Fallece un guerrero. Autora: Emilia García Castro

Visitar una mina auténtica y poder sentir, aunque sea como turista, lo que vivieron los mineros del pozo San Luis es algo que tenía pendiente y que, a la vez, me da un poco de temor. Puede que sea la intuición de algo extraordinario.

El trenecito amarillo que te lleva a la mina parece de juguete, pero fue ocupado por mineros de verdad en minas lejanas, y se trajo a Langreo para meter a los visitantes en las entrañas del pozo.

Entre la afluencia de gente, la casualidad sienta junto a mí, en el banco de madera del tren, a un antiguo barrenista de aquella misma mina, el cual explica lo que fue su trabajo como se habla de una antigua novia, querida y lejana en el tiempo. El hombre padece algún problema en sus pulmones o en las cuerdas vocales, por lo que me resulta difícil entender lo que dice y tengo que poner los cinco sentidos en ello. ¡Qué suerte contar con un auténtico minero a mi lado!

Entramos en un túnel bien negro que, por mucho que una imagina que debe ser así, no alcanza a comprenderlo hasta que se ve allí encerrada, sin escapatoria, marchando hacia el interior de la montaña, una de las innumerables que conforman el terreno asturiano en las cuencas.

Avanzamos a través de la galería, sujeta por bastidores de metal como las costillas de una ballena, y el tren se detiene unos minutos. Mi compañero barrenista sigue hablando, a veces susurra palabras ininteligibles; otras veces, en voz alta, por poco atronadora, explica su último trabajo minero.

—Ahí está el tajo como lo dejamos, era una buena veta. La barrena y los martillos, en el suelo; los cascos quedaron colgados.

Yo escucho y recuerdo al Sigfrido de Alejandro Casona, con su casco mágico y su espada que hendía la roca y el hierro, con la que mató al dragón. Después su cuerpo se volvió invencible al bañarse en su sangre, excepto en un punto débil por el que le darían muerte, como le sucedió a Aquiles. Brunilda era su enamorada valquiria, a quien solo despertaría quien no conociera el miedo.

—En estas minas murieron algunos en derrabes y en explosiones de grisú. ¿Qué os creéis? La mina es negra como la muerte, mentecatos.

El hombre sube y baja la voz, se abate y murmura a sus adentros palabras gruesas. Habla de los que perdieron la vida en el combate. En el cuento de Casona, las valquirias llevaban los cadáveres de los guerreros al palacio de los dioses; allí estarán, jugando con Odín.

Observo en la penumbra la cara de mi amigo héroe, que arrancó mineral en el pozo, y se me figura casi invulnerable.

—Mira ahí, ¿ves aquello brillar entre las piedras? Es antracita.

El minero ríe y luego llora, natural como un niño, habla solo.

—Tranquilo, hombre —le digo.

No hace mucho caso. Incluso en la oscuridad, distingo sus ojos azabache.

—Tengo que volver al tajo —se revuelve en su asiento.

Creo que mi amigo delira, que su cerebro está disparatando.     

Mi particular Sigfrido no está en Alemania, ni en el Campoamor de Oviedo, en la ópera de Wagner, sino aquí en Langreo, conmigo en este día, porque la profundidad de la tierra le llama.

El trenecito amarillo continúa parado. El hombre abre la puerta del vagón y me arrastra hacia la veta negra, saca del bolsillo una linterna y la ilumina.

—¿La ves brillar? Antracita —dice silabeando—. Tiene nombre de princesa, la quiero como a una esposa.

 Estamos admirando el tesoro nibelungo del Nalón, oculto en una mina museo. Le agarro una de sus manos endurecidas de obrero y le conduzco al tren, él accede y ocupamos nuestro sitio otra vez. Arranca el convoy y seguimos adelante, yo ya princesa despierta en el subsuelo.

Sigfrido, mi héroe de leyenda, es poco menos que imbatible al vencer al dragón del miedo, ese que está en la bocamina a la entrada del relevo asustando a los guajes. Pero su destino le puede: tose y se ahoga en su escaso aire, el pulmón lleno de polvo, susurra palabras inaudibles. Es casi invencible, excepto por el punto débil en su pecho de silicosis.

Salimos a la superficie y se desploma sin vida a los pies del castillete; la casa de máquinas observa, muy seria, a través de sus ventanales magníficos. Los que también seremos polvo, le rodeamos abrumados. Cual Brunilda fiel, le abrazo y clamo porque mis cenizas y las suyas vayan juntas al viento del bosque, más allá de la muerte, tan lejos como lo permitan mis sueños y los de un sencillo minero.

Sigfrido y Brunilda se encuentran, inesperadamente, en Langreo.

Categoría: Relato de Viaje

2 comentarios

  1. Muy chulo, y bien traída la leyenda de los nibelungos. He tenido que buscar quién era Casona: un dramaturgo asturiano. Pero me ha desconcertado un poco leer “El cuento de Casona”. Quizás fuera mejor mencionar una versión o interpretación de la leyenda.
    Felicidades, mucha suerte en el concurso

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