayonesa estilo peruano”. Y aquí me siento obligada a puntualizar lo siguiente: a pesar de olvidarnos una navaja, nuestro carácter resolutivo nos ayudó a cortar el tomate por la mitad con la tapa de una de las latas de atún, la cual todo el mundo sabe que es capaz de cortar hasta el diamante.
Con el estómago lleno y la boca desértica, iniciamos el descenso. Cuando volví a oír el murmullo de una fuente de agua, corrí hacia ella desdeñando las consecuencias, arguyendo a mi nueva amiga india para justificar mi bipolaridad que es preferible beber agua no potable, que agua embotellada, dado que todo el mundo sabe que el plástico es cancerígeno. Despreocupada por la nula credibilidad de estas palabras, bebimos sin conmiseración.
La alegría de llegar a san Pedro puede equipararse al descanso de un soldado en su litera después de haber estado corriendo bajo la lluvia, a bajo cero y en cueros (“calato”, como dicen en Perú) durante 1h. Eran las 15.30h., la niebla envolvía con su manto el entorno, así que teníamos que aligerar si queríamos llegar a Lima en algún momento. Las posibilidades de llegar a Chosica eran inciertas y relativas, pues los dos colectivos que salían por la tarde hacían el trayecto si tenían los suficientes pasajeros: éramos cinco y una pareja tan previsora como nosotros. Un lugareño se ofreció a llevarnos en la cajuela de su camioneta en un par de horas, a la intemperie; cansados de tanta aventura, sin posibilidades de hacer una fogata en la camioneta e imaginándonos el gélido viento contra nuestra cara… pensamos que ya habíamos tenido suficientes vivencias en 24h. y nos esperamos a que llegara el colectivo.
Cuando éste llegó, el conductor estaba dispuesto a llevarnos por un precio razonable, pero ahí estaba la mujer amonestándole que así no se negociaba, así que esperamos a otro colectivo más. Y de ahí el horario incierto y relativo del transporte, pues nada más llegar a san Pedro nos alarmaron afirmando que estábamos poco menos que atrapados en aquel lugar; la única opción era un taxi, el cual nos llevaría a Chosica por un precio equiparable al alquiler mensual de una casa en san Pedro (gastos incluidos). Sin embargo, llegó un segundo colectivo conducido por un hombre sin esposa (o por lo menos, sin estar ésta presente) que nos dejó el pasaje al precio habitual. Una vez acomodados, agradeciendo estar en un ambiente cálido y sin viento, creímos que nuestra aventura había finalizado. Craso error. Llosa pagó por todos con un solo billete, el conductor le dio el cambio, bajó del colectivo y al subir, le reclamó la devolución del dinero por considerar falso su billete. Tuvo lugar entonces una discusión que por poco derivó en la presencia del gobernador, suerte de Herodes que imagino se limitaría a cortar el billete por la mitad. Ninguna de las partes estaba dispuesta a quedarse con un billete supuestamente falso, aunque esto sólo lo era en su imaginación dado que aldeanos y servidores le aseveramos no ser cierto. Finalmente arrancó y nosotros imploramos protección ante un recorrido por una pista de tierra de doble sentido, estrecha y pixelada por la niebla con un conductor enervado y resentido.
Sin más acontecimientos que destacar, llegamos a la veraniega Lima. Una vez en casa, una casa en ruinas por la cual no siento estima alguna, abrí la puerta de la habitación y lo primero que vi fue el colchón. Puse sábanas limpias, me abrigué bien y me metí dentro del saco, no fuera a ser que bajaran las temperaturas y me diera una hipotermia…
Como diría mi madre: “de todo se aprende”.

Categoría: Relato de Viaje

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