Recuerdo de Arashiyama, a los pies del bosque de bambú. Autora: Jazmín Higa

Era mi tercer día en Kyoto y decidí ir a visitar el famoso bosque de bambú en Arashiyama, ubicado en el extremo oeste de la ciudad. Fue una idea repentina y quise hacerlo caminando, a pesar de que iba en contra de las recomendaciones que me habían dado.

Y así salí, un poco tarde, en busca de ese paisaje avasallante que había visto en fotos, sin pensar dos veces que era invierno y los días eran cortos.

Fueron tres horas de caminata. Durante el recorrido crucé riachos poblados de patos y pasé entre casitas de madera que parecían de cuentos infantiles. El problema fue que cuando llegué a Arashiyama ya estaba comenzando a oscurecer y cada vez hacía más frío. Entré al bosque casi corriendo, justo antes de que cerrara las puertas al público.

Fue una experiencia única con sabor a secreto. A ambos costados del camino se alzaban las cañas hacia la negrura del cielo y de vez en cuando se filtraba la luz de la luna. El sonido del viento rebotando entre las cañas de bambú lo convertía en una experiencia casi mística.

Después de salir del bosque, ya completamente de noche y con varios grados por debajo de cero, noté que los negocios de la calle principal estaban levantando sus cosas y comenzaban a cerrar.

Entré a la estación de tren y quedé cautivada con los pintorescos negocios de venta de dulces y souvenirs que formaban una hilera hasta llegar al andén. Allí esperaba una formación decorada con una muñeca de manga. A la derecha, en un gran espacio al aire libre, había algo realmente hermoso: una instalación de tubos de luz decorados. Me entretuve ahí, como muchas otras personas que no dejábamos de sacarnos fotos. Era una atmósfera mágica y yo estaba rodeada de mujeres en hermosos kimonos. Parecíamos flotar en un lugar ajeno al tiempo y al espacio real. Tan, tan ajeno -sobre todo al tiempo-, que cuando salí de esa cápsula onírica, me enteré que el último tren al centro de Kyoto ya había partido.

No me preocupé. Volví a salir a la calle en busca del autobús con destino al centro de Kyoto. Los postes de las paradas estaban ahí, con los horarios precisos en que cada uno pasaba. Solo necesitaba que alguien me indicara de qué lado de esa calle doble mano paraba el colectivo en la dirección que yo necesitaba viajar. Me fijé: eran exactamente las siete menos veinticinco de la tarde, noche en realidad.

Fue entonces que vi a este señor que estaba inmóvil con su maletín junto a una parada. Tendría unos 65 años y vestía traje y saco gris. Imaginé que estaría esperando el colectivo para volver a su casa después de su jornada de trabajo. Enseguida me di cuenta de que no hablaba inglés (mucho menos español), pero con plano en mano y palabras sueltas pudo entender lo que yo necesitaba. Me señaló la estación de tren y yo le hice el gesto japonés, formando una cruz con mis manos, que significa que algo está cerrado o que no está permitido hacer. Ese gesto, uno de los primeros que aprendí y adopté para mi transitoria vida cotidiana nipona, sumado a señalarme la muñeca, sin reloj, evidentemente funcionaron porque él comprendió que la opción del tren ya no era en realidad una opción. Ahí sentí que algo lo trastocó. Al señor lo abandonaron la calma y la quietud que tenía tan solo un minuto atrás. Estaba inquieto. Me hablaba en japonés, me señalaba el poste, el plano, decía palabras sueltas en inglés y muchas interjecciones. Y también hacía el gesto de cruzar las manos en forma de cruz. Ese gesto que yo ya había aprendido… ¡Entonces entendí! Era sábado y los sábados pasaba mi último colectivo a las seis de la tarde… A esa altura ya había perdido tres minutos más y serían las siete menos veintidós.

El frío mantenía lentas mis reacciones, pero a él se lo notaba con gran preocupación. Entonces me dio a entender que había otro autobús que podía llevarme. A partir de ese momento, lo único que a él le importó fue encontrar la solución para mi problema.

Dejamos su parada y nos pusimos en marcha. Nos deteníamos en los postes de las paradas, él sacaba una linterna del bolsillo interno de su saco y leía bajo el rayito de luz esos tableros inentendibles para mí. Apagaba la linterna y cruzábamos la calle. Repetía la acción en cada parada y a veces debíamos volver hacia atrás.

Con gran esfuerzo pudimos mantener un diálogo en el que yo reduje mi inglés a frases sin verbos conjugados, con la infundada idea de que así sería más entendible:

-Cold!!!! (¡¡¡¡Frío!!!!)
-Yes, very cold!!! (Sí, ¡¡¡mucho frío!!!)
-Where you from? (¿De dónde vos?)
-Argentina (Argentina)
-Argentina? Ohhhh!!! You, alone? (¿Argentina? ¡¡¡Ohhhh!!! Vos, ¿sola?)
-Yes, me, travelling alone. (Sí, yo, viajando sola) In Argentina, now, hot. (En Argentina, ahora, calor.)

Y acompañé la frase con un movimiento abanicándome la cara con mi mano enguantada como para dar la doble chance de entendimiento a través del precario inglés o del lenguaje internacional de los gestos.

Y así seguimos caminando, andando y desandando las calles de Arashiyama. Eramos un tándem que se había formado de manera fortuita. Él por supuesto era el capitán. Yo lo seguía en aquella peripecia en búsqueda de mi salvación.

Caminamos hasta el puente, doblamos a la izquierda, segunda cuadra, vereda de enfrente. Él había levantado el cuello de su saco y yo al respirar soplaba el aire caliente hacia adentro de mi campera, como para darme más calor.

Finalmente llegamos a un poste y tras escudriñar la tabla de destinos y horarios… ¡comprobó que estábamos en la parada correcta! Eran las 18.52. El colectivo debía pasar 18.54, pero él no me dejó ahí. Quiso quedarse esos dos minutos más esperando conmigo. Dieron las 18.54 y la calle estaba vacía. Cuando empezaba a creer que en Japón también podía fallar la precisión, y antes de que el segundero de mi protector japonés marcara un nuevo minuto, la trompa del colectivo que tanto habíamos buscado asomó por la esquina.

Hasta que el colectivo llegó a la parada no paré de agradecerle de la manera más japonesa que pude: haciéndole incontables reverencias y repitiéndole “Arigato gozaimashita”. Aún así me parecía insuficiente la forma de expresarle mi agradecimiento. Él sonreía y también me saludaba con reverencia. El colectivo paró y yo subí. A través del vidrio lo seguí saludando con una mano y la otra en el corazón. Él, desde la vereda siguió saludándome con una sonrisa en su rostro.

Fueron diecinueve minutos que este señor estuvo conmigo. Diecinueve minutos que el frío y el desconcierto hicieron más largos. Diecinueve minutos en los que caminó conmigo, se preocupó y se ocupó esforzada y desinteresadamente para que yo pudiese llegar incólume a mi destino.

Esa noche yo interrumpí el curso natural de su rutina.

No sé si viviría solo o si su esposa lo estaría esperando con la cena.

Nunca supe su nombre.

No hubo foto ni nada que dejara huella material de nuestro encuentro.

Sin embargo, nunca voy a olvidarlo.

Cada vez que pienso en aquella tarde y noche que pasé en Arashiyama, a los pies de la montaña de bambúes, en las afueras de Kyoto, no me apena no haber podido sacar una buena foto del famoso bosque, porque el más cálido recuerdo de esa helada noche será por siempre el de aquel afable, caballeroso y gentil señor japonés que en 19 minutos me enseñó los valores de una cultura milenaria.

Categoría: Relato de Viaje

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4 comentarios

  1. Para vos fue una experiencia bonita, la de un caballero gentil y caballeroso. Me aventuro a pensar, sin embargo, que para él fue una experiencia traumática (léase con un cierto tono jocoso). No desde luego por vos como persona, sino más bien porque para un japonés la benevolencia (aquí entra Confucio en vez de Platón o Sócrates) es una máxima de obligado cumplimiento. Seguramente el buen hombre se vio en el compromiso de dar una solución costara lo que costara y se sintió agobiado. Es mi interpretación, al menos.
    Otra cultura, otras gentes. Siempre seres humanos.
    Suerte en el concurso

    Me gusta

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